Se empeñan en desordenarnos más de lo que ya estamos. ¿Qué quiere decir José María Aznar cuando proclama que el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial ha terminado? ¿Qué quiso decir Úrsula Von der Leyen cuando declaró que “Europa no puede seguir siendo el guardián del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido y no volverá", que "ya no podemos confiar en un sistema basado en reglas como la única manera de defender nuestros intereses"
¿Qué llevó a la presidenta de la Comisión a retractarse al día siguiente afirmando que "La Unión Europea tiene un compromiso inquebrantable con la búsqueda de la paz, con los principios de la Carta de Naciones Unidas y con el Derecho Internacional”? Von der Leyen se desdijo, veremos en qué queda pero lo hizo, dejando así a Núñez Feijóo y a toda su guardia pretoriana, que habían secundado entusiasmados su primera declaración, literalmente con el culo al aire.
Desde el pasado 28 de febrero esto es una locura pilotada por un Donald Trump que se pasa el derecho internacional por el forro y que además lo afirma sin rubor añadiendo que el único límite para él es su propia moralidad, su propia mente, no dice su propia conciencia porque está claro que no tiene ¿Derechos humanos, eso que es? “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”, reza el artículo tres de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (París, 1948); “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”, puede leerse en el artículo cinco. Papel mojado para Trump, no digamos para Benjamín Netanyahu. Así que es cierto, no hay reglas porque ellos se las saltan ante la impotencia de un mundo que mira y sufre el espectáculo sin que nadie sea capaz de imaginar cómo acabará esta ruina que tenemos encima.
Europa hace el ridículo, China y Rusia miran y esperan mientras Trump irrumpe en Venezuela, reclama Groenlandia, amenaza a Cuba, incendia Oriente Medio y destroza el equilibrio comercial del mundo entero. Los augustos próceres que gobiernan países como Alemania, Francia o Canadá se limitan a diagnosticar. El canciller alemán Friedrich Merz afirmó en la Conferencia de Seguridad de Múnich, dos semanas antes del bombardeo de Teherán, que el orden mundial basado en normas "ya no existe" y que la "libertad ya no es algo que se pueda dar por sentado". El francés Emmanuel Macron, por su parte, ha asumido que vivimos en un mundo sin reglas donde impera la ley del más fuerte, que el derecho internacional está siendo “pisoteado” y que las instituciones creadas al finalizar la Segunda Guerra Mundial viven un proceso de desmantelamiento metódico.
Mark Carney, primer ministro canadiense, también ha dicho que “el viejo orden mundial está muerto" y que las potencias de tamaño medio deben unirse ante la nueva realidad geopolítica. Unirse, de acuerdo, pero unirse… ¿cómo? ¿Qué actuaciones, de todas las que se están llevando a cabo hasta ahora, transmiten confianza? ¿Mandar barcos a Chipre? ¿Protestar con la boca chica para que no se enfade el gran batracio naranja? Algún ingenuo todavía confía en que pertenecer a la OTAN ayuda a estar más tranquilos. Tranquilos… ¿comparado con qué? Todo es confusión y palos de ciego. Quienes, como el PP o Vox, apuestan por el seguidismo de la locura estadounidense-israelí están renunciando de hecho a la escasa autonomía que nos queda como país. Es una verdadera suerte no tenerlos en el poder. El gobierno socialista, por su parte, se mueve entre la cal y la arena: no permite que las bases de Morón y Rota se usen como plataforma para acciones ofensivas en Oriente Medio pero tampoco deja de aprobar partidas presupuestarias destinadas a Defensa para “necesidades ineludibles”.
Quiero pensar, a pesar de todo, que no es verdad que el orden mundial haya muerto aunque así se proclame, que el derecho internacional e instituciones como la ONU, el FMI y el Banco Mundial (1944), junto con organismos especializados como la OMS, FAO o la UNESCO pueden continuar funcionando y siéndonos útiles. Tenemos derecho a exigir que las leyes se cumplan y a que la impunidad de los sátrapas, tengan la bandera que tengan, no triunfe ni les salga gratis.
Estamos en el filo de la navaja, pero ¿hay esperanza? Quizá solo la que ofrece la coherencia. Hasta la primera ministra italiana Giorgia Meloni, ultra y “amiga” de Trump, ha dicho que los ataques de Israel y Estados Unidos a Irán están al margen de la ley. No solo ella, pero también ella. Por nuestra parte, la sociedad civil española gritando "No a la guerra" de nuevo nos recuerda que no todos hemos comprado el mensaje del engaño por mucho que Aznar y hasta Felipe, cómo no, insistan en ello.
J.T.









