miércoles, 28 de enero de 2026

Otra puñalada trapera de Felipe González



Fue el martes 27 de enero, en Segovia, en un acto organizado por la Caja Rural de esta provincia. Felipe González volvió a hablar y, como suele ser habitual en él, lo hizo para disparar contra su propio partido, esta vez a propósito de los accidentes ferroviarios de Adamuz y Gélida: “Los que saben de esto han dimitido para que los que no saben sigan”, bramó, cuestionando así la “manifiestamente mejorable” labor, según él, del gobierno de Pedro Sánchez. Hace falta tenerlos cuadrados cuando, durante sus casi catorce años de mandato, la Renfe era un caos de retrasos crónicos, accidentes olvidados y una inversión en infraestructuras volcada en el Ave Madrid-Sevilla que postergó todo lo demás. Esa fue su joya, pero a costa de descuidar líneas como las de Catalunya o Andalucía, que hoy pagan el pato de décadas de subinversión iniciadas por él.


¿Por qué dice estas cosas Felipe? ¿Resentimiento por no ser consultado? ¿Nostalgia de un poder que ya no tiene? O peor: ¿una forma de lavarse las manos de un legado empañado por escándalos que sí que hundieron al PSOE en su día? Aunque su lengua viperina permanece intacta, no parece que ocurra igual con su memoria, porque en su época también ocurrieron episodios similares. Critica la puntualidad de los trenes actuales, cuando durante su mandato Renfe era sinónimo de esperas desesperantes. Los informes de la época hablan de un 30 por ciento de retrasos habituales en líneas regionales, con un parque móvil obsoleto heredado del franquismo que apenas se renovó. 


En cuanto a accidentes, el 4 de junio de 1984, un choque entre un tren y un camión en un paso a nivel de Villaconejos (Madrid) causó 11 muertos. El 25 de marzo de 1988, un tren arrolló un autobús escolar en un paso a nivel de Juneda (Lleida) provocando la muerte d15 personas,12 de ellas niños. El 6 de septiembre de 1989, fallecieron 5 personas y otras 44 resultaron heridas cuando el Talgo Madrid-Gijón chocó contra un tren de mercancías en la estación de Arévalo (Ávila) tras un fallo en el cambio de agujas. Y así sucesivamente… Al menos en los datos que he consultado, no constan dimisiones tras estos accidentes.


No voy a tratar aquí de su política antiterrorista, ni de los Gal o de su apoyo a miembros de su gobierno que fueron encarcelados sin que él, el máximo responsable de la política de Interior, fuera encausado. Pero hay que tener mucho cuajo para, habiendo presidido gobiernos responsables de privatizaciones estratégicas, de la fragmentación del sector público y de una concepción muy laxa de la rendición de cuentas, atreverse más de treinta años después a adoptar, en la vejez, el papel de guardián del rigor técnico. 


Felipe González lleva años ejerciendo como factor de desgaste interno en su partido, lanzando críticas más duras contra los gobiernos socialistas que las que formula la oposición conservadora. Lo hizo con Zapatero y lo hace con Sánchez incluso en un contexto de tragedia. No aporta soluciones ni espera a las investigaciones. Dispara y se va sin que parezca importarle demasiado el impacto social de sus palabras. O sí, vaya usted a saber. Que un expresidente haga esto, que valide el marco de “incompetencia” y “caos” en plena gestión de una crisis, alimenta exactamente el mismo discurso que utilizan quienes buscan desacreditar lo público y erosionar la confianza en el Estado. 


Utilizar accidentes con víctimas como plataforma para ajustar cuentas ideológicas o personales es, como mínimo, una grosera irresponsabilidad. González habla como un resentido que no ha aceptado que el tiempo pasó, que el país cambió y que su autoridad moral ya no es incuestionable.


Criticar al Gobierno es legítimo, sobre todo si se hace con rigor. Pero hacerlo desde la amnesia selectiva, la agresividad constante y el ninguneo calculado -como si no supiera ni quién es el ministro Puente- es política de trinchera. Impropia de quien nos gobernó durante casi catorce años haciéndonos creer que era un tipo de izquierdas. Nos timó, está claro. Y cuesta asumirlo.


J.T.

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