La imagen del viernes en Recife (Brasil) puede que resuma la campaña electoral de estos días en el país sudamericano: Lula avanza en un coche abierto desde el Cais de Santa Rita hasta el Marco Zero mientras una multitud ocupa las calles bajo el sol que había sucedido a la lluvia. Las estimaciones oscilan entre las 50.000 personas calculadas por fuentes vinculadas al acto y las 80.000 que atribuye la organización de la campaña.
Una encuesta de Quaest realizada entre el 19 y el 22 de septiembre situaba al presidente en el 54 por ciento de intención de voto en primera vuelta frente al 21 de Flávio Bolsonaro. En un eventual segundo turno, la misma encuesta registraba 58 porciento para Lula y 25 para su adversario. Otra encuesta, de Real Time Big Data, había situado unos días antes esos porcentajes en 56 por ciento y el 25.
Mientras Lula abarrota plazas mitin tras mitin, desde otro escenario menos tangible pero parece que bastante más eficaz, Meta se dedica a deshabilitar la cuenta utilizada por su equipo de campaña para contratar anuncios en redes a través de Facebook. “Algunas de sus actividades no siguen nuestras reglas”, fue la explicación de la empresa de Zuckerberg. Los responsables de comunicación del presidente pidieron explicaciones y recurrieron la decisión argumentando que, a diez días de las elecciones, una restricción de esa naturaleza podía alterar las condiciones de la batalla electoral. La cuenta fue restablecida ese mismo día, pero Meta no ofreció explicaciones públicas de lo que había ocurrido.
He aquí una de las paradojas de los tiempos que vivimos. Durante décadas, para hacer campaña había que tener militantes, megáfonos, carteles y plazas. Ahora, además, hay que pasar por el mostrador de unas compañías privadas capaces de decidir, mediante oscuras reglas que casi nunca explican, qué puede circular y qué no por la nueva plaza pública.
Lula puede reunir decenas de miles de personas en las calles de Recife. Pero una empresa tecnológica puede, durante unas horas, cerrar la ventanilla por la que una campaña intenta llegar a millones.
Quizá sea una de las fotografías más interesantes de esta elección: la vieja política todavía necesita calles, banderas y multitudes. La nueva necesita también algoritmos. Y estos, de momento, no votan, pero sí poseen una extraordinaria capacidad para decidir quién consigue tener voz. En esas estamos.
J.T.

No hay comentarios:
Publicar un comentario