Juan Pedro Quiñonero, decano de la prensa europea en la capital francesa, donde llegó en otoño de 1983, ha escrito recientemente el libro "De la Europa de las libertades a la Europa de las extremas derechas". Cuando pidió al director de su diario que le presentase el volumen, nuestro hombre no tardó en percatarse de que acaba de cometer un error. Su jefe no solo rechazó la invitación sino que una semana después, según le contó el ex corresponsal este sábado a Javier del Pino en A vivir que son dos días, descubre que este había ordenado a la sección de Internacional evitar el uso del término extrema derecha a la hora de referirse a la extrema derecha, ¿No es maravilloso?
Quirós prefiere que se emplee la expresión "derecha dura" o expresiones parecidas, pero nunca “extrema derecha”. Ahí queda eso. Quiñonero le contó a Pino que le contestó que con respecto a Meloni puede no ser un experto a la hora de calificarla pero que en Francia, que es donde vive y trabaja, a los Le Pen se les ha llamado extrema derecha toda la vida porque es lo que son y porque así es además como ellos mismos se definen.
No acabó ahí la cosa: cuando solo había transcurrido una semana más, el corresponsal en París de ABC recibe una llamada de la empresa y se le notifica que han acordado prescindir de sus servicios. Con un par. Esta decisión editorial interpela directamente al concepto mismo de periodismo. Si nombrar la realidad con precisión ideológica molesta más que la realidad en sí misma, el problema no es precisamente el adjetivo. Se podrá envolver la decisión en protocolos internos, pero lo que refleja este asunto supone una catástrofe en toda regla para la libertad de expresión del profesional del periodismo.
Estamos hablando además de uno de nuestros corresponsales más sólidos, con décadas explicando Europa desde dentro, con una firma reconocible y una trayectoria que ha aportado prestigio internacional al periódico. Prescindir de alguien como Quiñonero por una cuestión de enfoque político es una falta de respeto a su trayectoria y a los lectores que durante años confiaron en su criterio. Hoy es un término político pero mañana no les quepa duda, será un trabajo de una investigación y pasado será una opinión. En esas estamos.
Esta expulsión encaja en una cadena de señales inquietantes: precarización de redacciones, directores convertidos en gestores de equilibrios empresariales y opinadores sustituidos por perfiles dóciles en un oficio que pierde tanto músculo que hasta un periódico de largo recorrido es capaz de guillotinar sin compasión a uno de sus profesionales más veteranos y reconocidos sencillamente por discrepancias a la hora de utilizar un término cuyo uso correcto no admite discusión.
Caminamos de la ruina hacia la peor de las catástrofes.
J.T.

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