A Jeff Bezos, dueño de Amazon, parece que le estorban las palabras. O mejor dicho, le estorban las palabras de quienes las escriben con rigor. Y más, por lo visto, si son asalariados suyos. Así que ha decidido cargarse The Washington Post. Trescientos periodistas a la calle, lo que significa un tercio de la redacción, secciones enteras como Deportes o Libros liquidadas sin piedad y las corresponsalías en el extranjero, reducidas drásticamente.
Tamaña barbaridad ilustra la agonía en la que nos movemos los periodistas desde hace ya demasiados años. Los señores del dinero quieren para ellos los medios de comunicación. Los más posibles, a poder ser todos, pero para prostituirlos o liquidarlos. Son solo un juguetito más en su colección, lo que pasa es que este contiene un respetable valor añadido ganado con el sudor de generaciones de periodistas. Ese valor añadido es la capacidad de proporcionar a la opinión pública los datos y la información suficientes para que el poder no se sienta impune. ¿Qué hace el poder pues? Comprarlos, para que solo se hable de lo que al dueño le dé la gana y todo lo que a este no le convenga, acabe silenciado.
Pegarle semejante hachazo a The Washington Post no es propinárselo a un periódico cualquiera. Depreciar, y despreciar de ese modo, al periódico que fue capaz de acabar con un presidente de los Estados Unidos es una decisión política que no augura nada bueno. Si alguien pensaba que el periodismo de investigación que permitió a dos profesionales dedicarse durante meses en cuerpo y alma a un solo asunto como el Watergate puede sobrevivir, si alguien creyó que ese periodismo que dignificó la profesión podrá continuar existiendo, en estos momentos tiene serios motivos para dudarlo. Me cuento entre ellos.
¿A quién quiere engañar Bezos llamando “reajuste” lo que ha hecho con el diario que compró en 2012 por 250 millones de dólares? Lo puede llamar, como han hecho sus lacayos del departamento de personal, “transformación profunda del modelo tradicional del diario hacia uno más enfocado a la agilidad ante la crisis financiera”, pero no cuela. Es el asesinato puro y duro de un modelo que fue referencia en facultades de Comunicación y periódicos de todo el mundo. Cuando Bezos decidió comprarlo, nos temimos lo peor; ha tardado en enseñar la patita pero finalmente lo ha hecho. Siempre pensé que lo compró para esto. Con su capacidad financiera y su influencia económica y política, los números rojos no son una coartada, porque si el rotativo no levanta cabeza es simple y llanamente porque a él no le da la gana. Con dinero fresco como el que él dispone, no es complicado generar tendencia si se quiere. Pero nunca quiso. Los que hizo fue secuestrar la joya de una corona a la que ahora, definitivamente, ha decidido dejar caer.
Hay quien dice que la esencia de The Washington Post permanecerá. Mucho me temo que ese buenismo no va a ningún lado. Si no se planta batalla, nos quedaremos sin referentes y todos acabaremos en manos de quienes manejan la Inteligencia artificial y las redes sociales, dispuestos como parecen a colonizar las mentes de todo el mundo, sobre todo las de los jóvenes y los adolescentes. De ahí el enfado sideral de los dueños de X y Telegram cuando Pedro Sánchez ha anunciado prohibir el acceso a redes a los menores de dieciséis años. Por si alguien tenia alguna duda.
Continuará...
J.T.

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