No me toques el chiringuito que me irrito. Con el anuncio de su intención de prohibir el uso de las redes sociales a los menores de 16 años, parece que Pedro Sánchez ha dado en el clavo. Los dueños de X y de Telegram han puesto el grito en el cielo porque si la idea del presidente español se generaliza se les puede ir el tinglado al garete. Once mil millones de euros para empezar a hablar porque mire usted por dónde, resulta que buena parte de la publicidad en lsd redes está orientada hacia quienes en ningún caso debería estarlo, los niños y los adolescentes.
Elon Musk, propietario de X, ha llamado al presidente del gobierno español “tirano”, “totalitario” y “traidor” entre otras lindezas. Este desafuero verbal revela por un lado que las élites tecnológicas están acostumbradas a actuar sin responsabilidad política alguna, y por otro que su prioridad no es la protección de los jóvenes, sino preservar un negocio de miles de millones que depende de su audiencia infantil y adolescente.
Pavel Dúrov, fundador de Telegram, llevó las cosas aún más lejos y envió un mensaje masivo a todos los usuarios españoles de esta red acusando al nuestro gobierno de amenazar las "libertades en internet” y de empujar a España hacia un “Estado de vigilancia bajo el pretexto de la protección”. Es el mismo manual que usan cuando Francia o la UE intentan regular sus canales de venta de medicamentos o de desinformación. Se proclaman víctimas de la "opresión" mientras permiten que sus plataformas se conviertan en terrenos de lucha ideológica, colonizando las mentes de los adultos del futuro.
Con reacciones tan histéricas, más propias de niños mimados, que es lo que son, que de peligrosos magnates, que también lo son, Musk y Dúrov están reconociendo que utilizan sus plataformas para influir en la opinión pública y minar la autoridad reguladora de los Estados y que lo de defender la privacidad o la seguridad les importa un verdadero pimiento.
Los adolescentes, principales consumidores de la bazofia que vomitan las redes sociales, absorben a diario no solo mensajes comerciales, sino deleznable propaganda política elaborada en su mayor parte por una internacional ultraderechista que se anticipó en el descubrimiento de tan suculento filón y, en consecuencia, no está dispuesta a permitir que le pongan límites.
Les duele y no lo disimulan. La también reciente polémica entre Irene Montero y Elon Musk es otro ejemplo elocuente. Tras unas declaraciones de la eurodiputada de Podemos donde habló de cambiar una sociedad “sin fachas ni racistas” con trabajadores migrantes, el dueño de X la acusó en su red de “abogar por el genocidio” y la calificó de “despreciable”. “Las personas decentes deben reemplazarle”, repuso Montero al magnate, para que así deje de “violar, bombardear, secuestrar niños y matar”, en referencia a correos vinculados al pederasta Jeffrey Epstein y en los que aparece el nombre del estridente multimillonario.
Hay que plantar cara porque, como se ha demostrad en estos casos, no es tan complicado dejar en evidencia a a soberbioss como estos magnates carentes de escrúpulos. No cabe duda: si les duele, ahí es; si insultan, es que se ha acertado; si amenazan, es que olfatean un peligro que necesitan neutralizar cuanto antes ergo… cabalgamos.
J.T.

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