lunes, 13 de abril de 2026

Cae Orbán en Hungría, pero no llega la primavera


Europa respira, Bruselas sonríe y media prensa occidental se ha puesto a descorchar champán como si hubiera caído el Muro de Berlín otra vez, pero no. Quien ha caído es Viktor Orbán tras 16 años en el poder. Gran noticia, es verdad, pero conviene no confundir un cambio de cara con un cambio de sistema.


El vencedor, Péter Magyar, no es precisamente un outsider ni un opositor histórico. Es, literalmente, un producto del propio sistema Orbán. Durante años fue miembro de Fidesz, el partido que moldeó Hungría a su imagen y semejanza desde 2010. Allí Magyar ocupó cargos institucionales, trabajó en la órbita del poder y formó parte de ese engranaje que ahora promete desmontar “ladrillo a ladrillo”.  Fue marido de Judit Varga, la ministra de Justicia que dimitió envuelta en el escándalo de los indultos a pedófilos, y se formó en las entrañas del poder orbánico. Tuvo póster de Orbán en su habitación de adolescente, trabajó en sus gobiernos y conoció de primera mano cómo se repartían los contratos, cómo se controlaban los medios y cómo se construía un Estado paralelo de lealtades y prebendas. Cuando se hartó, o cuando el escándalo le salpicó demasiado cerca, dio el portazo


Su campaña ha sido magistral: ha denunciado la corrupción, ha prometido recuperar los 20.000 millones de euros bloqueados por Bruselas, ha hablado de sanidad, educación y Estado de derecho. Pero su programa no es el de un progresista ni el de un liberal clásico. Tisza es un partido conservador, de centro-derecha, nacionalista y duro con la inmigración irregular. Magyar no va a abrir las fronteras, no va a legalizar el matrimonio igualitario ni va a convertir Hungría en un paraíso arcoíris. Mantendrá el control migratorio, defenderá la “identidad húngara” y someterá a referéndum la adhesión de Ucrania a la UE. Condena la invasión rusa, sí, pero no enviará armas ni soldados. En resumen, la misma Hungría conservadora de siempre, solo que ahora con mejor relación con Bruselas. 


Que nadie se engañe: Magyar no es la izquierda llegando al poder, ni siquiera un liberal al uso. Es un conservador que comparte buena parte del ADN ideológico de su antecesor. La diferencia clave, y casi única, es su europeísmo. Donde Orbán confrontaba con Bruselas, Magyar quiere reconciliarse; donde el primero bloqueaba fondos y decisiones, el segundo aspira a desbloquearlos; donde uno jugaba al eje con Moscú, el otro mira a la OTAN y a la UE. 


Ahora bien, ¿es eso suficiente para hablar de “nuevo rumbo”? Si la expectativa es recuperar formas democráticas más ortodoxas, probablemente sí haya avances en la lucha contra la corrupción, cierta despolitización institucional y una mejor relación con Europa. Todo eso está en su programa y explica parte de su éxito, pero si alguien espera una Hungría progresista, abierta y radicalmente distinta se equivoca. Magyar ha ganado desde dentro del sistema y su credibilidad, de hecho, se apoya en eso, en conocer los mecanismos del poder que ahora denuncia.


Hungría ha votado cambio, es verdad, pero no ruptura. Ha votado una versión corregida del modelo anterior, más amable hacia Europa, menos tóxica en lo simbólico, pero no necesariamente opuesta en lo estructural. Por eso la derrota de Orbán puede ser celebrada, y con razón, como el fin de una etapa incómoda para la Unión Europea. Pero de ahí a lanzar las campanas al vuelo hay un trecho.


Quizá el mayor error ahora sería proyectar sobre Magyar lo que no es. Tengámoslo claro: Magyar no es un revolucionario. En el mejor de los casos, puede que sea un reformista conservador con instinto de supervivencia política. Pero hasta ahí.


J.T.

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