sábado, 10 de octubre de 2020

Comunidad de Madrid, 37 años de histeria

No existía bandera, ni himno, hubo que inventar letra y música, ¿alguien se sabe el himno de la Comunidad de Madrid?, recuerdo cuando se hablaba de cuántas estrellas colocarle a una enseña que, como el escudo, fueron producto de la imaginación de Santiago Amón con diseño de Cruz Novillo. Se hablaba de esto en la feria de San Isidro, en la verbena de la Paloma, en las corridas de toros, en los bares del Rastro… (“¿sabes que la letra del himno la ha escrito García Calvo, sí, creo que Sorozábal se va a encargar de la música”). Se trataba de captar la esencia de la “madrileñidad”, de inventarse una autonomía y una identidad para una región que desde Felipe II jamás se había planteado tal cosa porque, para partir el bacalao en toda España durante más de cinco siglos, nunca le había resultado necesario hacerlo.

¿Cómo digerir que, a partir de la creación de la autonomía, las carreteras radiales que nacían del  kilómetro cero solo se iban a gestionar hasta Aranjuez o el túnel del Guadarrama por mucho que continuaran prolongándose hasta Finisterre, Tarifa o el Cabo de Gata? Madrid iba a dejar de ser el referente nacional para convertirse en un territorio reinventado merced al acuerdo autonómico que por entonces bautizaron como “café para todos”, 17 autonomías y 2 ciudades autónomas.

En la capital se resistían: ¿qué pasaría con la retransmisión de las uvas cada fin de año desde la Puerta del Sol? Quedaría diluida, ninguneada, ignorada, las autonomías acabarían esquilmándolo todo, en el barrio de Salamanca se rasgaban las vestiduras y los cachorros fuerzanovistas salían a la calle a montar pollos -¿les suena?- para protestar contra la desaparición del centralismo.

Entre el 79 y el 83 se preparó el terreno, mientras la movida vivía sus años dulces al margen de todas estas histerias y empezaban a recuperarse las autonomías históricas. Cataluña, Galicia y Euskadi ya tenían gobiernos propios y Andalucía también, incorporada a la "primera división" tras ganar la batalla del 151.

Las 13 autonomías restantes celebraron sus primeras elecciones en 1983, coincidiendo con la segunda convocatoria de las municipales. Eran lo mejores momentos de los socialistas, y entre la mayoritariamente reconocida gestión de Tierno Galván como alcalde desde 1979 y la resaca de los 202 diputados en el Congreso en 1982, pusieron a Joaquín Leguina en bandeja la victoria en la Comunidad de Madrid, donde todo estaba por inventar. A ello se dispuso durante doce años quien hasta ahora ha sido su único presidente socialista. Ocho de ellos la oposición estuvo liderada por un todavía muy joven Alberto Ruiz Gallardón cuyas buenas maneras engañaron durante algún tiempo a ciertos sectores que llegaron a creer que, a pesar de ser de derechas, despedía ciertos efluvios progresistas.

Gallardón desplazó a Leguina como presidente en 1995, formó el primer gobierno de la derecha en la Comunidad y hasta hoy: 25 años seguidos el PP campando por sus respetos, 25 años cuesta abajo y sin frenos donde cada ejercicio que transcurría iba haciendo bueno al anterior. Se fueron generando clientelismos en cenáculos donde se administraba mucho poder porque, contra lo que los madrileños acérrimos habían temido y la periferia soñado, el Estado de las Autonomías no solo no le restó ningún predicamento a la capital sino que, con el paso del tiempo, la ciudad y la región entera salieron reforzadas.

Las multinacionales con sede en zonas prósperas de la periferia acabaron trasladando sus sedes centrales a Madrid alimentando así su capacidad de influencia. Las decisiones económicas y financieras para todas España se tomaban cada vez más desde una capital que vio cómo crecían sus edificios y sus habitantes al tiempo que el aire, como la atmósfera política, se iba haciendo cada día más irrespirable.

El Partido Popular entendió pronto que aquella iba a ser la joya de su corona, así que tras la victoria de Aznar en las elecciones generales un año después de haber instalado a Gallardón en la Comunidad de Madrid, aquello fue una fiesta. Los proyectos de Gallardón, sobre todo en materia de transportes y comunicaciones, fueron tan ambiciosos que no tardó en ganarse el apelativo de Faraón. Grúas por todas partes con Rodrigo Rato como ministro de Economía al frente de una nave que favorecía el crecimiento del empleo a base de ladrillos y especulación, el inicio de una burbuja de la que aún estamos pagando las consecuencias y los intereses. Entraron a degüello en la región y no dejaron títere con cabeza.

Un buen día Ayuntamiento y Comunidad decidieron cambiar cromos. Gallardón ya no era tan útil porque era díscolo así que en 2003 le dijeron que le dejaban presentarse a la alcaldía de Madrid, pero que la Comunidad tenía que ser para alguien más afecto. Ahí fue cuando entró en juego la inefable Esperanza Aguirre, que había sido concejala con Álvarez del Manzano, donde ya había dejado buena constancia de sus sueños húmedos con el neoliberalismo; luego fue ministra de Cultura con José María Aznar, y allí parecía o se hacía la tonta porque con sus posiblemente estudiadas torpezas acabó ganándose la simpatía de mucho madrileño despistado.

Aun así, las elecciones las ganaron los socialistas, aunque no por mayoría absoluta, y entonces fue cuando sucedió la hecatombe, el principio de la ruina que desde entonces ha llegado hasta nuestros días. Dos miembros del grupo socialista llamados Eduardo Tamayo y Teresa Sáez no comparecieron en el pleno de la Asamblea el día señalado para la investidura de Rafael Simancas y aquella ruidosa traición desembocó en la convocatoria de unas nuevas elecciones que convirtieron en presidenta a Esperanza Aguirre. Hasta hoy.

Los años de Aguirre en el poder madrileño fueron los años del desmelene a cara descubierta, hospitales privados, educación privada, especulación sin freno, menos impuestos que otras autonomías sobre todo a los ricos… Tiempo después nos enteraríamos que aquel desafuero llenó los bolsillos de muchos desaprensivos que ocupaban puestos políticos de relevancia y que hoy esperan juicio o están ya en prisión. Fue el comienzo de todos los desastres. En 2004, los socialistas vuelven a La Moncloa con Rodríguez Zapatero como presidente y desde entonces, en muchas ocasiones, parecía que la verdadera oposición al gobierno del nación era Esperanza Aguirre y no Rajoy, ¿les suena también esta música?

En Telemadrid entró a saco, colocando al frente de la cadena y de los informativos a verdaderos totalitarios que acabaron con una televisión autonómica que, desde su nacimiento en 1989, había sido gestionada con cierta dignidad durante los mandatos de Leguina y Gallardón. Aguirre la destruyó y la convirtió en un descarado aparato de propaganda orientado sobre todo a torpedear al gobierno de la nación. Un misterioso día decidió abandonar el cargo entre lágrimas y llegó el período convulso de Ignacio González, que remató tan bien la faena que tanto él como otros miembros de los equipos suyo y de Aguirre acabaron dando con sus huesos en la cárcel.

Los juzgados empezaron a atiborrarse de asuntos turbios con el membrete del PP mientras Aguirre continuaba llevando los mandos de la Comunidad desde la presidencia regional del partido. Allí fue adoctrinando a un equipo en el que germinó una buena parte de los dolores de cabeza que sufrimos hoy: a un tal Abascal le financió un chiringuito, a una joven periodista llamada Díaz Ayuso le encargó llevar las redes sociales, entre las que estaba incluida una simpática cuenta de twiter de su perro…

Con trayectorias curriculares tan brillantes no tardaría en llegar la calamidad. Unos montaron un partido de ultraderecha y otros se presentaron a las elecciones de 2019 sin demasiadas esperanzas de ganar, pero les tocó la lotería entre otras cosas por la marcha de Iñigo Errejón de Podemos y el nacimiento de Más Madrid. Una verdadera catástrofe que fragmentó el voto de la izquierda y les llevó a perder tanto la alcaldía de la capital como la presidencia de la Comunidad.

La carambola permitió a la candidata popular, que no fue la más votada, negociar un pacto diabólico con Ciudadanos y la ultraderecha que le dio carta de naturaleza para perpetrar la gestión de la que desde entonces somos víctimas en Madrid y en toda España. Ya desde el primer momento nos tenía a todos perplejos cada vez que abría la boca, soltando astracanadas que unas veces producían estupor, otras carcajadas y otras muchas verdadero pánico. Hasta que llegó la pandemia. Y en esas estamos.

El resto del cuento, si me permiten, me lo ahorro al menos por hoy porque estoy seguro que no solo lo conocen bien sino que, como yo, están sufriéndolo en sus propias carnes con el corazón en un puño. Y lo que es peor, sin sabernos la letra ni la música del himno de la Comunidad de Madrid.

J.T.

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