lunes, 16 de marzo de 2026

Sobre el nuevo desorden mundial


Se empeñan en desordenarnos más de lo que ya estamos. ¿Qué quiere decir José María Aznar cuando proclama que el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial ha terminado? ¿Qué quiso decir Úrsula Von der Leyen cuando declaró que “Europa no puede seguir siendo el guardián del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido y no volverá", que "ya no podemos confiar en un sistema basado en reglas como la única manera de defender nuestros intereses" 


¿Qué llevó a la presidenta de la Comisión a retractarse al día siguiente afirmando que "La Unión Europea tiene un compromiso inquebrantable con la búsqueda de la paz, con los principios de la Carta de Naciones Unidas y con el Derecho Internacional”? Von der Leyen se desdijo, veremos en qué queda pero lo hizo, dejando así a Núñez Feijóo y a toda su guardia pretoriana, que habían secundado entusiasmados su primera declaración, literalmente con el culo al aire. 


Desde el pasado 28 de febrero esto es una locura pilotada por un Donald Trump que se pasa el derecho internacional por el forro y que además lo afirma sin rubor añadiendo que el único límite para él es su propia moralidad, su propia mente, no dice su propia conciencia porque está claro que no tiene ¿Derechos humanos, eso que es? “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”, reza el artículo tres de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (París, 1948); “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”, puede leerse en el artículo cinco. Papel mojado para Trump, no digamos para Benjamín Netanyahu. Así que es cierto, no hay reglas porque ellos se las saltan ante la impotencia de un mundo que mira y sufre el espectáculo sin que nadie sea capaz de imaginar cómo acabará esta ruina que tenemos encima. 


Europa hace el ridículo, China y Rusia miran y esperan mientras Trump irrumpe en Venezuela, reclama Groenlandia, amenaza a Cuba, incendia Oriente Medio y destroza el equilibrio comercial del mundo entero. Los augustos próceres que gobiernan países como Alemania, Francia o Canadá se limitan a diagnosticar. El canciller alemán Friedrich Merz afirmó en la Conferencia de Seguridad de Múnich, dos semanas antes del bombardeo de Teherán, que el orden mundial basado en normas "ya no existe" y que la "libertad ya no es algo que se pueda dar por sentado". El francés Emmanuel Macron, por su parte, ha asumido que vivimos en un mundo sin reglas donde impera la ley del más fuerte, que el derecho internacional está siendo “pisoteado” y que las instituciones creadas al finalizar la Segunda Guerra Mundial viven un proceso de desmantelamiento metódico.


Mark Carney, primer ministro canadiense, también ha dicho que “el viejo orden mundial está muerto" y que las potencias de tamaño medio deben unirse ante la nueva realidad geopolítica. Unirse, de acuerdo, pero unirse… ¿cómo? ¿Qué actuaciones, de todas las que se están llevando a cabo hasta ahora, transmiten confianza? ¿Mandar barcos a Chipre? ¿Protestar con la boca chica para que no se enfade el gran batracio naranja? Algún ingenuo todavía confía en que pertenecer a la OTAN ayuda a estar más tranquilos. Tranquilos… ¿comparado con qué? Todo es confusión y palos de ciego. Quienes, como el PP o Vox, apuestan por el seguidismo de la locura estadounidense-israelí están renunciando de hecho a la escasa autonomía que nos queda como país. Es una verdadera suerte no tenerlos en el  poder. El gobierno socialista, por su parte, se mueve entre la cal y la arena: no permite que las bases de Morón y Rota se usen como plataforma para acciones ofensivas en Oriente Medio pero tampoco deja de aprobar partidas presupuestarias destinadas a Defensa para “necesidades ineludibles”.


Quiero pensar, a pesar de todo, que no es verdad que el orden mundial haya muerto aunque así se proclame, que el derecho internacional e instituciones como la ONU, el FMI y el Banco Mundial (1944), junto con organismos especializados como la OMS, FAO o la UNESCO pueden continuar funcionando y siéndonos útiles. Tenemos derecho a exigir que las leyes se cumplan y a que la impunidad de los sátrapas, tengan la bandera que tengan, no triunfe ni les salga gratis. 


Estamos en el filo de la navaja, pero ¿hay esperanza? Quizá solo la que ofrece la coherencia. Hasta la primera ministra italiana Giorgia Meloni, ultra y “amiga” de Trump, ha dicho que los ataques de Israel y Estados Unidos a Irán están al margen de la ley. No solo ella, pero también ella. Por nuestra parte, la sociedad civil española gritando "No a la guerra" de nuevo nos recuerda que no todos hemos comprado el mensaje del engaño por mucho que Aznar y hasta Felipe, cómo no, insistan en ello. 


J.T.

domingo, 15 de marzo de 2026

40 años de traición: el chantaje de Felipe y la OTAN que nos sigue colonizando




El domingo 9 de marzo de 1986, tres días antes del referéndum que el gobierno socialista convocó para quedarnos en la OTAN, Felipe González apareció en televisión serio y solemne. Manuel Fraga había anunciado que su partido, Alianza Popular, se abstendría, y eso obligaba al PSOE a poner toda la carne en el asador. No le podían fallar a Ronald Reagan, el amo del chiringuito. Tampoco podía quedar mal con los países europeos que en junio de 1985, menos de un año antes, habían acogido a España en la que por entonces se llamaba Comunidad Económica Europea. Jacques Delors, François Mitterrand, Helmut Köhl, Bettino Craxi y Margaret Thatcher no estaban para bromas. Se cobrarían el favor sí o sí, así que Felipe, ya te espabilarás, tú sabrás cómo lo haces pero España se queda en la OTAN por lo civil o por lo militar.


Aunque González estaba entregado de pies y manos a la causa Atlántica (no creo que ningún lector lo dude a estas alturas) y había postergado casi cuatro años un referéndum que jamás quiso convocar, no tuvo más remedio que jugársela. Así que decidió tirar de carisma y de cara dura a la vez, y a través de la única televisión que por entonces existía en España lanzó el órdago, cara o cruz:


- Si gana el No, dijo, que piensen los ciudadanos quién va a gestionar esa política del no. O sea, que “ si no hay Casera, me voy”


Descarado chantaje de libro, más grave aún si se tiene en cuenta que buena parte de los votos de su abrumadora victoria del 28 de octubre los ganaron porque prometieron que convocarían un referéndum para sacarnos de la OTAN en la que nos había metido Leopoldo Calvo-Sotelo, con secretismo y alevosía, el 30 de mayo de 1982. Cuando Felipe González y Alfonso Guerra, parejita ideal por aquel entonces, llevaban ya cuatro meses gobernando, el vicepresidente ratificó esta idea en una entrevista televisiva que Victoria Prego le realizó el 11 de abril de 1983: “


- Hay que preguntar a los españoles si quieren salir de la OTAN o no, proclamó impávido un Guerra todo vestido de blanco.


Pues señoras y señores, donde dije digo, digo Diego: la consulta se dilató en el tiempo todo lo que técnicamente fue posible y cuando no quedaba apenas legislatura fijaron fecha y mandaron imprimir las papeletas para la votación. El texto no podía ser más retorcido y farragoso. Antes de la pregunta se incluía un preámbulo con las tres condiciones que el Gobierno consideraba debían regir la permanencia en la Alianza Atlántica. Decía así:


“El Gobierno considera conveniente, para los intereses nacionales, que España permanezca en la Alianza Atlántica, y acuerda que dicha permanencia se establezca en los siguientes términos:

1.º La participación de España en la Alianza Atlántica no incluirá su incorporación a la estructura militar integrada.

2.º Se mantendrá la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en territorio español.

3.º Se procederá a la reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España."


Y después de este rollo patatero (que nadie se creyó nunca, por cierto) venía la estudiada pregunta:


«¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica en los términos acordados por el Gobierno de la Nación?" 


El Sí significaba quedarse; el No, irse, pero como lo complicaron todo tanto y no las tenían todas consigo, pusieron en marcha su poderosa maquinaria propagandística para evitar el "susto". Aparte de llenar el país entero con letreros de vota SÍ en interés de España, por las cabinas de la tele, un entrañable periodista que había llegado a Torrespaña desde El País se paseaba, convertido ahora en comisario político, supervisando los montajes de las noticias que los informativos iban a emitir sobre el referéndum y suprimiendo toda imagen donde apareciera un soldado, un tanque o cualquier tipo de armamento militar.


En Euskadi, Navarra, Canarias y Catalunya no se dejaron engañar y ganó el NO. Cuando en Ferraz a medianoche empezaron a descorchar botellas de cava para celebrar el 56,85 por ciento de Síes que habían obtenido en el cómputo general del Estado con una participación del 59 por ciento (se abstuvo el 41 por ciento de la población con derecho a voto), yo me encontraba en la sala central tomando notas y preparando entrevistas para el reportaje que Informe Semanal emitiría ese sábado. Mientras conversaba con un grupo de miembros de UGT se acercó Alfonso Guerra y comenzó a repartir abrazos: 


- Quiero daros las gracias, compañeros, sin el trabajo que habéis hecho en el sindicato, este referéndum no lo habríamos podido ganar.


Cuarenta años han transcurrido y esto fue lo que pasó. De aquellos polvos, estos lodos. 


J.T.

sábado, 14 de marzo de 2026

Muere Habermas, el filósofo que consideró internet un fracaso como espacio de comunicación



Jürgen Habermas, que acaba de morir a los 96 años, era un filósofo que obligaba a pensar de otra manera lo que a primera vista podía parecer obvio. Durante décadas fue el último gran intelectual público de Europa, heredero de la Escuela de Francfort y autor de una vasta obra que incluye títulos monumentales como Teoría de la acción comunicativa (1981), El discurso de la modernidad (1985) o El Occidente escindido (2009). 


Pero quizá ninguno haya sido tan influyente ni tan incómodo como Historia y crítica de la opinión pública. Publicado en 1962, Habermas sostiene, y así se nos explicaba en las facultades una década más tarde, que la democracia no vive sólo en las instituciones, sino en el espacio donde los ciudadanos discuten sobre ellas. A ese espacio lo llamó esfera pública.


El filósofo alemán reconstruyó el momento en que esa “esfera” apareció en los cafés de la Europa moderna, en sus salones literarios, periódicos y asociaciones de todo tipo. O sea, en los sitios donde los ciudadanos se reunían en el siglo XIX para conversar y debatir. Habermas sostenía que esa esfera pública se degradó ya en el siglo XX, cuando la discusión racional empezó a ser sustituida por la propaganda, el marketing político y los grandes medios de masas. La ciudadanía dejó de debatir entre sí y empezó a conformarse con consumir mensajes.


En el siglo XXI, las redes sociales han multiplicado según Habermas el espacio de expresión, pero no necesariamente el de conversación. La esfera pública se ha fragmentado en millones de monólogos simultáneos que adulteran la democracia cuando la reducen al momento de la votación sin debate público. Pero las sociedades modernas, defendió siempre, solo pueden legitimarse si los ciudadanos se reconocen unos a otros como interlocutores. Si no es así, la democracia queda incompleta.


Leo la noticia de su muerte y pienso en el periodismo que hacemos hoy. En las redes, en los algoritmos, en las campañas que convierten la política en marketing. En cómo Twitter (o lo que quede de él) y TikTok han acelerado exactamente el proceso que Habermas describió. Es la “refeudalización” total, ya no hay salones ni cafés, ahora son timelines donde el poderoso paga para que su versión sea la que comparta todo el mundo. La opinión ya no es crítica y el que se sale del guion es sospechoso y molesta. En estos últimos años, Habermas tenía todavía la lucidez suficiente para denunciar que internet es un fracaso como espacio de comunicación porque cada cual oye lo que quiere, lo controlan unos pocos oligarcas y fomenta el enfrentamiento.  


Cada vez que un político mienta en prime time, cada vez que una red social silencie discrepancias, cada vez que una encuesta decida más que un debate, resonará la advertencia de Habermas: la opinión pública es un campo de batalla, y si no la reconquistamos para la razón, la democracia se nos irá por el desagüe de la manipulación.


J.T.

Miguel Ángel Rodríguez, esclavo de su carácter


MAR (Miguel Ángel Rodríguez Bajón, Valladolid, 1964) es el típico chico listo que un buen día en su vida decidió poner su talento al servicio del mal. Hay quien me asegura que es buen tío y la verdad es que a mí, que lo conocí cuando lo invitamos a comer en la Peña Primera Plana recién llegado él a Madrid, reconozco que no me transmitió malas vibraciones. Un chico de Valladolid, nuevo en la capital, avispado, ocurrente y ambicioso. Como tantos. Pronto se metió de lleno en una rueda de intrigas y conspiraciones donde su vanidad quedó sobrehalagada y ya no ha sabido, o no ha querido, salir nunca de esa noria infecta.


José María Aznar, más listo que él y más malvado también, decidió ficharlo en Valladolid cuando era presidente de Castilla y León para que MAR dejara de meterle caña en los periódicos de la provincia. Cuando los dos se marcharon a Madrid tuvo la fortuna, como Ónega en su día, de dar con la frase adecuada en el momento exacto. El "¡Váyase, señor González"!, cuyos derechos de autor le pertenecen por completo, lo catapultaron a él y a su jefe hasta las dependencias del palacio de la Moncloa. No tardó en detentar maneras mafiosas, que le pregunten si no al malogrado Antonio Asensio cuando este se vio obligado a venderle Antena Tres a Telefónica si no quería dar con sus huesos en la cárcel.


Como portavoz del primer gobierno del PP, Rodríguez lo regaba todo con sonrisas, guiños cómplices, gin-tonics y ocurrencias varias hasta que Aznar decidió prescindir de él cuando ya no le fue útil. Atravesó el desierto entre celebraciones mejores y peores, hasta que un buen día, al salir de una de ellas, su coche tropezó con tres vehículos estacionados. La prueba de alcoholemia dio 1,02 g/l y al bueno de Miguel Ángel, tras pasar la noche en el calabozo y ser juzgado, le retiraron el carné de conducir.


Resucitó cuando Díaz Ayuso fue elevada a los altares por Esperanza Aguirre y su partido político del alma decidió volver a contar con él. Barra libre de nuevo, esta vez como mentor de alguien claramente inferior en capacidades. Y en esas estamos. Esclavo de nuevo de su majestad la vanidad, helo ahora en la Comunidad de Madrid haciendo y deshaciendo a su antojo con jueces a su merced, periodistas entregados a la causa, televisión autonómica, radios y teles privadas a su servicio, enturbiando la vida política como ni en sus mejores sueños húmedos pudo nunca imaginar.


La marioneta que tiene a su disposición y los juguetes mediáticos con los que se divierte le están amenazando, a pesar de su probada capacidad, con rebasar su nivel de competencia. Estos días ya le han dado el primer toque en los juzgados por difundir material policial sobre dos periodistas. Su rendido amor a las filtraciones puede volver a acabar con él. Solo MAR y Aznar saben la verdadera razón por la que su amado líder prescindió de sus servicios un buen día. Debía haber aprendido, pero parece que hay cosas que le superan, al pobre. Escapamos de muchas trampas en la vida pero, como en la fábula de la rana y el escorpión, nadie escapa a su propio carácter.  


J.T.

jueves, 12 de marzo de 2026

El obituario como maquillaje: Del Pozo, Ónega y el olvido de Morán

Con la muerte de Raúl del Pozo a los 89 años en Madrid este pasado martes, los medios han montado un festival de coronas. “Último bucardo del periodismo”, “maestro de cronistas”, “biografía extraordinaria”. El Mundo le dedica portadas y obituarios líricos; ABC lo llama “tahúr de las letras”; hasta El País lo considera un referente. Una semana antes había ocurrido lo mismo con Fernando Ónega, otro cronista de la transición elevado a los altares estos días. En cambio el fallecimiento de Gregorio Morán en Barcelona hace menos de tres semanas, pasó casi de puntillas. Apenas unas cuantas reseñas dignas, pero nada que ver con el bombo otorgado a sus colegas en directos televisivos desde sus capillas ardientes a las que acudía lo más granado y florido regalando conmovedores canutazos a la entrada o a la salida. 

Raúl del Pozo Page nació el 25 de diciembre de 1936 en La Torre, junto a Mariana (Cuenca). Empezó en 1960 en el Diario de Cuenca y se forjó en el diario Pueblo, bajo el ala falangista de Emilio Romero, que lo protegió pese a que el joven redactor llevaba en el bolsillo el carnet del PCE ilegal. Escribió también en Mundo Obrero con el seudónimo de Raúl Júcar. Él mismo lo despachaba con sorna: “Fui comunista cinco minutos”. Pero aquellos minutos existieron. Luego vino la transición: corresponsal en Moscú, Londres, Lisboa, Buenos Aires; Interviú; Diario 16; fundador de El Independiente con Pablo Sebastián… En 1991 aterrizó en El Mundo de Pedro J. Ramírez y heredó en 2007 la columna El ruido de la calle de Francisco Umbral. Novelas como Noche de tahúres, La diosa del pubis azul (con Espido Freire), biografías de Massiel o Bernabéu. Estilo afilado, bohemio, amante del whisky y el juego. Viudo de la entrañable Natalia Ferraccioli, compañera mía en los tiempos del Grupo Zeta en la madrileña calle Potosí, que falleció en 2018.  Raúl se consideraba amigo del rey Juan Carlos, al que llamaba “ese golfo” y “el referente de la democracia”. Todo eso es cierto. Pero no es toda la verdad.


En agosto de 1993, Del Pozo fue uno de los padres del llamado “Sindicato del Crimen”. En Marbella se reunieron él, Pedro J. Ramírez, Luis María Anson, Antonio Herrero, Martín Ferrand, Jiménez Losantos y otros para crear la Asociación de Escritores y Periodistas Independientes (AEPI). Objetivo declarado: desalojar “como fuera” a Felipe González del poder. Era un lobby mediático contra el felipismo, que se disolvió discretamente cuando Aznar llegó. Del Pozo nunca lo negó. Al contrario: pasó del PCE clandestino a la cruzada de El Mundo. “Toda mi vida comunista para acabar siendo de derechas y del Real Madrid”, bromeaba. 


Frente a eso, Gregorio Morán. Oviedo 1947, exiliado en París en 1968 por su militancia en el PCE, que abandonó en 1976. Fue corresponsal, director de La Gaceta del Norte, columnista en La Vanguardia con sus imprescindibles  Sabatinas intempestivas durante veintisiete años hasta que lo echaron en 2017 por criticar el procés, como recordábamos el otro día en este mismo blog. Además de sus artículos, su legado son libros como Adolfo Suárez: historia de una ambición (1979), Miseria y grandeza del Partido Comunista de España (1986, reeditado como Miseria, grandeza y agonía), El precio de la transición (1991) o El cura y los mandarines y La decadencia de Cataluña contada por un charnego. Diseccionó la transición como nadie: sus padres “absolutamente impresentables”, la mentira pactada, la agonía del PCE, el precio pagado en olvido y cinismo. Morán no viró a la derecha; se quedó incómodo, crítico con todos los poderes, incluido el catalán que lo censuró. Su producción es infinitamente más valiosa que la suma de columnas y novelas de Del Pozo y Ónega juntos. Pero tocó demasiado las narices.


La transición que Gregorio Morán radiografió ha cristalizado exactamente como él se temía, un relato de vencedores donde los homenajes dependen de quién controla los micrófonos y las contraportadas. Los que empezaron en el PCE y acabaron en el establishment mediático de derechas reciben púlpitos eternos. Los que diseccionaron la impostura, silencio. Del Pozo y Ónega, cronistas del poder con sus peculiares estilos; Morán, el azote de los mitos. Así se escribe la historia en este país, produce rubor comprobar cómo, año tras año, los obituarios premian la lealtad al relato oficial y castigan la memoria incómoda. Morán lo vio venir hace décadas, cuando escribió que "la transición acabaría produciendo una cultura política basada en el consenso cómodo y la memoria selectiva". A juzgar por lo visto, leído y oido estos días, no se equivocó demasiado.


J.T.

Àngels Barceló en Tel Aviv o cuando ir pa ná es tontería



La esencia del periodismo es ir allá donde suceden las cosas, ver lo que pasa, escuchar, hablar con la gente y contarlo. Ser testigo de lo que ocurre es lo que dota de sentido el oficio periodístico. Testigos “privilegiados”, pequeño matiz que no podemos olvidar, porque viajamos y contamos para quien nos lee, quien nos oye, quien nos ve. El nervio de un buen profesional se demuestra así y Ángels Barceló lo ha hecho muchas veces, yendo por ejemplo a Ucrania, a Valencia y recientemente a Grazalema. Contar lo que pasa en Oriente Medio desde allí en estos momentos es algo que, en principio, también es una buena iniciativa profesional. La cuestión, en este caso, es qué lugar eliges para hacerlo y a quién le pones el micrófono para que hable.


Elegir Israel ahora es optar por el lugar del agresor y contar con sus parabienes para hacerlo. Eso, en momentos como este, tiene un precio que dificulta emitir un programa en directo sin convertirte en portavoz de quien te proporciona las facilidades. No es exactamente periodismo de guerra, es crónica desde la óptica del agresor por mucho que intentes evitarlo. 


La tormenta desatada en redes a propósito de esta iniciativa ha sido furibunda. Mientras algunos consideran que informar desde el terreno tiene un mérito indiscutible, otros interpretan la iniciativa como una forma de normalizar o “blanquear” la narrativa del Estado de Israel. Abundan especialmente las acusaciones de blanqueo, las que argumentan que al emitir desde Tel Aviv, Barceló ha normalizado la ocupación israelí y humanizado solo un lado del conflicto, justo el del que lo inició. Invitar a según que analistas acaba para algunos con la imparcialidad porque eso es legitimar al agresor. Otras voces han argumentado que el desplazamiento de la directora de “Hoy por hoy” a Israel no blanquea el sionismo, sino que lo que hace es mostrar el sufrimiento de ciudadanos israelíes atrapados por políticas sionistas extremas. 


Otro enfoque es el que se ha realizado desde perspectivas pro-israelíes como ACOM, una organización española que promueve la relación entre España e Israel y lucha contra el antisemitismo: la han atacado por “demonizar” Israel y la han llamado miserable por hablar de apartheid y genocidio al tiempo que se beneficia de su “democracia” para informar libremente. La Cadena SER, por su parte, ha presentado el especial como una cobertura "de primera mano" del conflicto en Oriente Próximo enfatizando el ruido de misiles interceptados y el ambiente de normalidad forzada en Tel Aviv. Barceló relató en directo cómo ella y su equipo tuvieron que refugiarse tras sonar alarmas antiaéreas, explicando que se escuchaban “los misiles interceptados” tras un ataque iraní. 


El objetivo declarado de la emisora era ofrecer análisis y testimonios desde el terreno en medio de la escalada bélica, pero si eso no se hace equilibrando las miradas dejamos cojo el sentido de nuestro trabajo. En este caso, eso estaba difícil. Sin olvidar que el ecosistema mediático hegemónico tiende estructuralmente a reproducir la agenda de las potencias y de sus aliados. Desde un punto de vista estrictamente periodístico, un profesional debería evitar entrar en ese juego. Está muy bien ir, faltaría más pero, como decían aquellos, “ir pa ná es tontería”. A menos que el objetivo fuera ir para lo que se fue.


J.T.

martes, 10 de marzo de 2026

El “presunto” noviazgo entre Prisa y Atresmedia



El sábado pasado Fernando Varela, en un artículo de infoLibre que debería haber hecho saltar todas las alarmas pero que pasó casi desapercibido, destapó el acercamiento entre Prisa y Atresmedia. Diario Red se ha hecho eco en un editorial, pero poca cosa más. De tener lugar, se trataría de un pacto entre titanes mediáticos que no promete nada bueno para la innegociable pluralidad que los medios necesitan para ser respetados y para la imprescindible independencia que dota de sentido al oficio periodístico.


Consta que Joseph Oughourlian, el amo de Amber Capital que maneja Prisa (y de paso una buena tajada en Indra, empresa armamentística), y Mauricio Casals, el eterno fontanero de la familia Lara en Atresmedia, se han reunido alguna que otra vez en reservados exclusivos de Madrid. Prisa tiene El País y la SER (progresismo de salón), Atresmedia controla La Razón (derecha sin complejos), Onda Cero (centro-derecha), Antena 3 y La Sexta. Juntos cubren casi todo el espectro ideológico español, una opción "progre" y otra de derechas en periódicos, radios y televisiones, lo que se traduce en una potencia de fuego brutal. Tectónica, como dice el texto original. Por la escasa repercusión que este movimiento ha tenido hasta ahora, pareciera que nadie es consciente de la dimensión de la amenaza.


Esta alianza, de producirse, es política pura y dura. Los grandes medios privados nunca han sido un buen negocio –Prisa arrastra una deuda criminal desde la infausta opa a Sogecable tras la muerte de Polanco–, pero son armas formidables para moldear la opinión pública, condicionar elecciones y proteger a las élites. En manos de millonarios (los Lara vía Planeta, Oughourlian vía Amber), un manojo de plutócratas decidiría un sustancioso porcentaje de lo que se lee, se oye y se ve en España. 


El caso más sangrante es el de La Sexta. Como recuerda Diario Red en su editorial de este 10 de marzo Antonio García Ferreras, con la complicidad de Casals, difundió bulos sabiendo que lo eran. Tenían claro que eran mentira, pero los difundieron a días de elecciones para dinamitar a Podemos. Aquello abrió una vía de agua enorme en La Sexta que se tradujo en una caída de audiencias en picado entre los progresistas y la credibilidad por los suelos. Tras un tiempo largo buscando soluciones, han decidido fichar a Aimar Bretos (con permiso tácito de Prisa, según Varela) y a Marc Giró para que no sea solo Wyoming el que tape el boquete en un intento desesperado de recuperar al público de izquierdas que Ferreras espantó. 


Con el tablero derechizado y Pedro Sánchez sin el "pararrayos morado" que le protegía, el objetivo es ahora el presidente del Gobierno. La profesión periodística debería estar avergonzada. El periodismo independiente se encuentra en clara minoría en un gremio precario, sectario y cada vez más corporativista donde la mayoría parece preferir el silencio cómplice. 


J.T.

lunes, 9 de marzo de 2026

La crueldad de Albiol y el silencio cómplice de la prensa



Xavier García Albiol, el alcalde del PP que huele a Vox, ha convertido Badalona en un matadero social. El pasado diciembre, a una semana de Nochebuena, desalojó el antiguo instituto B9, dejando a más de 400 migrantes en la calle, la mayoría subsaharianos, sin alternativa alguna. La ONU lo calificó de "grave violación" de los derechos humanos y la Fiscalía lo investiga por posible delito de odio y prevaricación. Pero Albiol siguió adelante: desmontó tiendas de campaña bajo la carretera C-31, fomentó el odio vecinal con discursos estigmatizantes y alentó el racismo institucional. Desde el cierre del único albergue municipal, Can Bofí Vell en 2024, cuatro personas sin techo han muerto en las calles de Badalona en lo que va de 2026. Cuatro vidas apagadas por el frío, la miseria y la crueldad deliberada de un alcalde cuya indiscutible xenofobia quedó más que patente cuando en una de sus antiguas campañas electorales apostó por el lema “Limpiando Badalona” para que no quedaran dudas (por cierto que en aquellos momentos su asesor era el ínclito Iván Redondo).


Albiol, erre que erre, criminaliza la pobreza migrante para blanquear su racismo. Habla de "mafias", "tuberculosis" y "delincuencia" mientras ignora que muchas de esas personas a las que vitupera sin rubor sobreviven como pueden , y parece claro que hay casos en los que ni pueden. El partido político al que pertenece adopta las banderas de la ultraderecha –expulsiones masivas, visados restrictivos– y la prensa conservadora lo trata con guantes de seda. ABC y La Razón lo pintan como "mano dura" contra "okupas ilegales", minimizando las muertes como "rechazo de ayudas" o accidentes inevitables. El Mundo publica sus victimismos sin confrontarlos con la realidad, desahucios masivos que los presentan disfrazados de orden público.


Al PP se le perdona todo aquello que, si lo hiciera el independentismo o a la izquierda supondría un enconado linchamiento mediático. No toda la prensa se arrodilla. eldiario.es o el diario Público, por ejemplo, denuncian el racismo institucional, dan voz a los afectados –como Mamadou Seydi o colectivos subsaharianos– y exigen regularizaciones e integración. El Plural critica la estigmatización directa, El País, quién lo ha visto y quién lo ve, se pone de perfil hablando de  la deshumanización y la retórica de Albiol como ensayo de lo que viene. Muy pocos medios amplifican las injusticias y reclaman la reducción de la burocracia, el fin de la criminalización y políticas de vivienda eficaces. La mayoría, como es el caso de Antena 3 o La Sexta, se quedan en debates superficiales o mantienen silencios cómplices.


¿Y la sociedad civil? Pues unas veces mejor que otras, la verdad. CCOO cedió su sede como centro logístico tras el desalojo del B9, alimentos, ropa, coordinación solidaria. Entidades como Creu Roja, Cáritas, Sant Joan de Déu y Llegat Roca i Pi buscaron soluciones para decenas de desalojados. Badalona Acull y Justícia i Pau claman por un albergue y comedor social: "No esperemos al quinto muerto", es su grito de guerra. SOS Racisme denuncia el racismo institucional; sindicatos como UGT exigen (sin exagerar) inserción laboral sin trabas. Vecinos y parroquias habilitan espacios, presionan al Govern y al Ayuntamiento. La oposición –PSC, ERC, Comuns, Guanyem– fuerza plenos extraordinarios para exigir la reapertura de Can Bofí Vell...


La inmigración es la fuerza laboral que limpia nuestras calles mientras Albiol las ensucia con odio. Criminalizarla es el verdadero delito, porque mata por omisión. Albiol y su PP-Vox confunden gestionar con ejecutar. La prensa mima al verdugo y quienes constatamos tamaña felonía no acabamos de plantar cara con la contundencia que habría que hacerlo. La Badalona de Albiol es a día de hoy el modelo de la España fría y fascista que nos espera si no nos ponemos a la faena de una puñetera vez. 


J.T.

¿Quién es Mojtaba Jamenei, el nuevo líder supremo iraní?


"El ayatollah Mojtaba Jamenei de 56 años, hijo del difunto Ali Jamenei, ha sido elegido este domingo nuevo líder supremo de la República Islámica de Irán, de acuerdo con las autoridades iraníes. El anuncio se ha producido en la plaza Vanak de Teherán, según recoge la televisión pública iraní, IRIB, una decisión tomada por la denominada Asamblea de Expertos. "Por decisión de la Asamblea de Expertos de Irán, Mojtaba Jamenei, será el tercer líder supremo", puede leerse en el comunicado de la agencia Fars.


Mojtaba Jamenei sucederá a su padre como máximo responsable político de Irán después de la muerte de éste el pasado 28 de febrero en los bombardeos de Estados Unidos e Israel. Acumuló poder bajo el mandato de su padre como figura destacada cercana a las fuerzas de seguridad y al vasto imperio empresarial que estas controlan. Se ha opuesto a los reformistas que buscan colaborar con Occidente en su intento de frenar el programa nuclear de Irán.


Sus estrechos vínculos con el Cuerpo de ⁠la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), le dan una mayor influencia en el aparato político y de seguridad de Irán. Cuenta con un fuerte apoyo dentro del IRGC, en particular entre las generaciones más jóvenes y radicales" según Kasra Aarabi, responsable de investigación del IRGC en United Against Nuclear Iran, una organización política con sede en Estados Unidos. El flamante líder supremo tiene la última palabra en asuntos de Estado, incluida la política exterior y el programa nuclear iraní. Mojtaba podría enfrentarse a la oposición de los iraníes, que han demostrado estar dispuestos a organizar protestas masivas para presionar en favor de mayores libertades, a pesar de la sangrienta represión de las autoridades.


Nació en 1969 en la ciudad santa chiíta de Mashhad. De joven, sirvió en la guerra entre Irán e Irak. Estudió con conservadores religiosos en el seminario de Qom, centro de enseñanza teológica chiíta de Irán, y tiene el rango clerical de Hojjatoleslam. Nunca ha ocupado un cargo oficial en el gobierno de la República Islámica. Ha aparecido en mítines leales al régimen, pero rara vez ha hablado en público. Su papel ha sido durante mucho tiempo motivo de controversia en Irán, donde los críticos rechazan cualquier atisbo de política dinástica en un país que derrocó a un monarca respaldado por Estados Unidos en 1979.


Mojtaba fue objeto de críticas por parte de los manifestantes durante los disturbios por la muerte de una joven bajo custodia policial en 2022, tras ser detenida por supuestamente infringir las estrictas normas de vestimenta de la República Islámica. Se parece mucho a su padre y lleva el turbante negro de un sayyed, lo que indica que su familia desciende del profeta Mahoma. Los críticos han dicho que carece de las credenciales clericales para ser líder supremo.


Sin embargo, ha seguido en carrera, sobre todo después de que otro candidato destacado para el cargo, el ex presidente Ebrahim Raisi, falleciera en un accidente de helicóptero en 2024. Un documento diplomático estadounidense de 2007 y publicado por WikiLeaks citaba a tres fuentes iraníes ⁠que describían a Mojtaba como una vía para llegar a Jamenei. Se creía que Mojtaba estaba detrás del repentino ascenso del radical, Mahmoud Ahmadinejad, que fue elegido presidente en 2005. Mojtaba apoyó a Ahmadineyad en 2009, cuando este ganó un segundo mandato en unas controvertidas elecciones que dieron lugar a protestas antigubernamentales que fueron reprimidas violentamente.  


La esposa de Mojtaba, que murió en los ataques aéreos del sábado pasado, era hija de un destacado partidario de la línea dura, el ex presidente del Parlamento, Gholamali Haddadadel."


(recopilación urgente de agencias y diarios)