jueves, 22 de enero de 2026

El discurso del primer ministro canadiense en Davos: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”.




Mark Carney, primer ministro canadiense, pronunció en Davos el pasado 20 de febrero un discurso dirigido al mundo, pero sobre todo a los aliados de Canadá. Con un recado bien claro para Donald Trump y su cohorte.


En lugar de lamentarse por el regreso de los imperios depredadores, Carney propone construir algo mejor, más fuerte y más justo. Sostiene que esa es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de verdadera cooperación. “Los poderosos tienen su poder, afirmó, pero nosotros también tenemos la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de reforzar nuestra posición en casa y de actuar juntos”.


Por su trascendencia, me parece interesante reproducirlo. He aquí pues, el texto completo del discurso:


“Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción. Pero también les diré que los demás países, en particular las potencias medias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados. El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad. Cada día se nos recuerda que vivimos en una época de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en normas tiende a desaparecer. Que los fuertes actúan según su voluntad y los débiles sufren las consecuencias.


Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como una lógica natural de las relaciones internacionales que se reafirma. Ante esta constatación, los países tienden en gran medida a seguir la corriente para mantener buenas relaciones. Se adaptan. Evitan los conflictos. Esperan que este conformismo les garantice la seguridad. No es así. ¿Cuáles son entonces nuestras opciones? En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. 


En él planteaba una pregunta sencilla: ¿cómo ha podido mantenerse el sistema comunista? Su respuesta comienza con la historia de un frutero. Cada mañana, coloca un cartel en su escaparate: «¡Trabajadores de todos los países, únanse!». Él no cree en ello. Nadie cree en ello. Pero lo coloca de todos modos, para evitar problemas, mostrar su cooperación, pasar desapercibido. Y como todos los comerciantes de todas las calles hacen lo mismo, el sistema sigue funcionando. No sólo por la violencia, sino por la participación de los ciudadanos de a pie en rituales que saben perfectamente que son falsos.


Havel lo llamaba “vivir en la mentira”. El poder del sistema no proviene de su veracidad, sino de la voluntad de cada uno de actuar como si fuera verdad. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: en cuanto una sola persona deja de actuar así, en cuanto el frutero retira su letrero, la ilusión comienza a desmoronarse.


Ha llegado el momento de que las empresas y los países retiren sus carteles.

Durante décadas, países como Canadá han prosperado gracias a lo que llamábamos el orden internacional basado en normas. Nos hemos adherido a sus instituciones. No sólo por la violencia, sino por la participación de los ciudadanos de a pie en rituales que saben perfectamente que son falsos. Nos hemos adherido a sus instituciones, hemos alabado sus principios y nos hemos beneficiado de su previsibilidad. Gracias a su protección, hemos podido aplicar políticas exteriores basadas en valores.


Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era en parte falsa. Que los más poderosos se saltarían las normas cuando les conviniera. Que las normas que regulan el comercio se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor según la identidad del acusado o la víctima. Esta ficción era útil y la hegemonía estadounidense, en particular, contribuía a garantizar beneficios públicos: vías marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los mecanismos de resolución de controversias. Así que colocamos el letrero en el escaparate. Participamos en los rituales. Y, por lo general, evitamos señalar las discrepancias entre la retórica y la realidad.


Este compromiso ya no funciona.


Permítanme ser directo: estamos en plena ruptura, no en plena transición.

Durante las dos últimas décadas, una serie de crisis —financiera, sanitaria, energética y geopolítica— ha puesto de manifiesto los riesgos de una integración mundial extrema. Más recientemente, las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como medio de presión. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como medio de coacción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar. Es imposible «vivir en la mentira» de un beneficio mutuo gracias a la integración cuando esta se convierte en la fuente de tu subordinación.


Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias medias, entre otras la OMC (Organización Mundial del Comercio), las Naciones Unidas y la COP (Conferencia de las Partes), que constituyen la arquitectura de la resolución colectiva de los problemas, se han debilitado considerablemente. Muchos países llegan a las mismas conclusiones. Deben reforzar su autonomía estratégica en los ámbitos de la energía, la alimentación, los minerales críticos, las finanzas y las cadenas de suministro. Esta reacción es comprensible. Un país que no puede garantizar su suministro alimentario, energético o su defensa tiene pocas opciones. Cuando las normas ya no te protegen, debes protegerte tú mismo.


Sin embargo, seamos realistas sobre las consecuencias de esta situación. Un mundo compartimentado será más pobre, más frágil y menos sostenible. Hay otra verdad: si las grandes potencias renuncian incluso a fingir que respetan las normas y los valores para ejercer su poder sin trabas y defender sus intereses, las ventajas del «transaccionalismo» se vuelven difíciles de reproducir. Las potencias hegemónicas no pueden sacar provecho indefinidamente de sus relaciones.

Los aliados buscarán diversificarse para hacer frente a la incertidumbre. Recurrirán a mecanismos de protección. Multiplicarán sus opciones. Y eso les permitirá reafirmar su soberanía, antes basada en normas, pero que cada vez se basará más en su capacidad para resistir a las influencias externas.


Como he mencionado, esta gestión clásica de los riesgos tiene un coste, pero es posible compartir las inversiones relacionadas con la autonomía estratégica y la protección de la soberanía. Es más ventajoso invertir colectivamente en la resiliencia que construir cada uno su propia fortaleza. La adopción de normas comunes reduce la fragmentación. Las complementariedades benefician a todos.

La cuestión para las potencias medias, como Canadá, no es si debemos adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. Se trata más bien de determinar si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos o si podemos mostrar más ambición.


Canadá fue uno de los primeros países en tomar conciencia de la situación, lo que nos llevó a modificar fundamentalmente nuestra orientación estratégica.

Las y los canadienses comprenden que nuestra concepción tradicional y tranquilizadora de que nuestra situación geográfica y nuestras alianzas nos garantizaban automáticamente la prosperidad y la seguridad ya no es válida.

Nuestra nueva estrategia se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado “realismo basado en valores” , es decir, nuestro objetivo es combinar principios y pragmatismo.


Nos mantenemos fieles a nuestros principios en lo que respecta a nuestros valores fundamentales: soberanía e integridad territorial, prohibición del uso de la fuerza salvo en los casos previstos en la Carta de las Naciones Unidas y respeto de los derechos humanos. Somos pragmáticos porque reconocemos que los avances suelen ser graduales, que los intereses divergen y que no todos nuestros socios comparten necesariamente nuestros valores. Colaboramos de forma abierta, estratégica y lúcida. Aceptamos plenamente el mundo tal y como es, sin esperar a que se convierta en el que nos gustaría ver. Canadá adapta sus relaciones para que su alcance se corresponda con sus valores. Damos prioridad a un amplio diálogo para maximizar nuestra influencia, en un contexto en el que el orden mundial es particularmente inestable, los riesgos son elevados y los retos para el futuro son considerables.


Ya no dependemos únicamente de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza. Consolidamos esta fuerza en nuestro país.

Desde que mi Gobierno asumió el poder, hemos reducido los impuestos sobre la renta, las ganancias de capital y las inversiones de las empresas, hemos eliminado todos los obstáculos federales al comercio interprovincial y estamos acelerando la implementación de inversiones por valor de un billón de dólares en los ámbitos de la energía, la inteligencia artificial y los minerales críticos, en la creación de nuevos corredores comerciales y en muchas otras cosas.


Estamos duplicando nuestro gasto en defensa para 2030 y lo estamos haciendo de manera que se refuercen nuestras industrias nacionales. Nos estamos diversificando rápidamente en el extranjero. Hemos establecido una asociación estratégica global con la Unión Europea que incluye nuestra adhesión a la iniciativa SAFE sobre acuerdos europeos de suministro en materia de defensa. En los últimos seis meses, hemos firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes. En los últimos días, hemos establecido nuevas asociaciones estratégicas con China y Qatar. Actualmente estamos negociando acuerdos de libre comercio con la India, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, Tailandia, Filipinas y el Mercosur.


Para contribuir a la resolución de los problemas mundiales, damos prioridad a una geometría variable, es decir, nos adherimos a diferentes coaliciones para diferentes cuestiones, en función de los valores e intereses comunes. En lo que respecta a Ucrania, somos un miembro importante de la Coalición de Voluntarios y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad.


En materia de soberanía en el Ártico, apoyamos firmemente a Groenlandia y Dinamarca y respaldamos plenamente su derecho exclusivo a determinar el futuro de Groenlandia. Nuestro compromiso con el artículo 5 es inquebrantable.

Colaboramos con nuestros aliados de la OTAN (incluido el grupo de los ocho países nórdicos y bálticos) para hacer más seguros los flancos norte y oeste de la Alianza, en particular mediante inversiones sin precedentes de Canadá en radares transhorizonte, submarinos, aviones y el despliegue de militares sobre el terreno. Canadá se opone firmemente a la imposición de aranceles relacionados con Groenlandia y pide que se mantengan conversaciones específicas con el fin de alcanzar los objetivos comunes de seguridad y prosperidad para el Ártico.

En materia de comercio multilateral, apoyamos los esfuerzos por tender un puente entre la Asociación Transpacífica y la Unión Europea, con vistas a crear un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. 


En lo que respecta a los minerales críticos, estamos formando clubes de compradores arraigados en el G7 para permitir que el mundo se diversifique y escape a la concentración de la oferta. En materia de inteligencia artificial, cooperamos con democracias que comparten nuestros puntos de vista para evitar vernos finalmente obligados a elegir entre potencias hegemónicas y proveedores a gran escala. No se trata de un multilateralismo ingenuo. Nuestro enfoque tampoco se basa en instituciones debilitadas. Consiste en establecer coaliciones eficaces, en función de los retos, entre socios que comparten suficientes puntos en común para actuar juntos. En algunos casos, será la gran mayoría de los países. Y consiste en crear una amplia red de conexiones en los ámbitos del comercio, la inversión y la cultura, en la que podamos apoyarnos para afrontar los retos y aprovechar las oportunidades que se nos presenten.


Las potencias medias deben actuar juntas, porque si no estás en la mesa, estás en el menú.


Las grandes potencias pueden permitirse actuar solas. El tamaño de su mercado, su capacidad militar y su poder les permiten imponer sus condiciones. No es el caso de las potencias medias. Cuando negociamos sólo a nivel bilateral con una potencia hegemónica, lo hacemos desde una posición de debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Eso no es soberanía. Es fingir ser soberano mientras se acepta la subordinación. En un mundo marcado por la rivalidad entre las grandes potencias, los países intermedios tienen dos opciones: competir entre sí para obtener favores o unirse para crear una tercera vía que tenga peso. No debemos permitir que el auge de las potencias duras nos impida ver que la legitimidad, la integridad y las normas mantendrán su fuerza si decidimos ejercerlas juntos.


Lo que me lleva de vuelta a Havel. Para las potencias medias, ¿qué significa «vivir en la verdad»? Es nombrar la realidad. Dejar de invocar el «orden internacional basado en normas» como si aún funcionara tal y como se nos presenta. Llamar al sistema por su nombre: un período de intensificación de la rivalidad entre las grandes potencias, en el que las más fuertes actúan según sus intereses utilizando la integración económica como arma de coacción. Es actuar de manera coherente. Aplicar las mismas normas a los aliados y a los rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica por parte de unos, pero guardan silencio cuando proviene de otros, dejamos el cartel en el escaparate.


Es poner en práctica aquello en lo que afirmamos creer. En lugar de esperar a que se restablezca el antiguo orden, crear instituciones y celebrar acuerdos que desempeñen la función que se supone que deben desempeñar. Y es reducir la influencia que permite la coacción. Todo gobierno debería dar prioridad a la creación de una economía nacional fuerte. La diversificación internacional no es sólo una cuestión de prudencia económica, sino también la base material de una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a adoptar posiciones de principio al reducir su vulnerabilidad a las represalias.


Canadá tiene lo que el mundo busca. Somos una superpotencia energética. Contamos con importantes reservas de minerales críticos. Tenemos la población más instruida del mundo. Nuestros fondos de pensiones se encuentran entre los inversores más importantes y sofisticados del mundo. Contamos con capital, talento y un gobierno con una enorme capacidad financiera que le permite actuar con determinación. Y nos adherimos a valores a los que muchos otros aspiran.

Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. La población canadiense sigue comprometida con la sostenibilidad.


Somos un socio estable y fiable en un mundo que no lo es en absoluto, y que establece y valora las relaciones a largo plazo. Canadá tiene algo más: la conciencia de lo que está sucediendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige algo más que una simple adaptación. Exige honestidad sobre la realidad del mundo tal y como es. Retiramos el cartel del escaparate. Sabemos que el antiguo orden no volverá. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero a partir de esta ruptura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo.


Esa es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de verdadera cooperación. Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de reforzar nuestra posición en casa y de actuar juntos.


Este es el camino que ha elegido Canadá. Lo hemos elegido abiertamente y con confianza. Y es un camino abierto a cualquier país que desee seguirlo con nosotros.”


miércoles, 21 de enero de 2026

¿Este era el mundo que querían quienes votaron a Trump?


Trump insulta.

Trump humilla.

Trump amenaza.

Trump adopta represalias.


Este es el denominador común, el sujeto y el verbo con el que comienzan estos días casi todas las noticias en la sección de internacional de cualquier periódico. Este anciano ofendidito porque no le han dado el Nobel de la Paz, está empeñado en que no quede ni un rincón en el planeta al que no llegue su larga zarpa depredadora.


Megalómano de libro, mantiene frentes abiertos en los cuatro puntos cardinales. Tengo escrito que no hay guerra, crisis económica ni catástrofe natural que iguale el daño humano, político y moral que supone que el hombre más poderoso del planeta haya vuelto a ser este fanfarrón sin modales, sin empatía ni respeto alguno por la verdad. Un personaje que confunde gobernar con amenazar, negociar con chantajear y liderar con humillar. No hay hecho más luctuoso, ni noticia más deprimente para quienes aún creemos en la dignidad de las instituciones, que estar a merced de los caprichos de este matón de patio de colegio, de este maleducado sin escrúpulos.


Estas reflexiones las escribí no hace mucho, cuando no podía imaginarme que nada más comenzar el año año iba a secuestrar Nicolás Maduro en su residencia de Caracas para encarcelarlo y juzgarlo en Estados Unidos. Tampoco que iba a amenazar a Colombia, México, Cuba y Canadá ni que iba a publicar una foto con mandatarios occidentales sentados frente a él en su despacho mientras en uno de los laterales podía verse un mapa donde la bandera de Estados Unidos cubría la superficie de vario países soberanos. 


No cesa de ofender y agraviar y, en el primer aniversario de su regreso, ha decidido pisar el acelerador. Tras publicar wasaps personales de Macron, presidente francés y de Mark Rutte, secretario general de la OTAN, dejando claro que se la trae al pairo la confidencialidad, ha llamado estúpido a Starmer, el primer ministro inglés, por devolver a las islas Mauricio el archipiélago de las Chagos, donde en una de estas islas del Océano. Índico hay una base militar conjunta Estados Unidos-Reino Unido. Antes de irrumpir en Davos cual elefante en cacharrería, le ha dado tiempo también a publicar una imagen suya, generada con inteligencia artificial, en la que junto a Vance y Rubio, clavan una bandera de Estados Unidos en Groenlandia con un cartel bien explícito donde puede leerse “Greenland. US Territory Est. 2026”. 


¿Esto era el "Make America Great Again"? De esto se trataba, de tener asustado al mundo entero y humillados a muchos de sus gobernantes? ¿de expulsar inmigrantes sin compasión, de entrar a saco en ciudades como Los Ángeles o Chicago, de que la temida policía ICE (Immigration and Customs Enforcement) su Gestapo particular, asesine a sangre fría a activistas pro derechos humanos? ¿Ese era el mundo que querían quienes lo votaron? ¿Qué podemos esperar? ¿qué tiene que pasar para que este megalómano deje de poner el mundo patas arriba y podamos vivir en paz? Pero no en esa paz cuyo premio Nobel tiene encima la desvergüenza de reclamar.


J.T.

martes, 20 de enero de 2026

Buitres carroñeros en Adamuz



¿Cuál es la jerarquía de prioridades que un medio de comunicación debe aplicar a la hora de informar cuando se produce una catástrofe como la de Adamuz?


La prioridad absoluta ha de ser proporcionar datos que ayuden a salvar vidas y faciliten la gestión de la crisis, es decir, información útil y de servicio público por encima de cualquier otra consideración. Hay que difundir cuanto antes los teléfonos de atención a familiares e informar sobre cortes de tráfico, desvíos ferroviarios y el estado de los centros hospitalarios de refuerzo. Tenemos que funcionar con urgencia como altavoces de referencia para transmitir avisos de los servicios de emergencia y evitar colapsos en las zonas afectadas. 


Lo segundo es no propagar jamás un solo dato sin tenerlo completamente verificado. Si los rumores nunca son noticia, en una catástrofe como la de Adamuz, esa ha de ser la regla de oro. Si no lo has visto, no lo cuentes y si te cuentan algo que dicen haber visto, verifica antes de darlo por bueno. Dar a conocer un dato tres minutos más tarde es mejor que adelantarse y luego tener que rectificar. Siempre la información confirmada por autoridades y técnicos antes que las especulaciones de según qué presuntos testigos o datos extraídos de las redes sociales cuyas fuentes no estén suficientemente identificadas. Los medios profesionales hemos de procurar desmentir con la mayor celeridad cualquier noticia falsa sobre el número de víctimas o las causas del accidente. 


Un tercer aspecto a tener en cuenta a la hora de contar lo que ocurre durante las primeras horas tras una tragedia como la de Adamuz es el respeto a las víctimas. El deber de informar ¡NUNCA! debe superar el derecho a la intimidad al tiempo que ha de respetar la dignidad de las personas por encima de todo. Tampoco hay que tener ninguna prisa por publicar nombres de fallecidos o desaparecidos hasta que sus familias no hayan sido notificadas oficialmente. Por supuesto, hay que evitar el sensacionalismo y el uso de imágenes explícitas que no aporten valor informativo y solo busquen el impacto emocional. Y también, claro está, no acosar micrófono en mano a víctimas ni familiares en los puntos de atención y duelo.


Una vez estabilizada la emergencia, y solo entonces, llegaríamos al cuarto punto en la jerarquía de prioridades. Sería el momento de preguntarse por las causas técnicas (el estado de la infraestructura o los posibles fallos en el sistema ferroviario), pero basándose en opiniones de expertos y no dedicándose a especular. Habría llegado también el momento de hablar de la responsabilidad institucional, de analizar la gestión de las autoridades y el cumplimiento de los protocolos de seguridad. 


Esta jerarquía de prioridades se fundamenta en marcos éticos y profesionales establecidos por organismos oficiales y códigos de autorregulación del sector periodístico en España, consideraciones que, por otra parte, ya dicta el sentido común. Claro que, como el sentido común es el menos común de los sentidos, ahí tenemos desde el mismo momento en que ocurrió la tragedia a una nutrida colección de buitres carroñeros transgrediendo estos preceptos desde el minuto uno para vergüenza de la profesión periodística e indignación de los centenares de familias afectadas. 


En nombre de quienes no compartimos tan intolerable falta de respeto como estamos soportando, quiero desde esta tribuna pedir disculpas a los afectados directamente por el accidente y a cuantos lectores, oyentes y espectadores se sienten ofendidos por la manera de actuar de aquellas personas y medios que, en ocasiones como esta, suelen aprovechar para envenenar los ánimos prostituyendo así la esencia de nuestro oficio y perjudicando el trabajo de quienes no queremos olvidarnos ni de la ética ni de a quién y cómo nos debemos. 


J.T.

lunes, 19 de enero de 2026

José Ramón González Cabezas, otro buen periodista que perdemos

 


Fuimos compañeros los cinco años de carrera. Primera promoción de Periodismo como disciplina universitaria en la Autónoma de Barcelona, allá por el año 1971. Estudiar en aquella facultad fue un auténtico privilegio. Profesores como Vázquez Montalbán, Josep Maria Cadena, Josep Pernau, Anna Balletbó o Romà Gubern no los tiene uno todos los días. José Ramón González Cabezas y unos cuantos privilegiados más, cuarenta aproximadamente, sí tuvimos esa suerte. En aquellos últimos años del franquismo, donde Bellaterra fue muchos días una auténtica barricada, nos curtimos una generación de alumnos que compaginábamos los estudios con prácticas en los periódicos catalanes. 


Teníamos prisa por publicar crónicas, por contar historias y, apenas pudimos comenzar a hacerlo, Moncho entró en La Vanguardia, donde transcurrió la mayor parte de su vida profesional. Tuvo cargos de responsabilidad y fue corresponsal en París. Además de compañeros de curso, fuimos también vecinos en Sant Cugat y en ocasiones, aunque nuestros caminos profesionales acabaron separándose, me encargó algún que otro trabajo, cuando el periódico pagaba aún las colaboraciones por giro postal, que siempre publicó sin tocar una coma. Teníamos la misma escuela, me decía con cierta sorna, así que no se iba a poner a corregirme los textos. 


Demostraba confianza y la ejercía desde la complicidad y el desenfado que definían su carácter. Daba gusto hablar con él porque todo lo complicado parecía fácil cuando trabajabas a su lado. Así fue durante el tiempo en que cursamos nuestros estudios universitarios y así continuó siendo durante los muchos años en que nos ganamos la vida contándole a la gente las cosas que le pasan a la gente. "El periodismo, solía decir, consiste básicamente en descubrir y dar a conocer lo que el público tiene derecho a saber". Y que por lo general, añadiría yo, los poderosos no quieren que se sepa.


Me reconocía en él porque le gustaba el oficio tanto como a mí, y ambos éramos tan tolerantes con los despistes como inflexibles con la falta de profesionalidad. Tuvo un papel clave en la redacción de los primeros borradores del Código Deontológico del periodismo catalán, trabajó también en la Fundació Periodisme Plural y fue siempre ese colega al que se puede recurrir en momentos difíciles para verificar un dato o contextualizar un hecho con la seguridad de que te ayudará en todo lo que esté en su mano. De los que apenas hacen ruido pero no dejan de picar piedra. De los que gozan de una notoriedad pública discreta, pero son respetados y reconocidos en el oficio.


Su fallecimiento a los 75 años este pasado fin de semana nos ha dejado a muchos un poco más solos. El diario La Vanguardia le debe mucho, porque gracias a profesionales como él, a día de hoy es uno de los diarios españoles con mejor predicamento. Fue una suerte ser su compañero en la facultad y más tarde en el oficio. Buen viaje, amigo.


J.T.


domingo, 18 de enero de 2026

Los famosos, la política y el sexo.



Durante las últimas décadas, buena parte del mundo cultural español parecía, y en muchas ocasiones lo era, un auténtico bastión progresista. Actores, músicos, directores, bailarines y escritores que habían vivido la transición, el tardofranquismo o la euforia democrática parecían tener claro de qué lado estaba la libertad, la justicia social y la defensa de los derechos civiles. Pero desde un tiempo a esta parte, yo ya no entiendo nada. Algo ha pasado aquí que se me escapa y lleva ya un tiempo rompiéndome los esquemas.


Desde que Miguel Bosé asombró al mundo durante la pandemia arremetiendo contra las vacunas y Nacho Cano apareció en la Puerta del Sol rindiéndole pleitesía a Isabel Díaz Ayuso cuando esta le entrego en 2021 la Gran Cruz de la Orden del 2 de Mayo, el número de famosos que va escorando hacia la derecha cada día que pasa no hace más que crecer. Escuchar la otra noche a Antonio Banderas criticando al gobierno mientras a Pablo Motos se le caía la baba me desconsoló. Como ver a Santiago Segura presentando unos premios donde el fascista Vito Quiles figuraba entre los galardonados…



¿Qué es lo que está pasando aquí? ¿Qué ha cambiado para que artistas a quienes creíamos demócratas, modernos, europeos y hasta progresistas compartan hoy discurso con quienes niegan la violencia machista, desprecian a los migrantes o hablan de “dictadura” cuando pierden privilegios? ¿Nos tenían engañados? Si no nos engañaban, ¿cómo se explica su evolución? ¿Qué es lo que les seduce de los intolerantes? ¿o es sencillamente cabreo con los gobernantes actuales?


¿Están enfadados porque pagan muchos impuestos, le molestan los derechos de los trabajadores cuando se meten a empresarios, se sienten menos mimados, le tienen miedo a perder status y privilegios, han solicitado favores y no se los han concedido? Sea por lo que sea, el caso es que nombres propios que todo el país admiró durante mucho tiempo se nos van cayendo del pedestal por unas razones o por otras.


Lejos de ser víctimas ingenuas, participan del juego. Atacan a Pedro Sánchez como si fuera su enemigo personal, entregan premios a agitadores ideológicos, callan ante los abusos de sus amigos y claman contra el Gobierno mientras disfrutan de contratos públicos, exenciones fiscales o favores institucionales en las comunidades y ayuntamientos donde gobiernan las derechas.


En otro plano no estrictamente político, aunque todo es político en el fondo, están los casos de Plácido Domingo o Julio Iglesias. De izquierdas precisamente nunca fueron ninguno de los dos, eso es verdad, pero sí eran personajes admirados por gentes de toda condición. Cuando empezaron a aparecer informaciones sobre cantantes de ópera que acusaban al tenor de haberlas acosado costó creerlo, como así les ha ocurrido a muchos tras conocerse estos días el escándalo en torno al comportamiento de Julio Iglesias con mujeres que trabajaban para él en su propia casa. Puede que fuera previsible, pero… ¿tanto? Escuchar a Ramón Arcusa, del Dúo Dinámico, o a Ana García Obregón, el perejil de todas las salsas, defendiendo al cantante de La vida sigue igual  puede que fuera predecible, sí, pero también descorazonador.


Creo que el mundo del espectáculo español se acostumbró durante años a una adoración incondicional, carente de crítica, con las revistas del corazón dominando un relato edulcorado y banal que fue agriándose a medida que este tipo de periodismo iba siendo importado a programas televisivos. Hoy las redes, el feminismo, el Me Too y una ciudadanía más vigilante están empezando a conseguir romper según qué tabúes. De repente se ha abierto por fin el melón, se ha empezado a hablar y escribir de lo que solo se hablaba en según qué cenáculos y en voz baja en muchos casos, cómo se trataba a las mujeres, cómo se conseguían ciertos éxitos… Y muchos famosos no lo han asumido. Tampoco políticos como José Luis Ábalos, que no han sabido, o no han querido, adaptarse a ese nuevo escenario. Ni el personaje de la revistas del corazón por excelencia, Juan Carlos de Borbón, quien aún no acaba de entender que los pactos de silencio en torno a sus aventuras y corruptelas hayan saltado estrepitosamente por los aires. 


En ese nuevo escenario, políticos desprejuiciados como Ayuso han descubierto un excelente caldo de cultivo para obtener rentabilidad política. Apoya a Nacho Cano o a Julio Iglesias porque políticamente le interesa defender un modelo cultural basado en la impunidad del poderoso, en la confusión entre crítica y ataque, entre justicia y persecución. Ella y sus mentores protegen a defraudadores confesos o riegan de subvenciones a periódicos ultras porque así marcan territorio.  


Y por esa misma razón, para que quede claro quién manda aquí, denuncian a quienes no le bailan el agua, como Nacho Duato, a quien han conseguido que le cierren su cuenta de Instagram, donde el prestigioso bailarín se manifestaba implacable contra la marioneta de Miguel Ángel Rodríguez en vídeos cuyas diatribas muchos celebrábamos por la claridad y contundencia con que se manifestaba. Reconforta saber que aún quedan referentes del mundo de la cultura que no han cambiado de bando. Como Javier Bardem, José Sacristán y algunos otros, aunque la cosa ya no es ni mucho menos lo que era. A ver qué pasa este año en la gala de los premios Goya, el próximo 28 de febrero en Barcelona. 

J.T.




¡Un gin-tonic a tu salud, Fernando Reinlein!



Fernando Reinlein no necesita un obituario. Los obituarios ordenan una vida y la convierten en expediente. Prefiero escribir de él como hablaba con él, sin adornos ni palabras grandilocuentes, entre otras razones porque estoy seguro que a él no le gustaría otra cosa. A Fernando lo conocí en Madrid cuando era compañero de piso de mi amigo Carlos Santos, allá por el pleistoceno. Además de los buenos momentos vividos en aquella casa, muchas noches transcurrían en “El Avión”, un bar de la calle Hermosilla donde un pianista llamado César animaba con sus melodías a que todos acabáramos cantando entre cervezas, gin-tonics, mucho humo y montañas de pipas.


Eran los primeros años de la transición y en “El Avión” confraternizábamos hasta altas horas de la madrugada políticos y periodistas de toda clase y condición. Reinlein fue periodista desde el día en que Juan Tomás de Salas, presidente del Grupo 16, lo fichó para el diario poco después de salir de la cárcel y ser aministiado. Había formado parte de la Unión Militar Democrática, la UMD, aquel grupo de oficiales jóvenes que entendieron antes que muchos civiles que el país no podía seguir sosteniéndose sobre el miedo y la obediencia ciega. En julio de 1975, pocos meses antes de la muerte de Franco, él y ocho compañeros más fueron encarcelados y expulsados del ejército. Nunca volvieron, aunque años después se les reconocería el grado y la antigüedad.Hubo que esperar hasta 2010 para que su papel en aquellos años duros fuera reconocido oficialmente por parte del Congreso y del Gobierno de la nación.


Cambió pues Reinlein el uniforme por la palabra escrita, otra forma de resistencia. El periodismo fue para él una continuación lógica de lo que había hecho hasta entonces, contar, explicar y no aceptar versiones oficiales sin verificarlas. En 1989 fue mi jefe. Yo acababa de ser nombrado por Enrique Badía director de Diario 16 Málaga, un proyecto frágil, lleno de intuiciones y carente de certezas. Como Fernando era el responsable de todas las ediciones regionales de Diario 16, se vino a Málaga durante las semanas previas a la salida de nuestro periódico para ayudarnos a Jesús Pozo como redactor jefe y a mí a sacar adelante el proyecto. Y a Ramón Triviño, nuestro jefe de política, quien por cierto también nos dejó hace una semana. Cuando el diario estuvo ya en los quioscos, Fernando se quedó con nosotros los primeros días, los más delicados, para ayudarnos a hacer frente a la hostilidad abierta de Paco Rosell, entonces director de Diario 16 Andalucía, quien había intentado impedir por todos los medios la segregación de Málaga como periódico propio.


Fernando no levantaba la voz ni buscaba el choque, pero sabía imponerse. Sus trucos eran el sentido del humor, la socarronería, los silencios sabios cuando entendía que sus interlocutores no merecían réplica, una envidiable habilidad para contar anécdotas y una campechanía que desarmaba. De él aprendí entre otras muchas cosas que el poder no debe ejercerse nunca de manera explícita, sino desde la autoridad moral. 


Desde que se jubiló, pasaba buena parte del año en el Cabo de Gata, donde hace tres veranos celebró rodeado de amigos, en un bar del paseo marítimo, el 50 aniversario de su boda con Antonia Ballesteros, la madre de sus cuatro hijos. Desde el pasado quince de enero ya no está con nosotros. Aunque quien más quien menos ya nos hemos quitado también de los gin-tonics, digo yo que alguno que otro tendrá que caer estos días a la salud del Reinlein. Al menos en mi caso, así será. ¡Salud y República, querido Fernando!


J.T.