domingo, 20 de septiembre de 2026

El odio en televisión


Cuando apenas había cumplido diez años, el hijo de unos amigos míos no se iba jamás a la cama sin ver antes un trocito de “El Hormiguero”, por entonces un blanco y divertido programa (familiar, lo llamaban) de Mediaset pensado para entretener y ayudar a olvidar los trasiegos de la jornada. Aquel niño tiene ya más de treinta años y no recuerda nada de su devoción por un programa que desde 2011 se emite en Antena Tres y cuyo presentador continúa siendo Pablo Motos. Cuando por equivocación lo sintoniza alguna vez, no puede creer que aquel otrora “simpático” señor del que le hablamos se haya convertido en un personaje cabreado que cada noche contribuye a envenenar el ánimo ciudadano algo más de lo que ya está haciendo política de la fea y olvidando por completo sus primeros tiempos. Hace unos pocos días tuvo como invitado a Carlos Alsina, locutor de las mañanas de Onda Cero que durante años condujo el informativo más presentable de su franja en radio, motivo por el que sus jefes de Atresmedia no han dudado en cargárselo y desplazarlo a horas de contenidos menos “comprometidos”. 


¿Por qué te has pasado al entretenimiento?, tuvo Motos el cuajo de venir a preguntarle. Porque para hablar de política ya estás tú, replicó Alsina con su acreditada retranca evitando precisar que lo que se hace en El Hormiguero es sobre todo política cutre que segrega bilis y mala leche. La culpa no la tiene solo Motos y su equipo, la tienen los políticos y sus asesores de comunicación, los de todos los partidos, quede claro, que un día descubrieron que una tribuna con los índices de audiencia del programa de Motos no se podía desperdiciar sobre todo en época electoral. Así que empezaron a acudir en tromba. Como aquello tuvo éxito, a Motos se le fue subiendo el pavo hasta acabar creyéndose el rey del mambo. Consecuencia: el programa fue degenerando a medida que descubría que lo que de verdad vendía era utilizar su espacio para meterle caña a Pedro Sánchez y a su gobierno. Al tiempo que le hacía descaradamente la pelota a todo político del PP o de Vox, que aceptaba encantado su invitación. De comediante mutó a politiquero barato y en esas estamos. 


En los despachos de Atresmedia respaldaron esta zafia metamorfosis y en Mediaset se apuntaron al carro. Carmen Porter e Íker Jiménez, una pareja de presentadores que desde 2005 se dedicaban en Cuatro Televisión a hablar de ovnis y fenómenos paranormales en un programa llamado “Cuarto milenio” conducen hoy “Horizonte”, espacio nocturno que emite esta misma cadena en el que suelen sentar junto a ellos a lo más granado del involucionismo patrio militares incluidos. En la franja de las mañanas, los responsables de este mismo canal decidieron concederle pista libre a Nacho Abad, durante años militante del periodismo más amarillo convertido ahora en desahogado presentador de un programa llamado “En boca de todos” donde, además de destilar odio, no se anda con miramientos a la hora de intentar meter el miedo en el cuerpo de quienes lo sintonizan. El pasado viernes, sin ir más lejos, mientras entrevistaba al presidente del puerto de Ceuta, incidía en la posibilidad de que al trasladarse ahora los inmigrantes allí, aumentara él número de polizones que, según él, aprovecharán la cercanía de los barcos para escaparse. No contento con eso, proclamó abiertamente que algún yihadista infiltrado en las carpas podría dejar sin luz a toda Ceuta o incendiar los depósitos de combustible. Este es el nivel. 


Durante la sobremesa, y también en Cuatro Televisión Risto Mejide, un publicista que se hizo famoso merced a su inclemente agresividad como jurado en diferentes concursos televisivos, conduce desde hace casi ocho años “Todo es mentira”, programa teóricamente en clave de humor pero que cada día que pasa destila mayores dosis de crispación y mal rollo. Me cuesta asumir que tanto políticos como periodistas se presten a intervenir en espacios como estos. O como los de Ana Rosa y Susana Griso. No suma sentarse junto a un negacionista, un homófobo o un racista porque la intolerancia acaba creciéndose a medida que le vas otorgando cancha y el resultado final es que acaba reproduciendo mejor sus enconados mensajes de rencor. No todo puede valer, entre otras razones porque, aunque son menos, tienen más y mejores medios, sobre todo en redes sociales, que usan sin pudor alguno.


Hace unos días en la radio, Mariola Cubells y Marc Giró comentaban en el programa de Carles Francino hasta qué punto quienes desde posiciones progresistas intentan con sus programas contrarrestar como pueden tanto mensaje de odio, se ven obligados a soportar por ello un acoso despiadado, la invasión en sus vidas privadas y todo tipo de amenazas. Ninguno de los personajes a los que me he referido más arriba han sufrido el asedio callejero de Vito Quiles o Ndongo por ejemplo, ni tienen sus cuentas digitales atiborradas de mensajes amenazantes. 


Con estas líneas solo he querido hacer una pequeña aproximación a un escenario, a mi entender trágico, que a día de hoy tiene infectado el mundo de la comunicación. ¡Que no se trata solo de ir contra Sánchez, señoras y señores, que lo que ocurre es que están violentando la esencia misma de la democracia! Continuaré hablando de todo esto otro día, porque el asunto da para mucho más que para un artículo, pero desde aquí quiero lanzar mi voz de alarma. Algo habrá que hacer, ¿no? ¿O nos vamos a quedar de brazos cruzados hasta que nos coman vivos a todos? 


J.T.









domingo, 13 de septiembre de 2026

La Columna de los Ocho Mil, un episodio olvidado de la Guerra Civil


El 15 y el 16 de septiembre de 1936, apenas dos meses después del golpe militar que desencadenó la Guerra Civil, alrededor de ocho mil extremeños emprendieron una marcha desesperada por el suroeste de Badajoz. Eran campesinos, jornaleros, trabajadores, mujeres, niños, ancianos y algunos milicianos. Gente corriente que tenía una casa, una familia, unas tierras, unos amigos y una vida que, de pronto, había dejado de ser segura a medida que las tropas del ejército golpista avanzaban sembrando el terror y asesinando a miles de personas en la comarca. Así que decidieron huir.


Unos habían visto detener a vecinos, sacar personas de sus casas y hacerlas desaparecer, otros conocían las terribles noticias que llegaban de localidades próximas y otros, sencillamente, habían comprendido que quedarse podía significar la muerte. Así que gentes provenientes de Fregenal de la Sierra, Jerez de o Medina de las Torres, junto a familias enteras que llegaban desde el norte de la provincia de Huelva, echaron a andar desde Valencia del Ventoso para intentar llegar hasta Azuaga, una zona donde todavía gobernaban los representantes del gobierno republicano legítimamente constituido. Para conseguirlo, tenían que recorrer noventa kilómetros por un territorio que se estaba convirtiendo en ratonera. Marchaban como podían: a pie, en carros, con animales, llevando algunos enseres… Miles de personas por los caminos de Extremadura cargadas con lo poco que habían podido salvar mirando de vez en cuando hacia atrás temerosas de que sus perseguidores les alcanzaran. Y les alcanzaron. 


Los rebeldes sabían perfectamente que lo que tenían delante era una mayoría de civiles, muy pocos llevaban armas, y aun así les atacaron en las proximidades de Fuente del Arco, en un paraje llamado La Alcornocosa. Militares, guardias civiles y falangistas bien armados arremetieron los días 17 y 18 contra una multitud en la que apenas unos cuantos hombres estaban en condiciones de repeler el ataque. Dispararon incluso con ametralladoras y la columna se deshizo entre el miedo y la desesperación. Algunos consiguieron escapar hacia Azuaga, otros huyeron monte arriba, otros regresaron sobre sus pasos y muchos fueron capturados.


Alrededor de ochenta personas murieron en el ataque, pero aquella matanza fue solamente el comienzo. Unos dos mil supervivientes fueron detenidos y conducidos a Llerena. Allí fueron encerrados en distintos lugares, entre ellos la plaza de toros. Se elaboraron listas, se solicitaron informes a los pueblos de procedencia y se identificó a los detenidos: a ver quién tenía antecedentes políticos, quién había sido concejal, quién había pertenecido a un sindicato, había votado a la izquierda, o había sido denunciado por un vecino… Se decidió quiénes podían volver y quiénes debían quedarse. Burócratas hasta a la hora de matar. Muchos de aquellos prisioneros fueron asesinados pero, eso sí, con un sello, una firma, un informe y una orden.


Mujeres y niños quedaron atrapados en aquella maquinaria de represión que no se conformaba con derrotar militarmente al adversario sino que además había que humillarlos, vejarlos, apocarlos, degradarlos… El genocida Queipo de Llano dio a conocer por radio la operación y la calificó de “victoria militar” al tiempo que sus periódicos afines hablaban de una “columna marxista” derrotada. 


Matas mejor si primero cosificas, si consigues deshumanizar a quien no piensa como tú ¿les suena? Ya por entonces, aquellos criminales dominaban el arte de la propaganda. Los extremeños que intentaban “escapar” y llegar hasta Azuaga no eran campesinos sino rojos, marxistas peligrosos; fugitivos, nada de refugiados y las familias enteras que solo aspiraban a salvar la vida, eran para los propagandistas declarados enemigos de España.  


Han pasado noventa años y estamos hablando de una historia de la guerra civil, otra más, que apenas se conoce. Durante demasiado tiempo la tragedia de aquellas ocho mil personas ni existió. Antes de La Desbandá de Málaga, antes de tantos otros éxodos, miles de extremeños descubrieron que, en una guerra, intentar sobrevivir también puede ser considerado delito. 


Este episodio, unido a que Badajoz es la segunda región española con el mayor número de personas asesinadas por el franquismo (nunca podrá olvidarse la matanza de 4.000 personas en la plaza de toros de Badajoz) ha llevado a una decena de colectivos y asociaciones memorialistas de la región a promover cada septiembre una marcha para reivindicar la memoria de aquel suceso en el mismo lugar donde ocurrió. Este año, cuando se cumple el 90 aniversario, se ha convocado para el próximo domingo 20 de septiembre la “III Marcha Columna de los Ocho Mil”, una ruta circular de algo más de diez kilómetros con salida y llegada a la localidad pacense de Fuente del Arco. Allí estaremos.


J.T.


miércoles, 9 de septiembre de 2026

La rendición de un profesor de Literatura



No merece la pena, Juan, no leen ni por obligación, si los tochos son muy grandes se meten en internet y buscan resúmenes. No hay manera. No tiene nada que ver el mundo de los alumnos de la universidad ahora con el nuestro cuando estudiábamos. Yo recuerdo que a nosotros nos interesaba, que andábamos motivados por la vida, que nos gustaba, que le pedíamos a los profesores que nos sugirieran lecturas fuera de programa, que sí, que la literatura española del XIX estaba muy bien, y la del siglo de Oro, pero yo me acuerdo que me encantaba Dumas, y Víctor Hugo, y Tólstoi. Los tres mosqueteros, qué maravilla, El conde de Montecristo; de Balzac cualquier cosa por no hablar del madame Bovary de Flaubert. Nuestra Regenta no tenía nada que envidiar, de acuerdo, pero nos gustaba comparar, y meternos en vena Ana Karenina, y leer los libros antes de ver la película… de los que había película. Pues nada, todo eso ha cambiado, yo ahora les pongo cine, ¿te lo puedes creer? A lo más que llegábamos, era a esos libros ilustrados en plan comic de Bruguera que editaba clásicos como Oliver Twist…. Ahora ni Tintín los motiva, ni Astérix, tampoco El Capitán Trueno o el Jabato. A lo mejor Mortadelo y Filemón pero tampoco, porque también hay película. Hemos fracasado, Juan, la lectura no funciona, lo que no entiendo es cómo hay tantas Ferias del Libro todavía, cómo se editan tantos volúmenes que nadie compra porque en el mejor de los casos se los bajan de internet. Más vale que asumamos que el tiempo de leer en papel ya pasó….


(Lo que me cuenta hoy un compañero y amigo mío, profesor universitario de Lengua y Literatura)


J.T.

domingo, 6 de septiembre de 2026

En caso de duda, periodismo


Ser periodista consiste en ser testigo de lo que sucede en nombre de quienes no pueden estar en los sitios. Hay que acudir a pie de calle, ver lo que está pasando, preguntar, escuchar y contar. Te encuentras ahí en nombre de mucha gente y eso exige respeto porque tu cometido posee un componente de servicio público imprescindible para la higiene democrática. Si cuando haces ese trabajo y estás, por ejemplo, emitiendo en directo te escupen, insultan, intimidan o agreden, algo muy serio se está resquebrajando en los principios más elementales de la convivencia.


El periodismo de verdad se hace en la calle, pisando charcos, entrando en contacto con el dolor, las alegrías, las reivindicaciones. A veces, en zonas de conflicto, sabes que te juegas la vida. De hecho, nuestro oficio figura entre los primeros en el ranking de profesiones más peligrosas. Pero en zonas de conflicto ¿Se han convertido las calles y las plazas de España en zonas de conflicto?  ¿Cómo es posible que hacer un directo con una esponjilla de tve en el micrófono, y no solo de tve, se haya convertido en un ejercicio de riesgo?


Me pongo en el lugar de los muchos compañeros que estos días son increpados por musculados fascistas de medio pelo e imagino cómo se sienten. Por lo general son colegas con sueldos mileuristas y contratos con fechas de caducidad que mantienen la dignidad y la entereza lo mejor que pueden. Saben que han ido a cubrir hechos que tienen que ser conocidos, pero los histéricos que se les acercan, zarandean y ponen a prueba su serenidad se empeñan en que la noticia sean ellos, que solo han de ser, recordémoslo, testigos de lo que está sucediendo.


Quienes los agreden no agreden solo al periodista, atentan también contra el medio al que representan y a quienes, a través de él, quieren saber lo que está pasando. Es decir, violentan a la ciudadanía en su conjunto. “Agredir a los informadores es dinamitar la democracia”, escribía hace poco en redes José Pablo López, presidente de RTVE. Gran verdad. ¡Qué diferencia con el comportamiento de otras televisiones públicas en manos del PP como Telemadrid, convertida en altavoz del golpismo en programas como el de Antonio Naranjo, donde lo mismo un joven exaltado llama a “defender España hasta la última gota de nuestra sangre” que un militar retirado insta a desobedecer al gobierno “que sea traidor y cobarde a la patria”, frase con evidentes connotaciones golpistas que el “periodista” no solo no reconvino sino que recogió apostillando: “Esperemos que no haga falta nada de eso”.


Naranjo no es precisamente mileurista como tampoco lo es Ana Rosa Quintana ni tanto paracaidista de radio y televisión como esta última semana han recalado por los predios ceutíes profanando la esencia del oficio. Porque su objetivo no es contar lo que ven y oyen sino filtrarlo y seleccionarlo, manipularlo hasta conseguir encender aún más el ánimo ciudadano. El salario de muchos de estos predicadores sembradores de cizaña supera la suma de lo que cobran todos los que estos días se la están jugando en las calles. Esto no puede ser.


Algo muy serio se está rompiendo en el oficio periodístico. Empieza a haber miedo en las redacciones, ¿merece la pena todo esto teniendo en cuenta la precariedad en la que muchos viven a pesar de dedicarle todo su tiempo? ¿tiene sentido jugársela por salir a la calle e informar para medios o programas que la ultraderecha ya ha anunciado se cargará, lanzallamas mediante, apenas tengan la oportunidad?


En la sesión del pasado jueves en el Congreso solo escuché a un par de portavoces solidarizarse con los informadores violentados el día anterior en las manifestaciones. Las asociaciones profesionales están empezando a reaccionar, pero ¿no es demasiado tarde, princesa? Dejaron a los Indas a los Marhuendas campar por sus respetos durante años sin reconvenirlos jamás, hicieron la vista gorda cuando estos y tantos otros empezaron a difundir bulos sin rubor como el célebre y falso Informe PISA elaborado por la policía para perjudicar a Podemos, permitieron que la bola de la desinformación fuera creciendo hasta hacer cada vez más difícil distinguir la verdad de la mentira… Y así, tacita a tacita, hemos llegado a la situación en la que nos encontramos en estos momentos.


¿Qué más tiene que pasar para que espabilemos? ¿Se puede hacer algo para frenar todo esto? Pues quizás empezar por no olvidar nunca una de las cosas más importantes que nos enseñaron en la facultad: En caso de duda, periodismo. Y punto.


J.T.

domingo, 30 de agosto de 2026

Llueven buitres sobre Ceuta



El presidente de Ceuta lo lleva advirtiendo desde el primer día: no vengáis aquí a envenenar nuestra convivencia. Juan Vivas es del PP pero no es tonto. Él mejor que nadie sabe los equilibrios que hay que hacer en una ciudad tan complicada como la suya para que el día a día sea soportable. Por eso gobierna desde 2001, veinticinco años ya, votado por ciudadanos de toda condición y por eso exige a los profesionales de la agitación llegados desde la península que los dejen en paz. La ayuda que necesita, y que ha pedido una y otra vez a un gobierno cuya falta de reflejos está siendo escandalosa, no tiene nada que ver con la discordia que se empeñan en sembrar tantos profesionales del odio como últimamente aparecen por allí.


¿A qué demonios ha ido José María Aznar a Ceuta? A nada bueno, ya se lo digo yo, a echar más leña al fuego violento de los que queman los humildes refugios de los inmigrantes en la playa, a enervar los ánimos más de lo que ya están, a avalar los comportamientos de una minoría histérica que impide a la Cruz Roja repartir comida y que insulta y acosa a los periodistas. Los ceutíes en su gran mayoría no se cansan de repetir que no quieren entrar en el juego que proponen los buitres venidos de fuera. Vito Quiles y Alvise Pérez quisieron convertir en un Torrepachecho 2 la abrupta entrada en la ciudad de 80 mil marroquíes hace un mes y al poco se vieron obligados a escapar con el rabo entre las piernas. Abascal también pinchó en hueso y todos los camorristas de la ultraderecha, con el remate estos días de un desaforado friki llamado Marcos de Quinto y su patética “Armada de la solidaridad”, han ido comprobando hasta qué punto no tienen ni idea de cómo piensa y siente el ciudadano medio ceutí, cuya vida diaria nada tiene que ver con lo que quieren en Madrid que tenga que ver.


Si es que lo saben, claro, porque el gobierno lleva ya un mes más perdido que un pulpo en un garaje, inquietantemente lento, disperso y contradictorio, y esto ha proporcionado alas a los buitres que, al olor de la sangre, han encontrado un sustancioso filón para descabalgarlo por fin del poder. Las caras de Sira Rego o de Elma Saiz cada vez que comparecen son un verdadero poema. Ángel Víctor Torres será mando único, pero cuesta tener claro en qué consiste su función; Mónica García y Félix Bolaños perfeccionan su capacidad para hablar sin decir nada, Margarita Robles y Albares disimulan fatal y alarma escucharlos proclamar la incuestionable españolidad de Ceuta, ¿tanta falta hace insistir? En cuanto a Marlaska, tras sus desencuentros con Defensa y a tenor de la actuación policial en los disturbios callejeros, cuesta entender a qué está jugando. 


Ocho años crispando, insultando y haciendo oposición a cara de perro no le han servido al PP para nada y, mire usted por dónde, va a acabar siendo la crisis de Ceuta, un problema de Estado donde el principal partido de la oposición tendría que estar haciendo piña incondicional con el gobierno, lo que facilite la llegada al poder de las derechas. Marruecos poniéndonos en jaque con Trump y Netanyahu detrás, y Feijóo frotándose las manos porque los acontecimientos le están brindando en bandeja lo que jamás supo conseguir por sus méritos. Con su proverbial torpeza, no ha tenido reparo en reconocerlo: “Estamos preparados, ha dicho, para que los ciudadanos depositen en nuestro partido el cabreo y la esperanza”. Traducción: en asuntos como los de Ceuta soy más inútil aún que Pedro Sánchez, pero ahora me toca a mí demostrarlo. No hace falta, ya lo hace cada vez que abre la boca, con propuestas como que la directora del Centro Nacional de Inteligencia comparezca en el Senado, algo incontemplable desde el punto de vista legal. Ignora Feijóo, o no, que esa comparecencia solo es posible en el Congreso y en la Comisión de Secretos Oficiales. En fin…


El caso es que los días pasan y por Ceuta continúan deambulando cinco mil personas, bastantes más según las autoridades ceutíes, buena parte de ellos menores de edad, cuyo futuro puede que aún tarde cincuenta días o más en resolverse. Demasiado tiempo, demasiado lento. Los buitres no van a parar. 


J.T.

lunes, 24 de agosto de 2026

Marta Higueras o el arte de venderse al mejor postor


Marta Higueras, quien fuera número dos de Manuela Carmena, primera teniente de alcalde de Madrid entre 2015 y 2019, mano derecha de aquella experiencia que tantos creímos algo distinto cuando empezó, regresa ahora al frente de una formación política llamada “Independientes por Madrid”. Un proyecto, según ella, alejado de los bloques y centrado solo en la capital, sin ambiciones nacionales ni autonómicas. 


Ese panfleto llamado El Mundo que cada mañana profana el periodismo con su presencia de papel en los quioscos, le dedicó hace pocos días un generoso espacio a Higueras donde la entrevistada afirmaba que está dispuesta a pactar con cualquier partido político, incluidos PP y Vox. Como lo oyen. Eso sí, con una condición que suena a tomadura de pelo: siempre que eso “mejore la vida de la gente”. En su línea de proporcionar cancha a cualquier iniciativa que pueda debilitar y confundir a las izquierdas, El Mundo le hacía descaradamente la pelota a la candidata presentándola como una persona cariñosa, cuidadora de su madre de 92 años y amante de la familia. Todo muy humano, muy cercano, tan “empático” como para afirmar que sería capaz de pactar con el fascismo si eso mejorara la vida de los ciudadanos, ¿es posible mayor oxímoron? 


Habida cuenta lo rana que nos salió Carmena, tampoco es muy de extrañar este movimiento de “su amiga de siempre” con quien aún, según cuenta, se va por Europa en bicicleta una semana al año. Higueras ya dio muestras de su flexibilidad cuando encabezó Recupera Madrid, una escisión de Más Madrid que terminó facilitando acuerdos con el gobierno municipal de José Luis Martínez-Almeida. De hecho, aquellos concejales fueron decisivos para sacar adelante los presupuestos municipales de 2022.


Ya por entonces justificó Higueras aquella jugada con similares argumentos a los que utiliza ahora. Que “Madrid necesita menos trincheras y más gestión profesional”, explicó por entonces. En esta ocasión eleva esa lógica a doctrina de partido. La sociedad progresa cuando la gente se pone de acuerdo, dice. A veces cedes tú, a veces el otro. Así que si el mosquita muerta de Almeida o los gamberros de Vox proponen algo “razonable” para los madrileños, pues ella estará siempre dispuesta a sentarse a hablar. ¿Me puede usted definir el término “razonable”, señora Higueras, por favor? En política las cesiones no suelen ser simétricas y usted lo sabe. Cuando alguien procedente de la izquierda se muestra dispuesta a legitimar a la derecha y a la ultraderecha, lo que está haciendo es regalar, no ceder. Quede claro.


Cuando la izquierda se pliega al marco de intolerancia en el que se mueven las derechas está regalando credibilidad, cobertura moral y coartada política a quienes propician la desigualdad y avalan las injusticias sociales. Hay que trazar líneas rojas contundentes porque ellos sí que las marcan siempre. Esto, tanto Higueras como Carmena y su entorno lo saben de sobra. ¿A qué quieren jugar entonces? O mejor, ¿a quién quieren engañar y por qué? ¿Para qué?


¿Qué mejora de la vida de la gente puede proceder de quienes hacen de la exclusión, del miedo al diferente y del discurso del odio su principal capital político? Higueras habla de atraer a los abstencionistas, a esos 750.000 madrileños que se quedaron en casa en las pasadas elecciones municipales y para ello les ofrece un espacio “sin bandos”. Pero el sin bandos es, en la práctica, el bando de quien ya manda. 


Seguro que Higueras, cuya capacidad intelectual no está en discusión, sabe de sobra que hay experiencias de alcaldías independientes honestas que han hecho buena gestión sin vender el alma. Ella ya estuvo en el poder. Conoció las limitaciones, las resistencias, las contradicciones. Y sabiendo como sabe que la política requiere principios y confrontación, ¿su conclusión es que conviene adaptarse al paisaje?


Mientras Vox endurece el discurso y el PP administra el poder como si fuera eterno en la alcaldía, Higueras afirma no querer que le pongan etiquetas a su proyecto porque solo aspira a “mejorar la vida de la gente”. Como si mejorar la vida de la gente fuera un concepto técnico, desideologizado, que no implica decisiones sobre vivienda pública, fiscalidad, modelo urbano, derechos laborales o memoria democrática. Como si pactar con quienes niegan la violencia de género o criminalizan la migración no tuviera consecuencias materiales para esa misma gente cuya vida se pretende mejorar.


El tiempo va colocando a cada cual en su sitio, y lo que se ve con claridad es el recorrido de quien, una vez fuera del calor del poder, concluyó que la pureza ideológica es un estorbo y que lo que hay que hacer es aplicar mentalidad práctica. Si el nuevo partido está dispuesto a pactar con el PP, con el PSOE, con Vox o con quien sea necesario, ¿qué diferencia política pretende representar? Esperemos que, de cara a la cita electoral de la primavera del 27, no cunda este tipo de ejemplos en otros ayuntamientos, tampoco en ninguna autonomía, que a nadie en otros lugares se le ocurra claudicar de antemano y menos de una manera tan vergonzosa.


J.T.

domingo, 16 de agosto de 2026

La noche en que mataron a Javier Verdejo


El joven almeriense Javier Verdejo Lucas tenía diecinueve años la noche de agosto de 1976 en que un guardia civil lo mató en la playa de El Zapillo. De vacaciones en su tierra aquel verano tras terminar primero de Biología en Granada, continuó con el activismo político que había iniciado en la universidad, donde tras la muerte de Franco se hizo militante de la Joven Guardia Roja, organización juvenil del Partido del Trabajo de España (PT). Para su padre, Guillermo Verdejo Vivas, quien entre 1965 y 1969 había sido alcalde del régimen en Almería capital, Javier era el garbanzo negro de una familia que no reclamó que se esclareciera su muerte. Nunca se conoció el nombre de la persona que efectuó el disparo. Accidental, por supuesto, según la versión oficial.


La madrugada del pasado 14 de agosto se cumplieron cincuenta años de un episodio jamás aclarado. Aquella noche, Javier y varios compañeros decidieron realizar varias pintadas de protesta en las paredes de la playa almeriense. El lema escogido fue “Pan, trabajo y libertad”. El joven Verdejo llevaba un bote de pintura roja que nunca llegaría a agotar como tampoco pudo completar la frase que pretendía. Escribió con mayúsculas la P, la A, la N y luego una especie de punto en el que la tinta se desplazó hacia abajo. Estaba terminando la T cuando uno de sus amigos le alertó de la llegada de la guardia civil así que, sin pensárselo dos veces, dejó abandonados sus instrumentos de trabajo y echó a correr por la arena.


Alguno de sus compañeros contaría días más tarde que uno de los guardias le dio el alto y acto seguido disparó. Nada que ver con la versión oficial, donde se explicaba que hubo una persecución en la que los guardias dieron varias veces el alto con tan mala fortuna, mire usted por dónde, que uno de ellos tropezó y el arma se disparó. La bala le entró al joven por la garganta y salió por la región occipital. Los investigadores concluyeron que el tiro se realizó de frente y a una distancia de entre 7 y 10 metros, lo que era incompatible con la versión del disparo accidental durante una caída. 


Una comisión formada por cuatro personas, entre quienes había un abogado y un periodista, decidió recopilar con discreción testimonios y pruebas materiales de lo que sucedió. Elaboraron un dossier con todos los datos que consiguieron reunir e intentaron entregárselo a Adolfo Suárez quien, ¡oh casualidad!, andaba de veraneo por las playas de Almería donde su hija Marian había sido elegida reina de las fiestas de Cabo de Gata la misma noche en que murió Javier. Por supuesto, no consiguieron entrevistarse con el flamante presidente del gobierno (llevaba mes y medio en el cargo) ni entregarle la documentación. El Juzgado Militar de Almería abrió un procedimiento previo y el Boletín Oficial del Estado publicó en noviembre de aquel año 76 un llamamiento para que comparecieran quienes pudieran aportar pruebas sobre la muerte de Javier Verdejo, pero aquellas pesquisas nunca terminaron con ningún responsable en el banquillo. Tampoco se llegó a conocer el informe forense.


Al entierro, que se ofició en la parroquia almeriense de San Pedro, acudieron unas dos mil personas. Cuando el féretro estaba prácticamente a punto de entrar en el coche fúnebre, la multitud se hizo con él y lo llevó a hombros hasta el cementerio. En un momento en que la llamada transición aún no había dado sus primeros pasos, un buen número de almerienses entre quienes destacaba Pedro Molina, años más tarde rector de la Universidad de Almería, desafió públicamente al aparato policial de un régimen cuyos usos y costumbres continuaban siendo tan franquistas como durante la dictadura. La presencia de Suárez en Almería en un momento histórico tan delicado debió poner nerviosa a demasiada gente. La actuación de Roberto García-Calvo, el gobernador civil de la provincia en aquellos momentos fue, cuando menos, controvertida. Miembro de la carrera judicial, acabaría siendo juez del Tribunal Supremo y más tarde integrante del Tribunal Constitucional


Al cumplirse medio siglo de la muerte de Javier Verdejo, la Universidad de Granada le ha dedicado una exposición con documentos, fotografías y testimonios. La propia institución pública lo recuerda como un estudiante que fue asesinado por la guardia civil cuando intentaba terminar una pintada que acabó convertida en símbolo de una época. 


Inquieta que nadie haya podido explicar de manera satisfactoria, medio siglo después, por qué murió Javier, quién apretó el gatillo y por qué aquella investigación dejó tantas preguntas sin contestar. El nombre del guardia que disparó nunca se dio a conocer, el expediente militar desapareció del debate colectivo y la triste muerte de Javier Verdejo jamás se aclaró. 


J.T.





domingo, 9 de agosto de 2026

En el 90 aniversario del asesinato de Blas Infante


Noventa años sin Blas Infante, noventa años ya sin saber dónde está enterrado. Lo mandó asesinar Queipo de Llano el 11 de agosto de 1936 y, a día de hoy, el padre de la patria andaluza continúa siendo una de las más de cien mil personas represaliadas en la guerra civil cuyos restos mortales no han sido encontrados aún. Nacido en Casares (Málaga) el 5 de julio de 1885, Infante compartió su trabajo como notario en varias ciudades andaluzas con la pasión por acabar con el atraso económico y social de su tierra. No entendía cómo era posible que en un lugar tan rico como el suyo existiera una mayoría de población tan pobre, así que dedicó gran parte de su vida a luchar por conseguir una profunda reforma agraria que mejorara la situación de los jornaleros, una educación pública y universal y un mayor justicia social. En 1915 publicó su obra más importante, Ideal Andaluz, considerada el texto fundacional del andalucismo moderno. 


Los conspiradores contra la República lo habían tenido siempre en su punto de mira, así que cuando aún no había transcurrido un mes desde el comienzo de la guerra civil, los golpistas fueron a buscarlo a su casa de Coria del Río y pocos días más tarde lo fusilaron en Sevilla. Tenía 51 años. Desde entonces, su cuerpo permanece en una fosa común cuya localización precisa nunca ha podido determinarse. Por eso no existe una tumba donde rendirle homenaje. Lo asesinaron porque defendía una Andalucía libre del caciquismo, de la miseria, del fanatismo y de los privilegios de unos pocos, y porque creía que la autonomía era un instrumento para conquistar dignidad y libertad. Ideó la bandera andaluza, el escudo y también el himno:


“¡Andaluces, levantaos!

Pedid tierra y libertad!”

¡Sea por Andalucía libre,

España y la humanidad!”


Este es el estribillo de nuestro himno oficial desde 1982, cuando la Junta de Andalucía estaba presidida por Rafael Escuredo. Nadie podía imaginar por aquel entonces que, 44 años más tarde, en el verano de 2026, el vicepresidente andaluz iba a ser un ultra recalcitrante llamado Manuel Gavira. Me extrañaría mucho que este representante de Vox, en quien Moreno Bonilla ha puesto todas sus complacencias, se sepa el himno. Más bien creo que estará pensando en cómo presionar para acabar con él. Vox no quiere una Andalucía libre porque no cree en el Estado de las autonomías. Se cuelan dentro para cercenarlas. 


Me imagino a Gavira rechinándole los dientes cada vez que se ve obligado a escuchar en un acto institucional el texto escrito por Blas Infante. Vox no tiene ningún interés en respetar y honrar su memoria. Quienes asesinaron al notario de Coria del Río hace noventa años fueron los suyos, los que han vuelto ahora dispuestos a sumirnos de nuevo en la ruina intelectual, en la miseria mental, en la muerte de la inteligencia. Y todo esto, para más inri, con las bendiciones de un Moreno Bonilla al que tantos en su día creyeron una persona moderada. 


“Cuando Moreno Bonilla dice que aunque los acuerdos con Vox no gusten al cien por cien… no cambian los valores, serán los suyos, si es que los tiene. Los nuestros, por supuesto que sí”, escribió hace pocos días en redes un Rafael Escuredo que a sus 82 años se muestra tan lúcido como siempre. Lleva toda la razón el ex presidente andaluz porque, para poder seguir gobernando en Andalucía, el PP no ha tenido inconveniente en tragar con imposiciones que suponen dramáticos pasos atrás en derechos sociales y laborales. Ha aceptado exigencias que van contra las mujeres, los inmigrantes, las oenegés, los colectivos LGTBI…  Pactos todos ellos contra los derechos humanos, en definitiva. A propósito de la necesidad de acoger menores no acompañados de los que estos días se encuentran en Ceuta, el vicepresidente ultra andaluz se ha despachado en redes con este tuit: “Andalucía, como el resto de gobiernos donde esté Vox, se va a oponer a todo reparto de menas que plantee el Gobierno de Sánchez.”


Así es como se expresa el prenda en cuyas manos, merced a la amoralidad de Moreno Bonilla, se encuentra en estos momentos buena parte del destino de una Andalucía en cuyos despachos se han instalado hasta los falangistas más impresentables. A cargo de Gavira, además de la vicepresidencia, están las competencias de Justicia, Turismo y hasta la valoración de los procedimientos relacionados con la violencia de género ¡Con la violencia de género!, algo que Vox niega, frivoliza y blanquea. 


Esta no es la Andalucía que soñó Blas Infante. Ni mucho menos. Ahora que se cumplen noventa años de su muerte tenemos la obligación de reivindicar su legado y defenderlo. Y de exigir que se cumpla la legislación en materia de memoria histórica y se sigan buscando sus restos hasta que sepamos qué hicieron con ellos los mismos fascistas que ahora vuelven por sus fueros. Hay quien dice que llamar fascistas a los fascistas es exagerar. Nada de eso, porque la historia enseña que el fascismo nunca llega anunciándose como tal, que siempre lo hace envuelto en palabras como orden, tradición, libertad o sentido común. 


Así que puede que la mejor manera de recordar a Blas Infante, a Federico García Lorca y a tantos miles de asesinados aquel agosto de 1936 en Andalucía sea luchar sin descanso hasta conseguir que quienes comparten la misma ideología de los que acabaron con sus vidas se marchen cuanto antes del Gobierno de Andalucía.


J.T.