lunes, 26 de enero de 2026

El papa León XIV y el periodismo


En mayo de 2025, el recién entronizado papa León XIV, estadounidense nacido en Chicago con nacionalidad también peruana, soltó la siguiente perla: "Ser periodista nunca es un delito" ¡Vaya! Menos mal, si no lo llega a decir, no lo sabríamos. Ese día, durante su primera audiencia con la prensa, el jefe de los católicos pidió la liberación de los reporteros encarcelados en muchos países por "buscar y comunicar la verdad" y condenó además la persecución global a la libertad de expresión. En octubre insistió en que el periodismo es un bien público que debe protegerse, e instó a los medios a combatir mentiras y manipulaciones. 


El sábado pasado, en su mensaje para el Día Mundial de las Comunicaciones que se celebrará en mayo, alertó contra el "clickbait", el término que se utiliza para definir la técnica de marketing digital que utiliza titulares sensacionalistas, exagerados o engañosos con objeto de aumentar el tráfico web y los ingresos publicitarios. Y ha vuelto a pedir a los periodistas priorizar ética, transparencia y precisión para ganar confianza pública. "Construyan una comunicación libre y dialogante, inspirada en la búsqueda de la verdad", ha insistido una vez más. No sé si sabe el poco caso que le van a hacer, pero aún así enfatizó la importancia que para él tiene el papel de los medios de comunicación a la hora de promover la paz y rechazar prejuicios. 


Este tipo de pronunciamientos posicionan en principio a Rober Prevost como aliado de la prensa libre. Pero después de tantos años de resistencia vaticana a que la prensa desvelara muchos escándalos por pederastia perpetrados por curas y obispos, esas exhortaciones resultan sospechosas. Es verdad que al lado de Pío XII, o de Wojtyla, este tipo de declaraciones por parte del inquilino actual del Vaticano tienen otra música. Aún así, no debemos olvidar que la iglesia católica no fue nunca un adalid de la libertad de expresión. Me temo que lo que ha pasado es que el actual papa ha descubierto por fin, y asumido, que en el mundo en el que vive, la información ya no se puede controlar desde un púlpito. 


Es bueno recordar el famoso Índice de Libros Prohibidos, vigente desde el siglo XVI hasta 1966, que censuró obras de Galileo, Voltaire o Jean Paul Sartre por atentar contra la fe o la moral. La Inquisición quemó herejes y libros en autos de fe, además de suprimir ideas disidentes en nombre de Dios. En la España franquista, la Iglesia colaboró en la censura de posguerra y vetaba todas aquellas publicaciones impresas que consideraba peligrosas. Y así sucesivamente.


Se agradece que León XIV proclame ahora que la información es libertad, pero el problema es que a la iglesia nunca le gustó esa libertad. Así que la ironía es deliciosa: la institución que ahora defiende la libertad de expresión es la misma que hasta no hace mucho andaba por el mundo quemando libros y herejes. Me va a costar creérmelo. Es más, no me lo creo.


J.T.

Oliver Laxe


Oliver Laxe despierta recelos en el cine español. Galaico-francés de 1,98 metros, con una sonrisa que parece salida del anuncio de un dentífrico, estudiante de audiovisual en la Pompeu Fabra, a sus 43 años hace un cine impecable que no deja indiferente a nadie. Ha logrado algo que debería ser motivo de celebración colectiva: reconocimiento internacional sostenido, presencia en los grandes festivales y dos candidaturas a los Oscar con Sirāt, una película inspirada en la cultura rave y el desierto marroquí que lo convierte en el director español más internacional desde Pedro Almodóvar. Aún así, se percibe cierta envidia hacia él en según qué sectores del mundo del cine a juzgar por ciertos silencios incómodos, algunas críticas condescendientes y ese “sí, pero…” que acompaña a su nombre incluso cuando los hechos lo avalan.


Su primer largo, Todos vós sodes capitáns (2009), fue premiado en la Quincena de Realizadores de Cannes, Mimosas (2016) también fue reconocida en la Semana de la Critica de Cannes y con O que arde (2019), historia en la que trata de la desaparición del medio rural y los incendios forestales, ganó el Premio del Jurado en Un Certain Regard del festival galo. Con Sirāt también obtuvo el Premio del Jurado en la sección oficial. Una trayectoria que puede ser cualquier cosa menos un golpe de suerte, pero en lugar del aplauso unánime, aflora una incomodidad difícil de disimular. Como si su figura descolocara a una industria acostumbrada a otros códigos, a otras estéticas y, sobre todo, a otros perfiles humanos. En los recientes Premios Feroz 2026, celebrados en Pontevedra, Sirāt se llevó dos galardones, aunque Los Domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, obtuvo cinco.


Las reticencias hacia Laxe de las que hablábamos más arriba... ¿son por su éxito? ¿quizás por su manera de estar en el mundo? ¿por lo que dice, por cómo lo dice, o simplemente porque no se parece a lo que estamos acostumbrados a premiar? El director parece estar en paz consigo mismo y eso resulta sospechoso. Habla de espiritualidad sin ironía, de silencio sin impostura y dice lo que le gusta y lo que no le gusta con una claridad poco habitual en el sector. ¿Es pedante Oliver Laxe? Más bien parece natural, pero esa naturalidad se interpreta como provocación. 


Cuenta Begoña Piña en Público que lo último que ha levantado recelos en torno a su figura han sido sus declaraciones sobre el cine que se hace en-por-para Netflix. "Para mí tener proclamas muy políticas, pero luego hacer una película con Netflix, me parece una pura contradicción", dijo en una entrevista con la cadena Ser que provocó inmediata reacción de algunos profesionales, como el director Jota Linares o intérpretes como Candela Peña, Tristán Ulloa, Unax Ugalde y Javier Pereira, entre otros.


Tampoco ha gustado que dijera que el cine está maltratando a los jóvenes "dándoles forraje, pan bimbo, productos audiovisuales que les han hecho tener el paladar acostumbrado al azúcar y a los procesados, así que cuando les das un pan de centeno o un cereal puro, el paladar no está preparado." Ya sea pedante o provocador, el caso es que está triunfando fuera sin renunciar a su identidad, sin parecer resentido con el mundo ni enfadado con el éxito ajeno. 


En el fondo, lo que Laxe, que vive en una pequeña aldea gallega, pone en cuestión es una forma de estar en la cultura española, la idea de que el reconocimiento debe pasar siempre por determinados peajes estéticos y emocionales. Él de momento no los paga. Y lo hace sin estridencias, sin agresividad, casi con amabilidad. Quizá por eso molesta más.


J.T.

domingo, 25 de enero de 2026

Adamuz. El mal periodismo no ha ganado esta vez



Lo han intentado. Sabíamos que no dejarían pasar la oportunidad y no nos defraudaron. Los profesionales de la desestabilización empezaron a desinformar a los pocos minutos de la tragedia de Adamuz. A Inda, Pedrojota, Ana Rosa, Nacho Abad y compañía les faltó tiempo para comenzar a infestar las redes y las pantallas de insidias y mal rollo. No importaban las causas reales del accidente que provocó el choque de trenes, ni las víctimas, ni la ansiedad o el desconsuelo de tantas familias afectadas. Si tienes en tus manos el instrumento perfecto para sembrar confusión, ¿para qué te vas a preocupar por su carácter de servicio público? Pero esta vez, los vocacionales del fango han quedado en minoría.


“Van a ser días que retraten la categoría humana de unos y la miseria moral de otros”, advirtió alguien ya en las primeras horas. Acertó. Lo que pasa es que los amorales ya no sabe ni ser originales. Lo que se inventan ya no sorprende porque hemos llegado a conocerlos tanto que ya sabemos lo que van a inventar antes de que lo inventen. Mientras los vecinos se volcaban con los supervivientes y todos los mecanismos de auxilio actuaban a pleno rendimiento, las peores artes de los peores informadores demostraban una vez más lo poco que les importa el ánimo colectivo de un país que empieza a estar hasta las narices de tanto ruido, de tanto titular tóxico cada vez que nos toca sufrir una desgracia. Pasó con el accidente de Angrois, donde algunos decidieron juzgar antes de entender, pasó con la vergonzosa gestión política e informativa de la dana en Valencia, pasó con el atentado de Atocha, de infausta memoria, y vuelve a ocurrir ahora con Adamuz. De nuevo a sembrar dudas sin pruebas, a intentar erosionar la confianza colectiva y alimentar el malestar buscando la indignación de la ciudadanía con los gestores políticos.


Esta vez además, ¡oh casualidad!, la ocasión la pintaban calva. ¿Cómo desaprovechar la oportunidad de “vengarse” del ministro Óscar Puente, a quien todo el aparato de la derecha mediática y política se la tiene jurada desde aquel “de ganador a ganador” que le soltó a Feijóo en el Congreso? Daba igual que hasta el presidente de la Junta de Andalucía, del PP, se negara a seguirles el juego y los cortara en seco cada vez que era objeto de preguntas insidiosas. “Lo primero son las víctimas y sus familias, repetía una y otra vez Moreno Bonilla, cada cosa a su tiempo”. La ultraderecha se lanzó a la yugular desde el minuto uno, pero esta vez los populares, al menos durante unos cuantos días, supieron comportarse con un cierto comedimiento. Tampoco es que haya sido para tirar cohetes, pero algo es algo.


A mitad de semana Miguel Ángel Rodríguez y su ínclita asesorada, desesperados con el ataque de institucionalidad de su partido, decidieron coger el fusil y disparar: “El Gobierno ha impuesto la ley del silencio porque sabe que esta vez no tienen a quién culpar, espetó Ayuso apenas vio la oportunidad. Necesitan ganar tiempo, como en el apagón, para buscar culpables y despistar", continuó diciendo, para rematar quejándose porque el funeral de Estado del próximo día 31 se celebre en Huelva y no en Madrid. Las decenas de panfletos que subvenciona la Comunidad de Madrid vieron ya el cielo abierto para continuar con el asedio, y en esas andamos, aunque esta vez no han ganado la partida. Allá los políticos con su rollo, pero el periodismo no se puede alinear con la inquina. Claro que es legítimo participar en la lucha partidaria, pero eso no está reñido con la decencia. 


No hay ninguna razón para no hacer las cosas por su orden. Somos muchos, como este diario, los que procuramos hacerlo siempre: cuando ocurre una desgracia, lo primero es actuar como servicio público, lo segundo no propagar jamás un solo dato sin tenerlo verificado, en tercer lugar no hay que olvidar nunca que el deber de informar no puede estar por encima del derecho a la intimidad, y luego ya bien hablar de causas técnicas y responsabilidades institucionales. Actuar así dignifica una profesión donde, quienes se empeñan en prostituirla,  no pueden acabar ganando. No podemos ponernos al nivel de los políticos. La prensa ha de estar por encima de lo que, a la manera de Trump hacen Ayuso o Abascal. 


Sostiene el filósofo coreano Byung-Chul Han, reciente premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, que cada segundo que invertimos discutiendo las astracanadas de los figurantes que nos gobiernan, es un segundo que no vigilamos a quien realmente mueve los hilos. Que quizás lo más revolucionario sea negarnos a seguir el guión, a consumir el escándalo del día porque “mientras el payaso monopolice nuestra rabia, el sistema real puede operar tranquilamente”. Y es verdad. Si el líder es un decorado, nuestra energía debe invertirse en desmantelar el teatro, no en alimentar su supervivencia. Si no les seguimos el juego, se les desmorona el tinglado. Esa es la fuerza del ciudadano y en esa línea es en la que debe operar el periodismo, así como toda estrategia de comunicación responsable.


J.T.



sábado, 24 de enero de 2026

Madrid puede que sea España, pero España no es solo Madrid



La madrileñización de la vida española no es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más obsceno. España, en el relato mediático, político y simbólico, sigue siendo Madrid y su perímetro inmediato. O eso pretenden las autoridades de la Comunidad Autónoma. El resto del país, para ellos, especialmente para “ella”, es periferia, nota a pie de página, un paisaje secundario que solo existe cuando ocurre una desgracia o para exprimirlo cuando conviene reforzar el eje central.


El no va más en estos días ha sido la grosera osadía de la presidenta madrileña, rebasando límites de injerencia al reivindicar para la ciudad de Madrid el funeral de Estado por las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz, cuya celebración está prevista para el próximo sábado día 31 en Huelva. La discordante Ayuso y su mefistofélica cohorte han decidido contraprogramar y anticiparse con un acto en la catedral de la Almudena el jueves 29. Intolerable. Hasta el dolor se pretende gestionar desde el centro.


Madrid, Madrid, siempre Madrid. Estos días en que Andalucía ha quedado prácticamente desconectada por ferrocarril, escuchas o lees según que crónicas y parece que solo ha quedado desconectada de Madrid. No de Ciudad Real, que está mucho más cerca, ni de Barcelona, Valencia, o Bilbao. El referente es Madrid y lo peor es que a un buen porcentaje de la ciudadanía suele parecerle hasta normal. Pero se pongan como se pongan, será siempre una aberración, una falta de respeto a un país con identidades mucho más definidas que la madrileña que no consigue sacudirse el maldito centralismo por culpa, entre otras muchas razones, de unas infraestructuras radiales diseñadas contra el sentido común desde tiempos inmemoriales. 


En su momento se pensó que el Estado de las autonomías serviría para corregir esa anomalía histórica, se creyó que la descentralización política traería consigo a su vez una descentralización real del poder, de los discursos, de las miradas, de la economía… Pero no ha sido así. El BOE puede haberse descentralizado en competencias, pero la narrativa sigue secuestrada. El foco sigue fijo en el kilómetro cero.


El ejemplo más cotidiano, y por eso más revelador, está en el lenguaje. Se habla en los medios de la plaza de España o de la Gran Vía sin aclarar que se está hablando de Madrid porque se presume que quien escucha tiene la obligación de saberlo sin más precisiones. Como si no existieran plazas de España o Gran Vías en ninguna otra ciudad española. ¿Para qué nombrar Madrid si "Madrid es España", como se empeña en proclamar la interfecta? Pues mire usted, va a ser que no. 


Por mucho que la presidenta de la Comunidad de Madrid opine de todo constantemente, España no es Madrid. Por mucho que el alcalde de la capital haga declaraciones sobre cualquier asunto nacional con la descarada  desenvoltura con que suele hacerlas, no solo Madrid es España. Alcaldes de ciudades como Zaragoza, Valladolid o A Coruña tienen responsabilidades y realidades igual de complejas o más, por mucho que se les ignore y se les mantenga al margen del debate público diario.


No todo tiene ni por qué confluir en Madrid. Ni debe, por mucho que se empeñen. Esto se tienen que acabar. Con los miles de millones que se invierten en reforzar la centralidad a través de carreteras e infraestructuras de todo tipo, hace ya mucho tiempo que podría estar acabado, por ejemplo, el Corredor Mediterráneo, que tanto facilitaría la comunicación entre zonas prósperas como Algeciras, la parte oriental de Andalucía, Murcia, Valencia, Barcelona y su comunicación a través de la frontera catalana con el resto de Europa. No es de recibo que a estas alturas no exista aún un AVE entre Valencia y Barcelona ni que los productos agrícolas de todo el este de España sean transportados por carretera por falta de trenes en condiciones. Ni que tres de los más importantes puertos españoles (Algeciras, Valencia y Barcelona ) continúen sin estar conectados.


Mientras sigamos aceptando que Madrid es el punto de partida y de llegada de todo, seguiremos atrapados en un país mal articulado, mal contado y peor entendido. Esto, más que una cuestión territorial, es una profunda derrota democrática.


J.T.

jueves, 22 de enero de 2026

El discurso del primer ministro canadiense en Davos: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”.




Mark Carney, primer ministro canadiense, pronunció en Davos el pasado 20 de febrero un discurso dirigido al mundo, pero sobre todo a los aliados de Canadá. Con un recado bien claro para Donald Trump y su cohorte.


En lugar de lamentarse por el regreso de los imperios depredadores, Carney propone construir algo mejor, más fuerte y más justo. Sostiene que esa es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de verdadera cooperación. “Los poderosos tienen su poder, afirmó, pero nosotros también tenemos la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de reforzar nuestra posición en casa y de actuar juntos”.


Por su trascendencia, me parece interesante reproducirlo. He aquí pues, el texto completo del discurso:


“Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción. Pero también les diré que los demás países, en particular las potencias medias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados. El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad. Cada día se nos recuerda que vivimos en una época de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en normas tiende a desaparecer. Que los fuertes actúan según su voluntad y los débiles sufren las consecuencias.


Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como una lógica natural de las relaciones internacionales que se reafirma. Ante esta constatación, los países tienden en gran medida a seguir la corriente para mantener buenas relaciones. Se adaptan. Evitan los conflictos. Esperan que este conformismo les garantice la seguridad. No es así. ¿Cuáles son entonces nuestras opciones? En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. 


En él planteaba una pregunta sencilla: ¿cómo ha podido mantenerse el sistema comunista? Su respuesta comienza con la historia de un frutero. Cada mañana, coloca un cartel en su escaparate: «¡Trabajadores de todos los países, únanse!». Él no cree en ello. Nadie cree en ello. Pero lo coloca de todos modos, para evitar problemas, mostrar su cooperación, pasar desapercibido. Y como todos los comerciantes de todas las calles hacen lo mismo, el sistema sigue funcionando. No sólo por la violencia, sino por la participación de los ciudadanos de a pie en rituales que saben perfectamente que son falsos.


Havel lo llamaba “vivir en la mentira”. El poder del sistema no proviene de su veracidad, sino de la voluntad de cada uno de actuar como si fuera verdad. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: en cuanto una sola persona deja de actuar así, en cuanto el frutero retira su letrero, la ilusión comienza a desmoronarse.


Ha llegado el momento de que las empresas y los países retiren sus carteles.

Durante décadas, países como Canadá han prosperado gracias a lo que llamábamos el orden internacional basado en normas. Nos hemos adherido a sus instituciones. No sólo por la violencia, sino por la participación de los ciudadanos de a pie en rituales que saben perfectamente que son falsos. Nos hemos adherido a sus instituciones, hemos alabado sus principios y nos hemos beneficiado de su previsibilidad. Gracias a su protección, hemos podido aplicar políticas exteriores basadas en valores.


Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era en parte falsa. Que los más poderosos se saltarían las normas cuando les conviniera. Que las normas que regulan el comercio se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor según la identidad del acusado o la víctima. Esta ficción era útil y la hegemonía estadounidense, en particular, contribuía a garantizar beneficios públicos: vías marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los mecanismos de resolución de controversias. Así que colocamos el letrero en el escaparate. Participamos en los rituales. Y, por lo general, evitamos señalar las discrepancias entre la retórica y la realidad.


Este compromiso ya no funciona.


Permítanme ser directo: estamos en plena ruptura, no en plena transición.

Durante las dos últimas décadas, una serie de crisis —financiera, sanitaria, energética y geopolítica— ha puesto de manifiesto los riesgos de una integración mundial extrema. Más recientemente, las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como medio de presión. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como medio de coacción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar. Es imposible «vivir en la mentira» de un beneficio mutuo gracias a la integración cuando esta se convierte en la fuente de tu subordinación.


Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias medias, entre otras la OMC (Organización Mundial del Comercio), las Naciones Unidas y la COP (Conferencia de las Partes), que constituyen la arquitectura de la resolución colectiva de los problemas, se han debilitado considerablemente. Muchos países llegan a las mismas conclusiones. Deben reforzar su autonomía estratégica en los ámbitos de la energía, la alimentación, los minerales críticos, las finanzas y las cadenas de suministro. Esta reacción es comprensible. Un país que no puede garantizar su suministro alimentario, energético o su defensa tiene pocas opciones. Cuando las normas ya no te protegen, debes protegerte tú mismo.


Sin embargo, seamos realistas sobre las consecuencias de esta situación. Un mundo compartimentado será más pobre, más frágil y menos sostenible. Hay otra verdad: si las grandes potencias renuncian incluso a fingir que respetan las normas y los valores para ejercer su poder sin trabas y defender sus intereses, las ventajas del «transaccionalismo» se vuelven difíciles de reproducir. Las potencias hegemónicas no pueden sacar provecho indefinidamente de sus relaciones.

Los aliados buscarán diversificarse para hacer frente a la incertidumbre. Recurrirán a mecanismos de protección. Multiplicarán sus opciones. Y eso les permitirá reafirmar su soberanía, antes basada en normas, pero que cada vez se basará más en su capacidad para resistir a las influencias externas.


Como he mencionado, esta gestión clásica de los riesgos tiene un coste, pero es posible compartir las inversiones relacionadas con la autonomía estratégica y la protección de la soberanía. Es más ventajoso invertir colectivamente en la resiliencia que construir cada uno su propia fortaleza. La adopción de normas comunes reduce la fragmentación. Las complementariedades benefician a todos.

La cuestión para las potencias medias, como Canadá, no es si debemos adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. Se trata más bien de determinar si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos o si podemos mostrar más ambición.


Canadá fue uno de los primeros países en tomar conciencia de la situación, lo que nos llevó a modificar fundamentalmente nuestra orientación estratégica.

Las y los canadienses comprenden que nuestra concepción tradicional y tranquilizadora de que nuestra situación geográfica y nuestras alianzas nos garantizaban automáticamente la prosperidad y la seguridad ya no es válida.

Nuestra nueva estrategia se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado “realismo basado en valores” , es decir, nuestro objetivo es combinar principios y pragmatismo.


Nos mantenemos fieles a nuestros principios en lo que respecta a nuestros valores fundamentales: soberanía e integridad territorial, prohibición del uso de la fuerza salvo en los casos previstos en la Carta de las Naciones Unidas y respeto de los derechos humanos. Somos pragmáticos porque reconocemos que los avances suelen ser graduales, que los intereses divergen y que no todos nuestros socios comparten necesariamente nuestros valores. Colaboramos de forma abierta, estratégica y lúcida. Aceptamos plenamente el mundo tal y como es, sin esperar a que se convierta en el que nos gustaría ver. Canadá adapta sus relaciones para que su alcance se corresponda con sus valores. Damos prioridad a un amplio diálogo para maximizar nuestra influencia, en un contexto en el que el orden mundial es particularmente inestable, los riesgos son elevados y los retos para el futuro son considerables.


Ya no dependemos únicamente de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza. Consolidamos esta fuerza en nuestro país.

Desde que mi Gobierno asumió el poder, hemos reducido los impuestos sobre la renta, las ganancias de capital y las inversiones de las empresas, hemos eliminado todos los obstáculos federales al comercio interprovincial y estamos acelerando la implementación de inversiones por valor de un billón de dólares en los ámbitos de la energía, la inteligencia artificial y los minerales críticos, en la creación de nuevos corredores comerciales y en muchas otras cosas.


Estamos duplicando nuestro gasto en defensa para 2030 y lo estamos haciendo de manera que se refuercen nuestras industrias nacionales. Nos estamos diversificando rápidamente en el extranjero. Hemos establecido una asociación estratégica global con la Unión Europea que incluye nuestra adhesión a la iniciativa SAFE sobre acuerdos europeos de suministro en materia de defensa. En los últimos seis meses, hemos firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes. En los últimos días, hemos establecido nuevas asociaciones estratégicas con China y Qatar. Actualmente estamos negociando acuerdos de libre comercio con la India, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, Tailandia, Filipinas y el Mercosur.


Para contribuir a la resolución de los problemas mundiales, damos prioridad a una geometría variable, es decir, nos adherimos a diferentes coaliciones para diferentes cuestiones, en función de los valores e intereses comunes. En lo que respecta a Ucrania, somos un miembro importante de la Coalición de Voluntarios y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad.


En materia de soberanía en el Ártico, apoyamos firmemente a Groenlandia y Dinamarca y respaldamos plenamente su derecho exclusivo a determinar el futuro de Groenlandia. Nuestro compromiso con el artículo 5 es inquebrantable.

Colaboramos con nuestros aliados de la OTAN (incluido el grupo de los ocho países nórdicos y bálticos) para hacer más seguros los flancos norte y oeste de la Alianza, en particular mediante inversiones sin precedentes de Canadá en radares transhorizonte, submarinos, aviones y el despliegue de militares sobre el terreno. Canadá se opone firmemente a la imposición de aranceles relacionados con Groenlandia y pide que se mantengan conversaciones específicas con el fin de alcanzar los objetivos comunes de seguridad y prosperidad para el Ártico.

En materia de comercio multilateral, apoyamos los esfuerzos por tender un puente entre la Asociación Transpacífica y la Unión Europea, con vistas a crear un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. 


En lo que respecta a los minerales críticos, estamos formando clubes de compradores arraigados en el G7 para permitir que el mundo se diversifique y escape a la concentración de la oferta. En materia de inteligencia artificial, cooperamos con democracias que comparten nuestros puntos de vista para evitar vernos finalmente obligados a elegir entre potencias hegemónicas y proveedores a gran escala. No se trata de un multilateralismo ingenuo. Nuestro enfoque tampoco se basa en instituciones debilitadas. Consiste en establecer coaliciones eficaces, en función de los retos, entre socios que comparten suficientes puntos en común para actuar juntos. En algunos casos, será la gran mayoría de los países. Y consiste en crear una amplia red de conexiones en los ámbitos del comercio, la inversión y la cultura, en la que podamos apoyarnos para afrontar los retos y aprovechar las oportunidades que se nos presenten.


Las potencias medias deben actuar juntas, porque si no estás en la mesa, estás en el menú.


Las grandes potencias pueden permitirse actuar solas. El tamaño de su mercado, su capacidad militar y su poder les permiten imponer sus condiciones. No es el caso de las potencias medias. Cuando negociamos sólo a nivel bilateral con una potencia hegemónica, lo hacemos desde una posición de debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Eso no es soberanía. Es fingir ser soberano mientras se acepta la subordinación. En un mundo marcado por la rivalidad entre las grandes potencias, los países intermedios tienen dos opciones: competir entre sí para obtener favores o unirse para crear una tercera vía que tenga peso. No debemos permitir que el auge de las potencias duras nos impida ver que la legitimidad, la integridad y las normas mantendrán su fuerza si decidimos ejercerlas juntos.


Lo que me lleva de vuelta a Havel. Para las potencias medias, ¿qué significa «vivir en la verdad»? Es nombrar la realidad. Dejar de invocar el «orden internacional basado en normas» como si aún funcionara tal y como se nos presenta. Llamar al sistema por su nombre: un período de intensificación de la rivalidad entre las grandes potencias, en el que las más fuertes actúan según sus intereses utilizando la integración económica como arma de coacción. Es actuar de manera coherente. Aplicar las mismas normas a los aliados y a los rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica por parte de unos, pero guardan silencio cuando proviene de otros, dejamos el cartel en el escaparate.


Es poner en práctica aquello en lo que afirmamos creer. En lugar de esperar a que se restablezca el antiguo orden, crear instituciones y celebrar acuerdos que desempeñen la función que se supone que deben desempeñar. Y es reducir la influencia que permite la coacción. Todo gobierno debería dar prioridad a la creación de una economía nacional fuerte. La diversificación internacional no es sólo una cuestión de prudencia económica, sino también la base material de una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a adoptar posiciones de principio al reducir su vulnerabilidad a las represalias.


Canadá tiene lo que el mundo busca. Somos una superpotencia energética. Contamos con importantes reservas de minerales críticos. Tenemos la población más instruida del mundo. Nuestros fondos de pensiones se encuentran entre los inversores más importantes y sofisticados del mundo. Contamos con capital, talento y un gobierno con una enorme capacidad financiera que le permite actuar con determinación. Y nos adherimos a valores a los que muchos otros aspiran.

Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. La población canadiense sigue comprometida con la sostenibilidad.


Somos un socio estable y fiable en un mundo que no lo es en absoluto, y que establece y valora las relaciones a largo plazo. Canadá tiene algo más: la conciencia de lo que está sucediendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige algo más que una simple adaptación. Exige honestidad sobre la realidad del mundo tal y como es. Retiramos el cartel del escaparate. Sabemos que el antiguo orden no volverá. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero a partir de esta ruptura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo.


Esa es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de verdadera cooperación. Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de reforzar nuestra posición en casa y de actuar juntos.


Este es el camino que ha elegido Canadá. Lo hemos elegido abiertamente y con confianza. Y es un camino abierto a cualquier país que desee seguirlo con nosotros.”


miércoles, 21 de enero de 2026

¿Este era el mundo que querían quienes votaron a Trump?


Trump insulta.

Trump humilla.

Trump amenaza.

Trump adopta represalias.


Este es el denominador común, el sujeto y el verbo con el que comienzan estos días casi todas las noticias en la sección de internacional de cualquier periódico. Este anciano ofendidito porque no le han dado el Nobel de la Paz, está empeñado en que no quede ni un rincón en el planeta al que no llegue su larga zarpa depredadora.


Megalómano de libro, mantiene frentes abiertos en los cuatro puntos cardinales. Tengo escrito que no hay guerra, crisis económica ni catástrofe natural que iguale el daño humano, político y moral que supone que el hombre más poderoso del planeta haya vuelto a ser este fanfarrón sin modales, sin empatía ni respeto alguno por la verdad. Un personaje que confunde gobernar con amenazar, negociar con chantajear y liderar con humillar. No hay hecho más luctuoso, ni noticia más deprimente para quienes aún creemos en la dignidad de las instituciones, que estar a merced de los caprichos de este matón de patio de colegio, de este maleducado sin escrúpulos.


Estas reflexiones las escribí no hace mucho, cuando no podía imaginarme que nada más comenzar el año año iba a secuestrar Nicolás Maduro en su residencia de Caracas para encarcelarlo y juzgarlo en Estados Unidos. Tampoco que iba a amenazar a Colombia, México, Cuba y Canadá ni que iba a publicar una foto con mandatarios occidentales sentados frente a él en su despacho mientras en uno de los laterales podía verse un mapa donde la bandera de Estados Unidos cubría la superficie de vario países soberanos. 


No cesa de ofender y agraviar y, en el primer aniversario de su regreso, ha decidido pisar el acelerador. Tras publicar wasaps personales de Macron, presidente francés y de Mark Rutte, secretario general de la OTAN, dejando claro que se la trae al pairo la confidencialidad, ha llamado estúpido a Starmer, el primer ministro inglés, por devolver a las islas Mauricio el archipiélago de las Chagos, donde en una de estas islas del Océano. Índico hay una base militar conjunta Estados Unidos-Reino Unido. Antes de irrumpir en Davos cual elefante en cacharrería, le ha dado tiempo también a publicar una imagen suya, generada con inteligencia artificial, en la que junto a Vance y Rubio, clavan una bandera de Estados Unidos en Groenlandia con un cartel bien explícito donde puede leerse “Greenland. US Territory Est. 2026”. 


¿Esto era el "Make America Great Again"? De esto se trataba, de tener asustado al mundo entero y humillados a muchos de sus gobernantes? ¿de expulsar inmigrantes sin compasión, de entrar a saco en ciudades como Los Ángeles o Chicago, de que la temida policía ICE (Immigration and Customs Enforcement) su Gestapo particular, asesine a sangre fría a activistas pro derechos humanos? ¿Ese era el mundo que querían quienes lo votaron? ¿Qué podemos esperar? ¿qué tiene que pasar para que este megalómano deje de poner el mundo patas arriba y podamos vivir en paz? Pero no en esa paz cuyo premio Nobel tiene encima la desvergüenza de reclamar.


J.T.