¿Hasta dónde vamos a llegar? ¿Cómo es posible que el ensañamiento contra Pedro Sánchez y todo lo que le rodea haya alcanzado esta dimensión brutal y amoral para la que ya faltan calificativos? El inventario del asedio resulta mareante. La esposa del presidente, enviada a juicio con humillantes medidas cautelares; el hermano, procesado por un puesto en una diputación; el que fuera su hombre fuerte, Ábalos, condenado a más de dos décadas de cárcel, el ex presidente Zapatero y una larga lista de colaboradores, asesores y dirigentes del PSOE bajo investigación. Nueve causas abiertas que salpican el núcleo del poder socialista. Cada paso judicial viene acompañado de ruido mediático, acusaciones populares de entidades afines a la derecha ultra o a la ultraderecha, todo ello bien aderezado con una escandalosa inflación de filtraciones.
Se trata de un derribo sistemático en el que la justicia se usa como arma política para desgastar, deslegitimar y, en última instancia, tumbar un Gobierno que no pudieron derrotar en las urnas. Jueces polémicos, asociaciones de dudosa imparcialidad, medios que convierten cada diligencia en sentencia anticipada con un objetivo, destruir al adversario político y a su proyecto.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Quizá porque durante demasiado tiempo hemos normalizado comportamientos que deberían habernos escandalizado? Hemos aceptado como inevitable lo que nunca nos debió parecer normal, el insulto permanente, la deshumanización del adversario, la idea de que quien piensa distinto es un enemigo y no solo un rival político... Hemos dejado de vivir en una democracia donde se investigan hechos para adentrarnos en una realidad donde primero se señala a las personas y después se buscan los hechos. La sospecha se ha convertido en condena, la acusación en sentencia, el titular en prueba y así llevamos ocho largos e insoportables años.
Da igual que una causa se archive, que una acusación se desinfle o que una noticia resulte falsa. La siguiente ya está preparada antes de que la anterior haya terminado de caer. El mecanismo es perfecto porque el daño lo produce la sospecha mucho antes que la condena, que al final puede llegar o no. Y la sospecha, una vez sembrada ahí queda, ya nunca desaparece del todo.
Dese 2018 la derecha ultra y la ultraderecha nunca digirieron que gobernara Pedro Sánchez, así que la vía judicial con la mayoría de los medios de comunicación como altavoz les pareció el mejor atajo. Así comenzó un acoso tenaz y constante que muchos tienen ya normalizado: registros, autos demoledores, portadas diarias, campañas en redes ¡Qué fatiga, cuánta impotencia ante la sensación de estar asistiendo a una persecución de tamaño calibre! Millones de ciudadanos andamos desconcertados y algunos empiezan a desconectar hastiados y asqueados. Otros se refugian en el cinismo. Malo, porque si la ciudadanía pierde la confianza en las instituciones, en los medios y en la propia política, la saña de los intolerantes encuentra el terreno perfecto para crecer.
¿Qué podemos hacer? Votamos, nos manifestamos, denunciamos las injusticias defendemos el progreso y luchamos contra la desigualdad pero la maquinaria del odio sigue vomitando insidias y mal rollo. Andamos huérfanos de una defensa institucional firme y estamos “dolorosamente hartos” de constatar cómo la política se ha convertido en un ring donde solo un bando recibe golpes sin parar. Basta ya de tolerar que la democracia se convierta en un ejercicio de acoso sistemático. España merece un debate de ideas honesto y civilizado, y que este insoportable espectáculo de destrucción personal e institucional pare de una vez. ¡Basta!
J.T.









