La Audiencia Nacional ha suspendido cautelarmente la declaración como Lugar de Memoria Democrática de la Real Casa de Correos en la Puerta del Sol, actual sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Lo ha hecho tras el recurso de Isabel Díaz Ayuso, argumentando que tal reconocimiento podría “dañar la imagen” del edificio y de la institución que lo ocupa. O sea, que para no dañar la imagen, hay que ocultar los crímenes.
Entre 1939 y 1979 en la Casa de Correos de la Puerta del Sol estuvo la Dirección General de Seguridad (DGS). Miles de hombres y mujeres, obreros, estudiantes, intelectuales, sindicalistas y militantes de partidos clandestinos, pasaban por allí cuando eran detenidos por la policía. Pero aquello no era un centro de detención convencional, sino un infierno en la tierra donde la Brigada Político-Social ejercía el terror.
Las torturas eran práctica habitual, en los sótanos era sobre todo tortura sicológica, aislamiento en celdas angostas y oscuras con un poyete de piedra, amenazas a familiares y humillaciones constantes. Arriba, en la primera planta, la Brigada se dedicaba a propinar palizas con toallas para no dejar marcas visibles, descargas eléctricas, golpes en plantas de los pies, el “pato” (esposado por detrás y patadas en los genitales)… Todo para extraer confesiones o delaciones y sembrar el miedo.
Nombres como Roberto Conesa o Antonio González Pacheco, “Billy el Niño”, aparecen en decenas de testimonios como sinónimos de sadismo impune. Una impunidad que los jueces del régimen blindaron porque las denuncias de torturas se convertían en acusaciones de desacato contra las víctimas.
Entre las paredes de la Dirección Nacional de Seguridad estuvieron presos políticos como Julián Grimau, dirigente comunista a quien los agentes arrojaron por una ventana para simular un suicidio. Sobrevivió malherido y fue fusilado después. Tomás Centeno, del PSOE, murió en la DGS en circunstancias nunca aclaradas. Pasaron por allí Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius, el poeta Marcos Ana, Juan Antonio Bardem y centenares de personas anónimas cuyo delito era pensar distinto.
A pocos metros de donde la gente celebraba las campanadas cada fin de año, a se torturaba en nombre de Franco. El edificio donde hoy se encuentra el despacho de Ayuso fue durante cuatro décadas el Kilómetro Cero de la represión. La memoria es una deuda con las víctimas y homenajearlas en el lugar donde fueron torturadas es lo menos que se debe hacer. Ocultarlo es prolongar la impunidad. La imagen de Madrid no la dañan las placas memorialistas. La dañan quienes siguen considerando incómodo que se conozca lo que ocurrió allí dentro durante décadas.
J.T.

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