domingo, 14 de junio de 2026

Belfast nos concierne. Mucho


Un hombre es apuñalado. El presunto agresor es inmigrante. Estallan disturbios. Hay ataques contra viviendas, enfrentamientos con la policía y protestas en las calles. Belfast ha ardido varios días porque un hecho violento coincidió en el tiempo con un estado de ánimo ciudadano que llevaba ya tiempo acumulando demasiada tensión. El crimen ha sido la chispa, pero el combustible llevaba años almacenándose, como en tantos otros lugares de Europa donde existen dificultades para acceder a una vivienda, hay sensación de deterioro de los servicios públicos, incertidumbre económica, salarios que no avanzan al ritmo del coste de la vida o crece la desconfianza hacia unas élites políticas que parecen vivir en un universo paralelo.


En ese contexto es en el que aparece la inmigración como problema porque resulta mucho más sencillo señalar a quien acaba de llegar que enfrentarse a dificultades estructurales que llevan décadas gestándose. Las sociedades tienen todo el derecho a debatir sobre integración, fronteras, capacidad de acogida o convivencia. Pero el problema comienza cuando dejamos de debatir y empezamos a buscar culpables encanallando los ánimos además a través de las redes sociales. Nunca en la historia habíamos tenido tanta información disponible y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil vivir atrapados dentro de una deformada versión de la realidad. 


Los algoritmos premian la emoción, el enfado o el miedo. Les importa un comino la verdad. Por eso cada vídeo impactante, cada rumor sin verificar o cada mensaje incendiario encuentran una autopista de millones de usuarios dispuestos a compartirlo.


El resultado es un cóctel explosivo donde un crimen deja de ser un crimen para convertirse en la prueba definitiva de una teoría. Un agresor deja de ser un individuo para representar a un colectivo entero. Y una tragedia concreta acaba transformándose en una batalla cultural donde los hechos importan menos que las emociones.


Lo que ha ocurrido en Belfast resulta inquietante porque esa música nos suena demasiado, porque nos induce a temer que algo así puede llegar a suceder aquí en cualquier momento si nos despistamos y bajamos la guardia.


J.T. 


sábado, 13 de junio de 2026

La expulsión de los "cantaires" de la Sagrada Familia


La tarde-noche del miércoles 10 de junio, durante la misa solemne presidida por el papa León XIV y la posterior inauguración de la Torre de Jesús, acto central del centenario de la muerte de Gaudí, unos 500-600 cantaires de diversos coros catalanes (de lugares como Puig-Reig, Vilafranca, Girona, etc.) fueron expulsados del interior de la basílica por la policía. Entre el fulgor de los drones, la pirotecnia y los coros infantiles, se amputó una parte del espectáculo y se atentó claramente contra la libertad de expresión. Este episodio ha sido tratado con guante de seda por  muchos medios o directamente silenciado. 


Los coros habían participado activamente en la misa cantando durante la ceremonia y al final, mientras interpretaban El Virolai, el himno dedicado a la virgen de Monserrat, las "fuerzas del orden" entendieron que algunos cantaires tenían la intención de desplegar esteladas que llevaban impresas en el reverso de las partituras y cantar Els Segadors, así que decidieron actuar de manera contundente para impedirlo. Rodearon al grupo completo y sacaron del templo a todos los adultos componentes de los coros. La intervención fue violenta y humillante, según contaron los afectados. Los empujaron y obligaron a abandonar la Sagrada Familia mientras aún cantaban la segunda estrofa del Virolai. Una vez en la calle, los cantaires entonaron Els Segadors y El Cant de la Senyera. De todo esto existe escasa documentación audiovisual, pero alguna se puede encontrar.


La actuación policial supuso que el espectáculo final perdiera parte de su alma coral. Se había vendido el acontecimiento como la celebración universal de la belleza y la creatividad, pero se impidió que voces catalanas expresaran su identidad cultural a través de una pieza musical y unos símbolos que forman parte del imaginario colectivo de buena parte de la sociedad catalana. Els Segadors es el himno oficial de Catalunya, reconocido por el Parlament. La estelada representa una aspiración política legítima en democracia. Expulsar a los cantaires significa tratar la discrepancia política como una amenaza. 


Mientras el espectáculo deslumbraba al mundo, se silenció una expresión cultural. La Torre de Jesús se inauguró con pompa internacional, pero dentro del templo se impuso el control ideológico. La protesta se produjo, pero fuera de foco, rodeados de policía en la calle Mallorca. En medio de la fiesta de la belleza y la técnica, se recordó que en Catalunya persiste una herida abierta por la intolerancia a la disidencia simbólica y la tendencia a criminalizar preventivamente al adversario político. Gaudí, siempre catalanista, soñó un templo para todos. 


Si la realización televisiva fue magnífica y el concepto ambicioso, estos nubarrones empañan la ceremonia por muy "discreta" que fuera la represión. Al día siguiente, el pasado jueves 11, cientos de personas cortaron el tráfico en la calle Sardenya, frente a la Sagrada Familia, desplegaron una estelada gigante y cantaron Els Segadors  en una concentración convocada por redes donde se denunció la censura y la vulneración de la libertad de expresión y a la que asistió el ex president Quim Torra, representantes de Junts y de la Assemblea Nacional Catalana (ANC). Junts ha registrado iniciativas parlamentarias pidiendo explicaciones al ministerio del Interior y a la delegada del Gobierno. 


J.T.

viernes, 12 de junio de 2026

Diez minutos mágicos



Barcelona vivió la otra noche un momento de los que trascienden lo meramente ceremonial y se instalan para siempre en la memoria colectiva. La inauguración de la llamada Torre de Jesús en la Sagrada Familia, presidida por el papa León XIV en el centenario de la muerte de Antoni Gaudí, fue un prodigio de creatividad moderna al servicio de una obra eterna. Desde una mirada laica, hay que quitarse el sombrero ante la inteligencia, la audacia y la sensibilidad de quienes lo concibieron y ejecutaron. Consiguieron que la belleza, la técnica y la emoción universal dialogaran sin fisuras. 


Los que tuvimos la suerte de verlo asistimos a algo que no sucede todos los días, la transformación de un monumento universal en un escenario vivo capaz de emocionar a creyentes y no creyentes por igual. El concepto era ambicioso, cerrar un siglo de construcción con un espectáculo que honrara el genio de Gaudí sin caer en el folclore ni en la grandilocuencia vacía. Y lo consiguieron. “Primero el amor, luego la técnica”, la célebre máxima del arquitecto, se materializó en cada detalle. 


La música, original de Daniel López Pradas, sostuvo la emoción de principio a fin. Acompañaba las imágenes, dialogaba con ellas, las impulsaba, las elevaba. La orquesta aportó profundidad y amplitud sonora, los coros añadieron una dimensión humana que convertía el sonido en algo casi tangible. Y el órgano, con esa capacidad única para llenar espacios y silencios, recordó que pocos instrumentos son capaces de conmover con semejante intensidad.


La iluminación transformó la basílica en un ser vivo. Miles de pequeñas lámparas en manos del público dentro y fuera del templo se encendieron de forma sincronizada, convirtiendo a los asistentes en partícipes activos del espectáculo. Los drones dibujaron en el cielo nocturno el rostro de Gaudí contemplando su obra culminada, con la frase “Primero el amor, luego la técnica” proyectada sobre la silueta de Montjuïc. Brutal.


La pirotecnia remató la noche con elegancia, sin vulgaridad. Fuegos que iluminaron el cielo barcelonés como un homenaje festivo pero contenido, celebrando más que estallando. Todo coordinado con una precisión que costó meses de ensayo con cientos de profesionales trabajando en la sombra. Iluminación, sonido, proyecciones, logística… nada falló. 


La realización televisiva merece capítulo aparte porque Paulí Subirá, su responsable, decidió que quería contarnos una historia conmovedora y lo consiguió. Los encuadres, los movimientos de cámara, los ritmos, la selección de planos y la manera de mostrar el monumento consiguieron que millones de personas contemplaran la Sagrada Familia como si la vieran por primera vez.


Hay que felicitar a todos los que participaron en aquella noche. A los músicos, a los cantantes, a los técnicos de sonido, a los responsables de iluminación, a los pirotécnicos, a los realizadores, a los productores, a los diseñadores y a todas esas personas cuyo nombre probablemente nunca conoceremos y que hicieron posible el milagro laico de emocionar a una audiencia global.


Enhorabuena a todos los que, dirigidos por Igor Cortadellas, hicieron posible este milagro moderno. Demostraron que la creatividad audaz, puesta al servicio de la belleza sin estridencias, será siempre uno de los mejores antídotos contra la mediocridad. Durante unos minutos, en la noche del miércoles 10 de junio de 2026 el arte, la arquitectura, la música y la tecnología hablaron un mismo idioma y consiguieron asombrar al mundo ¡Chapeau!


J.T.

domingo, 24 de mayo de 2026

El secuestro de la película “Rocío” de Fernando Ruiz Vergara. Un escándalo olvidado


La película Rocío (1980) fue secuestrada en plena democracia. Su autor, Fernando Ruiz Vergara, pagó con la censura, la ruina económica, el exilio y un final solitario en una residencia portuguesa haberse atrevido a tocar el tema como lo hizo. Como apenas se conoce esta historia, por eso este lunes en que los almonteños andan por las marismas y por la ermita saltando la verja como locos, he pensado que puede ser un buen día para recordarla. 


Quien piense que la romería del Rocío se limita a ser solo una explosión de fe popular está muy equivocado. Nada más lejos. La célebre romería es un entramado de poder, clase y memoria manipulada que tanto Ana Vila, autora del guión del documental, como Ruiz Vergara en la dirección, quisieron contar al mundo acudiendo allí con sus cámaras un día como hoy de hace casi cincuenta años. Se limitaron a mezclarse con la gente y a rodar todo lo que veían sin dejarse atrapar por el síndrome de Estocolmo que parecen padecer la mayoría de periodistas y cronistas que por estos días suelen andar por allí. Nada que ver con el histórico documental en el que Ana y Fernando nos explican cómo los poderes eclesiásticos, económicos y políticos acabaron apropiándose de la romería del Rocío, en sus comienzos ligada a la expresión popular, hasta convertirla en lo que es hoy. Juerga, sexo, alcohol y un histérico fervor religioso al que unos llaman devoción y otros superchería. 


Además de exponer todo esto de manera descarnada, el trabajo de campo que hicieron y sus conversaciones con los lugareños llevaron a Ruiz Vergara y a Vila a descubrir nexos históricos con la represión franquista en Almonte. Recogieron testimonios donde se contaba cómo al llegar la República, aunque en ningún momento se puso en cuestión la celebración de la romería, algunos almonteños retiraron del ayuntamiento un azulejo con la imagen del Rocío en cumplimiento de la legislación laica vigente. Los poderosos y los rancios del lugar lo consideraron una ofensa intolerable y cuando llegó el golpe de estado del 36 promovieron una revancha ejecutada por falangistas, miembros a su vez de la hermandad matriz de Almonte. Con la medalla del Rocío al cuello algunos, y a la luz de los faros de un camión, fusilaron en la noche a un centenar de paisanos algunos de cuyos cadáveres todavía andan buscando a día de hoy. Algún entrevistado señalaba con nombre y apellidos a responsables concretos de aquella masacre y todo esto aparece en el documental. 


Nunca se lo perdonaron. Fue la primera película que, ya con la Constitución del 78 en vigor, acabó secuestrada judicialmente. Solo sucedió algo similar con “El crimen de Cuenca”, de Pilar Miró, un caso que sí tuvo mayor repercusión. Menos mal que estábamos en los años de la llamada Transición. Hubo juicio y Ruiz Vergara decidió asumir toda la responsabilidad para exculpar a sus colaboradores y entrevistados. Fue condenado a dos meses de arresto, una multa de cincuenta mil pesetas y una indemnización descomunal de diez millones. Sucedía esto en 1984, fíjese el lector bien en la fecha: 1984, cuando el Partido Socialista de Felipe González y compañía llevaba ya más de un año en el poder. No hubo piedad, el Tribunal Supremo ratificó la sentencia. 


Fernando Ruiz Vergara terminó sus días en Portugal, lejos del ruido y de cualquier tipo de reconocimiento. No hubo nunca reparación ni restitución pública alguna. Apenas algún homenaje tardío y el trabajo de personas como José Luis Tirado, que en otro documental titulado El caso Rocío reconstruyó en 2013 la magnitud de aquella injusticia y la soledad final de un hombre derrotado. Es desalentador imaginar a Ruiz Vergara acabando sus días en una residencia portuguesa mientras tanto mediocre que no molesta nunca a nadie acaba condecorado por cualquier tontería a las primeras de cambio.


La romería del Rocío continúa siendo, a día de hoy, un territorio blindado para el pensamiento crítico. No hay problema si lo que se quiere es hablar de su impacto económico, de sus trajes o de la cantidad de famosos y famosas que “peregrinan” allí cada año. Pero sigue costando horrores analizar qué representa social y políticamente esa fiesta gigantesca, qué relación mantiene con determinadas estructuras de poder andaluzas o cómo conviven en ella el desmadre y eso que llaman devoción. Todo eso fue lo que Ruiz Vergara retrató con una claridad que jamás se ha vuelto a hacer. Este lunes 25 de mayo, en el que cientos de miles de peregrinos conviven apiñados entre la aldea y las marismas, invito al lector a que anote el nombre del documental y lo vea cuando pueda. Rocío se encuentra en youtube y es de libre acceso. 


Produce vértigo imaginar qué ocurriría si esta película se hubiera estrenado a día de hoy por primera vez. Probablemente estaría siendo víctima de furibundas campañas de linchamiento digital, denuncias organizadas y encendidas soflamas proferidas por histéricos tertulianos televisivos exigiendo su cancelación. Pero al menos existirían espacios, aunque fueran pocos, donde defenderla. En 1980 apenas había refugio para quien osaba meterse en según qué charcos. Estamos en deuda con Ruiz Vergara. Casi cinco décadas después, la romería del Rocío sigue siendo lo que era, pero corregido y aumentado. Alguien tendría que atreverse y volver a contar (con imágenes, claro) lo que realmente pasa allí.


J.T.


martes, 19 de mayo de 2026

Las torturas que Ayuso quiere borrar del mapa



La Audiencia Nacional ha suspendido cautelarmente la declaración como Lugar de Memoria Democrática de la Real Casa de Correos en la Puerta del Sol, actual sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Lo ha hecho tras el recurso de Isabel Díaz Ayuso, argumentando que tal reconocimiento podría “dañar la imagen” del edificio y de la institución que lo ocupa. O sea, que para no dañar la imagen, hay que ocultar los crímenes. 


Entre 1939 y 1979 en la Casa de Correos de la Puerta del Sol estuvo la Dirección General de Seguridad (DGS). Miles de hombres y mujeres, obreros, estudiantes, intelectuales, sindicalistas y militantes de partidos clandestinos, pasaban por allí cuando eran detenidos por la policía. Pero aquello no era un centro de detención convencional, sino un infierno en la tierra donde la Brigada Político-Social ejercía el terror. 


Las torturas eran práctica habitual, en los sótanos era sobre todo tortura sicológica, aislamiento en celdas angostas y oscuras con un poyete de piedra, amenazas a familiares y humillaciones constantes. Arriba, en la primera planta, la Brigada se dedicaba a propinar palizas con toallas para no dejar marcas visibles, descargas eléctricas, golpes en plantas de los pies, el “pato” (esposado por detrás y patadas en los genitales)… Todo para extraer confesiones o delaciones y sembrar el miedo. 


Nombres como Roberto Conesa o Antonio González Pacheco, “Billy el Niño”, aparecen en decenas de testimonios como sinónimos de sadismo impune. Una impunidad que los jueces del régimen blindaron porque las denuncias de torturas se convertían en acusaciones de desacato contra las víctimas. 


Entre las paredes de la Dirección Nacional de Seguridad estuvieron presos políticos como Julián Grimau, dirigente comunista a quien los agentes arrojaron por una ventana para simular un suicidio. Sobrevivió malherido y fue fusilado después. Tomás Centeno, del PSOE, murió en la DGS en circunstancias nunca aclaradas. Pasaron por allí Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius, el poeta Marcos Ana, Juan Antonio Bardem y centenares de personas anónimas cuyo delito era pensar distinto. 


A pocos metros de donde la gente celebraba las campanadas cada fin de año, a se torturaba en nombre de Franco. El edificio donde hoy se encuentra el despacho de Ayuso fue durante cuatro décadas el Kilómetro Cero de la represión. La memoria es una deuda con las víctimas y homenajearlas en el lugar donde fueron torturadas es lo menos que se debe hacer. Ocultarlo es prolongar la impunidad. La imagen de Madrid no la dañan las placas memorialistas. La dañan quienes siguen considerando incómodo que se conozca lo que ocurrió allí dentro durante décadas.


J.T.

lunes, 18 de mayo de 2026

Andalucía. ¿Alguien tiene algo que celebrar?


Quizá lo más interesante de los resultados electorales en Andalucía haya sido que casi nadie pudo lanzar las campanas al vuelo anoche, ni siquiera quienes comparecieron exultantes. Hubo poco champán y mucha prudencia; hicieron bien. A pesar de haber conseguido 53 escaños, Moreno Bonilla se queda a dos de la mayoría absoluta y dependerá de Vox para gobernar. El PP pierde fuelle pues, Vox posee la llave con 15 diputados, uno más de los que tenía antes; el PSOE toca fondo histórico con 28  (dos menos que hace cuatro años), a pesar de obtener sesenta mil votos más y la coalición Por Andalucía, encabezada por Antonio Maíllo, conserva de milagro los 5 asientos que ya tenía. Ni sube ni baja. En cambio, Adelante Andalucía, liderada por José Ignacio García, ha pasado de 2 a 8 escaños tras una buena campaña con mensajes rupturistas y alegres que está visto que calaron 


El PP ganó, es cierto, pero la pelota de la mayoría absoluta pasó rozando el larguero y no entró. Moreno Bonilla había jugado con fuego cuando decidió apelar al voto del miedo. “Como no me ayudéis a sacar 55 diputados mínimo, será un problema”, vino a decir más o menos. 

- ¿Queréis que no tengamos que depender de nadie o queréis lío?, inquirió como si se tratase de un plebiscito.

- Lío, lío, queremos lío!, decidieron los electores a quienes, visto lo visto, el desafío debió ponerles cachondos.


En el PSOE, por su parte, no estaban los pobres para bromas. Los resultados fueron tan tristes como la campaña de una María Jesús Montero a quien le hemos conocido mejores momentos. Los socialistas andaluces continúan su implacable viaje hacia la decadencia. Ni el otrora eficaz aparato del partido, ni disponer de una agrupación en cada pueblo acaba de servirles para levantar cabeza. Pierden por desgaste, por desmovilización, por ausencia…  ¿quizás porque no dejan de pelearse entre ellos?


Por lo que respecta a Vox, los ultras tampoco están en condiciones de sacar mucho pecho, por muy determinantes que sean, o que se crean que son. No pueden tensar demasiado la cuerda  a la hora de los pactos porque continúan siendo más perro ladrador que mordedor por mucho que incordien y descabalen. Como en Extremadura, Aragón o Castilla y León, continúan con su papel de mosca cojonera, con su viaje a ninguna parte repitiendo como papagayos “prioridad nacional”. Si Moreno acaba tragando y gobernando con ellos, Núñez Feijóo puede despedirse de ser presidente el año que viene. Igual es verdad que no quiere. 


En cuanto a Adelante Andalucía, está claro que fue el equipo revelación de la jornada. Consiguió más de cuatrocientos mil votos, por encima del doble de los obtenidos en la legislatura anterior, y cuadruplicó sus escaños, de 2 a 8. Pero José Ignacio García prefirió ser cauto y bajar el balón al suelo cuando compareció: “De momento no lo hemos conseguido”, comenzó. Imagino que sabe de sobra que más de la mitad de los votos nuevos que ha obtenido su formación proceden de gente de Podemos cabreada una vez más con la humillación a la que Izquierda Unida y Sumar han vuelto a someter a los suyos quienes, al aceptar ser incluidos en las listas de Por Andalucía como estos quisieron, han acabado desapareciendo del Parlamento andaluz.


La patada que IU le dio a Podemos tras la excelente campaña de Irene de Miguel en Extremadura fue, posiblemente, una de las mayores torpezas estratégicas de la formación en mucho tiempo. En Aragón, en Castilla y León (con sus singularidades) y ahora en Andalucía, la historia se repite: Sumar no acaba de aceptar que está ya muerta y en Izquierda Unida, los pocos que aún pillan cacho no están dispuestos a soltar ni sillones ni prebendas. Una miseria, pero con que les llegue para ellos, basta. Ruina pura, bochornoso espectáculo al que las derechas asisten con indisimulada complacencia. 


Ayer pareció quedar claro que hay mucha gente, nuevos votantes también, con ganas de votar izquierda. Pero ¿a quién van a poder votar cuando lleguen las municipales y las generales del año que viene? Para entonces, más les vale a todos los partidos estudiar con lupa los resultados de este domingo pasado. Las elecciones andaluzas nunca han sido unos comicios autonómicos cualesquiera y así ha quedado demostrado este 17M una vez más. Traerán cola.


J.T.

Lamine y Florentino. Dos mundos, dos maneras



Con apenas veinticuatro horas de diferencia, hace pocos días tuvimos dos ejemplos claros de por qué el fútbol es mucho más que fútbol. Siempre sostuve que este deporte es una excelente parábola de la vida misma y lo he argumentado de mil maneras, pero los dos episodios de la semana pasada son definitivos. Un país genocida como Israel enfadándose con un chaval de 18 años, cuyo equipo, el Barça, celebra el campeonato de liga, por ondear públicamente una bandera del país al que están masacrando y por otro lado un octogenario desaforado cargando contra todo lo que se mueve, fuera de sí porque la entidad “deportiva” que preside no gana ni un título y el vestuario anda hecho unos zorros.


De un lado, un joven que lanzaba al mundo el mensaje más potente imaginable sin necesidad de pronunciar una sola palabra, y de otro un señor mayor comportándose como un niño malcriado porque quienes siempre se dedicaron a hacerle la pelota se están empezando a atrever a decirle cosas que no quiere oír. Un futbolista sin miedos innecesarios y un empresario sin escrúpulos; un futbolista que opina y un prepotente que odia las opiniones (siempre que no sean a su favor, por supuesto). Un joven que se pronuncia frente a la intolerancia y un señor que tolera ultras sembrando la discordia en las gradas del estadio en cuyo palco se urden todo tipo de trapicheos y conspiraciones.


El fútbol español convive con símbolos reaccionarios y discursos ultras desde hace demasiado tiempo. Como la excepción suele destacar más que la norma, por eso figuras como Josep Guardiola, Eric Cantona, Borja Iglesias o Héctor Bellerín incomodan, porque rompen el molde del deportista decorativo. Por eso inquieta también Lamine Yamal, que ha sido capaz de no dejar indiferente a media humanidad solo con enarbolar durante pocos minutos una bandera palestina. 


En el fútbol se mezclan identidades nacionales, conflictos sociales, tensiones políticas, frustraciones colectivas y deseos de pertenencia. El fútbol funciona como una religión laica y de ahí su fuerza descomunal, pero también su peligro. Esta última semana lo hemos podido comprobar desde dos ángulos muy distintos donde los papeles de sus protagonistas aparecían cambiados. Lamine actuando como un adulto reivindicando derechos pisoteados y Florentino comportándose como un crío maleducado que solo ve enemigos por todas partes y que no se corta un pelo a la hora de señalar y amenazar, sobre todos a periodistas.


A periodistas que, por cierto, no han dejado de bailarle el agua en numerosas ocasiones olvidando que cuando, ya sea por miedo o por vocación, halagas a alguien prendado de sí mismo y con poder, tus autohumillaciones nunca le parecerán suficientes, siempre querrá más. La soflama contra el diario ABC reconozco que no la vi venir, ni su amenaza con cancelar la suscripción de cuarenta años al periódico. Para quien piense que esa represalia es una ridiculez, se lo traduzco: en boca de Florentino Pérez, “suscripción” es una licencia literaria con la que se puede estar refiriendo a los millones en publicidad que todas las empresas que él preside y en las que influye insertan en el periódico.


Entre Florentino Pérez y Lamine Yamal no existe solo una diferencia de edad o de posición social. Uno simboliza la estructura, el control, el poder económico que convierte el fútbol en una industria global donde hasta las emociones se rentabilizan; el otro aún se mueve en una clave donde el afecto y las relaciones humanas importan. Florentino mira el fútbol desde arriba, Lamine lo vive todavía desde abajo y, en medio de tanto cálculo, tanta marca registrada y tanta mercantilización salvaje, apuesta por divertirse en el campo y fuera del campo, por sentir, por equivocarse, por opinar y tomar partido cuando llega el momento de hacerlo ¿Desde cuándo no se ríe con franqueza el presidente del Real Madrid, desde cuándo no se divierte?


Mientras Florentino representa un modelo de poder altanero y prepotente, Lamine personifica la capacidad de provocar un terremoto con un sencillo gesto de denuncia. Dos mundos, dos maneras de entender la vida. Esperemos que Lamine aguante lo que se le viene encima porque está claro que el sistema reaccionará. Intentará domesticarlo, convertirlo en un producto sin más, robarle su frescura y su desparpajo. 


El fútbol importa porque nunca hablamos únicamente de fútbol sino de dinero, de identidad, de ideología, de poder, de clase, de pertenencia. Hablamos de quién manda, de quién se atreve a desafiar lo establecido y también de emociones colectivas manipuladas millones de veces. Por eso un presidente acumula tanto poder y el gesto solidario de un chaval de dieciocho años provoca semejante convulsión. 


Entre el palco y el vestuario, entre el negocio y la conciencia, entre Florentino y Lamine, se libra mucho más que un partido. Y todo esto, a menos de un mes del comienzo de un campeonato mundial en el que la selección española, con Lamine Yamal como estrella, ha de jugar los dos primeros encuentros… ¡en Estados Unidos!


J.T.



sábado, 16 de mayo de 2026

Mayo de 1976. El mes en que nacieron “El País” e “Interviú”


Mayo de 1976 fue el mes en que nacieron dos medios de comunicación claves en el mapa de los primeros años en España tras la muerte de Franco. El día 4 salió a la calle el primer número de “El País”, el diario de información general que desde entonces, y a pesar de sus múltiples vaivenes, no ha dejado de estar presente, e incluso de marcar agenda, en la vida social y política de nuestro país durante las cinco última décadas. 


El día 22 nació “Interviú”, una revista imprescindible si queremos entender lo que sucedía en aquellos años tan revueltos como atractivos. Chica ligera de ropa en portada, más desnudos en páginas interiores de mujeres famosas, reportajes de denuncia sobre las corrupciones del franquismo, informes de investigación sobre los temas mas espinosos (ultraderecha, narcotráfico, terrorismo) e historias donde lo escabroso y lo morboso siempre tenían cabida en su polémico cóctel. Lo redondeaba la presencia de artículos de opinión de las mejores plumas en el país por aquel entonces (Umbral, Emilio Romero, José Luis de Vilallonga, Vázquez Montalbán…) y por supuesto tampoco faltaban dibujantes como Forges, Martinmorales o Perich, que en una o dos viñetas eran capaces de resumir con envidiable maestría lo que estábamos viviendo.


"El País", por su parte, iba de “serio”.  Era el resultado de años de trabajo de los conspiradores oficiales, gentes en su mayoría de derechas que aspiraban a continuar partiendo el bacalao cuando muriera Franco y que tenían muy clara la necesidad de un medio de comunicación de carácter liberal, pero fresco y distinto. En mayo del 76 se cumplían los primeros seis meses de la muerte del dictador y nuestro país estaba hirviendo. El inefable Juan Carlos de Borbón había heredado todos los poderes del dictador y por entonces transmitía la impresión de no saber muy bien cómo gestionar aquello. Solo tenía clara una cosa, sobrevivir a cualquier precio. Había ratificado a un franquista acérrimo como presidente del gobierno, Carlos Arias Navarro, y este había conformado un consejo de ministros que podía ser perfectamente uno de los gabinetes de la etapa anterior. En resumen, que no acabábamos de arrancar.


En este clima donde los medios de comunicación de referencia eran revistas que se habían jugado el tipo durante los últimos años de la dictadura, (Triunfo, Cambio 16 o Cuadernos para el Diálogo entre otros) es en el que irrumpen en los quioscos dos medios como El País” e Interviú”. El primero llamaba la atención más por su impecable diseño y su manera de titular que por sus contenidos. Pero qué duda cabe que significaba aire nuevo. En aquel momento, el presidente de este proyecto empresarial se llamaba José Ortega Spottorno, hijo del filósofo Ortega y Gasset, y entre sus principales accionistas cabían personalidades tan dispares como Manuel Fraga Iribarne, que en ese momento era ministro del Interior con Arias Navarro, o Ramón Tamames, economista autor de libros imprescindibles como “Estructura económica de España”, cuya primera edición databa de 1960, y que por aquel entonces se encontraba preso en la cárcel de Carabanchel por pertenecer al clandestino Partido Comunista de España (PCE). Los promotores de El País” vendieron esta antinomia como un certificado de pluralidad que respaldaba su independencia periodística. El tiempo se encargaría de desenmascarar la coartada. 


“El País” estaba bien hecho, y su irrupción en el panorama mediático de aquel entonces supuso tal revulsivo que buena parte de la prensa que hasta ese momento existía en España fue diluyéndose hasta acabar desapareciendo. Periódicos como Arriba”, “Ya”, “Solidaridad Nacional” o “Pueblo” comenzaron su irremisibe cuesta abajo y otros como El Alcázar”, que radicalizaron su adscripción fascista, resistieron algo más. 


Fue un mes de muchas emociones Mayo de 1976. Todo seguía prácticamente igual que tras la muerte de Franco, pero es verdad que la aparición de medios como El País” o “Interviú” nos aliviaba y proporcionaba cierta esperanza. Desde un punto de vista legal, con el código penal vigente en la mano, la mayor parte de lo que se publicaba en estos dos medios era querellable, pero resistir era el desafío. Esta fue una de las patatas calientes con las que se encontró Adolfo Suárez cuando un mes más tarde, a finales de junio de ese mismo año, fue nombrado presidente del gobierno dando así comienzo a una etapa nueva en la que el objetivo era legalizar los partidos políticos, elaborar una constitución, convocar elecciones y promulgar una amnistía.


Todo eso sucedió cuando El País” e “Interviú” estaban ya en los quioscos, no sin superar a diario una tediosa carrera de obstáculos porque la Audiencia Nacional, que por entonces  se llamaba Tribunal de Orden Público, procesaba de oficio un considerable porcentaje de los artículos, fotos y reportajes que se publicaban en estos dos medios. Luchando contra los elementos lograron sobrevivir, como sobrevivió durante muchos años el diario Avui”, periódico escrito en catalán que había salido a la calle un mes antes, el 23 de abril (los catalanes, siempre por delante) y que luchó contra tirios y troyanos durante décadas sin dejar de contar jamás con furibundos adversarios. 


Gran primavera la de 1976 en España, sabroso preludio de todo lo que comenzó a ocurrir a partir de ese momento. El 18 de octubre de ese mismo año, salió a los quioscos el primer número de Diario 16”.


J.T.

viernes, 15 de mayo de 2026

Andalucía. Ahora que quedan pocas horas...


Tic-tac, tic-tac. El reloj acelera camino del 17 de mayo, domingo electoral en Andalucía. En las sedes de los partidos, en los platós de televisión y en las calles de pueblos y ciudades se respira el aire espeso de todo final de campaña, una mezcla de agotamiento, escepticismo y alborozo: ¡Por fin se acaba la campaña electoral! Los políticos contentos porque, al menos por unos días, ya no tienen que mentir más, y los electores aliviados porque quince días de tabarra es mucha tabarra. 


Y me pregunto yo: A estas alturas, ¿qué sentido tienen las campañas electorales tal como las concebimos? Son largas, tediosas, caras y poco rentables. Miles y miles de euros que se evaporan en mítines a los que solo acuden los ya convencidos para dejar constancia de su adhesión inquebrantable, aplaudir y propinarse codazos hasta conseguir hacerse un selfie con el líder o la lideresa de turno ¿Es este el sentido de los mítines, reunir a los convencidos de siempre para darse un baño de nostalgia y fingir falsas esperanzas? ¿Cuál es el sentido de unos debates televisivos absolutamente predecibles donde sabes que todos los candidatos te van a engañar y que el show va a estar tan medido como descafeinado? ¿Cuál el sentido de la cartelería callejera, cuál el de los sobres que se envían a las casas? ¿A qué viene tanto gasto, de verdad que compensa el esfuerzo inversión-resultado? 


Si todos parece que estamos de acuerdo en que de lo que se trata es de ver cómo convencemos para que voten a un puñado de indecisos y a una buena cantidad de vagos e indolentes que no se toman la molestia de acudir al colegio electoral, ahora que con los mecanismos digitales parece más fácil, ¿por qué no centramos nuestros esfuerzos en eso y a los demás lo dejamos en paz? La gran mayoría de los electores hace tiempo que eligió trinchera. Da igual lo que ocurra, da igual una corrupción más, un bulo menos, un debate mediocre o una promesa imposible. El voto se ha convertido en una cuestión identitaria, emocional, casi futbolística. Los míos contra los tuyos. Y punto.. Está claro que el 80 por ciento no va a mover su voto así caigan chuzos de punta, que del 20 por ciento restante la mitad no se van ni a molestar en salir de casa para votar, ergo... ¿para un diez por ciento tanta parafernalia, tanta música, tanto escenario, tanto viaje, tanto abrazo y tanta soflama? Pues parece que sí porque, según los entendidos, en ese diez por ciento está la clave del éxito o el fracaso. Exageran. O no.


Y del día de reflexión, ¿qué me dicen? ¿Quién reflexiona, sobre qué y para qué? Para bien o para mal, los días anteriores a las votaciones son tiempo muerto que cuesta rellenar a la espera de la noche del domingo cuando se abran las urnas, se cuenten los votos y nos demos cuenta de que esto no tiene remedio. Quedan horas. Lo que no se haya trabajado durante meses, durante años, no se puede arreglar en los últimos días. Como ocurre en los exámenes, ahora que estamos en la época, lo que no hayamos ido estudiando y trabajando durante el curso no podemos arreglarlo con las últimas dos noches sin dormir.


Los resultados electorales tienen algo de eso, de recoger el fruto de toda una temporada sembrando, regando y abonando. Ni los reyes magos existen ni los milagros tampoco.


J.T.