sábado, 11 de diciembre de 2021

Pensiones. Nos quieren meter el miedo en el cuerpo


Las pensiones no son una dádiva. Están empeñados en que el derecho a una vejez digna, el derecho de los derechos, nos acabe pareciendo un regalo caído del cielo que en cualquier momento puede desaparecer si no nos portamos bien, entendiendo por portarse bien protestar poco y tragar con los cuentos chinos con los que llevan años bombardeándonos: que si no son sostenibles, que si no hay cotizaciones suficientes, que si nos jubilamos demasiado pronto… Y el remate: que tardamos mucho en morirnos lo que, en palabras de Christine Lagarde, es todo un "riesgo financiero".

Han conseguido que los jóvenes, además de interiorizar la precariedad, asuman que será muy complicado cobrar pensión de jubilación cuando lleguen a viejos. ¿Quién menor de 40 años, incluso de 45, confía ya en cobrar las pensiones que están cobrando sus padres, por muy escasas que estas sean en la mayor parte de los casos? Por un lado se empeñan en engañarnos con el gran timo de los planes y fondos de pensiones y por otro tienen a los mayores con el corazón en un puño temiendo que cualquier día les llegue el hachazo y a tomar viento el último bastión del estado del bienestar que aún no han conseguido tumbar del todo.

Una vez liquidadas la educación y la sanidad públicas, ambas cada día más maltrechas; neutralizada como está la capacidad de protesta de los jóvenes (y a los escasos índices de movilización me remito), toca ahora por un lado asustar a los viejos que se empeñen en seguir vivos y por otro preparar el terreno difundiendo globos sonda periódicos con pildoritas amenazantes sobre lo difícil que va a resultar mantener las pensiones tal y como están.

Con la ayuda de los medios de comunicación de derechas, TVE incluida, nos recuerdan estos días, por ejemplo, que solo en España, Francia y Eslovenia se calculan ya las pensiones sobre los 25 últimos años de vida laboral, que en el resto de los países europeos se hace sobre el tiempo completo. O se nos explica, como ha hecho la OCDE estos días, que la crisis provocada por el Covid-19 tendrá impacto sobre las prestaciones que percibirán los jóvenes cuando se jubilen, y podría afectar a sus carreras si la pandemia deja “cicatrices a más largo plazo”.

O se sugiere, como hizo días pasados el ministro de Empleo, José Luis Escrivá, aunque luego se echó atrás con la boca pequeña, que igual sería bueno “un cambio cultural en España para conseguir que se trabaje más entre los 55 y los 75 años”. O se insinúa que los nacidos entre 1960 y 1975 (los llamados “babyboomers”) deberían asumir "un pequeño ajuste en su pensión"… Y por si aún fuera poco, se va en busca de Mariano Rajoy para que suelte que mantener el poder adquisitivo de las pensiones es una equivocación y que si el Gobierno de coalición se empeña en hacerlo, Casado tendrá que cambiar de nuevo la ley apenas llegue al poder.

En una palabra, que tires por donde tires, los pensionistas viven en un sin vivir y quienes aún no lo son andan todo el día echando cuentas a ver cómo consiguen que no les pille el toro cuando les llegue el momento de jubilarse. Crece una cierta sensación de inevitabilidad en el ambiente, de impotencia ante quienes se empeñan en imponer la idea de que las pensiones son imposibles de mantener. Argumentos tan tramposos como desmontables.

Este no es un artículo técnico, pero expertos en la materia tienen difundidos sesudos estudios en los que se demuestra que las pensiones son sostenibles y que en ningún lugar está escrito que las pensiones públicas se tengan que financiar solo con las cotizaciones sociales. Como escribía mi compañero Juan Torres en un artículo publicado en este periódico en septiembre de 2020, “la sostenibilidad de un sistema de pensiones no depende de forma determinante del factor demográfico: lo que influye más rotundamente en lo que pueda percibir cada persona de la tarta que se produce en una economía, no es solo el número de personas que estén trabajando y sin trabajar, sino la magnitud de la tarta y el criterio de reparto que se establezca”.

El criterio de reparto, ahí está la clave. Pero quien parte y reparte preferirá siempre tenernos asustados y continuar llevándose la mayor parte. De momento, y como recuerda Eduardo Bayona en su crónica del pasado día 7 en este mismo diario, lo que tenemos es que los recortes del gobierno Rajoy en su momento, sumados a la inflación, han aumentado considerablemente el número de jubilados pobres en España.

J.T.

sábado, 4 de diciembre de 2021

Los Derechos Humanos y el deporte


En el Gran Premio de Fórmula Uno celebrado el mes pasado en Qatar, Lewis Hamilton, siete veces campeón del mundo, exhibió un casco con los colores de la bandera arcoiris para llamar la atención sobre la intolerancia del emirato ante la comunidad LGBTI. Este fin de semana el corredor británico se juega su octavo título en Arabia Saudí, donde la homosexualidad se considera delito también, y ya ha anunciado que no se siente cómodo allí y que piensa repetir el gesto durante la carrera nocturna del domingo en Jeddah.

Gestos simbólicos como los del campeón británico, abanderado de múltiples causas sociales relacionadas con la diversidad y la igualdad, vienen a sumarse a los de otros atletas y deportistas que deciden aprovechar su notoriedad para visibilizar y denunciar el racismo, la homofobia y demás violaciones de derechos humanos que muchos países intentan camuflar y blanquear invirtiendo cantidades enormes de dinero en la organización de grandes acontecimientos deportivos.

En Qatar se encuentra además sobre la mesa la polémica celebración del Mundial de Fútbol a partir del 21 de noviembre del año que viene. Según la última actualización del informe “Detrás de la pasión” publicado el pasado mes de mayo por la Fundación para la Democracia Internacional, han muerto más de 6.500 personas durante la construcción de edificios, estadios y demás infraestructuras necesarias para la celebración del encuentro. Una media de doce vidas por semana desde 2010. Pero Nasser Al-Khater, CEO de Qatar 2022, lo niega y afirma que solo han muerto tres personas. En cuanto a la política homofóbica, este mismo personaje ha tenido la desfachatez de perdonarnos la vida al resto del mundo en unas declaraciones recientes. Ha venido a decir que bueno, que vale, que no se prohibirá la presencia de homosexuales durante el campeonato mundial de fútbol pero… eso sí, a renglón seguido ha dejado claro que en público no se tolerará ninguna muestra de afecto entre personas del mismo sexo.

En China también hay mucha tela que cortar. A la polémica sobre si se debe participar en los Juegos Olímpicos de invierno, cuya celebración está previsto que comience en Pekín el próximo 4 de febrero (Estados Unidos no ha descartado la posibilidad de promover un boicot diplomático por los abusos contra los Derechos Humanos en el país asiático), se suma estos días el caso de la tenista Peng Shuai quien, tras denunciar haber sido víctima de abusos sexuales por parte del ex viceprimer ministro Zhang Gaolipermaneció sin dar señales de vida durante días hasta que finalmente reapareció en unos vídeos y una charla telemática con el Comité Olímpico Internacional gracias a la presión internacional.

Aún así la WTA (Women's Tennis Association), organismo que rige el tenis femenino, ha anunciado que rompe con el país asiático y cancela todos los torneos, nueve al año, que se celebran en China y Hong Kong. “Si las personas poderosas pueden reprimir las voces de las mujeres y dejar bajo la alfombra las acusaciones de agresión sexual, entonces la base sobre la que se fundó la WTA, la igualdad para las mujeres, sufriría un inmenso revés. No dejaré ni puedo permitir que eso le pase a la WTA y sus jugadoras”, declaró el estadounidense Steve Simon, director ejecutivo de la entidad.

Este tipo de asuntos ponen de manifiesto hasta qué punto, y especialmente en el mundo del deporte, la lucha por la igualdad, la tolerancia y el respeto a la diversidad andan prácticamente en mantillas en medio mundo todavía a estas alturas. Se tiende a mirar para otro lado cuando un intolerante con dinero te ficha para jugar en su país y/o promocinarlo (p.e. Xavi, Guardiola o Zidane en Qatar), o exhibe su marca en camisetas de equipos como el Barça o el Bayern de Munich. O se dedica directamente a apabullar con su chequera y se hace dueño de entidades al completo como el París Saint-Germain.

¿El intolerante con dinero es menos intolerante? Claro que no, pero tragamos. Por eso tienen tanto valor los gestos individuales de aquellos deportistas que se atreven a plantar cara. Como el ya histórico momento de octubre de 1968 en los Juegos Olímpicos de México, cuando los atletas Tommie Smith y John Carlos, estadounidenses de color, tras quedar primero y segundo en la carrera de 200 metros lisos, inclinaron la cabeza y levantaron el puño subidos al podio en el momento en que sonaba el himno de su país. Denunciaban la discriminación racial y aquello les costó quedar estigmatizaos de por vida.


Otro gesto de suma importancia, mucho más reciente, en 2017, fue el de la ucraniana Anna Muzychuk, doble campeona del mundo de ajedrez, quien prefirió perder sus dos títulos antes que, según dijo textualmente, “jugar con las reglas de otros y sentirse una criatura secundaria”.

Hay personas para quienes la dignidad es innegociable, pero también otras muchas (ya sean individuos o entidades) para quienes el asunto depende del montante que le pongan sobre la mesa. Tenemos mucho trabajo pendiente. A ver qué pasa en China y Qatar este año que entra.

J.T.

domingo, 28 de noviembre de 2021

La poca vergüenza de Guillermo Díaz, diputado de Ciudadanos



Habrá de llegar el día en que las derechas de Colón, de nuevo resucitadas estos días, dejen de usar el terrorismo como arma arrojadiza. Es una vergüenza, produce verdadera grima que a estas alturas aún continúen empeñados en mantener vivo el fantasma de ETA, pronunciando los nombres de sus víctimas en el Congreso sin ningún pudor ni respeto por su memoria. 

Resulta difícil entender la pornográfica actitud de diputados como Macarena Olona, Rafael Hernando o el miembro de Ciudadanos Guillermo Díaz, quien esta semana ha sacado a relucir los asesinatos de los socialistas Fernando Múgica o Ernest Lluch. Tiendo a pensar que este “señor” de 43 años no sabía bien de lo que estaba hablando, ni ante quién estaba hablando. Porque si hubiera sabido que entre la bancada de los diputados socialistas se sienta quien durante veinte años (1991-2011) fue alcalde de San Sebastián, veinte años de los más duros de la actividad, terrorista, quizás se hubiera andado con un poco más de cautela. Fueron veinte años en los que Odón Elorza, que así se llama el ahora diputado socialista, no podía dar un paso sin escolta y puede que hasta esté vivo de milagro. Si Díaz sabía esto, su intervención reviste aún mayor gravedad. Por la desvergüenza con la que se desenvolvió, es probable que lo supiera. 

A personas como Elorza, que combatió el terrorismo a diario en una ciudad donde muchas de sus calles quedaron regadas de sangre para siempre, hay que tenerles un respeto; no se le puede decir ni en broma cosas como las que Guillermo Díaz le dijo el otro día en el Congreso. Personas como Elorza sí que tienen autoridad moral para hablar de lo que otros solo lo hacen de oídas o puede que ni siquiera eso. Ellos son los que pueden hablar con propiedad, por eso tiene tanto valor y es digna de admiración su decisión de pasar página, de dar por cerrada una época horrible en la historia de Euskadi y de España entera.  

ETA ya no existe. Algún día lo entenderán los fascistas que no dudan en recurrir al comodín del terrorismo para encanallar el ambiente en las instituciones cada vez que carecen de argumentos, que son las más. Algún día entenderán que la atmósfera de crispación que intentan mantener viva en el Congreso de los Diputados ya no existe en Euskadi. Ni siquiera en Donosti, donde a Elorza le tocó vivir tantas tragedias en primera línea, a veces jugándose el pellejo, mientras un adolescente llamado Guillermo Díaz andaba por Málaga jugando en el patio de recreo de su colegio. 

Elorza llegó incluso a batirse a pecho descubierto, literalmente, contra los miembros de la kale borroka que quemaban autobuses en su ciudad, los llamaba cobardes a la cara mientras ellos le lanzaban piedras mientras huían. Elorza vivió junto a su íntimo amigo Fernando Múgica, en febrero de 1996, los últimos minutos de vida de este, lo acompañó desde la calle San Martín donde le dispararon hasta el hospital donde murió. Habló con su también íntimo amigo Ernest Lluch veinte minutos antes de que a este último lo asesinaron en el garaje de su casa de Barcelona, en noviembre del año 2000. Cuando solo era concejal, febrero de 1984, llegó al domicilio de Enrique Casas, a los pocos minutos de que mataran a su compañero, para consolar a la que partir de ese momento sería ya su viuda, Bárbara Dührkop; se presentó en el restaurante La Cepa instantes después de que asesinara al concejal del PP Gregorio Ordóñez… No, no tiene vergüenza quien a estas alturas osa capitalizar estos asesinatos para hacer política zafia, frentista y maloliente. Así se lo dan a entender, a las derechas de Colón que ahora apoyan juntas también a los policías reaccionarios, no solo Odón Elorza, sino hasta la mismísima hermana de Ordóñez. No quiere Consuelo Ordóñez que el asesinato de su hermano continúe utilizándose con fines políticos. 

Tienen que dejar ya de usar los muertos de unos tiempos de pesadilla, una pesadilla que hace más de diez años que dejó de existir. Quiero creer que algún día habrá de imponerse la cordura. Así no podemos, ni debemos, seguir. 

J.T.

Para LUH Noticias

sábado, 27 de noviembre de 2021

¡Saquen sus sucias manos de la clase obrera!


Aunque el acuerdo que puso fin a las protestas en Cádiz no sea para tirar cohetes y aunque el comportamiento policial fuera tan vergonzoso como rastrero, durante esos nueve días ocurrieron también en la Bahía cosas hermosas protagonizadas por gentes con dignidad, gentes que nos devuelven la fe en que no todo está perdido, que luchar merece la pena y que los derechos se conquistan como toda la vida: peleándolos.

Entre las perlas que han quedado ahí y que al menos yo pienso recordar y citar durante mucho tiempo, se encuentra un tuit del alcalde de Cádiz frenando en seco el intento del fascista Abascal de capitalizar las protestas: Señoros de VOX, escribió Kichi, saquen sus sucias manos de la clase obrera gaditana. Saquen sus sucias manos de una tierra inclusiva y diversa. Sáquenlas!

El líder de Vox había tenido la cara dura de intentar terciar en el conflicto simulando en redes estar a favor de los trabajadores por si encontraba así algún despistado que pudiera llegar a creerse su apoyo. Hace falta tener poca vergüenza. Acostumbrado a pescar en todas las aguas revueltas posibles, con los problemas de Cádiz se le fue la mano. Acostumbrado a no documentarse antes de soltar barbaridades, en este caso pinchó en hueso.

Las gentes de Cádiz llevan ya décadas dejando claro que con ellos no se juega. Gracias a las luchas en el puente Carranza, Astilleros sigue abierto (hay que recordar que en el año 1995 Pedro Solbes -ministro socialista de Felipe González- decidió cerrarlos y a los dos días se tuvo que echar atrás); gracias a las movilizaciones, la Bahía no se ha convertido ya en la zona turística con la que sueñan los amigos de Abascal y de Casado, responsables ellos de esa política depredadora practicada en la zona y cuyo objetivo es acabar antes o después con cuanta actividad industrial quede viva en Puerto Real, San Fernando, el Puerto de Santa María o Cádiz capital.

Como se recordaba en un vídeo protagonizado por artistas y escritores andaluces difundido durante los días del conflicto, toda la industria auxiliar gaditana lleva décadas siendo desmantelada. Así, lo que en tiempos llegara a ser una zona pujante y llena de vida ha acabado convertida en un triste desierto de solares desangelados. Miles de puestos de trabajo se fueron evaporando uno detrás de otro convirtiendo así la zona en campeona nacional del índice de paro con más de un 23 por ciento. A día de hoy.

La multinacional Delphi, una empresa que fabricaba piezas de automóviles, cerró en 2007 dejando sin empleo directo a 2.500 trabajadores y a otros 1.000 más de empresas auxiliares. Altadis, la antigua fábrica de tabaco, cerró definitivamente sus puertas en 2014 dejando desempleadas y prejubiladas a 1.100 personas. La empresa San Carlos en San Fernando, que se dedicaba a la construcción de motores y piezas de barcos, cerró y dejó en la calle a 400 operarios en 1999. Navalips, que fabricaba hélices, dejó a más de cien familias sin amparo cuando resolvió abandonar la actividad. En 2012 Gadir Solar, dedicada a las placas solares, hizo lo propio con más de 200. Cuando Ibérica Aga, que producía y distribuía oxígeno y otros gases además de material quirúrgico, decidió en 2010 bajar la persiana tras ocho décadas de actividad, tenía casi 80 personas trabajando. Y así sucesivamente...

Los Astilleros, ahora Navantia, la mayor fuente de trabajo de la región, fueron reconvertidos una y otra vez y siguen vivos de milagro. Junto a ellos han conseguido sobrevivir aún en la zona la empresa Alestis (especializada en diseño, fabricación y montaje de aeroestructuras) Airbus, fabricante de aviones, y Dragados (construcción). Estas compañías operan en un buen porcentaje a través de empresas auxiliares que precarizan a sus trabajadores con contratos temporales, lo que traducido significa no garantizar derechos laborales. En estos momentos, más de 3.000 empleos están en peligro en estas empresas.

Y en ese contexto, cuando los ánimos estaban más calientes tanqueta policial incluida, va Abascal y publica el farisaico tuit afirmando que “la lucha de los obreros del metal es la reivindicación legítima de una provincia condenada a la miseria.” No tardó en ser neutralizado como se merecía: Saquen sus sucias manos de la clase obrera gaditana. Saquen sus sucias manos de una tierra inclusiva y diversa. Sáquenlas!.

J.T.

sábado, 20 de noviembre de 2021

Protestar es imprescindible


Parece que por fin la hibernación ha terminado y vuelve la contestación social y laboral. En la calle, como debe ser, que ya era hora. Tras dos largos años narcotizados por la pandemia y sus incertidumbres, etapa por cierto excelentemente aprovechada por las derechas para meternos más miedo en el cuerpo del que ya teníamos, parece que nos desperezamos y el mundo real vuelve a nuestras vidas.

El sector del metal en Cádiz, donde se reclaman sueldos dignos y proyecto de futuro, o el de la ganadería en Toledo, Cantabria y Galicia donde el precio al que se ven obligados a vender la leche no les permite siquiera cubrir gastos, han puesto de manifiesto larvados conflictos que vienen perjudicando, como siempre, al escalón más desprotegido. Hasta los peluqueros han decidido protestar para que les bajen el IVA del 21 al 10 por ciento.

Los salarios se han ido jibarizando y aquí no pasaba nada. Con la inflación por encima del cinco por ciento, la luz con tarifas estratosféricas y la escasez de según qué productos como coartada para el aumento de los abusos, los sueldos y las pensiones han ido perdiendo poder adquisitivo y ahí estábamos, tan panchos y tan pánfilos, o esa impresión daba, viendo pasar el tiempo como la puerta de Alcalá, quedándonos atrás mientras escuchábamos al presidente y sus ministras prometernos precisamente que “nadie se iba a quedar atrás”.

Pues no, se acabó lo que se daba. Las luchas obreras y sindicales que, aunque tarde, van calentando algo este otoño, son imprescindibles para que las promesas no se queden en palabras. No estamos nada contentos y por eso hay que manifestarlo. Durante dos años, las derechas ultramontanas han ido encabronando la convivencia, demostrando lo poco que les importan nuestros miedos y nuestros problemas, utilizados por ellos de la manera más torticera para ver cómo conseguían desgastar al Gobierno de coalición lo máximo posible.

No puede ser que la pandemia haya servido para enriquecer más aún a los más ricos, para que los beneficios de las eléctricas y los bancos sean literalmente pornográficos, para que cada vez que el sector del gobierno que se preocupa más por los problemas de la gente pone en marcha iniciativas para solucionarlos haya quienes, sentados incluso en la misma mesa del Consejo de ministros, les pongan en las ruedas todos los palos posibles para impedir esos avances. No puede ser.

La reforma laboral que propugna la ministra de Trabajo se propone entre otras cosas acabar con la temporalidad y la precariedad laboral, razones estas, entre otras muchas, que nos han colocado en la inferioridad de condiciones frente a los empresarios en que se encuentra toda persona que busca trabajo, sobre todo los más jóvenes. Esa reforma está costando mucho que salga adelante. En mi caso, llamadme escéptico si queréis, hasta que no la vea no me la creeré.

Por eso y por otras muchas razones me parece higiénico y útil que se salga a la calle para manifestar la indignación. Que lo hagan los “compañeros del metal”, los ganaderos, los peluqueros, los pensionistas, los maestros y profesores cada vez más desincentivados y peor pagados o los sanitarios a quienes, como si fueran kleenex, están echando a la calle tras haberse dejado la piel y jugado la vida durante los meses más duros de la pandemia por sueldos de miseria.

Es bueno el clamor de la calle. Es salud democrática y, si este Gobierno de coalición es realmente progresista, sabrá valorarlo e incluso agradecerlo. Si sus intenciones de cambiar a mejor la vida de la mayoría son ciertas, si de verdad aspiran a “no dejar a nadie atrás”, las protestas contribuirán a reforzar su postura frente al permanente empeño de quienes, sin presentarse jamás a unas elecciones, presionan e insisten en continuar determinando nuestros destinos.

J.T.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Manual para contestar a los ultraderechistas que niegan serlo


El fascismo es frentista por definición. Mentiroso, racista, xenófobo, clasista, rechaza a las minorías, a los pobres, a la izquierda, a la democracia, humilla y desprecia a las mujeres… Busca el exterminio de quienes no piensan como ellos y aprovecha las plataformas que le ofrece el sistema democrático para sembrar el odio. Tribunas estas que, si ellos estuvieran en el poder, jamás permitirían utilizar a quienes osaran discrepar de sus planteamientos. 

Odian al diferente por miedo porque, como cobardes, no son nadie sin una pistola en las manos. Se aprovechan de la frustración social, buscan su clientela entre las clases medias golpeadas por la crisis económica, la mentira es su bandera, son chulos, prepotentes, amantes de las consignas que remueven las tripas de una parte de la ciudadanía cabreada, esa que acaba votándolos sin tener en cuenta (aunque lo intuyan) que si la ultraderecha consigue el poder, sus primeras víctimas serán precisamente quienes los votaron.Manual para contestar a los ultraderechistas que niegan serlo. 

Los fascistas se resisten al progreso y se aferran a las tradiciones, ven complots por todas partes, viven en la conspiración permanente y andan buscando culpables que les sirvan para crecer. Salivan con los desfiles militares, desprecian la homosexualidad (de puertas para fuera, como es obvio), se declaran enemigos rotundos del derecho al aborto y se divierten reprimiendo el libre ejercicio de la sexualidad… de los demás. Sus tres principales patas son la religión, los militares y la explotación de los más desfavorecidos. 

Como escribió Umberto Eco, el fascismo no deja nunca de merodear a nuestro alrededor, “a veces con traje de civil, y puede volver de nuevo con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice sobre cada una de sus nuevas formas, cada día, en cada parte del mundo”. 

El escritor italiano nos dejó estos diez puntos para definir e identificar a la ultraderecha: 

1. Rinde culto a la tradición y a las raíces. 

2. Promueve el miedo al diferente.  

3. Utilizan sin pudor los problemas sociales para sumar adeptos. 

4. Popularizan eslóganes simples y seductores.  

5. Generan y expanden sin pudor noticias que son mentira (los “fake news”).  

6. Conspiradores por naturaleza, viven obsesionados con las intrigas y tienden a ver enemigos y complots por todas partes. 

7. El control y la represión están en el ADN del fascismo. Por eso sus partidarios combaten la libertad sexual, por eso son machistas y militaristas; por eso infravaloran a las mujeres y combaten la homosexualidad. 

8. Son violentos, les gusta serlo y no lo disimulan.  

9. La mayoría son incultos y muy permeables a la manipulación de sus líderes. 

10. Plantean guerra sin cuartel al progreso y a las ideas de vanguardia.  

En Newsroom, la famosa serie de televisión, el presentador de noticias Will McAvoy, que encarna el actor Jeff Daniels, enumera trece puntos (temporada 1, episodio 10, minuto 49) en los que retrata los modos y maneras de la ultraderecha:  

1. Pureza ideológica. 

2. Llegar a acuerdos es una debilidad. 

3. Uso de las Escrituras como coartada para justificar el fundamentalismo. 

4. Negacionismo frente al trabajo científico. 

5. Insensibilidad, escasa capacidad para conmoverse ante las desgracias ajenas. 

6. Desinterés por la verdadera información. 

7. Miedo hostil al progreso. 

8. Demonización de la educación. 

9. Necesidad de controlar el cuerpo de la mujer. 

10. Xenofobia aguda. 

11. Mentalidad tribal.

12. Intolerancia con los discrepantes. 

13. Odio patológico hacia los gobiernos progresistas. 

Y remata McAvoy: “No quieren que se les llame ultraderecha, pero además debemos llamarlos también como lo que son: talibanes”.  

Así que aquí tenéis, queridos colegas, este modesto y breve manual por si os viene bien tirar de él cuando ultraderechistas como Macarena Olona os acosen intentando negar que son fascismo puro. 

J.T.

Para "La Última Hora"

sábado, 13 de noviembre de 2021

Ruido


Tras la muerte de Franco los políticos de derechas al menos eran cultos. Alfonso Osorio buscaba cada sábado libros antiguos en la madrileña Cuesta de Moyano, junto al parque del Retiro; José María de Areilza era un señor erudito y experimentado y Manuel Fraga, además de la casa donde vivía, adquirió un piso solamente para llenarlo entero de estanterías donde colocar los miles de libros que poseía. Calvo Sotelo, Abril Martorell, García Añoveros, Clavero Arévalo y otros muchos eran gentes instruidas, doctores, reconocidos profesores de universidad… Estuvieras de acuerdo con sus ideas o no, siempre aprendías algo cuando hablabas con ellos. La mayoría tenía sentido del humor, retranca y sus comparecencias parlamentarias, aunque duras, jamás fueron faltonas ni maleducadas. A Adolfo Suárez le gustaban menos los libros, leía más bien poco pero era listo. Por eso sabía rodearse de colaboradores inteligentes.

Los sucesores de aquellos políticos de Unión de Centro Democrático y Alianza Popular que gobiernan ahora el PP no están ni mucho menos a la altura de sus predecesores. No tienen gracia, ni cultura ni, en el caso de Pablo Casado, capacidad para rodearse de gente más competente que él como supo hacer Suárez en su día. La derecha española degeneró con su primer heredero, un Aznar frentista, mentiroso y mal encarado; mantuvo el partido a flote a duras penas con un Rajoy ambiguo y pasota que fue obligado a marcharse cuando la "organización" recibió la primera condena por corrupción y ahora los nietos se están encargando de destrozar lo que queda del negocio. Como nos recuerda el viejo refrán, los padres hacen dinero, los hijos se lo gastan y los nietos acaban de liquidar lo poco o mucho que queda.

Es verdad que aquella derecha de hace cuarenta y cinco años fue fundada por franquistas que, cuando murió el dictador, se mostraron  dispuestos a continuar en la pomada al precio que fuera; es verdad que consiguieron mantener privilegios en sectores como los bancos, las eléctricas y demás entidades depredadoras, empresas clave estas que, sin necesidad de presentarse a las elecciones, impiden todavía a estas alturas que disfrutemos de una democracia plena y sin interferencias. Pero, a pesar de las insufribles rémoras que nos dejaron, aquellos políticos de derechas fueron civilizados y hacían gala de una educación inexistente hoy día tanto en las cabezas visibles de la derecha extrema como en las de la extrema derecha.

Puede que al PP de Casado se le siga votando como predicen las encuestas, pero esta derecha de pipiolos que ha convertido el Congreso de los Diputados en un infame patio de vecinos y ha inyectado una tensión insoportable en la vida política y ciudadana es, además, una derecha iletrada, maleducada y vocinglera.

Pérez Llorca, Herrero de Miñón o Gabriel Cisneros trataron siempre con sumo respeto al entonces comunista Jordi Solé Tura, colega constituyente, algo que Casado o Abascal nunca hicieron con Pablo Iglesias, cuya superioridad intelectual era y es evidente. El régimen del 78 nos dejó una herencia complicada de gestionar, es verdad, pero eso no justifica la deriva tosca en la que andamos metidos y que no presagia nada bueno.

El odio y la intolerancia germinan mucho mejor en la incultura y la ignorancia. En política se miente desde el inicio de los tiempos, y eso nunca puede ser aceptable. Pero si aquellos abuelos mentían, que lo hacían y mucho, sus nietos y las nuevas tecnologías han conseguido que parezcan unos aprendices frente a la capacidad de desinformación que consiguen los bulos, los fakes y demás falsedades de diseño.

No hemos mejorado con el paso del tiempo. Es verdad que en el común de la ciudadanía hay menos analfabetos, pero también menos interés por el conocimiento, por la reflexión, por la inquietud intelectual. La alarmante insolvencia con la que se expresa la mayoría de los líderes políticos tampoco ayuda mucho a mejorar las cosas.

Algo se está haciendo mal desde hace ya bastantes años y esos errores están beneficiando claramente a unas derechas a las que no les da ninguna vergüenza enturbiar la convivencia como sea: colocando en las instituciones jueces controvertidos, financiando pasquines impresos y digitales a los que algunos todavía llaman prensa, o usando su presencia en los medios para difundir tensión y mal rollo. Ruido, demasiado ruido.

J.T.

  

sábado, 6 de noviembre de 2021

Al fascismo no se le discute, sino que se le combate


La pelea entre Casado y Ayuso por ver quién preside el PP madrileño es otro infausto episodio más en la vida de este partido que acabará beneficiando a las huestes de Vox como los populares no se aclaren pronto. Los socialistas, empeñados en recuperar el bipartidismo cuanto antes, llevan tiempo buscando excusas para acercarse al PP y esta le viene que ni pintada. Al flamante líder socialista en la Comunidad de Madrid, Juan Lobato, le ha faltado tiempo para proponer a la presidenta que retire su primer proyecto de presupuestos regionales y acuerde uno nuevo con el PSOE y el resto de grupos en la Asamblea para así ningunear a la ultraderecha. La polémica lideresa no le ha hecho ni caso, como tampoco Moreno Bonilla en Andalucía a Juan Espadas, cuando este se ofreció hace semanas a facilitar con la abstención del grupo socialista la aprobación de los presupuestos autonómicos del año que viene.

“Con la ultraderecha no se compite, a la ultraderecha se la combate” proclamó la ministra María Jesús Montero esta semana durante el debate de los presupuestos generales tras admitir que el objetivo del Gobierno de coalición es “intentar que (los miembros de Vox) no estén en ningún Gobierno”. Aunque sea “tendiendo la mano al PP”, llegó a decir. Diego Conesa y Luis Tudanca, secretarios generales del PSOE en Murcia y Castilla-León respectivamente, también llegaron a ofrecerse en el pasado al PP para facilitar los presupuestos regionales. Pues muy bonito, pero llegan tarde. Presuponiéndole a los socialistas la mejor voluntad del mundo posible, lo que ya de por sí es mucho presuponer, han dejado pasar un tiempo precioso que ha permitido al monstruo fascista que sus tentáculos crecieran sin parar y sin apenas resistencia.

Durante tres años han venido sirviéndole en bandeja las televisiones públicas para que difundieran sus proclamas fascistas sin que ningún entrevistador les parara los pies ni ningún presentador de informativo apostillara sus soflamas recordando al espectador que buena parte de lo que estos señores defienden es lisa y llanamente anticonstitucional. No son patriotas, son testaferros de las clases altas.  

Pero no es solo en los medios de comunicación donde se ha permitido al fascismo que vaya poco a poco comiéndonos el terreno a los demócratas. En el Congreso de los Diputados la infamia, la tensión, el insulto y la exaltación del exabrupto han ido in crescendo a medida que avanzaba la legislatura, con el PP siguiéndoles torpemente el juego. Basten como ejemplos de una lista, ya demasiado larga, un par de casos recientes: por un lado el diputado ultra José María Sánchez, juez para más inri, llamando bruja a la socialista Laura Berja mientras esta intervenía en la tribuna defendiendo la posición de su grupo sobre el derecho al aborto, y por otro el médico ultra Juan Luis Steegmann “retando a duelo callejero” al diputado de Compromís Joan Baldoví cuando este se refería a los diputados de Vox como “chaqueteros que abandonaron y desertaron del PP cuando se acabaron las ubres que los amamantaban”

En esa conquista de espacios cuya existencia se debe a una tolerancia que ellos no practican, ahora le ha tocado el turno a las ruedas de prensa que se celebran en el Congreso, donde presuntos “informadores” ultras han puesto de moda provocar a según qué diputados cuando estos comparecen ante los periodistas. Obligan a Gabriel Rufián, por ejemplo, a echar mano de toda la serenidad de que es capaz para contestarles que “no participa de burbujas mediáticas de la ultraderecha”, o que ya tiene suficiente con los 52 ultras con los que a diario convive en la sala de plenos. O a Pablo Echenique a recurrir a toda su flema al precisar que no se le puede dar pábulo con una respuesta a preguntas basadas en mentiras. Si aceptamos planteamientos que llevan falsedades –dijo textualmente Echenique hace poco- estamos dando carta de naturaleza a algo que cada vez preocupa a más gente y es la difusión de bulos". Estas provocaciones de presuntos periodistas de la ultraderecha en las ruedas de prensa del Congreso son un ultraje que contribuye a devaluar el oficio de informar aún más de lo que ya está. Las asociaciones profesionales ¿no tienen nada que decir?

Cada día la ultraderecha avanza un pasito más en sus afrentas y en sus soflamas. Y nadie les para los pies. No ya en el Congreso o en los parlamentos de aquellas comunidades donde el PP no tuvo inconveniente en pactar con ellos para gobernar: en las redes han conseguido crear un clima de desazón que ha hecho que mucha gente decida dejar de actualizar sus cuentas. Los ambientes familiares andan encanallados, han metido sus mentiras en vena a jóvenes sin suficiente bagaje para pararse a analizar la toxicidad de lo que asumen, niños de diez y doce años juegan en consolas donde han personalizado los personajes favoritos de sus juegos con los nombres de los líderes de Vox más conocidos…

Están subvirtiendo los modos y maneras democráticas delante de nuestras mismas narices y nos estamos dejando hacer: la tele, los periódicos, los jueces… Están consiguiendo que lo antidemocrático no parezca tan grave y que lo intolerable esté bien visto. Algún día, y espero que sea pronto, muchos medios de comunicación de este país deberán pagar el daño que están haciendo a nuestra sociedad por actuar como altavoces del odio. El acoso y la provocación por sistema, en las instituciones y en el ejercicio del periodismo, es un serio problema para el mantenimiento de la salud democrática que tenemos derecho a disfrutar en paz. 

Las palabras de la ministra de Hacienda en el Congreso instando a combatir a la ultraderecha estuvieron bien. Ahora solo falta que ella y los de su partido empiecen a ponerlas en práctica. Aunque lo que resulta difícil de entender es por qué, para conseguirlo, la solución tiene que pasar por tender la mano al PP.  En fin...

 

sábado, 30 de octubre de 2021

Reforma laboral. Se trata de derogarla, no de retocarla

¿Se derogará finalmente la reforma laboral de 2012 por completo, o solo se retocará de forma parcial “en sus aspectos más lesivos”? He ahí la cuestión. Esta vez daba la impresión de que por fin sería la buena, que no habría titubeos y menos a estas alturas, pero henos aquí aún deshojando la margarita. Aunque el PSOE se vista de seda…

¿Cuántos cientos de miles de votos habrá cosechado Pedro Sánchez gracias a prometer en cada convocatoria electoral que lo primero que haría apenas llegara al gobierno sería derogar la reforma laboral de 2012? ¿Cómo es posible que después de tres años y medio gobernando estemos todavía en los prolegómenos de una incierta “reforma de la reforma” a la que siempre se refirieron como “derogación y desde hace solo unos días, mire usted por dónde, se le ha empezado a llamar “modernización”?

Los mayores éxitos de este Gobierno de coalición (pensiones, salario mínimo, ingreso mínimo vital, ertes durante la pandemia…) no se los debe Sánchez a ninguno de sus ministros o ministras socialistas, sino a la titular de Trabajo, cartera cuya responsabilidad es de Unidas Podemos. Siete meses lleva el equipo de Yolanda Díaz negociando con patronal y sindicatos una nueva reforma laboral que encaje con los requisitos europeos para continuar recibiendo las transferencias con los dineros adjudicados en el Plan de Recuperación. Veintidós reuniones que han alumbrado un trabajado documento de veintinueve páginas.

El comisario europeo de Economía, un señor italiano llamado Gentiloni de apellido, no pareció ponerle muchas pegas a la marcha de las negociaciones durante su visita de estos días a Madrid, así que entonces… ¿dónde está el problema? Parece claro que los objetivos de la reforma tienen que ser que en España deje de haber tantos empleos precarios, por mucho que los empresarios se hayan acostumbrado a poder echar a la gente a las primeras de cambio; tiene que ser también que los convenios colectivos recuperen la importancia que tenían antes de 2012; tiene que ser que trabajadoras, por ejemplo, como las camareras de piso dejen de cobrar salarios rayanos en la esclavitud… Todo eso parece claro, y por lo que podemos deducir y aunque se desconozca la literalidad de lo que se está negociando, da la impresión de que los contenidos están prácticamente definidos y pactados ¿O no?

¿A qué viene pues tanto ruido de pronto con la dichosa reforma? ¿Por qué tras todos estos meses callada, irrumpe a última hora en escena Nadia Calviño reclamando protagonismo y “metodología de coordinación”? ¿O la bronca existía y hasta hace pocos días se libraba solo “en la intimidad”? Cuando las discrepancias saltaron, al presidente de los empresarios le faltó tiempo para terciar barriendo hacia dentro: “A mí sí me interesa no solo lo que diga el Ministerio de Empleo, sino también la Comisión Europea, el FMI, la OCDE, el Banco de España y me interesa también, como no podía ser de otra manera, lo que diga el Ministerio de Economía, el de Educación...

Por si no empezaba a existir suficiente confusión, hace unos días se descolgó Adriana Lastra afirmando públicamente que “la reforma laboral se va a derogar, y la va a derogar el Partido Socialista. Yolanda Díaz, que lleva tiempo demostrando que lo suyo no es pelear por colgarse medallas sino trabajar, se vio obligada a volver a ser contundente en el Congreso de CCOO: ”Vamos a derogar la reforma laboral, proclamó, a pesar de todas las resistencias, que las hay, y son muchas”.

Si el asunto está o estaba casi pulido ya en las mesas de negociación donde desde el 17 de marzo se sientan los técnicos del gobierno y de los agentes sociales, si los “contenidos” se han trabajado a conciencia como parece, ¿a qué viene que la ministra de Economía insista a estas alturas en cuestiones de “metodología”?, ¿qué es lo que Sánchez necesita aclarar el próximo martes en la anunciada reunión entre él y sus dos vicepresidentas? Si ya está resuelto que será el ministerio de Trabajo quien lidere lo que queda de negociación y que en las conversaciones pendientes figurarán también representantes de otros ministerios, ¿qué queda? ¿Se dispone acaso el presidente a olvidar una vez más su tantas veces prometida promesa electoral, será capaz de abogar por una reforma laboral light? El tiempo corre, no lo olvidemos, el plazo acordado con Bruselas para tener aprobada la norma es el 31 de diciembre, y eso significa que para poder cumplir con los requisitos formales que exige la aprobación de un Real Decreto-ley, las discrepancias tienen que estar resueltas en dos o tres semanas como máximo. Así que a ver.

Esta vez me temo que Sánchez tiene un poco más difícil faltar a su palabra. Quizás convenga recordar que Yolanda Díaz se mostró en un principio renuente a aceptar la cartera de Trabajo y que solo accedió a formar parte del Gobierno de coalición cuando se le prometió que se derogaría la reforma laboral de Rajoy durante esta legislatura, algo que figura además explícitamente en el pacto de coalición firmado entre el Partido Socialista y Unidas Podemos el 30 de diciembre de 2019.

En el punto 3 del artículo 1 de ese acuerdo se puede leer textualmente: Derogaremos la reforma laboral. Recuperaremos los derechos laborales arrebatados por la reforma laboral de 2012. Impulsaremos en el marco del diálogo social la protección de las personas trabajadoras y recuperaremos el papel de los convenios colectivos. En concreto y con carácter urgente:
-Derogaremos la posibilidad de despido por absentismo causado por bajas por enfermedad.
-Derogaremos las limitaciones al ámbito temporal del convenio colectivo, haciéndolo llegar más allá de las previsiones contenidas en el mismo, tras la finalización de su vigencia y hasta la negociación de uno nuevo.
-Derogaremos la prioridad aplicativa de los convenios de empresa sobre los convenios sectoriales.

Como podemos comprobar, el término que aparece en el acuerdo es el verbo “derogar”, no “modernizar”, ni “mejorar”. Derogar. Esto es lo que hay. Y esto es lo que hay que hacer. Se puede hacer además sin que eso transgreda los condicionantes europeos. Cualquier otra cosa, por mucho que insistan y se empeñen Calviño y compañía, sería vulnerar lo firmado.

J.T.

La relación de los periodistas con el mundo del poder


"En el periodismo tenemos pendiente un 15M que nos obligue a reflexionar sobre cómo es posible que el oficio de comunicar esté tan desacreditado en este momento que resulte muy complicado ser optimistas sobre su futuro. Empezaré esta reflexión recordando cómo era el periodismo en España durante los años llamados “de la Transición”, una época en la que los papeles estaban mezclados y, en consecuencia, algo confundidos. Cuando trabajaban codo con codo los políticos que luchaban por las libertades y los periodistas que intentaban hacer una prensa que llevara a la ciudadanía las inquietudes de ese momento, lo que en un principio podía ser un trabajo conjunto y de complicidad mutua acabó derivando con el paso de los años en puro “compadreo”. 
Algunos lo llamábamos el periodismo de “Casa Manolo”. Durante aquellos años, en aquel bar ubicado a espaldas de las Cortes, se producían buena parte de las confraternizaciones y conspiraciones entre los políticos recién llegados al Congreso y los periodistas que empezaban a ser corresponsales parlamentarios en los diarios que estaban adquiriendo otro tono distinto al del periodismo franquista practicando hasta entonces.  

De tanto confraternizar, de tanto comer juntos, de tanto tomar gin-tonics juntos… llegó un momento donde se confundieron los papeles. ¿Cuándo empezó a notarse más esa confusión? Cuando el PSOE llega al poder en el años 1982 y buena parte de los periodistas que eran amigos de políticos socialistas que ocuparon poltronas empezaron a abrigar esperanzas de compartir con ellos el poder. Muchos estaban convencidos de que sus “amigos” les debían algo. Y algo así en cierta forma acabó ocurriendo: buena parte de los ministerios de los primeros gobiernos socialistas tuvieron como jefes de prensa o de gabinete a periodistas que habían estado en periódicos, la mayoría de ellos procedían de El País, y así este periódico consiguió convertirse en imprescindible: había que leerlo entre otras cosas porque allí era donde primero llegaba todo el material que estaba trabajándose en los despachos socialistas. 

El problema fue que no había puestos para todos, algunos que pensaban que se merecían pasar al otro lado del mostrador no lo consiguieron y empezó a sonar el consabido “qué hay de lo mío”. Ese intercambio de papeles, en esos momentos, entre quienes eran los periodistas que tenían entre 30 y 40 años, la misma edad de los políticos recién llegados al poder, esa gente aún hoy día están ahí, la mayor parte de los políticos han desaparecido o están jubilados, pero ellos siguen ahí: Miguel Ángel Aguilar, Pablo Sebastián, Pedro Jota, que empezó a dirigir un periódico con 29 años… Una serie de gente que en algún momento debió olvidar que sencillamente eran los testigos privilegiados de lo que estaba sucediendo para contárselo a todo el que no podía estar allí, y que su obligación era contarlo sin implicarse en ello y de la manera más objetiva posible. Pues no: dejaron de sentirse testigos privilegiados para creerse tan coprotagonistas de lo que estaba sucediendo como los propios políticos. En esta confusión de papeles de los primeros tiempos de la democracia radican casi todos los vicios posteriores adquiridos a medida que se ha ido deteriorando la situación del periodismo en España. 

También es verdad que la mayor parte de los medios de comunicación privados estaban en manos de empresarios que tenían vocación de editores periodísticos: eran editores profesionales. Querían ganar dinero, qué duda cabe, pero eran capaces de tener a alguien investigando un tema sin publicar nada durante dos meses, algo absolutamente impensable hoy día. Los tres fundamentales empresarios de prensa de aquella época fueron el presidente del Grupo 16, Juan Tomás de Salas; el presidente del Grupo Prisa, Jesús de Polanco y el presidente del Grupo Zeta, Antonio Asensio. Eran gestores con poder absoluto ejecutivo y periodístico y en mi caso, que he tenido la suerte a lo largo de mis años profesionales de trabajar en las tres empresas he de decir que a mí no me llegó nunca por parte de ninguno de ellos ninguna otra instrucción que no fuera “haz las cosas como mejor sepas”. 

Eso, hoy por hoy es impensable, el Grupo 16 ya no existe, en El País desde la muerte de Polanco la empresa empezó a desmembrarse y el consejo de administración acabó troceado y repartido entre bancos, fondos de inversión y fondo cataríes donde la familia Polanco apenas conserva un diez por ciento de las acciones y Zeta prácticamente tampoco existe. Es decir, de un modelo de empresario periodístico vocacional que le gustaba lo que hacía y se sentía útil en el mundo de la comunicación (por supuesto no eran altruistas ninguno) se pasó a la política del beneficio puro y duro y a cómo influir a través de los consejos de administración en los contenidos para defender los intereses de sus miembros y de la empresas a las que estos representan.  

Ese tipo de cambio de papeles explica en buena parte la situación en la que nos encontramos ahora. Sería uno de los factores a los que yo atribuiría el deterioro. Lo que no entiendo y sigo sin entender, pensando sobre todo en aquellos profesionales treintañeros de entonces que hoy todavía se resisten a dejar de influir, es cómo se pudo producir ese cambio en la manera de pensar de según qué profesionales. Tú miras un periódico de los años 70 u 80 con informaciones firmadas por alguno de los periodistas que he nombrado antes y no tienen nada que ver con el papel que juegan ahora mismo en el panorama de los medios. ¿Dónde está el Miguel Ángel Aguilar de aquel entonces, donde el Fernando Jáuregui, dónde el Jesús Cacho? En este momento dirigen medios digitales absolutamente ultramontanos cuya financiación no sé vosotros pero yo en la mayor parte de los casos la desconozco. El caso es que ahí están, y están influyendo: Periodista Digital, con Alfonso Rojo al frente, Libertad Digital, con Jiménez Losantos, Ok Diario… Es un panorama de gente que en otros tiempos hicieron un tipo de información bastante presentable y se han decantado directamente hacia el periodismo más militante y proultraderecha que se pueda elaborar.  

Al principio, cuando el fenómeno del 15M y tras la aparición de Podemos, se podía pensar que la intención era solo cómo conseguir que el nuevo partido no tuviera una relevancia que estaba claro que la tenía en la sociedad, se trataba de que no consiguiera tanta proyección pública como para que su mensaje calara y acabara convertido en votos. Pero a estas alturas no es solo eso: parece existir una apuesta clara porque los gobiernos de izquierdas no sean posibles y porque la derecha ultra y la ultraderecha continúen creciendo en este país. 

¿Por qué ha pasado esto, por qué da la impresión de que nadie sabe cómo ponerle solución? No ha ayudado mucho el overbooking que ha generado el exceso de facultades de Ciencias de la Información. Las facultades de Ciencias de la Información son uno de los mayores fraudes en materia educativa de este país. La mayor parte de la gente que llega a ellas lo hacen engañados. Hay más de sesenta facultades de periodismo que sacan al mercado varios miles de licenciados cada año en el mes de junio. No hay capacidad de absorber eso. Quienes inventaron las facultades de periodismo tal como existen hoy día, o se engañaron o estaban dispuestos a engañar. La necesidad de periodistas es mucho menor. 

¿En qué repercute que salga tanto licenciado a la calle? Fundamentalmente en que la carne de periodista se abarata, porque cada vez hay más gente dispuesta a trabajar gratis, cada vez hay más gente dispuesta a hacer prácticas como sea y alargar el período de prácticas y de hacer méritos el tiempo que sea necesario. Y lo que descubren a la larga es que han sido engañados, pero ya demasiado tarde. Salvo que entren en la dinámica de las reglas del juego que en estos momentos parece que no hay manera de evitar. A saber: la única manera que tengo de mantenerme en este oficio, de prosperar, y de no ganar una miseria de sueldo es probablemente demostrarle a los que tengo por encima que soy tan eficaz y tan buen soldado para la causa como ellos. 

Y así surgen los nuevos fenómenos del periodismo en la mayor parte de los medios actuales. ¿Quién se ha abierto paso últimamente en el diario El Mundo, en el ABC, quién se ha abierto paso en las tertulias? No sé, me lavaré la boca después de pronunciarlos, pero nombres como Javier Negre o como Jorge Bustos, que es lo que la mayor parte de la gente ahora parece ser que quieren ser. Hemos llegado a una situación donde hacer periodismo, contar las cosas que pasan y explicárselas a la gente, seguir teniendo conciencia de la esencia fundamental del oficio que es, como decíamos al principio, ser testigo de las cosas que ocurren y contarlas lo mejor posible, ya no es la prioridad. Ahora mienten como bellacos y no pasa nada. 

No es la prioridad en la prensa de papel, pero el problema es que todavía ha llegado a ser mucho peor en el mundo audiovisual. El papel que juegan la mayor parte de las radios de este país queda muy por debajo de las expectativas y de las necesidades de información cabal, justa y objetiva que necesita el ciudadano en estos momentos. Ocurre algo similar con las televisiones privadas, que las sufrimos cada día, y lo más lamentable de todo es que cada vez es peor también en las televisiones públicas. El reciente asesinato del equipo profesional que hasta hace unos meses pretendía hacer algo digno con Telemadrid lo hemos vivido en directo sin que nadie se preocupe excesivamente, sin que nadie se queje. Estamos viviendo una marcha atrás que tiene difícil solución. 

Las televisiones públicas contribuyen a empeorar el panorama de la información decente a la que nos debemos. Lo que se quiere contar en ellas no tiene nada que ver con el interés de los espectadores, tiene que ver con el interés de quienes se creen propietarios de esas televisiones. Lo somos nosotros, pero en la práctica lo son cada gobierno autonómico o el gobierno de la nación. Piensan que tener el dominio de la comunicación a través de la televisión pública forma parte del kit de haber ganado unas elecciones igual que lo es el tener el Boletín Oficial del Estado o de la autonomía en sus manos. 

Tampoco ha ayudado mucho la deriva de las redes sociales y su papel en la difusión de bulos, fakes y demás perversiones que han infectado el fenómeno de la comunicación política. Como me hacen indicaciones para que termine, lo haré señalando que no ha habido un interés serio, ni un compromiso, ni una decisión en el mundo del periodismo que se proponga buscar la manera de reconvertir, de reivindicar la posibilidad de que lo que ocurre en el mundo de la comunicación no esté solo en manos de los que en un momento dado gobiernan una institución, ni tampoco en manos de los bancos y grandes fondos que dominan los consejos de administración. En el mundo del periodismo, como se propuso en el 15M para la política, igual sería bueno funcionar de abajo arriba, existen proyectos e iniciativas en que se ha intentado, pero continúa siendo algo pendiente, ya sea por miedo, o por inseguridad, o por necesidades de supervivencia. O por mentalidad práctica, no sé, pero el caso es que no se ha acometido ninguna incitativa para poner pie en pared a todo esto.  

Se puede empezar por el cierre de las facultades. No es necesario ser licenciado en periodismo para ser buen periodista, basta con tener otra carrera y al acabar cursar un máster de un año; los becarios que he tenido conmigo, lo primero que me han dicho siempre es que donde verdaderamente aprendían era en la redacción y saliendo a la calle. que en la facultad ni les habían hablado de nada de lo que se encontraban cuando tenían que ponerse a trabajar. La solución, pues, empieza por la educación, continúa por la necesidad de luchar por los derechos, luego por denunciar las irregularidades y acaba por resistirse a aceptar como irremediable que las cosas sean como son.  

(Transcripción editada de mi intervención en la Uni de Otoño de Podemos el pasado domingo día 10 de Octubre) 

Publicado en "La Última Hora"

J.T.