lunes, 8 de marzo de 2021

Bien de mercado

El último descubrimiento de José Luis Ábalos para marear la perdiz y no coger el toro de la vivienda por los cuernos ya lo conocen: ahora el problema es que se trata de un “bien de mercado”.¿Recuerdan?, estas fueron sus palabras textuales hace unos días: “Siempre he defendido que la vivienda es un derecho, pero no ignoro que es un bien de mercado también". Vamos a ver, señor ministro de Fomento: “Bien de mercado”… ¿para quién? ¿Para los fondos buitre? ¿para los promotores inmobiliarios proveedores de sustanciosas comisiones entregadas en voluminosos sobres a según qué partidos? ¿para los concejales de urbanismo? ¿para tanto campeón recalificador de suelos como tenemos en este país? ¿para los que se lo llevan crudo vendiendo a precios siderales miserables cajas de cerillas con pésimas calidades y peores acabados?

Los socialistas le siguen teniendo un miedo atroz a los fondos buitre, a los profesionales de la especulación, a los mayores tenedores de inmuebles, que son los bancos… Cuando llegan al poder, suelen exhibir una especial habilidad para formular sentencias con las que rebajar expectativas en todo lo que tiene que ver con el progreso social. Así está ocurriendo con el propósito de acabar cuanto antes con los alquileres desorbitados, algo que aparece firmado en el punto 2.9.3 del Acuerdo de Gobierno con Unidas Podemos, el pacto que hizo posible la formación del Gobierno de coalición hace ya quince meses. Pues nada, les da igual, se desviven buscando excusas para no cumplir porque al PSOE le sigue entrando el canguelo cuando llega el momento de poner firmes a los que nunca nadie ha puesto firmes.

Saben de sobra que apostar por el ladrillo, que fue lo que hizo el PP, nos trajo la ruina con aquella burbuja de la que todavía no hemos acabado de reponernos, pero no arrancan. En muchos pueblos de España se yerguen, mugrientos y ruinosos, esqueletos de hormigón que esperan desde hace tres lustros unas paredes que nunca llegarán. Quince años o incluso más, el tiempo que hace ya del momento en que los promotores salieron huyendo sin mirar atrás apenas los grifos financieros cortaron por lo sano. Aquel derrumbe espectacular arruinó a miles de familias que, de un día para otro, se encontraron con hipotecas que hasta triplicaban el valor de mercado de las viviendas que acababan de adquirir. Bien de mercado, dice el ministro, ¿de qué mercado? ¿del de los desaprensivos que se empeñan en mantener los precios del alquiler por las nubes? ¿del que impide a veinteañeros y treintañeros acceder a un piso si no es compartido?

Lo que más me preocupa es que la contestación a esta barbaridad de Ábalos no ha cogido vuelo hasta que Alberto San Juan no remató este sábado su discurso de agradecimiento, tras ser galardonado como mejor actor de reparto en los premios Goya, recordando a los socialistas que "la vivienda es un derecho humano muy básico” y no un bien de mercado. Es bueno que personajes públicos como San Juan propicien que salten las alarmas cuando nos dormimos en los laureles. Igual lo que contribuye a ese letargo es uno de los males endémicos de este país: esa extraña manera de comportarse de muchos pobres que acaban votando a la derecha y alineándose con los intereses de los ricos. Ese jubilado que compró un segundo piso con los ahorros de toda su vida, complementa su pensión con el alquiler y ahora piensa que la nueva ley de vivienda va a poner en peligro ese ingreso.

¡Que no, hombre, que no!, que la cosa no va contigo, que se trata de pararle los pies a los fondos buitre, a los depredadores, a los especuladores sin escrúpulos. Que tú sigues siendo un pringao por mucha segunda vivienda que tengas, a ver si te enteras. Se lo repites una y otra vez y te miran de lado, desconfiados y hasta aliviados porque Ábalos ha hablado de “bien de mercado” y eso les proporciona cierta tranquilidad, manda narices. Así no vamos a ningún lado. Me recuerda a la campaña electoral del 82, cuando la derecha pregonaba que el "socialista" González, mire usted por dónde, le iba a quitar las casas a la gente.

No salimos del bucle. “Bien de mercado”, ¿habráse visto? Remedando una frase del pastor luterano alemán Martin Niemöller, que con frecuencia se suele atribuir a Bertold Brecht, difundí la siguiente reflexión en twitter este pasado domingo: “Primero el Psoe consideró un bien de mercado la vivienda, pero no dije nada porque yo tenía casa; luego le tocó a la educación y tampoco protesté, mis hijas están criadas; después vino la salud y también callé. Cuando decidieron atacar las pensiones y los cuidados a los mayores, ya fue demasiado tarde.”

J.T.

sábado, 6 de marzo de 2021

El parche de Villarejo


Si Valle Inclán levantara la cabeza, comprobaría humillado cómo su imaginación, cien años después, viene siendo desbordada por la realidad en la España de sus desvelos. Ya no hacen falta espejos cóncavos y convexos. Aquí, la realidad diaria de estos años veinte del siglo XXI supera con creces la imagen que devolvían, hace nada menos que un siglo, las lunas deformantes del Callejón del Gato. Max Estrella y don Latino de Hispalis no sabrían cómo digerir lo que ocurre en esta España mucho más esperpéntica que aquella de sus penurias y ansiedades. “El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada”, proclamaba el protagonista de “Luces de Bohemia”… 

Pensaba esto el pasado miércoles mientras veía las imágenes de Villarejo abandonando la cárcel de Estremera. Parece claro que el personaje, o sus asesores, que seguro los tiene, prepararon a conciencia la puesta en escena de ese inquietante momento. Parche en el ojo izquierdo, banderas de España minuciosamente repartidas por toda la superficie de la sudadera, mascarilla a su vez igualmente matriculada, y gorra que por un lado ayudaba a preservar su identidad y por el otro remataba el esperpento. Ante semejante panorama no supe si reír, llorar o directamente ponerme a temblar. 

Parecía como si nos estuviera diciendo a todos: cuidado conmigo, que no sabéis la que os ha caído encima. Soy duro de pelar y os vais a cagar todos por las patas abajo. ¿Os habéis atrevido a meterme en la cárcel, caterva de pringaos? Pues ahora os vais a enterar. De perdido, al río. Esta intuición del primer día quedó confirmada apenas 24 horas después cuando, tras su primera comparecencia en el juzgado, con su abanderada mascarilla y su gorra pero con una gabardina más discreta, ya sin pegatinas, se despachó a gusto nada más salir de declarar al tiempo que exhibía una carpeta rellena de folios presumiendo de salvoconducto: “Yo no quiero nada malo para nadie, vino a decir, pero tendré que defenderme, no?” Y remató con una sentencia demoledora: “Ningún secreto aguanta el tiempo”. Miren ustedes por dónde, el hombre, locuaz y desahogado hasta ahora solo en la intimidad, parece que ha decidido serlo también en público, parche en el ojo mediante. 

No es Villarejo un personaje cualquiera, como se ha encargado bien de demostrar durante toda su vida, y me temo que va a proporcionar aún más de un serio dolor de cabeza. Durante su tiempo en prisión provisional, un buen día fue a visitarlo un fiscal a la cárcel “¿Todavía no te han echado?”, le preguntó el recluso, desahogado y faltón. Al poco tiempo, el interpelado fue relevado de su puesto. 

Le temen a lo que sabe. O a lo que creen que sabe, o a lo que dice saber. En su millonaria mansión (una de muchas, según parece) reúne más artilugios para hurgar en la vida de los demás que el inventario completo de “La tienda del espía”. Ha comido, cenado y confraternizado con decenas, quizás con centenares, de periodistas a lo largo de su vida profesional. No contento con grabar las conversaciones, llevaba una especie de prontuario en el que anotaba sus citas y sus impresiones tras los encuentros. Gustaba de colocar apodos a sus contertulios ya fueran plumillas, políticos de todos los colores o presidentes de Consejos de Administración.  

Ha tocado todas las teclas, todos los instrumentos, ha estado en todas las salsas, en todos los cenáculos, en todos los saraos de alta cuna y de baja cama. Era y es un auténtico crack, término este que parece inventado para definir a este controvertido e incómodo excomisario de policía. Hace falta ser propietario de una caradura kilométrica para afirmar que “las cloacas limpian”, hace falta tener muy poca vergüenza para insultar a compañeras periodistas como hizo este viernes durante una comparecencia en directo en “Las cosas claras” de Tve.  

Anda convencido de que guardar, como parece, en sus misteriosos archivos la memoria amarga de las últimas décadas de este país, le permite ir de sobrao. Así que no se corta un pelo de los pocos que parece que le quedan mientras pasea su nuevo look por la libertad condicional recién estrenada. Parece difícil saber hasta dónde llega su poder real. Tampoco conozco a nadie que se atreva a explicármelo. Pero lo que sí tengo claro es que todo esto es inquietante, vergonzoso, y no ayuda a que nos quitemos de una vez tanta caspa como aún nos sobra. 

Este viernes fui a darme una vuelta por el Callejón del Gato. Me detuve en los espejos cóncavos y convexos e invoqué a Valle Inclán y al espíritu de Max Estrella al tiempo que recordaba una de las inmortales frases de don Latino de Hispalis: “Max, vámonos a morir a Inglaterra”. 

J.T.

martes, 2 de marzo de 2021

El silencio del rey

La tempestad no va a amainar. Si el monarca bien preparao cree que el silencio le conviene, puede que en esta ocasión se equivoque.“No hables a menos que puedas mejorar el silencio”, reza aquel viejo adagio, pero esta vez no parece que el silencio esté mejorando nada para nadie. Tanto el refranero popular como la literatura clásica contienen centenares de citas ponderando las ventajas de permanecer callado. “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”, concluía Wittgenstein en su célebre Tractatus; “me gusta cuando callas porque estás como ausente”, declamaba Pablo Neruda; “hay dos maneras de demostrar la incompetencia, permanecer callado o hablar y despejar toda duda”... También hay citas para defender lo contrario: “Quien calla, otorga”, por ejemplo; “Hablar es bueno para el cuerpo y para el alma” asegura el siquiatra Rojas Marcos… Se mire desde el ángulo que se mire la tempestad, como decía al comienzo, ya no va amainar, y es bastante probable que la bola de nieve continúe aumentando de grosor.

Quienes defienden que hay que salvar la institución monárquica porque es la mejor manera de que nos salvemos todos, en realidad están pensando en salvarse solo ellos, porque fueron muchos los que estaban en el ajo y miraron años y años para otro lado, se pusieron de perfil y le hicieron la pelota descaradamente al rey padre hasta que este optó por darse a la fuga. Se sentía impune, inmune, intocable… inviolable, término este último que exigió figurara en la Constitución. Acostumbrado a que nadie le tosiera ni en broma, a que durante cuarenta y cinco años se le rieran todas las gracias, convencido de que la normalidad era eso, no tiene conciencia de transgresión, habida cuenta además que tal manera de actuar le viene de familia.

Nada más abrir la boca, y sin abrirla siquiera, tras una discreta llamada de teléfono se levantaban informaciones y censuraban portadas de revistas y periódicos, era tema tabú, se reñía a los mínimamente díscolos y quienes disfrutaban de una relativa cercanía se sentían unos privilegiados. Es verdad que supo sacudirse de su círculo más próximo a la nobleza alcanforada, esos marqueses y condes desocupados y profesionales del peloteo de altos vuelos, pero el entorno más de andar por casa por el que apostó acabó adoptando con el tiempo los mismos usos y costumbres que si hubieran pertenecido a la estirpe de los cortesanos de toda la vida.

Esta era la atmósfera, no lo olvidemos, que respiraban quienes vivían bajo su mismo techo, ¿en qué contexto situamos pues, y cómo analizamos el papel jugado por quien, desde hace casi siete años, es el titular de la corona? Sin poner en tela de juicio que estos siete años haya tenido un comportamiento impecable, no le ayuda mucho la carencia de empatía, cualidad esta, hay que reconocerlo, en la que su padre le ganaba y le sigue ganando por goleada.

Tras el traspiés de Catalunya el 3 de Octubre de 2017, tras el incesante suma y sigue de escándalos familiares, empeñarse en guardar silencio no le ayuda. Si continúa sin pronunciarse mucho tiempo, cada vez le resultará más complicado moverse con tranquilidad, viajar sin problemas. Solo estará cómodo en su casa y eso le irá distanciando de la vida real y alejando del contacto con la ciudadanía más de lo que ya lo está.

No es un camino que aguante mucho recorrido, y tanto él como el gobierno lo saben. Si aspira a que la institución sobreviva, tendría que empezar a buscar la manera de salir de ese atolladero cuanto antes, y el silencio no es el camino. No lo es para quienes apuestan por muchos años más de monarquía; tampoco para la paz social, ni para despejar las tensiones territoriales, ni para que nuestros representantes diplomáticos e institucionales puedan ir por el mundo sin miedo a que alguien acabe sacándole los colores poniendo en cuestión la calidad democrática de nuestro país.

Si, con todo este descalabro, al gobierno se le ocurre propiciar el regreso del anciano rey, es probable que padre e hijo estuvieran poniéndole la alfombra definitiva al advenimiento de una etapa histórica nueva. Como recordaba este domingo en el diario El País un exministro del PP, “desde Carlos III no hay un rey español que no haya nacido, vivido o muerto en el exilio”.

J.T.

domingo, 28 de febrero de 2021

Andaluces, ¡espabilemos!


Andaluces, ¡espabilemos! Repaso la nómina de los políticos que nos representan en Andalucía y se me caen los palos del sombrajo. Reviso el acto de las Medallas de este 28F y me quedo sin palabras. Veo las reseñas en los periódicos y me viene el olor a alcanfor de los periódicos del Movimiento. La reseña del premio a las monjas oblatas de Almería recuerda la redacción de los remitidos del “Yugo”, que era el nombre que tenía el periódico de la provincia en la peor época de la dictadura. 

Cuando afirmo que me escandalizo con la imagen que proyectan nuestros políticos no quiero decir con eso que el listón ande mucho más alto en otras comunidades, ni siquiera en el Congreso de Diputados o en el gobierno de la nación. Pero aquí… ¿dónde están ahora los Fernández Viagas, los Escuredo, los Olivencia o los Borbolla? Los Paco Casero, los Diamantinos… Si me encontráis a algún político de los de ahora que sea salvable, haré como Yavhé con Sodoma, no prenderé fuego a la ciudad. 

Cada vez que escucho hablar al Consejero de Salud no puedo evitar sonrojarme, ¡qué vergüenza!, ¿esta es la imagen que queremos proyectar de Despeñaperros para arriba? Y el polimorfo Marín, de quien me consta tiene acreditado cierto salero en la esfera privada, ¿por qué se engolará tanto el hombre apenas detecta un micrófono o una cámara? ¡Ay, los micrófonos y las cámaras, cómo transforman! 

Gestionan en el gobierno andaluz presupuesto gordo, tele propia, que vaya tele dicho sea de paso, manejan poder por un tubo… y ni siquiera parece que sepan malversarlo. Sencillamente lo despilfarran. Tras la celebración este pasado domingo del Día de Andalucía, hago votos porque los políticos andaluces sepan ganarse el respeto de los ciudadanos a los que dicen representar. Estar orgullosos de Andalucía no puede continuar ciñéndose a presumir de nuestros “marcos incomparables”, nuestras “envidiables costumbres” o el relumbrón de las muchas ferias y fiestas que enamoran a guiris de los cinco continentes. 

En esta Comunidad, la mayor parte de la gente trabaja y mucho. Madruga cada mañana más que los madrileños o los catalanes que son los que se llevan la fama. Pero aquí cardamos la lana, porque todo cuesta más trabajo y exige hincar bastante más el lomo. Y lo hacemos. Madrugan los currantes, claro, los políticos son otra historia, entretenidos como están en conspirar para conservar los sillones que disfrutan en calidad de préstamo, algo que se les suele olvidar apenas se sientan en las poltronas. 

La materia prima del andaluz de a pie es la determinación y la fortaleza con la que pelea por construir un futuro mejor. Para él, para su familia, para su entorno… Perdidos en pueblos remotos, la capacidad y la aptitud de muchos andaluces solo necesita un empujón a tiempo, la ayuda de alguien o algo que suponga una oportunidad que les permita dar el salto. Y ese es el papel del político: ayudarles, pero de verdad, hasta conseguir poner esta tierra en el mapa nacional e internacional con mucha mayor contundencia de lo que está. 

Ahora va a haber dinero europeo, pronto saldremos de esta maldición llamada coronavirus, así que está llegando el momento de remangarse. No digo que esté mal que, de vez en cuando, se nos llene la boca de fervor andaluz, 28F y demás zarandajas, himno de Andalucía incluido, aunque esté cantado por Raphael, que ya nos vale. “¡Andaluces, levantaos!” significa, al menos yo siempre lo he entendido así, “¡Andaluces, espabilemos!”. Pues bien, este es el momento. 

En el hospital de la Sangre de Sevilla, sede del Parlamento andaluz, tenemos los políticos que tenemos y eso es lo que hay, qué se le va a hacer. Pero más vale que sientan el aliento en la nuca de tantos como no estamos dispuestos a dejarles pasar ni una. Se ha acabado el cachondeo. Si queremos construir una Andalucía mejor, más libre, más próspera y con más futuro, dejémonos de gaitas y a currar. 

Ya está bien de tanta conspiración, ya esta bien de tanta palabrería, ya está bien de que la prioridad sea luchar por conservar prebendas y privilegios varios en lugar de dejarse las entrañas buscando a ver cómo salimos del hoyo de una vez. Como decía, ahora además vamos a contar con dinero, así que no hay excusa. Esperemos que nadie tenga la tentación de hacerlo menguar por el camino. 

¡Viva Andalucía libre!, claro que sí, pero sobre todo ¡Viva Andalucía curranta y libre de parásitos! Que premien a las monjas si quieren, pero que premien sobre todo a quienes se deshidratan a diario bajo los invernaderos. A tantos miles de trabajadores la mayoría de los cuales, a pesar de tener la piel oscura, continúan siendo transparentes. 

J.T.

RTVE. Hasta que no pase el último gato…


Hoy les voy a contar una pequeña historia que me toca de cerca. En julio de 2018, mi nombre figuraba entre los diez candidatos a formar parte, de manera provisional, del Consejo de Administración de RTVE. Se iba a poner en marcha, quizá lo recuerden, un concurso público y, hasta que este finalizara, el gobierno del PSOE, que había mandado a Rajoy a su casa tras ganarle una moción de censura, consiguió pactar con PNV y Unidas Podemos un Consejo y un Presidente provisionales para la radiotelevisión pública.

Seis candidatos serían ratificados por el Congreso y cuatro por el Senado. Eso estipula la ley. Yo pertenecía al cupo de la Cámara Alta, y allí comparecí el día 3 a la espera de ser votado. En el Congreso no era preceptivo este trámite, así que mis seis compañeros fueron elegidos por mayoría absoluta en segunda votación sin necesidad de los sufragios de PP ni de Ciudadanos. Mientras ellos recibían en sus casas el nombramiento oficial que certificaba su elección por el Congreso, el Senado, entonces aún con mayoría del Partido Popular, tumbaba mi candidatura y las de mis tres compañeros.

No importaba, todo estaba controlado, proclamaba el gobierno. Cuando el Senado rechaza propuestas de este tipo, la ley estipula que el proceso continúa en el Congreso y allí se resolvería, así que no había problema: seríamos ratificados Consejeros. Que no nos preocupáramos, nos repetían, que todo estaba bien atado. Fue entonces cuando me acordé por primera vez de uno de los refranes que mi abuelo solía repetir con frecuencia: “Juanito, no digas nunca FU hasta que no pase el último gato”. Así se lo recordé a mi compañera cuando, juntos e ilusionados, ella pelín más que yo, nos dispusimos a seguir por internet el desarrollo de la votación.

El recuento en segunda vuelta reunía todos los ingredientes de una película de suspense. Así, cuando Ana Pastor reveló el contenido de la última papeleta quedó demostrado que la catástrofe acababa de consumarse: nuestra lista con los cuatro Consejeros que faltaban había obtenido… 175 votos. Faltaba uno para la mayoría absoluta, la mesa dio el asunto por concluido, pasó a otra cosa, los seis nombramientos anteriores quedaron anulados, la botella de cava quedó en la nevera y nosotros estupefactos, sin acabar de dar crédito a lo que acababa de suceder. Nuestro gozo en un pozo. Dos diputados del PSOE, qué casualidad, se habían equivocado de papeleta provocando así que sus votos fueran considerados nulos.

Conclusión: RTVE se quedaba de momento sin Consejo y, en consecuencia, sin Presidente. Pero había un plan B, según la legislación, donde nosotros ya no contábamos: el gobierno podía designar, y así lo hizo, un Administrador o Administradora Único/a, provisional, por supuesto, que concentraría todo el poder hasta que el concurso a celebrar alumbrara un nuevo Consejo. Sería cuestión de “unos pocos meses”, aseguraron. Nombraron a Rosa María Mateo, cuya “provisionalidad” acaba de cumplir 31 meses y ahora, por fin, parece que puede haber fumata bianca para un nuevo Consejo de Administración. Pero… ¿ha pasado el último gato?

Este jueves, los seis primeros candidatos acaban de ser elegidos por el Congreso. En primera votación, porque el PP se ha sumado al acuerdo a cambio de incluir a tres consejeros de su cuerda. Los seis, si todo transcurre como la otra vez, recibirán estos días en sus casas el nombramiento oficial. Y como en la anterior ocasión, en breve está previsto que tenga lugar la votación del Senado ¿Puede haber problemas? Esta vez parece que pocos porque, aunque el PP insista en bloquear acuerdos para nuevos nombramientos en el Consejo General del Poder Judicial y otras instituciones, no les serviría de nada votar en contra ya que el PSOE cuenta ahora con mayoría absoluta en la Cámara Alta.

Bien, hasta aquí todo perfecto, ya solo quedaría la traca final: la elección definitiva del Presidente de la Corporación. Sabemos quién es el elegido (el profesor José Manuel Pérez Tornero) pero el espaldarazo legal depende de una votación en el Congreso que, tras contar ya con los diez Consejeros, debería celebrarse en pocas semanas. Tal y como está el patio, ¿cumplirá el PP su pacto para que solo sea necesaria una votación que supere los 210 diputados, los 3/5 que manda la ley?  Si votara en contra y fuera preciso recurrir a una segunda ronda, ¿estamos en condiciones de asegurar que los grupos que propiciaron la investidura de Sánchez y la aprobación de los Presupuestos, le sacarían al Gobierno de coalición las castañas del fuego para que el candidato a presidente de RTVE sumara mayoría absoluta?

Prácticamente está hecho, por supuesto, no tiene por qué haber ningún problema pero, como en julio del 18 le repetía a mi compañera mientras seguíamos con atención el recuento que me dejó a un voto de ser nombrado Consejero… “mejor no decir FU hasta que no pase el último gato”.

J.T.

martes, 23 de febrero de 2021

Artículo de Cebrián… ¡cuerpo a tierra!

No lo puedo evitar, pero cada vez que Cebrián publica un artículo de opinión a toda página en su periódico del alma, página impar, por supuesto, me da por pensar que algo gordo está pasando. De primeras intento no leerlo, porque aquello sobre lo que pontifica suele ser bastante predecible, sobre todo si has escuchado sus tertulias o leído sus editoriales de los días anteriores. Sabes que viene a rematar la faena para que quede constancia en las hemerotecas de la línea de pensamiento de la casa. Sabes que no va a decir nada que no haya sido hecho público ya en alguno de sus negociados. Que no lo va a decir mejor, porque escribe confuso, puede que a propósito, como aquel columnista que daba a leer el artículo a su empleada doméstica antes de publicarlo y, si esta lo entendía, acto seguido lo “oscurecía” para no ser tachado de vulgar. Sabes, además, que te vas a cabrear leyéndolo pero acabas cayendo en la trampa, lo lees y entonces certificas tus sospechas.

En el artículo de este lunes, Juan Luis Cebrián se ha cubierto de gloria comparando los tuits de Trump con los de Echenique, Rufián, Otegi o Abascal. Él sabe mejor que nadie que mezclar nombres así, al presunto tuntún, es artero pero lo hace. Meter a fascistas y a demócratas en el mismo saco es vejatorio, pero lo hace. Señalar que a Trump le quitaron la cuenta y a Echenique no, es grave, pero lo hace. Echando mano, además, de un recurso estilístico lleno de trampas: “Me pregunto -escribe textualmente- si quienes han aplaudido y justificado la expulsión de Trump de Twitter y Facebook jalearían idéntica medida aplicada a Echenique, Otegi, Rufián, Abascal o cualquier otro”. ¿Se puede ser más retorcido? Ni los tuits de Rufián ni los de Echenique han instigado a nada y lo sabe. Y si habla de oídas sin haberse molestado en leerlos detenidamente, peor.

¿Cómo es posible que quien capitaneó un buen periódico durante años incurra ahora en reflexiones que recuerdan usos y costumbres de los enemigos de la democracia? Por mucho que se repita una mentira, él sabe mejor que nadie que no se puede consentir que esta acabe convirtiéndose en verdad. Me niego a pensar que ha pasado a formar parte de quienes repiten consignas sin pudor porque cuentan con que, la mayoría de quienes las leen o escuchan, no se molestan en verificarlas. Como atribuir al vicepresidente del Gobierno la intención de establecer controles sobre la prensa cuando, de lo que este dijo en sede parlamentaria, únicamente se puede extraer esa conclusión si se conocen solo frases sacadas de contexto o se actúa de mala fe.

No me puedo creer que alguien como Cebrián, con lo que él ha sido, se haga eco de un total sin molestarse en escuchar la comparecencia completa. Y mucho menos me puedo creer que recurra al victimismo mezclando churras con merinas: “Debe ser -dice también textualmente en su artículo- que los comentarios de los tertulianos son un peligro para la democracia mayor que los ripios de cualquier psicópata egocéntrico”. Y añade para terminar de aliñar la ensalada: “Y hasta en eso puedo estar de acuerdo, pero legislar sobre derechos fundamentales exige más reflexión y menos cainismo ideológico que el que viene mostrando el banco azul” Ahí queda, mezclado todo, confuso y embotado para que, quienes no se tomen a molestia de leerlo con cuidado, no descubran la trampa.

En ningún momento se cuestionó en el congreso el derecho de los tertulianos a expresar libremente sus ideas, lo que se dijo fue que “los poderes mediáticos deciden las agendas, los temas de los que se habla y los que no, las voces y opiniones que se pueden escuchar; que en lugar de actuar como contrapoderes, lo hacen como brazos mediáticos de los poderes económicos” ¿Y acaso no es cierto? Cebrián sabe mejor que nadie que el abanico de la pluralidad, como reclama Pablo Iglesias, es necesario que se abra mucho más de lo que lo está en estos momentos. Que falta equilibrio en las voces de quienes analizan a diario la actualidad en los medios, que hay monstruosidades que obtienen una gran repercusión y reflexiones imprescindibles que no llegan, ni por asomo, al común de la ciudadanía.

Cebrián sabe mejor que nadie el nivel de beligerancia del que es víctima el Gobierno de coalición, sabe mejor que nadie la cantidad de acusaciones sobre Unidas Podemos que han abierto telediarios y primeras páginas de periódico y que, cuando los juzgados las han ido desestimando, no se ha enterado nadie. Cebrián sabe mejor que nadie el poder de la lluvia fina, de la gota malaya, al que su periódico lleva contribuyendo desde hace siete años. Fue su periódico el que llamó insensato sin escrúpulos a Pedro Sánchez y desleal a Iglesias. En el artículo de este lunes habla del “pasmo” del presidente del Gobierno (o sea, que le llama “pasmao”) porque a su juicio ha tardado demasiado en “expresar su opinión sobre los desórdenes públicos, “parapetado” como sigue en la Moncloa frente al desconcierto y la angustia…” Ahí queda eso.

Es muy fuerte, alguna vez me lo he preguntado pero no tengo más remedio que repetirlo: ¿por qué están envejeciendo todos tan mal? ¿qué demonios pasa aquí? ¿qué necesitan salvaguardar? ¿a qué le tienen tanto miedo? ¿por qué no dejan trabajar en paz a las nuevas generaciones?¿a qué viene tanta conspiración? ¿dónde está el truco, qué es lo que aún permanece escondido, desconocemos y no quieren que se destape? Bonito día, el del 40º aniversario de aquel 23 de febrero, para preguntárnoslo.

J.T.

domingo, 21 de febrero de 2021

El papel del poder mediático en la democracia


Es bueno que según qué cosas queden reflejadas para siempre en el diario de sesiones del Congreso de los Diputados. Y si esas cosas tienen que ver con la esmirriada salud democrática del panorama mediático en nuestro país, resulta además higiénico que se denuncie en sede parlamentaria. Lo insólito es que tratar este tema desde la tribuna de oradores, como el miércoles hizo Pablo Iglesias, sea algo excepcional, por no decir inédito.

Cuando el PSOE lo defenestró, allá por 2016, Pedro Sánchez se lo dijo a Jordi Évole bien clarito: El Grupo Prisa lo amenazó para que no pactara con Podemos. En uno de sus furibundos editoriales contra él, El País llegó a llamarlo “insensato sin escrúpulos”, como el otro día  tachó de “desleal” a Iglesias por advertir en público del déficit de normalidad democrática que sufrimos en España. Hablo de El País porque para algunos aún conserva cierta fama de ser el menos descerebrado de los medios madrileños escritos, hablados y televisados que a diario bombardean para encanallar el ambiente. La diana, desde hace siete años, suele ser mayoritariamente Podemos, pero también lo es el PSOE, y el Gobierno de Coalición, y Bildu, Esquerra y demás partidos independentistas y nacionalistas vascos y catalanes…

Hay una óptica madrileña en la manera de enfocar la información política española cuya orientación obedece a los intereses de grandes bancos, fondos de inversión y empresas de postín porque son ellos los propietarios de los medios. No existe un contrapeso para esos mensajes, no existe la posibilidad de equilibrar la balanza en la oferta informativa para que el espectador, lector o radioyente tenga acceso a distintas versiones y pueda sacar sus propias conclusiones. No existe porque no hay ningún medio con el suficiente eco que no esté en sus manos.

Eso es lo que, a mi entender, puso de manifiesto Iglesias este miércoles en el Congreso para vergüenza de quienes amamos la profesión periodística y estamos hartos de denunciar un desequilibrio que, al menos a corto plazo, no hay manera de solventar. Como cuesta mucho trabajo avanzar, la denuncia en sede parlamentaria del líder de Podemos puede ser un buen comienzo.

Algo hay que hacer para que esto cambie; para que, por lo menos vuelva a estar como estaba hace cuarenta años, cuando empresarios como Antonio Asensio o Juan Tomás de Salas presidían empresas donde quienes trabajábamos no recibíamos presiones para hacer nuestro trabajo. Luego todo se fue torciendo. Zeta y el Grupo 16 dejaron de ser lo que fueron hasta diluirse, sus dueños murieron y Prisa, cuando Polanco falleció, fue pasando a manos cataríes, mejicanas, gestoras de fondos de inversión, bancos y Telefónica. La flor y nata, vamos. El duopolio audiovisual Mediaset y Atresmedia vive solo para hacer genuflexiones diarias a los tejemanejes de sus propietarios y las televisiones públicas son una bazofia en manos de trepas serviles entregados de pies y manos a las instrucciones de los mandatarios de turno.

Así, cuando aparece un político que denuncia todo esto en el atril del Congreso de los Diputados, lo describe de manera enérgica y contundente, y se le ocurre sugerir que algo habrá que hacer para que las cosas mejoren, toda la jauría de bienmandados se rasga las vestiduras y se le echa encima tachándolo de estalinista, controlador y enemigo de la libertad de expresión.

Como sigamos por este camino nos vamos a volver todos locos. ¿Acaso no es evidente que los periodistas reciben hoy en día en cualquier redacción muchas más presiones de las tolerables? ¿Acaso no es evidente que apenas hay manera de hacer periodismo decente? ¿Acaso el camino es continuar soportando infames primeras páginas torticeras, manipuladoras, purulentos contenedores de fake news a granel?

¿Acaso no es cierto que los poderes mediáticos deciden las agendas, los temas de los que se habla y los que no, las voces y opiniones que se pueden escuchar? ¿Alguien puede discutir que no hay libre competencia en los medios cuando Atresmedia y Mediaset copan el 80 por ciento de la audiencia televisiva y el 83 por ciento del mercado publicitario? ¿Alguien puede discutir que los medios en España, en lugar de actuar como contrapoderes, lo hacen como brazos mediáticos de los poderes económicos? Eso fue lo que denunció Iglesias en el Congreso: se limitó a ponernos el espejo para que viéramos reflejadas nuestras vergüenzas.

El panorama de los medios en España, evidencia incontestable de la carencia de calidad democrática, pide a gritos que quien publica mentiras pague por ello y que los espectadores, los lectores, los radioyentes puedan contar con medios que le permitan conocer la otra cara de la luna para así poder tener opinión propia. ¿Eso es controlar, eso es interferir? Yo creo que no, que eso es un derecho del que carecemos y los derechos se arrancan porque nadie los regala. Así que si un político se remanga, lo denuncia y lo plantea en sede parlamentaria, quienes luchamos por la pluralidad y la libertad de expresión deberíamos valorarlo. Como refleja la Constitución, “la información es un derecho de la ciudadanía", no un privilegio de millonarios.

La ausencia de pluralidad en los medios de comunicación españoles es uno de los factores que caracteriza al déficit democrático que sufre nuestro país. Algo hay que hacer para que esto mejore; sería la única manera de que, a quienes todavía creemos que es posible practicar un periodismo decente, empezara a dejársenos de caer la cara de vergüenza.

J.T.

viernes, 19 de febrero de 2021

La debacle de Ciudadanos y PP

Ciudadanos cada vez huele más a UPyD. A Inés Arrimadas empieza a ponérsele cara de Rosa DíezPablo Casado en el Partido Popular, como no espabile, corre el riesgo de acabar igual que Landelino Lavilla en la UCD.

A tenor de los resultados del 14-F en Catalunya, parece claro que la derecha vive nuevos tiempos de tormenta. Con una seria diferencia: la ultraderecha, en 1982, apenas tenía altavoz en el Congreso de los Diputados. Ahora, en cambio, desde que en diciembre del 2018 consiguieron 12 escaños en Andalucía, los de Vox andan abriéndose paso a codazos –tacita a tacita- a costa de Ciudadanos y PP, que no acaban de dar con el tono, sobre todo en Catalunya, para que no se les marche la clientela. El fracaso ha sido estrepitoso. Si, como ha ocurrido tantas veces, lo que sucede en Catalunya suele trasladarse después a los resultados electorales en España, que "el señor nos coja confesaos", como se dice en castizo.

En los tres debates televisivos de la campaña catalana (TVE, TV3 y La Sexta), los modos y maneras de Carlos Carrizosa (candidato de Ciudadanos) y de Alejandro Fernández (cabeza de lista por el Partido Popular) desprendían un cierto halo de tristeza y desamparo. Daba pena verlos y escucharlos. Se les notaba tan perdidos que acababan casi inspirando ternura: Carrizosa ofreciéndose a Salvador Illa sin ambages, lo que transmitía la escasa fe que tenía en sus posibilidades; y Fernández, por su parte, revolviéndose como podía contra las atrocidades que iba soltando el fascista Garriga, que le comía claramente la tostada.

Los dos estaban abandonados a su suerte. Carlos Carrizosa, por una Inés Arrimadas que los dejó tirados para hacer carrera en Madrid; y Alejandro Fernández, por un Pablo Casado que nunca ha entendido lo que pasa en Catalunya. Para colmo, el pobre Fernández no pudo evitar que apareciera Isabel Díaz Ayuso a decir burradas en su campaña, con lo que puede que le espantara a buena parte de los pocos votantes que todavía le quedaban.

Ahí está el desastre de resultado: entre los dos partidos suman menos escaños (9) que los fascistas de ultraderecha (11). Ciudadanos y PP, que gobiernan en Madrid, Andalucía y Murcia gracias al apoyo de Vox, reúnen desde el pasado domingo en el parlamento catalán 20 escaños de un total de 135. La incapacidad de la derecha para seducir al electorado catalán, la escasa cosecha de votos, es atribuible sobre todo a la carencia de un discurso claro que les aleje de la intolerancia que predica Vox, terreno este en el que los ultras se mueven como pez en el agua.

No han acertado con el mensaje y lo han pagado caro. Y no lo han hecho porque no acaban de asumir que, desde hace muchos años ya, los catalanes les están diciendo con sus votos a los políticos que se sienten a hablar de una puñetera vez y se dejen de tonterías. Lo que no se puede es apostar por desconsiderar al adversario e intentar machacarlo sin pararse a considerar sus convicciones ni sus argumentos.

Pablo Casado es “Don Me Opongo” sin ofertas alternativas, parece como si no supiera sentarse a hablar sin poner condiciones, sin vetar, sin negarse a abrir puertas por las que pueda entrar una posible solución. Arrimadas tuvo la oportunidad de actuar como jefa de la oposición en Catalunya, con mando en plaza como le permitían los 36 representantes que Ciudadanos consiguió en 2017, y desistió. No se atrevió, no supo o no quiso. Ni se lo ocurrió jamás la posibilidad de tender la mano. Solo criticar, confrontar, abandonar votaciones y victimizarse. Y cuando la cosa se empezó a poner fea, puso pies en polvorosa. De ahí el desastre de su partido: de 36 escaños, a 6. De ahí también la ruina del PP: 3 míseros asientos en el Parlament tras pasear a Casado y Ayuso con sus desatinos por lugares donde aún no han olvidado los discursos frentistas de Cayetana Álvarez de Toledo. Discursos como los de Vox que solo han servido para que aquellos en quienes calaba su mensaje intolerante, acabaran votando al partido ultra, que al fin y al cabo es el original y no la copia.

Desde el pasado domingo, el panorama político en Catalunya ha cambiado mucho más de lo que nos creemos porque las dos primeras fuerzas en votos y escaños, PSC y ERC, sí están por el diálogo. Sea cual sea la combinación que acabe resultando para formar gobierno, los intolerantes son minoría, algo que no sucedió cuando el partido más votado fue Ciudadanos. Ya han pagado su error, como el Partido Popular el suyo. Si no quieren acabar como UPyD o la UCD, van a tener que trabajar duro. Esa fusión de la que se empieza a hablar no deja de ser una triste huida hacia delante.

J.T.

jueves, 11 de febrero de 2021

Normalidad democrática

Algo importante hay en sus mensajes cuando acaban escociendo tanto. Alguna fibra seria toca si, como suele ocurrir muchas de las veces que habla, Pablo Iglesias consigue poner de acuerdo a tanta gente en contra suya. Muchos de los que se hacen los ofendidos con las cosas que dice, quizás lo que lleven peor es que saben que pocas veces carecen de fundamento.

¿Que hay de inexacto en lo que dijo el líder de Podemos en la entrevista que el diario Ara publicó el pasado lunes 8 de febrero?: “No hay una situación de plena normalidad política y democrática en España -afirmó- cuando los líderes catalanes de los dos partidos que gobiernan Catalunya, el uno está en la cárcel y otro en Bruselas.”

¿Dónde esta la deslealtad que periódicos como El País le atribuyen a esta frase? ¿Acaso es leal el quilombo de la justicia, el olor a podrido de las todavía vigentes cloacas, acaso es normalidad democrática encarcelar jóvenes raperos porque no gusta lo que escriben o lo que cantan? Quienes califican de desleales las manifestaciones de Iglesias quizás podrían estar dotados de autoridad moral para emplear ese término, aunque en este caso sea improcedente, si al menos en alguna ocasión lo hubieran hecho para referirse a asuntos como la corrupción sistémica del PP o a tantos ataques a nuestro sistema de libertades como a diario promueven los fascistas de Vox con absoluta impunidad.

Quienes escriben los encendidos editoriales de El País deben sufrir un acentuado complejo de inferioridad. Encuentro complicado que alguno de ellos supere a Iglesias en lecturas, formación, capacidad de trabajo y sobre todo en valentía, porque el actual vicepresidente del Gobierno firma lo que escribe y expresa lo que piensa a cara descubierta, mientras que los editoriales son anónimos. Insultar en un editorial es cobardía, por mucho que el director de la publicación se responsabilice de su contenido.

Alguien tiene de vez en cuando que decir estas cosas. Como no le debo nada al líder de Podemos y me consta que a veces no le gustan las cosas que escribo, me permito expresar aquí lo que mucha gente piensa y se calla por miedo a que le llamen pelotas o sectario. Alguna vez se escribirá la historia de este ensañamiento. La historia de la rabia mediática y política contra la voz más representativa de una formación cuya existencia resultó higiénica desde su fundación y, como el tiempo demostrará, está resultando clave para arrancar derechos a favor de los sectores más débiles de la sociedad española. No es de recibo que los medios den pábulo a los fascistas de Abascal y a las insensateces de Casado mientras los cañones se orientan siempre hacia todo lo que huele a Podemos.

Iglesias sabe que actuar y hablar como lo hace tiene un precio y parece dispuesto a pagarlo. “Es la primera vez que un vicepresidente de gobierno dice cosas impropias del papel constitucional que desempeña”, argumenta tanto fariseo como anda por las redacciones y los platós sembrando la discordia. ¿La primera vez? Pues ya era hora, ¿no? También es la primera vez que existe un gobierno de coalición y las discrepancias entre los miembros del ejecutivo, eso que los periódicos se empeñan en titular “choques” parece que, al menos de momento, lo que están haciendo es reforzar y consolidar a ese gobierno.

“¡Que se presenten a las elecciones –decían-. Que entren a formar parte de las instituciones si quieren cambiar las cosas.” Pues vale, pues ya han entrado, y una vez dentro, cuando se remangan y se aprestan a cambiar esas cosas, los veteranos del bipartidismo y sus correas de transmisión no paran de ponerles zancadillas en cada esquina, invocando el carácter institucional de su cargo al tiempo que exigen comedimiento y mesura a la hora de expresarse en público. “Es que esto siempre se ha hecho así, no como vosotros queréis que se haga”, insisten. No les entra en la cabeza que si han conseguido estar donde están, es justo para que las cosas no sigan haciéndose como siempre se han hecho. Ni para decir las mismas banalidades y lugares comunes que siempre se han dicho.

Sé que exponer este tipo de reflexiones para defender que un vicepresidente del gobierno se salga del guión según algunos y diga las cosas que hay que decir aunque nunca antes se haya hecho, llevará a más de uno a preguntarse qué intereses ocultos hay detrás, que a qué aspiro. Pues miren ustedes: a nada. Es muy posible que este artículo me proporcione más disgustos que alegrías, pero es un placer haberlo podido escribir. Y tal como está el patio mediático, casi un privilegio.

J.T.

lunes, 8 de febrero de 2021

10 de las 1.000 razones por las que Pablo Casado tiene que irse ya

1. Inmadurez

Una buena parte de las cosas que dice asombran por su escasa enjundia. Siempre parece estar esforzándose por mantener la compostura, transmite la misma sensación que el actor que sube al escenario sin saberse muy bien el papel, con la mirada semiperdida buscando la ayuda del apuntador o, lo que es peor, evidenciando que no se cree las cosas que está contando, que no consigue meterse en el personaje. Hasta para ser impostor hay que ser profesional.

2. Inconsistencia

Le falta un hervor. O varios. Lo único que parece aprendió bien de sus antecesores fue la capacidad de mentir y su carencia de vergüenza. Pero no debió darle tiempo a comprender que para rentabilizar esas cualidades hay que saber acompañarlas de cierta socarronería, como era y es el caso de Rajoy, o de una cara de mala leche que infunda miedo como Aznar. Casado parece más bien desvalido, tanto que a veces, cuando empieza a soltar disparates, en vez de propinarle un buen guantazo te dan ganas de acunarlo porque lo intuyes débil, desamparado, frágil. ¡Pobre!, ni para cabrón vale.

3. Falta de preparación

Si ha leído mucho, la verdad es que lo disimula muy bien. Igual somos injustos pero, ¿alguna vez le hemos oído hablar de literatura, de música, de cine, de filosofía…? ¿visita museos, viaja? En sus múltiples y ubicuos canutazos, siempre parece recitar algo que momentos antes ha aprendido de memoria junto al spin doctor de turno, una réplica, una puya, una provocación, algo para buscar titulares que le ayude a mantener esa atmósfera de crispación que le han debido decir que le beneficia. O ni eso, a lo mejor es pura y simple desesperación cada vez que ve una encuesta y constata cómo Vox apenas baja y él apenas sube.

4. Carencia de empaque

Si, como evidenció aquella célebre foto, gusta de ponerse a pensar delante del espejo, igual no acaba de gustarle el reflejo que este le devuelve. Alguien debió de aconsejarle que se dejara barba para infundir más respeto, pero ni bajo ella consigue esconder al bisoño que lleva dentro. Sin traje y sin barba podría perfectamente pasar por el universitario que nunca fue. Todavía, si se lo propone, podría dar el pego por el césped de cualquiera de esas facultades por cuyos pasillos apenas se le vio.

5. No transmite autoridad

El último congreso de su partido le otorgó todo el poder, y seguro que en los despachos de la sede lo ejerce firmando disposiciones, resolviendo contenciosos y, tomando decisiones, pero de puertas hacia fuera lo que parece es un lechuguino en peligro a quien a las primeras de cambio lo puede chulear cualquiera de los suyos. No resiste la comparación con ninguno de sus predecesores, porque Aznar era resolutivo y Rajoy, a pesar de su afición al tancredismo cuando tenía que pegar un puñetazo en la mesa lo pegaba. Por no hablar de “don Manuel”, que si levantara la cabeza y lo viera sentado en la que fue su silla, seguro que se pillaba uno de aquellos célebres cabreos suyos en los que temblaban los cimientos de Génova. Hasta con Hernández Mancha sale Casado perdiendo en las comparaciones.

6. Torpeza en la formación de equipos

Si tú eliges a alguien como Cayetana a tu lado, has de tener claro que va a hacer lo que hizo. Destituirla fue un error porque dejó a la luz a un Casado incapaz de resolver la insubordinación. En lugar de autoridad, pareció actuar con miedo y el resultado no está siendo mejor. Tanto la sustituta como portavoz en el Congreso, como García Egea o él mismo se empeñan en mantener la misma agresividad que la que exhibía la destituida. Pero con menos cultura y, por supuesto, con menos estilo. Hasta para insultar hay que tener clase.

7. Su brujuleo desconcierta

Es cierto que los políticos han de manejar el arte de decir ahora una cosa y poco después la contraria. Pero tal cometido exige la habilidad suficiente para no hacer un ridículo en el que Casado incurre con excesiva frecuencia. Los cambios de opinión, el olvido de las promesas indignan al respetable. Y en su caso resulta patético. Por eso apenas rasca bola en autonomías históricas como Euskadi o Catalunya. En cuanto a Galicia, habría que ver qué ocurría si no estuviera Feijóo.

8. Incapacidad para ejercer una oposición constructiva

Hay que reconocerle una habilidad: la de haber convertido el Congreso de los Diputados en un lugar cada vez más odiable. Hubo un tiempo en que los plenos eran divertidos, otros interesantes, siempre han existido momentos agrios, es verdad, pero ahora son directamente desagradables. Vomitivos. Tardaremos mucho tiempo en olvidar la horrible crispación por la que apostó durante los días más complicados del primer confinamiento. El miedo que teníamos en el cuerpo aumentaba cada vez que veíamos cómo se comportaban tanto él como su equipo en aquellos trágicos momentos. Y ahí siguen con el raca-raca.

9. Deslealtad en cuestiones de Estado

Sus intentos de torpedear las ayudas europeas para recuperarnos de los efectos de la pandemia los pagará caros. Los ciudadanos no van a olvidar la deslealtad que supuso intentar boicotear las negociaciones del gobierno de coalición para conseguir unos fondos imprescindibles que nos ayuden a levantar cabeza. Su empeño en no desbloquear situaciones enquistadas como la de Televisión Española o el Consejo General del Poder Judicial demuestran escasa altura de miras y lo que es peor: miedo a las consecuencias de las fechorías que el PP tiene pendientes de juicio. Por mucho que se empeñe en que el pasado sea el pasado… mona se queda.

10. No consigue captar nuevos adeptos ni recuperar votantes perdidos

Tampoco le ayuda esa imagen de crispación permanente, de duda, ese empeño en criticar, insultar y torpedear sin apenas realizar propuestas. Esa propensión a ser previsible: cada vez podemos adivinar mejor, sin riesgo de equivocarnos, cuál va a ser su próxima declaración antes que se produzca. Basta con saber qué hace y dice el gobierno para tener claro qué va a contestar el PP. No sorprenden, no animan, no captan nuevos adeptos y muchos de los antiguos se les siguen escapando por las alcantarillas hacia los dominios de la ultraderecha. Quienes los continúan votando aún lo hacen, sobre todo, para intentar impedir que gane la izquierda. Pero proponer lo que se dice proponer… Pablo Casado no propone nada. Ni pincha ni corta, ¿O sí? 

A saber qué es peor.

Hasta aquí por hoy, con el permiso del lector, las primeras 10 razones de las 1.000 existentes para sugerirle a Casado que se vaya a su casa. Las 990 restantes, si les parece, las dejamos para otro día. O días.

J.T.