sábado, 14 de marzo de 2026

Muere Habermas, el filósofo que consideró internet un fracaso como espacio de comunicación



Jürgen Habermas, que acaba de morir a los 96 años, era un filósofo que obligaba a pensar de otra manera lo que a primera vista podía parecer obvio. Durante décadas fue el último gran intelectual público de Europa, heredero de la Escuela de Francfort y autor de una vasta obra que incluye títulos monumentales como Teoría de la acción comunicativa (1981), El discurso de la modernidad (1985) o El Occidente escindido (2009). 


Pero quizá ninguno haya sido tan influyente ni tan incómodo como Historia y crítica de la opinión pública. Publicado en 1962, Habermas sostiene, y así se nos explicaba en las facultades una década más tarde, que la democracia no vive sólo en las instituciones, sino en el espacio donde los ciudadanos discuten sobre ellas. A ese espacio lo llamó esfera pública.


El filósofo alemán reconstruyó el momento en que esa “esfera” apareció en los cafés de la Europa moderna, en sus salones literarios, periódicos y asociaciones de todo tipo. O sea, en los sitios donde los ciudadanos se reunían en el siglo XIX para conversar y debatir. Habermas sostenía que esa esfera pública se degradó ya en el siglo XX, cuando la discusión racional empezó a ser sustituida por la propaganda, el marketing político y los grandes medios de masas. La ciudadanía dejó de debatir entre sí y empezó a conformarse con consumir mensajes.


En el siglo XXI, las redes sociales han multiplicado según Habermas el espacio de expresión, pero no necesariamente el de conversación. La esfera pública se ha fragmentado en millones de monólogos simultáneos que adulteran la democracia cuando la reducen al momento de la votación sin debate público. Pero las sociedades modernas, defendió siempre, solo pueden legitimarse si los ciudadanos se reconocen unos a otros como interlocutores. Si no es así, la democracia queda incompleta.


Leo la noticia de su muerte y pienso en el periodismo que hacemos hoy. En las redes, en los algoritmos, en las campañas que convierten la política en marketing. En cómo Twitter (o lo que quede de él) y TikTok han acelerado exactamente el proceso que Habermas describió. Es la “refeudalización” total, ya no hay salones ni cafés, ahora son timelines donde el poderoso paga para que su versión sea la que comparta todo el mundo. La opinión ya no es crítica y el que se sale del guion es sospechoso y molesta. En estos últimos años, Habermas tenía todavía la lucidez suficiente para denunciar que internet es un fracaso como espacio de comunicación porque cada cual oye lo que quiere, lo controlan unos pocos oligarcas y fomenta el enfrentamiento.  


Cada vez que un político mienta en prime time, cada vez que una red social silencie discrepancias, cada vez que una encuesta decida más que un debate, resonará la advertencia de Habermas: la opinión pública es un campo de batalla, y si no la reconquistamos para la razón, la democracia se nos irá por el desagüe de la manipulación.


J.T.

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