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lunes, 9 de noviembre de 2015

Pobreza en España. Ustedes son formidables

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Cada viernes por la mañana, antes de irse a trabajar, mi padre preparaba unas cuantas monedas de perra gorda, en ocasiones de dos reales, destinadas a los pobres que una vez a la semana tocaban el picaporte de la puerta de nuestra casa para recoger su limosna.

Éramos pobres, pero ellos eran más pobres todavía. Eran "nuestros pobres": La "Muda", cargada de hijos y de moratones cuyo autor, su marido, claro, tenía como única ocupación arrear los caballos del coche fúnebre cada vez que alguien del pueblo pasaba a mejor vida; Ramona, una viuda mayor cuya sonrisa de agradecimiento al recibir la limosna nunca se me olvidará; el "Matamoros", un entrañable anciano, impedido, que debía su apodo a haber estado combatiendo en Marruecos...

Por la noche, década de los cincuenta, primeros sesenta, en mi remoto pueblo de la Alpujarra almeriense escuchábamos Radio Intercontinental, Pepe Iglesias "El Zorro", Matilde, Perico y Periquín... y en la Ser "Ustedes son formidables", un programa de incuestionable éxito cuya sintonía eran los primeros compases del cuarto movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorak. Lo conducía un monstruo de la radio, Alberto Oliveras, tan eficaz en su trabajo como inconsecuente -al menos así me lo pareció a mi siempre- entre lo que predicaba y lo que practicaba. 

Oliveras vivía en París a todo lujo y cada semana se trasladaba a Madrid para conducir un programa de radio en el que ¡pedía limosna! 

Primero se presentaba el caso: alguien que necesitaba unas simples muletas para caminar, o dinero para ser operado de un tumor, o muebles por haber sido víctimas de una inundación... Se abrían los teléfonos y gente a la que en muchos casos le faltaba para cubrir sus necesidades más primarias se desprendía de unas cuantas pesetas entre lágrimas, emoción y aplausos, y se comprometía a ingresarlas en la cuenta de "Ustedes son formidables". 

Caridad, beneficencia, compasión. Ese era el mundo que, desde hace ya un par de décadas largas, habíamos dejado atrás hasta la reciente aparición de bochornosos programas en la televisión pública afortunadamente eliminados ya de la parrilla. Pero no, parece que volvemos: Overbooking en los comedores sociales; caridad, no derechos; limosnas, no posibilidades de tener trabajo; favores, no conquistas sociales.

La Red Europea de Lucha contra la Pobreza calcula que hay más de trece millones y medio de personas en riesgo de pobreza y exclusión en España en estos momentos. En un año se han sumado más de ochocientas mil personas a este grupo de exclusión; más de un treinta y cinco por ciento de los menores de edad en nuestro país se encuentran en riesgo de pobreza; de cada cien personas con empleo son ya catorce quienes, ni trabajando, consiguen salir del umbral de la pobreza dada la miseria de sueldos que cobran...


El programa de Alberto Oliveras resolvía problemas que tenía que resolver el Estado, pero el Estado estaba, como parece que vuelve a estar, más interesado en blindar los privilegios de los poderosos que por ocuparse de los problemas de los más desfavorecidos. 

Los ricos, para sentirse verdaderamente ricos, han de mantener "sus pobres" a los que graciosamente socorrer para así poder garantizarse que los tienen pillados por los huevos, serviles y agradecidos. 

Que el fantasma del programa de Alberto Oliveras vuelva a planear sobre nuestras cabezas -lo que significa que los pobres volvemos a ayudarnos los unos a los otros mientras los ricos nos sacan la sangre- es un trágico síntoma de que no sólo vamos para atrás como los cangrejos, sino de que quienes últimamente han estado a cargo del chiringuito nunca tuvieron interés alguno en que las cosas fueran mejor. Hasta que ha llegado el momento de pedir el voto. Y ahora, sin pudor alguno, vuelven a salir de sus cuarteles a cazar incautos prometiendo, mintiendo y asegurando, sin que se les caiga la cara de vergüenza, que las cosas están empezando a mejorar .¿Será posible que les vuelva a funcionar el timo de la estampita? "Ustedes son formidables", decía Oliveras. Lo que somos es gilipollas.

J.T.

lunes, 11 de noviembre de 2013

No a la caridad televisada

Toñi Moreno, conductora del programa "Entre todos"

Cada viernes por la mañana, antes de irse a trabajar, mi padre preparaba unas cuantas monedas de perra gorda, alguna vez de dos reales, para los pobres que una vez a la semana tocaban el picaporte de la puerta de nuestra casa en busca de su preceptiva limosna.

Éramos pobres como ratas, pero ellos eran más pobres todavía. Eran "nuestros pobres": La "Muda", cargada de hijos y de moratones cuyo autor, su marido, claro, tenía como única ocupación arrear los caballos del coche fúnebre cada vez que alguien del pueblo pasaba a mejor vida; el "Matamoros", un entrañable anciano, impedido, que debía su apodo a haber estado combatiendo en Marruecos...

Por la noche, década de los cincuenta, primeros sesenta, escuchábamos Radio Intercontinental, Pepe Iglesias "El Zorro", Matilde, Perico y Periquín... y en la Ser "Ustedes son formidables", un programa de incuestionable éxito cuya sintonía eran los primeros compases del cuarto movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorak. Lo conducía un monstruo de la radio, Alberto Oliveras, tan eficaz en su trabajo como inconsecuente -al menos así me lo pareció a mi siempre- entre lo que predicaba y lo que practicaba.Oliveras vivía en París a todo lujo y cada semana se trasladaba a Madrid para conducir un programa de radio en el que ¡pedía limosna!

Primero se presentaba el caso: alguien que necesitaba unas simples muletas para caminar, o dinero para ser operado de un tumor, o muebles por haber sido víctimas de una inundación... Se abrían los teléfonos y gente a la que en muchos casos le faltaba para cubrir sus necesidades más primarias se desprendía de unas cuantas pesetas entre lágrimas, emoción y aplausos, y se comprometía a ingresarlas en la cuenta de "Ustedes son formidables".

Hace algún tiempo que hablé de este asunto en mi blog, antes de comenzar a escribir en "Público". Hoy me permito rescatarlo tras conocer la exigencia que el Consejo General del Trabajo Social ha hecho a tve: suspender inmediatamente la emisión del programa "Entre todos", que la cadena pública emite en la sobremesa de los días de diario, una réplica cutre del "Ustedes son formidables" de Alberto Oliveras perpetrada cuarenta años después.

Los trabajadores sociales exigen la retirada del programa porque consideran “inadmisible -palabras textuales- que la televisión pública estatal vulnere de una forma tan evidente la dignidad de las personas, mediante un periodismo de lo más amarillo y rancio que llama al llanto y potencia la lástima hacia la persona necesitada. Rechazamos esa actitud, en tanto en cuanto defendemos la igualdad y dignidad social”.

Caridad, beneficencia, compasión. Ese era el mundo que, desde hace ya un par de décadas largas, habíamos dejado felizmente atrás. Pero no, parece que volvemos: Caridad, no derechos. Limosnas, no posibilidades de tener trabajo. Favores, no conquistas sociales. Y si para dar más pena hay que utilizar a niños, pues se hace.

La Asociación Estatal de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales, por su parte, ha denunciado el espacio al Defensor del Pueblo por utilizar menores para "despertar la solidaridad y generosidad de los telespectadores". El Psoe ya se ha subido también al carro y ha registrado en el Congreso una proposición no de ley en la que insta a RTVE a tomar medidas para "evitar la vulneración de la Ley de Protección Jurídica del Menor" en programas como "Entre todos".

Comparto plenamente el planteamiento de los trabajadores sociales: la ayuda nunca debe sustituir el sistema público de protección social, como está ocurriendo. Los recortes y eliminación de las partidas sociales en los presupuestos (como el plan concertado), el endurecimiento de los requisitos para obtener ayudas y los cambios legislativos aplicados (muy patentes en la Ley de Dependencia) y los que están en trámite parlamentario (la reforma de la Administración Local eliminará los servicios sociales municipales) son algunos ejemplos del inadmisible desmantelamiento del Estado del Bienestar y bajo ningún concepto estos derechos pueden ser sustituidos por pornográficos programas de televisión basados en la piedad, la lástima y la explotación sin pudor de las miserias más íntimas del ser humano.

El programa de Alberto Oliveras buscaba solucionar problemas que tenía que resolver el Estado en una época de carencia de libertades en la que la dictadura se dedicaba a blindar los privilegios de los poderosos y se despreocupaba de los problemas de los más desfavorecidos. Que eso vuelva a suceder cuarenta años después es para que se disparen todas las alarmas. No se puede tolerar una vuelta atrás en el tiempo tan escandalosa. 

Los banqueros y los políticos tendrían que explicar por qué su gestión está claramente encaminada a favorecer a los que más tienen, esa desprejuiciada casta de amorales que, para sentirse verdaderamente rica, ha de tener "sus pobres" a los que graciosamente socorrer y así poder garantizarse que los tienen pillados por los huevos, serviles y agradecidos.

Que el fantasma del programa de Alberto Oliveras vuelva a planear sobre nuestras cabezas mientras las políticas del gobierno del PP nos va desangrando es un trágico síntoma de que no sólo vamos para atrás como los cangrejos, sino que quienes están a cargo del chiringuito no tienen ningún interés en que mejoren las cosas. A este paso, no tardaremos en volver a ver a los mendigos pidiendo limosna de puerta en puerta.

J.T.

domingo, 17 de marzo de 2013

Caridad cristiana. Vuelve el espíritu de Alberto Oliveras y "Ustedes son formidables"

Cada viernes por la mañana, antes de irse a trabajar, mi padre preparaba unas cuantas monedas de perra gorda, alguna vez de dos reales, para los pobres que una vez a la semana tocaban el picaporte de la puerta de nuestra casa para recoger su limosna.

Éramos pobres como ratas, pero ellos eran más pobres todavía. Eran "nuestros pobres": La "Muda", cargada de hijos y de moratones cuyo autor, su marido, claro, tenía como única ocupación arrear los caballos del coche fúnebre cada vez que alguien del pueblo pasaba a mejor vida; el "Matamoros", un entrañable anciano, impedido, que debía su apodo a haber estado combatiendo en Marruecos...

Por la noche, década de los cincuenta, primeros sesenta, escuchábamos Radio Intercontinental, Pepe Iglesias "El Zorro", Matilde, Perico y Periquín... y en la Ser "Ustedes son formidables", un programa de incuestionable éxito cuya sintonía eran los primeros compases del cuarto movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorak. Lo conducía un monstruo de la radio, Alberto Oliveras, tan eficaz en su trabajo como inconsecuente -al menos así me lo pareció a mi siempre- entre lo que predicaba y lo que practicaba. 

Oliveras vivía en París a todo lujo y cada semana se trasladaba a Madrid para conducir un programa de radio en el que ¡pedía limosna! 

Primero se presentaba el caso: alguien que necesitaba unas simples muletas para caminar, o dinero para ser operado de un tumor, o muebles por haber sido víctimas de una inundación... Se abrían los teléfonos y gente a la que en muchos casos le faltaba para cubrir sus necesidades más primarias se desprendía de unas cuantas pesetas entre lágrimas, emoción y aplausos, y se comprometía a ingresarlas en la cuenta de "Ustedes son formidables". Me cuentan que ya existe algún programa de televisión mañanero que funciona con esquema similar.

Caridad, beneficencia, compasión. Ese era el mundo que, desde hace ya un par de décadas largas, habíamos dejado atrás felizmente. Pero no, parece que volvemos: Caridad, no derechos. Limosnas, no posibilidades de tener trabajo. Favores, no conquistas sociales.

El programa de Alberto Oliveras resolvía problemas que tenía que resolver el Estado, pero el Estado estaba, como parece que vuelve a estar, más preocupado por blindar los privilegios de los poderosos que por ocuparse de los problemas de los más desfavorecidos. 

Los ricos, para sentirse verdaderamente ricos, tienen que tener "sus pobres" a los que graciosamente socorrer para así poder garantizarse que los tienen pillados por los huevos, serviles y agradecidos. 

Que el fantasma del programa de Alberto Oliveras vuelva a planear sobre nuestras cabezas -lo que significa que los pobres volveremos a ayudarnos los unos a los otros mientras los ricos nos sacan la sangre- es un trágico síntoma de que no sólo vamos para atrás como los cangrejos, sino de que quienes están a cargo del chiringuito no tienen ningún interés en que mejoren las cosas. 

J.T.