El Espai Cultural de Cal Marquès se encuentra en Camprodon, un rincón de la comarca del Ripollès, provincia de Girona, a muy pocos kilómetros de la frontera con Francia. Este centro es el testamento de una tragedia tan conocida como poco documentada. A eso, a documentarla, se dedica desde hace treinta años un hombre nacido en el entorno llamado Lluís Bassaganya.
Aún adolescente, comenzó a patearse los senderos de la Retirada, el camino que miles de republicanos recorrieron en febrero de 1939 huyendo de las tropas fascistas. El día en que los rebeldes tomaron Ripoll y Olot, cuarenta mil personas estaban aún en Camprodón, una aldea que por entonces tenía mil quinientos habitantes, conformando una fila interminable de familias que iniciaban la subida del valle buscando la salvación al otro lado del Pirineo. Entre ellos, cuatro mil heridos transportados en camillas por dos soldados republicanos cada uno.
El ejército republicano se organizó en las montañas que rodeaban Camprodón para contener las tropas rebeldes y consiguieron así que todos los refugiados evacuaran el pueblo antes de que éste fuera invadido. En aquella huida desesperante ocurrió de todo. La nieve, el frío y las escaladas interminables acabaron con las fuerzas y la vida de muchos. Cuando un herido moría, los soldados abandonaban al muerto y la camilla y se tiraban por los barrancos pistolas, herramientas y utensilios que les impidieran moverse con rapidez. Familias que llevaban kilómetros arrastrando maletas llegó un momento en que no podían más y abandonaban todo lo que llevaban (recuerdos, ropa, fotos y cartas de una vida, cubiertos, platos, vasos…) quedándose con lo mínimo imprescindible. El objetivo era cruzar la frontera cuanto antes y luego ya veríamos.
Tuvieron que pasar casi cincuenta años para que Bassaganya, un ágil e inquieto joven que había crecido en la zona, decidiera armarse de un detector de metales y recorrer rincón por rincón una zona tan olvidada como infestada de enseres que suponían un impagable testimonio de lo que había sucedido en los últimos días de la República en Catalunya.
Así es como, año tras año, ha logrado rescatar todo un "atrezo" que permite hacerse una idea de hasta donde pudo llegar el sufrimiento de todas aquellas personas. En las vitrinas de Cal Marquès, en Camprodón, un edificio del siglo XVII recuperado con mimo, aumenta el material expuesto a medida que Lluís continúa encontrando escopetas o latas de anchoas. Todo oxidado, pero recuperado. Podemos ver desde una ametralladora Maxim hasta el objeto más humilde, como un encendedor fabricado con un casquillo.
Las instituciones que lo apoyan en este proyecto quieren que quien visite las instalaciones entienda que detrás de cada fusil oxidado hubo un hombre que en un momento dado se vio obligado a elegir entre la muerte casi segura o sobrevivir sin saber la suerte que correría en el otro lado, que como hoy sabemos fue también terrible en demasiados casos.
Para llegar hasta lo conseguido hoy, Bassaganya ha tenido que superar incomprensiones y obstáculos de todo tipo, en algunos caso serios e incluso graves. En 2015, el Estado decidió que él y la persona con la que lleva a cabo sus trabajos eran "peligrosos poseedores de armas de guerra". La Guardia Civil entró en el antiguo museo y requisó centenares de piezas. El absurdo alcanzó su cénit cuando la justicia, les condenó tras un proceso kafkiano. A penas incluso de prisión que afortunadamente no cumplieron. Consideraron armas de guerra aquellos hierros devorados por el tiempo, inutilizados por la herrumbre y la historia.
Afortunadamente, el sentido común (y el apoyo del Ayuntamiento de Camprodon) ganó la partida. Tras una profunda remodelación terminada hace apenas unos años, el nuevo Espai Cultural ha logrado integrar aquellas piezas. Hoy, Cal Marquès custodia más de mil objetos y un archivo fotográfico estremecedor que documenta el éxodo hacia Prats de Molló.
Si pueden vayan a Camprodón, como hemos hecho estos días quienes realizamos la IV Marcha en memoria de La Retirada. Suban a Cal Marquès, miren esos hierros y comprueben hasta qué punto queda trabajo por hacer e historias que dar a conocer. Aquí quienes hablan son los objetos. Son ellos los que nos recuerdan que solo existe aquello de lo que no se deja de hablar.
J.T.















