jueves, 7 de mayo de 2026

Soledad Gallego-Díaz comía aparte


Discreta como siempre fue, no sé si a Soledad Gallego le hubiera gustado tanto peloteo como, tras su fallecimiento, se le ha dedicado estos días en los medios. ¡Qué indigestión de obituarios estomagantes, por favor! Igual me equivoco, pero mucho me temo que el día en que a los 63 años salió por la puerta de Miguel Yuste camino de su futuro con sus pertenencias en una caja de cartón, igual no recibió tantos aplausos ni reconocimientos como los que se le dedicaron en el tanatorio madrileño donde la despidieron el pasado miércoles. 


Como siempre fue una señora (en eso llevan toda la razón sus múltiples aduladores póstumos), miró hacia delante y se dispuso a organizar el resto de su vida. En palabras de Miguel Mora, no tardaron en “conspirar” juntos para poner en marcha un proyecto digital de altura al que llamaron “Contexto” (CTXT), una maravilla de iniciativa editorial que lleva su sello, el mismo que durante más de treinta años había dejado en “El País” ya fuera como reportera, corresponsal o directora adjunta.


Al contrario que buena parte de sus compañeros de muchos años, no se dejó seducir por los ultras de “The Objective” (tampoco creo que estos se hubieran atrevido a proponerle nunca nada) ni cayó en la tentación de pasearse como todóloga de plató en plató. Soledad Gallego-Díaz siempre comió aparte. Se había ganado el respeto de todo el mundo en la profesión, entre otras muchas razones porque era eficaz, contundente y nada ruidosa.


Se había jubilado, sí, pero aceptó volver a “su casa de siempre” cuando el periódico iba cuesta abajo y sin frenos merced al desastre en que lo habían sumido Antonio Caño, Alandete, Torreblanca y compañía. 67 años tenía cuando aceptó convertirse en la primera mujer capitana del otrora gran barco ahora a la deriva y no tardó en marcar su impronta de siempre, nada de conchaveos con el poder y respeto máximo a los lectores. Aceptó el encargo porque había que hacerlo, con el respaldo abrumador de la redacción, y se marchó a los dos años, como había prometido. 


Soledad había nacido en 1951 en un Madrid gris, hija de un matemático comunista represaliado y una cubana llegada a España en plena guerra civil, y llevaba en la sangre ese sentido de la disidencia serena. Empezó en Pyresa, la agencia del Movimiento, de donde la echaron por secundar una huelga contra los últimos fusilamientos del franquismo. Ya entonces sabía decir “no” cuando lo creía conveniente. Con 26 años trabajaba en la revista Cuadernos para el Diálogo y allí, con sus compañeros Federico Abascal y José Luis Martínez, dio el golpe periodístico de la llamada Transición. Aunque esto se ha repetido hasta la saciedad en los últimos días, creo que conviene dejar también constancia en estas líneas: se hicieron con el borrador de la Constitución de 1978 y lo publicaron sin dudarlo.  


Decía antes que todo el mundo la respetaba y es verdad. No solo por su trayectoria, sino por su capacidad para no perder el foco en el lodazal de las intrigas del oficio. Para muchos era una persona políticamente correcta, pero yo la veía más como una outsider en el mejor sentido de la palabra, como alguien que nunca se dejó domesticar por dogmas ni por agendas. Rigurosa y austera, siempre prefirió hacer pensar con datos y argumentos en lugar de imponer opiniones. 


Para Gallego-Díaz, el verdadero poder del periodismo residía y reside en no rendirse al relato oficial venga de donde venga, ya sea del Gobierno, la oposición, las redes o los anunciantes. Su muerte nos deja con la pregunta incómoda que ella misma solía plantear, ¿quiénes serán capaces hoy de decir “no” cuando haga falta, de priorizar la información sobre el ruido, de mantener el foco en medio del circo? 


Necesitaba dedicarle este homenaje a Sol y helo aquí, pero si en algo estas líneas le han parecido al lector un panegírico o un relamido obituario como tantos de los que han aparecido estos días, en tal caso habré de reconocer que me he equivocado.  


J.T.

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