Me imagino a los cocineros ideológicos del PP trabajando a destajo los fines de semana para aparecer cada lunes con algún despropósito nuevo. Carnaza para los argumentarios de sus bien pagados correveidiles, la mayoría de ellos disfrazados de periodistas o tertulianos. Feijóo va y suelta un desatino, sus acólitos lo refuerzan y, lo que es peor, todos acabamos picando el anzuelo contribuyendo así a amplificar la desmesura. Es desesperante comprobar cómo buena parte del ecosistema mediático corre disciplinadamente detrás de cada ocurrencia pepera hasta convertirla en el tema del día porque al final todo el mundo acaba entrando en el juego.
La semana pasada le tocó a la ley de nietos, a las acusaciones de “ingeniería electoral”, a la invocación de observadores internacionales… Me he preguntado muchas veces y me vuelo a preguntar por qué tenemos que salir a desmentir todas las chorradas que se le ocurren a la derecha ultra y la ultraderecha, por qué tenemos que gastar energías en buscar documentación y argumentos para desmontar todo lo que se inventan, por qué hay que entrar siempre al trapo. ¿Acaso no nos damos cuenta que al actuar como altavoz de sus iniquidades estamos contribuyendo a difundirlas?
Feijóo ya hace el ridículo por sí solo. Basta con reproducir las tonterías que suelta a diario para que quede en evidencia. Por no hablar de sus principales lugartenientes en el Congreso, Ester Muñoz y Miguel Tellado. Igual ocurre con los exabruptos de Ayuso o las canalladas de Abascal. Cada vez que hablan ponen un poco más alto el listón de la desvergüenza y el desahogo impune. Y claro, si se apuesta por competir a ver quién suelta el disparate más gordo, siempre aparecerá otra u otro dispuesto a intentar superarlo. Procurando, eso sí, que la barbaridad quepa en un tuit.
No hace falta ser un experto politólogo para deducir que algunos datos poco favorables deben manejar para estar tan desesperados a pesar de los muchos jueces amigos de los que disponen, los periodistas sumisos y la atmósfera frentista que entre todos propician. Si las encuestas internas, esas que el común de los mortales desconocemos, resultaran satisfactorias para sus intereses ¿se tomarían tantas molestias? Si las predicciones demoscópicas fueran buenas, ¿estaría el líder del PP cortejando a Junts como lo hace? Aunque ahí igual recoge velas tras la desautorización de la que ha sido objeto por parte de José María Aznar.
Hay que construir una “amplia mayoría centrada” y “nacional” capaz de “derribar y superar el muro de Sánchez”, ha dictaminado el gran gurú, dejando así que se nos dispare a todos la imaginación. Porque, ¿qué quiere decir este jarrón chino cuando decide emplear el término “nacional”? ¿Que las nacionalidades quedan fuera de “lo nacional”? ¿Que España es una, grande y libre pero nada de plural y diversa? ¿Qué basta con Vox y con seducir socialistas cabreados con Pedro Sánchez para tener mayoría? ¿Se ha olvidado acaso Aznar de las genuflexiones que hizo ante Arzallus y Pujol para llegar al poder en 1996? ¿Se ha olvidado de su “catalán en la intimidad”? Por qué fuerza la máquina hasta más allá de donde él fue capaz de atreverse? ¿Acaso ha decidido ya que le sobra Feijóo y le basta con Ayuso y Abascal para ir a por todas?
La rendición de Moreno Bonilla ante Vox para volver a ser investido presidente de la Junta de Andalucía hace pensar en alguna llamada conminatoria que bien podría proceder de la verdadera cocina del Partido Popular, que puede que no esté precisamente en la sede de la calle Génova por mucho que ahí se estudie cada fin de semana cómo continuar huyendo hacia delante. La cara seria del líder popular andaluz mientras firmaba las capitulaciones ante el exultante ultraderechista que será su vicepresidente era elocuencia pura. Un acuerdo de ¡150 puntos! que en breve dejará Andalucía hecha unos zorros como premonición de lo que Aznar y sus esbirros quieren hacer con todo el Estado.
Mientras diseñan la gran involución nos entretienen con polémicas de tres al cuarto en las que perdemos nuestro tiempo intentando desmontarlas ¿En qué momento decidimos que cualquier disparate pronunciado ante un micrófono merece titulares gordos, tertulias y hasta especiales informativos? La democracia necesita contraste, debate y fiscalización, claro que sí, pero lo que no precisa en absoluto son altavoces permanentes para este inquietante ruido que nos roba el sosiego.
Tal vez el primer acto de resistencia democrática consista en dejar de alimentar esa dinámica. No todo merece un titular, no toda provocación merece una respuesta. Menos aún cuando parece claro que los provocadores están actuando a la desesperada, impotentes porque siguen sin salirle los números. Como a pesar de todo no consiguen marcar la agenda, han decidido incendiarla. Pues va a ser que no.
J.T.











