lunes, 11 de mayo de 2026

No se rinde un gallo rojo más que cuando está muerto


Puede que este domingo las derechas ganen en Andalucía, pero puede también que no, ¿o damos ya por descartada esta posibilidad y nos ponemos todos a llorar como Boabdil cuando perdió Granada? No entiendo esta especie de “resignación cristiana” que parece haber abducido últimamente a las izquierdas. Ni la entiendo ni estoy dispuesto a asumirla. Los escucho y concluyo que no están luchando para ganar, sino solo para que la derrota sea lo menos estrepitosa posible. Y no doy crédito mientras veo cómo Moreno Bonilla anda de mitin en mitin con una única preocupación, si conseguirá o no la mayoría absoluta.


¿En qué momento las izquierdas se dejaron comer el terreno hasta llegar aquí? ¿en qué momento la mayoría de los andaluces decidimos comprar el discurso hipócrita y torticero de un PP que nunca hubiera llegado al palacio de San Telmo sin las muletas de Vox en enero de 2019? ¿en qué momento los jornaleros de esta tierra, muchos más que los terratenientes, decidieron que votar a los señoritos convenía a sus intereses? ¿qué puñetera distopía es esta? La sanidad pública hecha unos zorros, listas de espera récord, pobreza y paro liderando las estadísticas nacionales y el personal votando a un candidato que miente más que habla.


Más de 200.000 andaluces esperan una operación con una media de 173 días, casi seis meses, el peor dato de toda España, y otros 850.000 aguardan consulta con algún especialista mientras se destinan cientos de millones a la privada y se tiene la desfachatez de presumir de eficiencia. Educación y dependencia siguen el mismo camino de degradación disfrazada de modernidad, la vivienda para los jóvenes una ruina, así como sus perspectivas de futuro. Pues nada, entras en un bar y de quien oyes hablar mal es de Pedro Sánchez, quedas con amigos y conocidos de toda la vida para tomar unas cañas y si tienes la mala suerte de que les dé por hablar de política más vale que te calles o que te marches. Poner a parir sin parar al gobierno de Sánchez se ha convertido en el deporte nacional. 


Como en la película Don't Look Up (No mires arriba,) protagonizada en 2021 por Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence, el meteorito está a punto de caernos encima y no solo no nos apartamos sino que nos negamos a admitir su existencia. “Andaluces, levantaos, pedid tierra y libertad”, ¿cuántos telediarios le quedan a este himno de Andalucía? Mirad a Juanma y a su cuadrilla cuando lo cantan y veréis lo que les cuesta disimular los sarpullidos que les produce. Cuesta poco imaginarse lo que sucederá apenas los fascistas pillen un mínimo cacho de poder. 


Andalucía sigue liderando el riesgo de pobreza y exclusión social en España con un 35 por ciento, casi tres millones de personas; la pobreza infantil afecta a más del 40 por ciento de los menores andaluces, tenemos la renta per cápita más baja del país y el empleo creado sigue muy ligado a sectores precarios como el turismo, la agricultura o los servicios de bajo valor añadido, ¿de qué demonios se jactan pues Moreno Bonilla y sus palmeros? Uno de cada tres andaluces al borde de la exclusión y él presumiendo de locomotora económica.


Insisto, no entiendo cómo las izquierdas en Andalucía se han podido dejar comer la tostada hasta tal punto. Quiero seguir pensando que revertir esto ha de ser posible. Quiero creer que no será necesario sufrir, con mayor inquina aún, las políticas depredadoras de la ultraderecha para despertar de la hipnosis, que no será necesario continuar perdiendo lo que tanto costó conseguir y acabar llorando por la leche derramada para que salgamos del letargo.


Lo que pase en Andalucía este 17 de mayo influirá más pronto que tarde en lo que suceda en el resto del Estado. Cuando antes desenmascaremos a un Moreno Bonilla que se pasea por los pueblos perdidos engañando a los pensionistas poniéndoles ojitos y cara de cordero degollado, antes empezaremos a parar esta deriva ultra que va transmitiéndose de autonomía en autonomía y que, como no espabilemos, acabará fagocitándonos a todos.


El voto de izquierdas de toda la vida en Andalucía ha de recuperarse. Y es muy fácil, se trata de levantarse el domingo, ir hasta el colegio electoral y votar lo que hay que votar. Los señoritos son pocos y nosotros somos muchos más. Eso es lo que dicen las matemáticas, solo hay que trasladarlo a las urnas. Quiero pensar que aún mantienen su vigencia aquellos versos de Chicho Sánchez Ferlosio: “Gallo negro, te lo advierto/no se rinde un gallo rojo/más que cuando está ya muerto”.


J.T.

domingo, 10 de mayo de 2026

45 años del "caso Almería"

Lo voy a contar una vez más, ahora que se cumplen 45 años de aquel crimen imperdonable. Un joven almeriense que trabajaba en Santander llamado Juan Mañas decidió acudir en mayo de 1981 a la celebración de la primera comunión de su hermano pequeño, y aprovechó la ocasión para invitar a dos de sus amigos a conocer la tierra donde nació. 


Mientras atravesaban en coche la península de norte a sur, en Madrid tres militares mueren tras sufrir un atentado en la calle Conde de Peñalver esquina Goya. En algún lugar, alguien decidió que las caras de dos de los presuntos autores que aparecían en los periódicos ilustrando la noticia eran idénticas a las de dos de los tres jóvenes que viajaban de Santander a Almería. Ya en su tierra, Juan apenas tuvo tiempo de presentar la familia a sus amigos, Luis Cobo y Luis Montero, y dar una vuelta con ellos porque la guardia civil no tardó en detenerlos. Al poco tiempo, en el desierto de Tabernas-Gérgal y cercano a una carretera, apareció carbonizado el coche en el que llegaron a Almería con los cuerpos de los tres jóvenes destrozados y prácticamente irreconocibles. 


El teniente coronel Castillo Quero, que así se llamaba el jefe de la Comandancia provincial, y sus hombres declararon que cuando se proponían trasladar a Madrid a los tres detenidos, al poco de iniciar el viaje se vieron obligados a disparar a las ruedas del coche para que estos no escaparan; el automóvil cayó por un terraplén y, tras incendiarse, los tres murieron sin que ellos pudieran hacer nada por salvarlos. La explicación no podía ser más burda para un asunto tan espantoso. 


Una patata caliente más para el Gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo (UCD) en aquella primavera de 1981, año que ya venía de por sí bastante cargadito: en enero había dimitido Adolfo Suárez, al mes siguiente tuvo lugar el intento de golpe de Estado en el Congreso de los Diputados (23F); poco después el Banco Central de Barcelona fue asaltado por un grupo armado que, tras encerrarse con casi trescientos rehenes, pedía la liberación de Tejero y de varios golpistas más; además, una intoxicación masiva producida por el consumo de aceite de colza causó la muerte de trescientas personas y afectó, con graves secuelas en algunos casos, a más de veinte mil…


Cuando Juan José Rosón, ministro del Interior, se vio obligado a comparecer para explicar qué demonios había pasado en Almería, lo calificó de “trágico error” y se quedó tan pancho. Costó mucho trabajo que la cosa no quedara ahí, dado que los intentos por correr un tupido velo desde instancias oficiales fueron muchos. Darío Fernández, el abogado que se hizo cargo del caso en nombre de las familias de las víctimas (consiguió que al teniente coronel y a dos de sus hombres se les condenara por tres delitos de homicidio) fue sometido a todo tipo de presiones y amenazas durante el tiempo que duró la instrucción del caso. 


Aunque los jueces denegaron la reconstrucción de los hechos, en la sentencia quedó probado que “el teniente coronel Castillo y sus hombres torturaron hasta la muerte a los tres detenidos en un cuartel abandonado llamado Casasfuertes y que posteriormente, y con el fin de intentar eliminar evidencias, despeñaron su vehículo por un terraplén, le dispararon numerosas veces y le prendieron fuego”.


Imagínense la sensación de impotencia de las familias de Cobo, Montero y Mañas. Durante un tiempo se llegó a insinuar que, aunque había sido un error, se trataba de delincuentes comunes. Cuando faltaban solo unos meses para que el PSOE llegara al poder, se intentó organizar un festival para recaudar fondos con los que ayudar a pagar los gastos judiciales. Entre otros, iban a actuar Paco Ibáñez y Carlos Cano, pero el gobernador civil de Almería prohibió el concierto. Así estaban las cosas en España cuando hacía ya casi siete años que había muerto Franco y la celebrada Transición estaba a punto de acabarse. 


Hasta 1999 no supimos que los tres condenados -por homicidio, que no por asesinato- estuvieron cobrando durante años con cargo a los fondos reservados. Y hasta enero de 2023, es decir, hasta hace solo tres años, a las familias no se les pidió nunca perdón. Les pedimos perdón “desde el corazón del Estado”, les dijo el secretario de Estado de Memoria Democrática tras entregarles tres diplomas de reparación en una acto celebrado en la Subdelegación del Gobierno de Almería. “No cabe justificación”, añadió la directora general de la Guardia Civil, “aquellos terribles hechos no deberían haberse producido jamás”“Demasiado tarde”, comentó Francisco, el hermano de Juan Mañas que iba a celebrar su primera comunión aquel 10 de mayo de 1981 y que ya cuenta cincuenta y cinco. 


Desde luego, es demasiado tarde para casi todo, pero no para luchar contra el olvido. En el lugar del crimen, un pequeño monumento recuerda lo sucedido, como lo hace también la película que Pedro Costa Musté dedicó al caso (protagonizada por Iñaki Miramón, Juan Echanove y Antonio Banderas, que se puede ver en Filmin), o los libros de Antonio Ramos Espejo, “Mil kilómetros al sur” y “Abierto para la historia”. 

Abierto sigue, dado que aquel juicio cerrado en falso (entre otras razones porque en los hechos participaron once guardias civiles y solo fueron juzgados tres) acabó –técnicamente- con la posibilidad de que algún día pueda saberse la verdad de lo que ocurrió y por qué ocurrió. Por eso este 10 de mayo, 45 años después, lo vuelvo a contar. Lo seguiré contando.


J.T.

sábado, 9 de mayo de 2026

En la muerte de Ted Turner, socio fundador de CNN+



La noticia en tiempo real en televisión, sin la tiranía ni en el encorsetamiento de los telediarios de media hora dos o tres veces al día y punto. Eso fue lo que inventó Ted Turner cuando fundó la CNN (Cable Nes Network). Un canal por cable pensado para ofrecer actualidad a sus abonados las veinticuatro horas del día. El principio fundacional era democratizar el acceso a la información mediante un servicio de noticias las 24 horas del día que uniera al mundo a través de la verdad y de la paz”. Claro que una cosa son las declaraciones de intenciones y otra muy distinta la realidad, porque en los conflictos internacionales la CNN pocas veces cuestionó la postura oficial de los Estados Unidos. 


Aún así, en la década de los 80, yo me quedaba enganchado en la habitación del hotel cuando me tocaba viajar a los Estados Unidos por razones de trabajo. “Te garantizan imágenes de cualquier cosa que ocurra en cualquier lugar del mundo en menos de cuatro horas”, me contaban los colegas americanos. “Y retransmiten en directo ruedas de prensa enteras”, añadían. En aquel momento, aquello suponía toda una revolución ¡Cómo me gustaría trabajar en una televisión así!, pensé. No era la inmediatez de la radio, tampoco la velocidad de transmisión de una foto, pero ya no había que esperar un día o varios para ver imágenes en movimiento de lo que estaba ocurriendo en el mundo, fuera donde fuera.


A finales de los 90 Jesús de Polanco, presidente de Canal+, decidió asociarse con Ted Turner para implantar en España una versión de CNN a la que llamarían CNN+. Cuando me telefonearon para ofrecerme la delegación en Andalucía del canal, vi por fin mi sueño cumplido y así dieron comienzo doce años inolvidables en mi carrera periodística. “Está pasando, lo estás viendo”, proclamaba el lema escogido para promocionar la cadena. No siempre era posible, pero al menos la intención era buena. El 27 de enero de 1999 salíamos al aire felices de participar en una experiencia profesional de aquella envergadura.


Trabajábamos con rigor y con voluntad de servicio público en un mercado privado, apostábamos por la información seria, por el análisis, por no tratar al espectador como si fuera menor de edad. Se lo debemos a Polanco, pero también a Ted Turner, fallecido el pasado miércoles 6 de mayo a los 87 años, casi 46 después de la fundación de su buque insignia mediático en Atlanta, lejos de los despachos neoyorquinos, con un equipo joven, apostando por la tecnología por satélite cuando pocos creían en ella. Turner rompió el monopolio de las tres grandes cadenas americanas y creó un modelo que después replicarían Fox, MSNBC y cientos de emisoras en todo el planeta. 


En España, la muerte de Polanco en 2007 derivó en una serie de nefastas decisiones empresariales que supusieron el comienzo de la cuesta abajo de Prisa y Sogecable, lo que significaba una seria amenaza para la supervivencia de CNN+. Ahí Turner no tenía potestad para intervenir, así que no pudo evitar que nos vendieran a Mediaset junto con Cuatro Televisión y que en pocas semanas Silvio Berlusconi acabara con nuestros puestos de trabajo. El final fue cruel y obsceno. Al nuevo propietario solo le interesaba Cuatro y eligió la noche del 28 de diciembre de 2010, día de los Inocentes, para cerrarnos para siempre sin contemplación alguna. Le debió parecer poca humillación al italiano, porque nada más decir adiós a los espectadores desde nuestro plató de informativos, solo décimas de segundo después, apareció en pantalla el indicativo de “Gran Hermano 24 horas”. El simbolismo no podía ser más brutal ni más triste: pasaron del periodismo a la telerrealidad más grosera en cuestión de segundos.


Quince años más tarde, Ted Turner ha muerto cuando su proyecto original navega también por aguas turbulentas. Su CNN ya no es lo que era, tras haber sufrido en los últimos tiempos cambios de rumbo editoriales, la competencia feroz de redes sociales y plataformas y la degeneración de la política y el periodismo entre bulos, fake news y mentiras que el propio presidente estadounidense se encarga de alentar y promover. Así las cosas, la cadena que revolucionó la manera de hacer periodismo audiovisual enfrenta ahora su propia crisis de identidad. El fallecimiento de su fundador coincide con el momento de mayor vulnerabilidad de su legado. La CNN original lucha estos días para no ser engullida por el entretenimiento barato y la polarización extrema que todo lo infecta. Con Donald Trump en el poder, no creo que lo consiga.


En palabras de Guillermo Fesser,  “la corrupción de la administración (que se hace a cara descubierta y sin ningún rubor) va a permitir que se quede con la cadena el hijo del fundador de Oracle, Larry Ellison, un multibillinario de la cuerda del presidente. Desde que en 2025 –añade Fesser-, el joven David se declarara fiel creyente y seguidor de la política de Trump y del Israel de Netanyahu, este se propone convertir su plataforma mediática en un altavoz del populismo ultra conservador.” Lo que hicieron con CNN+ en 2010 fue una humillación, sí, pero lo de la CNN matriz, si finalmente se consuma, supondrá una afrenta incalificable. 


J.T.

viernes, 8 de mayo de 2026

La valentía de Francesca Albanese

 


Como Relatora Especial de Naciones Unidas para los Territorios Palestinos Ocupados, la jurista italiana Francesca Albanese denuncia de manera contundente el horror que Israel lleva cometiendo en Gaza desde octubre de 2023. Un genocidio en toda regla, con decenas de miles de muertos, destrucción sistemática de infraestructuras civiles, el hambre como arma de guerra y un desprecio absoluto por el derecho internacional.


En sus informes y declaraciones recientes, Albanese ha documentado cómo, desde hace treinta y dos meses ya, se han confirmado más de 65.000 palestinos muertos, más de 75 por ciento de ellos niños y mujeres. Si se incluyen las muertes indirectas por hambre, enfermedades y colapso del sistema sanitario, las cifras se incrementaran escandalosamente. Afirma la Relatora de la ONU que Israel ha aniquilado familias enteras, documenta que el 81 por ciento de las estructuras en Gaza ha sido destruido o dañado gravemente y que más de un millón de personas no tienen hogar en estos momentos. Hospitales, escuelas, mezquitas y bibliotecas han sido sistemáticamente arrasados.


Más de 1.580 trabajadores sanitarios, 252 periodistas y cerca de 390 colaboradores de UNRWA, la agencia de la ONU que proporciona asistencia, protección y defensa de los derechos a los refugiados palestinos, han sido asesinados. Albanese describe un sistema de tortura institucionalizado en las cárceles y un “terror cartográfico” que desplaza a la población una y otra vez, combinado con hambruna deliberada y bombardeos sobre zonas de ayuda humanitaria. 


Esta semana, Albanese ha estado en España. Ante el Gernika de Picasso en el Museo Reina Sofía, remarcó que la destrucción de Gaza evoca los peores bombardeos de la historia contemporánea. Ha exigido el fin inmediato del comercio de armas con Israel y denunciado la complicidad europea. 


Las distinciones que ha recibido en nuestro país, el Premio Mario Benedetti, el René Cassin del Gobierno Vasco o la Orden del Mérito Civil concedida por el presidente Pedro Sánchez son el reconocimiento a una persona que ha convertido su cargo en trinchera de la conciencia humana. Paga un alto precio por ello, por supuesto. Las amenazas de muerte son constantes, Estados Unidos le ha impuesto sanciones que la han convertido en una especie de apátrida financiera y su vida es una montaña rusa de protección y presiones. Israel y sus aliados no perdonan que una funcionaria de la ONU documente los crímenes que cometen e intentan silenciarla a toda costa.


España ha hecho bien en arroparla, pero mientras Netanyahu y sus socios sigan recibiendo armas y cobertura política, la barbarie continuará. Albanese obliga al gobierno de nuestro país a mirar esto de frente y dejarse de ambigüedades. Se necesita impulsar acciones más concretas, un embargo total de armas, el reconocimiento pleno del Estado palestino y una campaña de presión real en los foros internacionales. La historia no perdonará a los cómplices silenciosos. 


Personas como Francesca Albanese son más necesarias que nunca. Son el aire puro en una atmósfera contaminada por la propaganda y el cinismo. Si dejamos que la silencien, si permitimos que las amenazas de las que es objeto surtan efecto, estaremos aceptando que la ley de la selva ha ganado definitivamente la partida.



J.T.


jueves, 7 de mayo de 2026

Soledad Gallego-Díaz comía aparte


Discreta como siempre fue, no sé si a Soledad Gallego le hubiera gustado tanto peloteo como, tras su fallecimiento, se le ha dedicado estos días en los medios. ¡Qué indigestión de obituarios estomagantes, por favor! Igual me equivoco, pero mucho me temo que el día en que a los 63 años salió por la puerta de Miguel Yuste camino de su futuro con sus pertenencias en una caja de cartón, igual no recibió tantos aplausos ni reconocimientos como los que se le dedicaron en el tanatorio madrileño donde la despidieron el pasado miércoles. 


Como siempre fue una señora (en eso llevan toda la razón sus múltiples aduladores póstumos), miró hacia delante y se dispuso a organizar el resto de su vida. En palabras de Miguel Mora, no tardaron en “conspirar” juntos para poner en marcha un proyecto digital de altura al que llamaron “Contexto” (CTXT), una maravilla de iniciativa editorial que lleva su sello, el mismo que durante más de treinta años había dejado en “El País” ya fuera como reportera, corresponsal o directora adjunta.


Al contrario que buena parte de sus compañeros de muchos años, no se dejó seducir por los ultras de “The Objective” (tampoco creo que estos se hubieran atrevido a proponerle nunca nada) ni cayó en la tentación de pasearse como todóloga de plató en plató. Soledad Gallego-Díaz siempre comió aparte. Se había ganado el respeto de todo el mundo en la profesión, entre otras muchas razones porque era eficaz, contundente y nada ruidosa.


Se había jubilado, sí, pero aceptó volver a “su casa de siempre” cuando el periódico iba cuesta abajo y sin frenos merced al desastre en que lo habían sumido Antonio Caño, Alandete, Torreblanca y compañía. 67 años tenía cuando aceptó convertirse en la primera mujer capitana del otrora gran barco ahora a la deriva y no tardó en marcar su impronta de siempre, nada de conchaveos con el poder y respeto máximo a los lectores. Aceptó el encargo porque había que hacerlo, con el respaldo abrumador de la redacción, y se marchó a los dos años, como había prometido. 


Soledad había nacido en 1951 en un Madrid gris, hija de un matemático comunista represaliado y una cubana llegada a España en plena guerra civil, y llevaba en la sangre ese sentido de la disidencia serena. Empezó en Pyresa, la agencia del Movimiento, de donde la echaron por secundar una huelga contra los últimos fusilamientos del franquismo. Ya entonces sabía decir “no” cuando lo creía conveniente. Con 26 años trabajaba en la revista Cuadernos para el Diálogo y allí, con sus compañeros Federico Abascal y José Luis Martínez, dio el golpe periodístico de la llamada Transición. Aunque esto se ha repetido hasta la saciedad en los últimos días, creo que conviene dejar también constancia en estas líneas: se hicieron con el borrador de la Constitución de 1978 y lo publicaron sin dudarlo.  


Decía antes que todo el mundo la respetaba y es verdad. No solo por su trayectoria, sino por su capacidad para no perder el foco en el lodazal de las intrigas del oficio. Para muchos era una persona políticamente correcta, pero yo la veía más como una outsider en el mejor sentido de la palabra, como alguien que nunca se dejó domesticar por dogmas ni por agendas. Rigurosa y austera, siempre prefirió hacer pensar con datos y argumentos en lugar de imponer opiniones. 


Para Gallego-Díaz, el verdadero poder del periodismo residía y reside en no rendirse al relato oficial venga de donde venga, ya sea del Gobierno, la oposición, las redes o los anunciantes. Su muerte nos deja con la pregunta incómoda que ella misma solía plantear, ¿quiénes serán capaces hoy de decir “no” cuando haga falta, de priorizar la información sobre el ruido, de mantener el foco en medio del circo? 


Necesitaba dedicarle este homenaje a Sol y helo aquí, pero si en algo estas líneas le han parecido al lector un panegírico o un relamido obituario como tantos de los que han aparecido estos días, en tal caso habré de reconocer que me he equivocado.  


J.T.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Dina Bousselham, la dignidad frente a la vileza de las cloacas


Ayer martes 5 de mayo de 2026, la Audiencia Nacional condenó al excomisario José Manuel Villarejo a tres años y medio de prisión por un delito de revelación de secretos con difusión a terceros, cometido por funcionario público. La víctima principal fue Dina Bousselham, por entonces asesora de Pablo Iglesias en el Parlamento Europeo, y el origen de todo el robo de su teléfono móvil en noviembre de 2015 en un Ikea de Alcorcón. 


Una canallada en toda regla. A Dina le sustrajeron el dispositivo mientras hacía compras, la tarjeta de memoria con sus datos íntimos, mensajes personales, contactos y conversaciones políticas acabó en la redacción de Interviú y los periodistas Alberto Pozas y Luis Rendueles hicieron una copia completa cuando Antonio Asensio, presidente del Grupo Zeta, decidió no publicar nada de su contenido. Esa copia llegó a manos de Villarejo, quien la distribuyó a medios afines como OkDiario o El Confidencial y estos sí que se dedicaron a fabricar escándalos que dañaran la imagen de Podemos y de su líder. Ni Eduardo Inda ni José María Olmo parecieron dispuestos a dejar pasar semejante “caramelito”. Así, la vida privada de una mujer joven, militante y trabajadora quedó expuesta sin piedad y su intimidad se convirtió en arma política. 


Dina Bousselham sufrió un trato infame porque, además de perder su privacidad, tuvo que soportar la humillación pública, el escrutinio morboso y el shock que supone saber que sus datos más personales circulaban por despachos policiales y redacciones cómplices. Como asesora en Bruselas, manejaba información sensible, por lo que convertirla en diana de una operación de desprestigio fue una forma especialmente cobarde de golpear a un proyecto político emergente. Ella misma ha relatado en diferentes ocasiones el devastador impacto emocional que le supuso descubrir que su móvil había pasado por las manos de Villarejo. Su entereza durante todos estos años merece admiración. 


Lo más repugnante fue la complicidad de ciertos periodistas y medios. En lugar de rechazar un material obtenido de forma ilícita, algunos no dudaron en publicarlo actuando así como altavoces voluntarios de una maniobra de guerra sucia. Ni cuestionaron el origen espurio de la información, ni protegieron la intimidad de una ciudadana. Nada nuevo, porque conviene recordar que la connivencia entre sectores de la policía y determinados medios formó parte de un patrón sistemático de acoso y derribo contra Podemos desde su fundación en 2014. Filtraciones, seguimientos, campañas mediáticas, denuncias falsas y operaciones de inteligencia paralela se sucedían una tras otra, aunque sin éxito, dado que todas las causas abiertas contra la formación y sus principales responsables acabaron archivándose.


El “caso Dina” es uno de los episodios más vergonzosos de las llamadas cloacas del Estado. Villarejo encarna como pocos la policía patriótica y paralela que actuaba con impunidad al servicio de intereses políticos y económicos que se sintieron amenazados. Once años más tarde, esta sentencia reconoce que el ex comisario ahora condenado accedió y difundió indebidamente datos privados con intención de perjudicar a una formación política cuyas mensajes calaban, un partido que conseguía salir adelante sin necesidad de pedir préstamos a ningún banco. Las indemnizaciones impuestas por la Audiencia Nacional suenan a broma, cinco mil euros a Dina y mil a Pablo Iglesias, de las que responderá subsidiariamente el Estado. Sin comentarios. 


La condena llega tarde y es parcial, los periodistas de Interviú quedaron fuera tras el perdón de las víctimas y otras responsabilidades siguen diluidas pero supone, al menos, un acto de reparación simbólica hacia Dina Bousselham. Este episodio es uno de los más vergonzosos de nuestra historia reciente porque representa el uso espurio de los recursos de inteligencia y seguridad para alterar el tablero democrático. 


Durante años se intentó convencer a la opinión pública de que la víctima era la sospechosa. Se invirtió la carga de la prueba en un alarde de cinismo que solo la resistencia de Bousselham y el paso del tiempo han logrado desarticular. La reparación no será completa mientras el asunto se quede ahí, los presuntos profesionales del periodismo que hacen este uso execrable de nuestro oficio no pueden seguir paseándose por los platós como si no hubiera pasado nada. 


Un abrazo bien grande, querida Dina.


J.T.

martes, 5 de mayo de 2026

Hannah Natanson, premio Pulitzer por denunciar dramas humanos consecuencia de las políticas de Trump



La periodista del Washington Post Hannah Natanson, nacida en el estado de Virginia en 1997, ha sido galardonada este lunes con el Premio Pulitzer 2026 en la categoría de Servicio Público por un trabajo que documenta, con rigor y profusión de datos, las consecuencias humanas del desmantelamiento del Estado federal bajo la administración Trump, los efectos de los recortes contra instituciones públicas que se han ido llevando a cabo a través de un departamento, el de Eficiencia Gubernamental (DOGE), que en sus primeros tiempos fue liderado por Elon Musk. 


El premio a este reportaje, titulado ("How DOGE and the White House carried out a once-unthinkable transformation of the nation's sprawling bureaucracy" ("Cómo DOGE y la Casa Blanca llevaron a cabo una transformación impensable de la extensa burocracia del país"), reconoce a una profesional que durante seis años se dedicó a publicar artículos sobre la educación en colegios de primaria y secundaria en los que denunciaba irregularidades producto de una desastrosa política educativa que, en la era Trump ha desembocado ya en desmanes como la prohibición de libros o la vulneración de derechos del colectivo LGTBI en el ámbito académico. Hannah estudió Historia y Literatura en la Universidad de Harvard, donde desempeñó funciones de editora en la revista del centro, The Harvard Crimson. Se graduó en 2019 y ese mismo año empezó a trabajar en The Washington Post. 


Ya en 2020, Natanson había formado parte del equipo de su periódico que fue finalista del Pulitzer. Le tocó escribir sobre el impacto de la pandemia en el sistema educativo y abordó temas como el cierre de los colegios, los debates sobre la reapertura de las aulas, las brechas de aprendizaje y las disparidades raciales y socioeconómicas en la educación durante la crisis sanitaria. En enero de 2021 estuvo entre los periodistas del Post que informaron del asalto al Capitolio (trabajo por el que su periódico obtuvo también un Pulitzer) y en 2024 fue premiada por una serie de podcasts sobre violencia armada en las escuelas. Las crónicas que dibujan su perfil suelen destacar su habilidad para los informes y reportajes de formato largo y una capacidad poco común para obtener jugosos testimonios en entornos de extraordinaria presión política.


Para el último trabajo por el que acaba de ser distinguida consultó más de mil fuentes, entre ellas muchos empleados federales actuales y antiguos quienes, entre otras muchas cosas, le informaron de despidos masivos o recortes presupuestarios absurdos. El pasado mes de enero, el FBI allanó su casa en Virginia y le incautó teléfonos y ordenadores, lo que generó una batalla legal para recuperar lo incautado y preservar sus fuentes. 


Natanson ha sido víctima de amenazas implícitas y de todo tipo de presiones para disuadirla de llevar a cabo algunas de sus investigaciones. El Pulitzer que acaban de concederle valida y respalda su obstinación y su esfuerzo. Un triunfo del periodismo que incomoda al poder y que desde aquí celebramos y aplaudimos.


 J.T.

lunes, 4 de mayo de 2026

10 momentos perturbadores en una semana infame



Uno pensaba que ya estaba curado de espanto, pero ha bastado una semana como la anterior para constatar hasta qué punto se puede estar equivocado ¡Qué regusto más amargo han dejado los diez momentos a los que aquí me voy a referir! Ha habido más, pero en este caso me voy a ceñir a diez nombres, a diez escenas que han tenido lugar en tres importantes juicios que se celebran a la vez, algún que otro acto institucional y un hostigamiento callejero del todo inaceptable. Diez impactos que dibujan un panorama de impunidad, memoria selectiva, comisionistas sin pudor y toxicidad que en los últimos días nos han dejado a muchos con cara de pasmo y una insoportable sensación de impotencia. 


1. Jordi Pujol sale indemne


Doce años hace que confesó públicamente poseer un fortuna en Andorra que jamás había declarado. Hasta el lunes pasado no compareció en la Audiencia Nacional, donde se le eximió de toda culpa porque el “pobre hombre”, de 95 años, no anda ya en condiciones de prestar declaración. El tribunal, tras un nuevo examen forense y una breve entrevista con el ex president, concluyó que su estado cognitivo no le permitía participar con plenitud en el proceso. El viejo y “honorable” patriarca abandonó la sala sin tener que declarar. Ni devolución del dinero ni asunción de responsabilidades políticas por parte de quien construyó un sistema clientelar durante los 23 años en que presidió la Generalitat de Catalunya. Y ahí andan ahora sus hijos, declarando en un juicio donde, mire usted por dónde, los medios apenas se hacen eco al tiempo que el común de los mortales no podemos evitar una indignante sensación de tomadura de pelo.


2. Soraya Sáenz de Santamaría: “No recuerdo” o “no me consta”


También vimos desfilar la semana pasada por los aledaños de la Audiencia Nacional a la otrora poderosa vicepresidenta del Gobierno en tiempos de Mariano Rajoy. Caso Kitchen, ¿eso qué es?, le faltó decir porque, en la línea de quien fuera su jefe y de su eterna adversaria María Dolores de Cospedal, al declarar siguió el guion habitual de los altos cargos del PP en este procedimiento: amnesia selectiva. “No recuerdo”, “no me consta”, “no tuve conocimiento” fueron las respuestas recurrentes.  ¿Operación parapolicial para espiar a Luis Bárcenas y robarle documentación comprometedora sobre la caja B del partido? Yo era ministra de la presidencia, no de Interior, a mí qué me cuenta. Estaba a cargo del CNI, pero dijo desconocer que se hubiera espiado al ex tesorero. Como vicepresidenta, formaba parte del núcleo duro, por lo que sus “no me consta” fueron una descarada burla y más en su caso, opositora brillante que hasta ahora siempre había alardeado de su excelente memoria. 


3. Willy, el hijo de Bárcenas 


También amnésico, vimos desfilar por la pasarela de la Audiencia Nacional a un despechugado Guillermo “Willy” Bárcenas, solista del grupo Taburete, cuyo padre había demostrado la semana anterior ser capaz de cantar mucho mejor que él al confirmar buena parte de nuestras sospechas sobre la implicación de la cúpula del PP tanto en el caso Gürtel como en el Kitchen. El hijo treintañero del ex tesorero ratificó que su padre le mencionó una grabación con Rajoy y Javier Arenas sobre el remanente de la caja B. ¿Aparecerá esta? Se admiten apuestas.


4. Víctor Aldama, el siniestro comisionista 


Otro que tal baila, menudo fichaje! Ocho horas duró la declaración de este oscuro personaje el miércoles pasado en el Tribunal Supremo, durante las que intentó pringar a todo el mundo en sus tejemanejes, Pedro Sánchez incluido, cómo no. Sin pruebas pero soltando un amplio catálogo de insidias que en esta ocasión sí, ¡oh casualidad!, suscitaron el interés de la mayoría de los medios. Se autoinculpó, pero continúa en la calle, ¿no es maravilloso?


5. Koldo García, la “sombra” de Ábalos


A un transfigurado Koldo García, larga barba, vestimenta descuidada, se le permitió un desenfado y un desahogo en su declaración ante el Supremo sobre el trasiego de sobres y el cobro de comisiones que resulta especialmente llamativa si se le compara con la severidad con que se trata a los testigos y a los abogados de la acusación en la sala de la Audiencia donde se juzga el caso Kitchen. Perturbador el desaliñado aspecto de Koldo tras los cinco meses que lleva en la cárcel y perturbador también su grosero modo de expresarse. 


6. Inspectores descifrando los alias de M. Rajoy


Como desapercibidas pasaron las declaraciones de los inspectores que testimoniaron que alias como El Asturiano, el Barbas o M. Rajoy se utilizaban para referirse al entonces presidente del gobierno ¿Han tenido algunas consecuencias estas manifestaciones, las tendrán? Suena ridículo preguntárselo, ¿verdad que sí? 

Perturba constatar que, desde el propio ministerio del Interior, cuyo titular por entonces era Jorge Fernández Díaz, se activaran mecanismos ilegales para proteger a dirigentes políticos frente a la justicia. Estas declaraciones desmontan la narrativa de que Kitchen fue una operación aislada y apuntan a un sabotaje más amplio contra las pesquisas de Gürtel.


7. El inspector jefe Morocho y las presiones a las que fue sometido


A destacar los testimonios de Manuel Morocho, inspector jefe clave en la investigación de la trama Gürtel, que volvió a declarar en el juicio de Kitchen. Denunció que la cúpula de Interior desmanteló su grupo, que sufrió vigilancias mientras investigaba y que informes importantes sobre cuentas en el exterior se quedaron sin analizar. Apuntó a una estrategia deliberada para obstaculizar la investigación que cercaba al PP. A pesar de la importancia y la gravedad de sus acusaciones, estas han pasado casi desapercibidas. 


8. Jorge Azcón y su toma de posesión tras su pacto con los fascistas


Al igual que su compañera María Guardiola en Extremadura, Jorge Azcón volvió a tomar posesión la semana pasada como presidente de Aragón con todo tipo de alharacas y arropado por la cúpula del PP. Lo hizo gracias a los votos de su partido y, sobre todo, gracias al apoyo de Vox, que le ha proporcionado 14 escaños decisivos para alcanzar los 39 necesarios. El pacto incluye vicepresidencia y consejerías para los de Abascal bajo el eufemismo de “prioridad nacional” y “arraigo real” para el reparto de recursos públicos. Perturba el desahogo con el que el PP presenta como “cultura de pactos” y “estabilidad” lo que no es otra cosa que entregarse a los herederos políticos del franquismo y a su discurso racista, homófobo, anti memoria democrática y negacionista de la violencia de género.


9. El hostigamiento a Begoña Gómez por parte de un alborotador ultra 


Lo del acoso a Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno, traspasa todos los límites. Se ha dejado crecer el monstruo y así anda ahora por la vida, cada vez más crecido y sin que, para asombro del respetable, nadie haga nada. ¿De verdad que lo del alborotador fascista de cuyo nombre no quiero acordarme no hay manera de pararlo? Ministerio del Interior, ¿hay alguien ahí? Presidencia del Congreso, ¿va a continuar acreditado semejante ser? A quienes financian las provocaciones de este desalmado, ¿se les va a seguir subvencionando con dinero público? El “democrático” Partido Popular, ¿es consciente de la dinámica que está alentando cuando respalda y no condena semejantes fechorías? 


10. Los insultos de Abascal al presidente y al ministro del Interior


¿Le compra el Partido Popular a Vox su estrategia canalla? ¿Va a acabar Feijóo llamando “mierda” al presidente del Gobierno” y “rata” al ministro del Interior como hace Abascal? ¿No ha llegado la hora de que alguien ponga pie en pared de una vez en todo esto? Perturba la normalización de un discurso que transmite desprecio institucional e impide cualquier posibilidad de acuerdo en temas de Estado. 


Resumiendo, estamos ante una dinámica infernal donde tanto la política como la justicia y el periodismo pierden credibilidad y el ciudadano anda cada vez más escéptico, más distante y más asqueado. Los políticos hacen política, o eso dicen, para mejorar nuestras vidas; los jueces imparten justicia, o eso dicen, para garantizar derechos e impedir abusos. Los periodistas están para contar lo que ven y oyen de la manera más honesta posible permitiendo así al lector o al espectador reflexionar y extraer sus propias conclusiones sin manipulación ni mentiras. Discúlpenme si recordarles estas cosas puede parecerles un chiste.  



J.T.