La madrileñización de la vida española no es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más obsceno. España, en el relato mediático, político y simbólico, sigue siendo Madrid y su perímetro inmediato. O eso pretenden las autoridades de la Comunidad Autónoma. El resto del país, para ellos, especialmente para “ella”, es periferia, nota a pie de página, un paisaje secundario que solo existe cuando ocurre una desgracia o para exprimirlo cuando conviene reforzar el eje central.
El no va más en estos días ha sido la grosera osadía de la presidenta madrileña, rebasando límites de injerencia al reivindicar para la ciudad de Madrid el funeral de Estado por las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz, cuya celebración está prevista para el próximo sábado día 31 en Huelva. La discordante Ayuso y su mefistofélica cohorte han decidido contraprogramar y anticiparse con un acto en la catedral de la Almudena el jueves 29. Intolerable. Hasta el dolor se pretende gestionar desde el centro.
Madrid, Madrid, siempre Madrid. Estos días en que Andalucía ha quedado prácticamente desconectada por ferrocarril, escuchas o lees según que crónicas y parece que solo ha quedado desconectada de Madrid. No de Ciudad Real, que está mucho más cerca, ni de Barcelona, Valencia, o Bilbao. El referente es Madrid y lo peor es que a un buen porcentaje de la ciudadanía suele parecerle hasta normal. Pero se pongan como se pongan, será siempre una aberración, una falta de respeto a un país con identidades mucho más definidas que la madrileña que no consigue sacudirse el maldito centralismo por culpa, entre otras muchas razones, de unas infraestructuras radiales diseñadas contra el sentido común desde tiempos inmemoriales.
En su momento se pensó que el Estado de las autonomías serviría para corregir esa anomalía histórica, se creyó que la descentralización política traería consigo a su vez una descentralización real del poder, de los discursos, de las miradas, de la economía… Pero no ha sido así. El BOE puede haberse descentralizado en competencias, pero la narrativa sigue secuestrada. El foco sigue fijo en el kilómetro cero.
El ejemplo más cotidiano, y por eso más revelador, está en el lenguaje. Se habla en los medios de la plaza de España o de la Gran Vía sin aclarar que se está hablando de Madrid porque se presume que quien escucha tiene la obligación de saberlo sin más precisiones. Como si no existieran plazas de España o Gran Vías en ninguna otra ciudad española. ¿Para qué nombrar Madrid si "Madrid es España", como se empeña en proclamar la interfecta? Pues mire usted, va a ser que no.
Por mucho que la presidenta de la Comunidad de Madrid opine de todo constantemente, España no es Madrid. Por mucho que el alcalde de la capital haga declaraciones sobre cualquier asunto nacional con la descarada desenvoltura con que suele hacerlas, no solo Madrid es España. Alcaldes de ciudades como Zaragoza, Valladolid o A Coruña tienen responsabilidades y realidades igual de complejas o más, por mucho que se les ignore y se les mantenga al margen del debate público diario.
No todo tiene ni por qué confluir en Madrid. Ni debe, por mucho que se empeñen. Esto se tienen que acabar. Con los miles de millones que se invierten en reforzar la centralidad a través de carreteras e infraestructuras de todo tipo, hace ya mucho tiempo que podría estar acabado, por ejemplo, el Corredor Mediterráneo, que tanto facilitaría la comunicación entre zonas prósperas como Algeciras, la parte oriental de Andalucía, Murcia, Valencia, Barcelona y su comunicación a través de la frontera catalana con el resto de Europa. No es de recibo que a estas alturas no exista aún un AVE entre Valencia y Barcelona ni que los productos agrícolas de todo el este de España sean transportados por carretera por falta de trenes en condiciones. Ni que tres de los más importantes puertos españoles (Algeciras, Valencia y Barcelona ) continúen sin estar conectados.
Mientras sigamos aceptando que Madrid es el punto de partida y de llegada de todo, seguiremos atrapados en un país mal articulado, mal contado y peor entendido. Esto, más que una cuestión territorial, es una profunda derrota democrática.
J.T.

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