En el oficio periodístico hay momentos en los que uno tiene que elegir bando. No vale esconderse detrás de la equidistancia impostada ni del “todos tienen parte de razón”. O estás con el periodismo entendido como servicio público, o estás con el ruido organizado que pretende domesticarlo. Y en esa línea divisoria aparece estos días un nombre propio, Javier Ruiz.
Lo que está ocurriendo con su trabajo en Mañaneros 360 de RTVE es una operación de desgaste en toda regla. Primero se cuestiona su trabajo, después se amplifica la crítica desde determinados altavoces y por último se construye un relato donde el problema ya no es lo que hace, sino lo que representa. Javier Ruiz no molesta por una presunta inexactitud en la que todos los periodistas podemos incurrir en algún momento, sino por una forma de hacer periodismo que incomoda a quienes prefieren una televisión pública dócil, previsible y, sobre todo, inofensiva.
El papel de la FAPE (Federación de Asociaciones de la Prensa) resulta especialmente sangrante. Ese corporativismo selectivo que aparece con contundencia en unos casos y se desvanece en otros significa que eligen cuándo indignarse en función de quién está al otro lado. Lo que debería ser un escudo para los periodistas se convierte en una herramienta de señalamiento. Lo mismo que ocurre con el llamado Consejo de Informativos de TVE cuyos miembros, en lugar de proteger la pluralidad, han elegido alinearse con quienes buscan exactamente lo contrario. Nada que ver con el espíritu fundacional con el que nació este organismo.
Vamos a ver si nos aclaramos y se lo dejamos claro a los lectores y a los espectadores: Pluralidad no es incomodar solo a unos ni repartir críticas con calculadora. Pluralidad es abrir ventanas, introducir miradas distintas y asumir que el servicio público es eso, servicio público. La llegada de José Pablo López a la presidencia de la Corporación trajo consigo un compromiso explícito, que era reforzar la pluralidad y recuperar el sentido de lo público. Eso, que debería ser una obviedad en una radiotelevisión estatal, ha acabado por convertirse en un histérico campo de batalla donde los fascistas y partidos políticos afines amenazan con entrar a saco para acabar con tamaña osadía motosierra o lanzallamas mediante.
En ese contexto, Javier Ruiz se ha convertido en algo más que un periodista. Javier es uno de los ejemplos de que se puede hacer televisión pública con vocación de servicio, con voluntad de explicar y hacerlo de manera incómoda sin necesidad de caer en la propaganda. Su manera de trabajar, directa, incisiva, nada complaciente puede gustar más o menos pero nadie le puede discutir que cumple con algo esencial, que pone el foco donde hay que ponerlo aunque moleste. Y parece claro que molesta. A los de siempre, claro. Por eso la reacción es tan virulenta en alcanforadas instituciones como la FAPE. No se trata solo de desacreditar a una persona, sino de marcar territorio. De lanzar un mensaje diciendo “hasta aquí”. Un “hasta aquí” que no va dirigido solo a Javier Ruiz, sino a cualquiera que entienda el periodismo como una herramienta que ha de pensar antes en el espectador que en quienes mandan, una advertencia a cualquier otro u otra que ose fiscalizar el poder y no lamerle las botas.
Conviene no engañarse, lo que está en juego en estos momentos es la idea misma de servicio público, la posibilidad de que RTVE sea un espacio útil, honesto y plural en un ecosistema mediático cada vez más polarizado. En última instancia, estamos hablando de la dignidad del oficio periodístico. Así que sí, toca defender a Javier Ruiz. Con su trabajo disfrutamos de algo que a día de hoy lamentablemente escasea, que es la decidida voluntad de contar, de explicar, de incomodar. En el oficio periodístico, esa manera de hacer las cosas es imprescindible e innegociable. Por eso quieren acabar con ella.
J.T.










