La semana pasada, en Hora Veintipico (Cadena Ser) Héctor de Miguel, más conocido como Quequé, lanzó una parodia que ha marcado un antes y un después en su carrera. En un sketch de poco más de tres minutos, el humorista ridiculizaba la vomitiva cobertura mediática que el presunto periodista Nacho Abad ha venido haciendo en Cuatro Televisión del accidente ferroviario de Adamuz. El programa de Abad se llama En boca de todos y De Miguel lo rebautizó En boca de bobos. Aparecía caracterizado como “Macho Abad” con una peluca calva y, en un tono satírico, ridiculizaba una cobertura tan morbosa como irrespetuosa. Imaginaba un plató donde se hablaba de buitres sobrevolando cadáveres y se ironizaba sobre la emisión de imágenes truculentas para captar audiencia.
El objetivo de la parodia de Quequé nunca fue burlarse de las víctimas ni frivolizar con el dolor de sus familiares, sino criticar la emisión de unas imágenes explícitas (víctimas atrapadas en los vagones) cuya dureza pedía a gritos no ser utilizadas por innecesarias y ofensivas. Sectores de la ultraderecha y activistas disfrazados de periodista interpretaron la sátira como una ofensa intolerable. Comentarios como "bufón sanchista" o "miserable parodia" inundaron los perfiles del presentador de Hora Veintipico, junto con amenazas y campañas de boicot. Publicaciones de influencers como Vito Quiles y medios como OKDiario o Periodista Digital amplificaron el odio, alegando que el humorista se mofaba de los muertos. El acoso escaló a niveles personales, con insultos machistas y presiones de intimidación ya vistas en otros casos, como el de la periodista Sarah Santaolalla. En resumen, que una vez más la ultraderecha utilizó la tragedia para generar caos y atacar a figuras progresistas, ignorando que la verdadera falta de respeto provenía de programas como el de Abad.
Las amenazas y el acoso sistemático han acabado superando la capacidad de resistencia de Héctor de Miguel, quien hace un par de días decidió anunciar un parón indefinido en su carrera profesional y su salida (temporal o permanente, aún está por ver) de Hora Veintipico. "Ha llegado el momento de parar, escribía. El cuerpo me lo pedía y la mente disimulaba, pero lo acontecido en las últimas horas precipita una decisión que llevaba tiempo barruntando". En ese mismo mensaje de despedida, De Miguel insiste en que su sátira iba dirigida al sensacionalismo mediático, nunca al sufrimiento real de la gente afectada: “Quien sostenga que le faltamos al respeto a las víctimas… simplemente está mintiendo”. Añadió que no tiene “madera de héroe ni ganas de ser mártir” y que la decisión de parar venía también de un desgaste acumulado más allá de la polémica puntual.
Los intolerantes, los desprejuiciados, los que utilizan la comunicación para hacer activismo ultra se han cobrado otra pieza. Muy mala cosa esto. Necesitamos la sátira como el comer y quienes la llevan a cabo no pueden ir abandonándonos. Es darle a los malos no solo la victoria sino el volante del coche. Desconozco los motivos por los que Andreu Buenafuente lleva un tiempo fuera de foco, y espero de corazón que sus razones nada tengan que ver con los del conductor de Hora veintipico, pero en fin… ¿Quién será el siguiente? No podemos quedarnos de brazoscruzados. Toca actuar, denunciar, apoyar a los atacados y plantar cara. Bajo ningún concepto debemos renunciar a una de las herramientas más antiguas que existen para pensar y cuestionar la realidad.
En una democracia sana, el humor es un antídoto contra los buitres mediáticos, no un crimen. Si cedemos ante los matones digitales, perdemos la libertad de reírnos de los poderosos. Adamuz merecía información útil, no morbo ni linchamientos. Quequé no se burló de los muertos; los verdaderos carroñeros son quienes usan su memoria para enturbiar nuestra convivencia. Es hora de que suene la alerta antifascista, porque no es de recibo que sea el odio el que acabe dictando quién puede hablar y quién tiene que callarse.
J.T.

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