Existe un rincón en el litoral barcelonés que durante trece años fue la carnicería particular del franquismo en Cataluña. Se llama el Camp de la Bota, está en el límite entre Sant Adrià del Besós y Barcelona, y desde septiembre del año pasado cuenta por fin con un reconocimiento público que recuerda las canalladas que se cometieron aquí..
Se trata de una escultura titulada el "Bosc d’empremtes" (El bosque de las huellas) cuyo autor es Francesc Abad, y se levanta exactamente en el Parc Diagonal-Besòs. Con este bosque de acero se quiere homenajear a 1.706 personas. Mil setecientas seis historias segadas entre 1939 y 1952. Sí, han leído bien, 1952. Mientras el mundo pasaba página de la Segunda Guerra Mundial y se inventaba el Plan Marshall aquí, al borde del mar, los pelotones de ejecución seguían trabajando a destajo. En plena "paz" de Franco, el régimen continuaba fusilando.
¿A quiénes mataban? El Camp de la Bota fue el destino final para obreros, sindicalistas, intelectuales, militantes de partidos de izquierda y ciudadanos en general cuyo único delito fue haber creído que la democracia era posible. Fueron asesinatos judiciales tras consejos de guerra que eran una pantomima, una burla al derecho procesal donde la sentencia venía escrita de antemano.
El Camp de la Bota es hoy un espacio de juegos y esparcimiento, pero entre 1939 y el inicio de los años 50 era un matadero. Los camiones llegaban de madrugada desde la cárcel Modelo o la de Les Corts. Los bajaban frente a un parapeto que hoy el mar se ha tragado parcialmente, y allí, entre el sonido de las olas y el olor a salitre, comenzaban los disparos.
El monumento de Abad es un bosque de tubos metálicos. Cada uno rememora un nombre, una huella, una existencia que quisieron borrar. El artista acude a una cita del filósofo alemán Walter Benjamin para recordarnos que hay que "cepillar la historia a contrapelo". Este episodio de la Guerra Civil y, sobre todo, de la postguerra más sangrienta, ha sido sistemáticamente ocultado por una transición que, en nombre de la concordia, nos pidió que camináramos sobre fosas comunes con los ojos vendados.
La escultura “El bosc d’empremptes” supone un reconocimiento a las familias que durante ochenta años no tuvieron un lugar donde depositar una flor que no fuera el Fossar de la Pedrera, fosa común del cementerio de Montjuic. Se trata de un acto de higiene democrática que puede ayudar a limpiar heridas que nunca se cerraron.
Puede servir también para que cuando los paseantes crucen el límite entre Barcelona y Sant Adrià de Besòs entiendan que bajo el asfalto del progreso permanece viva la memoria de 1.706 personas que pagaron con la vida el derecho a ser libres. No lo olvidemos, porque el olvido es la segunda muerte de los asesinados.
J.T.












