Cuando apenas había cumplido diez años, el hijo de unos amigos míos no se iba jamás a la cama sin ver antes un trocito de “El Hormiguero”, por entonces un blanco y divertido programa (familiar, lo llamaban) de Mediaset pensado para entretener y ayudar a olvidar los trasiegos de la jornada. Aquel niño tiene ya más de treinta años y no recuerda nada de su devoción por un programa que desde 2011 se emite en Antena Tres y cuyo presentador continúa siendo Pablo Motos. Cuando por equivocación lo sintoniza alguna vez, no puede creer que aquel otrora “simpático” señor del que le hablamos se haya convertido en un personaje cabreado que cada noche contribuye a envenenar el ánimo ciudadano algo más de lo que ya está haciendo política de la fea y olvidando por completo sus primeros tiempos. Hace unos pocos días tuvo como invitado a Carlos Alsina, locutor de las mañanas de Onda Cero que durante años condujo el informativo más presentable de su franja en radio, motivo por el que sus jefes de Atresmedia no han dudado en cargárselo y desplazarlo a horas de contenidos menos “comprometidos”.
¿Por qué te has pasado al entretenimiento?, tuvo Motos el cuajo de venir a preguntarle. Porque para hablar de política ya estás tú, replicó Alsina con su acreditada retranca evitando precisar que lo que se hace en El Hormiguero es sobre todo política cutre que segrega bilis y mala leche. La culpa no la tiene solo Motos y su equipo, la tienen los políticos y sus asesores de comunicación, los de todos los partidos, quede claro, que un día descubrieron que una tribuna con los índices de audiencia del programa de Motos no se podía desperdiciar sobre todo en época electoral. Así que empezaron a acudir en tromba. Como aquello tuvo éxito, a Motos se le fue subiendo el pavo hasta acabar creyéndose el rey del mambo. Consecuencia: el programa fue degenerando a medida que descubría que lo que de verdad vendía era utilizar su espacio para meterle caña a Pedro Sánchez y a su gobierno. Al tiempo que le hacía descaradamente la pelota a todo político del PP o de Vox, que aceptaba encantado su invitación. De comediante mutó a politiquero barato y en esas estamos.
En los despachos de Atresmedia respaldaron esta zafia metamorfosis y en Mediaset se apuntaron al carro. Carmen Porter e Íker Jiménez, una pareja de presentadores que desde 2005 se dedicaban en Cuatro Televisión a hablar de ovnis y fenómenos paranormales en un programa llamado “Cuarto milenio” conducen hoy “Horizonte”, espacio nocturno que emite esta misma cadena en el que suelen sentar junto a ellos a lo más granado del involucionismo patrio militares incluidos. En la franja de las mañanas, los responsables de este mismo canal decidieron concederle pista libre a Nacho Abad, durante años militante del periodismo más amarillo convertido ahora en desahogado presentador de un programa llamado “En boca de todos” donde, además de destilar odio, no se anda con miramientos a la hora de intentar meter el miedo en el cuerpo de quienes lo sintonizan. El pasado viernes, sin ir más lejos, mientras entrevistaba al presidente del puerto de Ceuta, incidía en la posibilidad de que al trasladarse ahora los inmigrantes allí, aumentara él número de polizones que, según él, aprovecharán la cercanía de los barcos para escaparse. No contento con eso, proclamó abiertamente que algún yihadista infiltrado en las carpas podría dejar sin luz a toda Ceuta o incendiar los depósitos de combustible. Este es el nivel.
Durante la sobremesa, y también en Cuatro Televisión Risto Mejide, un publicista que se hizo famoso merced a su inclemente agresividad como jurado en diferentes concursos televisivos, conduce desde hace casi ocho años “Todo es mentira”, programa teóricamente en clave de humor pero que cada día que pasa destila mayores dosis de crispación y mal rollo. Me cuesta asumir que tanto políticos como periodistas se presten a intervenir en espacios como estos. O como los de Ana Rosa y Susana Griso. No suma sentarse junto a un negacionista, un homófobo o un racista porque la intolerancia acaba creciéndose a medida que le vas otorgando cancha y el resultado final es que acaba reproduciendo mejor sus enconados mensajes de rencor. No todo puede valer, entre otras razones porque, aunque son menos, tienen más y mejores medios, sobre todo en redes sociales, que usan sin pudor alguno.
Hace unos días en la radio, Mariola Cubells y Marc Giró comentaban en el programa de Carles Francino hasta qué punto quienes desde posiciones progresistas intentan con sus programas contrarrestar como pueden tanto mensaje de odio, se ven obligados a soportar por ello un acoso despiadado, la invasión en sus vidas privadas y todo tipo de amenazas. Ninguno de los personajes a los que me he referido más arriba han sufrido el asedio callejero de Vito Quiles o Ndongo por ejemplo, ni tienen sus cuentas digitales atiborradas de mensajes amenazantes.
Con estas líneas solo he querido hacer una pequeña aproximación a un escenario, a mi entender trágico, que a día de hoy tiene infectado el mundo de la comunicación. ¡Que no se trata solo de ir contra Sánchez, señoras y señores, que lo que ocurre es que están violentando la esencia misma de la democracia! Continuaré hablando de todo esto otro día, porque el asunto da para mucho más que para un artículo, pero desde aquí quiero lanzar mi voz de alarma. Algo habrá que hacer, ¿no? ¿O nos vamos a quedar de brazos cruzados hasta que nos coman vivos a todos?
J.T.











