Al PSOE nunca le gustó ser demasiado de izquierdas. Cuando arrasaron en 1982, en lugar de poner en marcha verdaderas políticas progresistas, que era lo que la mayoría de sus votantes esperaba, decidieron apostar por extrañas estrategias que desde entonces han condicionado la vida política de nuestro país. Cuando perdieron la mayoría absoluta, como habían estado diez años gobernando con el freno de mano puesto, hicieron justo lo contrario de lo que sus votantes esperaban. Por un lado recurrieron a los nacionalistas catalanes y vascos para conseguir los votos que le faltaban en la investidura de 1993 (justo cuando Izquierda Unida contaba con los escaños necesarios para que le hubieran dado los números sin necesitar a las derechas) y por otro sedujeron (tampoco es que les costara mucho) a antiguos políticos comunistas como Cristina Almeida, Diego López Garrido o Enrique Curiel y los albergaron en su seno contribuyendo así a propiciar un desmadre en las izquierdas parecido al que estamos viviendo en la actualidad.
Felipe González prefirió socios como Jordi Pujol y Xabier Arzallus cuando perdió por primera vez la mayoría absoluta porque eso era mucho más cómodo para él que deberle algo a Julio Anguita. Con más de diez años en el poder, la casa continuaba sin barrer porque el partido más votado timaba elección tras elección a su electorado más progresista. Jamás reformó el poder judicial ni cuestionó el poder de los bancos, en cambio premió a la iglesia católica usando sus colegios para la enseñanza concertada en lugar de construir institutos públicos, comenzó a privatizar empresas como Repsol, Endesa o Telefónica, y la llamada reconversión industrial dejó sin trabajo a cientos de miles de personas. Nunca se erradicó la semilla fascista de los cuarteles y nadie osaba cuestionar la monarquía.
Años más tarde, cuando le tocó el turno a Rodríguez Zapatero y al poco de tomar posesión en 2004 sacó las tropas de Irak, parecía que algo iba a cambiar. Aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo, promovió una ley de memoria histórica y puso en marcha medidas cuya música sonaba bien, pero que le salían bastante baratas. No le costaron ni dinero ni demasiados disgustos, y en cambio no se le hincó el diente a la política armamentística ni se cuestionó nuestro papel en la Alianza Atlántica, por ejemplo. Curas, jueces y banqueros continuaron estando en su salsa y Juan Carlos de Borbón siguió haciendo de las suyas sin problema porque hablar en público de sus andanzas en aquellos momentos en España era un asunto completamente tabú.
En los colegios concertados que promovieron Alfonso Guerra y José María Maravall iban creciendo jóvenes meapilas cada vez más derechizados, y en los cuarteles empezaron a salir del armario y a quitarse las máscaras los muchos fascistas que durante años habían sobrevivido disimulando. Desde el primer día en que Pedro Sánchez llegó al poder, tuvo la oportunidad de poner pie en pared y hacer frente a todo esto pero no lo hizo. Tras la moción de censura que lo convirtió en presidente el 2018, contaba con la autoridad moral suficiente porque había sido respaldado poco antes por las bases de su partido como Secretario General. Podía haber acabado con las tibias políticas de sus antecesores en materia de derechos si se lo hubiera propuesto pero no se atrevió. O, sencillamente, no le dio la gana. Cuando a las primeras de cambio dejó claro que gobernar con los partidos a su izquierda le iba a quitar el sueño, despejó todas las dudas: tampoco en esta ocasión el PSOE iba a hacer políticas progresistas. Cuando sus socios de Podemos le obligaban a tomar según qué medidas de izquierdas, le costaba disimular la poca gana con que lo hacía.
Así que apenas Sánchez y su partido vieron la oportunidad, ayudaron a crear aquel extraño artefacto llamado Sumar para liquidar a Podemos, un socio demasiado radical para personajes como Jose Luis Ábalos, Santos Cerdán y compañía. En lugar de pelear por mejorar la política de vivienda, de favorecer una educación más laica, frenar en seco el desastre en que se está convirtiendo la sanidad o derogar de una dichosa vez la famosa ley mordaza continúan empeñándose en practicar un progresismo light, completamente derechizado, sin acabar de entender que actuando así jamás detendrán el crecimiento del monstruo ultraderechista.
Mientras el PP no muestra reparo alguno en asumir todos los postulados ultras que hagan falta con tal de llegar al poder, en el PSOE no hacen nada por acercarse a planteamientos de partidos de izquierdas como Podemos, BNG, EH Bildu o Adelante Andalucía. Prefieren apostar por ese Sumar 2.0 llamado Frente Amplio, que bien podría denominarse Desmadre Amplio. Ya han empezado a reventar muchas de sus costuras, no tardarán en despedazarse entre ellos y los socialistas, como pasó a finales de los años noventa, acabarán “recompensando” a un buen porcentaje metiéndolos en sus listas, algo que ya han insinuado sin ningún pudor.
Algún día puede que el PSOE entienda que continuar apostando por el bipartidismo, que andarse con remilgos a la hora de ser de izquierdas de verdad es la mejor manera de propiciar, como está sucediendo, el trágico avance de las derechas ultras. ¿De verdad va a ser necesario que vuelva el fascismo para que lo acaben de entender?
J.T.

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