lunes, 18 de mayo de 2026

Lamine y Florentino. Dos mundos, dos maneras



Con apenas veinticuatro horas de diferencia, hace pocos días tuvimos dos ejemplos claros de por qué el fútbol es mucho más que fútbol. Siempre sostuve que este deporte es una excelente parábola de la vida misma y lo he argumentado de mil maneras, pero los dos episodios de la semana pasada son definitivos. Un país genocida como Israel enfadándose con un chaval de 18 años, cuyo equipo, el Barça, celebra el campeonato de liga, por ondear públicamente una bandera del país al que están masacrando y por otro lado un octogenario desaforado cargando contra todo lo que se mueve, fuera de sí porque la entidad “deportiva” que preside no gana ni un título y el vestuario anda hecho unos zorros.


De un lado, un joven que lanzaba al mundo el mensaje más potente imaginable sin necesidad de pronunciar una sola palabra, y de otro un señor mayor comportándose como un niño malcriado porque quienes siempre se dedicaron a hacerle la pelota se están empezando a atrever a decirle cosas que no quiere oír. Un futbolista sin miedos innecesarios y un empresario sin escrúpulos; un futbolista que opina y un prepotente que odia las opiniones (siempre que no sean a su favor, por supuesto). Un joven que se pronuncia frente a la intolerancia y un señor que tolera ultras sembrando la discordia en las gradas del estadio en cuyo palco se urden todo tipo de trapicheos y conspiraciones.


El fútbol español convive con símbolos reaccionarios y discursos ultras desde hace demasiado tiempo. Como la excepción suele destacar más que la norma, por eso figuras como Josep Guardiola, Eric Cantona, Borja Iglesias o Héctor Bellerín incomodan, porque rompen el molde del deportista decorativo. Por eso inquieta también Lamine Yamal, que ha sido capaz de no dejar indiferente a media humanidad solo con enarbolar durante pocos minutos una bandera palestina. 


En el fútbol se mezclan identidades nacionales, conflictos sociales, tensiones políticas, frustraciones colectivas y deseos de pertenencia. El fútbol funciona como una religión laica y de ahí su fuerza descomunal, pero también su peligro. Esta última semana lo hemos podido comprobar desde dos ángulos muy distintos donde los papeles de sus protagonistas aparecían cambiados. Lamine actuando como un adulto reivindicando derechos pisoteados y Florentino comportándose como un crío maleducado que solo ve enemigos por todas partes y que no se corta un pelo a la hora de señalar y amenazar, sobre todos a periodistas.


A periodistas que, por cierto, no han dejado de bailarle el agua en numerosas ocasiones olvidando que cuando, ya sea por miedo o por vocación, halagas a alguien prendado de sí mismo y con poder, tus autohumillaciones nunca le parecerán suficientes, siempre querrá más. La soflama contra el diario ABC reconozco que no la vi venir, ni su amenaza con cancelar la suscripción de cuarenta años al periódico. Para quien piense que esa represalia es una ridiculez, se lo traduzco: en boca de Florentino Pérez, “suscripción” es una licencia literaria con la que se puede estar refiriendo a los millones en publicidad que todas las empresas que él preside y en las que influye insertan en el periódico.


Entre Florentino Pérez y Lamine Yamal no existe solo una diferencia de edad o de posición social. Uno simboliza la estructura, el control, el poder económico que convierte el fútbol en una industria global donde hasta las emociones se rentabilizan; el otro aún se mueve en una clave donde el afecto y las relaciones humanas importan. Florentino mira el fútbol desde arriba, Lamine lo vive todavía desde abajo y, en medio de tanto cálculo, tanta marca registrada y tanta mercantilización salvaje, apuesta por divertirse en el campo y fuera del campo, por sentir, por equivocarse, por opinar y tomar partido cuando llega el momento de hacerlo ¿Desde cuándo no se ríe con franqueza el presidente del Real Madrid, desde cuándo no se divierte?


Mientras Florentino representa un modelo de poder altanero y prepotente, Lamine personifica la capacidad de provocar un terremoto con un sencillo gesto de denuncia. Dos mundos, dos maneras de entender la vida. Esperemos que Lamine aguante lo que se le viene encima porque está claro que el sistema reaccionará. Intentará domesticarlo, convertirlo en un producto sin más, robarle su frescura y su desparpajo. 


El fútbol importa porque nunca hablamos únicamente de fútbol sino de dinero, de identidad, de ideología, de poder, de clase, de pertenencia. Hablamos de quién manda, de quién se atreve a desafiar lo establecido y también de emociones colectivas manipuladas millones de veces. Por eso un presidente acumula tanto poder y el gesto solidario de un chaval de dieciocho años provoca semejante convulsión. 


Entre el palco y el vestuario, entre el negocio y la conciencia, entre Florentino y Lamine, se libra mucho más que un partido. Y todo esto, a menos de un mes del comienzo de un campeonato mundial en el que la selección española, con Lamine Yamal como estrella, ha de jugar los dos primeros encuentros… ¡en Estados Unidos!


J.T.



sábado, 16 de mayo de 2026

Mayo de 1976. El mes en que nacieron “El País” e “Interviú”


Mayo de 1976 fue el mes en que nacieron dos medios de comunicación claves en el mapa de los primeros años en España tras la muerte de Franco. El día 4 salió a la calle el primer número de “El País”, el diario de información general que desde entonces, y a pesar de sus múltiples vaivenes, no ha dejado de estar presente, e incluso de marcar agenda, en la vida social y política de nuestro país durante las cinco última décadas. 


El día 22 nació “Interviú”, una revista imprescindible si queremos entender lo que sucedía en aquellos años tan revueltos como atractivos. Chica ligera de ropa en portada, más desnudos en páginas interiores de mujeres famosas, reportajes de denuncia sobre las corrupciones del franquismo, informes de investigación sobre los temas mas espinosos (ultraderecha, narcotráfico, terrorismo) e historias donde lo escabroso y lo morboso siempre tenían cabida en su polémico cóctel. Lo redondeaba la presencia de artículos de opinión de las mejores plumas en el país por aquel entonces (Umbral, Emilio Romero, José Luis de Vilallonga, Vázquez Montalbán…) y por supuesto tampoco faltaban dibujantes como Forges, Martinmorales o Perich, que en una o dos viñetas eran capaces de resumir con envidiable maestría lo que estábamos viviendo.


"El País", por su parte, iba de “serio”.  Era el resultado de años de trabajo de los conspiradores oficiales, gentes en su mayoría de derechas que aspiraban a continuar partiendo el bacalao cuando muriera Franco y que tenían muy clara la necesidad de un medio de comunicación de carácter liberal, pero fresco y distinto. En mayo del 76 se cumplían los primeros seis meses de la muerte del dictador y nuestro país estaba hirviendo. El inefable Juan Carlos de Borbón había heredado todos los poderes del dictador y por entonces transmitía la impresión de no saber muy bien cómo gestionar aquello. Solo tenía clara una cosa, sobrevivir a cualquier precio. Había ratificado a un franquista acérrimo como presidente del gobierno, Carlos Arias Navarro, y este había conformado un consejo de ministros que podía ser perfectamente uno de los gabinetes de la etapa anterior. En resumen, que no acabábamos de arrancar.


En este clima donde los medios de comunicación de referencia eran revistas que se habían jugado el tipo durante los últimos años de la dictadura, (Triunfo, Cambio 16 o Cuadernos para el Diálogo entre otros) es en el que irrumpen en los quioscos dos medios como El País” e Interviú”. El primero llamaba la atención más por su impecable diseño y su manera de titular que por sus contenidos. Pero qué duda cabe que significaba aire nuevo. En aquel momento, el presidente de este proyecto empresarial se llamaba José Ortega Spottorno, hijo del filósofo Ortega y Gasset, y entre sus principales accionistas cabían personalidades tan dispares como Manuel Fraga Iribarne, que en ese momento era ministro del Interior con Arias Navarro, o Ramón Tamames, economista autor de libros imprescindibles como “Estructura económica de España”, cuya primera edición databa de 1960, y que por aquel entonces se encontraba preso en la cárcel de Carabanchel por pertenecer al clandestino Partido Comunista de España (PCE). Los promotores de El País” vendieron esta antinomia como un certificado de pluralidad que respaldaba su independencia periodística. El tiempo se encargaría de desenmascarar la coartada. 


“El País” estaba bien hecho, y su irrupción en el panorama mediático de aquel entonces supuso tal revulsivo que buena parte de la prensa que hasta ese momento existía en España fue diluyéndose hasta acabar desapareciendo. Periódicos como Arriba”, “Ya”, “Solidaridad Nacional” o “Pueblo” comenzaron su irremisibe cuesta abajo y otros como El Alcázar”, que radicalizaron su adscripción fascista, resistieron algo más. 


Fue un mes de muchas emociones Mayo de 1976. Todo seguía prácticamente igual que tras la muerte de Franco, pero es verdad que la aparición de medios como El País” o “Interviú” nos aliviaba y proporcionaba cierta esperanza. Desde un punto de vista legal, con el código penal vigente en la mano, la mayor parte de lo que se publicaba en estos dos medios era querellable, pero resistir era el desafío. Esta fue una de las patatas calientes con las que se encontró Adolfo Suárez cuando un mes más tarde, a finales de junio de ese mismo año, fue nombrado presidente del gobierno dando así comienzo a una etapa nueva en la que el objetivo era legalizar los partidos políticos, elaborar una constitución, convocar elecciones y promulgar una amnistía.


Todo eso sucedió cuando El País” e “Interviú” estaban ya en los quioscos, no sin superar a diario una tediosa carrera de obstáculos porque la Audiencia Nacional, que por entonces  se llamaba Tribunal de Orden Público, procesaba de oficio un considerable porcentaje de los artículos, fotos y reportajes que se publicaban en estos dos medios. Luchando contra los elementos lograron sobrevivir, como sobrevivió durante muchos años el diario Avui”, periódico escrito en catalán que había salido a la calle un mes antes, el 23 de abril (los catalanes, siempre por delante) y que luchó contra tirios y troyanos durante décadas sin dejar de contar jamás con furibundos adversarios. 


Gran primavera la de 1976 en España, sabroso preludio de todo lo que comenzó a ocurrir a partir de ese momento. El 18 de octubre de ese mismo año, salió a los quioscos el primer número de Diario 16”.


J.T.

viernes, 15 de mayo de 2026

Andalucía. Ahora que quedan pocas horas...


Tic-tac, tic-tac. El reloj acelera camino del 17 de mayo, domingo electoral en Andalucía. En las sedes de los partidos, en los platós de televisión y en las calles de pueblos y ciudades se respira el aire espeso de todo final de campaña, una mezcla de agotamiento, escepticismo y alborozo: ¡Por fin se acaba la campaña electoral! Los políticos contentos porque, al menos por unos días, ya no tienen que mentir más, y los electores aliviados porque quince días de tabarra es mucha tabarra. 


Y me pregunto yo: A estas alturas, ¿qué sentido tienen las campañas electorales tal como las concebimos? Son largas, tediosas, caras y poco rentables. Miles y miles de euros que se evaporan en mítines a los que solo acuden los ya convencidos para dejar constancia de su adhesión inquebrantable, aplaudir y propinarse codazos hasta conseguir hacerse un selfie con el líder o la lideresa de turno ¿Es este el sentido de los mítines, reunir a los convencidos de siempre para darse un baño de nostalgia y fingir falsas esperanzas? ¿Cuál es el sentido de unos debates televisivos absolutamente predecibles donde sabes que todos los candidatos te van a engañar y que el show va a estar tan medido como descafeinado? ¿Cuál el sentido de la cartelería callejera, cuál el de los sobres que se envían a las casas? ¿A qué viene tanto gasto, de verdad que compensa el esfuerzo inversión-resultado? 


Si todos parece que estamos de acuerdo en que de lo que se trata es de ver cómo convencemos para que voten a un puñado de indecisos y a una buena cantidad de vagos e indolentes que no se toman la molestia de acudir al colegio electoral, ahora que con los mecanismos digitales parece más fácil, ¿por qué no centramos nuestros esfuerzos en eso y a los demás lo dejamos en paz? La gran mayoría de los electores hace tiempo que eligió trinchera. Da igual lo que ocurra, da igual una corrupción más, un bulo menos, un debate mediocre o una promesa imposible. El voto se ha convertido en una cuestión identitaria, emocional, casi futbolística. Los míos contra los tuyos. Y punto.. Está claro que el 80 por ciento no va a mover su voto así caigan chuzos de punta, que del 20 por ciento restante la mitad no se van ni a molestar en salir de casa para votar, ergo... ¿para un diez por ciento tanta parafernalia, tanta música, tanto escenario, tanto viaje, tanto abrazo y tanta soflama? Pues parece que sí porque, según los entendidos, en ese diez por ciento está la clave del éxito o el fracaso. Exageran. O no.


Y del día de reflexión, ¿qué me dicen? ¿Quién reflexiona, sobre qué y para qué? Para bien o para mal, los días anteriores a las votaciones son tiempo muerto que cuesta rellenar a la espera de la noche del domingo cuando se abran las urnas, se cuenten los votos y nos demos cuenta de que esto no tiene remedio. Quedan horas. Lo que no se haya trabajado durante meses, durante años, no se puede arreglar en los últimos días. Como ocurre en los exámenes, ahora que estamos en la época, lo que no hayamos ido estudiando y trabajando durante el curso no podemos arreglarlo con las últimas dos noches sin dormir.


Los resultados electorales tienen algo de eso, de recoger el fruto de toda una temporada sembrando, regando y abonando. Ni los reyes magos existen ni los milagros tampoco.


J.T.

jueves, 14 de mayo de 2026

Sobre la apabullante mayoría absoluta con la que Bally Bagayoko ha sido elegido alcalde de Saint-Denis


A la izquierda Jean-Luc Mélenchon, 

en el centro Bally Bagayoko, nuevo alcalde de Saint-Denis


El pasado mes de marzo Bally Bagayoko, 52 años y de origen maliense, se presentó a  las elecciones municipales en Saint-Denis por La France Insoumise (la formación política que lidera Jean-Luc Mélenchon), obtuvo más del 50 por ciento de los votos en la primera vuelta y desde entonces gobierna una ciudad de la zona metropolitana parisiense que supera los cien mil habitantes. Leo cómo lo cuenta este jueves El País y decido buscar documentación para ilustrarme lo mejor posible sobre el asunto porque me llama poderosamente la atención el titular con el que el periódico encabeza la crónica: El alcalde negro y musulmán que encarna los cambios en Francia.


Me chirría la obsesión por convertir cualquier victoria política protagonizada por alguien racializado en una pieza casi antropológica sobre identidad, religión o color de piel. A mi entender lo significativo no es eso, o no tendría por qué serlo. Cuando uno termina la lectura del texto sabe ya muy bien quién es Bagayoko, cómo se desenvuelve en el cargo y los obscenos ataques racistas de los que está siendo objeto sobre todo por parte de medios y partidos de la derecha y la ultraderecha. Pero Francia lleva décadas sin resolver su relación con las “banlieues” (suburbios), con el colonialismo y con una parte de su ciudadanía a la que margina y sigue mirando como si estuviera aún “en proceso de integración”, por lo que me resulta llamativo que este enfoque se relegue a un segundo plano en el artículo.


La clave de la victoria de Bagayoko en Saint-Denis no es solo sociológica o identitaria sino también, y sobre todo, política y económica. No olvidemos que contó además con el apoyo de formaciones como Les Radicals de Gauche, Les Verts Populaires y PEPS (Pour une Écologie Populaire et Sociale), así que tal vez lo importante no sea la raza o las creencias del flamante alcalde, sino que represente a una izquierda que ha entendido el agotamiento del modelo liberal europeo en los barrios populares ¿Por qué los más desfavorecidos, amplias capas urbanas empobrecidas, encuentran hoy en el entorno de  La France Insoumise un discurso con el que se sienten más identificadas que con el de la socialdemocracia tradicional? 


No creo que la victoria de Bagayoko necesite una explicación étnica antes que política. Convertir un político negro o musulmán en “símbolo de los cambios de Francia” significa situarlo en el terreno de lo excepcional. El apellido, la religión o el origen no tienen por qué ser más decisivos que el programa, el trabajo territorial o el desgaste de las élites tradicionales. 


Bagayoko ha ganado por mayoría abrumadora en Saint-Denis porque conectó con una ciudadanía golpeada por desigualdades históricas, porque sintoniza con quienes sienten que la República Francesa se desentiende de ellos y también porque la izquierda institucional abandonó los barrios dejando huecos importantes en las áreas metropolitanas que ahora empiezan a ocupar nuevas sensibilidades, una generación fresca de dirigentes con menos miedo y ninguna gana de pedir perdón por sus orígenes. 


Claro que es grave la pertinacia de los ataques racistas, faltaría más. Claro que, como en tantos otros países, la extrema derecha interpreta cualquier avance de una Francia cada vez más plural y diversa como una amenaza a la civilización occidental. Pero en este caso yo me limitaría a intentar contestar a la pregunta que planteaba más arriba: ¿Por qué los partidos progresistas tradicionales han dejado de representar emocionalmente a gran parte de las clases populares urbanas mientras proyectos como La France Insuomise sí consiguen hacerlo?


J.T.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Lamine Yamal y la bandera palestina


La verdad es que la foto posee una fuerza descomunal. Como ha quedado demostrado desde que sucedió, Lamine Yamal enarbolando la bandera palestina en el autobús descapotable donde el Barça celebraba haber ganado su campeonato de Liga número 29 es una imagen potente, pero que muy potente. Y eficaz ¿Cuántos discursos políticos, cuántos editoriales de periódico, cuántos programas de televisión hacen falta para conseguir un impacto similar?


El gesto de Lamine tiene mucho más valor que si lo hubiera realizado cualquier otro de sus compañeros, las cosas como son. La gran joya del fútbol español y europeo, el rostro comercial de la próxima década, un futbolista destinado a protagonizar mundiales, Balones de Oro, contratos astronómicos, reivindicando Palestina en plena “rúa”. Impactó porque lo hizo a sabiendas de que le puede costar caro, si tenemos en cuenta la carencia de escrúpulos y prejuicios de los inabarcables poderes que apoyan a Israel y su genocidio. Que le pregunten a según qué actores y actrices de Hollywood, por ejemplo.


No tardaron en salir a la palestra los guardianes de la neutralidad deportiva cuando se percataron del gesto de Lamine, los viejos predicadores que defienden que “el fútbol no debe mezclarse con la política”. Siempre que se trate de Palestina, claro, porque si Messi se fotografía con Trump, eso no es política, ¿verdad? Ni que Laporta lo haga con una bandera de Israel, ni que Carvajal le niegue la mano a Pedro Sánchez. En fin.



Me llamó la atención que Hansi Flick lo criticara (“No me gustan estas cosas, nos dedicamos a jugar al fútbol”, dijo, aunque añadió que “respetaba la decisión del jugador”) y me alivió escuchar a Guardiola defendiéndolo. Vamos a ver si nos dejamos de tonterías: el fútbol jamás estuvo separado de la política, ni en los Mundiales organizados por dictaduras, ni en los himnos, ni en las banderas, ni el día a dia de tanto tejemaneje infame. Estados multimillonarios utilizan los clubes de fútbol como herramientas diplomáticas, ¿qué nos quieren venir a contar tanto sepulcro blanqueado que se rasga las vestiduras con el gesto de Lamine?


Se ponen de los nervios cuando el símbolo que se exhibe incomoda a los más poderosos contribuyendo así a remover las conciencias de quienes tienen poca información de la canallada genocida que sufren los palestinos. Van más de 72.000 muertos en Gaza, según distintas estimaciones citadas estos días en medios internacionales, de ellos 20.000 niños asesinados. Hay millones de seres humanos desplazados, hospitales arrasados, periodistas asesinados, ciudades convertidas en polvo, y nos van a venir ahora con que el escándalo es un futbolista joven con una bandera en un autobús.  


Con un  padre marroquí, madre ecuatoguineana, musulmán, catalán, estrella del Barça e ídolo de los adolescentes en más de medio planeta, la estrella con más futuro del fútbol español tiene exactamente la cara que más irrita a quienes siguen soñando con una identidad nacional congelada en blanco y negro. Su gesto no venía de un activista sino de un chaval que actúa con naturalidad a la hora de hacer lo que cree que debe hacer, por eso resultó todavía más potente.


Israel, conviene aclararlo, posee una gigantesca capacidad de presión política, mediática y diplomática en buena parte del mundo occidental. Cualquiera que cuestione públicamente la actuación de su gobierno se expone a campañas de descrédito y acusaciones sistemáticas de antisemitismo. Señalamientos, vetos silenciosos, presiones, algo que en el mundo del fútbol importa muchísimo porque estamos hablando de una industria global que mueve miles de millones, patrocinadores, federaciones, organizadores, televisiones, marcas, fondos de inversión… Todo el mundo toma nota, Yamal lo sabe, su entorno lo sabe y el Barça también.


Podría haberse limitado a sonreír, bailar reguetón sobre el autobús y repetir frases vacías de manual corporativo, pero decidió tomar partido. Con 18 años, en vísperas además de una etapa decisiva para su carrera internacional, con el Mundial asomando en el horizonte y con media industria futbolística contando con él como una de las grandes imágenes comerciales del torneo. No es un detalle menor.


Parece claro que el fútbol continúa siendo el gran idioma popular del planeta, mucho más influyente que la mayoría de parlamentos y más eficaz que toneladas de discursos institucionales. Un solo gesto en un estadio puede llegar más lejos que cien ruedas de prensa diplomáticas. Lo saben las marcas, lo saben los gobiernos, lo saben las dictaduras y también quienes luchan por causas humanitarias. Todos saben que un muchacho con 42 millones de seguidores en Instagram levantando una bandera palestina supone un acontecimiento en toda regla y una demostración de que la propaganda ya no puede controlar las cosas que se empeñan en ocultarnos. 


De pronto, miles de chavales que solo hablaban del Barça han acabado preguntándose qué demonios está pasando en Gaza. Por eso el gesto de Lamine Yamal adquiere potencia política, porque ayuda a romper la normalización de la barbarie. Quienes sufren bajo las bombas necesitan no ser borrados del imaginario colectivo, no convertirse en ruido de fondo, no desaparecer bajo toneladas de propaganda, cinismo y cansancio informativo. Ojalá este gesto de Lamine Yamal no quede como una excepción, ojalá que de aquí en adelante no tengamos que seguir valorando como algo extraordinario que una figura pública pueda solidarizarse sin problemas con una población masacrada. 


J.T.

En la muerte de “El Cabrero”



Barba cerrada, bastón, aspecto de pastor serrano y una actitud completamente alejada del artista comercial. Cantaba seguiriyas, soleás y tonás con estilo muy áspero y profundo y se hacía llamar “El Cabrero”. En los últimos años de la dictadura se convirtió en un referente con letras combativas, libertarias y profundamente críticas con el poder, la injusticia social y el franquismo. Militaba en la rebeldía dentro del flamenco, y jamás se desprendió de sus raíces jornaleras y anarquistas.  


Este miércoles ha muerto en Aznalcóllar (Sevilla), el pueblo donde nació hace 81 años José Domínguez Muñoz, El Cabrero. Antes que artista fue pastor, cabrero de verdad, y nunca dejó de serlo del todo. Incluso cuando ya era una figura internacional del cante, seguía volviendo al campo del que salió su nombre artístico y su manera de cantar áspera, seca y sin adornos innecesarios. 


Nos enseñan a matar

Mucho más que a sembrar un árbol

Y los que nos rebelamos 

Solo nos queda gritar

¡Ni guerra, ni dios ni amo!


Estas cosas cantaba El Cabrero, que nunca entendió el flamenco como mero entretenimiento. Cantó sobre los jornaleros, la pobreza, la dignidad y la rabia de los olvidados. Tras la muerte de Franco continuó con su combate y convirtió el flamenco en un territorio de resistencia moral y política. Sus letras hablaban del campo andaluz porque él venía de allí y porque jamás quiso abandonarlo del todo. Tenía una voz imposible de domesticar, ni limpia ni académica según los puristas, pero completamente reconocible. Cuando cantaba por seguiriyas o por soleá parecía que estuviera discutiendo con el mundo entero.


No quiero ver injusticias ni miserias;

no quiero ver militares ni princesas;

no quiero ver dictaduras ni pobrezas;

no quiero ver religiones ricas, ni reinas.

Que sólo quiero yo ver a los pobres sin miseria;

a los ricos sin dinero desnudos en esta tierra;

a infinitos corazones unidos por el amor

y unidos contra la guerra.

A la sombra de mi sombra

me estoy haciendo un sombrero

pero voy a dejar de hacerlo

para luchar con dos güevos.


“A la sombra de mi sombra” se llamaba la pieza donde estaban incluidos estos versos, que resumían una mezcla de orgullo herido y resistencia íntima que solo él sabía sostener. Era el monólogo de un hombre que había decidido ir por la vida sin tener por qué pedirle permiso ni perdón a nadie. Ahí residía la mayor parte de su fuerza y así es como labró su carisma. 


Cantaba desde su mundo y conseguía convertir su experiencia campesina en poesía directa y amarga. Grabó tangos argentinos, colaboró con artistas alejados del flamenco ortodoxo e incluso compartió proyectos con figuras internacionales como Chick CoreaPeter Gabriel. Pero jamás perdió el acento de su tierra ni la garra de la sierra. Se convirtió, probablemente sin proponérselo, en un símbolo respetado también por quienes no compartían sus ideas, entre otras razones porque nunca suavizó su discurso ni pidió perdón por cantar como cantaba ni por pensar como pensaba.



Andalucía, qué mal vives!

Pueblo labraor y minero

Estás en manos de rateros

Que a su voluntad te exprimen

Siendo tan rico tu suelo.


Chapeau, admirado Cabrero! 


De las elecciones del próximo domingo en Andalucía, mejor ni hablamos, ¿verdad? Allá donde estés, no te cabrees demasiado con los resultados, que somos muchos los que seguiremos luchando en tu nombre y en tu memoria pase lo que pase. Tenemos bastante trabajo por delante, lo sabemos, pero nos vendremos arriba escuchando tus canciones.


J.T.

martes, 12 de mayo de 2026

La campaña electoral de José Ignacio García

Cartel electoral de "Adelante Andalucía" 


Representa una rara avis en la política andaluza. La figura de José Ignacio García, candidato a presidente de la Junta por la formación “Adelante Andalucía”, ha crecido en esta campaña autonómica del 17 de mayo porque se desenvuelve con la frescura y la naturalidad que tanto tiempo llevamos echando de menos en los políticos de esta tierra. José Ignacio no cuenta con ningún aparato estatal detrás, está muy lejos de la hipérbole institucional del PP y no tiene nada que ver con los modos y maneras de un PSOE que se piensa que puede vivir de las rentas. La manera de decir las cosas de García suena a verdad y conecta con el personal de a pie, esa es la clave. Un arte quizás sencillo, pero del que carecen la mayoría de los políticos de izquierdas de toda la vida. Su capacidad pedagógica, su franqueza, seducen. Hasta el punto de que algunas encuestas y análisis lo sitúan como el candidato mejor valorado de la campaña. 


José Ignacio García nació en Jerez de la Frontera en 1987, es psicólogo y orientador educativo de la pública y procede del activismo social, del 15M, del sindicalismo andaluz y de Anticapitalistas”. Participó en la construcción inicial de Podemos” en Andalucía y después en la fundación de “Adelante Andalucía” junto a Teresa Rodríguez. Su perfil político mezcla andalucismo de izquierdas, defensa de los servicios públicos, discurso social duro y una estética política distinta, menos institucional y mucho más cercana. 


Durante esta campaña electoral andaluza, José Ignacio ha conseguido destacar frente a sus adversarios. En los dos debates electorales retransmitidos por televisión ha dejado en evidencia a una María Jesús Montero muy por debajo de sus capacidades, a un Antonio Maíllo que no acertaba con el tono, un Moreno Bonilla que no disimulaba su escaso interés por estar en el plató y un fascista de Vox de cuyo nombre no quiero ni acodarme ¿Cómo ha conseguido esto? Veamos algunas de las posibles razones: 


Una, la autenticidad. Incluso medios poco cercanos ideológicamente reconocen que el candidato de “Adelante Andalucía” conecta con un electorado joven y desencantado porque, como decíamos más arriba, habla sin la rigidez clásica de la izquierda institucional. Utiliza las redes sociales sin parecer un community manager disfrazado de político y su lenguaje directo es reconocible y profundamente andaluz.  


En segundo lugar el andalucismo, pero no un andalucismo folclórico ni autonomista de despacho. García apuesta por una identidad política andaluza que combine conciencia territorial y agenda social. 


Tercero, la coherencia estética y política. Mientras otros candidatos se rodean de consultores que le dan medido lo que tienen que decir y lo que no, lo que tienen que hacer y lo que no, García parece haber apostado por una campaña humilde, callejera y emocional. La camiseta con los nombres de las 2317 mujeres afectadas por los fallos en los cribados de cáncer de mama se ha convertido en uno de los símbolos políticos más potentes de la campaña.  

Y en cuarto lugar, intenta construir un mensaje que cale en el común de la ciudadanía en vez de tirarse el día criticando y denunciando. Su discurso sobre vivienda, turismo, privatización sanitaria o universidades privadas ha encontrado eco porque está claro que conecta con los problemas cotidianos de buena parte de la población andaluza.  


Como candidato a la presidencia de la Junta por “Adelante Andalucía”, José Ignacio García parece haber entendido que la izquierda andaluza no puede sobrevivir hablando siempre el idioma de Madrid. Los medios con los que cuenta para dar a conocer el proyecto de su partido son claramente inferiores a los del resto de sus adversarios políticos. A ver cuando se abran las urnas el próximo domingo, hasta qué punto, y a pesar de luchar contra todo tipo de elementos adversos, ha conseguido que cale su mensaje.


J.T.