viernes, 20 de marzo de 2026

Si lo hace Podemos, entonces está mal


Hace años que me fascina la animadversión que veo salir de las tripas de muchos colegas de profesión cuando se trata de hablar de Podemos. Se les aplica un tratamiento sistemático de descrédito que roza lo patológico. El pasado jueves se anunció que Irene Montero, eurodiputada y secretaria política de esta formación política, y Gabriel Rufián, portavoz de ERC en el Congreso, compartirán escenario el próximo 9 de abril en Barcelona. Moderará Xavier Domènech, exlíder de los Comuns. “Què s’ha de fer?” se preguntan. En principio, se trata sencillamente de un diálogo abierto, constructivo, entre dos referentes de la izquierda alternativa para explorar el futuro del espacio progresista. 


Pues bien, buena parte del censo patrio de plumillas y tertulianos, lejos de valorar este esfuerzo en un momento tan complicado, han optado desde el minuto uno por el sensacionalismo barato: “terremoto”, “ponen patas arriba el tablero”, “sacudida a la izquierda”. Otros se lanzan a especular con “cálculos electorales” o posibles pactos en un ecosistema mediático donde todo lo que hace Podemos está mal por definición. Si propone diálogo, es porque llega tarde. Si no lo propone, bloquea. Si habla, molesta. Y si calla, también. 


“Podemos no quiere la unidad, Podemos no quiere la unidad”, repetían una y otra vez hasta la saciedad en los últimos días. Irene y Gabriel anuncian una sencilla conversación… “Nooo, nooo, esa unidad no, eso es más de lo mismo con los mismos”, clama Antón Losada para satisfacción de un Fortes que aviva el fuego encantado. Y así sucesivamente. Este es el patrón. Unos actúan de esta manera por animadversión ideológica, otros quizás por falta de información y otros sencillamente por inercia, porque mola poner a parir a una formación de la que ignoran su lucha durante años contra las injusticias y por combatir la desigualdad. A nadie parece interesarle, en un contexto de fragmentación evidente, que Montero y Rufíán se sienten a hablar. Si lo hace Podemos, desconfía, lagarto lagarto.


Hablaré solo de un caso: las leyes de igualdad y contra la violencia sexual promovidas por Montero han situado a nuestro país como referente internacional. El Parlamento Europeo ha aprobado definiciones de consentimiento idénticas a la de la ley “solo sí es sí”, no olvidemos esto nunca, después de la que le dieron. Organismos como ONU Mujeres y referencias explícitas en foros globales (como la Conferencia de Beijing) reconocen que España, gracias a estas políticas, se ha colocado “a la par de los países más avanzados” en protección de derechos de las mujeres. 


¿Dónde queda eso en la prensa española? Enterrado bajo toneladas de titulares hostiles, editoriales cargados de veneno y silencios cómplices. Mientras en Bruselas y en foros internacionales se cita a Montero como ejemplo de avance feminista, aquí se la reduce a “radical”, “polémica” o “apestada electoral”. El oficio periodístico, cuya esencia es el rigor y pluralidad, se ha convertido en nuestro país en ariete contra todo lo que huela a Podemos. Da igual que se trate de un acto de diálogo unitario, una ley pionera o una propuesta concreta. La respuesta es siempre la misma, ataque, caricatura o ninguneo.


Fuera de nuestro país el fenómeno Podemos lleva años siendo objeto de estudios académicos, de reconocimiento y de análisis políticos serios. Se podrá estar de acuerdo o no, pero se les analiza. Aquí se les demoniza y se les ataca sin misericordia. Esta degradación del periodismo no se sostiene ni con la excusa de la “libertad de expresión”. La información que llega al ciudadano sobre Podemos pasa sistemáticamente por el filtro del desprecio o la distorsión. La prensa española ha decidido negarles el pan y la sal y ahí andan, a degüello. 


La conversación del 9 de abril puede salir bien, mal o regular. Puede aportar algo o quedar en nada, puede ser relevante o pasar desapercibida. Pero pase lo que pase, el periodismo ha de limitarse a esperar a que suceda, verlo, escucharlo y contarlo. Porque de eso va ser periodista, ¿no, queridos colegas?


J.T.

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