martes, 24 de febrero de 2026

Sotanas y fascismo


“El Papa alertó a los obispos del auge ultraderechista en España”. Este era el titular a cuatro columnas con el que el diario El País abría su edición de ayer lunes 23 de febrero. “León XIV, se podía leer en el subtítulo, advirtió en el Vaticano (el pasado 17 de noviembre) a la Conferencia Episcopal de que estos grupos políticos buscan instrumentalizar a la iglesia católica”, durante una reunión que “fue clave ante el debate sobre la inmigración”.


Hoy martes 24, sin embargo, nos cuenta Jesús Bastante en el diario “Religión Digital” que los obispos han salido al paso para “puntualizar” esta información. En la nota, “que no llega a ser exactamente un desmentido, ni lo contrario”, precisa textualmente el redactor, se asegura que lo que hizo el papa fue “reflexionar sobre los riesgos de someter la fe a las ideologías, sin mencionar a ningún grupo concreto". 


Puede que no mencionara a Vox con todas sus letras, pero sabemos que en aquel encuentro el Papa no se anduvo con rodeos y dejó claro a los nueve obispos españoles presentes que su mayor preocupación es “la ideología de ultraderecha”. No les den predicamento, les dijo. No permitan que usen la cruz como maza electoral. No conviertan la religión en instrumento político. 


Y aquí estamos, con los obispos viviendo su propio cisma interno. Un sector está en la línea de lo que preconiza el Vaticano; otro, el de siempre, el de las sacristías con olor a naftalina y a incienso rancio, coquetea con el discurso xenófobo, machista y autoritario de Santiago Abascal y sus seguidores. Eso por un lado y por otro, la prensa informando con guante de seda. Hablan de “tensiones”, “divergencias” o “sensibilidades distintas” en lugar de decir con claridad que hay un sector de la iglesia que flirtea con el fascismo sin disimulo alguno.


Esta institución que bendijo la dictadura, que amasó fortunas mientras el pueblo pasaba hambre, que convirtió los púlpitos en tribunas de propaganda durante décadas, no tiene ninguna legitimidad moral para entrometerse en los asuntos de Estado. Ni para dar lecciones, ni para que le den lecciones. La fe es sin duda un asunto privado. La política, en cambio, es cosa de todos. No hay más que añadir.


En este país la tentación de mezclar altar y poder político es permanente, endémica, casi genética. Llevamos siglos padeciéndola. Desde los Reyes Católicos hasta los obispos que aplaudían a Franco, pasando por los cardenales que bendecían las bayonetas. Y volvemos a lo mismo. Vox no es un partido conservador más: es un proyecto autoritario, negacionista de la violencia de género, enemigo de los derechos LGTBI, racista con los migrantes y nostálgico del nacionalcatolicismo. Y que algunos obispos le proporcione cobertura, aunque sea con silencios cómplices o con tibios “matizaciones” no es de recibo. 


Pero no nos ciñamos solo a la derecha. Hace cuarenta años, cuando los socialistas llegaron al poder, fueron ellos quienes realzaron celebraciones religiosas como las romerías o la semana santa. Subvencionaron cofradías, declararon patrimonios, llenaron de focos y cámaras las procesiones. Todo para no espantar al votante católico, para mantener ese “catolicismo sociológico” que aún pesaba en los ochenta. Un cálculo electoral frío, pragmático, que hoy se revela como un fracaso absoluto. Aquellos católicos que el PSOE mimaba con incienso y saetas han acabado, en buena parte, en brazos de Vox. El empeño fracasó y la extrema derecha ocupó el vacío que dejó una presunta izquierda tan condescendiente como despistada.


Por eso hay que ser beligerantes, sin complejos, contra cualquier intento de mezclar religión y política. Que la iglesia se dedique a lo suyo: consolar a los afligidos, denunciar la pobreza, acoger al migrante. Que deje de bendecir o demonizar candidaturas. Y que los obispos, de una vez por todas, hagan caso al papa y dejen de otorgar predicamento a los fascistas. 


J.T.

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