lunes, 26 de enero de 2026

Oliver Laxe


Oliver Laxe despierta recelos en el cine español. Galaico-francés de 1,98 metros, con una sonrisa que parece salida del anuncio de un dentífrico, estudiante de audiovisual en la Pompeu Fabra, a sus 43 años hace un cine impecable que no deja indiferente a nadie. Ha logrado algo que debería ser motivo de celebración colectiva: reconocimiento internacional sostenido, presencia en los grandes festivales y dos candidaturas a los Oscar con Sirāt, una película inspirada en la cultura rave y el desierto marroquí que lo convierte en el director español más internacional desde Pedro Almodóvar. Aún así, se percibe cierta envidia hacia él en según qué sectores del mundo del cine a juzgar por ciertos silencios incómodos, algunas críticas condescendientes y ese “sí, pero…” que acompaña a su nombre incluso cuando los hechos lo avalan.


Su primer largo, Todos vós sodes capitáns (2009), fue premiado en la Quincena de Realizadores de Cannes, Mimosas (2016) también fue reconocida en la Semana de la Critica de Cannes y con O que arde (2019), historia en la que trata de la desaparición del medio rural y los incendios forestales, ganó el Premio del Jurado en Un Certain Regard del festival galo. Con Sirāt también obtuvo el Premio del Jurado en la sección oficial. Una trayectoria que puede ser cualquier cosa menos un golpe de suerte, pero en lugar del aplauso unánime, aflora una incomodidad difícil de disimular. Como si su figura descolocara a una industria acostumbrada a otros códigos, a otras estéticas y, sobre todo, a otros perfiles humanos. En los recientes Premios Feroz 2026, celebrados en Pontevedra, Sirāt se llevó dos galardones, aunque Los Domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, obtuvo cinco.


Las reticencias hacia Laxe de las que hablábamos más arriba... ¿son por su éxito? ¿quizás por su manera de estar en el mundo? ¿por lo que dice, por cómo lo dice, o simplemente porque no se parece a lo que estamos acostumbrados a premiar? El director parece estar en paz consigo mismo y eso resulta sospechoso. Habla de espiritualidad sin ironía, de silencio sin impostura y dice lo que le gusta y lo que no le gusta con una claridad poco habitual en el sector. ¿Es pedante Oliver Laxe? Más bien parece natural, pero esa naturalidad se interpreta como provocación. 


Cuenta Begoña Piña en Público que lo último que ha levantado recelos en torno a su figura han sido sus declaraciones sobre el cine que se hace en-por-para Netflix. "Para mí tener proclamas muy políticas, pero luego hacer una película con Netflix, me parece una pura contradicción", dijo en una entrevista con la cadena Ser que provocó inmediata reacción de algunos profesionales, como el director Jota Linares o intérpretes como Candela Peña, Tristán Ulloa, Unax Ugalde y Javier Pereira, entre otros.


Tampoco ha gustado que dijera que el cine está maltratando a los jóvenes "dándoles forraje, pan bimbo, productos audiovisuales que les han hecho tener el paladar acostumbrado al azúcar y a los procesados, así que cuando les das un pan de centeno o un cereal puro, el paladar no está preparado." Ya sea pedante o provocador, el caso es que está triunfando fuera sin renunciar a su identidad, sin parecer resentido con el mundo ni enfadado con el éxito ajeno. 


En el fondo, lo que Laxe, que vive en una pequeña aldea gallega, pone en cuestión es una forma de estar en la cultura española, la idea de que el reconocimiento debe pasar siempre por determinados peajes estéticos y emocionales. Él de momento no los paga. Y lo hace sin estridencias, sin agresividad, casi con amabilidad. Quizá por eso molesta más.


J.T.

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