jueves, 25 de junio de 2026

La intimidad saqueada

La exhibición pública de la intimidad de José Luis Rodríguez Zapatero, algo que jamás debió ocurrir, es el culmen de la obscenidad, una flagrante violación de la frontera que separa lo que pertenece al interés general de aquello que concierne a la vida privada. Ese límite, que debería ser sagrado en cualquier democracia decente, acaba de ser pisoteado estos días con una ligereza yo diría que pornográfica.

Da igual lo que cada uno piense del ex presidente del Gobierno, da igual si se le admira, si se le critica o si se le responsabiliza de la mitad de los males que padecemos. Se trata de sus agendas personales, sus conversaciones privadas, sus mensajes de guasap, detalles de la vida privada de una persona cuyos derechos fundamentales se están vulnerando.


No todo puede valer. Una cosa es investigar y otra muy distinta el ensañamiento. Una democracia tiene la obligación de perseguir delitos cuando existan indicios, pero lo que no puede es convertir la intimidad de las personas en un escaparate donde esta acabe expuesta a la vista de todo el mundo. Lo preocupante es que este tipo de tropelías hemos empezado a normalizarlas, nos hemos acostumbrado a que aparezcan audios reservados, a que circulen mensajes personales, a que las filtraciones formen parte del paisaje “informativo” cotidiano. Y esto es todo menos información, señores. Yo acuso y denuncio a los presuntos periodistas que cada día elevan el listón de su carencia de escrúpulos y han sido capaces de llegar hasta aquí. Te pueden remitir una filtración, porque quien lo hace está en su guerra particular y allá él, pero el periodista debe tener siempre muy claro que en situaciones así hay que tirar del freno de mano. Ya vale.


Tan grave, tan irregular, tan indecente resulta este asunto que hasta el propio juez instructor de la causa que se sigue contra ZP ha decidido investigar el origen de las filtraciones. El mensaje implícito de lo sucedido es demoledor: alguien con acceso a información reservada está traficando con ella con la peor de las intenciones. Y lo puede hacer con la mayor de las impunidades. Y no, la privacidad no puede desaparecer porque una persona investigada haya ocupado alguna vez un cargo público, tampoco porque esta persona sea conocida, y mucho menos porque resulte incómoda para determinados intereses políticos o mediáticos. Si aceptamos ese razonamiento, acabaremos justificando cualquier atropello, si es que no lo estamos haciendo ya.


La historia demuestra que las democracias no suelen deteriorarse de golpe, sino que eso va ocurriendo poco a poco, a través de pequeñas renuncias que convierten en asumible lo que bajo ningún concepto puede serlo. Un día se filtra una conversación, otro una agenda, tiempo después una grabación reservada. Y cuando queremos reaccionar, descubrimos que la excepción se ha convertido en regla y los escrúpulos se han marchado a dormir el sueño de los justos.


Lo que está ocurriendo alrededor de Zapatero trasciende a Zapatero, tiene que ver con la calidad democrática de nuestro país, con el respeto a los derechos fundamentales, con la diferencia entre informar y husmear, entre investigar y espiar, entre periodismo y voyeurismo. Una sociedad que convierte la intimidad de las personas en espectáculo acaba degradándose a sí misma mucho antes de degradar a sus víctimas.


J.T.

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