jueves, 19 de marzo de 2026

Periodista, si el poder no se molesta con tu trabajo, algo estás haciendo mal.

Pepe Fernández me hace entrega del premio en presencia 

de Cristóbal, miembro de la Red de Activistas


Dejo por aquí el discurso de agradecimiento que pronuncié ayer tras recoger el premio que la Red de Activistas de Sevilla ha tenido la amabilidad de otorgarme en esta su segunda edición. 


“Amigos de la Red de Activistas, no os podéis imaginar cuánto os agradezco vuestra distinción. Un verdadero honor. Da gusto disfrutar del aire que se respira en atmósferas como esta. Gente crítica, libre e independiente. Y ya se sabe que el poder en España perdona todo menos la independencia. Esto último lo solía decir Gregorio Morán, compañero que murió el pasado 23 de febrero tras habernos dejado libros eternos sobre la transición, el partido comunista o el país vasco. Por no hablar de “El cura y los mandarines”, menuda obra!


También decía Morán que el periodista que no molesta al poder acaba siendo parte de su decoración y que hay en nuestro país más periodistas pendientes de conservar la silla que de hacer preguntas. En un contexto como el sevillano yo añadiría, y me vais a perdonar, que puede que haya más pasos de semana santa que periodistas con la posibilidad de trabajar de manera libre e independiente.


No son buenos tiempos para el oficio, como no lo son tampoco para las políticas progresistas y por eso me parecen hermosos encuentros como este, donde constatamos que no estamos solos y nos retroalimentamos para seguir en la pelea. Yo no soy activista, no soy mucho de megáfonos ni pancartas pero tengo un teclado y la determinación de no callarme frente a las injusticias. He pagado y estoy dispuesto a seguir pagando el precio pero merece la pena. El periodista que no molesta al poder, algo está haciendo mal.


Esto lo aprendí de mi querido Fernando Reinlein, que también ha muerto este 2026, el pasado 15 de enero. Reinlein fue militar en el franquismo, de la UMD, estuvo en la cárcel, lo echaron del ejército y Juan Tomás de Salas, el presidente del Grupo 16, lo convirtió en periodista. Fue compañero y maestro y en estos últimos años de su vida, retirado en el Cabo de Gata, cuando le preguntaba qué hacía me contestaba: yo por las mañanas no hago nada y por las tardes lo paso a limpio. Era mentira, porque hasta el final miró al poder con espíritu crítico y, cuando hacía falta, con bastante mala leche, pero le quedaba bien la boutade. Nació un 14 de abril de 1945 y ese día, que este año cumpliría 81 años, le rendiremos homenaje en el Cabo.


El periodismo no es una profesión más. De nuestro trabajo depende que la sociedad pueda ejercer su derecho a estar bien informada. De nuestro trabajo, aunque no solo de él, depende la libertad, la igualdad y la democracia. Por eso no caben excusas para mentir u ocultar. En caso de hacerlo se nos deberían exigir responsabilidades profesionales e incluso penales. Esto tampoco es mío. Lo escribió Carlos Hernández, otro compañero que hemos perdido el pasado 3 de febrero. Un cáncer se lo ha llevado a los 56 años. 


El trabajo Carlos en materia de memoria histórica está pidiendo gente que lo continúe. En su carta póstuma, que Olga Rodríguez dio a conocer cuando falleció, Carlos insistía en que las víctimas del nazismo y de otras dictaduras no dejaron de repetir nunca que el fascismo no había muerto, que seguía agazapado esperando el momento de resurgir. A ver si entre todos conseguimos que no acabe teniendo razón.


Gracias, queridos amigos de la Red de activistas. La iniciativa de estos premios me parece todo un halago y todo un hallazgo. Dejando a un lado que hoy me ha tocado a mí estar aquí subido, os auguro un gran futuro porque es una gran idea. Somos más, aunque se nos vea menos de lo que sería deseable. Como decía antes, seguiremos en la pelea. Y para terminar, permitidme que me ponga en modo Bardem: ¡No a la guerra y Viva Palestina Libre!"


Sevilla, 18 marzo 2026 

miércoles, 18 de marzo de 2026

Carta a un/a joven que solo se informa por internet



Querido/a amigo/a,


No sé exactamente qué edad tienes, pero te imagino entre los veinte y los treinta y tantos. Lo suficiente joven como para creer que el mundo se conquista con un scroll infinito, y lo bastante adulto como para empezar a notar que algo no encaja del todo en ese flujo constante de imágenes, titulares y verdades que te llegan a golpe de pulgar.


Te escribo porque intuyo que tu visión del mundo llega casi entera por la pantalla: TikTok, Instagram, reels que duran lo que un suspiro, hilos que prometen explicarlo todo en tres líneas, opiniones que se disfrazan de hechos. Es rápido, es gratis, es adictivo. Y es, sobre todo, peligrosamente sesgado.


No es culpa tuya. Es el diseño. Los algoritmos no buscan informarte; buscan retenerte. Te sirven más de lo mismo: lo que te indigna, lo que te confirma, lo que te hace sentir parte de un bando. Te encierran en una burbuja donde el matiz se evapora y el contrario deja de ser alguien con quien hablar para convertirse en un enemigo al que aplastar. Así, sin darte cuenta, te van moldeando una realidad a medida, incompleta y, muchas veces, directamente falsa.


Por eso te propongo algo que hoy suena casi subversivo: lee libros. Libros de verdad, libros que no caben en un minuto, que te contradicen, que te obligan a volver páginas atrás y a dudar. Libros de historia, de política, de filosofía, de quienes ya pensaron lo que ahora te venden como novedad absoluta. Sal de la pantalla. Busca cafés, ateneos, charlas, debates donde la gente se mire a los ojos y escuche antes de soltar la réplica. Lugares donde el argumento pese más que el like.


Busca fuentes alternativas: periódicos que contrasten, radios que investiguen, webs que documenten sin prisa. Desconfía de lo que te aparece en el timeline solo porque es viral. Lo fácil casi nunca es lo cierto. La realidad es más lenta, más gris, más complicada que cualquier reel perfectamente editado.


Y sobre todo, recuerda esto: el futuro está en tus manos. Más pronto que tarde te/nos volverá a tocar ir a votar. Ese gesto tan sencillo decide qué sociedad vamos a sostener. Mira alrededor: en las autonómicas de Castilla y León de marzo de 2026, el PP ganó pero Vox se mantiene fuerte, rozando el 14-15 por ciento en muchos sondeos previos y confirmando su crecimiento sostenido. Capitalizan el cabreo, el miedo, y cuentan con que te vas a creer sus promesas de soluciones rápidas.


Te intentarán seducir con cantos de sirena, con discursos de odio disfrazados de valentía, con relatos de enfrentamiento que señalan culpables claros, con promesas de arreglarlo todo de un plumazo. Suenan potentes, a veces incluso liberadores. Pero son atajos peligrosos porque el odio busca destruir. La violencia envenena y nunca resuelve nada. Aprende a identificar quién defiende la igualdad y quién la socava, quién amplía derechos y quién los recorta en nombre de una supuesta pureza, quién construye puentes y quién necesita muros y chivos expiatorios para existir.


Mantén los ojos bien abiertos. Y confía más en tus tripas que en cualquier paquete perfecto que te intenten colar. Ese nudo incómodo en el estómago cuando algo no encaja, aunque no sepas nombrarlo del todo, suele ser más honesto que mil discursos por muy redondos que parezcan.


Vivimos tiempos muy convulsos, sí. Pero estamos a tiempo. A tiempo de no repetir errores viejos, de no dejar que el ruido ahogue la reflexión, de no entregar por apatía o por rabia lo que costó generaciones conquistar. Sería una pena inmensa que tu generación tuviera que volver a pelear por derechos que ya dabas por sentados: la libertad de amar sin miedo, la igualdad sin excusas, la innegociable justicia social… Los valorarías de verdad solo cuando empezaran a desaparecer.


No te pido que pienses como yo. Ni siquiera que estés de acuerdo conmigo. Solo que pienses más, mejor y con más herramientas. Que no dejes que te roben la capacidad de dudar y de elegir con cabeza y con corazón.

Lo demás, créeme, vendrá solo.

Un abrazo fuerte.


J.T.

martes, 17 de marzo de 2026

Ni blanquear, ni normalizar, ni polarizar. Al fascismo, ni agua



El lenguaje periodístico y político español ha caído en una trampa peligrosa. Palabras como blanquear, normalizar o polarizar se repiten como mantras en noticias de prensa, piezas de telediario, columnas, tertulias y declaraciones oficiales. Son términos inexactos con los que se construyen expresiones anestesiadas que se utilizan para describir el avance de la ultraderecha sin precisar lo que realmente es: un proyecto canalla que usa las reglas democráticas para dinamitarlas desde dentro.


No se blanquea ni se normaliza a Vox ni a sus aliados. Se les acepta en espacios de poder donde no deberían tener cabida legítima. Porque no son demócratas. Utilizan la democracia como herramienta temporal para desmantelarla. Quieren imponer un orden autoritario, xenófobo, regresivo en derechos, que niega la pluralidad, ataca la memoria histórica, amenaza con motosierras a la televisión pública y celebra la exclusión. No se les puede "normalizar" porque ellos no normalizan nada: no aceptan al diferente, al migrante, al disidente, a quien defiende libertades conquistadas con sangre y décadas de lucha.


Tampoco existe esa polarización simétrica que tanto gusta invocar. No hay dos extremos equivalentes. En un lado están los nazis, fascistas reciclados, herederos ideológicos del franquismo que se mueven con descarada impunidad. Y en el otro estamos la ciudadanía de a pie, los demócratas que defendemos la convivencia, los derechos LGTBI+, la igualdad, la sanidad pública, la educación laica. Equiparar ambos es como decir que hay "polarización" entre quien quiere quemar libros y quien quiere leerlos.


En las elecciones autonómicas del pasado domingo en Castilla y León, Vox ha superado el 20 por ciento en provincias como Valladolid, Zamora o Palencia. Tanto en esta comunidad como en Aragón o Extremadura acabarán pactando con el PP a cambio de que Feijóo y los suyos traguen e impongan agendas regresivas en derechos y libertades. Los de Abascal usan unas autonomías en las que no creen, unas instituciones con las que quieren acabar, para zarandearnos a todos.


A nivel nacional, las encuestas más recientes sitúan a Vox rozando o superando el 18 por ciento, con proyecciones de hasta 66 escaños en unas generales hipotéticas. Han tardado décadas en sacar la patita -desde el franquismo sociológico que nunca se fue del todo-, pero cuando lo han hecho se han pasado muchos pueblos. Amenazas explícitas contra RTVE ("entrar con motosierra o lanzallamas"), bulos sistemáticos sobre inmigración, negacionismo de violencias machistas o climáticas, sumisión incondicional a Trump. alianzas internacionales con Orbán, Le Pen o Milei. Y en la calle: pogromos racistas en Torre Pacheco (2025), grupos neonazis como "Deport Them Now" o Núcleo Nacional que ya no se esconden.


Cada día actúan con mayor desahogo e impunidad porque el blandengue discurso mediático y político les ha dado oxígeno. Se habla de "ultraderecha" como si se tratara de una variante legítima del espectro político y no lo es; de "polarización" como si hubiera simetría moral y no la hay. Y en estas el PP, en lugar de plantar cara para preservar su presunta vocación democrática, abraza sus postulados pensando que así se le acabarán yendo menos votos por el desagüe. Resultado de todo este dislate: unos gobiernos autonómicos (si al final se constituyen) donde se desmantelará la memoria histórica, se atacará la diversidad y se legitimará el odio entre otras miles de barbaridades.


Reivindico el derecho a una convivencia en paz entre demócratas. No hablo de "líneas rojas" -expresión gastada y burocrática-. Hablo de poner pie en pared frente a todo lo que huela a ultraderecha e intolerancia. Hay que desinflar este soufflé. Y eso exige empezar por llamar a las cosas por su nombre: los fascistas de Vox son antidemocráticos, autoritarios, excluyentes y herederos de lo peor de nuestra historia. No podemos "normalizar" esto. Y mucho menos, "blanquearlo". No me cansaré de repetirlo: al fascismo, ni agua.


J.T.

lunes, 16 de marzo de 2026

Sobre el nuevo desorden mundial


Se empeñan en desordenarnos más de lo que ya estamos. ¿Qué quiere decir José María Aznar cuando proclama que el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial ha terminado? ¿Qué quiso decir Úrsula Von der Leyen cuando declaró que “Europa no puede seguir siendo el guardián del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido y no volverá", que "ya no podemos confiar en un sistema basado en reglas como la única manera de defender nuestros intereses" 


¿Qué llevó a la presidenta de la Comisión a retractarse al día siguiente afirmando que "La Unión Europea tiene un compromiso inquebrantable con la búsqueda de la paz, con los principios de la Carta de Naciones Unidas y con el Derecho Internacional”? Von der Leyen se desdijo, veremos en qué queda pero lo hizo, dejando así a Núñez Feijóo y a toda su guardia pretoriana, que habían secundado entusiasmados su primera declaración, literalmente con el culo al aire. 


Desde el pasado 28 de febrero esto es una locura pilotada por un Donald Trump que se pasa el derecho internacional por el forro y que además lo afirma sin rubor añadiendo que el único límite para él es su propia moralidad, su propia mente, no dice su propia conciencia porque está claro que no tiene ¿Derechos humanos, eso que es? “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”, reza el artículo tres de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (París, 1948); “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”, puede leerse en el artículo cinco. Papel mojado para Trump, no digamos para Benjamín Netanyahu. Así que es cierto, no hay reglas porque ellos se las saltan ante la impotencia de un mundo que mira y sufre el espectáculo sin que nadie sea capaz de imaginar cómo acabará esta ruina que tenemos encima. 


Europa hace el ridículo, China y Rusia miran y esperan mientras Trump irrumpe en Venezuela, reclama Groenlandia, amenaza a Cuba, incendia Oriente Medio y destroza el equilibrio comercial del mundo entero. Los augustos próceres que gobiernan países como Alemania, Francia o Canadá se limitan a diagnosticar. El canciller alemán Friedrich Merz afirmó en la Conferencia de Seguridad de Múnich, dos semanas antes del bombardeo de Teherán, que el orden mundial basado en normas "ya no existe" y que la "libertad ya no es algo que se pueda dar por sentado". El francés Emmanuel Macron, por su parte, ha asumido que vivimos en un mundo sin reglas donde impera la ley del más fuerte, que el derecho internacional está siendo “pisoteado” y que las instituciones creadas al finalizar la Segunda Guerra Mundial viven un proceso de desmantelamiento metódico.


Mark Carney, primer ministro canadiense, también ha dicho que “el viejo orden mundial está muerto" y que las potencias de tamaño medio deben unirse ante la nueva realidad geopolítica. Unirse, de acuerdo, pero unirse… ¿cómo? ¿Qué actuaciones, de todas las que se están llevando a cabo hasta ahora, transmiten confianza? ¿Mandar barcos a Chipre? ¿Protestar con la boca chica para que no se enfade el gran batracio naranja? Algún ingenuo todavía confía en que pertenecer a la OTAN ayuda a estar más tranquilos. Tranquilos… ¿comparado con qué? Todo es confusión y palos de ciego. Quienes, como el PP o Vox, apuestan por el seguidismo de la locura estadounidense-israelí están renunciando de hecho a la escasa autonomía que nos queda como país. Es una verdadera suerte no tenerlos en el  poder. El gobierno socialista, por su parte, se mueve entre la cal y la arena: no permite que las bases de Morón y Rota se usen como plataforma para acciones ofensivas en Oriente Medio pero tampoco deja de aprobar partidas presupuestarias destinadas a Defensa para “necesidades ineludibles”.


Quiero pensar, a pesar de todo, que no es verdad que el orden mundial haya muerto aunque así se proclame, que el derecho internacional e instituciones como la ONU, el FMI y el Banco Mundial (1944), junto con organismos especializados como la OMS, FAO o la UNESCO pueden continuar funcionando y siéndonos útiles. Tenemos derecho a exigir que las leyes se cumplan y a que la impunidad de los sátrapas, tengan la bandera que tengan, no triunfe ni les salga gratis. 


Estamos en el filo de la navaja, pero ¿hay esperanza? Quizá solo la que ofrece la coherencia. Hasta la primera ministra italiana Giorgia Meloni, ultra y “amiga” de Trump, ha dicho que los ataques de Israel y Estados Unidos a Irán están al margen de la ley. No solo ella, pero también ella. Por nuestra parte, la sociedad civil española gritando "No a la guerra" de nuevo nos recuerda que no todos hemos comprado el mensaje del engaño por mucho que Aznar y hasta Felipe, cómo no, insistan en ello. 


J.T.

domingo, 15 de marzo de 2026

40 años de traición: el chantaje de Felipe y la OTAN que nos sigue colonizando




El domingo 9 de marzo de 1986, tres días antes del referéndum que el gobierno socialista convocó para quedarnos en la OTAN, Felipe González apareció en televisión serio y solemne. Manuel Fraga había anunciado que su partido, Alianza Popular, se abstendría, y eso obligaba al PSOE a poner toda la carne en el asador. No le podían fallar a Ronald Reagan, el amo del chiringuito. Tampoco podía quedar mal con los países europeos que en junio de 1985, menos de un año antes, habían acogido a España en la que por entonces se llamaba Comunidad Económica Europea. Jacques Delors, François Mitterrand, Helmut Köhl, Bettino Craxi y Margaret Thatcher no estaban para bromas. Se cobrarían el favor sí o sí, así que Felipe, ya te espabilarás, tú sabrás cómo lo haces pero España se queda en la OTAN por lo civil o por lo militar.


Aunque González estaba entregado de pies y manos a la causa Atlántica (no creo que ningún lector lo dude a estas alturas) y había postergado casi cuatro años un referéndum que jamás quiso convocar, no tuvo más remedio que jugársela. Así que decidió tirar de carisma y de cara dura a la vez, y a través de la única televisión que por entonces existía en España lanzó el órdago, cara o cruz:


- Si gana el No, dijo, que piensen los ciudadanos quién va a gestionar esa política del no. O sea, que “ si no hay Casera, me voy”


Descarado chantaje de libro, más grave aún si se tiene en cuenta que buena parte de los votos de su abrumadora victoria del 28 de octubre los ganaron porque prometieron que convocarían un referéndum para sacarnos de la OTAN en la que nos había metido Leopoldo Calvo-Sotelo, con secretismo y alevosía, el 30 de mayo de 1982. Cuando Felipe González y Alfonso Guerra, parejita ideal por aquel entonces, llevaban ya cuatro meses gobernando, el vicepresidente ratificó esta idea en una entrevista televisiva que Victoria Prego le realizó el 11 de abril de 1983: “


- Hay que preguntar a los españoles si quieren salir de la OTAN o no, proclamó impávido un Guerra todo vestido de blanco.


Pues señoras y señores, donde dije digo, digo Diego: la consulta se dilató en el tiempo todo lo que técnicamente fue posible y cuando no quedaba apenas legislatura fijaron fecha y mandaron imprimir las papeletas para la votación. El texto no podía ser más retorcido y farragoso. Antes de la pregunta se incluía un preámbulo con las tres condiciones que el Gobierno consideraba debían regir la permanencia en la Alianza Atlántica. Decía así:


“El Gobierno considera conveniente, para los intereses nacionales, que España permanezca en la Alianza Atlántica, y acuerda que dicha permanencia se establezca en los siguientes términos:

1.º La participación de España en la Alianza Atlántica no incluirá su incorporación a la estructura militar integrada.

2.º Se mantendrá la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en territorio español.

3.º Se procederá a la reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España."


Y después de este rollo patatero (que nadie se creyó nunca, por cierto) venía la estudiada pregunta:


«¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica en los términos acordados por el Gobierno de la Nación?" 


El Sí significaba quedarse; el No, irse, pero como lo complicaron todo tanto y no las tenían todas consigo, pusieron en marcha su poderosa maquinaria propagandística para evitar el "susto". Aparte de llenar el país entero con letreros de vota SÍ en interés de España, por las cabinas de la tele, un entrañable periodista que había llegado a Torrespaña desde El País se paseaba, convertido ahora en comisario político, supervisando los montajes de las noticias que los informativos iban a emitir sobre el referéndum y suprimiendo toda imagen donde apareciera un soldado, un tanque o cualquier tipo de armamento militar.


En Euskadi, Navarra, Canarias y Catalunya no se dejaron engañar y ganó el NO. Cuando en Ferraz a medianoche empezaron a descorchar botellas de cava para celebrar el 56,85 por ciento de Síes que habían obtenido en el cómputo general del Estado con una participación del 59 por ciento (se abstuvo el 41 por ciento de la población con derecho a voto), yo me encontraba en la sala central tomando notas y preparando entrevistas para el reportaje que Informe Semanal emitiría ese sábado. Mientras conversaba con un grupo de miembros de UGT se acercó Alfonso Guerra y comenzó a repartir abrazos: 


- Quiero daros las gracias, compañeros, sin el trabajo que habéis hecho en el sindicato, este referéndum no lo habríamos podido ganar.


Cuarenta años han transcurrido y esto fue lo que pasó. De aquellos polvos, estos lodos. 


J.T.

sábado, 14 de marzo de 2026

Muere Habermas, el filósofo que consideró internet un fracaso como espacio de comunicación



Jürgen Habermas, que acaba de morir a los 96 años, era un filósofo que obligaba a pensar de otra manera lo que a primera vista podía parecer obvio. Durante décadas fue el último gran intelectual público de Europa, heredero de la Escuela de Francfort y autor de una vasta obra que incluye títulos monumentales como Teoría de la acción comunicativa (1981), El discurso de la modernidad (1985) o El Occidente escindido (2009). 


Pero quizá ninguno haya sido tan influyente ni tan incómodo como Historia y crítica de la opinión pública. Publicado en 1962, Habermas sostiene, y así se nos explicaba en las facultades una década más tarde, que la democracia no vive sólo en las instituciones, sino en el espacio donde los ciudadanos discuten sobre ellas. A ese espacio lo llamó esfera pública.


El filósofo alemán reconstruyó el momento en que esa “esfera” apareció en los cafés de la Europa moderna, en sus salones literarios, periódicos y asociaciones de todo tipo. O sea, en los sitios donde los ciudadanos se reunían en el siglo XIX para conversar y debatir. Habermas sostenía que esa esfera pública se degradó ya en el siglo XX, cuando la discusión racional empezó a ser sustituida por la propaganda, el marketing político y los grandes medios de masas. La ciudadanía dejó de debatir entre sí y empezó a conformarse con consumir mensajes.


En el siglo XXI, las redes sociales han multiplicado según Habermas el espacio de expresión, pero no necesariamente el de conversación. La esfera pública se ha fragmentado en millones de monólogos simultáneos que adulteran la democracia cuando la reducen al momento de la votación sin debate público. Pero las sociedades modernas, defendió siempre, solo pueden legitimarse si los ciudadanos se reconocen unos a otros como interlocutores. Si no es así, la democracia queda incompleta.


Leo la noticia de su muerte y pienso en el periodismo que hacemos hoy. En las redes, en los algoritmos, en las campañas que convierten la política en marketing. En cómo Twitter (o lo que quede de él) y TikTok han acelerado exactamente el proceso que Habermas describió. Es la “refeudalización” total, ya no hay salones ni cafés, ahora son timelines donde el poderoso paga para que su versión sea la que comparta todo el mundo. La opinión ya no es crítica y el que se sale del guion es sospechoso y molesta. En estos últimos años, Habermas tenía todavía la lucidez suficiente para denunciar que internet es un fracaso como espacio de comunicación porque cada cual oye lo que quiere, lo controlan unos pocos oligarcas y fomenta el enfrentamiento.  


Cada vez que un político mienta en prime time, cada vez que una red social silencie discrepancias, cada vez que una encuesta decida más que un debate, resonará la advertencia de Habermas: la opinión pública es un campo de batalla, y si no la reconquistamos para la razón, la democracia se nos irá por el desagüe de la manipulación.


J.T.

Miguel Ángel Rodríguez, esclavo de su carácter


MAR (Miguel Ángel Rodríguez Bajón, Valladolid, 1964) es el típico chico listo que un buen día en su vida decidió poner su talento al servicio del mal. Hay quien me asegura que es buen tío y la verdad es que a mí, que lo conocí cuando lo invitamos a comer en la Peña Primera Plana recién llegado él a Madrid, reconozco que no me transmitió malas vibraciones. Un chico de Valladolid, nuevo en la capital, avispado, ocurrente y ambicioso. Como tantos. Pronto se metió de lleno en una rueda de intrigas y conspiraciones donde su vanidad quedó sobrehalagada y ya no ha sabido, o no ha querido, salir nunca de esa noria infecta.


José María Aznar, más listo que él y más malvado también, decidió ficharlo en Valladolid cuando era presidente de Castilla y León para que MAR dejara de meterle caña en los periódicos de la provincia. Cuando los dos se marcharon a Madrid tuvo la fortuna, como Ónega en su día, de dar con la frase adecuada en el momento exacto. El "¡Váyase, señor González"!, cuyos derechos de autor le pertenecen por completo, lo catapultaron a él y a su jefe hasta las dependencias del palacio de la Moncloa. No tardó en detentar maneras mafiosas, que le pregunten si no al malogrado Antonio Asensio cuando este se vio obligado a venderle Antena Tres a Telefónica si no quería dar con sus huesos en la cárcel.


Como portavoz del primer gobierno del PP, Rodríguez lo regaba todo con sonrisas, guiños cómplices, gin-tonics y ocurrencias varias hasta que Aznar decidió prescindir de él cuando ya no le fue útil. Atravesó el desierto entre celebraciones mejores y peores, hasta que un buen día, al salir de una de ellas, su coche tropezó con tres vehículos estacionados. La prueba de alcoholemia dio 1,02 g/l y al bueno de Miguel Ángel, tras pasar la noche en el calabozo y ser juzgado, le retiraron el carné de conducir.


Resucitó cuando Díaz Ayuso fue elevada a los altares por Esperanza Aguirre y su partido político del alma decidió volver a contar con él. Barra libre de nuevo, esta vez como mentor de alguien claramente inferior en capacidades. Y en esas estamos. Esclavo de nuevo de su majestad la vanidad, helo ahora en la Comunidad de Madrid haciendo y deshaciendo a su antojo con jueces a su merced, periodistas entregados a la causa, televisión autonómica, radios y teles privadas a su servicio, enturbiando la vida política como ni en sus mejores sueños húmedos pudo nunca imaginar.


La marioneta que tiene a su disposición y los juguetes mediáticos con los que se divierte le están amenazando, a pesar de su probada capacidad, con rebasar su nivel de competencia. Estos días ya le han dado el primer toque en los juzgados por difundir material policial sobre dos periodistas. Su rendido amor a las filtraciones puede volver a acabar con él. Solo MAR y Aznar saben la verdadera razón por la que su amado líder prescindió de sus servicios un buen día. Debía haber aprendido, pero parece que hay cosas que le superan, al pobre. Escapamos de muchas trampas en la vida pero, como en la fábula de la rana y el escorpión, nadie escapa a su propio carácter.  


J.T.

jueves, 12 de marzo de 2026

El obituario como maquillaje: Del Pozo, Ónega y el olvido de Morán

Con la muerte de Raúl del Pozo a los 89 años en Madrid este pasado martes, los medios han montado un festival de coronas. “Último bucardo del periodismo”, “maestro de cronistas”, “biografía extraordinaria”. El Mundo le dedica portadas y obituarios líricos; ABC lo llama “tahúr de las letras”; hasta El País lo considera un referente. Una semana antes había ocurrido lo mismo con Fernando Ónega, otro cronista de la transición elevado a los altares estos días. En cambio el fallecimiento de Gregorio Morán en Barcelona hace menos de tres semanas, pasó casi de puntillas. Apenas unas cuantas reseñas dignas, pero nada que ver con el bombo otorgado a sus colegas en directos televisivos desde sus capillas ardientes a las que acudía lo más granado y florido regalando conmovedores canutazos a la entrada o a la salida. 

Raúl del Pozo Page nació el 25 de diciembre de 1936 en La Torre, junto a Mariana (Cuenca). Empezó en 1960 en el Diario de Cuenca y se forjó en el diario Pueblo, bajo el ala falangista de Emilio Romero, que lo protegió pese a que el joven redactor llevaba en el bolsillo el carnet del PCE ilegal. Escribió también en Mundo Obrero con el seudónimo de Raúl Júcar. Él mismo lo despachaba con sorna: “Fui comunista cinco minutos”. Pero aquellos minutos existieron. Luego vino la transición: corresponsal en Moscú, Londres, Lisboa, Buenos Aires; Interviú; Diario 16; fundador de El Independiente con Pablo Sebastián… En 1991 aterrizó en El Mundo de Pedro J. Ramírez y heredó en 2007 la columna El ruido de la calle de Francisco Umbral. Novelas como Noche de tahúres, La diosa del pubis azul (con Espido Freire), biografías de Massiel o Bernabéu. Estilo afilado, bohemio, amante del whisky y el juego. Viudo de la entrañable Natalia Ferraccioli, compañera mía en los tiempos del Grupo Zeta en la madrileña calle Potosí, que falleció en 2018.  Raúl se consideraba amigo del rey Juan Carlos, al que llamaba “ese golfo” y “el referente de la democracia”. Todo eso es cierto. Pero no es toda la verdad.


En agosto de 1993, Del Pozo fue uno de los padres del llamado “Sindicato del Crimen”. En Marbella se reunieron él, Pedro J. Ramírez, Luis María Anson, Antonio Herrero, Martín Ferrand, Jiménez Losantos y otros para crear la Asociación de Escritores y Periodistas Independientes (AEPI). Objetivo declarado: desalojar “como fuera” a Felipe González del poder. Era un lobby mediático contra el felipismo, que se disolvió discretamente cuando Aznar llegó. Del Pozo nunca lo negó. Al contrario: pasó del PCE clandestino a la cruzada de El Mundo. “Toda mi vida comunista para acabar siendo de derechas y del Real Madrid”, bromeaba. 


Frente a eso, Gregorio Morán. Oviedo 1947, exiliado en París en 1968 por su militancia en el PCE, que abandonó en 1976. Fue corresponsal, director de La Gaceta del Norte, columnista en La Vanguardia con sus imprescindibles  Sabatinas intempestivas durante veintisiete años hasta que lo echaron en 2017 por criticar el procés, como recordábamos el otro día en este mismo blog. Además de sus artículos, su legado son libros como Adolfo Suárez: historia de una ambición (1979), Miseria y grandeza del Partido Comunista de España (1986, reeditado como Miseria, grandeza y agonía), El precio de la transición (1991) o El cura y los mandarines y La decadencia de Cataluña contada por un charnego. Diseccionó la transición como nadie: sus padres “absolutamente impresentables”, la mentira pactada, la agonía del PCE, el precio pagado en olvido y cinismo. Morán no viró a la derecha; se quedó incómodo, crítico con todos los poderes, incluido el catalán que lo censuró. Su producción es infinitamente más valiosa que la suma de columnas y novelas de Del Pozo y Ónega juntos. Pero tocó demasiado las narices.


La transición que Gregorio Morán radiografió ha cristalizado exactamente como él se temía, un relato de vencedores donde los homenajes dependen de quién controla los micrófonos y las contraportadas. Los que empezaron en el PCE y acabaron en el establishment mediático de derechas reciben púlpitos eternos. Los que diseccionaron la impostura, silencio. Del Pozo y Ónega, cronistas del poder con sus peculiares estilos; Morán, el azote de los mitos. Así se escribe la historia en este país, produce rubor comprobar cómo, año tras año, los obituarios premian la lealtad al relato oficial y castigan la memoria incómoda. Morán lo vio venir hace décadas, cuando escribió que "la transición acabaría produciendo una cultura política basada en el consenso cómodo y la memoria selectiva". A juzgar por lo visto, leído y oido estos días, no se equivocó demasiado.


J.T.