lunes, 17 de febrero de 2025

Honor a La Desbandá!

Entre Nerja y La Herradura quedan aún ciertos tramos de la carretera más antigua que unía Málaga con Almería por los que se puede caminar. Deteriorados y avejentados, poco cuidados, son trechos como este, hay algunos más, los que mejor permiten hacerse a la idea de la espantosa ratonera que aquello debió ser. Miras el paisaje y no puede ser más bello, recuerdas lo que aquí sucedió y no puedes sentirte más sobrecogido. Somos más de trescientas personas y no se oye una mosca, solo nuestros pasos. Nadie habla ahora porque todos sabemos lo que están pensando los demás. 


A nuestra izquierda, la montaña. Enorme, inaccesible, eterna. A nuestra derecha los acantilados y al fondo, quinientos metros más abajo, el mar desde donde tres barcos de guerra disparaban sin piedad sobre una mayoría de ancianos, mujeres y niños que buscaban salvarse de las fauces de Queipo de Llano. Para muchos, después de caminar varios días con hambre y con frío, esa salvación nunca llegó. Si no les alcanzaban los disparos de las fragatas, aparecían los aviones italianos para rematar la faena. Una calamidad de tal envergadura que tuvieron que pasar muchos años para que alguien hablara. Los republicanos porque no supieron proteger a la ciudadanía; los asesinos porque, aunque carecían de sentimiento de culpa, eran conscientes de las dimensiones del genocidio.


Por mucho que se recuerde, siempre será insuficiente. Por eso tiene tanto valor que cada mes de febrero desde hace nueve años, un grupo cada vez más numeroso de personas recorra a pie los doscientos kilómetros de aquella pesadilla entre los días 6 y 15, las mismas fechas en que ocurrió allá por el año 1937. Que nadie se llame a engaño ni intente desnaturalizar su sentido. Esto no es una excursión, tampoco una romería, la marcha de La Desbandá es una manifestación en toda regla, con un recorrido y una duración de libro de los récords. Esto es un tributo a la memoria de entre ocho y diez mil personas asesinadas de las que durante mucho tiempo nadie se atrevió a hablar. Han pasado 88 años y los pocos testigos que quedan vivos, por entonces niños, son ya ancianos que apenas aciertan a recordar, por ejemplo, cómo se escondían en los cañaverales o cómo saltaban de cadáver en cadáver llorando y buscando a su madre. 


Que existan las marchas de La Desbandá contribuye a recuperar esa memoria: a través de hijos y nietos que escucharon las historias de los supervivientes pero durante décadas callaron por miedo, a través de las pocas fotos que hizo el equipo de Norman Bethune, un médico canadiense que consiguió salvar muchas vidas yendo y viniendo con una ambulancia desde zona republicana… Estas marchas de ahora son higiene democrática pura. Que cada año la conformen un número mayor de personas demuestra que quienes decidieron promoverlas acertaron. Los vascos, catalanes o gallegos que acuden, a los que en esta ocasión se han sumado franceses, ingleses, alemanes, argentinos o finlandeses, son más cada año.


Y no, no vienen de excursión. Pasar las noches en el suelo de pabellones deportivos metidos en un saco de dormir con setenta años (la mayoría de los participantes, de momento, son personas mayores, pero eso también va cambiando) madrugar para recorrer veinte kilómetros diarios de media durante diez días o asearse en duchas comunes no es precisamente el mejor de los planes. Asombra constatar la buena disposición y el ánimo con la que esto se vive y se gestiona. Hay fuerza, convicción y muchas ganas de luchar detrás. Esa determinación fortalece la iniciativa y contraría a aquellos sectores a los que molesta, alcaldes del PP que no solo no facilitan las cosas en las localidades por la que transita la marcha, sino que hacen lo posible por torpedearla, ciudadanos de ideología ultra (abundantes en buena parte del trayecto) que insultan a nuestro paso… 


La fuerza de La Desbandá es incuestionable y cada vez se ve más clara su necesidad. Por supuesto, la mayor parte de los caminantes se sitúan ideológicamente a la izquierda. No quiero creer que sea esa la razón por la que, incluso desde instituciones oficiales que dependen de los socialistas, como es el caso de la subdelegación del gobierno de Almería, se pongan pegas a circular por según qué trayectos como ha sucedido este año. Difícil entender que esto ocurra al tiempo que el BOE declara La Desbandá “Lugar de Memoria Democrática”, pero ha ocurrido. 


¿Que es La Desbandá pues, una china en el zapato? ¿o quizás un sabroso caramelito que, comprobadas su fuerza y su potencia, ahora quieren patrimonializar PSOE y compañía? Sea lo que sea, algo parece claro: tocará trabajar para que La Desbandá no sea torpedeada ni colonizada. Sería funesto que perdiera su esencia. Es algo que se les deberá por siempre a quienes perdieron la vida en la carretera Málaga-Almería y a quienes, tras sufrir aquellos ataques, sobrevivieron obligados a aprender a gestionar sus miedos y sus silencios durante el resto de sus vidas.


J.T.

lunes, 10 de febrero de 2025

¿De qué “unidad” de la izquierda estamos hablando?

Que me lo definan, por favor, que me definan qué entienden por unidad de la izquierda quienes ahora la vuelven a preconizar. Vamos a ver, ¿no estaban unidos ya según ellos? ¿No habían conseguido constituir un grupo de gente guay que se sobraba y se bastaba para formar un gobierno de coalición, de donde la “verdadera izquierda a la izquierda” del PSOE iba a salir reforzada? ¿A quién le piden socorro ahora las gentes de Sumar y de Izquierda Unida, a los mismos que llamaron fusibles quemados, a las mismas personas ante quienes se pusieron de perfil descaradamente mientras estas eran acusadas de hacer ruido y promover leyes que “sacaban delincuentes de las cárceles”? 


Los negaron tres veces antes de que cantara el gallo, no les dieron ni agua a la hora de negociar la composición del actual gobierno, se callaron cuantas veces la derecha judicial, política y mediática arremetió contra ellos, los ningunearon, proclamaron que estaban muertos y ahora, cuando comprueban que el Podemos que intentaron matar goza de mejor salud a medida que ellos languidecen, vuelven a las andadas. Como si no hubiera pasado nada. “Venga, anda, pelillos a la mar, que siempre nos hemos querido” ¡Hace falta cuajo!


Desde hace varias semanas, no salgo de mi asombro cuando compruebo los manotazos de náufrago de Yolanda Díaz y compañía. A medida que constatan hasta qué punto Pedro Sánchez los ha timado, a medida que adelgazan en las encuestas y constatan cómo aquella operación de éxito inventada para acabar con Podemos ha sido un rotundo fracaso, en lugar de reconocer que más vale partir de cero y, con la mayor humildad, trabajar por algo distinto, vuelven con la misma cantinela intentando vender la mercancía de siempre.


Lo hacen apelando al miedo a la derecha, porque no es que quieran cambiar las cosas sino que se resisten a dejar paso, a perder su diminuto trocito de pastel. Porque ese es el asunto. Tanto en el PC como en Izquierda Unida, como ahora en Sumar, la cuestión ha sido siempre, y continúa siendo, conservar los cuatro silloncitos que mantienen calentitos a unos cuantos espabilados vendiendo a su potencial electorado que lucharán para combatir las injusticias y las desigualdades. Mentira. Si eso significa poner en peligro su status y sus prebendas nunca lo harán, como demuestra su docilidad frente a un PSOE con los colmillos retorcidos que tiene bien claros los límites en los que ha de moverse para que los verdaderos amos del cotarro se mosqueen con el Gobierno lo menos posible. Que se mosquean igual, porque todo lo que no sea que gobierne la derecha pura y dura les parecerá mal.


Si los socialistas siempre han sido timoratos, algo que tampoco se empeñan demasiado en disimular, quienes en la actualidad gobiernan con ellos teóricamente  a su izquierda son cada vez más gaseosos. Y algo ciegos, porque en lugar de pedir perdón, irse a su casa la mayoría de ellos, reconocer que las putadas que le gastaron a Podemos no tienen nombre y que sin ese motor, que diría Iván Redondo, no levantarán cabeza, Yolanda y sus adláteres recurren al comodín de siempre: vosotros seréis los culpables si la ultraderecha acaba gobernando, proclaman. No se molestan ni en ser pelín originales e interpretar una partitura distinta, ¿para qué se van a esforzar si están convencidos, como sus socios mayoritarios, que con apelar al miedo les vale? Si siempre que recurren al chantaje funciona, ¿para qué cambiar de melodía? 


Apenas han sacado la patita, Yolanda Díaz, Enrique Santiago, Antonio Maíllo y demás apóstoles de ese Sumar esbafado ahí tienen otra vez a su disposición al noventa por ciento de los medios de comunicación dispuestos a proporcionarles cuantos altavoces necesiten para insultar una vez más la inteligencia de la ciudadanía y apelar a nuestra presunta desmemoria. Cancha gratis para pregonar que los malos siguen siendo Ione Belarra, Irene Montero y compañía cuyo rencor según ellos, nos acabará buscando la ruina y propiciando la llegada de la ultraderecha.


No se puede ser más tramposo, más desprejuiciado ni más amoral. Aún en el supuesto de que fuese cierto que, salvo con la descafeinada “unidad” que preconizan esto se acabará yendo a la mierda, no puede ser que salvar los muebles una convocatoria electoral tras otra les valga siempre a los mismos, a aquellos que, en el mejor de los casos, solo continuarían peleando con la boca chica asuntos de poca monta porque no le echarían jamás valor suficiente para plantar cara a las presiones de bancos, farmacéuticas u organizaciones empresariales varias. De cuestionar la monarquía o plantar cara el entramado mafioso que condiciona el día a día de nuestra convivencia ciudadana, mejor ni hablamos. 


En palabras de Javier Lezaola, “al fascismo no se le vence con "unidad de la izquierda", se le vence con unidad antifascista que no es exactamente lo mismo. Otra cosa es que España ande justa de antifascismo, pero es que anda aún más justa de izquierda”.


J.T.





martes, 4 de febrero de 2025

El día que el teatro Falla de Cádiz dijo ¡basta! a los negacionistas




Me emocionó ver el domingo pasado a todo el teatro Falla de Cádiz en pie pero no para aplaudir, sino para abuchear, a un hatajo de impresentables que aprovecharon su intervención en el concurso de carnaval para lanzar mensajes ultras y negacionistas en las piezas que cantaron. Piezas estas que, para más inri, estaban pésimamente interpretadas. Ni las desafinadas voces, ni la puesta en escena, ni el tipo de vestuario superaban un mínimo nivel. 


Fue un momento conmovedor. Soy de los que piensa que las agresiones de los intolerantes no se pueden dejar pasar, sino que hay que contestarlas siempre, y eso fue lo que hizo el público del teatro Falla cuando decidió ahogar la provocación de la presunta chirigota cantando más fuerte que ellos, dado que el jurado decidió no bajar el telón como se pedía. Si existe libertad de expresión hasta para los gamberros, también ha de haberla para un público que no estaba dispuesto a permanecer callado ante tanta desfachatez. Y no se callaron.


En Cádiz, el Carnaval siempre ha sido ese momento sagrado en el que la crítica social se adereza con coplas, disfraces y, sobre todo, irreverencia. Ahí es donde los gaditanos se despojan de toda compostura y, como en un rito ancestral, aprovechan para soltar lo que les corre por las venas, con humor negro, ácido y afilado. Siempre ha sido el espejo en el que reflejar lo peor de la política, la sociedad y la vida en general. Pero lo de "Los negacionistas", que así se hacía llamar para colmo la presunta chirigota, no fue precisamente una sátira sino una provocación de pésimo gusto, una ofensa descarnada. No solo parodiaron la pandemia de COVID-19, sino que la minimizaron, ridiculizaron a las víctimas, a los sanitarios y a todos los que sufrieron o se sacrificaron durante el confinamiento; negaron el cambio climático, profirieron un discurso anti LGTBIQ+… Un horror!


Por eso admiro y aplaudo la reacción del teatro entero cuando decidió corear temas populares como “Los duros antiguos”, el himno de “Los hinchapelotas” o “Qué bonito está mi Cai'” hasta que los ultras abandonaron el escenario. Parte del público protestó por razones técnicas, es verdad, dado que los fascistas ni siquiera se habían tomado la molestia de presentar los temas debidamente ensayados; otros, como los miembros del jurado, no estaban de acuerdo con que se bajara el telón pero el caso es que prácticamente la totalidad de los presentes decidió dejar claro que aquella intolerable falta de respeto merecía ser replicada.

 

Nos dieron los gaditanos una lección a todos de cómo hay que parar los pies a estos profesionales de la crispación y el frentismo. Porque es de maneras tan sibilinas como la de esta mal llamada chirigota como el fascismo se va introduciendo en todos los recovecos de nuestra vida cotidiana. Ya lo han hecho en las instituciones políticas apelando a la democracia que dicen combatir, están en los colegios, también en según qué actividades deportivas, en clubes sociales, asociaciones de vecinos, y ahora se infiltran en el carnaval de Cádiz. Pues no señor, va a ser que no, un respeto. Un respeto a una de las tradiciones en libertad más antiguas de nuestro país, un respeto a quienes la organizan, la preparan, escriben letras magnificas y hacen felices a tanta gente. 


Frente a quienes se proponen prostituir atmósferas de tolerancia y frescura crítica como el Carnaval de Cádiz hay que reaccionar siempre con contundencia. Un hurra por ellos, un hurra por enseñarnos a todos el camino, por demostrar que cuando se tienen las cosas claras es fácil pararle los pies a los sinvergüenzas. Hay que parárselos la primera vez que te intentan morder un dedo, porque cuando ya están a punto de cortarte el brazo, igual es demasiado tarde.


J.T.


Publicado en "Confidencial Andaluz"


lunes, 3 de febrero de 2025

Motosierras y rotuladores negros gordos


Cumplir un programa electoral como el del fascista que ha vuelto a okupar la Casa Blanca es muy fácil: lo destruyes todo y ya está, te cargas los derechos humanos, las políticas de igualdad, te vengas de quienes investigaron tus delitos, acabas con las políticas de cambio climático, reconoces sin pudor que alentaste la toma del Capitolio indultando a sus protagonistas, mientes sin parar, denigras a los desfavorecidos, jaleas la amoralidad de los milmillonarios y punto. El que venga detrás que arree, que total para lo que me queda en el convento…

Cumplir un programa electoral de izquierdas ya es harina de otro costal. De izquierdas… o de presuntas izquierdas, porque estamos llegando a un punto donde defiendes la necesidad de que la gente tenga un trabajo bien pagado y un techo digno, y ya te están llamando rojo peligroso ¿Se imaginan algún gobernante mínimamente progresista firmando decretos sin parar –con rotulador negro de gran calibre- para mejorar la vida de la gente? ¿habrá alguien alguna vez que en solo diez días consiga reconstruir lo que su predecesor destruyó? Difícil, ¿verdad? 


Este es a mi juicio el verdadero drama, no solo la impunidad con la que se desenvuelven los amorales, sino su convencimiento de que están haciendo lo correcto y la impotencia con la que medio mundo asiste al espectáculo. Décadas de lucha y sufrimiento de millones de personas para eliminar desigualdades están quedando hechas fosfatina solo en dos semanas retransmitidas en directo minuto a minuto y nadie parece reaccionar ¿impotencia? ¿incredulidad? ¿desconcierto? ¿desidia quizás?


Los acólitos europeos del monarca norteamericano, Orban, Le Pen, Ayuso o Meloni hacen palmas con las orejas sin disimulo alguno al tiempo que sueñan con su momento rotulador o adquieren motosierras para estar a la altura de Milei, el sátrapa que hoy gobierna en lo que un buen día fue el país más occidental y avanzado de América Latina. 


Según algunas encuestas, el cuarenta y cinco por ciento de la ciudadanía estadounidense aprueba las felonías perpetradas en menos de quince días por quien los gobierna solo desde el pasado 20 de enero. Si esto es así apaga y vámonos, porque aquí se estrellan todos los talentos, aquí resbala cualquier análisis que se base en esquemas tradicionales. Me niego a admitir que de pronto al personal le parezca bien que nos avasallen, algo que se percibe no solo en Estados Unidos sino en muchos países europeos empezando por el nuestro, donde escuchar según qué conversaciones produce, sobre todo entre gente joven, verdadero pánico ¿qué nos ha pasado, cómo nos hemos podido equivocar tanto, qué es lo que la izquierda ha hecho tan mal?


Me refiero a la verdadera izquierda, porque la izquierda light ya sabemos lo que hace, templar gaitas, molestar lo mínimo posible a quienes verdaderamente tienen la sartén por el mango, ponerse de perfil para sobrevivir y agitar el fantasma de la ultraderecha para perpetuarse en el poder sabiendo como saben que así lo único que hacen es huir hacia adelante hasta el día en que llegue lo irremediable. Me produce verdadero espanto detectar en el ambiente ese aire de resignación que parece dar por hecho que más pronto que tarde los intolerantes acabarán gobernado este país provistos de motosierras y rotuladores de gran calibre. Si eso ocurre no será jamás porque son más listos pero sí más hábiles a la hora de contar las cosas. 


Las izquierdas andan perdidas discutiendo aún el sexo de los ángeles y así no hay manera. Somos víctimas de la educación judeocristiana que nos inoculó la idea de que los buenos son premiados y los malos castigados, esa gran mentira que hace que los malos acaben siempre ganando la partida. Eso es lo que se tiene que acabar. Como ha de acabarse la ingenuidad y el posibilismo. De nuevo vuelvo a leer y escuchar  a quienes abogan por la unidad de la izquierda, ¿qué unidad, qué izquierda? ¿la misma historia que antes de las elecciones de julio del 23? ¿que nada cambie para que todo siga igual hasta que un día se nos coman con patatas?


Ya me gustaría tener la solución, pero una cosa sí sé con seguridad: que las izquierdas resuciten, al menos en nuestro país, implica un reseteo en toda regla porque no va a ser fácil arreglar tanto desaguisado el día en que eso vuelva a ser posible. Espero que antes no tengamos que pasar por desaprensivos que, motosierra en mano, acaben con los derechos que nos quedan y encima haya medio país que se rompa las manos aplaudiendo mientras nos machacan.


J.T.

lunes, 27 de enero de 2025

¡Que viene el lobo!



Una de dos: o nos están tomando el pelo… o nos están tomando el pelo. Porque si de verdad andan jugando con fuego, entonces no entiendo nada. Me explicaré: Cuando el miércoles pasado por la mañana escuché la admonición de Félix Bolaños en La Ser media hora antes de que comenzara el pleno del congreso en el que se pedía luz verde para el dichoso decreto ómnibus, algo me olió a chamusquina “¿Van a ser capaces (PP y Junts) de rebajarle la pensión en febrero a doce millones de personas?”, se preguntó. Que lo planteara así, argumentario puro y duro, me hizo pensar que el ministro daba ya por perdida la votación.

Cuando escuché por la noche a Elma Saiz, ministra de Seguridad Social, y al día siguiente a Pedro Sánchez, ya no me quedó ninguna duda. Pobres jubiladas, pobres jubilados, clamaban, miren ustedes lo malvado que es Puigdemont, lo perverso que es Feijóo, que ni uno ni otro quieren que este maravilloso gobierno suba las pensiones. Si el guión ya rechinaba de antemano, la puesta en escena no había quien se la creyera. Demasiado burdo, pero fueron con ello. La rapidez con la que Óscar Puente anunció que al día siguiente se acababa la gratuidad en según qué transportes cantaba mucho ¿De verdad era necesario que se montara el pollo que se organizó el jueves cuando a primera hora el personal tomaba metros, trenes o autobuses para ir a trabajar? 


El gobierno había decidido jugar al póker con algún que otro as en la manga porque, además de tener semanas por delante para arreglar el desaguisado (en enero se están cobrando las pensiones revalorizadas), ha debido entender que era el momento de poner de los nervios al personal porque los daños colaterales le parecen asumibles. Ellos sabrán.


Es verdad que el PP quedaba retratado una vez más frente a muchos de sus votantes potenciales, a quienes seguro que no les gusta que jueguen con su pensión, pero en materia parlamentaria los populares no son precisamente unos negados: podían haberse abstenido, así que si votaron en contra fue porque tampoco les temblaban las piernas. Como el bipartidismo siempre se entiende, cabe pensar que igual el órdago estaba destinado solo a Junts, de cuya estrategia nos vienen advirtiendo desde hace tiempo quienes conocen bien el paño.


“Junts lleva 44 tuits, 6 rondas de entrevistas, 5 artículos por encargo, 4 tertulias y 3 vídeos... para intentar explicar su voto con PP y Vox contra millones de personas el otro día. Bueno, mira, ya no les sale tan barato”, escribía el otro día en “X” Gabriel Rufián quien, por cierto, lleva meses avisando a quien quiera escucharlo de que, más pronto que tarde, los conservadores catalanes votarán con la derecha ultra y la ultraderecha para echar a Pedro Sánchez de la Moncloa.


El colega Enric Juliana, por su parte, escribía también en redes: “¿Es lo que parece? Es lo que parece. PP y Junts están dibujando las “paralelas que convergen”. Gracias a la amnistía. Es el viento del mundo y es el viento de Ripoll. La operación pide tiempo pero se va trenzando”. Y añadía: “Hay vértigo en Waterloo por haber pisado la línea de las pensiones”.


Vértigo el que tenemos todos como al final resulte que los fascistas acaban en el gobierno moción de censura mediante. De tanto escuchar que viene el lobo tendemos a no creérnoslo, así que si algún día llegara a ocurrir, mucho me temo que nos va a pillar con el pie cambiado. Al Gobierno en primer lugar, que se permite jugar con fuego porque ve lejos los tiempos electorales. A mí me cuesta entender, y creo que no soy el único, por qué demonios tenían que presentarse para ser votados en el mismo paquete asuntos tan heterogéneos como la actualización de las pensiones, la bonificación al transporte, las ayudas a los afectados por la Dana de Valencia o el volcán de la Palma, la protección de personas vulnerables, la ayuda a Ceuta por los menores inmigrantes o el traspaso al PNV del palacete de París incautado durante la Guerra Civil. No acabo de encontrarle explicación lógica a que lo hicieran así, salvo que lo que se buscaba era que pasara exactamente lo que está pasando: cabrear al personal, espabilar un poquitín a los sindicatos, cada vez más mansos y genuflexos, regalarles una excusa para salir a la calle y proclamar “viva el malmenorismo”. 


Porque ese es el remate de la faena: asustar siempre con que viene el lobo de la ultraderecha para que continuemos viendo a este gobierno socialista, antes llamado de coalición, como el mal menor. Para que se siga apostando por la puntita nada más, para que se sigan dejando de lado tantos asuntos de izquierda a los que nadie hinca el diente ni se resuelven por muchos años que pasan.


Nos han tomado el pelo muchas veces, pero que llegarían a hacerlo hasta con las pensiones, la verdad es que no lo vi venir. 


J.T.






lunes, 20 de enero de 2025

Mejide acojonado


Risto le debe su carrera al desprejuicio con el que practica la insolencia, a la grosería y habilidad para el desprecio, a su capacidad para ensañarse con jóvenes concursantes en programas televisivos. Punto. Por eso me produjo cierta ternura verlo descompuesto el otro día cuando la eurodiputada Irene Montero denunciaba, en el programa que el reputado publicista dirige ahora en Cuatro, el peligro de dar voz a neonazis desokupas en los medios de comunicación contribuyendo así al blanqueo de actividades delictivas.


Desencajado, Mejide recurrió a sus peores artes cuando se vio desbordado por los argumentos de una representante pública que no se arruga a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Montero había sido invitada para valorar la querella contra ella de un fascista de Desokupa quien, tras amenazar con que iría a montar el pollo a la presentación de su libro, finalmente no acudió. El problema no son los neonazis que amenazan y se lucran con el odio, vino a decir, sino quienes como Ana Rosa Quintana, dueña de más de cuarenta pisos, les facilitan difundir sus mensajes, blanquean la violencia que ejercen echando a gente de sus casas, los legitiman y contribuyen a envalentonarlos. 


Ahí fue cuando al tal Mejide le salió el pendenciero que lleva dentro: que si la ex ministra estaba aprovechando para soltar un mitin, que si se empeñaba en convertir la entrevista en un lodazal, que si este programa no es tu ariete personal, que si no estoy dispuesto a permitir… Como Irene no se amedrentaba y continuaba respondiéndole con educación pero con firmeza, Mejide acabó recurriendo al tono paternalista y condescendiente: “¿Has dicho ya todo lo que tenías que decir, Irene?”, le soltó con la impune agresividad que le hizo famoso como jurado televisivo.


Tan esperpéntico episodio me lleva a plantear aquí algunas cuestiones: ¿Habría actuado Risto del mismo modo si, en lugar de haber sido Ana Rosa Quintana la presentadora aludida por Montero, la persona citada hubiera pertenecido a otra cadena televisiva que no fuera Mediaset? ¿Le tiene miedo a Ana Rosa, se lo tuvo quizás a los dueños de Telecinco, temió por el futuro de su programa si no saltaba a la yugular de la entrevistada, habilidad que, por cierto, este profesional de la intimidación tiene sobradamente demostrada? 


¿Cómo es posible que un señor a quien no ha elegido nadie trate con esa falta de consideración a una representante pública? ¿por qué parece comúnmente admitido que sea tabú nombrar a según qué personas sin perífrasis ni sobreentendidos, dar a conocer a la ciudadanía sus actividades para que ciertas cosas se entiendan mejor? ¿Por qué hablar con claridad hay a quien le parece una osadía?


Cuando se recurre al amilanamiento como hizo Risto durante su entrevista a Irene Montero, por lo general suele ser por miedo a las consecuencias que podrías sufrir si dejas hablar libremente y no interrumpes. Las artes que empleó para ello fueron una falta de respeto de libro a una eurodiputada. ¿Alguien se imagina a Risto Mejide ante Feijóo espetándole “Alberto, no te voy a permitir…” por muchas barbaridades y mentiras que el todavía líder del PP pudiera llegar a decir? ¿Se habría atrevido a hacer algo parecido con Abascal, Aznar o Aitor Esteban por ejemplo? Porque claro, que Irene sea mujer seguro que no tuvo nada que ver. Lo habría hecho igual con Cayetana, Ayuso o Gamarra, ¿verdad, Risto? ¿Se habría puesto tan chulo en estos casos como lo hizo cuando le dijo textualmente a su invitada “Admito que no te guste como soy, pero no pienso cambiar porque me digas que no te gusta”?


Si algo deja claro el episodio Montero-Mejide es la necesidad de que las denuncias públicas sobre quienes en última instancia mueven los hilos de la crispación necesitan muchas más ventanas para que las verdades desnudas lleguen frescas al común de los mortales y estos cuenten con suficientes datos para reflexionar y elaborar criterio propio. 


Como ocurre cada vez que hablan en defensa de los más débiles y señalan el origen de los problemas de desigualdad en este país, hay que agradecer a representantes públicos como Irene Montero que no se cansen de poner el cuerpo para defender sus ideas y difundirlas. La desinformación no puede ganar la batalla, por eso es imprescindible que los medios dejen de estar solo en manos de profesionales de la mordaza o de sicarios asustados por las posibles consecuencias si dejan hablar libremente a quienes entrevistan. 


El pobre Risto Mejide pasará, incluso Ana Rosa pasará, pero las ideas que defiende Irene Montero contra viento y marea seguirán vivas y con gentes dispuestas a defenderlas. Por eso el sistema se resiste e interviene sin disimulo a través de sus terminales mediáticas, con marionetas a su servicio como el desprejuiciado publicista metido ahora a presentador de programas televisivos, que por una vez no ha sabido disimular cuando le ha entrado el canguelo.


J.T.




lunes, 13 de enero de 2025

Contra Musk y Trump, periodismo


El poderoso nunca quiere que el común de los mortales esté bien informado. La ignorancia es rentable y por eso los ricos invierten siempre en fomentarla, tanto si están en el poder como si no. A partir del próximo día 20 de enero, los ricos ya no moverán los hilos de la desinformación desde la trastienda sino que lo harán a cara descubierta y con el mayor de los desahogos. Elon Musk, la persona más acaudalada del mundo, mano derecha del inquietante Donald Trump, tendrá carta blanca para infestar el planeta de bulos más de lo que ya lo ha hecho. Desde que adquirió twitter, se ha dedicado a despejar un camino que estos días ha rematado con la presión explícita al dueño de Facebook e Instagram para que “se deje de tonterías” y renuncie a verificar lo que escriben sus usuarios. Y Mark Zuckerberg, que tampoco es que sea precisamente un adalid de la lucha contra las mentiras en redes, ha tragado. En nombre de la libertad de expresión, ¡viva el caos!


Ya no les basta con manipular, deformar u ocultar información. Ahora Musk, Trump, Zuckerberg, Bezos y demás plutócratas nos van a mentir ya sin límites y en tiempo real. Un ejército de desaprensivos a su servicio podrá campar a sus anchas en las redes sin miedo a ser frenados ni amonestados. Esas redes que iban a servir para informarnos mejor, para aumentar las posibilidades de hacer buenas crónicas y mejores reportajes, se han propuesto matar el periodismo. La Historia, tal como la conocemos, suele estar escrita por los vencedores. Solo cuando estos dejan algo sin destruir, no queman documentos suficientes o se les escapa vivo algún testigo, los investigadores pueden llegar a evidenciar alguna falsedad. A partir de ahora nos van a mentir, cada minuto y sin pudor, sobre la realidad misma que percibimos, ¿a quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?, que diría Groucho Marx.  


Para plantar cara a esta ofensiva, Diario Red apostaba en uno de sus editoriales recientes por la creación de una red social pública bajo control democrático. “Del mismo modo, decían, que en casi todos los países desarrollados, el sistema de medios de comunicación privados bajo control corporativo convive y compite con televisiones y radios de titularidad pública, nada impide que un estado —o una confederación de estados, como la Unión Europea— dediquen sus recursos y sus capacidades a poner en marcha una red social también pública”. No deja de ser una idea, pero me temo que se “olvidan” de un pequeño detalle: si no existe en el mundo ningún gobierno cuyo objetivo no sea manipular y controlar los medios públicos, ¿qué no harán cuando puedan meter su manos hasta el fondo en una red social pública?


Mientras tanto, tipos como Musk nos van comiendo la tostada al tiempo que fomentan el odio, la violencia y el racismo por el mundo entero. Varios directores de medios han dado estos días la voz de alarma ante la hipócrita explicación de Zuckerberg para dejar de verificar lo que sus usuarios escriben en las redes de Meta. Virginia P. Alonso, nuestra directora, diseccionaba y dejaba en evidencia el pasado jueves el video-justificación del fundador de Facebook, “posiblemente uno de los mejores ejemplos recientes de tergiversación del lenguaje en esta era de posverdad y autocracia”. Jordi Juan, director de La Vanguardia, reclamaba la necesidad de no perder el foco, de no olvidar jamás que las noticias deben aparecer siempre verificadas, jerarquizadas, evaluadas y no pueden ser –o, mejor dicho, no deberían ser– falsas o inventadas”. Marius Carol por su parte nos ha recordado que “frenar, señalar o advertir de un bulo no es censura, sino sentido de la responsabilidad. No vale decir que una democracia es un sistema en que la libertad de opinión se antepone al establecimiento de la verdad, sobre todo cuando vemos que este argumento está sirviendo para desgastar las democracias liberales y para respaldar a las fuerzas de extrema derecha”. Hasta The New York Times le ha sugerido hace poco a Europa una reacción para frenar las veleidades expansionistas de Trump y el descarado apoyo de Musk a los fascismos en el viejo continente.

 

Es un hecho que, a día de hoy, el margen para adquirir criterio propio se nos va quedando cada vez más cortito, si es que nos queda alguno. La verdad habrá que buscarla con lupa y costará encontrarla porque cada vez serán menos los medios con dinero suficiente para invertir en investigación, en reporteros que viajen a los sitios donde pasan las cosas y cuenten sin filtros todo lo que presencian. Eso siempre que exista voluntad política por parte de algún medio para propiciarlo. Pepa Bueno, directora de El País, apuntaba optimista en su columna de La Ser el pasado viernes que quizás la ausencia de verificación en las redes sociales podría dejar de confundir a la gente que, hastiada, volvería a buscar el verdadero periodismo en los pocos lugares donde todavía permanece vivo.


Si como reza el dicho, la primera víctima de una guerra es la verdad, igual cabe concluir que estamos viviendo ya toda una guerra en lo que a la manera de entender la información se refiere. Pues si es así, vayamos a ello: contra Musk y Trump, periodismo. O mejor dicho: Periodismo. Así, con mayúsculas.


J.T.





lunes, 6 de enero de 2025

El mantero ahogado en el Guadalquivir y el periodismo infame


Sobrecogía la noche del pasado jueves en Sevilla escuchar cómo la comunidad senegalesa que reside en la ciudad pedía justicia. Unas mil personas los acompañábamos en la plaza de la Gavidia durante el homenaje a su compatriota Mamouth Bakhoum, ahogado días antes en el Guadalquivir cuando huía de la policía. Los cánticos en honor al amigo desaparecido, los rezos desgarrados cargaron la atmósfera de una emoción solo empañada por el desmesurado despliegue de las fuerzas de seguridad en la zona donde se celebraba el acto.


El domingo 29 de diciembre a las cuatro de la tarde Mamouth, de 42 años, escapaba de la policía cargado de bolsos y camisetas que se proponía vender por el centro de la ciudad, cuarenta kilos envueltos en una manta que intentaba proteger para evitar que le decomisaran la mercancía. Sus compañeros se escabulleron con más facilidad, pero él eligió para correr un camino por el que la persecución –“seguimiento”, según la versión oficial- era más fácil y la huida más complicada. Lo que ocurrió solo sus protagonistas lo saben, el caso es que tras recorrer algo más de un kilómetro, Mamouth Bakhoum cayó al río y cuando lo sacaron del agua ya estaba muerto. En los videos del rescate se puede ver cómo intentan reanimarlo sin éxito.


“Queremos saber qué pasó, clamaban los portavoces durante el acto en su recuerdo, con el corazón roto pero la voz firme exigimos que se abra una investigación, que se conozca la autopsia, que se busquen grabaciones de las cámaras de seguridad, basta ya de criminalización de los manteros, basta de perseguir a quienes su único delito es intentar sobrevivir, no vamos a desaparecer, esta lucha no va a parar hasta que todos seamos iguales, nos necesitamos los unos a los otros. ¡Justicia!”


A medida que aumentaba el clamor de los presentes pidiendo justicia, crecía a su vez la incomodidad de la policía que nos “custodiaba”. Es bueno que un asunto así cobre repercusión, es bueno que los intentos por minimizarlo no tengan éxito, es necesario luchar para que este tipo de casos no continúen cerrándose en falso. “Si fuera un criminal, ¿habría huido con la mercancía?, argumentaban sus amigos. El padre de una niña de un año, se iba a tirar al río así sin más?, añadían mientras aseguraban que Mamouth tenía papeles, se había quedado sin trabajo y por eso recurría a la manta. 


“El mantero que murió huyendo de la Policía Local de Sevilla tenía una condena de cuatro meses por atentado contra  la autoridad”, habían titulado el día de los hechos los principales diarios locales sin percatarse -¿o sí?- de que así estaban deshumanizando a la víctima. Una vez más, el débil, el diferente, era criminalizado por medios que funcionan como altavoces de las fuentes oficiales, que no se plantean escuchar ninguna otra versión ni mucho menos buscar testigos. 


“Atacan la jefatura de la Policía Local de Sevilla tras la muerte del mantero que se ahogó en el Guadalquivir”, titularon para relatar la protesta de amigos y familiares de Mahmoud tras conocer su muerte. “Los familiares irrumpen de forma violenta en la comisaría”, remataron, obviando así el meollo del caso y alejando el foco de lo importante: ¿por qué ocurrió? ¿de verdad se tiró al agua sin más? ¿qué pasó en realidad? Nadie se interesó por la versión de los familiares y amigos de la víctima, a nadie le resultó extraño que alguien que no sabía nadar decidiera tirarse al río ante la presencia de unos policías que no iban a detenerlo, según la versión oficial.


Estamos echando la profesión periodística a perder, si es que no lo está ya de manera irremediable, no nos ganamos el respeto de los lectores a quienes nos debemos, con tal de no incomodar a quienes mandan, y así nos va. No me puedo creer que haya profesionales del periodismo que piensen que ser negro y africano es explicación suficiente para cualquier irracionalidad si quienes así lo afirman son fuentes "oficiales" ¿O sí?


Mahmoud no es el primer mantero que fallece huyendo de la policía en nuestro país. Hace ya diez años perdió la vida otro compañero que cayó desde un balcón en Salou durante una operación policial y en 2018 un tercero murió de infarto cuando era perseguido por Lavapiés, en Madrid. Representantes de distintas asociaciones cívicas se comprometieron a reunirse con la comunidad senegalesa para ver qué medidas legales se puede tomar tras lo sucedido el pasado día 29 en Sevilla, recurrir a la fiscalía y buscar pruebas y testimonios que permitan presentar una demanda judicial. Para denunciarlo e impedir que este tipo de casos continúen sucediendo.


Esperemos que nadie corra un tupido velo sobre un asunto que presenta dudas e interrogantes más que razonables. Si nadie tiene nada que temer, ¿qué justificación puede haber para que no se llegue hasta el final en la investigación y se difundan los resultados con absoluta transparencia? ¿por qué empeñarse en dar a conocer solo versiones incompletas y sesgadas? 


J.T.