Nacen con todas las bendiciones de la corrección política. Diría que gusta incluso en muchos despachos de guante blanco necesitados de una coartada política que les deje tranquilos aunque disimulen criticándolo. Gabriel Rufián se ha ganado la simpatía de quienes llevan tiempo buscando una especie de mirlo blanco que complete al PSOE por la izquierda y les permita desembarazarse de un Podemos que temen tanto como detestan. O más.
Rufián es el tercer intento. El de Errejón ya sabemos cómo acabó y el de Yolanda… ¡Ay, Yolanda! Rufián da el perfil porque se faja bien en el parlamento, habla con claridad y tanto él como su equipo parecen tener clara la importancia de las redes sociales para llegar a un público que ni lee periódicos ni ve televisión. Demasiada unanimidad en torno a su figura. Sospechoso el desmesurado apoyo por parte de tantos medios, el exagerado cariño de tanto periodista de ese Madrid zumbón y pinturero que insiste en marcar la agenda a un país diverso cuya pluralidad se empeñan en ignorar.
Olvidan o hacen como que olvidan, que vascos, gallegos y muchos catalanes le han dicho a Gabriel que les cae bien, pero que lellos tienen otra hoja de ruta. Parecen ignorar, porque no creo que ignoren, la potencia de un Podemos al que insisten en ningunear difundiendo falsedades y dándolo por muerto por enésima vez. "Muerto" que goza de excelente salud y que conserva toda la autoridad moral que le otorga haber sido el revulsivo al que en su momento se adhirieron buena parte de quienes llevan años queriendo acabar con él.
Rufián no ha hecho bien pegándose a Emilio Delgado para debutar en este mini Magariños que es la sala Galileo y lo sabe. No ha hecho bien en no hablar con Podemos y lo sabe. No hace bien dejándose adular por lo que significa el universo Ferreras y lo sabe. No ha hecho bien apelando al miedo y lo sabe, como sabe que el malmenorismo es un chantaje, no el camino.
"¿Qué sentido tiene que catorce izquierdas, representando lo mismo, nos presentemos en el mismo sitio?", ha planteado este miércoles el portavoz republicano. Esa manera de plantear el asunto está cargado de trampas y Rufián lo sabe. Como sabe que proponer tres o cuatro puntos programáticos en común que, después de un debate de las cúpulas, se presenten "con ciencia y orden provincia a provincia" no es suficiente.
Lo voy viendo estos días en canutazos e intervenciones varias y parece otro. En Magariños, perdón en Galileo, también. Más envarado, como más revestido de una solemnidad que no le favorece porque le saca de su papel de siempre, que es donde goza de predicamento. Es muy posible que haya un segmento de población al que le guste su propuesta. De acuerdo, pero ¿cómo va articular su oferta para seducir, para hacerla atractiva? ¿De quién se va a rodear?¿Cómo diferenciarse de las magdalenas y las yolandas? ¿cuál es su oferta? ¿cuál su programa?
Ir en contra está muy bien, pero para diferenciarse de lo que lleva haciendo Feijóo años hay que proponer, ¿dónde las propuestas? Rufián sabe que Podemos las tiene, ¿por qué no ha contado con ellos desde el primer momento? ¿por qué no les ha explicado su idea antes de salir al escenario? ¿qué es lo que va primero? ¿el proyecto de país o el afán de protagonismo? Ser posibilista, advertir del peligro de la ultraderecha, ¿es suficiente para aglutinar a quienes no queremos que bajo ningún concepto el fascismo se instale de nuevo en nuestro país?
Insisto: la cara con la que lleva días apareciendo en público Gabriel Rufián es la de alguien que sabe que se ha metido en un buen lío y que quizás no ha medido bien los tiempos. Espero que la decisión de haber dado este paso al menos sea exclusivamente suya y no haya sido instado por quienes han visto en él el muñeco ideal para acabar llevándose todos los palos.
J.T.

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