martes, 23 de febrero de 2021

Artículo de Cebrián… ¡cuerpo a tierra!

No lo puedo evitar, pero cada vez que Cebrián publica un artículo de opinión a toda página en su periódico del alma, página impar, por supuesto, me da por pensar que algo gordo está pasando. De primeras intento no leerlo, porque aquello sobre lo que pontifica suele ser bastante predecible, sobre todo si has escuchado sus tertulias o leído sus editoriales de los días anteriores. Sabes que viene a rematar la faena para que quede constancia en las hemerotecas de la línea de pensamiento de la casa. Sabes que no va a decir nada que no haya sido hecho público ya en alguno de sus negociados. Que no lo va a decir mejor, porque escribe confuso, puede que a propósito, como aquel columnista que daba a leer el artículo a su empleada doméstica antes de publicarlo y, si esta lo entendía, acto seguido lo “oscurecía” para no ser tachado de vulgar. Sabes, además, que te vas a cabrear leyéndolo pero acabas cayendo en la trampa, lo lees y entonces certificas tus sospechas.

En el artículo de este lunes, Juan Luis Cebrián se ha cubierto de gloria comparando los tuits de Trump con los de Echenique, Rufián, Otegi o Abascal. Él sabe mejor que nadie que mezclar nombres así, al presunto tuntún, es artero pero lo hace. Meter a fascistas y a demócratas en el mismo saco es vejatorio, pero lo hace. Señalar que a Trump le quitaron la cuenta y a Echenique no, es grave, pero lo hace. Echando mano, además, de un recurso estilístico lleno de trampas: “Me pregunto -escribe textualmente- si quienes han aplaudido y justificado la expulsión de Trump de Twitter y Facebook jalearían idéntica medida aplicada a Echenique, Otegi, Rufián, Abascal o cualquier otro”. ¿Se puede ser más retorcido? Ni los tuits de Rufián ni los de Echenique han instigado a nada y lo sabe. Y si habla de oídas sin haberse molestado en leerlos detenidamente, peor.

¿Cómo es posible que quien capitaneó un buen periódico durante años incurra ahora en reflexiones que recuerdan usos y costumbres de los enemigos de la democracia? Por mucho que se repita una mentira, él sabe mejor que nadie que no se puede consentir que esta acabe convirtiéndose en verdad. Me niego a pensar que ha pasado a formar parte de quienes repiten consignas sin pudor porque cuentan con que, la mayoría de quienes las leen o escuchan, no se molestan en verificarlas. Como atribuir al vicepresidente del Gobierno la intención de establecer controles sobre la prensa cuando, de lo que este dijo en sede parlamentaria, únicamente se puede extraer esa conclusión si se conocen solo frases sacadas de contexto o se actúa de mala fe.

No me puedo creer que alguien como Cebrián, con lo que él ha sido, se haga eco de un total sin molestarse en escuchar la comparecencia completa. Y mucho menos me puedo creer que recurra al victimismo mezclando churras con merinas: “Debe ser -dice también textualmente en su artículo- que los comentarios de los tertulianos son un peligro para la democracia mayor que los ripios de cualquier psicópata egocéntrico”. Y añade para terminar de aliñar la ensalada: “Y hasta en eso puedo estar de acuerdo, pero legislar sobre derechos fundamentales exige más reflexión y menos cainismo ideológico que el que viene mostrando el banco azul” Ahí queda, mezclado todo, confuso y embotado para que, quienes no se tomen a molestia de leerlo con cuidado, no descubran la trampa.

En ningún momento se cuestionó en el congreso el derecho de los tertulianos a expresar libremente sus ideas, lo que se dijo fue que “los poderes mediáticos deciden las agendas, los temas de los que se habla y los que no, las voces y opiniones que se pueden escuchar; que en lugar de actuar como contrapoderes, lo hacen como brazos mediáticos de los poderes económicos” ¿Y acaso no es cierto? Cebrián sabe mejor que nadie que el abanico de la pluralidad, como reclama Pablo Iglesias, es necesario que se abra mucho más de lo que lo está en estos momentos. Que falta equilibrio en las voces de quienes analizan a diario la actualidad en los medios, que hay monstruosidades que obtienen una gran repercusión y reflexiones imprescindibles que no llegan, ni por asomo, al común de la ciudadanía.

Cebrián sabe mejor que nadie el nivel de beligerancia del que es víctima el Gobierno de coalición, sabe mejor que nadie la cantidad de acusaciones sobre Unidas Podemos que han abierto telediarios y primeras páginas de periódico y que, cuando los juzgados las han ido desestimando, no se ha enterado nadie. Cebrián sabe mejor que nadie el poder de la lluvia fina, de la gota malaya, al que su periódico lleva contribuyendo desde hace siete años. Fue su periódico el que llamó insensato sin escrúpulos a Pedro Sánchez y desleal a Iglesias. En el artículo de este lunes habla del “pasmo” del presidente del Gobierno (o sea, que le llama “pasmao”) porque a su juicio ha tardado demasiado en “expresar su opinión sobre los desórdenes públicos, “parapetado” como sigue en la Moncloa frente al desconcierto y la angustia…” Ahí queda eso.

Es muy fuerte, alguna vez me lo he preguntado pero no tengo más remedio que repetirlo: ¿por qué están envejeciendo todos tan mal? ¿qué demonios pasa aquí? ¿qué necesitan salvaguardar? ¿a qué le tienen tanto miedo? ¿por qué no dejan trabajar en paz a las nuevas generaciones?¿a qué viene tanta conspiración? ¿dónde está el truco, qué es lo que aún permanece escondido, desconocemos y no quieren que se destape? Bonito día, el del 40º aniversario de aquel 23 de febrero, para preguntárnoslo.

J.T.

domingo, 21 de febrero de 2021

El papel del poder mediático en la democracia


Es bueno que según qué cosas queden reflejadas para siempre en el diario de sesiones del Congreso de los Diputados. Y si esas cosas tienen que ver con la esmirriada salud democrática del panorama mediático en nuestro país, resulta además higiénico que se denuncie en sede parlamentaria. Lo insólito es que tratar este tema desde la tribuna de oradores, como el miércoles hizo Pablo Iglesias, sea algo excepcional, por no decir inédito.

Cuando el PSOE lo defenestró, allá por 2016, Pedro Sánchez se lo dijo a Jordi Évole bien clarito: El Grupo Prisa lo amenazó para que no pactara con Podemos. En uno de sus furibundos editoriales contra él, El País llegó a llamarlo “insensato sin escrúpulos”, como el otro día  tachó de “desleal” a Iglesias por advertir en público del déficit de normalidad democrática que sufrimos en España. Hablo de El País porque para algunos aún conserva cierta fama de ser el menos descerebrado de los medios madrileños escritos, hablados y televisados que a diario bombardean para encanallar el ambiente. La diana, desde hace siete años, suele ser mayoritariamente Podemos, pero también lo es el PSOE, y el Gobierno de Coalición, y Bildu, Esquerra y demás partidos independentistas y nacionalistas vascos y catalanes…

Hay una óptica madrileña en la manera de enfocar la información política española cuya orientación obedece a los intereses de grandes bancos, fondos de inversión y empresas de postín porque son ellos los propietarios de los medios. No existe un contrapeso para esos mensajes, no existe la posibilidad de equilibrar la balanza en la oferta informativa para que el espectador, lector o radioyente tenga acceso a distintas versiones y pueda sacar sus propias conclusiones. No existe porque no hay ningún medio con el suficiente eco que no esté en sus manos.

Eso es lo que, a mi entender, puso de manifiesto Iglesias este miércoles en el Congreso para vergüenza de quienes amamos la profesión periodística y estamos hartos de denunciar un desequilibrio que, al menos a corto plazo, no hay manera de solventar. Como cuesta mucho trabajo avanzar, la denuncia en sede parlamentaria del líder de Podemos puede ser un buen comienzo.

Algo hay que hacer para que esto cambie; para que, por lo menos vuelva a estar como estaba hace cuarenta años, cuando empresarios como Antonio Asensio o Juan Tomás de Salas presidían empresas donde quienes trabajábamos no recibíamos presiones para hacer nuestro trabajo. Luego todo se fue torciendo. Zeta y el Grupo 16 dejaron de ser lo que fueron hasta diluirse, sus dueños murieron y Prisa, cuando Polanco falleció, fue pasando a manos cataríes, mejicanas, gestoras de fondos de inversión, bancos y Telefónica. La flor y nata, vamos. El duopolio audiovisual Mediaset y Atresmedia vive solo para hacer genuflexiones diarias a los tejemanejes de sus propietarios y las televisiones públicas son una bazofia en manos de trepas serviles entregados de pies y manos a las instrucciones de los mandatarios de turno.

Así, cuando aparece un político que denuncia todo esto en el atril del Congreso de los Diputados, lo describe de manera enérgica y contundente, y se le ocurre sugerir que algo habrá que hacer para que las cosas mejoren, toda la jauría de bienmandados se rasga las vestiduras y se le echa encima tachándolo de estalinista, controlador y enemigo de la libertad de expresión.

Como sigamos por este camino nos vamos a volver todos locos. ¿Acaso no es evidente que los periodistas reciben hoy en día en cualquier redacción muchas más presiones de las tolerables? ¿Acaso no es evidente que apenas hay manera de hacer periodismo decente? ¿Acaso el camino es continuar soportando infames primeras páginas torticeras, manipuladoras, purulentos contenedores de fake news a granel?

¿Acaso no es cierto que los poderes mediáticos deciden las agendas, los temas de los que se habla y los que no, las voces y opiniones que se pueden escuchar? ¿Alguien puede discutir que no hay libre competencia en los medios cuando Atresmedia y Mediaset copan el 80 por ciento de la audiencia televisiva y el 83 por ciento del mercado publicitario? ¿Alguien puede discutir que los medios en España, en lugar de actuar como contrapoderes, lo hacen como brazos mediáticos de los poderes económicos? Eso fue lo que denunció Iglesias en el Congreso: se limitó a ponernos el espejo para que viéramos reflejadas nuestras vergüenzas.

El panorama de los medios en España, evidencia incontestable de la carencia de calidad democrática, pide a gritos que quien publica mentiras pague por ello y que los espectadores, los lectores, los radioyentes puedan contar con medios que le permitan conocer la otra cara de la luna para así poder tener opinión propia. ¿Eso es controlar, eso es interferir? Yo creo que no, que eso es un derecho del que carecemos y los derechos se arrancan porque nadie los regala. Así que si un político se remanga, lo denuncia y lo plantea en sede parlamentaria, quienes luchamos por la pluralidad y la libertad de expresión deberíamos valorarlo. Como refleja la Constitución, “la información es un derecho de la ciudadanía", no un privilegio de millonarios.

La ausencia de pluralidad en los medios de comunicación españoles es uno de los factores que caracteriza al déficit democrático que sufre nuestro país. Algo hay que hacer para que esto mejore; sería la única manera de que, a quienes todavía creemos que es posible practicar un periodismo decente, empezara a dejársenos de caer la cara de vergüenza.

J.T.

viernes, 19 de febrero de 2021

La debacle de Ciudadanos y PP

Ciudadanos cada vez huele más a UPyD. A Inés Arrimadas empieza a ponérsele cara de Rosa DíezPablo Casado en el Partido Popular, como no espabile, corre el riesgo de acabar igual que Landelino Lavilla en la UCD.

A tenor de los resultados del 14-F en Catalunya, parece claro que la derecha vive nuevos tiempos de tormenta. Con una seria diferencia: la ultraderecha, en 1982, apenas tenía altavoz en el Congreso de los Diputados. Ahora, en cambio, desde que en diciembre del 2018 consiguieron 12 escaños en Andalucía, los de Vox andan abriéndose paso a codazos –tacita a tacita- a costa de Ciudadanos y PP, que no acaban de dar con el tono, sobre todo en Catalunya, para que no se les marche la clientela. El fracaso ha sido estrepitoso. Si, como ha ocurrido tantas veces, lo que sucede en Catalunya suele trasladarse después a los resultados electorales en España, que "el señor nos coja confesaos", como se dice en castizo.

En los tres debates televisivos de la campaña catalana (TVE, TV3 y La Sexta), los modos y maneras de Carlos Carrizosa (candidato de Ciudadanos) y de Alejandro Fernández (cabeza de lista por el Partido Popular) desprendían un cierto halo de tristeza y desamparo. Daba pena verlos y escucharlos. Se les notaba tan perdidos que acababan casi inspirando ternura: Carrizosa ofreciéndose a Salvador Illa sin ambages, lo que transmitía la escasa fe que tenía en sus posibilidades; y Fernández, por su parte, revolviéndose como podía contra las atrocidades que iba soltando el fascista Garriga, que le comía claramente la tostada.

Los dos estaban abandonados a su suerte. Carlos Carrizosa, por una Inés Arrimadas que los dejó tirados para hacer carrera en Madrid; y Alejandro Fernández, por un Pablo Casado que nunca ha entendido lo que pasa en Catalunya. Para colmo, el pobre Fernández no pudo evitar que apareciera Isabel Díaz Ayuso a decir burradas en su campaña, con lo que puede que le espantara a buena parte de los pocos votantes que todavía le quedaban.

Ahí está el desastre de resultado: entre los dos partidos suman menos escaños (9) que los fascistas de ultraderecha (11). Ciudadanos y PP, que gobiernan en Madrid, Andalucía y Murcia gracias al apoyo de Vox, reúnen desde el pasado domingo en el parlamento catalán 20 escaños de un total de 135. La incapacidad de la derecha para seducir al electorado catalán, la escasa cosecha de votos, es atribuible sobre todo a la carencia de un discurso claro que les aleje de la intolerancia que predica Vox, terreno este en el que los ultras se mueven como pez en el agua.

No han acertado con el mensaje y lo han pagado caro. Y no lo han hecho porque no acaban de asumir que, desde hace muchos años ya, los catalanes les están diciendo con sus votos a los políticos que se sienten a hablar de una puñetera vez y se dejen de tonterías. Lo que no se puede es apostar por desconsiderar al adversario e intentar machacarlo sin pararse a considerar sus convicciones ni sus argumentos.

Pablo Casado es “Don Me Opongo” sin ofertas alternativas, parece como si no supiera sentarse a hablar sin poner condiciones, sin vetar, sin negarse a abrir puertas por las que pueda entrar una posible solución. Arrimadas tuvo la oportunidad de actuar como jefa de la oposición en Catalunya, con mando en plaza como le permitían los 36 representantes que Ciudadanos consiguió en 2017, y desistió. No se atrevió, no supo o no quiso. Ni se lo ocurrió jamás la posibilidad de tender la mano. Solo criticar, confrontar, abandonar votaciones y victimizarse. Y cuando la cosa se empezó a poner fea, puso pies en polvorosa. De ahí el desastre de su partido: de 36 escaños, a 6. De ahí también la ruina del PP: 3 míseros asientos en el Parlament tras pasear a Casado y Ayuso con sus desatinos por lugares donde aún no han olvidado los discursos frentistas de Cayetana Álvarez de Toledo. Discursos como los de Vox que solo han servido para que aquellos en quienes calaba su mensaje intolerante, acabaran votando al partido ultra, que al fin y al cabo es el original y no la copia.

Desde el pasado domingo, el panorama político en Catalunya ha cambiado mucho más de lo que nos creemos porque las dos primeras fuerzas en votos y escaños, PSC y ERC, sí están por el diálogo. Sea cual sea la combinación que acabe resultando para formar gobierno, los intolerantes son minoría, algo que no sucedió cuando el partido más votado fue Ciudadanos. Ya han pagado su error, como el Partido Popular el suyo. Si no quieren acabar como UPyD o la UCD, van a tener que trabajar duro. Esa fusión de la que se empieza a hablar no deja de ser una triste huida hacia delante.

J.T.

jueves, 11 de febrero de 2021

Normalidad democrática

Algo importante hay en sus mensajes cuando acaban escociendo tanto. Alguna fibra seria toca si, como suele ocurrir muchas de las veces que habla, Pablo Iglesias consigue poner de acuerdo a tanta gente en contra suya. Muchos de los que se hacen los ofendidos con las cosas que dice, quizás lo que lleven peor es que saben que pocas veces carecen de fundamento.

¿Que hay de inexacto en lo que dijo el líder de Podemos en la entrevista que el diario Ara publicó el pasado lunes 8 de febrero?: “No hay una situación de plena normalidad política y democrática en España -afirmó- cuando los líderes catalanes de los dos partidos que gobiernan Catalunya, el uno está en la cárcel y otro en Bruselas.”

¿Dónde esta la deslealtad que periódicos como El País le atribuyen a esta frase? ¿Acaso es leal el quilombo de la justicia, el olor a podrido de las todavía vigentes cloacas, acaso es normalidad democrática encarcelar jóvenes raperos porque no gusta lo que escriben o lo que cantan? Quienes califican de desleales las manifestaciones de Iglesias quizás podrían estar dotados de autoridad moral para emplear ese término, aunque en este caso sea improcedente, si al menos en alguna ocasión lo hubieran hecho para referirse a asuntos como la corrupción sistémica del PP o a tantos ataques a nuestro sistema de libertades como a diario promueven los fascistas de Vox con absoluta impunidad.

Quienes escriben los encendidos editoriales de El País deben sufrir un acentuado complejo de inferioridad. Encuentro complicado que alguno de ellos supere a Iglesias en lecturas, formación, capacidad de trabajo y sobre todo en valentía, porque el actual vicepresidente del Gobierno firma lo que escribe y expresa lo que piensa a cara descubierta, mientras que los editoriales son anónimos. Insultar en un editorial es cobardía, por mucho que el director de la publicación se responsabilice de su contenido.

Alguien tiene de vez en cuando que decir estas cosas. Como no le debo nada al líder de Podemos y me consta que a veces no le gustan las cosas que escribo, me permito expresar aquí lo que mucha gente piensa y se calla por miedo a que le llamen pelotas o sectario. Alguna vez se escribirá la historia de este ensañamiento. La historia de la rabia mediática y política contra la voz más representativa de una formación cuya existencia resultó higiénica desde su fundación y, como el tiempo demostrará, está resultando clave para arrancar derechos a favor de los sectores más débiles de la sociedad española. No es de recibo que los medios den pábulo a los fascistas de Abascal y a las insensateces de Casado mientras los cañones se orientan siempre hacia todo lo que huele a Podemos.

Iglesias sabe que actuar y hablar como lo hace tiene un precio y parece dispuesto a pagarlo. “Es la primera vez que un vicepresidente de gobierno dice cosas impropias del papel constitucional que desempeña”, argumenta tanto fariseo como anda por las redacciones y los platós sembrando la discordia. ¿La primera vez? Pues ya era hora, ¿no? También es la primera vez que existe un gobierno de coalición y las discrepancias entre los miembros del ejecutivo, eso que los periódicos se empeñan en titular “choques” parece que, al menos de momento, lo que están haciendo es reforzar y consolidar a ese gobierno.

“¡Que se presenten a las elecciones –decían-. Que entren a formar parte de las instituciones si quieren cambiar las cosas.” Pues vale, pues ya han entrado, y una vez dentro, cuando se remangan y se aprestan a cambiar esas cosas, los veteranos del bipartidismo y sus correas de transmisión no paran de ponerles zancadillas en cada esquina, invocando el carácter institucional de su cargo al tiempo que exigen comedimiento y mesura a la hora de expresarse en público. “Es que esto siempre se ha hecho así, no como vosotros queréis que se haga”, insisten. No les entra en la cabeza que si han conseguido estar donde están, es justo para que las cosas no sigan haciéndose como siempre se han hecho. Ni para decir las mismas banalidades y lugares comunes que siempre se han dicho.

Sé que exponer este tipo de reflexiones para defender que un vicepresidente del gobierno se salga del guión según algunos y diga las cosas que hay que decir aunque nunca antes se haya hecho, llevará a más de uno a preguntarse qué intereses ocultos hay detrás, que a qué aspiro. Pues miren ustedes: a nada. Es muy posible que este artículo me proporcione más disgustos que alegrías, pero es un placer haberlo podido escribir. Y tal como está el patio mediático, casi un privilegio.

J.T.

lunes, 8 de febrero de 2021

10 de las 1.000 razones por las que Pablo Casado tiene que irse ya

1. Inmadurez

Una buena parte de las cosas que dice asombran por su escasa enjundia. Siempre parece estar esforzándose por mantener la compostura, transmite la misma sensación que el actor que sube al escenario sin saberse muy bien el papel, con la mirada semiperdida buscando la ayuda del apuntador o, lo que es peor, evidenciando que no se cree las cosas que está contando, que no consigue meterse en el personaje. Hasta para ser impostor hay que ser profesional.

2. Inconsistencia

Le falta un hervor. O varios. Lo único que parece aprendió bien de sus antecesores fue la capacidad de mentir y su carencia de vergüenza. Pero no debió darle tiempo a comprender que para rentabilizar esas cualidades hay que saber acompañarlas de cierta socarronería, como era y es el caso de Rajoy, o de una cara de mala leche que infunda miedo como Aznar. Casado parece más bien desvalido, tanto que a veces, cuando empieza a soltar disparates, en vez de propinarle un buen guantazo te dan ganas de acunarlo porque lo intuyes débil, desamparado, frágil. ¡Pobre!, ni para cabrón vale.

3. Falta de preparación

Si ha leído mucho, la verdad es que lo disimula muy bien. Igual somos injustos pero, ¿alguna vez le hemos oído hablar de literatura, de música, de cine, de filosofía…? ¿visita museos, viaja? En sus múltiples y ubicuos canutazos, siempre parece recitar algo que momentos antes ha aprendido de memoria junto al spin doctor de turno, una réplica, una puya, una provocación, algo para buscar titulares que le ayude a mantener esa atmósfera de crispación que le han debido decir que le beneficia. O ni eso, a lo mejor es pura y simple desesperación cada vez que ve una encuesta y constata cómo Vox apenas baja y él apenas sube.

4. Carencia de empaque

Si, como evidenció aquella célebre foto, gusta de ponerse a pensar delante del espejo, igual no acaba de gustarle el reflejo que este le devuelve. Alguien debió de aconsejarle que se dejara barba para infundir más respeto, pero ni bajo ella consigue esconder al bisoño que lleva dentro. Sin traje y sin barba podría perfectamente pasar por el universitario que nunca fue. Todavía, si se lo propone, podría dar el pego por el césped de cualquiera de esas facultades por cuyos pasillos apenas se le vio.

5. No transmite autoridad

El último congreso de su partido le otorgó todo el poder, y seguro que en los despachos de la sede lo ejerce firmando disposiciones, resolviendo contenciosos y, tomando decisiones, pero de puertas hacia fuera lo que parece es un lechuguino en peligro a quien a las primeras de cambio lo puede chulear cualquiera de los suyos. No resiste la comparación con ninguno de sus predecesores, porque Aznar era resolutivo y Rajoy, a pesar de su afición al tancredismo cuando tenía que pegar un puñetazo en la mesa lo pegaba. Por no hablar de “don Manuel”, que si levantara la cabeza y lo viera sentado en la que fue su silla, seguro que se pillaba uno de aquellos célebres cabreos suyos en los que temblaban los cimientos de Génova. Hasta con Hernández Mancha sale Casado perdiendo en las comparaciones.

6. Torpeza en la formación de equipos

Si tú eliges a alguien como Cayetana a tu lado, has de tener claro que va a hacer lo que hizo. Destituirla fue un error porque dejó a la luz a un Casado incapaz de resolver la insubordinación. En lugar de autoridad, pareció actuar con miedo y el resultado no está siendo mejor. Tanto la sustituta como portavoz en el Congreso, como García Egea o él mismo se empeñan en mantener la misma agresividad que la que exhibía la destituida. Pero con menos cultura y, por supuesto, con menos estilo. Hasta para insultar hay que tener clase.

7. Su brujuleo desconcierta

Es cierto que los políticos han de manejar el arte de decir ahora una cosa y poco después la contraria. Pero tal cometido exige la habilidad suficiente para no hacer un ridículo en el que Casado incurre con excesiva frecuencia. Los cambios de opinión, el olvido de las promesas indignan al respetable. Y en su caso resulta patético. Por eso apenas rasca bola en autonomías históricas como Euskadi o Catalunya. En cuanto a Galicia, habría que ver qué ocurría si no estuviera Feijóo.

8. Incapacidad para ejercer una oposición constructiva

Hay que reconocerle una habilidad: la de haber convertido el Congreso de los Diputados en un lugar cada vez más odiable. Hubo un tiempo en que los plenos eran divertidos, otros interesantes, siempre han existido momentos agrios, es verdad, pero ahora son directamente desagradables. Vomitivos. Tardaremos mucho tiempo en olvidar la horrible crispación por la que apostó durante los días más complicados del primer confinamiento. El miedo que teníamos en el cuerpo aumentaba cada vez que veíamos cómo se comportaban tanto él como su equipo en aquellos trágicos momentos. Y ahí siguen con el raca-raca.

9. Deslealtad en cuestiones de Estado

Sus intentos de torpedear las ayudas europeas para recuperarnos de los efectos de la pandemia los pagará caros. Los ciudadanos no van a olvidar la deslealtad que supuso intentar boicotear las negociaciones del gobierno de coalición para conseguir unos fondos imprescindibles que nos ayuden a levantar cabeza. Su empeño en no desbloquear situaciones enquistadas como la de Televisión Española o el Consejo General del Poder Judicial demuestran escasa altura de miras y lo que es peor: miedo a las consecuencias de las fechorías que el PP tiene pendientes de juicio. Por mucho que se empeñe en que el pasado sea el pasado… mona se queda.

10. No consigue captar nuevos adeptos ni recuperar votantes perdidos

Tampoco le ayuda esa imagen de crispación permanente, de duda, ese empeño en criticar, insultar y torpedear sin apenas realizar propuestas. Esa propensión a ser previsible: cada vez podemos adivinar mejor, sin riesgo de equivocarnos, cuál va a ser su próxima declaración antes que se produzca. Basta con saber qué hace y dice el gobierno para tener claro qué va a contestar el PP. No sorprenden, no animan, no captan nuevos adeptos y muchos de los antiguos se les siguen escapando por las alcantarillas hacia los dominios de la ultraderecha. Quienes los continúan votando aún lo hacen, sobre todo, para intentar impedir que gane la izquierda. Pero proponer lo que se dice proponer… Pablo Casado no propone nada. Ni pincha ni corta, ¿O sí? 

A saber qué es peor.

Hasta aquí por hoy, con el permiso del lector, las primeras 10 razones de las 1.000 existentes para sugerirle a Casado que se vaya a su casa. Las 990 restantes, si les parece, las dejamos para otro día. O días.

J.T.

sábado, 6 de febrero de 2021

La gerente que odiaba los móviles


- ¡Qué escándalo, este paciente tiene un móvil, que se lo quiten! 

Miro la foto de Dolores Rubio y me la imagino soltando este tipo de barbaridades: 

- No les dejéis hablar con sus familias, que así no hay manera de trasladarlos al Zendal. 

Las cosas que le han grabado en reuniones “privadas” no son exactamente así, pero son igualmente barbaridades. Comprobémoslo: 

- “A la familia hay que mantenerla fuera. Pues se prohíben los teléfonos. ¿Por qué tienen que llamar a la familia? ¿Por qué tienen que tener un móvil? Un paciente no necesita ni a mamá ni a papá ni la vecina de enfrente”. 

Traducción: “No dejemos que la realidad estropee una bonita promoción de nuestro hospital estrella”. 

Miro la foto de Dolores Rubio y me la imagino por los pasillos del hospital que gestiona intentando descubrir e identificar al hatajo de rojos que la ha grabado y ha mandado los audios a la radio para que los difunda. 

- Es que ya no se puede ni dejar a los enfermeros a solas con los pacientes, porque los convencen para que no los traslademos y claro, quienes estaban dispuestos a tragar, a los diez minutos van y se echan atrás. Les voy a meter un puro a más de uno que se van a cagar. 

Miro la foto de Dolores Rubio, la gerente del hospital Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares, la gestora indignada, y no puedo evitar imaginármela como hija de alguno de los pacientes a los que maltrata ¿Se atrevería con ellos? Claro que no, pero la guerra es la guerra, y en esas está el ejército pepero madrileño con su peligrosa presidenta al frente. Como en las cajetillas de tabaco, habrá que empezar a ir colocando carteles por las esquinas de cada pueblo de la Comunidad: 

“¡Cuidado! Según qué gestores sanitarios pueden ser altamente perjudiciales para su salud”. 

Repaso sus fotos, porque en ellas parece una persona normal y no el monstruo que al parecer lleva dentro, y me la imagino desde hace cuarenta años disfrutando de todo lo que la generación de esos pacientes que ahora ella putea hizo para que su vida fuera mejor. 

Escucho las palabras que soltó en aquella reunión que ella y los suyos califican de “privada” y percibo efluvios cuarteleros, como los sargentos en el ejército cuando pasan revista cabreados “¡Señor, sí, señor!” A las familias de los enfermos, que les den, que lo que quieren es sabotearnos. Nosotros a lo nuestro, que somos la caña, y tenemos que meter caña al gobierno de España. 

Miro y remiro la expresión de Rubio y temo que sea a su vez la de tantos gerentes que en esta pandemia puede que piensen y actúen como ella, responsables sanitarios que desde hace un año tienen más que nunca en sus manos nuestros destinos. Reconozco que me aterra la posibilidad de acabar a su merced, pero me estremece aún más la desconsideración y la falta de respeto hacia tantos seres humanos como están viendo que sus vidas dependen de las decisiones de personas como ella. 

Seguro que entre los pacientes afectados hay profesores, luchadores sindicales, trabajadoras humildes que sacrificaron sus vidas para que sus hijos pudieran estudiar, científicos, conductores de autobús, gentes que durante la dictadura y los años posteriores lucharon por la libertades, por la igualdad, por mejorar la calidad de vida de quienes, como Dolores Rubio, venían detrás de ellos. Me los imagino no dando crédito a lo que les pasa. 

- Pero ¿cómo, que me quieren sacar de aquí, que me quitan el móvil, que me prohíben hablar con mi
familia? 

Y no se pueden creer que el teléfono móvil, ese extraño aparato que llegó a sus vidas ya en el otoño y del que tanto desconfiaron al principio, haya acabado convirtiéndose en garantía de libertad, en artilugio imprescindible para la defensa de sus derechos. Nunca pudieron imaginar que acabarían necesitándolo tanto. 

Y yo por mi parte me los imagino, dentro de la poca o mucha lucidez que cada uno de ellos pueda aún gestionar, preguntándose qué demonios hicieron mal para que, después de tantos años de lucha, el resultado sea verse ahora cautivos y desarmados frente a tamaña amoralidad. 

J.T.

Publicado en "La Última Hora"

viernes, 5 de febrero de 2021

El desencanto

Si a pesar de tanto bribón como hemos sufrido en las altas esferas desde los años en que empezamos a sacudirnos la caspa franquista; si a pesar de lo mucho que robaron durante décadas, aún así nuestro país ha conseguido hacerse un hueco entre las economías más potables de Europa… ¿se imaginan dónde podríamos estar si hubiéramos sido gobernados por gente decente?

Si la Iglesia no siguiera disfrutando de la capacidad de presionar que aún conserva, si entidades bancarias y grandes empresarios invirtieran el tiempo que dedican a conspirar en hacer mejor su trabajo, si los medios de comunicación nos contaran la vida como es y no como quieren que sea esas mafias de tres al cuarto que los manejan; si militares, jueces y policía se limitaran a cumplir con su obligación de servir a la ciudadanía, ¿se imaginan cómo seríamos?

Robó Pujol, robó el rey, robaron banqueros y vicepresidentes del gobierno, robaron alcaldes y consejeros del bipartidismo y de los partidos nacionalistas, prevaricaron jueces, por las cloacas se movieron cantidades indecentes de dinero, por la cárcel pasan banqueros, empresarios de postín, tesoreros de partidos políticos, presidentes de autonomías, miembros de la Casa Real… “Lo siento, me he equivocado y no volverá a ocurrir”. Pero es mentira, ha vuelto a ocurrir y seguirá ocurriendo. “Estoy en política para forrarme, llegó a admitir en público cierto político valenciano; “Si cae la rama del árbol, al final caerán todas", amenazó el "honorable"...

¿Qué misterioso componente hay en nuestro ADN que acaba convirtiendo en corruptos a buena parte de quienes nos gobiernan? Encuéntrame diez justos y no destruiré Sodoma, le dijo Yahvé a Abraham. Aquí en lugar de destruirnos, el tal Yahvé nos ha llevado al desencanto. El desencanto a veces se puede convertir en escepticismo pero también en indignación o en ganas ciegas de revancha. Quizás eso explique el crecimiento de la ultraderecha, de raíces tan corruptas como sus hermanos de leche, pero que decidió separarse de ellos y aprendió a capitalizar desalientos y decepciones.

Si, con las payasadas del inmaduro Casado y su patética cohorte, el PP lleva tiempo oliendo a ruina, tras la confesión de Bárcenas parece que se avecina la catástrofe definitiva. Si estaba todo tan podrido, ¿cómo podemos poner orden aquí? ¿por dónde empezaríamos y quién lo haría? Quiero creer que el actual gobierno de coalición tiene esa posibilidad, pero ¿cómo no temer que esa fe sea más bien ingenuidad? Para muchos de quienes lo votaron en 1982, los primeros años de Felipe González no tardaron en convertirse en desencanto, luego en decepción y más tarde en tristeza hasta desembocar en la indignación actual. 1982, qué casualidad, la misma fecha en que Bárcenas sitúa el comienzo de la corrupción en el PP, por entonces todavía conocido como Alianza Popular. Afananza Pandillar, Forges dixit. 

Han dejado este país hecho unos zorros y lo hemos descubierto tras años creyendo que lo estaban modernizando, que nos colocaban a la altura de los avances del reto europeo, y desde el rey hasta el último mono con poder lo que estaban haciendo era llevándoselo crudo a manos llenas con absoluta conciencia de impunidad y lo que es peor: creían tener derecho a ello.

¿Cómo ponerle el cascabel a tantos gatos como todavía andan sueltos? ¿Cómo acabará la película del fugitivo de Abu Dhabi? ¿Y la del megaubicuo comisario Villarejo? ¿Cómo se desarrollarán tantos juicios pendientes en los que aún anda implicado el PP? Lo peor es que nos hemos acostumbrado a escuchar con normalidad las barbaridades que han cometido. Parece como si hubiéramos agotado nuestra capacidad de asombro, todo nos resulta tan lógico que cuando nuestras sospechas se convierten en noticia, nadie se indigna, nadie parece escandalizarse.

Ese desánimo es una amenaza en toda regla para nuestro futuro si no nos lo quitamos pronto de encima. El desencanto es uno de los caladeros donde mejor pesca la ultraderecha. Tendría gracia que, por no ser capaces de plantar cara como es debido, esto acabe de nuevo en manos de quienes aún conservan, bien guardaditos en sus armarios, los trajes llenos de caspa de sus antepasados fascistas.

J.T.

viernes, 29 de enero de 2021

Los "vacunajetas" como síntoma

Nos va a dar mucha vergüenza recordarnos a nosotros mismos el día en que todo este caos haya pasado.  Nunca conoceremos el censo completo de los vacunajetas porque mucho me temo que la práctica corrupta de vacunarse fuera de turno se ha extendido mucho más de lo que sabemos. Militares, obispos, alcaldes, fiscales, sindicalistas... y lo que queda por salir. Histéricos y desesperados, quienes gestionan una mínima cuota de poder aspiran a recuperar cuanto antes la vida que llevaban hasta ahora sin acabar de asumir que, hagan lo que hagan, esta vez les va costar un poquito volver a su zona de confort. Aunque haya tour operadores empiecen a ofrecer viajes con vacuna incluida.

Podríamos haber llevado esto con más dignidad. De hecho al principio, cuando salíamos a aplaudir y los cantantes de ópera nos regalaban piezas bellísimas interpretadas desde sus propios balcones, nos parecía que algo bueno estaba pasando. Pero esa dignidad ya no existe, la hemos hecho trizas. Por muchas medallas que lleves en el pecho, por mucho solideo que adorne tu cabeza, por muy consejero o alcalde que seas, si tienes la oportunidad de saltarte la fila, vas y te la saltas. Esto es un inmenso patio de colegio donde nadie quiere ser el último, un colosal jardín de ansiosos con el brazo desnudo mendigando o exigiendo un pinchazo urgente porque le han visto las orejas al lobo, han perdido ya a personas queridas a las que ni siquiera han podido despedir, no pueden besarse con sus hijos ni recobrar los encuentros con sus amigos... Andan agobiados y se piensan que son los únicos, o los que tienen más derechos.

Y tú, cuyo único privilegio a estas alturas es continuar estando vivo, te enteras de estas cosas y no te quedan ganas ni de cabrearte. No quieres tener miedo pero no tienes más remedio que tenerlo cuando constatas lo perdidos que se encuentran aquellos de quienes depende la gestión de la crisis. Todo el mundo desorientado, cada Comunidad fijando el toque de queda a una hora distinta, unas cerrando los bares y otras dejándolos abiertos, unas permitiendo reuniones y visitas a los domicilios y otras no, en cada caso con cifras distintas de personas que pueden estar juntas en el mismo sitio…, y prácticamente todas llamando al confinamiento voluntario al tiempo que reprochan al gobierno de la nación no tomar más cartas en el asunto: eso piden los mismos que ayer le atribuían maneras dictatoriales por hacer lo que ahora deciden exigirle…

Las cifras de contagiados se disparan de manera escandalosa, los muertes suman centenares cada día, el índice por cien mil habitantes crece sin parar, pero todos disimulan/disimulamos lo acojonados que están/estamos. Quizás porque no acabamos de dar crédito a las evidencias, porque pensamos que a esto, por mucho que le quede, le tiene que quedar poco. Ya queda poco, nos dicen, y nosotros nos lo creemos porque necesitamos creérnoslo, pero no nos lo creemos. Solo son unas semanas complicadas más y ya está, repiten desde hace diez meses y medio. Y así, igual que te ocurre con el moroso que cada vez que le reclamas su deuda promete pagarte el mes siguiente, descubres que más vale que te des por jodido.

Por si faltaba algún elemento desestabilizador para rematar la faena, ahí tenemos el “quilombo” de las vacunas. Europa está siendo chuleada por farmacéuticas sin moral y no nos llegan las cantidades semanales a las que se habían comprometido. Y en lugar de cerrar filas para encarar el agravio, nos dedicamos a echarnos la culpa los unos a los otros.

Ante tan estresante panorama, si antes soñabas con vacunarte en marzo o abril, ahora empiezas a asumir que, si lo consigues antes de Navidad, habrá que celebrarlo por todo lo alto. De pronto recuerdas el lío que se montó con las mascarillas cuando todo esto empezó y no te puedes creer que un año después estemos en las mismas con las vacunas. ¿De verdad que no se trata de una pesadilla? ¿Es posible tanta frivolidad con más de dos millones y medio de contagiados, y camino de los sesenta mil muertos, solo en España? Dos millones ya en todo el mundo. De muertos. Contagiados, más de cien millones.

No tienes donde esconderte y lo sabes, piensas mientras sigues con los dedos cruzados las negociaciones en Bruselas para que las farmacéuticas cumplan sus compromisos con la Unión Europea y nos envíen semanalmente el número de dosis convenido. Insisto: cuando todo esto pase, porque pasará por mucho que tarde, y repasemos la manera como nos estamos comportando, nos va a dar mucha vergüenza. Es mentira, como estamos comprobando con la proliferación de vacunajetas, que esto que que nos ha tocado vivir nos vaya a hacer mejores. Mentira podrida.

J.T.

miércoles, 27 de enero de 2021

Fernando Simón


El linchamiento de Fernando Simón me parece una de las prácticas sociales más obscenas de todo este tiempo de pandemia. Sociales, periodísticas y también políticas, porque en el fondo tal enconamiento contiene un indiscutible trasfondo político. No tengo el gusto de conocer al doctor Simón y seguro que, como todo el mundo, posee su lado oscuro, pero en el desempeño del cometido que le ha tocado en suerte durante este infame tiempo de coronavirus no puedo sino admirarlo porque me pongo en su lugar y hace muchos meses que habría mandado a freír espárragos a tanto amoral suelto que no solo no lo deja en paz sino que lo insulta o lo intenta ridiculizar como si fuera él la causa de todos nuestros males. 

Valoro la infinita paciencia con la que aborda sus comparecencias públicas, así como la firmeza y la contundencia de la mayor parte de sus respuestas. Desde el momento en que empezó a dar la cara, los múltiples tentáculos de los que dispone la caverna mediática en este país decidieron convertirlo en destinatario de las invectivas más desagradables y ofensivas. Pero si Fernando Simón simboliza algo, es la naturalidad y el reflejo de nuestra propia ausencia de certezas. Porque a ver, díganme ustedes, ¿alguien desde hace un año se cree capaz de esgrimir alguna certeza sin que al día siguiente no se tenga que comer sus propias palabras, alguien conoce cuál es la solución a la pesadilla que estamos viviendo? 

Basta ponerse en lugar de quien día tras día da la cara a pesar de la que está cayendo para respetarlo. Por eso cuando se equivoca, cuando se contradice, cuando dice algo que parece ridículo o resulta inexacto, yo me siento identificado. Porque hay que tener mucha paciencia para soportar cada día la insolencia de tanto colega como acude a las ruedas de prensa con las preguntas inducidas de antemano al margen de lo que vaya a decir. Hay que tener mucha paciencia para constatar que quien te pregunta no tiene ni idea de lo que plantea porque no ha venido a escucharte sino a esperar a ver cuándo tienes el más mínimo resbalón para lanzársete a la yugular sin misericordia alguna.  

El señor Simón es un funcionario, un técnico, una persona que podría negarse a la exposición pública y desempeñar su trabajo entre bastidores, pero creo que da la cara por sentido de la responsabilidad. No quito que en algún momento no haya podido eludir la tentación de doña Vanidad, pero eso no lo desacredita en absoluto. Lleva diez largos meses lidiando con la tragedia más espantosa que nos ha ocurrido en más de un siglo, viviendo en primera línea una contrariedad que dentro de trescientos años se estudiará en los libros de historia, y aún así ha de soportar que un indocumentado que no se ha molestado en escuchar completas sus declaraciones le haga preguntas sobre frases sacadas de contexto o le inste a dimitir porque el ministro a cuyas órdenes ha estado durante el último año acaba de marcharse. Le ha tenido que recordar, al indocumentado o indocumentada de turno, que él lleva desarrollando su trabajo en el ministerio de Sanidad el tiempo suficiente para haber visto pasar ya a siete titulares de la cartera, y lo ha hecho con elegancia y mesura. Una elegancia y mesura que muchos de los que le buscan a diario las cosquillas seguro que no tendrían si fuesen víctimas de tanta insolencia. 

No me queda más remedio que admirar a quien es capaz de aguantar a pie firme tanta grosería y tanto ataque sin sentido, solo por razones políticas, a un trabajo que es esencialmente técnico. ¿Que de vez en cuando se equivoca y mete la pata? ¿y quién no?, pero al menos no miente, como los medios que buscan cada día cómo ridiculizarlo. 

Fernando Simón y los ataques de los que es víctima resumen perfectamente el cainismo de un país que se empeña en no tener remedio. ¿Qué ganamos encanallando el ambiente por sistema cuando más tranquilos convendría que estuviéramos? ¿A quién beneficia tanta crispación? ¿Por qué no nos relajamos todos un poquito y le agradecemos a quienes están gestionando la crisis el esfuerzo diario que hacen? 

En lugar de buscar todos juntos cómo salir de esto cuanto antes, nos dedicamos a poner pegas sin parar, usando para atacar hoy un argumento y al día siguiente justo el contrario, sembrando discordia, generando inquietud, aumentando la ansiedad en lugar de contribuir a disminuirla… Y usando para todo ello a una persona como Fernando Simón, a quien con el paso del tiempo estoy seguro que se le reconocerá su esfuerzo y su dedicación. Pero mientras tanto hay que machacarlo por sistema. Leña al mono, que es lo que parece que mola! Lo dicho, no tenemos remedio.  

J.T.

Publicado en Confidencial Andaluz

martes, 26 de enero de 2021

Algo más que un mural

El mural feminista que ilustra una de las paredes del polideportivo de mi barrio forma parte de nuestro paisaje cotidiano desde hace casi tres años. Ahí nos lo encontrábamos si íbamos a nadar a la piscina cubierta (cuando se podía), lo saludábamos si salíamos a cumplir con nuestra caminata diaria, su presencia era tan discreta que yo diría que muchos de los vecinos que transitan a diario por el madrileño Parque del Calero es probable que desconocieran su importancia.

Pero hete aquí que un pleno municipal del distrito de Ciudad Lineal celebrado hace unos días intentó borrarlo, lo que vino a dotar de relevancia a una modesta manifestación artística promovida en tiempos de Manuela Carmena, en la que participó buena parte del vecindario. Por lo visto, a Almeida y sus socios les pone adoptar decisiones a la vieja usanza fascista: allá donde podamos tocar las narices con nuestra homofobia, nuestra xenofobia o nuestro antifeminismo no dejaremos pasar la oportunidad.

La vieja técnica del “tacita a tacita”: un día elimino homenajes callejeros a Largo Caballero o Indalecio Prieto, lo que desemboca en el sabotaje a sus monumentos; otro arranco del cementerio de la Almudena placas con versos de Miguel Hernández…, y ahora le tocaba el turno a un humilde mural que, en sí mismo, tiene vocación de efímero porque nada lo protege de la erosión del paso del tiempo. Pero el gobierno filofascista del pequeño Almeida quiso acelerar los plazos porque, por lo visto, no tiene a mano Macguffins mejores con los que provocar.

Para Hitchcock, el macguffin era algo cuya importancia en la trama era anecdótica, pero ayudaba a mantener la tensión en la historia que se quería contar. Y Almeida ha decidido cultivar esa tensión a base de vulnerar derechos fundamentales y mancillar homenajes públicos y manifestaciones populares. Esta vez le ha salido el tiro por la culata y ha tenido que dar marcha atrás tras la envergadura de las protestas ciudadanas contra la decisión municipal. Digo Almeida y no digo Vox porque la formación ultra gracias a cuyo apoyo gobierna el PP, no creo que pueda tener suficiente fuerza para decretar este tipo de felonías si el alcalde decide plantarse. Pero el alcalde no solo no se planta sino que remata la faena cada vez que puede.

Parece claro que se trata de provocaciones a las que conviene no infravalorar en absoluto, aunque esta vez no hayan conseguido salirse con la suya. Son todo menos anécdotas. Es el permanente goteo de una manera de entender el ejercicio del poder que tiene que ver con cuestionar reivindicaciones y luchas de los más débiles durante años, y a continuación ir cargándose derechos consolidados. Es un ataque directo a los derechos humanos escogiendo para ello pequeños símbolos.

Con este no han podido. El Mural se queda. Pero aunque esta vez no lo hayan conseguido, no van parar y detrás de una cosa vendrá otra. Por eso resulta alentador que hayan tenido éxito las movilizaciones ciudadanas y las recogidas de firmas promovidas para detener una manera de actuar que altera la convivencia y envenena el ambiente. El pasado domingo 24 de Enero, el madrileño Barrio de La Concepción se echó a la calle para protestar contra la decisión de borrar el mural en el que se homenajea a mujeres que, como Rosa Park, Rigoberta Menchú o Frida Kalho, libraron batallas memorables en las que rompieron barreras y se convirtieron en referentes de la defensa de la mujer y la igualdad.

Llegados a este punto, el mural ya no es un mural cualquiera, ha dejado de ser una manifestación artística callejera más. No solo había que pelear para que no se les ocurriera borrarlo, hasta ahí objetivo conseguido, pero ahora toca preservarlo para que el paso del tiempo no lo destroce, como sin duda era su destino natural. Habrá que retocarlo, repararlo, barnizarlo, porque al gobierno ultra del ayuntamiento que preside Almeida hay que hacerle entender que ya está bien de tonterías.

Almeida, Villacís, Smith y compañía solo se echan atrás cuando se les planta cara para que dejen de dedicarse a este tipo de provocaciones. Dado que no pueden borrar del mapa, como quisieran, las ideas que les molestan, intentan acabar con su expresión pública. Al menos esta vez no han podido. Espero que redondeen la decisión de respetar el mural disponiendo las medidas necesarias para que a nadie se le ocurra ahora sabotearlo.

Insisto, lo que el equipo de gobierno del ayuntamiento de Madrid lleva hecho hasta este momento son solo los primeros amagos. Si bajamos la guardia y les permitimos que sigan subiendo escalones, los atentados contra las conquistas de derechos acabarán siendo más gordos cada día que pase. Por mucho que esta vez no lo hayan conseguido.

J.T.