“Mientras las pantallas os devoran, la lectura os alimenta, mientras las pantallas os vacían, los libros os llenan”. Son palabras de Bruno Le Maire, ministro francés de Economía hace ya años. No podemos estar más de acuerdo. Salvador Illa, presidente de la Generalitat de Catalunya, parece ir en esa línea cuando ha anunciado que quiere recuperar los libros de texto en las escuelas catalanas, reducir el uso de dispositivos móviles y de pantallas de todo tipo antes de los 14 años además de limitar también e incluso prohibir, llegado el caso, el acceso a la inteligencia artificial.
Màrius Carol recordaba hace unos días en La Vanguardia cómo los principales gurús de Silicon Valley, cuna de la revolución tecnológica, ya han decidido que sus hijos estudien prescindiendo de tabletas y artilugios similares, conscientes y preocupados ahora de los peligros del monstruo que ellos mismos han creado. Frankestein cuatro (o cinco) punto cero.
Análisis llevados a cabo con más de 170.000 personas confirman la “ventaja del papel” y vuelve a reivindicar su uso. En el papel se comprende mejor, se retiene más y la concentración no se dispersa, proclaman como si acabaran de descubrir la pólvora. En España, según el Barómetro de Hábitos de Lectura 2025, el noventa por ciento de las personas que aún leen continúan prefiriendo el formato físico, lo que quiere decir que, contra lo que parece, el papel no ha perdido todavía la batalla.
Las grandes tecnológicas, dejó dicho también Le Maire, “saben darnos, igual que a las ratas, pequeños estímulos cada cinco segundos, que obligan a seguir pegados a la pantalla. Por desgracia, añadía, no es así como desarrollaréis vuestra libertad”.
Nicholas Carr, en un ensayo titulado “Superficiales: ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?” publicado hace ya más de quince años, sostiene que “las tecnologías digitales están cambiando la forma en que funciona nuestro cerebro, reducen nuestra capacidad de concentración profunda y nos vuelve más superficiales. Ya no buceamos en las palabras, sino que patinamos por la superficie”, concluye.
En 2018, la neurocientífica Maryanne Wolf, en su libro “Lector, vuelve a casa. Cómo afecta a nuestro cerebro la lectura en pantallas”, ya advirtió también que la lectura profunda, la que reconfigura el cerebro, genera empatía y pensamiento crítico, se erosiona frente a la pantalla. Y Umberto Eco, con su proverbial lucidez, comparó el libro con la cuchara o la rueda: inventos perfectos que no admiten mejora. “Si tuviera que dejar un mensaje para el futuro, lo haría en papel”, sentenció.
No se trata solo de niños. A cualquier edad, el scroll infinito y las notificaciones nos vacían si no hacemos un uso racional y moderado de los móviles y las tablets. Esas pantallas que parecía iban a resolverlo todo han acabado generando miopía, sobrepeso, malestar emocional y bajo rendimiento. El papel exige atención plena, táctil, espacial, nos obliga a pensar. Recuperarlo, lo que no significa renunciar por completo al dispositivo en el usted está leyendo este artículo, está empezando a convertirse en todo un acto de resistencia.
J.T.









