jueves, 26 de marzo de 2026

La "mala memoria" que nos sigue escupiendo a la cara

He terminado de leer el libro de Jesús Pozo "La mala memoria. Pobreza, Iglesia y represión en los colegios del franquismo" (El Mono Libre, 2026), y todavía me arde la mejilla. Nieves Concostrina lo advierte en el prólogo, las experiencias personales que se cuentan aquí son solo "el primer cachete, luego viene la bofetada." Duele, y duele porque no es una historia lejana precisamente. El autor nos enfrenta a una realidad cercana incómoda porque España no ha cerrado aún su pasado, entre otras razones porque nunca lo hemos querido mirar de frente.


Pozo arranca con testimonios crudos de niñas pobres en internados religiosos. Hambre, palizas, humillación sistemática, mentes secuestradas, discriminación inmisericorde entre alumnos ricos y pobres. Una educación, en definitiva, que olía a lo peor del siglo XIX. El libro demuestra, con datos y rabia contenida, que las mismas malas artes que usó la iglesia católica en los años treinta para torpedear la reforma republicana, donde se apostó por una educación laica, digna y gratuita, sobrevivieron intactas a la tramposa transición y siguen vivas aún a día de hoy. La enseñanza continúa secuestrada, y en gran parte en manos de curas y monjas. Eso es un maldito huevo de serpiente que ayuda a entender el resurgir del fascismo y de la intolerancia en nuestros días. Nuestra “mala memoria”, amnesia la llamaría yo en muchos casos, tiene gran parte de culpa. 


La misma amnesia que permite que miles de cuerpos sigan pudriéndose en cunetas, fosas comunes y barrancos. Restos mortales de personas que fueron fusiladas por defender la República, por ser maestros, por ser rojos, por ser personas coherentes y comprometidas. La guerra civil no acabó en 1939, continuó en las escuelas, en las cárceles y en el silencio impuesto. Continúa cada vez que el gobierno actual titubea sin acabar de asumir, o si, que con su flacidez está facilitando que la ultraderecha vaya recuperando terreno.


Las asociaciones de memoria histórica reclaman verdad, justicia y reparación. Sin verdad, no hay justicia. Sin justicia, no hay reparación. Y sin esas tres patas, cualquier relato de reconciliación es una impostura. España arrastra una anomalía histórica, que es ser una de las democracias europeas con más desaparecidos en fosas comunes sin exhumar. Durante años se ha instalado una equidistancia tramposa que diluye responsabilidades y convierte a víctimas y verdugos en actores intercambiables. La mala memoria desmonta ese relato con datos y testimonios. 


Urge promover una solución urgente. Que la Ley de Memoria Democrática no sea papel mojado. Que se dote de recursos reales, de calendarios firmes, de voluntad política sin complejos. Que las asociaciones reciban el apoyo que merecen en lugar de migajas y desprecio. Que lo que ocurrió en los colegios del franquismo se convierta en asignatura obligatoria para conocer aquellos desmanes y, en consecuencia, nunca más una sotana o un hábito de monja decida quién estudia para mandar y quién para obedecer. Que nunca más vuelva a suceder lo que  remarca Carlos Santos en el epílogo, que “las que pagaban vivían como reinas, y las que no eran alumnas de segunda cuando no criadas baratas. Hijas de perdedores que habían terminado la guerra en la miseria, en la cárcel, el cementerio o la cuneta”.


Jesús Pozo ha escrito un libro necesario. Ahora nos toca a nosotros no dejar que se convierta en otra mala memoria. Mientras quede un solo cadáver anónimo en alguna cuneta, la transición seguirá siendo una estafa. El autor nos lo recuerda en cada página, la mala memoria facilita que los mismos que secuestraron la escuela sigan condicionando la manera como se cuentan las cosas. Eso se tiene que acabar.


J.T.

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