Un hombre es apuñalado. El presunto agresor es inmigrante. Estallan disturbios. Hay ataques contra viviendas, enfrentamientos con la policía y protestas en las calles. Belfast ha ardido varios días porque un hecho violento coincidió en el tiempo con un estado de ánimo ciudadano que llevaba ya tiempo acumulando demasiada tensión. El crimen ha sido la chispa, pero el combustible llevaba años almacenándose, como en tantos otros lugares de Europa donde existen dificultades para acceder a una vivienda, hay sensación de deterioro de los servicios públicos, incertidumbre económica, salarios que no avanzan al ritmo del coste de la vida o crece la desconfianza hacia unas élites políticas que parecen vivir en un universo paralelo.
En ese contexto es en el que aparece la inmigración como problema porque resulta mucho más sencillo señalar a quien acaba de llegar que enfrentarse a dificultades estructurales que llevan décadas gestándose. Las sociedades tienen todo el derecho a debatir sobre integración, fronteras, capacidad de acogida o convivencia. Pero el problema comienza cuando dejamos de debatir y empezamos a buscar culpables encanallando los ánimos además a través de las redes sociales. Nunca en la historia habíamos tenido tanta información disponible y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil vivir atrapados dentro de una deformada versión de la realidad.
Los algoritmos premian la emoción, el enfado o el miedo. Les importa un comino la verdad. Por eso cada vídeo impactante, cada rumor sin verificar o cada mensaje incendiario encuentran una autopista de millones de usuarios dispuestos a compartirlo.
El resultado es un cóctel explosivo donde un crimen deja de ser un crimen para convertirse en la prueba definitiva de una teoría. Un agresor deja de ser un individuo para representar a un colectivo entero. Y una tragedia concreta acaba transformándose en una batalla cultural donde los hechos importan menos que las emociones.
Lo que ha ocurrido en Belfast resulta inquietante porque esa música nos suena demasiado, porque nos induce a temer que algo así puede llegar a suceder aquí en cualquier momento si nos despistamos y bajamos la guardia.
J.T.

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