Me imagino a un buen número de jueces, cuyos nombres creo que no hace falta recordar aquí, siguiendo la semana pasada desde las teles de sus despachos el despelleje entre las izquierdas, me los imagino celebrando cómo fructifica su trabajo de acoso y derribo. No parece que de momento se vayan a ver obligados a dejen de actuar con la impunidad con la que ahora lo hacen algunos de ellos.
Me imagino a los banqueros frotándose las manos viendo cómo muchas izquierdas les hacen gratis el trabajo sucio intentando triturar al único partido que no les pide préstamos. Me imagino a muchos propietarios de medios de comunicación satisfechos con sus Ristos, Motos, Íkeres y Nachos de turno, soldados en primer tiempo de saludo, dispuestos a fajarse cada día para que ningún político díscolo se atreva a poner en cuestión la prosperidad y el poder de sus amos. Algún día tanto ellos como los buitres de la especulación inmobiliaria dejarán de campar tan a sus anchas como lo hacen ahora, veremos cuándo.
Lo que ha quedado claro tras el culebrón de las semana pasada es que buena parte de las llamadas izquierdas no tienen ningún interés en que continúe existiendo un pepito grillo que les recuerde cada dos por tres que el rey está desnudo. Que Podemos no se haya dejado torcer el brazo es una buena noticia. Les confieso que tenía miedo a que en el último minuto cedieran a las presiones, que no pudieran resistir los chantajes, los asedios ni las amenazas y acabáramos asistiendo a una reedición de lo sucedido en 2023 cuando aceptaron las condiciones de Sumar, vetos incluidos, y poco más tarde fueron humillados sin disimulo alguno. Esta vez los tristes herederos de Yolanda Díaz se han quedado con un palmo de narices.
No necesitamos la prolongación light de un PSOE cuyo candidato se traviste de izquierdas durante las campañas electorales y apenas recobra el poder vuelve a sus eternas políticas de derechas. A los jóvenes y menos jóvenes que llevan varias semanas acampados en las plazas, las izquierdas les deben desde hace ya mucho tiempo unas políticas de izquierdas de verdad tanto con la vivienda como con la educación o la sanidad. A los pensionistas les deben el no poner en peligro su derecho a una vejez sin desasosiegos, a los enfermos el derecho a curarse tengan o no dinero y a los currantes cobrar salarios dignos que les saquen de la precariedad.
Quiero entender que todo esto ha sido la razón última del pacto entre Podemos y Esquerra Republicana. Un acuerdo que, Catalunya aparte, al final solo ha fructificado en Canarias y en la Comunidad Valenciana donde a las elecciones del 29N concurrirá una lista única de formaciones de izquierda. Estuvo a punto de ser posible también en varios territorios más, pero telefonazos de última hora desde la sala de máquinas de Izquierda Unida lo impidieron. Muy difícil de entender esto en lugares como Extremadura por ejemplo, donde los pactos en las últimas elecciones autonómicas sí fueron posibles sin problema. Irene de Miguel, diputada por Podemos en la Asamblea extremeña, lo resumió la noche del pasado viernes con un tuit de solo ocho palabras: “Miremos a las plazas. Ahí está la esperanza”.
¿Cómo es posible que gran parte de la clase política no entienda que se les elige para representar nuestros intereses y defenderlos? ¿Cómo se entiende que tanto la derecha ultra como la ultraderecha lleve días anunciando que se van a cargar las pensiones apenas gobiernen y aquí no pase nada? ¿Qué nos están queriendo decir con eso? ¿que aunque se trata de un colectivo de diez millones de personas saben que son/somos tan estúpidos que aun así muchos de ellos los votarán a costa incluso de su propio bienestar?
El monstruo fascista predica además el racismo y el machismo porque cree en la eficacia de sus múltiples tentáculos propagandísticos para anestesiar a la gente. Por eso el futuro está en las plazas, por eso hay que movilizarse, por eso hay que denunciar las injusticias y las desigualdades que soportamos a pesar de llevar ocho años gobernados en teoría por un ejecutivo de coalición progresista. Un gobierno que solo promovió medidas de izquierdas cuando se le presionó entre 2020 y 2023, pero que en los últimos tres años y medio ha racaneado merced a una “izquierda” sumisa que ha tragado con todo, la misma que ahora pretende perpetuarse a costa de intentar acabar con la única formación política que se resiste a entrar en el juego. Pues va a ser que no.
Puede ser que los especuladores, los jueces, los banqueros y los propietarios de medios de comunicación estén prometiéndoselas muy felices tras los desencuentros de la semana pasada entre las izquierdas. Puede ser, pero algún día será que no. Miremos las plazas, ahí está la esperanza.
J.T.

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