martes, 24 de febrero de 2026

Sotanas y fascismo


“El Papa alertó a los obispos del auge ultraderechista en España”. Este era el titular a cuatro columnas con el que el diario El País abría su edición de ayer lunes 23 de febrero. “León XIV, se podía leer en el subtítulo, advirtió en el Vaticano (el pasado 17 de noviembre) a la Conferencia Episcopal de que estos grupos políticos buscan instrumentalizar a la iglesia católica”, durante una reunión que “fue clave ante el debate sobre la inmigración”.


Hoy martes 24, sin embargo, nos cuenta Jesús Bastante en el diario “Religión Digital” que los obispos han salido al paso para “puntualizar” esta información. En la nota, “que no llega a ser exactamente un desmentido, ni lo contrario”, precisa textualmente el redactor, se asegura que lo que hizo el papa fue “reflexionar sobre los riesgos de someter la fe a las ideologías, sin mencionar a ningún grupo concreto". 


Puede que no mencionara a Vox con todas sus letras, pero sabemos que en aquel encuentro el Papa no se anduvo con rodeos y dejó claro a los nueve obispos españoles presentes que su mayor preocupación es “la ideología de ultraderecha”. No les den predicamento, les dijo. No permitan que usen la cruz como maza electoral. No conviertan la religión en instrumento político. 


Y aquí estamos, con los obispos viviendo su propio cisma interno. Un sector está en la línea de lo que preconiza el Vaticano; otro, el de siempre, el de las sacristías con olor a naftalina y a incienso rancio, coquetea con el discurso xenófobo, machista y autoritario de Santiago Abascal y sus seguidores. Eso por un lado y por otro, la prensa informando con guante de seda. Hablan de “tensiones”, “divergencias” o “sensibilidades distintas” en lugar de decir con claridad que hay un sector de la iglesia que flirtea con el fascismo sin disimulo alguno.


Esta institución que bendijo la dictadura, que amasó fortunas mientras el pueblo pasaba hambre, que convirtió los púlpitos en tribunas de propaganda durante décadas, no tiene ninguna legitimidad moral para entrometerse en los asuntos de Estado. Ni para dar lecciones, ni para que le den lecciones. La fe es sin duda un asunto privado. La política, en cambio, es cosa de todos. No hay más que añadir.


En este país la tentación de mezclar altar y poder político es permanente, endémica, casi genética. Llevamos siglos padeciéndola. Desde los Reyes Católicos hasta los obispos que aplaudían a Franco, pasando por los cardenales que bendecían las bayonetas. Y volvemos a lo mismo. Vox no es un partido conservador más: es un proyecto autoritario, negacionista de la violencia de género, enemigo de los derechos LGTBI, racista con los migrantes y nostálgico del nacionalcatolicismo. Y que algunos obispos le proporcione cobertura, aunque sea con silencios cómplices o con tibios “matizaciones” no es de recibo. 


Pero no nos ciñamos solo a la derecha. Hace cuarenta años, cuando los socialistas llegaron al poder, fueron ellos quienes realzaron celebraciones religiosas como las romerías o la semana santa. Subvencionaron cofradías, declararon patrimonios, llenaron de focos y cámaras las procesiones. Todo para no espantar al votante católico, para mantener ese “catolicismo sociológico” que aún pesaba en los ochenta. Un cálculo electoral frío, pragmático, que hoy se revela como un fracaso absoluto. Aquellos católicos que el PSOE mimaba con incienso y saetas han acabado, en buena parte, en brazos de Vox. El empeño fracasó y la extrema derecha ocupó el vacío que dejó una presunta izquierda tan condescendiente como despistada.


Por eso hay que ser beligerantes, sin complejos, contra cualquier intento de mezclar religión y política. Que la iglesia se dedique a lo suyo: consolar a los afligidos, denunciar la pobreza, acoger al migrante. Que deje de bendecir o demonizar candidaturas. Y que los obispos, de una vez por todas, hagan caso al papa y dejen de otorgar predicamento a los fascistas. 


J.T.

lunes, 23 de febrero de 2026

Gregorio Morán muere un 23F



Tiene su aquel que Gregorio Morán (Oviedo, 1947) haya muerto precisamente un 23F. Desde que el verano de 1980 (aún no había tenido lugar el intento de golpe de Estado) leí “Adolfo Suárez, historia de una ambición” (Planeta, 1979), he buscado siempre los libros que publicaba, igual que me sucedió cada sábado durante casi treinta años con sus Sabatinas Intempestivas en el diario La Vanguardia. Del periódico lo echaron en 2017, en plena efervescencia del procès y desde entonces sus columnas ya no fueron lo mismo. 


Morán, que llegó a pertenecer al aparato del PCE en la clandestinidad, abandonó el partido un buen día de 1976 y se dedicó de lleno al periodismo y a la investigación alumbrando libros que contribuyen a entender buena parte de lo sucedido en España durante las últimas décadas. Se documentaba con exquisito celo profesional y parece claro que no era precisamente un autor cómodo para los editores. Era un columnista feroz, pero también un lector insaciable, un investigador meticuloso y un escritor con una prosa que combinaba ironía, memoria y mala leche ilustrada. 


Si la labor de un periodista es molestar al poder, Morán cumplió sobradamente con este precepto. Siempre fue una conciencia crítica que escribió con el cuchillo entre los dientes y la biblioteca a la espalda. “El cura y los mandarines” (Akal, 2015), por ejemplo, es una impagable disección de la vida cultural y política española donde se cuenta cómo una parte significativa de nuestros intelectuales, muchos inicialmente críticos con el franquismo, acabaron integrándose en las estructuras de poder político, académico y mediático durante la transición y los gobiernos socialistas, y se convirtieron en lo que nuestro hombre llamaba “mandarines”, figuras influyentes que gestionan prestigio, cargos, subvenciones y legitimidad cultural.


Su obra ensayística es, probablemente, donde mejor se percibe su enorme musculatura intelectual: “Los españoles que dejaron de serlo: Euskadi, 1937-1981 (1982), “Miseria y grandeza del Partido Comunista de España entre 1939 y 1985” (1986) o El precio de la transición” (1991) son libros densos, nutritivos, incómodos; retratos sin maquillaje de la transición, del poder cultural y de las élites políticas.  


Pero no quiero convertir ahora su figura en una estampita laica. Morán tuvo sombras. Y no pocas. Su carácter bronco, su tendencia a disparar con bala gruesa, su desprecio a veces excesivo por quienes no compartían su mirada, le granjearon enemistades profundas. En los últimos años, además, su firma apareció en diarios digitales de clara orientación conservadora, alguno incluso situado en la periferia más áspera de la derecha. Para muchos de quienes lo habían leído como azote del franquismo sociológico y de las miserias del poder, aquello resultó desconcertante, como insólita me pareció también su deriva catalonofóbica.


¿Había girado ideológicamente? ¿O simplemente seguía siendo el mismo francotirador, pero disparando ahora hacia otros blancos? Tal vez ambas cosas. Tal vez ninguna. Lo cierto es que esa etapa final abrió una grieta y empañó, para algunos, la memoria del polemista brillante que había sido. Sin embargo, reducir a Morán a esa deriva sería tan injusto como ignorarla. La coherencia absoluta es patrimonio de los santos, no de los periodistas. Y él fue, ante todo, periodista. Uno que se equivocó, que exageró, que molestó. Pero también uno que leyó más que la mayoría, que estudió como pocos y que escribió con una libertad que hoy se echa en falta en redacciones cada vez más domesticadas por el algoritmo y la corrección política.


Con sus luces y sus sombras, representó una forma de ejercer el oficio que hoy escasea, la del periodista que no pide permiso. Quizá ese sea su verdadero epitafio. Gregorio Morán fue incómodo hasta el final y prefirió caer mal antes que callarse, lo que no es poca cosa. ¡Buen viaje, maestro!


J.T.

domingo, 22 de febrero de 2026

Rufián y Sumar buscan el norte



Visto y oído lo sucedido el sábado en el Bellas Artes de Madrid, entiendo la dificultad que han debido tener en las redacciones para encontrar un titular que resumiera lo que se habló en el llamado acto de refundación de la extinta Sumar. Me sitúo en el lugar de cualquier redactor jefe y habría sudado tinta. Maíllo, Urtasun, García y Hernández no lo pusieron nada fácil. Así acabaron contándolo los principales periódicos:  “Sumar se resetea para volver a empezar y plantar cara a la ultraderecha” (La Vanguardia); “La nueva confluencia llama a integrarse al resto de izquierdas y colectivos sociales” (Público); “Las izquierdas de Sumar llaman a no resignarse y defienden la unidad en el lanzamiento de su nueva alianza” (El País); “La nueva alianza de la izquierda se reinventa sin líder y contra la resignación y abre la puerta de par en par a Podemos” (El Mundo); “Los partidos de Sumar escenifican un lavado de cara 'fake' sin Yolanda Díaz ni Podemos” (ABC); “IU, Más Madrid, Sumar y los Comunes ponen la primera piedra de una coalición para las generales” (El Correo)…


Era complicado dar con un titular poderoso porque faltaba punch en las intervenciones, faltaba sangre en las venas, faltaba convicción, es verdad que hay ganas de que pase algo, cierto que se necesita que las izquierdas planten cara a la ultraderecha unidas y fuertes, pero quienes salieron a la palestra la semana pasada (también Gabriel Rufián y Emilio Delgado el miércoles en la sala Galileo) necesitan currárselo bastante más de lo que lo han hecho hasta ahora si quieren llegar a algún sitio. Se quedan muy cortos. Escasos en contundencia y en beligerancia. Apelando al miedo y recurriendo a frases comunes les costará avanzar. De momento la cosa está verde y más bien sosa.

“Un paso al frente”, era el lema en el Bellas Artes el sábado. De acuerdo, pero un paso al frente ¿quién? Un paso al frente ¿con quiénes, liderándolo quién? Un paso al frente, ¿cómo? “Disputar el presente para ganar el futuro”, fue la frase que presidió el acto de Rufián y Delgado tres días antes. Pues muy bien, pero ¿por dónde y cuándo empezamos? El balón al suelo, por favor. Y a dejar de ser muletas del Psoe.


En comunicación política, o eres claro y centras el mensaje o no te comes un colín. Y si después de celebrados unos actos a los que no faltó promoción a bombo y platillo, a los periodistas nos cuesta encontrar un titular, es que algo falla. No hay una idea fuerza, ni un lema contundente, ni una frase que haga pensar. Ni contenido potente. Rufián y Delgado no estuvieron muy finos a la hora de exponer la idea de que solo se presente la formación política con más posibilidades en cada provincia. Para empezar, quienes tuvieron mejores resultados en Barcelona fueron los Comunes, lo que según la propuesta significaría que Esquerra no se presente en esta provincia para facilitarle las cosas a los de Ada Colau. Esa misma noche Oriol Junqueras se partía de risa en Hora Veinticinco con la propuesta y Gabriel se apresuraba al día siguiente a matizar lo dicho. Sin demasiado éxito, por cierto.


En el Bellas Artes no hubo propuestas, sino brindis al sol. Muchas frases grandilocuentes, mucho aplauso pero poca chicha: “Vamos a construir una izquierda que vuelva a conectar con la calle, porque hemos perdido pulso y comunicación con la gente; en los barrios, en los centro de trabajo, en las campus universitarios, en los institutos…” admitía Lara Hernández, coordinadora de Sumar y avatar de Yolanda; “Necesitamos un proyecto que conecte con la mayoría social”, concedía un comedido Ernest Urtasun; Vamos a mezclarnos, queridos militantes de todas las organizaciones. Tocarnos y abrazarnos, que nos hace falta, imploraba Antonio Maíllo; Necesitamos cada átomo progresista de todos los espacios. Damos el primer paso al frente. Somos muchas, esperamos a más”, proclamaba Mónica García.


Aquí cabemos todos, repetían una y otra vez. Pues claro, queridas y queridos, ¿pero esta vez también será para ningunear a Podemos a las primeras de cambio? No, ¿verdad? Entre otras cosas porque habrá que ver si ellos están por la labor. Me llamó especialmente la atención el interés que pusieron los intervinientes en dejar claro que se trataba de un proyecto que se estaba trabajando con discreción. Lo que por lo visto no quita para que cuente de antemano con las bendiciones de los mismos medios que en su día le doraron la píldora al proyecto Sumar de Yolanda Díaz en Magariños. Hasta el 24 horas de tve retransmitió en directo el acto de la presunta refundación.


En resumen, que en la semana donde todo iba a cambiar en la izquierda, terminamos con la cabeza caliente y los pies fríos. No digo que la intención no haya sido buena, pero igual estas cosas habría que hacerlas con mayor claridad y convicción, ¿no les parece? Una vez que han tenido lugar los actos… ¿ahora qué? ¿Para cuándo los nuevos encuentros, las próximas iniciativas, las propuestas “ilusionantes” para que la ciudadanía, sobre todo los jóvenes, decidan ponerse en marcha y actuar?


J.T.





Rota y Morón




Conviene volver sobre esto cada cierto tiempo. Convivimos con ello y parece como si no existiera, pero ya está bien de mirar a otro lado mientras el Pentágono nos utiliza como el portaviones insumergible del Mediterráneo a precio de saldo. Resulta nauseabundo escuchar a nuestros políticos darse golpes de pecho con la soberanía nacional mientras el convenio de defensa hispano-estadounidense, heredero de aquellos indignos pactos de tiempos franquistas (1953), sigue permitiendo que Estados Unidos campe a sus anchas por Rota y Morón.


¿Qué sentido tiene, en pleno siglo XXI, mantener 2.500 hectáreas en Rota al servicio de un país que nos perdona la vida cada vez que le conviene? Rota no es una base de la Armada; es una base naval de Estados Unidos en España. El "escudo antimisiles" que tienen instalado, con cinco destructores Aegis que pronto serán seis, defiende los intereses geopolíticos de Washington, que utiliza nuestras infraestructuras en Cádiz y Sevilla para suministrar armamento a Israel, haciendo a España cómplice de un conflicto ajeno, sin capacidad de veto real. El convenio, renovado y prorrogado sistemáticamente, nos mantiene en una sumisión estratégica humillante.


En cuanto a Morón, situado estratégicamente para los despliegues estadounidenses rápidos en África y Oriente Medio, es la joya oculta del Pentágono. Un contingente permanente de la Fuerza Aérea estadounidense utiliza el suelo andaluz para reabastecerse, convirtiendo a la zona en objetivo militar ¿A cambio de qué? Nos dicen que es por la OTAN, que debemos estar bajo el paraguas protector. Pero, ¿quién nos protege de nuestros "protectores"? España se ha convertido en una esclava de la agenda estadounidense, una "colonia" moderna, nos creemos socios pero en realidad somos lacayos.


Necesitamos una política exterior soberana, no subordinada a los intereses de la Casa Blanca. Necesitamos un país libre de la ocupación encubierta que Rota y Morón representan. Ya no estamos en 1953. Es hora de recuperar nuestra dignidad y soberanía. España no necesita ser la colonia militar de nadie. Necesitamos recuperar las llaves de nuestra casa.  



J.T.

viernes, 20 de febrero de 2026

De El País y Canal+ a The Objective y Telemadrid


Hablamos de Felipe González, pero Juan Luis Cebrián también está por lo que vale. Me pregunto muchas veces qué extraño virus ha hecho mella en esa generación de ochentañeros que en su día nos encandilaron para que hayan acabado dónde y cómo lo han hecho ¿Cómo nos pudieron tener engañados a tantos durante tanto tiempo? ¿Nos engañaron o han transmutado? ¿Estaba desenfocada nuestra manera de ver las cosas por aquel entonces? No puedo dejar de recordar la ilusión con la que tantas mañanas abría el diario El País, hace ya casi cincuenta años, para disfrutar de un periodismo que hasta entonces no habíamos conocido. He de admitir la ilusión con la que asistí a tantos mítines de Felipe, entre los que destaca aquel en la Ciudad Universitaria madrileña durante el cierre de campaña en octubre de 1982.


Estaba claro que éramos felices, pero a día de hoy parece claro que nos faltaba información. O la teníamos, pero no la valorábamos. Porque es cierto que pronto supimos que entre los accionistas del diario de Prisa había personas entonces tan dispares como como Manuel Fraga o Ramón Tamames. El uno era ministro del Interior con Arias Navarro y el otro estaba en la cárcel por rojo. La empresa editorial los exhibía como coartada para presumir de pluralidad. Con el tiempo ya hemos visto en qué ha derivado la cosa: Tamames, el otrora comunista, más de derechas a día de hoy que el grifo del agua fría, y el joven director de aquella nave convertido en un millonario que ha decidido entregar el otoño de sus días a las tertulias de la Telemadrid de Ayuso y a escribir columnas de opinión en ese infame digital ultra llamado “The Objective”.


¿Alguien entiende algo? Yo confieso andar bastante desconcertado, no puedo concebir a qué juegan Felipe y Cebrián (por no hablar de Guerra, Ibarra, Redondo, Leguina y tantos otros que ya les vale) en un momento político como el que estamos viviendo. En una coyuntura donde lo que nos estamos jugando es que irrumpa la ultraderecha en el poder y arrase con todos los derechos que hemos conquistado con nuestra pelea de muchos años, con nuestra lucha y nuestra determinación. 


No me resigno a perder mi derecho a la libertad de expresión, ni a que no me cuiden en un hospital público si me pongo enfermo, reclamo poder cobrar la pensión digna que durante tantos años me gané a pulso, que se pueda estudiar sin ser hijo de rico o que me puedan operar aunque sea pobre. Me resisto a perder eso, como tampoco estoy dispuesto a que me vuelvan a cantar el cara al sol por las calles ni a que las mujeres a las que quiero les quiten el derecho a ser dueñas de sus cuerpos, abortar cuando lo vean oportuno o a ir vestidas como les de la gana.


Tanto Felipe González como Juan Luis Cebrián están propiciando con sus actitudes que vuelva el fascismo y lo saben. Que Felipe haga lo que quiera, que además ya lo tenemos suficientemente calado y glosado, causa perdida, pero que un periodista como Cebrián, referente durante años de tantos como creímos en él y en su trabajo, ande fajándose a estas alturas por infames predios fascistas, me descompone. No nos merecemos acabar así. A ver si me ayudan ustedes, porque yo tengo dificultades para encontrar una respuesta cada vez que me pregunto cómo es posible que, a estas altura de la película de nuestra vidas, estemos donde estamos. 


Solo sé una cosa. Nos vamos al carajo como no espabilemos, y aquellos que creíamos ayudaban a que esto no sucediera jamás son a día de hoy, mire usted por dónde, quienes están en primera línea contribuyendo a que todo acabe como el rosario de la aurora. Es lo que hay.


J.T.

jueves, 19 de febrero de 2026

El periodismo madrileño, on fire



No sé qué va a pasar el sábado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde está previsto que se presente la nueva alianza de los partidos que conforman Sumar para las elecciones generales, pero veo mucho más entusiasmados a los medios de comunicación que a los propios protagonistas. El Madrid periodístico que hierve y desquicia busca desesperadamente que sus sueños húmedos se hagan realidad.


El Madrid periodístico no se resiste a ser lo que tiene que ser (testigo de lo que ocurre y punto) y se empeña en ser protagonista de lo que sucede o quieren que suceda. Desde Pedrojota a Juan Luis Cebrián hace ya demasiado tiempo que viene siendo así, por no hablar de Luis María Ansón. Desde 1993, año en que fundaron aquel grupo autodenominado Asociación de Escritores y Periodistas Independientes (AEPI), más conocido como Sindicato del Crimen, los "divinos" del periodismo madrileño han ido a más y tanto ellos como sus sucesores continúan creyéndose los reyes del mambo, intentando quitar y poner peones (lo consiguen en muchas ocasiones) porque cuentan con demasiados miembros de la clase política que les bailan el agua encantados.


Conspirar para desconcertar, intrigar para confundir, malmeter para influir, estos son los principales objetivos de personajes del Madrid periodístico que nunca tuvieron suficiente con dirigir un periódico. Pedrojota ya presumió en un libro de haber sido el creador de Jose María Aznar y Cebrián se jactaba de poner y quitar gobiernos. Sus herederos, eficaces aprendices de todas sus malas artes, han encanallado la convivencia mucho más de lo que ya estaba. Su presencia en las tertulias pontificando con argumentarios claramente guionizados de antemano, son directamente vomitivos. Eso en las derechas. Y en las presuntas izquierdas, lo que quieren es hacer el ruido justo, es decir, ninguno. Por eso a unos y a otros les gusta la aventura de Rufián, por eso le hacen la pelota y ponderan su debut con picadores anoche en la sala Galileo, como en su día se la hicieron a Yolanda en Magariños o a Errejón con las magdalenas.


La mayoría de la “casta” periodística madrileña sabe de sobra que ni del Galileo ayer ni del Bellas Artes este sábado saldrá nada potable, pero les hacen creer a los ingenuos que están poniendo la cara que un proyecto de izquierdas como el que preconizan tiene futuro. No entiendo cómo hay tanto personal inmerso en este distópico juego, no me explico cómo todo el mundo calla y nadie dice en voz alta, como hizo el niño del cuento de "El traje nuevo del emperador", que el rey que camina montado a caballo va completamente desnudo.


Toda opción de izquierdas que se empeñe en salir adelante ninguneando o prescindiendo de lo que es y lo que significa Podemos está llamada al fracaso. Lo saben, pero insisten. ¿Hasta cuando, Rufián; hasta cuando Yolanda, o como se llame la persona que te va a sustituir? Si es que te sustituyen.


Todos invocando al miedo al fascismo, todos apostando una y otra vez por el mal menor. Todos dispuestos, como es su día explicaba José Luis Sampedro, a que te torturen y machaquen con tal de que no te maten y te dejen vivo. Sin dignidad, pero vivos. Sin sacar nunca nada en claro, pero manteniendo vivo el circo. Ya se sabe: Te show must go on.


J.T.


 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Rufián superstar




Nacen con todas las bendiciones de la corrección política. Diría que gusta incluso en muchos despachos de guante blanco necesitados de una coartada política que les deje tranquilos aunque disimulen criticándolo. Gabriel Rufián se ha ganado la simpatía de quienes llevan tiempo buscando una especie de mirlo blanco que complete al PSOE por la izquierda y les permita desembarazarse de un Podemos que temen tanto como detestan. O más.


Rufián es el tercer intento. El de Errejón ya sabemos cómo acabó y el de Yolanda… ¡Ay, Yolanda! Rufián da el perfil porque se faja bien en el parlamento, habla con claridad y tanto él como su equipo parecen tener clara la importancia de las redes sociales para llegar a un público que ni lee periódicos ni ve televisión. Demasiada unanimidad en torno a su figura. Sospechoso el desmesurado apoyo por parte de tantos medios, el exagerado cariño de tanto periodista de ese Madrid zumbón y pinturero que insiste en marcar la agenda a un país diverso cuya pluralidad se empeñan en ignorar. 


Olvidan o hacen como que olvidan, que vascos, gallegos y muchos catalanes le han dicho a Gabriel que les cae bien, pero que lellos tienen otra hoja de ruta. Parecen ignorar, porque no creo que ignoren, la potencia de un Podemos al que insisten en ningunear difundiendo falsedades y dándolo por muerto por enésima vez. "Muerto" que goza de excelente salud y que conserva toda la autoridad moral que le otorga haber sido el revulsivo al que en su momento se adhirieron buena parte de quienes llevan años queriendo acabar con él.


Rufián no ha hecho bien pegándose a Emilio Delgado para debutar en este mini Magariños que es la sala Galileo y lo sabe. No ha hecho bien en no hablar con Podemos y lo sabe. No hace bien dejándose adular por lo que significa el universo Ferreras y lo sabe. No ha hecho bien apelando al miedo y lo sabe, como sabe que el malmenorismo es un chantaje, no el camino. 


"¿Qué sentido tiene que catorce izquierdas, representando lo mismo, nos presentemos en el mismo sitio?", ha planteado este miércoles el portavoz republicano. Esa manera de plantear el asunto está cargado de trampas y Rufián lo sabe. Como sabe que proponer tres o cuatro puntos programáticos en común que, después de un debate de las cúpulas, se presenten "con ciencia y orden provincia a provincia" no es suficiente. 


Lo voy viendo estos días en canutazos e intervenciones varias y parece otro. En Magariños, perdón en Galileo, también. Más envarado, como más revestido de una solemnidad que no le favorece porque le saca de su papel de siempre, que es donde goza de predicamento. Es muy posible que haya un segmento de población al que le guste su propuesta. De acuerdo, pero ¿cómo va articular su oferta para seducir, para hacerla atractiva? ¿De quién se va a rodear?¿Cómo diferenciarse de las magdalenas y las yolandas? ¿cuál es su oferta? ¿cuál su programa? 


Ir en contra está muy bien, pero para diferenciarse de lo que lleva haciendo Feijóo años hay que proponer, ¿dónde las propuestas? Rufián sabe que Podemos las tiene, ¿por qué no ha contado con ellos desde el primer momento? ¿por qué no les ha explicado su idea antes de salir al escenario? ¿qué es lo que va primero? ¿el proyecto de país o el afán de protagonismo? Ser posibilista, advertir del peligro de la ultraderecha, ¿es suficiente para aglutinar a quienes no queremos que bajo ningún concepto el fascismo se instale de nuevo en nuestro país?


Insisto: la cara con la que lleva días apareciendo en público Gabriel Rufián es la de alguien que sabe que se ha metido en un buen lío y que quizás no ha medido bien los tiempos. Espero que la decisión de haber dado este paso al menos sea exclusivamente suya y no haya sido instado por quienes han visto en él el muñeco ideal para acabar llevándose todos los palos.


J.T.


martes, 17 de febrero de 2026

Zumo de twitter: ¿Quiénes son los responsables de la desinformación en España?


Inspirado en algunas conversaciones de sobremesa y en ciertos tuits leídos durante los últimos días, escribí esto en la red a las cuatro de la tarde de este martes:


“Culpables del auge de la extrema derecha, la desinformación y la polarización:

Julián Quirós: director de ABC

Eduardo Inda: director de okdiario.

Joaquín Manso: director de El Mundo.

Pedro J Ramírez: director de El Español

Álvaro Nieto: director de The Objective

Javier Negre: director de Eda TV

Francisco Marhuenda: director de La Razón.

Dos cosas tienen en común todos ellos: por una parte la megafinanciación que reciben del PP y de las instituciones donde este partido gobierna, y por otra la gran producción de fake news e informaciones encaminadas a desorientar y desestabilizar.”


Vamos, que no estaba descubriendo la pólvora precisamente. Al contrario, me quedé muy corto tanto en la enumeración de los responsables como en la atribución de responsabilidades. Dio igual: a los pocos minutos un ejército de incondicionales de las personas y los medios citados se lanzaron en tromba: 


“Pero qué impresentable... Señalando a periodistas... Propio de un estalinista o un putinista...”, me admoniza un técnico lingüista y escritor (así se autodefine en su avatar) llamado Agustín Peiró quien debe saber, como yo, que estos personajes se señalan ellos solos.


“La Inquisición roja colocando sambenitos”, escribía J. Calvo Basarán.


“Vamos, que no queréis prensa crítica, comenta un tal Santi. Pero eso -continúa- ya lo sabíamos, sois comunistas y por tanto tan demócratas como Stalin. A pastar, boomer”.


“Juan, anda que acabar los pocos días que te quedan arrastrándote así por las redes...”, me suelta un tal Jesús López.


También ha habido quienes se han apresurado a añadir más nombres a la lista inicial.


Bieito Rubido: director de El Debate y

Federico Jiménez Losantos: director de Es la Mañana de Federico, me escriben.

Y Mauricio Casals, añade alguien

No te olvides del que dijo: “es muy burdo, pero voy con ello”.

Ni de Juan Luis Cebrián, que es más listo y peligroso que todos esos juntos.


Ni aún así están todos los que son, pero de momento son todos los que están.

También me hablan de "conversos" al mundo de la crispación como Risto, Íker, Motos o Abad. Personajes que, dicho sea de paso, siempre apuntaron maneras. La historia interminable.


En resumen, que el periodismo en España está hecho unos zorros. Colonizado, vandalizado, prostituido y vendido.  Es lo que hay.

Salud!


J.T.