martes, 20 de agosto de 2019

La barba veraniega de Pablo Casado



Como si quisiera ofrecer un aspecto de persona más hecha y alejarse de esos aires lechuguinos que hasta ahora compartía con Albert Rivera, Pablo Casado apareció este lunes en la toma de posesión de Díaz Ayuso luciendo barba de diez días. En tiempos de Franco dejarse barba era cosa de rojos, un hombre decente tenía que salir de casa hecho un pincel, y eso incluía afeitarse todos los días. La barba y el pelo largo eran símbolos de falta de higiene, algo propio de desharrapados y contestatarios que además de ducharse poco y drogarse mucho, copaban las calles para protestar contra el orden establecido y montaban pollos memorables. Sin duda han cambiado las cosas.
Las melenas y las barbas eran señas de identidad de la izquierda y quién sabe si fue por eso por lo que los socialistas, apenas consiguieron tocar pelo en 1982, decidieron cortarse el suyo al tiempo que arrinconaban postulados y llenaban sus armarios de trajes y corbatas. Felipe González y Alfonso Guerra se afeitaban todos los días y que el ministro de Defensa, Narcís Serra, además de catalán y civil, fuera un señor con toda la barba, no sentó nada bien entre los militares, que aún vivían en los cuarteles la resaca del intento de golpe del 23-F.
En la vida familiar del ciudadano medio también había presión: quítate esa barba, que te hace mucho mayor de lo que eres, te decía tu madre, o tu novia, si osabas permanecer unos días sin afeitarte. Tú argumentabas que muchos genios de la literatura habían llevado barba, escritores como CervantesHemingway o Unamuno, y compositores de música clásica como Brahms o Tchaikovsky pero no tragaban, por mucho que en la lista de barbudos figurara hasta el general Prim, o el mismísimo Abraham Lincoln.
Hasta que la derecha no decidió que llevar barba estaba bien, no afeitarse tuvo mala prensa entre los biempensantes. Cierto verano fue Juan Carlos I quien apareció con ella durante las vacaciones, y en la Casa Real se vieron en la obligación de explicar que el rey no se afeitaba porque sufría alergia. Felipe VI empezó como su padre, con barbas veraniegas vergonzantes, hasta que por fin decidió dejársela todo el tiempo.
En los últimos cuarenta años, el único presidente con barba que hemos tenido, Mariano Rajoy, ha sido de derechas, y parece que el actual líder del PP, quién sabe si teniendo esto en cuenta, ha decidido dejar de afeitarse a ver si así acelera su llegada a la Moncloa. Esperemos que tal decisión se deba a que sus asesores ensayan cómo mejorarle la imagen para la foto de los carteles si hay elecciones y no tenga nada que ver con la extensión de esta moda entre las filas de la ultraderecha: Matteo Salvini, ese pérfido ministro italiano que parece buscar con la barba enmascarar parte de su maldad; Santiago Abascal, cuya afilada perilla le proporciona un punto entre hipster y conquistador medieval; Iván Espinosa de los Monteros, propietario de un estudiado desaliño tanto en la barba como en las melenas…
Observo la foto de la última reunión del G-20, donde además de la práctica ausencia de mujeres llama la atención la escasez de barbas, y descubro una muy turbadora: la de Mohamed bin Salmán, príncipe heredero de Arabia Saudí. Aunque claro, para ser un personaje inquietante tampoco es que parezca imprescindible el uso de barba, como Trump y Putin se encargan de demostrar a diario al mundo entero.
Si tenemos elecciones en noviembre, esta vez en los debates electorales de los cabezas de lista seguirán faltando mujeres pero habrá varias barbas, las de Abascal y Casado junto a la semilampiña de Pablo Iglesias. Veremos si el presidente del Partido Popular decide mantenerla. Parecerse a Salvini o Abascal no sé si le dará muchos votos. ¿O se la dejará justo por eso?
J.T.

lunes, 19 de agosto de 2019

De Quinto y su fertilidad tuitera


Es tan pobre que no tiene más que dinero. Si a mediados de agosto, con casi cincuenta millones de euros en el banco, no encuentras nada mejor que hacer que ponerte a insultar por twitter a todo bicho viviente un sábado por la noche, algo te falta en la vida por mucho saldo bancario que te sobre. Si además eres diputado por un partido que nació presumiendo de moderación y mesura, algo entonces, o alguien, nos está sobrando a todos. Aprendí que la cultura y la educación no son la misma cosa cuando de niño me ponía enfermo y veía a mi madre temblar ante la inminente llegada a casa del médico del pueblo: será muy buen médico, pero tiene muy mala educación, recuerdo que repetía. No me costó mucho asimilar tal evidencia, ni tampoco consolidarla a medida que crecía e iba conociendo ricos con estudios, pero impresentables, y pobres analfabetos educadísimos.

Aún así, lo de Marcos de Quinto supera de largo los muchos casos prácticos con los que me he tropezado en tiempo. El millonario confeso más forrado del Congreso ofendía sin pudor en las redes a los náufragos socorridos por el Open Arms glosando su escaso aspecto desnutrido –“bien comidos pasajeros” les llamó- y no tardó en caerle la del pulpo. No daba crédito al primer tuit suyo con el que tropecé: “Pedazo de cretino, troll de mierda –gritaba- soy un diputado al que ha votado mucha gente para que no se deje achantar por gentuza como vosotros y para que trabaje por un país mejor en el que gentuza como tú desaparezca de la redes sociales. Tú –remataba- sigue votando izquierda :-))”.

Me costaba creer que un representante popular fuera capaz de expresarse públicamente como un matón barato de barrio, tenía que ser una cuenta falsa, pensé. No tardé en verificar su autenticidad apenas entré en su perfil por primera vez en mi vida y descubrí, para mi estupor, la pericia con la que su señoría se desenvuelve en el insulto y el vituperio. A Rubén Sánchez, por criticarle el comentario sobre el Open Arms, le llamaba imbécil y mantenido segundos antes de bloquearlo. “Se que eres la mujer del que me ha llamado “miserable” –le escribía a Keka Sánchez, la mujer de Rubén-. “Dile al cobarde –continuaba- que deje de enviarme mensajes a través tuyo y que se disculpe”. “Tu forma de hacer política es sembrar bulos con calumnias. Me parece absolutamente bochornoso Marcos”, le contestó Keka, y acto seguido el provecto diputado de Ciudadanos procedió a bloquearla sin contemplaciones.

En el reparto hubo sitio también para Cristina Almeida: “Estoy viendo La Sexta Noche y a Cristina Almeida -escribió a las 22.16 del sábado el prolífico diputado- y quiero dar todo mi apoyo a la justa reivindicación de activar YA los viajes del IMSERSO… por favor, ya!!", rebuscada forma de intentar llamarla anciana olvidando que hay muchas personas con la edad que él tiene, sesenta años, que ya los disfrutan.

Para Alberto Garzón también hubo leña. El coordinador de Izquierda Unida había escrito: “El diputado multimillonario, el explotador del ERE a los trabajadores de Coca-Cola, el portavoz de economía de Ciudadanos... este tipo se ha referido a los migrantes y refugiados como “bien comidos pasajeros”. Reflejo de la ola reaccionaria y sintomático de lo que es Ciudadanos.” Y a de Quinto le faltó tiempo para entrar al trapo: “El PCE ha “jibarizado” todo lo que toca: Para no desaparecer, se integró en Izquierda Unida... y cuando ésta iba a desaparecer, se integró en Podemos y ahora está haciendo desaparecer a esta formación. Entre tanto agitan el “Open Arms” para que no se hable del “Maduro Arms”.

En una palabra, que Marcos de Quinto no paró de repartir estopa a diestra y siniestra durante horas con llamativa fertilidad. Tras unas horas de sueño reparador, al despertarse debió considerar conveniente volver a sentarse al ordenador y recular, pero solo un poco: “No estoy acostumbrado (ni me quiero acostumbrar) –escribió a las 8:26 del domingo 18- que la gente me insulte. A quien no le guste lo que escribo, que no lo lea. Lamento que alguna vez haya respondido con la misma moneda, pero no es agradable tener que soportar continuamente a tanto deficitario educacional”.

En el partido que fichó a este personaje como si se tratara de un futbolista estrella, el único que se ha pronunciado por ahora sobre los exabruptos de de Quinto ha sido César Zafra, secretario de organización de Madrid. Solo para decir que se trata de “tuits personales” que no se debe “entrar a valorar”. Tuits personales, por cierto, de alguien en cuya cuenta se autodefine textualmente de la siguiente manera: “Marcos de Quinto. Pirata. Navego sin bandera. No pretendo convencerte de nada, acaso hacerte dudar de lo que crees.”

J.T.

jueves, 15 de agosto de 2019

Con Díaz Ayuso no nos vamos a aburrir

Cuando le preguntaron a Juan Belmonte cómo era posible que Joaquín Miranda, un antiguo banderillero de su cuadrilla, consiguiera llegar con el tiempo a gobernador civil de Huelva, el mítico torero respondió contundente: “Degenerando, amigo, degenerando”. No pude evitar recordar la anécdota mientras presenciaba este miércoles el debate de investidura de Isabel Díaz Ayuso. ¿Cómo es posible que la community manager de un perro haya conseguido llegar a presidenta de la Comunidad de Madrid? Pues sí, señor, degenerando, amigo, degenerando.
A mi amiga Nieves Concostrina, que escribe semanalmente una columna sobre Madrid, no le va a faltar el trabajo con Díaz Ayuso en la presidencia autonómica. Será, no me cabe duda, una inagotable fuente de inspiración, pero no solo para quien como Nieves escribe sobre Madrid en Madrid, sino para plumillas, guionistas y dibujantes varios de España entera. En redes aseguran que las acciones de El Jueves se han disparado ya, y en Polònia, El Intermedio o Late Motiv deben estar frotándose las manos y afilando los lápices para la rentrée de Septiembre.
Es un hecho que lo que ocurre en Madrid, ya sea en la Comunidad o en el Ayuntamiento, trasciende más que lo que sucede en Murcia o en Andalucía, por mucho que los partidos que partan el bacalao sean los mismos en las tres autonomías. Queramos o no, Madrid funciona como termómetro de la temperatura política del país, y que Vox presione en el ayuntamiento de Cibeles o en la sede autonómica de la Puerta del Sol adquiere mayor repercusión que si lo hace en cualquier otra institución del resto del país. El eco mediático añadido, qué duda cabe, está garantizado de antemano.
Sin Ayuso y Almeida en Madrid, Pablo Casado sería un fracasado a día de hoy, mientras que esta semana puede pasearse por las fiestas de la Paloma sacando pecho y besando niños tras dos meses y medio en los que no acababa de creerse la suerte que finalmente ha acabado teniendo. Cuando vi a los tres fotografiarse haciendo la V de la victoria en el atril improvisado de la calle Génova la noche del 26 de mayo, me pareció que se precipitaban. Es más: tuve la impresión de que a ellos también se lo parecía. Me equivoqué, está claro. El caramelo era demasiado sabroso para no acabar chupándolo a conciencia, aunque el precio fuera tragar con las astracanadas de Vox, a cuyos postulados tampoco parecen haberle hecho demasiado asquito.
Se trataba de tirar de receta andaluza y adelante: permitir a la ultraderecha jugar a las banderitas, hacer concesiones en materia de género, memoria histórica y algunos derechos ciudadanos más, ya consolidados, y a cambio conseguir que Abascal y compañía se dejaran de monsergas y votaran lo que tenían que votar. En cuanto a Ciudadanos, tan empeñados como están en hacernos creer que van de por libre, al final han tragado carros y carretas para que sea el PP quien acabe llevándose el gato al agua. Apenas tocan pelo, por muchas vicepresidencias (tampoco tantas), consejerías y tenencias de alcaldía que presuman gestionar. Se han bajado los pantalones en Ciudadanos sin pudor alguno, y punto, algo que por cierto tampoco parece haberles preocupado en exceso.
Sánchez y su sanedrín, por su parte, aún juegan a continuar sopesando la posibilidad de pescar en las confusas aguas de Rivera y Arrimadas de cara a la formación del gobierno de la nación, sin acabar de asumir del todo, al menos de cara a la galería, que la misión suprema de los naranjitos es hacer el trabajo sucio con el que la derecha de toda la vida prefiere no mancharse.
El problema es que a quienes mandan de verdad se les ha ido la mano eligiendo algunos peones ¿Se puede ir muy lejos con lumbreras como Ayuso o Almeida? Ángel Gabilondo denunció la actitud frentista que la candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid mantuvo durante buena parte del debate de investidura. “De tener el honor de ser propuesto para el puesto, -añadió por su parte Íñigo Errejón-, no rebajaría el parlamentarismo y la dignidad de las instituciones como usted lo ha hecho”.
A la vista de tanta crispación y tanta histeria como la que se detectaba este miércoles en la Asamblea de Madrid, no puedo dejar de tocar madera en previsión de los nubarrones que se dibujan en el horizonte. Mucho me temo que, durante una buena temporada, nos vamos a aburrir bastante poco.
J.T.

martes, 13 de agosto de 2019

Arabia Saudí compra la Unión Deportiva Almería


En un visto y no visto, hace solo un mes nadie sabía nada, la Unión Deportiva Almería ha pasado de las manos de un empresario murciano a las de un saudí llamado Turki Al-Sheick, que ha comprado el 96 por ciento de las acciones de la sociedad. A primeros de agosto se hizo pública la operación, tras la firma en una notaría a la que el nuevo dueño acudió sin turbante, enfundado en la camiseta de su nuevo equipo. Desde los tiempos de Jesús Gil y Gil, Ruiz de Lopera o José María Ruiz Mateos, siempre me pregunté cómo es posible que un buen número de equipos de fútbol, por cuyos colores decenas de miles de seguidores sienten verdadera pasión, estén gobernados por personas cuyo interés por el deporte es cuando menos discutible.

El Español está en manos chinas, el dueño del Valencia es de Singapur y la tercera parte del Atlético de Madrid, propiedad de un israelí. Solo seis equipos de la Premier tienen dueños ingleses y el resto están gobernados por magnates rusos o americanos. Los cataríes mandan en el París Saint Germain, y el propietario del Manchester City es un jeque de Abu Dhabi cuyas inversiones deportivas llegan hasta Australia, Estados Unidos, Japón, Uruguay y cómo no, España, donde comparte la propiedad del Girona FC con los hermanos Pere y Josep Guardiola. En cuanto a equipos andaluces, el dueño del Málaga es catarí y el del Granada un chino llamado Jiang Lizhang.

Me cuesta trabajo entender cómo una pasión casi religiosa, la actividad deportiva que más entusiasmo despierta entre los aficionados del mundo entero, uno de los mayores focos de ansiedades y alegrías irreprimibles, el símbolo a veces más importante de una ciudad, consiga mantener toda su fuerza y su vigor al margen de quiénes sean las personas responsables de los destinos del equipo.

Ahora le ha tocado a mi tierra, Almería. A nadie parece preocuparle que Turki Al-Sheikh, de 38 años, forme parte, según contaba este domingo Icíar Ochoa de Olano en los periódicos de Vocento, del grupo de hombres de confianza de Mohamed bin Salmán, el controvertido príncipe heredero de Arabia Saudí, temido purgador de disidentes y a quien la ONU responsabilizó de la muerte del periodista Jamal Khashoggi el pasado mes de octubre en el consulado de su país en Estambul.

A lo largo de su vida Al-Sheikh, el nuevo dueño del equipo de fútbol almeriense, ha ocupado diferentes cargos en varias áreas del gobierno saudí, incluidas responsabilidades en los ministerios de Interior y Defensa. En la actualidad desempeña en su país un cometido estratégico al que le otorgan suma importancia: la presidencia de la Autoridad de Entretenimiento General, organismo creado, según aseguran, para modernizar el país programando desde conciertos de jazz a óperas, festivales de cómics o espectáculos de “pressing catch”. Para tal maquillaje cuenta con un presupuesto de 60.000 millones de euros a invertir de aquí al año 2030.

Y en medio de todo esto, me pregunto yo, ¿qué pinta la Unión Deportiva Almería? ¿De todos los lugares posibles del mundo, el entorno del príncipe heredero saudí ha tenido que venir a fijarse en Almería? ¿A qué debemos tanto honor? Me pregunto qué pensarán de todo esto los árabes que trabajan de sol a sol bajo los invernaderos de El Ejido, Vícar, Roquetas o Níjar. Que les parecerá, a esos a quienes en lenguaje coloquial se les suele llamar moros y a quienes tanto gusta el fútbol, la irrupción por estos lares de acaudalados millonetis del petróleo. Y millonetis no de un país árabe cualquiera, no: nada menos que de Arabia Saudí, palabras mayores.

Insisto: no sé a qué debemos tanto honor. Asegura Turki Al-Sheikh, y Mohamed El Assy, su director deportivo, que el objetivo es hacer ascender cuanto antes al Almería a Primera División, y en tres años colocar el equipo en puestos que le permitan disputar competiciones europeas. Mientras asimilan el cambio, los aficionados sueñan y callan. Y la prensa local, cogiéndosela con papel de fumar, faltaría más. Este sábado diecisiete se disputa el primer partido de la temporada. Contra el Albacete, cuyo dueño, por cierto, es un inversor venezolano-libanés llamado Georges David Kabchi Zakia, ¿no es maravilloso?

J.T.

lunes, 12 de agosto de 2019

El día en que Iglesias entrevistó a Iván Redondo


Repasar, tres años largos más tarde, la conversación que Pablo Iglesias mantuvo con Iván Redondo el veinte de abril de 2016 en Otra vuelta de Tuerka, resulta un ejercicio sumamente ilustrativo. Lo recomiendo a quienes ya la visteis y escuchasteis en su día y también, cómo no, a quienes aún la tenéis pendiente.

En aquel entonces, ni Iglesias ni Redondo, ni por supuesto tampoco Pedro Sánchez, podían imaginar el lugar que acabarían ocupando cada uno de ellos en la veraniega España de 2019. A Sánchez ni siquiera lo habían expulsado todavía de la secretaría general del PSOE y el currículum de Redondo, donostiarra de 1981 curtido en la Universidad de Deusto (Humanidades y Comunicación) y en la de Madrid (Economía), lo rellenaban asesoramientos a miembros del Partido Popular como Basagoiti, García Albiol o José Antonio Monago. Faltaba todavía más de una año para que acabara convirtiéndose en el asesor áulico de Pedro Sánchez, cuando este decidió volver a pelear en las primarias de su partido.

Redondo parecía tener bien claras sus ideas ya por aquel entonces, como quedó certificado durante la citada conversación con Iglesias, en la que definió el papel de un spin doctor como el de “una persona que se tira por un barranco por su cliente”. He aquí algunas de las perlas que nos regaló aquel día:

- Cuando hay una zona de ruptura y tú vas a esa zona de ruptura, tú la puedes estirar hacia la izquierda o hacia la derecha.

- Es importante simplificar, conectar con las experiencias, vivencias y circunstancias de cada uno.

- Un estratega tiene que dominar la comunicación y las instituciones. Eso te hace educar la mirada. El líder no es nadie sin un equipo detrás. Un piloto de Fórmula Uno no gana si no dispone de un buen equipo de ingenieros y de un buen coche.

- Siempre he sido una persona discreta, que trata de prevenir, respetuoso con cualquier tipo de ideología. Mi madre era del PNV, tengo hermanos del PSOE y del PP, somos plurales.

- Creo en la cultura popular, en la cultura de masas, lo que le falta a la política española es la gestión de lo que quiere la gente. No creo en el elitismo, donde alguien toma una idea, la lanza y nadie la entiende.

- Sospecho de quienes no creen en la comunicación política.

- Llevo diez años predicando en el desierto en muchas ocasiones, porque había poco campo para la comunicación y para el asesoramiento por falta de cultura política. Aquí se ha dado más importancia a la burocracia, a la noción de que España es más una administración que una sociedad civil, y eso se ha roto ahora.

- En política te están grabando siempre, por eso en primer lugar hay que analizar el punto de partida; lo segundo es definir tus objetivos, ya sea en una entrevista, una rueda de prensa o un plan de educación. Hay que elaborar una estrategia, un plan de acción y la clave de un plan de acción es el calendario.

- El tiempo en política es lo más importante, porque todo el mundo acaba cadáver. Solo es cuestión de tiempo. El que controla el tiempo gana.

- El ochenta por ciento de los votos lo producen el veinte por ciento de los mensajes.

Y ojo al cierre de la conversación, a las palabras que Redondo escogió para el brindis que Iglesias acostumbra a proponer a sus invitados en el minuto final de Otra vuelta de Tuerka:

Yo creo –comenzó diciendo- que los tiempos han cambiado, y que la política tiene que cambiar con los tiempos, y creo firmemente, y es lo que defiendo siempre, en el entendimiento entre la izquierda y la derecha… Le he traído este peón de ajedrez de regalo a Pablo, porque creo que es la figura que nos une a todos: el peón es el militante, el asesor, esa persona que siempre está detrás. Y recordemos que cuando un peón consigue llegar hasta la casilla ocho, puede transformarse en cualquier pieza. Y es con la estructura de peones como se ganan las partidas en la política y en el ajedrez”.

Han pasado tres años y casi cuatro meses desde aquel día de abril de 2016 en que tuvo lugar la entrevista que acabo de resumir, un momento en el que habría hecho falta mucha imaginación para predecir que las cartas a día de hoy iban a estar repartidas como lo están.

Ahora quizás se entienda mejor lo de “simplificar el mensaje para conectar con la gente," o que el piloto de Fórmula Uno hable un día de “escollos”, otro de “gobiernos paralelos” y al siguiente proclame que “como percibe desconfianza”, pues ahora el que no se fía es él.

En estos días de un agosto de incertidumbres y desencantos, repasar la conversación entre Iglesias y Redondo de hace tres años puede que ayude a entender muchas cosas, a reflexionar también y quizás hasta a maliciar qué demonios es lo que puede estar cociéndose en el retiro de Doñana.

J.T.

sábado, 27 de julio de 2019

Cuando Sánchez parafraseó a Los Chunguitos

Si todo podía salir bien, ¿por qué todo ha salido mal? Hablo con gente de mi entorno, gente de bien, leída e implicada, que tras vivir pegados al televisor las tres jornadas de investidura de esta semana, tras chuparse las intervenciones completas de todos los políticos que han subido a la tribuna, andan estos días sumidos en profunda depresión. Unos son votantes del PSOE, otros de Podemos, otros votantes del PSOE que votaron a Podemos y una cuarta facción nada despreciable: votantes de Podemos que votaron al PSOE por miedo a Vox. Pues bien, todos están cabreados. Les une una amarga sensación de estafa que los tiene preguntándose aún qué demonios ha podido pasar para que todo salte por los aires.

No solo los entiendo, sino que he de reconocer que yo mismo padezco desde el lunes un ardor de estómago que acabó de rematar la sesión celebrada en el Congreso de los Diputados. Atiborrado de Almax ando y no hay manera. Ni las interesantes etapas de los Alpes en el Tour de Francia han ayudado; ni a mí, ni a los amigos con los que me he reunido para verlas, ese grupo plural al que me refería al principio, casi todos bebedores de tarde noche que desde hace tres días empezamos ya con los gintonics a las cuatro de la tarde. Tampoco beber ayuda. ¿Qué hacer? Todavía faltan veinte días para que empiece el fútbol y después de Wimbledon ya no hay tenis en condiciones. Necesitamos un sucedáneo, rápido, algo que nos ayude a olvidar la pesadilla política de esta semana.

Cuando el viernes el PP se hizo con el gobierno de la región de Murcia, la depre que nos envuelve subió unos puntitos más: la derecha poniéndose de acuerdo con la ultraderecha, autonomía tras autonomía, sin que se les caigan al suelo los anillos de casado (o de casada), y la izquierda cogiéndosela una vez más con papel de fumar, caminando de desencuentro en desencuentro hasta el desastre final.

Seguro que todo tiene su explicación, pero cuando tanta gente anda como zombie preguntándose cómo es posible que, habiendo podido salir bien, todo haya salido mal, es que alguien tenía que haber hecho algo que no ha hecho. Cuando uno no quiere, dos no se entienden, reza el dicho, pero ¿quién es ese uno? ¿Unidas Podemos? Con toda honestidad, no lo creo, tengo razones para pensar que si hubieran visto un mínimo de luz habrían tirado hacia delante, como en algún momento pareció. Algo grave tuvo que ocurrir, algo que aún desconocemos y que en su momento se sabrá. Porque cuando se puede, como en Navarra, se hace.

Entonces, ¿qué ha fallado? La respuesta, sin duda, la tiene Pedro Sánchez, quien durante la sesión del jueves en el Congreso, remedando la célebre canción de los Chunguitos que Carlos Saura utilizó como banda sonora en su película “Deprisa, deprisa”, proclamó que si le daban a elegir entre el gobierno de España y sus convicciones, elegía sus convicciones. ¿Qué convicciones pueden ser esas? ¿Las cosas que dice o las que hace? ¿lo que promete o lo que cumple?, ¿lo que parece o lo que es? Si me das a elegir, ¡ay Pedro!, me siento engañado. Si me das a elegir entre quien te quiere y quien no, entre lo que representas y lo que presentas, entre lo que dices que son tus convicciones y lo que realmente son, si me das a elegir, ¡ay Pedro!, me siento estafado. Tanto yo como mis colegas los que te votaron, o los que votaron a Podemos convencidos de que acabaríais entendiéndoos.

Como se entiende la derecha sin tanto rollo, como se van a acabar entendiendo en la Comunidad de Madrid, pactando hasta los sobresueldos, que diría Rufián, para rematar la faena de celebraciones que llevan encadenadas gracias a las prácticas suicidas con que la izquierda tiende a resolver sus diferencias desde tiempos inmemoriales.

Había motivos para que en estos momentos tuviéramos mucho que celebrar y en cambio aquí andamos todos, con cara y maneras de funeral, pendientes del Tour que ya se acaba y buscando distracciones que nos permitan evadirnos de tanta miseria. ¿Hace otro gin tonic? Venga, y brindemos por Gabriel Rufián y por Aitor Esteban, los únicos que el jueves supieron estar a la altura.

J.T.

domingo, 21 de julio de 2019

Semana solemne


Es el momento que las izquierdas imaginaron la noche del 28 de abril y aquí está, llamando a la puerta desde el viernes pasado. Tres meses más tarde, regresa el estado de ánimo de aquella noche electoral en que a las derechas de la foto de Colón no les salieron los números. Tres meses ya de aquella madrugada fría y desolada en la sede del Partido Popular y de alboroto en Ferraz, donde se coreaba “Con Rivera, no” y Sánchez no sabía muy bien qué cara poner. El momento ha llegado. Parece que PSOE y Unidas Podemos van a ser capaces de ponerse de acuerdo y si a eso sumamos los apoyos y las abstenciones previsibles tendremos, por fin, el primer gobierno de coalición en España desde que, hace cuarenta años, se aprobara la Constitución vigente.

Hay tantos días históricos ya en el calendario que me resisto a tirar de estereotipos, pero qué duda cabe que el jueves 25 de julio tendrá lugar una oportunidad inédita en el Congreso de los Diputados para alumbrar una nueva era política. La solemnidad de las sesiones de investidura que comienzan este lunes es indiscutible. El momento merece el máximo respeto y es de esperar que sus señorías sepan estar a la altura y ningún gamberro desluzca la ceremonia. En campaña electoral y durante los tres últimos meses cada cual actuó como creyó conveniente, con mejor o peor fortuna. Pero este lunes llega el momento de ponernos serios.

Lo que suceda puede convertirse en referente. Si Sánchez resulta investido el próximo jueves, conoceremos poco después los nombres de quienes conformarán el gobierno de coalición. Y serán momentos de sensaciones nuevas, de ilusión para unos, de incertidumbre para otros, y de rabia también para según quiénes, qué duda cabe. Fuera nos mirarán con lupa durante un tiempo, como hicieron durante la Transición: en el resto de Europa con cierto escepticismo, como entonces, y en Latinoamérica quizás con envidia, también como entonces.

Se comprobará que había una política social y económica pendiente de aplicar a la izquierda del PSOE, y que quienes la van a llevar a cabo no solo no tienen rabo ni cuernos sino que saben cómo hacerla. Una de las razones por las que la derecha ha procurado que el gobierno de coalición no fuera posible es porque muy pronto la ciudadanía va a descubrir, como ha comenzado a intuir con la subida del salario mínimo a 900 euros, que les va a ir mejor que antes, porque es mentira que la economía peligre si no se gestiona como siempre. Ya no cuela meter miedo, sobre todo si quienes lo hacen son compañeros de partido de ladrones encarcelados.

Las conversaciones de estos cuatro días entre socialistas y Unidas Podemos pueden ir rápido: primero porque cada equipo lleva largo tiempo trabajando para hacer política de Estado juntos (Catalunya incluída) si llegaba este momento; y segundo porque, a pesar de los muchos incumplimientos por parte del Gobierno en los pactos que propiciaron la moción de censura a Rajoy en mayo de 2018, han estado catorce meses cooperando y poniéndose de acuerdo en asuntos de calado como la elaboración de los Presupuestos Generales del Estado, cuyo rechazo en el Congreso acabó precipitando la convocatoria de elecciones.

Si los presupuestos se hubieran aprobado, PSOE y Podemos estarían aún colaborando juntos en una legislatura de gobierno monocolor a la que le quedaba vida hasta bien entrado el año 2020. El resultado de las elecciones anticipadas dictaminó gobierno de coalición. A por él, pues ¿Lo de los nombres? Pues sí, es importante, qué duda cabe, pero si la inteligencia política que imagino se practica estos días en las conversaciones a dos bandas está a la altura de la que propició la moción de censura del año pasado, es de esperar que no exista ningún escollo que imposibilite el acuerdo.

A pesar de todo, es bueno mantener la cautela hasta que tengan lugar las votaciones. Es cierto que se ha producido una especie de elipsis entre la noche del 28 de abril y el pasado viernes, también lo es que se percibe una cierta ilusión en el mundo de la izquierda, una cierta sensación de que por fin vamos a poder celebrar la capacidad de dos fuerzas políticas de este país para ponerse de acuerdo y conformar un gobierno de coalición. Pero esperemos un poco más, amigos, tan solo un poco, antes de poner el cava a enfriar.

J.T.

lunes, 15 de julio de 2019

Pedro Sánchez en la radio

La tostada estaba muy rica y el café en casa es bueno. Así que la causa de que me sentara mal el desayuno este lunes no podía ser otra que tener puesta la radio, esa inseparable compañera tanto en la salud como en la enfermedad, a la hora en que Pedro Sánchez era entrevistado en la Ser: me revolvió literalmente el estómago cuando, desde el primer segundo, empezó a disparar como los malos actores en las películas de tiros.

“Estoy sorprendido y algo frustrado -arrancó- por lo que ocurrió el pasado viernes cuando conocí por los medios una consulta que a todas luces supone la ruptura de las negociaciones que el señor Iglesias tenía con el Partido Socialista. Creo que el señor Iglesias está utilizando esta consulta trucada para justificar una votación contraria a mi investidura, para justificar por tanto el no, coincidiendo por tanto con la ultraderecha”.

Sin duda lo había ensayado, pero quería parecer tan cabreado que no consiguió dar con el tono. Titubeaba, tartamudeaba y no lograba disimular la falta de verdad que transmitían sus palabras. A medida que fue avanzando la entrevista se percibía que pugnaba por ser contundente, pero no lo conseguía, sobre todo cuando se veía en la obligación de torear alguna pregunta comprometida y buscaba como loco los argumentos de referencia que cada vez que los repetía resultaban menos creíbles: “votarán contra mí, igual que la ultraderecha, son ellos los que han dado por rotas las negociaciones, la consulta es una mascarada.”

Se le notaba el entrenamiento para proporcionar los cortes que los medios adictos (casi todos) se apresuraron a reproducir en boletines informativos, telediarios y shows varios. Escuchados fuera de contexto, esos cortes enmascaran el nerviosismo y la escasez de enjundia con la que la mañana de este lunes se ha desenvuelto el presidente en funciones. Recomiendo escuchar la entrevista completa y prestar atención al momento en que intenta despejar sin demasiado éxito esa patata caliente llamada artículo 155 de la Constitución: “Yo no quiero tener que aplicar un nuevo 155, pero mi deber es contemplarlo. Ojalá no tenga que aplicarlo”.

La radio transmite el alma de la persona que habla mejor que la tele porque ahí no cuenta el disfraz del traje, ni el corte de pelo, ni la puesta en escena, solo la modulación de la voz, la cadencia, los silencios, los titubeos, el énfasis. Y lo que a mí me transmitió Sánchez desde que empezó a hablar es que ni él mismo se creía la mayor parte de las cosas que estaba diciendo.

Parecía un mal opositor recitando dubitativo ante el tribunal frases ensayadas, consignas que en un mitin igual funcionan pero que en la radio sonaban ridículas: "Es la primera vez en cuarenta años que el candidato a presidente del gobierno hace una propuesta de este tipo (coalición con ministros de Podemos de perfiles técnicos) y se encuentra la respuesta de que es una 'idiotez”. "Ya lo hizo (Iglesias) en 2016 y ahora parece que quiere volver a votar en contra de un candidato socialista". Y vuelta a una cantinela que los socialistas se empeñaron en repetir mil veces y que el primero que sabe que es mentira es el propio Pedro Sánchez, ¡qué pesados!

Lo reconoció él mismo cuando, defenestrado por sus propios compañeros de partido, acudió a llorar al programa de Jordi Évole: “Mi error fue firmar solo con Ciudadanos y no con Podemos”; “Me equivoqué al tachar a Podemos de populistas”; “Responsables empresariales trabajaron para que hubiera un gobierno conservador”, “Medios progresistas me dijeron que si había entendimiento con Podemos irían en contra”; “Se constata que se deciden cosas en despachos que corresponderían a los ciudadanos”.

Bueno, pues ya estamos en las mismas, solo que el que en estos momentos ocupa el sillón de la Moncloa es él, gracias a los oficios de Iglesias, por cierto, gracias al apoyo de formaciones que hoy intenta evitar a pesar de haber hecho suyo sin pudor buena parte de un discurso de izquierdas del que ahora reniega, en el que ya no cree. O no le dejan creer, que no sé que es peor. En fin, a ver si se me arregla la descomposición de estómago.

J.T.

sábado, 13 de julio de 2019

Y en estas, llegó la consulta a las bases

“Creo que es difícil explicar que lo que los socialistas han hecho en diez capitales de provincia, diez diputaciones y en siete autonomías, que es gobernar con Podemos, con sus confluencias y con partidos nacionalistas, no lo haga en el gobierno de la nación. No entiendo qué dificultad tiene ahora Pedro Sánchez en pactar con Podemos".

Como sin duda el lector conoce, el autor del entrecomillado del párrafo anterior es el mismísimo Pablo Casado Blanco, líder del Partido Popular, cuyo comedimiento durante los últimos días confieso que me tiene bastante intrigado. No sólo empuja sin disimulo a un gobierno de coalición de los socialistas con Podemos, sino que lo hace sin proferir insulto alguno ni adornarse con invectivas sobre Venezuela, Irán, ETA y demás muletillas a las que tan habituados nos ha tenido durante tanto tiempo. ¿Qué estará tramando?

En Ciudadanos, tras la resaca del pollo de Arrimadas en el Orgullo y la gastroenteritis de Alberto Carlos, la semana se les ha ido sin apenas entrar en harina en lo que concierne al sinvivir de Sánchez. Esos dos asuntos les han venido de perlas para dejar pasar los días a ver por dónde van los vientos.

Tras las calabazas de la derecha a su petición de abstenerse en la investidura, al presidente en funciones se le agotan los cartuchos para evitar lo que de verdad le provoca auténtico pánico: verse obligado a conformar un gobierno de coalición. En Podemos han decidido conocer la opinión de las bases, y si estas respaldan la opción, acabará produciéndose un curioso fenómeno. Todos, hasta Pablo Casado, de acuerdo en que se deje de milongas y tire para delante de una vez. Todos menos Sánchez, que se resiste como gato panza arriba a remangarse antes de que le pille el toro y alumbrar por fin el primer gobierno bicolor de la nación tras el periodo histórico nacido en 1978.

Me desconcierta también el momento elegido por Teresa Rodríguez y Ramón Espinar para exponer al aire libre sus discrepancias con la manera de plantear la consulta a las bases de Podemos. Es verdad, probablemente hubiera que haber hablado de negarse a negociar para entrar en un gobierno con el PSOE, pero en ese caso, ¿por qué no propusieron consultar tal opción a las bases hace un par de meses, antes de que se iniciaran los contactos entre Iglesias y Sánchez?

¿Es el empleo de twitter la mejor manera de ayudar a que este país tenga alguna vez un gobierno que no sea monocolor del PP o del PSOE? “Insulto a la inteligencia”, escribe Rodríguez; “no tiene un pase”, remata Espinar. Y yo me pregunto ¿Es que no hay manera de lavar los trapos sucios en casa? ¿No resulta que se nació para cambiar las cosas, para modificar los usos y costumbres de los políticos de este país y preocuparse por mejorar la vida de la gente?

Más vueltas le doy, menos le veo la parte positiva a los barrenos de Rodríguez y Espinar ¿Por qué no dejan que los pollos los monten Arrimadas y compañía y ahora que hay una oportunidad histórica, arriman el hombro para, en la medida de lo posible, evitar que acaben gobernando los de siempre una vez más?

Miedo me da como finalmente sea imposible el acuerdo y vuelvan a convocarse elecciones. La derecha con los cuchillos preparados y la izquierda con las facas ya llenas de sangre.

J.T.

domingo, 7 de julio de 2019

La política de "la puntita nada más"

La periodista alemana hizo la pregunta más sencilla y todo el mundo puso cara de asombro: “Si ustedes son un gobierno que se autoreclama como progresista, ¿por qué no puede ser el primer gobierno que realmente hace un gobierno de coalición? En Alemania es lo normal. Se hace un contrato y se sigue este contrato”.

Tuvo que preguntarlo una periodista alemana, porque aquí estamos tan abducidos por la inercia del farragoso día a día en que vivimos, que acabamos perdiendo perspectiva hasta a la hora de intervenir en las ruedas de prensa con la ministra portavoz del gobierno. Quiero pensar que esa es la razón, porque cualquier otra explicación posible creo que me gustaría bastante menos. Como si se tratara de un remedo del cuento del traje invisible del emperador, nadie hasta ahora se había atrevido a preguntar lo obvio. Hasta que lo hizo la colega alemana, para quien seguro hay otro montón de cosas que no entiende de la situación política española, aunque la siga con una mínima regularidad.

¿Las entendemos nosotros? ¿Nos podemos creer algo de lo que nos cuentan? Por ejemplo, el paripé de Murcia. ¿Alguien se cree que la ultraderecha no va a acabar dándole el gobierno a PP y Ciudadanos, sus familiares políticos? O en la Comunidad de Madrid, ¿hasta dónde va a aguantar Ciudadanos con su pose antes de tragar con lo que imponga la ultraderecha y hacer presidenta a la inefable Díaz Ayuso?: “Yo no negocio con Vox”, claman en el desierto. Eso de “la puntita nada más” no se lo creen ni ellos. Lo malo es que la práctica de esos remilgos parece contagiosa y ahí tenemos al PSOE jugando a lo mismo en la Comunidad Foral de Navarra: que no negocian con Bildu, dicen, refrescando una demonización que ya suena añeja y hasta ridícula, si contamos con que la formación política de la que reniegan ha gobernado en las principales instituciones navarras durante los últimos años con absoluta normalidad.

Planea sobre toda esta impostura la sombra de los apoyos que Sánchez necesita para ser investido y resuena de nuevo la pregunta de la periodista alemana. ¿Cuál es el problema para pactar entre progresistas si se pueden conformar gobiernos de progreso? ¿Por qué no saca pecho el PSOE? ¿Qué secretos tan inconfesables ha conocido Sánchez durante el ejercicio del poder que lo han hecho tan timorato? ¿O venía así de fábrica? Porque lo de Catalunya suena a excusa; lo del miedo a los independentistas que le contó la otra noche a Pedro Piqueras no cuela. Que no quiere depender de las fuerzas nacionalistas, afirma. ¿Es mejor entonces depender de Ciudadanos, del mismo partido que pacta con los filonazis así lo nieguen una y mil veces? En la misma entrevista dijo Sánchez que “el mundo no gira en torno al asunto catalán”. Entonces, ¿a qué vienen tantos remilgos? Excusa, todo suena a excusa. Teatro, todo es puro teatro. La puntita nada más.

La verdadera razón del cortejo de Pedro Sánchez a las derechas para que lo invistan con su abstención, es posible que no la conozcamos. ¿Qué nos esconde? ¿Qué pasa por plantar cara como se merecen a quienes han propiciado gobiernos de retroceso en lugares clave como Andalucía o el Ayuntamiento de Madrid? Gobiernos como el de Moreno Bonilla o el de Martínez Almeida en los que, sin careta y sin vergüenza, van cargándose conquistas sociales y ciudadanas cada día que pasa, y no hay jornada en que alguno de sus miembros, sueltos de lengua como son, no deje alguna perla para la posteridad?

Cuando se practica la tolerancia con los intolerantes, lo sabe bien Pedro Sánchez, estos últimos acaban comiéndote en pepitoria. Los números dan, ¿verdad? La izquierda puede gobernar, ¿no? Pues a pactar se ha dicho, que lo demás son pamplinas, fuegos de artificio, excusas remilgonas, “la puntita nada más”.

Hoy más que nunca, PP, Ciudadanos y Vox han de tener claro que un gobierno de izquierdas responsable y solvente puede hacer frente a los problemas que el país tiene sobre la mesa. Que los puede afrontar, y resolver, mucho mejor de lo que lo harían ellos, sin duda alguna. Con más serenidad y eficacia, y lejos de esa crispación donde la derecha histérica ha decidido instalarse desde aquel día de junio del año pasado en que perdió el poder.

J.T.