Tiene su aquel que Gregorio Morán (Oviedo, 1947) haya muerto precisamente un 23F. Desde que el verano de 1980 (aún no había tenido lugar el intento de golpe de Estado) leí “Adolfo Suárez, historia de una ambición” (Planeta, 1979), he buscado siempre los libros que publicaba, igual que me sucedió cada sábado durante casi treinta años con sus Sabatinas Intempestivas en el diario La Vanguardia. Del periódico lo echaron en 2017, en plena efervescencia del procès y desde entonces sus columnas ya no fueron lo mismo.
Morán, que llegó a pertenecer al aparato del PCE en la clandestinidad, abandonó el partido un buen día de 1976 y se dedicó de lleno al periodismo y a la investigación alumbrando libros que contribuyen a entender buena parte de lo sucedido en España durante las últimas décadas. Se documentaba con exquisito celo profesional y parece claro que no era precisamente un autor cómodo para los editores. Era un columnista feroz, pero también un lector insaciable, un investigador meticuloso y un escritor con una prosa que combinaba ironía, memoria y mala leche ilustrada.
Si la labor de un periodista es molestar al poder, Morán cumplió sobradamente con este precepto. Siempre fue una conciencia crítica que escribió con el cuchillo entre los dientes y la biblioteca a la espalda. “El cura y los mandarines” (Akal, 2015), por ejemplo, es una impagable disección de la vida cultural y política española donde se cuenta cómo una parte significativa de nuestros intelectuales, muchos inicialmente críticos con el franquismo, acabaron integrándose en las estructuras de poder político, académico y mediático durante la transición y los gobiernos socialistas, y se convirtieron en lo que nuestro hombre llamaba “mandarines”, figuras influyentes que gestionan prestigio, cargos, subvenciones y legitimidad cultural.
Su obra ensayística es, probablemente, donde mejor se percibe su enorme musculatura intelectual: “Los españoles que dejaron de serlo: Euskadi, 1937-1981” (1982), “Miseria y grandeza del Partido Comunista de España entre 1939 y 1985” (1986) o “El precio de la transición” (1991) son libros densos, nutritivos, incómodos; retratos sin maquillaje de la transición, del poder cultural y de las élites políticas.
Pero no quiero convertir ahora su figura en una estampita laica. Morán tuvo sombras. Y no pocas. Su carácter bronco, su tendencia a disparar con bala gruesa, su desprecio a veces excesivo por quienes no compartían su mirada, le granjearon enemistades profundas. En los últimos años, además, su firma apareció en diarios digitales de clara orientación conservadora, alguno incluso situado en la periferia más áspera de la derecha. Para muchos de quienes lo habían leído como azote del franquismo sociológico y de las miserias del poder, aquello resultó desconcertante, como insólita me pareció también su deriva catalonofóbica.
¿Había girado ideológicamente? ¿O simplemente seguía siendo el mismo francotirador, pero disparando ahora hacia otros blancos? Tal vez ambas cosas. Tal vez ninguna. Lo cierto es que esa etapa final abrió una grieta y empañó, para algunos, la memoria del polemista brillante que había sido. Sin embargo, reducir a Morán a esa deriva sería tan injusto como ignorarla. La coherencia absoluta es patrimonio de los santos, no de los periodistas. Y él fue, ante todo, periodista. Uno que se equivocó, que exageró, que molestó. Pero también uno que leyó más que la mayoría, que estudió como pocos y que escribió con una libertad que hoy se echa en falta en redacciones cada vez más domesticadas por el algoritmo y la corrección política.
Con sus luces y sus sombras, representó una forma de ejercer el oficio que hoy escasea, la del periodista que no pide permiso. Quizá ese sea su verdadero epitafio. Gregorio Morán fue incómodo hasta el final y prefirió caer mal antes que callarse, lo que no es poca cosa. ¡Buen viaje, maestro!
J.T.








