A cuarenta y cinco años de distancia, la desclasificación de los archivos del 23-F, los famosos documentos secretos que durante décadas estuvieron ocultos en carpetas señaladas con la palabra clasificado, debería haber sido un gesto de claridad, un acto de justicia histórica. Pero en realidad, lo que se ha expuesto hoy es más una confirmación: la historia oficial del golpe de Estado fallido de 1981era en gran medida cierta, aunque lo que no sabíamos hasta ahora ilumina con brutalidad la improvisación, la conspiración y las tensiones internas que falsamente se han querido reducir a “un episodio aislado” de la transición.
El Gobierno ha publicado 153 unidades documentales que abarcan desde informes internos de Defensa, Interior y Exteriores hasta transcripciones de conversaciones telefónicas que nunca antes habían sido accesibles. Hasta aquí, lo que muchos veníamos pidiendo desde hace años: datos, contexto y transparencia. Pero en esos documentos hay cosas que no se sabían, aunque pudiéramos sospecharlas o imaginarlas.
Primero, el CESID. El servicio secreto no fue un mero observador. Un informe interno admite que seis agentes de la AOME (la unidad de élite que mandaba el comandante José Cortina) participaron activamente. Proporcionaron emisores, receptores, vehículos y cobertura logística a la columna que asaltó el Congreso. Después del fracaso activaron la “Operación Míster” para falsificar fechas y justificar movimientos. Cortina, absuelto. Solo uno de los capitanes acabó con seis años. El resto, impunes. ¿Recuerdan cuando durante décadas se nos dijo que el CESID “investigó” el golpe? Pues no: lo protagonizó y luego lo tapó.
Segundo bombazo, los propios golpistas dejaron por escrito lo que consideraban su peor error, “dejar al Borbón libre y tratar con él como si fuese un caballero”. El rey era, para ellos, “un objetivo a batir”. Porque “seguirá adelante en su intento suicida de tener un gobierno con los socialistas”, se afirmaba. Los duros del ejército lo veían como como el tipo que estaba vendiendo la transición a la izquierda. Lo dejaron libre… y eso, según sus propias conclusiones, les costó el golpe. ¿Por qué no lo neutralizaron? ¿Quizás porque aún creían que podían “convencerlo”?
Tercero, las órdenes reales. Los soldados que entraron en TVE recibieron instrucciones claras: “Primer tiro al aire y el segundo a dar, con cargadores metidos y sin seguro ni nada”. Tirar a matar. Era una operación con previsión de sangre. Y el asalto al Congreso con los GEO estaba calculado en “entre 80 y 110 muertos”. Lo revela una nota de la Brigada de Información Interior de marzo del 81. Alguien paró esa operación. ¿Quién? Otra vez, silencio.
Cuarto, las traiciones de salón. Las transcripciones de las conversaciones de la mujer de Tejero, Carmen Díez Pereira, son demoledoras. Llama a su marido “tonto”, “desgraciado”, “le han dejado tirado como una colilla”, “le han engañado, le han dejado solo”. La esposa del “héroe” del golpe reconoce que lo utilizaron y lo abandonaron. Desde altas instancias castrenses se organizaron ayudas económicas a las familias de los implicados, donativos millonarios bloqueados por Interior. El ejército cuidaba a los suyos incluso en la derrota.
Quinto, los contactos previos. Cortina hablaba con el nuncio de la Santa Sede y con el embajador americano Todman antes del 23-F. No eran cuatro guardias civiles exaltados. Había red internacional y bendición eclesial.
Estos documentos, publicados justo el día que se cumplen 45 años, no cierran ninguna herida. Demuestran que el “milagro” de la transición se sostuvo sobre mentiras sistemáticas, sobre un CESID que jugaba a dos bandas, sobre un rey que era a la vez salvador y objetivo y sobre un ejército que nunca aceptó del todo perder el poder que Franco le había otorgado. La desclasificación llega cuando ya nadie va a la cárcel y cuando la mayoría de los protagonistas están muertos y los que quedan vivos andan jubilados desde hace muchos años.
La transición fue un pacto de no agresión entre franquistas reciclados, monarquía y socialdemocracia, y el 23-F el aviso de que el poder real seguía en los cuarteles, en los despachos sin ventanas del CESID y en Zarzuela. Ahora nos regalan los papeles para que creamos que todo está superado. No lo está.
J.T.









