lunes, 2 de febrero de 2026

¿Por qué estamos tan cabreados?



El cómico Héctor de Miguel denuncia la falta de escrúpulos de Nacho Abad a la hora de “informar” sobre la tragedia de Adamuz y quien cae fulminado es el humorista que decide, o se ve obligado a hacer mutis por el foro.


El novelista David Uclés resuelve no participar en unas jornadas sobre la guerra civil cuando descubre que lo han tangado y le cae encima la mundial por parte de los organizadores, capitaneados por Pérez Reverte.


El cineasta Oliver Laxe declara que “efectuar proclamas muy políticas y luego hacer una película con Netflix le parece pura contradicción", y se le ofenden colegas como Jota Linares, Candela Peña o Tristán Ulloa mientras otros guardianes de la ortodoxia audiovisual le tachan de pedante excesivamente pagado de sí mismo.


De Miguel, Uclés o Laxe no son unos jovencitos recién llegados, aunque a algunos se lo pueda parecer. Se lo llevan currando desde hace bastantes años y nadie les puede discutir su talento. Desde La Noche Hache o El club de la Comedia hasta aterrizar en Hora veintipico, el trabajo satírico de Héctor de Miguel, antes Quequé, 49, nunca ha pasado desapercibido. A la novela La península de las casas vacías de David Uclés, 36, que va por los 300.000 ejemplares vendidos en año y medio, se suma ahora el premio Nadal obtenido con La ciudad de las luces muertas. Y en cuanto a Oliver Laxe, 43, lleva casi veinte años haciendo cine y su película más reciente, Sirât, cuenta con dos nominaciones a los Oscar de este año. Así que un respeto.


Aunque hay muchos más ejemplos de este tipo, me centro en un humorista, un novelista y un cineasta para reflexionar sobre el cabreo institucionalizado que preside la convivencia en España desde hace un tiempo y preguntarme qué demonios nos está pasando. Este país no era así, o al menos eso creo yo. Aquí cada uno ha pensado lo que ha querido, lo ha dicho cuando le ha parecido y santas pascuas. Pero ahora nos ha dado por ir de ofendiditos a las primeras de cambio cuando alguien expresa algo que no nos gusta. Enseguida les estamos llamando pedantes, intentamos desacreditarlos o directamente los mandamos al paro, ¿por qué?


Son creadores con criterio propio que no se callan cuando algo no les gusta, que demuestran que otra manera de ver y hacer las cosas es posible y que el carril de lo políticamente correcto suele ser la peor de las opciones. Y esa osadía molesta. Sobre todo a los tertulianos enconados y a los políticos profesionales del mal rollo que se niegan a aceptar que su manera de ver el mundo no solo no es la única posible, sino que se puede prescindir perfectamente de ella. Podemos vivir ignorando sus mentiras, se respira mejor sin hacernos eco de su denodada búsqueda de titulares a cualquier precio. No tenemos por qué hacerle caso a quien llama plataforma de frustrados a los familiares de las víctimas de las residencias o a quien tacha de criminal al presidente del gobierno cada dos por tres. Si es su guerra, que ya es una pena, no tiene por qué ser la nuestra. No tenemos por qué comprar esa mercancía averiada y maloliente.


Hay otra manera más amable de entender el mundo. Y eso es lo que creo que defienden y proclaman creadores como Uclés, Laxe o De Miguel. Son muchos más, claro está, pero me ciño a ellos porque son los que estos días están siendo víctimas de ataques inmisericordes. Ellos son quienes pueden hacerle ver a la gente de su generación y a los más jóvenes que la intolerancia no es el camino, que el fascismo no mola y que reírle las gracias a la ultraderecha es la peor inversión que cualquiera puede hacer en su vida. 


Los protagonistas de este artículo no solo merecen reconocimiento por su demostrado talento, sino porque sus mensajes y su actitud pueden servir de acicate para que los más jóvenes descubran que hay una vida por disfrutar más allá de los discursos apocalípticos que nos quieren inocular en vena. Mucha gente joven tiene problemas para salir adelante, es verdad, conseguir vivienda y un sueldo digno no resulta nada fácil, pero eso no puede llevar a que se pierda la perspectiva porque los totalitarios hagan populismo con sus dificultades. En el imaginario de la derecha no está ni estará jamás solucionarle problemas a los más desfavorecidos. Si se cae en esa trampa, costará mucho salir. Por eso hay que cantarles las cuarenta a los guerracivilistas, como hace Uclés; a los periodistas carroñeros, como hace De Miguel o a los que tragan con las presiones neoliberales, como hace Laxe.

 

Necesitamos mucha gente como ellos.


J.T.

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