lunes, 10 de mayo de 2021

Susana tiene ganas de guerra


Me cuesta trabajo imaginarme lo que debe estar pasando por la cabeza de Susana Díaz en estos momentos. Con la experiencia que tiene en política, si se tira a la piscina como lo ha hecho, debe ser porque sabe que algún agua hay. Vivió muchos años de su vida rodeada de aduladores, es verdad, pero desde que se vio obligada a abandonar San Telmo hubo muchos, preocupados por su futuro, el de ellos, no el de ella, que viraron hacia donde se encontraban los pedristas otrora estigmatizados.

Además de perder profesionales de la lisonja, a Susana dejó de sonarle el teléfono con la frecuencia que lo hacía cuando era presidenta de la Junta de Andalucía. Por eso, si a pesar de la cura de humildad a la que ha sido sometida en los últimos dos años y medio, decide de nuevo volver a la arena, es que puede que haya partido. No creo que sea porque ha perdido la perspectiva.

Los últimos acontecimientos han debido contribuir a animarla en su vuelta a los ruedos. El trabajo del sanedrín monclovita le está resultando eficaz a Sánchez, pero no parece que funcione con la misma solvencia cuando sale de gira. En Catalunya fue Moncloa quien pilotó la campaña de Illa; los socialistas resultaron los más votados, pero de momento ahí quedó todo. Cuando fueron a por lana a Murcia y promovieron una moción de censura, salieron escaldados ellos y achicharrados los de Ciudadanos, presuntos socios de conspiración. En Castilla León tampoco hubo suerte. Y en Madrid, donde también se empeñaron en meter cuchara, son responsables directos de la estrepitosa derrota de Gabilondo.

Susana ha debido pensar que ahora le toca a ella cobrarse viejos agravios, pero aquí el asunto se presenta algo más complicado. Fue ella quien disparó primero cuando, en octubre del 2016 se convirtió en la jefa de los golpistas que descabalgaron a Sánchez de la Secretaría General porque el PSOE quería investir a Rajoy y Pedro se negaba. Lo echaron sin compasión alguna y, mientras la gestora propiciaba el espaldarazo socialista a un gobierno del PP, el desahuciado Pedro tomó su coche y se paseó pueblo por pueblo haciendo campaña en cada Agrupación con el objetivo de recuperar el puesto cuando se convocaran primarias en el partido. Se convocaron, se presentó él y se presentó Susana, quien durante la campaña interna no se cortó un pelo a la hora de insultarlo y menospreciarlo -“Tu problema eres tú, Pedro”, ¿recuerdan?-. Contaba ella con la aquiescencia de la vieja guardia socialista al completo, empezando por González y Guerra, continuando por Rubalcaba y Bono y terminando por Zapatero. Con tales mimbres ¿cómo no iba a ganar?, pensaban. Pues no ganó. Lo hizo Pedro, que recuperó la secretaria general, echó a Rajoy moción de censura mediante y, tras ganar dos elecciones seguidas, año y medio más tarde conformó el primer Gobierno de coalición desde que se recuperó la democracia en España.

No obstante, Sánchez cometió un error que en política se suele pagar caro: dejó viva a su rival, y ahí esta ella de nuevo, dispuesta a brindar al respetable nuevos episodios de un enfrentamiento con aires de culebrón. Susana sabe que Pedro no la quiere ver ni en pintura, menos aún como candidata a la Junta, pero ha decidido plantar cara en la lucha por la secretaría general del partido en Andalucía. Si fuese Sánchez quien se enfrentara de nuevo a Susana, el morbo estaría servido y su victoria, la de él, casi asegurada, pero como no tiene más remedio que delegar ahí empiezan los problemas, porque últimamente no da una. El rival elegido, Juan Espadas, no hace demasiado honor a su apellido mientras que Susana tiene sobrada práctica en el arte de sostener el cuchillo entre los dientes y utilizarlo cuando llega el momento con la destreza de todo superviviente.

Espadas no es Illa, quien sin ser precisamente la alegría de la huerta, tiene un cierto tirón del que el alcalde de Sevilla carece. Transmite buen rollo, eso sí es verdad, pero también Gabilondo inspiraba ternura y miren ustedes la que se ha liado en Madrid por haberse empeñado en mantenerlo de candidato.

No, Pedro Sánchez no está acertando en sus elecciones territoriales y descabalgar a Susana casi tres años después del momento en que debió de hacerlo le va a costar, si es que lo consigue, muchos más sudores de los que en principio pensaban tanto él como el equipo de estrategas a su servicio que comanda Iván Redondo.

Nada más saltar a la arena, Susana ha dejado claro que piensa pelear duro. Igual que Ayuso ninguneó a Gabilondo, ella hace lo propio con el melifluo Espadas y dirige sus primeros dardos envenenados directamente a Sánchez y a su laboratorio monclovita: de cobrar peaje en las carreteras, nada, qué se han creído, y ese Rasputín que maneja los hilos de la vida de su eterno adversario, ese tal Iván, qué se piensa, ¿que todo es diseño y planificación desde los despachos? No, señor. Las victorias se trabajan en las casas del pueblo. Y claro, uno no puede menos que sonreír al escuchar esto y recordar que fueron precisamente las bases quienes apostaron por Sánchez frente a ella en las primarias del PSOE que redimieron al proscrito.

Aún así, vaya usted a saber cuál puede ser el desenlace. Es llamativo comprobar la mucha carne en el asador que están poniendo solo para ver quién lidera el socialismo en Andalucía. Porque para volver a San Telmo tanto Sánchez como Susana o Espadas saben que, sea quien sea finalmente el candidato socialista a la Junta, les queda una larga travesía del desierto por pasar todavía antes de volver a ganar.

J.T.

sábado, 8 de mayo de 2021

Una digestión larga y pesada

Si alguien dudaba de la trascendencia, más allá de sus límites geográficos, que iban a tener las elecciones en la Comunidad de Madrid, una vez finalizado el escrutinio la noche del 4M quedaron pocas dudas de que lo que acababa de suceder marcaría un antes y un después en la política española.

Repasemos:

Proyecto progresista. Tocado
Ciudadanos. Hundido
Gobierno de la nación. Tocado
Catalunya. Concernida
Unidas Podemos. Tocado
Vox. Frenado
Psoe. Tocado
PP. Descompuesto

Isabel Díaz Ayuso ha sido el ariete, el instrumento al que el sistema decidió recurrir apenas se conformó el Gobierno de coalición para abanderar el enfrentamiento. De hecho Miguel Ángel Rodríguez se incorpora como jefe de gabinete al equipo de la presidenta madrileña en enero de 2020. Se han tirado año y medio bombardeando sin parar y los cañonazos, en un principio, parecía que no iban a surtir efecto.

A los grandes poderes les iba fallando cuanto intentaban para acabar con el gobierno Sánchez durante los momentos más graves de la pandemia. Los enfrentamientos en el Congreso cada vez que había que prolongar el estado de alarma se aproximaban al guerracivilismo, se perdieron las formas, se insultaba sin rubor y con el mayor de los desahogos. Se llegó incluso a promover un gobierno de concentración… Pero nada, se estrellaban con todo el equipo.

La colección de portadas de los periódicos madrileños desde enero del año pasado hasta este último lunes pasará a la historia como una de las mayores ofensas infligidas al oficio periodístico en España de manera tan continuada. Los cocineros socialistas del Gobierno de coalición tampoco contribuían demasiado a contrarrestar estos ataques. Sus estrategias iban encaminadas a salvar la cara del PSOE durante la pandemia, aplazar lo pactado con Unidas Podemos y convertir a sus socios en lo más irrelevantes posible dentro del ejecutivo. Los utilizaron para unir voluntades a la hora de aprobar presupuestos y, una vez conseguido esto, comenzaron a urdir otras estrategias que nada tenían que ver con la buena convivencia en el gobierno.

El laboratorio monclovita decidió mojar en todas las salsas: en las elecciones catalanas salvaron los muebles por los pelos, aunque tampoco parece que les haya servido de mucho. Luego llegó Murcia y se estrellaron. Intentaron desbancar al PP de la presidencia de la Región y les salió el tiro por la culata. A los socialistas y a Ciudadanos, que empezaron a acercarse al abismo un poquito más de lo que ya estaban desde su fracaso en Catalunya; chasco también en Castilla y León… Hasta llegar a las elecciones madrileñas, donde el PSOE y su melifluo candidato han mordido literalmente el polvo. Ciudadanos ha desaparecido de la Asamblea, Vox apenas puede presumir de sus datos y el líder de Unidas Podemos decide abandonar la política institucional. Una escabechina en toda regla.

Todo el mundo sabía lo que iba a ocurrir, vocean ahora a toro pasado agudos analistas de tres al cuarto. Entiendo que esto lo pregonen según qué mamporreros de los ganadores pero, que entre los perdedores se extienda esta misma impresión, me cuesta asumirlo. Si lo visteis venir, ¿cómo es posible que no hicierais nada para evitarlo?

Hay que persuadir más y regañar menos, se atrevió a decir en la Ser este jueves Íñigo Errejón sacando pecho por una pírrica victoria que molesta poco al PP y alivia bastante a los socialistas. Si hay que persuadir más, ¿por qué no lo hizo con mayor dedicación para obtener unos resultados que convirtieran a Más Madrid en relevante de verdad? ¿Qué es persuadir? ¿Qué te baile el agua el grupo Prisa, que La Razón, El Mundo y el ABC no te dediquen portadas infames mintiendo como bellacos, que te dejen vivo porque apenas dices nada que les moleste y vais de chicos buenos todo el rato? ¿Por qué hay tanta gente que, aún ganando una miseria, han votado a Ayuso y no a Mónica García? ¿Cómo no habéis conseguido persuadirlos?

Tendremos que digerir e intentar entender por qué muchos de aquellos a quienes iban dirigidas las políticas de ayuda en tiempos de pandemia, autónomos que han recibido ayudas, o trabajadores que cobraron ertes, han decidido votar a Ayuso en lugar de a quienes hicieron posible esas ayudas. Si después de tantos sudores para mejorar la vida de los más desfavorecidos, lo que acaba calando es que te puedes tomar una cervecita fresca a las ocho de la tarde, el problema no creo que sea solo de persuasión.

¿En qué nos hemos equivocado mientras construíamos un marco de convivencia con el que pensábamos que no volveríamos a las andadas de hace ochenta años? ¿Qué ha fallado? ¿La educación, la ausencia de expectativas? ¿Dónde está el error, qué fue lo que lo torció todo? Alguien dijo que, a la hora de votar, lo primero que cuenta es el estómago, lo segundo el corazón, y en último lugar la cabeza.

Me niego a lamerme las heridas y hacerme portavoz de quejas y lamentos porque esto tiene que tener solución. Por muy sucia que sea la política, por muy corrompido y zafio que sea el mundo del dinero, por mucho que la iglesia esté siempre en medio complicándolo todo, la solución no puede ser votar a Ayuso.

Trato de ver algo positivo en la nueva situación tras la apabullante victoria de la derecha y no se me ocurre nada. Cuando alguien con postulados ultraderechistas llega al poder, lo único que cabe desear es que quienes los votaron abran los ojos cuanto antes y no vuelvan a hacerlo. La pesadilla Trump ya es historia, esperemos que pronto le toque a Bolsonaro y otros sátrapas que en su día apelaron al estómago de sus votantes para ganar y acto seguido los estafaron sin piedad. La etapa de Jesús Gil en Marbella y sus tentáculos en otros municipios de la Costa del Sol acabaron también hace tiempo, gracias sean dadas al cielo. Faltaba Madrid. ¡Ea! Pues ya lo tenemos. Mi voto por una cerveza ¡Qué vergüenza!

¡Qué pesada y larga se está haciendo esta digestión!

J.T.

sábado, 1 de mayo de 2021

La campaña más canalla


No debe volver a pasar. Nadie sale ganando con una campaña a cara de perro como la que acabamos de vivir/sufrir en la Comunidad de Madrid. No sale ganando ni la ciudadanía, ni la convivencia, ni tampoco los partidos, aunque alguno de ellos crea que sí. Desde que recuperamos la democracia en 1977, nunca vivimos una campaña tan canalla y tan encanallada. 

¿Era necesaria tanta tensión, tanto insulto, tanta mentira, tanto bulo, tanta amenaza? ¿Han tenido algo que ver las limitaciones de la pandemia, no poder hacer mítines multitudinarios, sufrir restricciones en los horarios, en las efusiones, en las distancias… y hasta en los desahogos?

No parece, sobre todo si tenemos en cuenta que llevamos tres elecciones autonómicas durante la pandemia y en ninguna de ellas subió tanto la temperatura. Ni en Euskadi, ni en Galicia, ni mucho menos en Catalunya llegaron las cosas a ponerse tan feas como estos días en Madrid. Ni siquiera cuando Rivera y Abascal iban a provocar a Alsasua o a Vic.

Excepto en Galicia, el PP fracasó estrepitosamente en las otras dos convocatorias electorales. Para Casado, Ayuso y compañía sería la ruina naufragar también en Madrid. Para evitarlo, lo primero era que Vox no les comiera más terreno. El problema es que han sido ellos mismos quienes han ido engordando la bestia ultra. Tanto han soplado desde Colón para acá que el globo les ha acabado explotando en la cara.

Ayuso parece encontrarse en su salsa compitiendo con los ultras, pero ni con todas sus exageraciones, dislates y astracanadas va a conseguir dos de sus propósitos fundamentales: que Vox no llegara al cinco por ciento, y no tener que depender de este partido para gobernar aunque consiga escaños. 

Otro objetivo, por supuesto, era desarmar a la izquierda desacreditando sobre todo al candidato de Unidas Podemos. Esto último tampoco lo han conseguido, aunque lo han intentado por todos los medios, y nunca mejor dicho lo de medios, porque los periódicos se han entregado en cuerpo y alma a la causa Ayuso mintiendo como bellacos y redoblando los ataques a Iglesias como si no hubiera un mañana, igual que radiopredicadores y radiopredicadoras, igual que la nómina casi al completo de participantes en tertulias televisivas. Pocos le han hecho asquitos a la estrategia de Ayuso: bulos, mentiras, lugares comunes, insultos. Ha sido muy difícil, por no decir imposible, establecer en la mayoría de los casos dónde acababa la propaganda electoral y dónde comenzaba la información sobre las elecciones: todo ha sido campaña electoral.

Si Ayuso recurría a técnicas trumpistas, los medios se apresuraban arrobados a emplearlas; si Ayuso insultaba, los tertulianos insultaban, si Ayuso hacía una gracieta, todos los palmeros y palmeras se hacían eco encantados… No les era preciso jalear las exageraciones de Abascal y su cohorte, con Monasterio al frente, porque les bastaba con airear el perfil frentista del planteamiento electoral de Ayuso.

Tanto se jugó con fuego que acabó rompiéndose la baraja. Cuando empezaron a aparecer balas en sobres todo saltó por los aires. Ni en campañas tan agresivas como las de Trump o Bolsonaro se rebasaron esos límites. Se intentó volver a la casilla de salida pero ya nada ha sido igual. Desde entonces un buen porcentaje de la ciudadanía estábamos deseando que esta pesadilla acabara cuanto antes, los días de campaña se hicieron muchos más largos y los sondeos, confusos y enrevesados, tampoco han contribuido a iluminar el panorama.

Si alguna conclusión se puede sacar de todo esto es que los resultados del día 4 no están nada claros y que, hasta que no contemos el último voto, puede ocurrir cualquier cosa. Sin querer confundir los deseos con la realidad, hay algo que resulta ilustrativo: en la recta final de esta desastrosa campaña, buena cantidad de portavoces de la derecha y la ultraderecha han echado mano de otra de las técnicas de Trump: cuestionar el voto por correo. Eso significa que no están seguros de que los resultados les vayan a ser favorables. Si las izquierdas consiguen sumar, entonces la caverna en bloque, no lo duden, pondrá toda su artillería a cuestionar el resultado, a discutir la limpieza del proceso ¿Les suena?

Ocurra una cosa u otra, las lecciones que hemos de extraer de estas dos semanas que acabamos de vivir es que a partir del día después, del mismo miércoles 5, las fuerzas democráticas al completo deberían ponerse a trabajar para que una campaña tan bochornosa como la vivida estos días en Madrid no vuelva a repetirse en ningún otro sitio nunca más.

Urge dignificar la política, urge aislar al fascismo, urge acabar con el mito de la dichosa equidistancia, porque jamás puede haber equidistancia entre quienes hacen política para proporcionar derechos a los más desfavorecidos y quienes la utilizan para quitárselos. No podemos consentir esos perversos paralelismos, tenemos que repetirlo miles de veces hasta que se les meta en la cabeza a quienes se empeñan en repetir como papagayos este espantoso argumentario fascista.

Para que el bulo, la mentira, la provocación, los insultos y las amenazas salgan de nuestra política, el primer paso ha de ser dejar de otorgarle cancha a los postulados nazis. Esa ha de ser la prioridad. Tanto para la izquierda como para la derecha civilizada, que seguro la hay. En estos momentos no parece que Ayuso y quienes la jalean estén por la labor pero, pase lo que pase el martes 4 de mayo, ese tiene que ser el reto. Cordón sanitario. Debemos planteárnoslo seriamente si no queremos que el día menos pensado esto acabe yéndosenos de las manos.

J.T.

Publicado en La Última Hora

¿En qué momento se jodió Madrid?


En “Como polvo en el viento”, la novela más reciente del escritor cubano Leonardo Padura, sus protagonistas repiten a lo largo de la trama una pregunta recurrente:

“¿Qué demonios nos ha pasado?”

Son un grupo de amigos treintañeros, un especie de “clan” con sólida formación universitaria a quienes hasta el 89 les sonreía la vida y a partir de la caída del muro de Berlín y la llegada del “Período Especial” en su país, todo se les tuerce hasta dimensiones inimaginables.

En el comienzo de “Conversación en la Catedral” Mario Vargas Llosa, que todavía no había girado del todo a la derecha, le hace pronunciar a uno de sus protagonistas una frase también recurrente que desde entonces ha pasado a la historia:

“¿En qué momento se jodió el Perú?”

Alguien tendrá que escribir, más pronto que tarde, la historia de lo que en estos momentos nos está pasando a los españoles, a qué es debida la histeria que vivimos en Madrid o por qué se eterniza el impasse en Catalunya entre otros conflictos ibéricos (Euskadi, Andalucía, Galicia…) Habida cuenta de los escasos días que quedan para votar en Madrid, hoy me centraré en este territorio, con permiso del lector y sin que sirva de precedente. Así que vamos a la pregunta:

“¿Qué demonios nos ha pasado, en qué momento se jodió Madrid?”

El problema es que no tenemos respuesta para esa pregunta. Quien la tenga que la explique, porque somos bastantes los que andamos perdidos. Hipótesis hay muchas pero certezas pocas. Por mi parte, y créanme que lo siento, lo que tengo son preguntas que no sé contestar:

¿Cómo se puede degenerar para ir pasando de Ruiz Gallardón a Esperanza Aguirre, de Aguirre a Ignacio González, de González a Cristina Cifuentes… y así hasta llegar a Isabel Díaz Ayuso?

¿Qué nos está pasando para que, después de escuchar durante dos años una extravagancia tras otra en boca de Ayuso, las encuestas predigan que, en las elecciones del 4 de mayo, la candidata del PP puede duplicar los apoyos con los que llegó al poder en 2019?

¿Cómo es posible que tras su insensata e irresponsable gestión de la pandemia, esto no le esté pasando factura?

¿En qué momento se empezó a minusvalorar su enfrenamiento con el gobierno de la nación y con los responsables autonómicos cuando se intentaba tomar medidas para rebajar los índices de contagio?

¿Cómo se puede correr un tupido velo sobre la irresponsable gestión de las residencias madrileñas, cómo hay quien pueda dar por buenas sus mentiras en este asunto cuando intenta desviar la responsabilidad de lo que era claramente competencia suya?

¿En que momento nos volvimos tan tarugos como para sonreír con las frikadas de Ayuso? ¿A quién se le ocurre quitarle importancia a burradas como sus loas a los atascos o a la contaminación?

¿De verdad que es toda una candidata quien se dedica a exaltar las cañas de cerveza y la dificultad para tropezarte con tu ex como argumentos electorales? ¿Cómo toleramos que nos expropie una palabra tan sagrada como el término “Libertad”? ¿Pero esto qué es, cómo nos dejamos tomar el pelo de esta manera? ¿Qué está pasando aquí? ¿El mundo al revés?

Decidme que este tipo de disparates no pueden calar, que todo esto es una pesadilla, queridos amigos, que no puede ser verdad que a base de mentiras, insultos, exabruptos y groserías se puedan ganar unas elecciones. ¿Dónde quedaron los programas, dónde nuestros verdaderos problemas del día a día, dónde la garantía de que nuestros hijos y nietas podrán crecer en una sociedad más justa y más igualitaria? Decidme que no es verdad, que esto es una distopía, un mal sueño…

Movimientos sociales varios, sindicatos todos, ¿no vamos a aprovechar este primero de mayo para darle un buen meneo a todo esto y despertar las conciencias de quienes aún no se hayan dado cuenta de lo que nos estamos jugando? ¿Es posible que alguien olvide que, si gana la ultraderecha, quedaremos en manos de cuatro desaprensivos que harán con nuestras vidas lo que les dé la gana sin que nadie les tosa?

¿De verdad vais a votar a vuestros verdugos, de verdad vais a propiciar que si los populares necesitan sumar para conseguir la mayoría absoluta, echen mano de otro partido aún más intolerante, y más decidido a acabar con derechos y libertades que tanto nos costó conquistar?

Decidme que esto no es posible, por favor. Decidme que llevamos razón quienes pensamos que somos más los que no podemos permitir que eso suceda, que somos más los necesitados de políticas más justas y menos desiguales. Decidme que el próximo día 4 vais a votar todos los que tenéis claro que, a quienes ahora están en el poder, les importan un pimiento vuestros problemas.

Decidme que, por muy cabreados que podáis estar con la política en el momento que vivimos, el 4 de mayo y aunque sea haciendo un esfuerzo, vais a salir de casa, os vais a acercar hasta vuestro colegio electoral y vais a ejercer el derecho más hermoso que tenemos en democracia: votar cualquiera de las tres opciones de izquierdas que, sumadas, pueden acabar con la pesadilla que la derecha nos lleva haciendo vivir durante veintiséis años en la Comunidad de Madrid

Reconozco que, a día de hoy, no sé contestar a la pregunta de en qué momento se jodió Madrid. Pero si a partir del martes próximo la ultraderecha gana las elecciones, sí tendré claro a partir de qué momento dejamos pasar la oportunidad de cambiar las cosas y no lo hicimos.

Esperemos que no nos acabe pasando como a los protagonistas de la novela de Leonardo Padura, ni tengamos que andar preguntándonos durante los próximos años:

“¿Qué demonios nos ha pasado?”

J.T.

sábado, 24 de abril de 2021

El PP roba hasta las palabras

Siempre han sabido que son menos, pero consiguen gobernar porque no se andan con remilgos: no conocen la vergüenza, la mentira es su instrumento de trabajo y su objetivo mantener privilegios que no están dispuestos a compartir. La religión les da igual pero la usan porque funciona como eficaz instrumento de represión, igual que utilizan en su beneficio el miedo de los pobres a plantar cara o a perder lo poco que tienen. Igual que se apropian de la palabra “libertad”.

Esto es Madrid, esto viene siendo Madrid desde hace veintiséis años y esta es la dinámica que la izquierda tiene la obligación de romper. En la derecha son menos y, además, mentirosos, altaneros, malencarados, muchos de ellos ladrones, pero gobiernan.

Isabel Díaz Ayuso, candidata a continuar presidiendo la Comunidad de Madrid, representa al partido de la corrupción. No lo olviden, por favor.

Representa al partido condenado por corrupción tras una sentencia de la Audiencia Nacional que le costó perder una moción de censura. El que, ayudó a establecer –según palabras textuales del fallo judicial, “un sistema genuino y efectivo de corrupción institucional a través de la manipulación de la contratación pública central, autonómica y local.”

Ayuso es la sucesora, por favor, no lo olviden, de Cristina Cifuentes, Esperanza Aguirre, Ignacio González, Francisco Granados… Enumerar sus fechorías es más propio de una tesis doctoral que de un artículo. Compruébenlo ustedes mismos: escriban en google cualquiera de esos nombres seguido de la palabra corrupción y les aseguro que tienen lectura suficiente para el fin de semana.

Ayuso representa al partido donde dos presidentes de gobierno y muchos de sus ministros niegan evidencias flagrantes como ser ellos quienes figuran en determinados apuntes contables de quien fuera el tesorero de su formación y no se les cae la cara de vergüenza al mentir. Quizás por ello muchos han declarado “on line” con la mascarilla puesta a pesar de estar en su casa solos frente al ordenador. No lo olviden el día 4, por favor.

Sí, estamos hablando de los máximos responsables del partido donde se rompían a martillazos ordenadores con información comprometida.

El partido con numerosos miembros del staff condenados por prevaricaciones, malversaciones y robos varios, con presidentes de autonomías, alcaldes y presidentes de la diputación en la cárcel, y hasta vicepresidentes de gobierno que, como Rodrigo Rato tras ser condenado, se vieron obligados a reconocer sus fechorías y pedir perdón a las puertas de la prisión.

El partido que hacía obras en su sede con dinero B

El que, si se terciaba, era capaz de robar hasta el cemento con el que se construían puentes mucho menos seguros que los que construyeron los romanos hace dos mil años largos.

El partido que montó un operativo para robar documentos de su ex tesorero mientras este estaba en la cárcel. Documentos comprometedores sobre la financiación irregular de las campañas electorales del PP en Madrid y apuntes relacionados con la tesorería nacional del partido.

El partido que aceptó donaciones de grandes empresas de este país e incluso de delincuentes como Laureano Oubiña, según declaraciones del propio narcotraficante.

El partido que en su día pagó a dos diputados socialistas llamados Tamayo y Sáez, provocando así un terremoto en la Comunidad de Madrid y propiciando el advenimiento de Esperanza Aguirre.

El mismo partido que ahora ha vuelto a repetir ese tipo de jugada en Murcia, con mayor desahogo y descaro aún que entonces, comprando a diputados de Ciudadanos para evitar perder una moción de censura a su presidente regional.

Ese partido es el que representa Isabel Díaz Ayuso, candidata a continuar en la presidencia de la Comunidad de Madrid tras las elecciones del próximo 4 de mayo y quien, con el mayor desahogo y sin ningún rubor, se apropia para hacer campaña de términos como “libertad”, una palabra que, por mucho que se empeñen, no conseguirán profanar.

Pasear la palabra “libertad" en autobuses y atriles por toda la región madrileña es una violación del término en toda regla y del respeto que los verdaderos demócratas le tenemos a una idea por la que tantas personas en tantos sitios dieron la vida luchando contra la opresión, los abusos, la injusticia y la violencia de gobiernos autoritarios y asesinos.

Ayuso está haciendo una campaña fea y frentista, al tiempo que sus aliados ultras traspasan líneas rojas en las plazas y en los carteles sin que parezca importarle incurrir en presuntos delitos de odio y alteración de la convivencia. No, no puede valer todo por mucha campaña electoral en la que estemos. No se les puede consentir que revienten debates como el de este viernes en la cadena Ser, hay que protestar contra ello con la mayor firmeza posible porque el terreno que cedamos ahora en esa línea, en la medida en que vaya pasando más tiempo, más trabajo costará recuperarlo.

Esas gentes de izquierdas que se ríen cuando ven a Ayuso todo el día con la palabra Libertad en la boca hacen mal en minimizar la importancia de agresiones de este tipo. Porque de eso se trata, de una agresión en toda regla. Una más en la colección de chulerías y despropósitos que llevamos dos años oyendo y soportando sin que nadie se decida a dar la voz de alarma.

¿Cómo se puede entender que tras robar a manos llenas y mentir descaradamente cada vez que te pillan, aquellos mismos a quienes humillas acudan luego en masa a votarte? ¿Por qué no usamos este 4de Mayo para darle la vuelta a eso?

Parece mentira que a estas alturas, el Madrid de Valle Inclán y de Pérez Galdós siga estando ahí: “En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. Se premia todo lo malo”, decía uno de los sepultureros que aparecen en “Luces de Bohemia”.

"Tendremos que esperar como mínimo cien años más para que en este tiempo, si hay mucha suerte, nazcan personas más sabias y menos chorizos de los que tenemos actualmente", decía Pérez Galdós hace más de cien años. Pues no, don Benito, parece que de momento no ha habido suerte. A ver si esta vez…..

J.T.

lunes, 19 de abril de 2021

Ayuso NO es libertad



Libertad no es mentir
Libertad no es robar
Libertad no es crispar
Libertad no es dividir
Libertad no es irresponsabilidad 
Libertad no es aprovechar la pandemia para hacer política 
Libertad no es oponerse por sistema 
Libertad no es manipular a costa de la salud 
Libertad no es sembrar confusión
Libertad no es propagar las tesis de los negacionistas 
Libertad no es bajar impuestos a los ricos 
Libertad no es gobernar con los intolerantes y nostálgicos del franquismo 
Libertad no es gobernar para los privilegiados 
Libertad no es ignorar y humillar a los más desfavorecidos 
Libertad no es despreciar al extranjero 
Libertad no es fomentar la desigualdad 
Libertad no es manipular la información 
Libertad no es blanquear al emérito inviolable 
Libertad no es querer cargarse Telemadrid 
Libertad no es potenciar las finanzas de según qué medio para que hagan propaganda gratis 
Libertad no es negarle la libertad a los que no piensan como tú 

Libertad es todo lo contrario de lo que el Partido Popular representa 
Libertad es subir el salario mínimo 
Libertad es la igualdad de oportunidades
Libertad es que haya pensiones dignas
Libertad es llegar a pactos con empresarios y sindicatos que beneficien a quienes trabajan por un salario 
Libertad es que exista el Salario Mínimo Vital 
Libertad es aprobar la ley de protección a la Infancia 
Libertad es pelear con instrumentos legales para conseguir acabar con la violencia de género 
Libertad es aprobar la ley de Eutanasia 
Libertad es no tener que preocuparte por el dinero si enfermas 
Libertad es que tus hijos dispongan de la mejor educación tengas o no tengas dinero para pagarla 
Libertad es dinero para la dependencia 
Libertad es ver sonreír a los que casi nunca sonríen 
Libertad es perderles el miedo a quienes han estado acostumbrados a poner sus botas encima de tu cabeza 
Libertad es que eso ya no pueda pasar 
Libertad es luchar contra la corrupción
Libertad es todo lo contrario a lo que representan Aznar, Abascal, Ayuso o Monasterio 
Libertad es que un partido como el PP no mantenga entre sus militantes a tanto delincuente como acabó germinando en sus filas 
Libertad es alejarse de Vox 
Libertad es que quienes buscan respeto y consideración por parte de sus representantes políticos dejen solo de percibir mal rollo entre ellos 
Libertad es que no te metan miedo en los programas de la tele 
Libertad es ser feliz y que te dejen de gaitas 
Libertad es poder vacunarse en paz 
 
Libertad es todo lo que usted no es, señora Ayuso. 
Algún día se arrepentirá de haberse atrevido a usar en vano un término tan sagrado, diría yo, como la palabra libertad 
Libertad es librarse de usted y de todo lo que representa 

Si la libertad bien entendida de cada cual ha de acabar donde empieza la de los demás, usted se ha convertido en una OKUPA emocional invadiendo la parte que corresponde a quienes desaprueban sus maneras y no les gusta su talante, ni tampoco sus palabras. Menos aún sus hechos 
Déjenos en paz, señora Ayuso 
Déjenos ser libres 
Y sáquese de una vez de la boca una palabra tan hermosa. 
¡LIBERTAD! 

 
J.T.

domingo, 18 de abril de 2021

La ultraderecha no ganará en Madrid


Desde el día en que Pablo Iglesias anunció que se presentaba a la presidencia de la Comunidad de Madrid, la derecha y la ultraderecha no se han repuesto aún de la indigestión. Si pensaban que su presencia en la política derivaría en el consabido apego a los cargos se llevaron un buen chasco el día que renunció a la vicepresidencia del gobierno. 

Desde que Podemos apareció en el horizonte hace siete años con Iglesias como cabeza visible, lo que más preocupó a sus adversarios fue la solvencia intelectual de buena parte de sus promotores. A esa capacidad Pablo añadía otra: su disposición para dar siempre la cara, sabiendo de antemano que harían todo lo posible por partírsela en mil pedazos. De momento no han podido, aunque tanto él como prácticamente todos los responsables de Podemos llevan siete años resistiendo envites y embates del más grueso calibre.  

No solo no han conseguido ahogarlos, sino que a día de hoy cuentan con cuatro ministerios y una vicepresidencia en el actual Gobierno de coalición. La marcha de Iglesias de esa vicepresidencia y su apuesta como candidato madrileño desconcertó a sus adversarios y también sorprendió a sus afines. Solo él sabe por qué se la juega hasta tal punto, pero parece evidente que los efectos de la apuesta se notan. Ayuso ha incrementado su porcentaje de desafueros y toda la ultraderecha está que trina con sus altavoces mediáticos, que cada vez asustan a menos gente por mucho que chillen y mientan. Llevan tanto tiempo pasándose tantos pueblos… que ya no cuela. 

En la primavera del 19, tras el permiso de paternidad, el regreso de Iglesias a los ruedos se tradujo inmediatamente en un aumento de las expectativas de voto para Unidas Podemos en las elecciones generales de Junio. Los resultados las confirmaron. El siguiente episodio fue ese mismo verano, cuando Sánchez intentó usarlo como excusa para no pactar argumentando que no dormiría por las noches con él de vicepresidente. No pasa nada, me hago a un lado, replicó Iglesias inmediatamente. El órdago dejó en evidencia a Sánchez que optó por unas nuevas elecciones cuyo resultado le obligó a aceptar el pacto de coalición que hasta entonces había intentado rehuir. 

Ahora, en las elecciones madrileñas del 4 de mayo, Iglesias vuelve a la carga contra todo tipo de circunstancias y predicciones adversas. En los cuarteles generales de sus adversarios políticos pasan las noches sin dormir reorientando estrategias porque ninguna parece surtirles efecto. No pueden con Unidas Podemos ni con su líder, por mucho que injurien o arremetan contra vestimentas o maneras de ser.  

Nunca lo reconocerán, pero tienen miedo, de ahí la resistencia a celebrar debates electorales. Al final no les ha quedado otra y han tenido que dar su brazo a torcer. Los inmisericordes ataques que Unidas Podemos recibe a diario demuestran que en la derecha y la ultraderecha están muy nerviosos. Quienes pensaron que la campaña madrileña iba a ser un paseo militar, nunca mejor dicho lo de militar, han descubierto que esta se ha convertido en un serio desafío, en un reto que les ha obligado a ponerse las pilas mucho más de lo que jamás hubieran imaginado.  

Madrid se les va a escapar por fin a los fascistas quienes, para intentar evitarlo, están recurriendo a todo tipo de métodos, morales o no, legítimos o no y lo más grave, a mancillar el término “libertad” que en sus labios y en sus pancartas rechina con tintes pornográficos cada vez que lo pronuncian o lo escriben. 

Tienen la derecha y la ultraderecha madrileñas sobrados motivos para temer por su futuro porque el trabajo del equipo de la candidatura de Unidas Podemos es como los pasos del elefante, lento pero rotundo. Todo eso la gente lo detecta y sus adversarios políticos lo saben por mucho que se empeñen en esconder los sondeos adversos. Porque les están siendo adversos.  

Como afirma Yolanda Díaz Unidas Podemos, con Iglesias a la cabeza, rompió esquemas, acabó con el bipartidismo y conseguirá cambiar la historia de nuestro país. Ahora toca Madrid. Así que a ganarles en las urnas. A por ellos, que son pocos y cobardes.  

J.T.

sábado, 17 de abril de 2021

Manifiesto contra los tibios


Últimamente me preocupan más según qué gentes de izquierdas que, de tan políticamente correctas, acaban siendo más de derechas que los de derechas. Intentaré explicarme: en la sociedad machista de los ochenta, con los socialistas recién llegados al poder, muchos de sus votantes no tardamos en percatarnos de que habíamos sido timados. Habían ganado por mayoría absoluta, contaban con el apoyo de millones de personas ilusionadas con ver desaparecer la maldición de tantos años de derecha, pero enseguida pudimos comprobar que eran mucho menos de izquierdas de lo que en principio parecían.

Felipe González ganó las elecciones del 82 porque nos engañó, aunque muchos tardaran años en advertirlo. Se dieron todas la circunstancias para que les pusiéramos el poder en bandeja y se dispusieran a desmantelar más derechos sociales que prebendas franquistas. Cuando esto resultó ya del todo evidente fue al final de la primera legislatura, la noche en que el presidente apareció en televisión, pocos días antes del referéndum OTAN, para chantajearnos sin rubor alguno. O votan que sí a nuestra entrada en la Alianza Atlántica, o ahí les dejo. Pues vete, pensamos muchos, pero se ve que no los suficientes.

Al apostar por el acabamos respaldando lo que hacían y lo que continuarían haciendo: cambiar sus vidas a mejor mucho antes que las del resto de la ciudadanía, por mucho que modernizaran la sanidad, construyeran carreteras y nos hicieran creer que estaban cambiando la educación mientras aumentaban las prebendas de la iglesia católica. Cambiaron de casa, coche y compañera. “Las tres ces”, lo llamábamos. Escandalosa metamorfosis que encabezaron Guerra, Boyer, González, Bono, Solchaga y demás dinosaurios que a día de hoy aún continúan sacando la patita de vez en cuando para dificultar la pelea por los derechos laborales y sociales que aún quedan pendientes.

Socialistas diez o quince años más jóvenes que ellos, que ahora cuentan entre los sesenta y los setenta años, continúan aún partiendo el bacalao en muchas instituciones. Son estos quienes intentan a día de hoy perpetuar ese legado. La cantera de socialistas jóvenes es escasa así que, en el caso de que Pedro Sánchez se propusiera sacarse de encima a tanto vestigio del viejo aparato, cosa que tampoco está tan clara, la escasez de recambios se lo impide. Por lo general son gentes que odian a Unidas Podemos desde que nació, que gustan de los mejores vinos en los mejores restaurantes, que se codean con lo mejor de cada empresa, de cada banco…

Rozando la edad de la jubilación, adoptan los modos y maneras de sus ya octogenarios precursores. Dispuestos a pactar con el PP todo lo que haga falta, andan lamentando por las esquinas que el fracaso de Ciudadanos les impida contar con ellos. Algunos lo lloran más incluso que los propios militantes y antiguos simpatizantes del partido naranja. Así son esos socialistas que reclaman ser reconocidos de izquierdas al tiempo que aplauden a rabiar cuando El País llama a Pablo Iglesias desleal o insensato sin escrúpulos a Pedro Sánchez.

Por eso cuesta tanto que las cosas se muevan como imaginábamos que podría hacerse cuando en enero del 20 se conformó el Gobierno de coalición, por eso cuesta tanto avanzar en la reforma laboral, en la ley mordaza, en el salario mínimo, en las pensiones, en la reforma del poder judicial. Porque en el fondo, dentro de las propias filas socialistas, existe un buen porcentaje que está contento con esa lentitud y sueña con el día en que el Gobierno de coalición salte por los aires.

Así fue desde el minuto uno de la pandemia, así fue a la hora de los presupuestos, cuando dentro del PSOE se demonizaba el apoyo de ERC y Bildu casi más que desde las filas del Partido Popular. Están dentro y ejercen el poder al viejo estilo, con los modos y maneras de sus papaítos ahora jubilados, sin disimular lo mucho que les molesta el matrimonio de conveniencia con Unidas Podemos.

Seguirán intentando quitárselos de encima sin darse cuenta que Podemos no es Ciudadanos, que lo que los ha llevado al gobierno y a conseguir mejoras que los socialistas solos nunca hubieran promovido es que parten de una tradición política muy potente, de unas ideas que costaron la vida a muchos de quienes lucharon por defenderlas. Ahí está la clave, en que Podemos es la propia voz de la conciencia de quienes se dicen socialistas sin serlo en absoluto.

Hay cosas en España que tenían que haberse cambiado en los ochenta, que desde entonces se van dejando de un día para otro y ahí estamos, manteniendo privilegios y costumbres que debían haber desaparecido, como mucho, el mismo día en que firmamos la entrada en Europa, en el verano de 1985. Llevan 36 años procastinando con la coartada de preguntar qué dice la ley, aplicarlo e ir posponiendo cambios prometidos en cada campaña electoral y nunca cumplidos.

Pues no, queridos socialistas acomodaticios, no se trata de preguntar qué dice la ley, sino de ponerse a cambiar las cosas de una vez. Y los cambios básicos se resumen en dos, menos desigualdad y menos injusticia. Fácil, ¿verdad? Pues parece que no hay manera.

J.T.

viernes, 16 de abril de 2021

4M. Manifiesto en apoyo del voto a la izquierda progresista

Si estás de acuerdo con el contenido del manifiesto reproducido a continuación y quieres adherirte, en el enlace https://espacio-publico.com/ahora-si ,al acabar la lectura, hay una pestaña a la izquierda que dice “únete al manifiesto”. Púlsala. Una vez pulsada, sólo queda rellenar los datos del formulario y enviarlo.


Ahora sí

Las libertades están en juego. El 4M viene a brindar una oportunidad única para la izquierda progresista que no podemos dejar pasar. 

Esta vez sí es posible conseguir que la derecha, y la ultraderecha, salgan del poder en la Comunidad de Madrid después de 26 infernales años de atentados contra los derechos y la dignidad de la mayoría ciudadana. 

Nos jugamos parar esto ya o, de lo contrario, aceptar que el trabajo depredador de la ultraderecha aumente, sea más grave cada día que pase y el retroceso histórico puede convertirse en una pesadilla en toda regla. 

Que la izquierda progresista consiga gobernar a partir del próximo 4 de mayo significa cortar en seco el avance del fascismo en nuestro país y poder trabajar por un Madrid sin exclusión social, sin machismo ni xenofobia. Un Madrid que avance en derechos sociales, políticos, económicos y culturales. 

Un gobierno madrileño de izquierdas será la mejor noticia no solo para esta Comunidad sino para el futuro de todos los pueblos de España por muchos años. 

Repetimos: esta vez es más posible que nunca. Sería imperdonable que dejáramos pasar la oportunidad. Así que todos a votar izquierda progresista el martes 4 de mayo. Nos jugamos la democracia y la libertad. 

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Manifiesto redactado a petición del Foro Espacio Público para promover y alentar el voto a la izquierda progresista en las elecciones autonómicas madrileñas del 4 de mayo de 2021. Gracias por firmar y apoyar.








Periodismo precario, información sectaria


Quien tenga estómago para ello, puede consultar en algunos de los libros escritos por Pedro J. Ramírez a lo largo de su vida cómo se jacta de haber sido mentor y tutor de Aznar antes que este llegara al poder. Luis María Anson, en cuya densa trayectoria profesional figuran la presidencia de la Agencia Efe o la dirección de ABC, poseía ya un amplio currículum de conspirador cuando encabezó con Pedro Jota y Camilo José Cela en Marbella el verano de 1994 la fundación de AEPI (Asociación de Periodistas Independientes), un grupo de comunicadores beligerante con la situación política de aquellos años que acabó siendo conocido como el sindicato del crimen. 

Dada su falta de respeto a la libertad de expresión, los sucesivos gobiernos de Felipe González habían ido acumulando méritos suficientes durante los años “socialistas” para acabar enfadando seriamente a un amplio porcentaje de miembros de la profesión periodística. Comunicadores con indiscutible poder e influencia en distintos medios no pudieron disimular su frustración cuando, en las elecciones de 1993, el Partido Popular no consiguió llegar al poder tras cuatro intentos consecutivos fallidos. Fue entonces cuando surgió la idea de fundar la AEPI, una iniciativa que acabó reuniendo a escritores y periodistas que, por uno u otro motivo, parecían tener cuentas pendientes con el PSOE (José Luis Balbín, Pablo Sebastián, José Luis Martín Prieto, José María García, Antonio Herrero, Federico Jiménez Losantos, José Luis Gutiérrez…) Este fue el germen del momento periodístico tan canalla que casi treinta años después vivimos en nuestro país. 

El pretexto esgrimido para el nacimiento de aquella asociación fue que había que regenerar el sistema. En su declaración de intenciones, denunciaban "el daño a la libertad de expresión que causan el Gobierno y los grupos de presión afines". La fórmula empleada para conseguir sus objetivos fue elevar la crítica y aumentar los niveles de crispación, ¿les suena? Nombro a según qué gerifaltes de entonces, pero la lista de periodistas con aspiraciones suele engordar, y mucho, a medida que repasas los escalafones y las nóminas de asesores ministeriales y tertulianos radiofónicos o televisivos. Esto en cuanto a los medios privados porque, como se sabe, los nombramientos de los responsables de los medios públicos son designaciones políticas que, cuando han recaído -escasas veces- en profesionales teóricamente neutrales, han derivado en convulsos episodios con desenlaces traumáticos. Como sin duda ocurre en la mayoría de oficios, en el mundo del periodismo hormiguea una fauna muy variada en la que coexisten quienes entienden la profesión como una manera de ser útil y mejorar las cosas, y quienes no tienen reparo alguno en utilizarla como trampolín para prosperar en la vida. 

El carácter de escaparate que posee la profesión periodística y las posibilidades de relacionarse que brindan permiten que los carentes de escrúpulos la usen como palanca para dar el salto al mundo de la política, los negocios o las relaciones públicas. En los cargos intermedios de las empresas informativas, buena parte de quienes alguna vez fueron ardientes defensores de la libertad de expresión se convierten, apenas acceden a uno de esos puestos, en celosos represores de los profesionales que quedan a sus órdenes. Nunca entendí la falta de compañerismo ni la actitud de esos especímenes cuyo empeño consiste en subir a costa de machacar a sus compañeros, y sostengo que hay ciertas cosas que un periodista no debería hacer nunca. No entiendo a quienes tratan a sus colegas como rivales, ni a quienes niegan un teléfono, un dato o un contacto a un compañero, ni al que hace suyas las guerras entre empresas. Un periodista no debe aspirar a que la empresa para la que trabaja le agradezca o valore su esfuerzo, y tampoco es bueno que pierda la perspectiva creyéndose que pertenece al círculo político, económico o cultural en el que se mueve. Por mucho que le guste su oficio, quizás debiera no despistarse y recordar siempre que se trata solo de un trabajo. Y, por lo general, mal pagado. 

Los poderosos, que tienden a creerse inexpugnables, no dan crédito cuando ven publicados aquellos asuntos que les conciernen y que ellos creían estar manejando con discreción. ¿Cómo se han podido enterar?, es lo primero que se preguntan. Acto seguido, desconcertados unas veces, indignados otras, deciden contraatacar pero ¿contra quién actúan? ¿contra la persona que les ha sido desleal y ha filtrado sus tejemanejes? ¿contra sus asesores? No. Resulta más práctico intentar intimidar al mensajero para que detenga la publicación de aquello que les perjudica, u optar por la querella judicial si no tienen suerte con sus presiones. Siembran así la duda sobre lo publicado y, de paso, intimidan al autor de la información no grata con la amenaza de obligarle a afrontar un contencioso.  

En el caso de los grandes rotativos españoles, hablar de prensa libre es prácticamente una quimera. Las primeras páginas de los periódicos no se elaboran con criterios profesionales. No es verdad que el tema de apertura por el que se apuesta en las primeras páginas sea el que más interesa a los ciudadanos. No es verdad que se piense en el lector antes que en la empresa a la que perteneces cuando la elaboras. No hay director en sus cabales que se atreva a abrir con el escándalo de una empresa que inserta publicidad en su periódico, por mucha documentación solvente de la que disponga. Si esto funciona así en las empresas periodísticas privadas, lo que ocurre en las públicas es, como cabe imaginarse, mucho más descorazonador. Mil veces que lo repitamos serán pocas: los políticos no quieren medios de comunicación plurales porque no creen en ellos, lo que buscan son órganos de propaganda, instrumentos útiles para impartir doctrina. Les molesta la libertad de expresión, abominan de las opiniones libres y ni entienden ni quieren la crítica. De ahí su obsesión por influir o mandar en periódicos, radios y televisiones donde, dicho sea de paso, la mayoría de sus profesionales trabajan en condiciones precarias. Por otra parte la solidaridad entre los profesionales de la información nunca fue excesiva, por mucho que el tufillo corporativista del oficio pueda despistarnos.  

Tiempo atrás, cuando los periodistas hubieran podido tener fuerza para reclamar unidos ventajas de tipo laboral, casi nunca lo hicieron, así que ahora que las condiciones de trabajo de cualquier joven que se incorpora a un medio dejan mucho que desear porque los contratos son efímeros, inciertos y precarios, resulta más impensable aún que el criterio profesional pueda imponerse al empresarial en el trabajo periodístico. Si el dueño de una empresa de autobuses se empeña en que sus conductores circulen por la autopista en sentido contrario, a ninguno de ellos se le ocurriría cumplir esa orden, pero en periodismo nos ordenan cosas así y las hacemos. Tenemos más miedo a quedarnos sin trabajo que a jugarnos nuestro prestigio profesional.  

Los medios no pueden sobrevivir si no se venden ejemplares o no cuentan con audiencia, es verdad, pero siendo la información un bien necesario e imprescindible, habrían de ser los medios públicos quienes garantizaran a los ciudadanos esa información servida sin adjetivos y sin enfoques manipuladores. Está demostrado que el criterio de la rentabilidad y de la audiencia a toda costa no desemboca precisamente en contenidos dotados del mínimo carácter de utilidad o servicio. El periodista ha de aprender a convivir con esa incómoda sensación que produce que alguien te haga llegar recados cuando no le gusta lo que has publicado, tiene que estar dispuesto a pagar el precio de la represalia, a reinventarse muchas veces en su vida y a correr el riesgo de que, en un momento dado, no existan publicaciones dispuestas a atreverse a difundir el resultado de sus investigaciones. 

El papel de los medios en según qué conjuras y el comportamiento que en ellas mantienen algunos profesionales del periodismo, por no hablar de cómo actúan ciertos tertulianos, pide a gritos la existencia urgente de un tribunal ético. En Gran Bretaña, George Monbiot, periodista de The Guardian, fue condenado en el 2013 a tres años de trabajo social por retuitear una calumnia. Afirmó que Alistair McAlpine, político conservador, había abusado sexualmente una docena de veces de un joven en los años setenta. La emisión de un documental sobre el mismo falso asunto en la BBC acabó costándole el puesto a su director, y a la cadena le supuso una multa de 185.000 libras . Otro mundo. 

J.T.

Escrito para "Espacio Público"