jueves, 12 de marzo de 2026

El obituario como maquillaje: Del Pozo, Ónega y el olvido de Morán

Con la muerte de Raúl del Pozo a los 89 años en Madrid este pasado martes, los medios han montado un festival de coronas. “Último bucardo del periodismo”, “maestro de cronistas”, “biografía extraordinaria”. El Mundo le dedica portadas y obituarios líricos; ABC lo llama “tahúr de las letras”; hasta El País lo considera un referente. Una semana antes había ocurrido lo mismo con Fernando Ónega, otro cronista de la transición elevado a los altares estos días. En cambio el fallecimiento de Gregorio Morán en Barcelona hace menos de tres semanas, pasó casi de puntillas. Apenas unas cuantas reseñas dignas, pero nada que ver con el bombo otorgado a sus colegas en directos televisivos desde sus capillas ardientes a las que acudía lo más granado y florido regalando conmovedores canutazos a la entrada o a la salida. 

Raúl del Pozo Page nació el 25 de diciembre de 1936 en La Torre, junto a Mariana (Cuenca). Empezó en 1960 en el Diario de Cuenca y se forjó en el diario Pueblo, bajo el ala falangista de Emilio Romero, que lo protegió pese a que el joven redactor llevaba en el bolsillo el carnet del PCE ilegal. Escribió también en Mundo Obrero con el seudónimo de Raúl Júcar. Él mismo lo despachaba con sorna: “Fui comunista cinco minutos”. Pero aquellos minutos existieron. Luego vino la transición: corresponsal en Moscú, Londres, Lisboa, Buenos Aires; Interviú; Diario 16; fundador de El Independiente con Pablo Sebastián… En 1991 aterrizó en El Mundo de Pedro J. Ramírez y heredó en 2007 la columna El ruido de la calle de Francisco Umbral. Novelas como Noche de tahúres, La diosa del pubis azul (con Espido Freire), biografías de Massiel o Bernabéu. Estilo afilado, bohemio, amante del whisky y el juego. Viudo de la entrañable Natalia Ferraccioli, compañera mía en los tiempos del Grupo Zeta en la madrileña calle Potosí, que falleció en 2018.  Raúl se consideraba amigo del rey Juan Carlos, al que llamaba “ese golfo” y “el referente de la democracia”. Todo eso es cierto. Pero no es toda la verdad.


En agosto de 1993, Del Pozo fue uno de los padres del llamado “Sindicato del Crimen”. En Marbella se reunieron él, Pedro J. Ramírez, Luis María Anson, Antonio Herrero, Martín Ferrand, Jiménez Losantos y otros para crear la Asociación de Escritores y Periodistas Independientes (AEPI). Objetivo declarado: desalojar “como fuera” a Felipe González del poder. Era un lobby mediático contra el felipismo, que se disolvió discretamente cuando Aznar llegó. Del Pozo nunca lo negó. Al contrario: pasó del PCE clandestino a la cruzada de El Mundo. “Toda mi vida comunista para acabar siendo de derechas y del Real Madrid”, bromeaba. 


Frente a eso, Gregorio Morán. Oviedo 1947, exiliado en París en 1968 por su militancia en el PCE, que abandonó en 1976. Fue corresponsal, director de La Gaceta del Norte, columnista en La Vanguardia con sus imprescindibles  Sabatinas intempestivas durante veintisiete años hasta que lo echaron en 2017 por criticar el procés, como recordábamos el otro día en este mismo blog. Además de sus artículos, su legado son libros como Adolfo Suárez: historia de una ambición (1979), Miseria y grandeza del Partido Comunista de España (1986, reeditado como Miseria, grandeza y agonía), El precio de la transición (1991) o El cura y los mandarines y La decadencia de Cataluña contada por un charnego. Diseccionó la transición como nadie: sus padres “absolutamente impresentables”, la mentira pactada, la agonía del PCE, el precio pagado en olvido y cinismo. Morán no viró a la derecha; se quedó incómodo, crítico con todos los poderes, incluido el catalán que lo censuró. Su producción es infinitamente más valiosa que la suma de columnas y novelas de Del Pozo y Ónega juntos. Pero tocó demasiado las narices.


La transición que Gregorio Morán radiografió ha cristalizado exactamente como él se temía, un relato de vencedores donde los homenajes dependen de quién controla los micrófonos y las contraportadas. Los que empezaron en el PCE y acabaron en el establishment mediático de derechas reciben púlpitos eternos. Los que diseccionaron la impostura, silencio. Del Pozo y Ónega, cronistas del poder con sus peculiares estilos; Morán, el azote de los mitos. Así se escribe la historia en este país, produce rubor comprobar cómo, año tras año, los obituarios premian la lealtad al relato oficial y castigan la memoria incómoda. Morán lo vio venir hace décadas, cuando escribió que "la transición acabaría produciendo una cultura política basada en el consenso cómodo y la memoria selectiva". A juzgar por lo visto, leído y oido estos días, no se equivocó demasiado.


J.T.

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