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jueves, 1 de septiembre de 2016

Pamplona y las tumbas de Mola y Sanjurjo

Pasan los años y ahí sigue, en pleno centro de Pamplona, visible prácticamente desde todos los ángulos de la ciudad. Ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo el monumento de “Navarra a sus muertos en la Cruzada”, una agresiva e insolente construcción que alberga los esqueletos de insignes pertenecientes al bando vencedor de la guerra civil. Entre ellos dos fascistas first class:Emilio Mola Vidal y José Sanjurjo Sacanell, dos golpistas vocacionales con vidas paralelas. Africanistas, profesionales de la sublevación y la crueldad, grandes ambiciosos, con dotes de liderazgo y organización, y adictos al placer que proporciona la potestad de mandar y ser obedecidos. Mola nació en Cuba y Sanjurjo en Pamplona, pero su primer destino como teniente fue Cuba. Pelín gafes ambos, eso sí, porque los dos la liaron parda y a los dos acabó saliéndoles el tiro por la culata.
Emilio Mola fue el diseñador del aquel desastre de golpe de Estado del 36 que acabaría desembocando en sangrienta guerra civil. El considerado “director” del “glorioso alzamiento” resultó ser un chapuzas. Y su todavía compañero de tumba, José Sanjurjo, no se le quedó atrás: sus veleidades golpistas le habían llevado a encabezar en 1932 un pronunciamiento que fue un rotundo fracaso. Lo condenaron a muerte, le conmutaron la pena por cadena perpetua y aunque no le permitieron regresar al ejército, al año siguiente lo amnistiaron y se marchó a Portugal, al exilio. Debió pensar que era un hombre de suerte y volvió a tentar al destino con 64 años: en el golpe de julio del 36 sería el jefe del gobierno militar, pero no. Decididamente era gafe, o vaya usted a saber, pero el caso es que la avioneta que acudió el 20 de julio a Estoril para trasladarlo a Burgos se estrelló al poco de despegar y Sanjurjo nunca pudo llegar a ponerse al frente de los golpistas.
Para continuar con los paralelismos, a Mola solo le quedaba estrellarse también en un accidente de avión. Lo conseguiría en cuestión de meses: el 3 de junio del 37, cuando viajaba desde Vitoria al frente de Valladolid, el avión que lo transportaba se estrelló, dicen que por culpa del temporal, en la montaña de un pueblo de Burgos llamado Alcocero. Tenía 50 años. Las dos muertes beneficiaron a Francisco Franco: pista libre para el golpista de El Ferrol, quien desde entonces lideró el fratricidio sin que nadie de su bando osara cuestionar sus decisiones.
Ni Mola ni Sanjurjo supieron nunca que sus espantosos sueños conseguiría acabar materializándolos aquel general bajito y de voz atiplada al que nunca
tuvieron en excesiva consideración. La “mosquita muerta”, no obstante, decidió serles agradecido una vez ganada la guerra y en 1942 ordenó levantar en Pamplona, al final de la avenida de Carlos III, el tétrico edificio que perpetuaría la memoria de sus siniestros mentores con el que intentó humillar, sin conseguirlo nunca, la dignidad del pueblo navarro.
Pero el edificio ahí sigue, míralo, míralo. Y con los restos de Mola y Sanjurjo dentro, viendo pasar el tiempo, quince meses después de la llegada a la alcaldía de Joseba Asirón. Por fin el ayuntamiento del cambio parece que se va a decidir a coger el toro por los cuernos. Ochenta años después del golpe -¡ochenta años!- y aún cogiéndosela con papel de fumar no vaya a ser que alguien se enfade. Ochenta años después y con una ley de Memoria Histórica que lleva un lustro pidiendo a gritos ser cumplida. Ochenta años después del comienzo de la guerra civil y aún recurriendo, -¿por miedo a pisar callos?- a la diplomacia de altos vuelos con la iglesia, que cuando cedió la propiedad del edificio al ayuntamiento, lo hizo con algunas condiciones… Diplomacia también con los herederos y allegados de los enterrados. Todo con vaselina, que no duela, en fin… tendrá que ser así.
En un par de meses se exhumarán los restos, la decisión municipal ya está tomada, y se cerrará el edificio. Luego se abrirá un debate para ver qué se hace con él. No se descarta la demolición.
J.T.

jueves, 4 de agosto de 2016

Queipo de Llano continuará en la Macarena


¿Saldrán alguna vez los restos de Queipo de Llano de la Basílica de la Macarena? Ochenta años después del comienzo de la Guerra Civil, el ayuntamiento de Sevilla se ha puesto de acuerdo, por fin, para condenar el golpe de Estado que lo propició y para repudiar la figura del sangriento general que sembró el terror en la ciudad aquel trágico verano, el golpista y asesino que, durante los primeros meses de la guerra civil, liquidó sin contemplaciones a todo el que había tenido algún tipo de predicamento en el mundo político y social sevillano durante la república. Abogados, médicos, arquitectos, filósofos, profesores, notarios –entre ellos Blas Infante- fueron fusilados por las tropas rebeldes que mandaba Gonzalo Queipo de Llano.

Muchos de los asesinados eran miembros de la cofradía de la Macarena. En Sevilla pertenecer a una cofradía -más de sesenta salen a la calle en semana santa- es un hecho social. Una costumbre. Una pasión si queréis pero en muchos casos al margen de las cuestiones de religión.Y la Macarena, como todo el mundo sabe, es una de las cofradías punteras. Doce años después de finalizar la guerra civil, en 1951, muere Queipo y lo entierran… ¿dónde? Sí, señor, en la Macarena. Nada más entrar a la izquierda, ahí lleva sesenta y cinco años. En 2008 decidieron maquillar la lápida, y donde ponía “excelentísimo teniente general” puede leerse desde entonces “hermano mayor honorífico”. La fecha
de la rebelión, que también figuraba, fue hábilmente cubierta con el escudo de la cofradía. Cincuenta y ocho años tuvieron que pasar para que alguien se atreviera a retocar la inscripción. Un timidísimo parche producto de muchos años de debate que dejaba pendiente el asunto fundamental al que nadie parece querer meterle mano: ¿por qué los restos de Gonzalo Queipo de Llano continúan en la Macarena?

Los restos de alguien cuyas aterradoras soflamas radiofónicas a través de los micrófonos de Radio Sevilla sembraron el pánico entre una población literalmente ultrajada: "Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombre de verdad"- bramaba Queipo. Y continuaba: "...también a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen. Vayan las mujeres de los "rojos" preparando sus mantones de luto. Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: ¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Río, id preparando sepulturas! Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros; que si lo hiciereis así, quedaréis exentos de toda responsabilidad".

Este es el sátrapa cuyos restos reposan, junto a los de su mujer Genoveva Martí, en la basílica de la Macarena, entrando a la izquierda. Y allí van a continuar, a pesar de la moción de IU que el ayuntamiento sevillano aprobó por unanimidad el pasado día 29 repudiando su figura y condenando el golpe del 18 de julio. Allí continuará porque los concejales del PP votaron en contra el punto de la propuesta en el que se proponía su traslado. Los de Ciudadanos se abstuvieron. “Como Ayuntamiento no somos nadie para mostrar nuestro rechazo a lo que diga su hermandad y su familia, que quieren que esté allí”, argumentan los populares. Y la verdad es que, pensándolo bien, se trata de un asunto entre los católicos y la familia del asesino. Así que quizás lo lógico sea desentenderse y que lo arreglen entre ellos. O no.

J.T.

viernes, 14 de noviembre de 2014

"Antonia" o la importancia de la memoria... histórica



Cada año que transcurre, nos va quedando menos tiempo para contar con fuentes de primera mano que puedan explicar, sin tapujos, qué puñetas nos pasó durante aquellos tres años en que nos estuvimos matando sin parar los unos a los otros en este país. Qué ocurría en las calles, cómo eran las horas y los días en esas casas que sobrevolaban los aviones y en las que de vez en cuando caía alguna bomba, en esas corralas donde había tanto miedo y tan pocas cosas que comer. Salvo cuando algún vecino aparecía con un burro que inmediatamente era descuartizado, cocinado y engullido. Por eso me parece tan importante que existan testimonios como el de Antonia.

Cada mes que pasa, nos quedan menos dudas de la obligación que tenemos de conocer cuantos más detalles mejor de aquellos oscuros años de locura, miseria y sangre. Pero también es verdad que cada mes, cada semana que pasa, nos van quedando menos oportunidades para conseguirlo: decenas de testigos que durante la guerra civil eran niños se están muriendo porque hace tiempo ya que los más pequeños cumplieron ochenta años. Por eso me parece que es muy de agradecer que personas como Antonia, 84 años, madrileña de Lavapiés, se haya atrevido a contar su historia.

Cuando apenas tenían ocho o nueve años, niños y niñas de la edad de Antonia vieron muchas personas asesinadas en las cunetas o amontonadas en almacenes, otros vivieron toda su vida sin olvidar la cara de quien se llevó a su padre para fusilarlo y casi todos conocieron el terror que producía escuchar de noche el sonido del picaporte en la puerta de casa: podían venir buscando a alguien más de la familia para darle "el paseíllo".

Adolescentes ya en la posguerra, conocieron el hambre, sufrieron la injusticia del encarcelamiento de sus padres por meros rencores vecinales que derivaban en chivatazos asesinos, sobrevivieron con cartillas de racionamiento de tercera y se la jugaron en el mundo del estraperlo. Eso era lo que había: la lucha por la supervivencia a cualquier precio. Así que cuando crecieron, se casaron y les tocó educar a esos hijos que ahora somos nosotros, lo hicieron entre silencios y recelos que casi nunca transgredieron. Se cerraron en banda y nos criaron sin que apenas nos enteráramos de nada. Salvo Antonia, que se lo ha contado todo a Nieves Concostrina, quien lo ha convertido en una sobrecogedora novela. La importancia de la memoria.

A día de hoy, los coetáneos de Antonia son en su mayoría abuelos diseminados entre residencias de ancianos, hospitales y casas familiares donde su pensión sirve en muchos casos para que hijos y nietos no se mueran de hambre. No han tenido respiro en toda su vida. El franquismo intimidó su memoria y la transición remató la faena: lo mejor era olvidar. Una canallada.

De ahí la importancia que a mi juicio tiene conocer historias como la de Antonia, viva de milagro porque se levantó de la cama donde dormía minutos antes de que en ella cayera un obús que no llegó a explotar, analfabeta y maltratada por un padre vago y borracho y huérfana desde los once años de una madre que no sobrevivió a las torturas de la cárcel de mujeres.

Han pasado casi ocho décadas y apenas existen novelas o películas que cuenten historias de gentes como Antonia. Historias donde la guerra solo es el punto de arranque para explicar después los años oscuros y las enormes dificultades para levantar cabeza que esa generación hubo de soportar durante prácticamente toda su vida. Esos años cuarenta donde se continuaba fusilando sin piedad, esos cincuenta donde sin carnet de falange no eras nadie y donde tener cuarto de baño propio era casi impensable, esos sesenta donde el pluriempleo era la única manera de reunir un sueldo decente... Esos setenta en los que se privaban de cosas básicas para que sus hijos, nosotros, pudiéramos estudiar y tener una vida mejor que la de ellos...

¿Por qué, a pesar de todo lo que se ha escrito y filmado sobre la guerra civil, la posguerra y los negros años del franquismo, existen tan pocas novelas, tan pocas películas elaboradas desde el punto de vista escogido por Concostrina para contar una historia como la de Antonia?

¿Cuándo nos atreveremos a enfrentarnos de una vez, sin tapujos ni mariconadas, a todos nuestros fantasmas? ¿Cuándo dejaremos de cerrar en falso la historia de nuestras vidas? La Historia con mayúsculas solo se puede escribir a partir de la suma de muchas historias como la de Antonia. Y eso, los autores de tantos volúmenes sesudos como se han escrito sobre nuestra historia reciente tendrían que haberlo tenido mucho más en cuenta.

Los pactos de la Transición marcaron un camino que dejó muchas preguntas sin contestar, muchas dudas sin resolver y demasiadas canalladas impunes.Ahí están sin ir más lejos, esos ciento cincuenta mil cadáveres que, para nuestra vergüenza, permanecen aún en las cunetas. ¡Ay, ese bluff llamado ley de memoria histórica!

Celebro la valentía de Antonia al aceptar, no sin cierta desazón, que se perpetúen en letra impresa detalles personales de su vida que tanta gente de su edad se negaría en redondo a hacer públicas. La valentía de Antonia y la habilidad de Nieves Concostrina para construir con esa historia un relato que está pidiendo película ya. A ver si hay algún director que se atreva a homenajear la excelente memoria de Antonia con un largometraje dedicado a la mayor honra de nuestra memoria colectiva.

J.T.

sábado, 3 de mayo de 2014

¿Volveremos a necesitar otra vez una "Radio Pirenaica"?



“Estoy muy preocupada por el futuro de mi hijo. Le veo crecer y no tengo perspectiva para él” “Dicen que en los hogares españoles de los trabajadores no falta el pan, pero mienten, ¡canallas!. Lo que no falta es el hambre y la miseria” “Salí de España de emigrante para ver si podía solucionar la situación de mi casa, pero…¿he dicho casa? Si la perdí y vivo alquilado como buenamente puedo…”

No son frases extraídas del twitter de la España de hoy día, pero podrían serlo. Está cantado establecer este paralelismo cuando repaso “Las cartas de La Pirenaica”, el último libro que me ha prestado mi amigo José María Perceval y que no sé si le devolveré. Pero no, no son frases de twitter, son fragmentos de cartas, muchas de ellas desesperadas, escritas hace más de cincuenta años y enviadas a Radio Pirenaica para que las leyeran en uno de sus programas. Para quienes no lo sepan, Radio Pirenaica era el único soplo de aire fresco, en materia de comunicación, que existía en la asfixiante España franquista. Clandestina, por supuesto, emitía desde Bucarest y se sintonizó durante años, reverencial y temerariamente y no sin dificultad, desde decenas de miles de sótanos y cuartos trasteros en todos los rincones del país.

Cuando, en mayo de 2014, busco desesperadamente en el dial alguna emisora que me proporcione las dos versiones de una información, algún medio que me deje de intoxicar y no consigo encontrarlo, este libro de Armand Balsebre y Rosario Fontova editado por Cátedra me traslada a aquellos oscuros tiempos en que era necesario recurrir a Radio Pirenaica si se quería saber algo de lo que ocurría en España, si se quería conocer “la otra cara de la luna”. “Radio España Independiente“, que era el nombre oficial de Radio Pirenaica, llegó a ser el más potente altavoz del antifranquismo entre 1941 y 1977.

Uno de los programas más célebres de este medio legendario que tutelaba el Partido Comunista en el exilio se llamaba “El Correo de la Pirenaica“. Allí se leían las cartas que llegaban a Rumanía tras un novelesco periplo que comenzaba en el periódico francés “L’Humanité”, pasaba por Moscú y
recalaba finalmente en Bucarest. Eran cartas de antiguos combatientes republicanos, de exiliados, expresos, obreros, campesinos, mineros, profesores, amas de casa, escritores, estudiantes…Todos desesperados en busca de un altavoz para sus problemas, de un lugar donde denunciar la represión, la falta de libertad y de expectativas…

Quince mil quinientas cartas, ¡15.500!, cuyos contenidos veo resumidos y seleccionados en el libro de Balsebre y Fontova y tras cuya lectura no puedo evitar asociar con buena parte de los problemas que a día de hoy viven y sufren tantos ciudadanos españoles. Problemas que los medios ningunean, que no aparecen por ninguna parte, como si no existieran. Salvo cuando quieren demonizar organizaciones como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca o cuando deciden usar las televisiones públicas para recurrir a la “generosidad” de los espectadores, cuando intentan suplir con la búsqueda de caridad a través de los medios aquellas necesidades que los recortes han provocado. Caridad, sí; derechos, no. Como en el franquismo.

La precariedad y la falta de libertad son el denominador común del contenido de las cartas que Balsebre y Fontova encontraron en los archivos del PC casi por casualidad, porque tropezaron con ellas cuando buscaban material para otra investigación y comprobaron que hasta ahora nadie le había prestado a esta correspondencia ninguna atención.

¡Qué barbaridad, cómo se repite la historia! Porque precariedad y falta de libertad son los términos que mejor definen los dos años y medio de legislatura de Rajoy quien, a cambio de salvar el pellejo de banqueros, ladrones y depredadores varios, decidió desde el principio de su mandato dejarnos tirados sin trabajo, sin derechos, sin expectativas, con sueldos de miseria y con un futuro tan oscuro como indefinido.

Leo “Las cartas de La Pirenaica” y no puedo evitar un escalofrío. Demasiadas similitudes, demasiado parecido todo. ¿Qué pasa en esta dichosa España nuestra? ¿Nos hemos puesto a andar hacia atrás, como los cangrejos? La guerra civil acabó, además de con la vida de cientos de miles de españoles, con la libertad y con el bienestar de quienes sobrevivieron. Hubo después que recomponerse, con muchísimo trabajo, desde la miseria y desde el instinto de supervivencia.

Esta vez no ha habido guerra. No ha sido necesario disparar ni una sola bala. Durante años nos vacilaron gobernantes, banqueros y especuladores, inventaron un crecimiento ficticio con el que acabaron pillando por los huevos a la mayor parte de la población y ahora, tras habernos empotrado en la miseria, nos quieren convertir además en culpables de sus fechorías. Con la anuencia de la mayor parte de los medios, hurtándonos datos, escatimándonos información, haciéndonos cada día más difícil encontrar un sitio donde poder conocer “la otra cara de la luna”.

J.T.

viernes, 11 de febrero de 2011

Reflexiones entre adoquines berlineses


- Papá, ¿sabes lo que significan estas plaquitas?
- Me temo que me lo puedo imaginar

Resulta difícil caminar por la zona urbana de Berlín -como estamos haciendo ahora mi hija y yo cuando me formula esta pregunta-, y no encontrarte con alguna de ellas con espantosa frecuencia: su tamaño apenas supera el de un miniadoquín y en la inscripción se recuerda un nombre, una fecha y un lugar que indica el campo de concentración en el que fue exterminado quien residía justo en el edificio a cuya entrada se encuentran estas plaquitas de latón.

Miras la fachada de la casa, la puerta, te imaginas a quienes vivían aquí saliendo para nunca más volver... Reconozco que quienes residen en Berlín debe hacer ya tiempo que se habituaron a pisarlas sin conmoverse. Pero yo evito poner el pie encima. Mi hija las fotografía y tampoco las pisa.

Desde mi condición de visitante atípico estos días -me importa más preocuparme por los asuntos de Patricia y ayudarle en lo que pueda necesitar que ejercer de turista y coleccionar sitios vistos-, desde mi rol de ciudadano berlinés ocasional que vive en un apartamento del Este, que acude cada día al supermercado, que por la mañana baja a la bäckerei y compra pan recién hecho para desayunar, que usa bonos semanales de transporte... desde esa condición, decía, me cuesta mucho trabajo habituarme a pasear sin más por las calles de esta ciudad trufada de plaquitas de latón.

Los cuadraditos que perpetúan la memoria de la monstruosidad cometida por los nazis te los sueles encontrar de dos en dos, de tres en tres... Hemos fotografiado muchos, pero aquí he decidido volcar solamente uno. Uno que a mi juicio estremece por su dimensión: seis personas que en su día fueron sacadas de una misma casa, en el distrito de Kreuzberg, para ser gaseadas.

Los fotografiamos, pero no los pisamos

También evito pisar el cristal que me encuentro cuando paseo por la Bebelplatz y disfruto de los impresionantes edificios que la rodean. Entre adoquines, descubro de pronto ese cristal de un metro cuadrado que muestra debajo una habitación cubierta de blancas estanterías vacías, decenas de baldas desiertas, sin un solo volumen encuadernado, sin una sola obra impresa. Así ha decidido el Berlín de hoy recordar la quema de libros que tuvo lugar aquí mismo el  10 de mayo de 1933, la llamada Noche de la vergüenza.


Mientras iba haciendo estos descubrimientos no he podido evitar, como podéis imaginar, asociar ideas. Y pensé, claro está, en lo nuestro, en nuestra guerra civil. En las tropelías que se cometieron, en tantos y tantos seres humanos de  nuestro querido país a los que un día fueron a buscar a sus casas y nunca más volvieron a ellas.

Entre adoquín y adoquín de estas calles berlinesas me he puesto a pensar en tantos españoles como murieron en cunetas o paredones y a los que todavía les debemos aunque sea una diminuta plaquita a la puerta de su casa. O lo que sea. Algo. Pero continúan transcurriendo las semanas, los meses y los años... y nadie tiene huevos de hincarle el diente a esto de una vez. 

"Memoria histórica" creo que se llamaba aquella "presunta" ley, ¿verdad?

J.T.

martes, 31 de agosto de 2010

El hotel y el cuartel de Queipo de Llano en Sevilla

Lo tenemos a escasos metros de la delegación. La puerta trasera del hotel Simón en Sevilla da a nuestra misma calle. Cada mañana, cuando cargamos en nuestro coche la cámara, el trípode y demás trastos útiles para la cobertura de la jornada, lo hacemos frente a la misma puerta por la que, el 18 de julio de 1936, salió Queipo de Llano camino del cuartel de la plaza de la Gavidia.


El golpista Queipo protagonizó en el cuartel de la Gavidia uno de los primeros aldabonazos de la sublevación franquista: detuvo a los militares que permanecieron fieles al orden constitucional, sembró el pánico en toda Sevilla y redondeó la faena pronunciando aterradoras soflamas radiofónicas a través de los micrófonos que Radio Sevilla puso a su servicio.


"Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombre de verdad"- bramaba Queipo. Y continuaba: "...también a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen. Mañana vamos a tomar Peñaflor. Vayan las mujeres de los "rojos" preparando sus mantones de luto. Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: ¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Río, id preparando sepulturas! Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros; que si lo hiciereis así, quedaréis exentos de toda responsabilidad"

Cada noche de aquel verano, mientras Mola arruinaba Pamplona, Saliquet acababa con la esperanzas de los vallisoletanos y un tal Franco cruzaba el charco camino de su "investidura" en Burgos, Queipo convertía Sevilla en un reguero de cadáveres. Cuando terminaba de aterrar por la radio a los que quedaban vivos, regresaba al hotel Simón donde tomaba fuerzas para continuar con la masacre el día siguiente.


El hotel Simón acoge ahora turistas de perfil medio que, mapa en mano por los alrededores de la catedral de Sevilla, nos preguntan a menudo cómo llegar hasta él sin poder imaginarse ni por lo más remoto que entre sus huéspedes más conocidos figura uno de los principales protagonistas del golpe de Estado de 1936.


El cuartel de la Gavidia es hoy sede provisional de la consejería andaluza de Justicia. Quienes trabajan allí se mueven a diario por los mismos pasillos y despachos por los que lo hizo Queipo de Llano con su implacable pandilla de sublevados aquel verano de sudores de muerte. Consejería de Justicia: justo el departamento del que depende el desarrollo y gestión de la ley de Memoria Histórica. ¡Ea!


J. T.