sábado, 10 de enero de 2026

Josu Jon Imaz, de lehendakari en potencia a lacayo del imperio.



Josu Jon Imaz, huérfano de padre desde los ocho años, nació en Zumárraga (Guipúzcoa) en 1963, estudió Química en la Universidad del País Vasco y entró muy joven en la arena política del PNV. Con veintisiete años era ya alcalde de su pueblo (diez mil habitantes) y se mantuvo al frente del municipio durante dos legislaturas, cargo que llegó a compaginar con un escaño en Bruselas como europarlamentario. Entre 1999 y 2004 fue consejero de Industria, Comercio y Turismo con Ibarretxe, y con 40 años sustituyó al legendario Xabier Arzallus al frente de la presidencia del PNV.


Cuatro años más tarde, en enero de 2008, dimitió por discrepancias internas. Cuentan las crónicas que Imaz quería un PNV más centrista, pragmático, opuesto al soberanismo extremo que algunos impulsaban y se marchó. "No quiero ser parte de un proyecto que divide", dijo entonces, en una rueda de prensa que sonó a despedida honrosa. Parecía un hombre de principios, un "buen chaval", alguien que priorizaba el bien común sobre el poder personal.


Mas hete aquí que, apenas unos meses después de dejar la política, julio de ese mismo año, ¡alé hop! aterrizó en Petronor, la refinería vasca filial de Repsol, como presidente. Un "puertas giratorias" de libro. De regulador a regulado, de consejero de Industria a directivo de una petrolera que había supervisado. En 2012, ascendió a director general de Repsol, y desde 2014 es su consejero delegado, el CEO que manda en una multinacional con tentáculos en todo el mundo. En 2024 percibió más de cuatro millones de euros en retribuciones, según los informes anuales de la compañía. Un carrerón en toda regla que ahora remata viajando a Washington para postrarse de hinojos ante el gran sátrapa global.


Ayer viernes, el secuestrador de Maduro reunió en la Casa Blanca junto a Josu Jon Imaz a los buitres petroleros de todo el mundo para repartirse el botín venezolano, ExxonMobil, Chevron, Eni, Trafigura, Vitol Americas, Continental, Valero o Halliburton. Y allí Imaz, en nombre de Repsol, no solo reverenció, aplaudió y estrechó la mano del gran batracio naranja sino que continuó haciéndole la pelota sin pudor asumiendo el relato del depredador cuando le tocó el turno de palabra: "Pese a ser una compañía española, dijo, Repsol está totalmente comprometida con Estados Unidos y también con Venezuela que operamos en el Golfo de América" ¡Golfo de América!, en boca de Imaz. Si Trump decide que el Golfo de México ya no se llama Golfo de México, pues se acata y punto. 


Estamos listos para invertir más en Venezuela hoy, añadió el ex presidente del PNV durante la reunión en el ala este de la Casa Blanca, estamos produciendo 45.000 barriles diarios brutos y estamos listos para triplicar esta cifra en los próximos dos o tres años invirtiendo fuertemente en el país, siguiendo su recomendación, si nos lo permite, por supuesto”. Lo voy a repetir: “Siguiendo su recomendación, si nos lo permite, por supuesto” ¿Cabe mayor autohumillación, puede uno arrastrarse más?


La compañía que dirige aquel joven zumarragano de familia humilde explota a día de hoy, junto a la petrolera italiana Eni, uno de los principales yacimientos de gas natural del mundo. La Perla, situado en el Golfo de Venezuela, representa el quince por ciento de la producción total de Repsol, una empresa cuyo accionista con mayor numero de participaciones es el fondo buitre BlackRock. 


Ni rastro de aquel político que lloró de emoción en 1998, cuando nació su hijo Asier coincidiendo con la tregua de ETA, pensando en un futuro pacífico. De lehendakari en potencia a lacayo del imperio. Es lo que hay.


J.T.


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