domingo, 13 de septiembre de 2020

Verano obsceno

La fuga de Juan Carlos de Borbón ha sido la madre de todas las obscenidades que nos ha tocado soportar durante este verano que por fin despedimos. Si la primavera nos sumió en la histeria y el desconcierto, el verano ha sido desmadre y obscenidad.

Agosto de 2020 pasará a la historia como la fecha en que quedó al descubierto el verdadero talante de quien durante casi cuarenta años fue Jefe del Estado español y Capitán General de los Ejércitos. Cada vez que me viene a la memoria alguna frase de sus discursos, en especial las de sus sermones navideños, no puedo dejar de preguntarme cómo el ahora huido a Abu Dhabi fue capaz de tener el cuajo preceptivo para engañar a tantos durante tanto tiempo.

Nos ha tomado el pelo el autodesterrado y nos lo han tomado los antiguos ministros y demás cargos públicos que firmaron una carta apoyándolo; también los medios de comunicación engañando y manipulando como si no hubiera un mañana… Obscenidad en los tejemanejes judiciales, en la putrefacta fetidez que va a saliendo a flote de las cloacas policiales, en la declaración de Martín Villa ante una juez argentina y en las cartas de apoyo, ha sido el verano de las cartas de apoyo, que los expresidentes del gobierno español aún vivos  le dedicaron; obscenidad en el pábulo concedido a las acusaciones contra Podemos de un tal Calvente, que este mismo acabó calificando de “rumorología”…

Una vez dicho esto, si hubiera que buscar un sinónimo de obscenidad, ese sería “Partido Popular”. Su filibusterismo produce vergüenza ajena. Las cloacas no solo las usaron cuando estaban en el poder para espiar a partidos políticos adversarios, sino también para buscarse la ruina entre ellos mismos, los unos contra los otros. Yo era diputado por Ávila, a mí que me registren, argumenta el todavía primer espada; yo no soy ya un personaje público, declara su antecesor…

Qué feo asunto, ¿no les parece? Son mezquindades que durante el verano que ahora acaba han coexistido con una pandemia de duración indefinida y con el vergonzoso y preocupante espectáculo que nuestros representantes políticos brindan al respetable cada vez que se reúnen en sesión parlamentaria. La pandemia nos tiene a todos de los nervios, y a ellos tirándose los trastos a la cabeza entre partidos, entre comunidades autónomas, entre ayuntamientos… ¡Qué obscenidad!

En el horizonte, casi todo por resolver: ley mordaza, reforma laboral, percepción del Ingreso Mínimo Vital, los Presupuestos Generales y qué criterio emplear para adjudicar las ayudas europeas; la reforma de los órganos de gobierno del Poder Judicial, del Tribunal de Cuentas o de Televisión Española, cuya situación de “provisionalidad” mantiene en el cargo a su Administradora Única desde hace más de veinticinco meses… Obscenidad. Y de la desconsideración de los socialistas con su socio de gobierno en asuntos de calado, como la fuga de Borbón o la fusión Caixabank-Bankia, ¿qué me dicen?

Mientras todo esto va pasando, al ciudadano de a pie le cuesta cada vez más trabajo organizar su vida porque no sabe qué puede ser de ella a medio plazo. Teme por su salud y le preocupa que cada día que pasa acabe resultándole más difícil llegar a fin de mes si el extraño momento que vivimos se prolonga durante demasiado tiempo.

No solo los políticos, también televisiones, periódicos y radiopredicadores, se empeñan en otorgarle más bombo a la defenestración de una tal Cayetana o a los rifirrafes parlamentarios que al mundo real. Otra obscenidad más, como la tediosa lentitud con que se mueve la justicia y las controvertidas actuaciones de algunos de sus titulares. Digo obscenidad por no decir pornografía, que quizá sea un término que lo defina mejor.

De las obscenidades en el mundo del fútbol, Liga por aquí, Federación por allá, Messi se va, Messi se queda… de todo eso, que tan entretenidos nos ha tenido también este verano, mejor hablamos otro día si les parece.

J.T.

martes, 25 de agosto de 2020

Vargas Llosa ❤️ Cayetana

No por previsible deja de ser menos lamentable. El amor que este domingo profesaba Mario Vargas Llosa a Cayetana Álvarez de Toledo en su columna de El País (“pocas personas hay mejor preparadas intelectualmente que Cayetana… convencida de que en la política pacífica y tolerante de la democracia y el liberalismo todo se puede cambiar”, palabras textuales) cierra un círculo que evidencia cómo han cambiado las cosas en este país antes fresco y optimista que, en los últimos tiempos, se ha tornado espeso, tenso e incierto, con canallas que mienten sin pudor de tele en tele y venerables nostálgicos que conspiran en las trastiendas negándose a reconocer que la vida aquí es ya otra cosa y España anda inmersa en un innegociable cambio de ciclo donde los dinosaurios tienen menos cabida cada día que pasa.

Cayetana, criada a los pechos de José María Aznar y Pedro Jota Ramírez, es ahora ensalzada por un reconocido colaborador de Prisa, adscrito al objetivo de este grupo editorial de acabar como sea con el Gobierno de coalición, un octogenario alineado con lo más granado de una generación que se resiste al paso del tiempo y está echando a perder así, en el otoño de sus vidas, trayectorias de éxito a las que una retirada oportuna les hubiera valido en su momento pasar a la historia con letras de oro.

Vargas Llosa viene a engrosar la lista de insignes veteranos con nutridas biografías cuyo antiguo prestigio y reconocimiento ellos mismos parecen empeñados en dinamitar. El peruano-español (84) es de la generación de Juan Carlos El Fugado (82) y de Alfonso Guerra (80). El “presunto” corrupto Jordi Pujol tiene 90 y Felipe González 78, edad esta en la que se mueven la mayoría de los barones socialistas que hace cuatro décadas se hicieron los amos de este país mientras “Varguitas”, como él mismo se autodenomina en La tía Julia y el escribidor, publicaba novelas con las que acumulaba méritos para el premio Cervantes de 1994 y el Nobel de 2010, parte ambos de una larga lista de merecidos reconocimientos literarios.

Antes de apoyar públicamente a Ciudadanos, Vargas Llosa ya había dado muestras de poseer cierta tendencia a perder la perspectiva por ejemplo cuando, tras el éxito mundial de excelentes novelas como La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral, La Casa Verde o La Guerra del fin del mundo, quiso ser presidente de Perú en 1990 y fue estrepitosamente humillado por un adversario de origen japonés llamado Alberto Fujimori. Tras el histórico varapalo, zapatero a tus zapatos, el derrotado candidato continuó escribiendo como los ángeles y quienes lo admirábamos nos preguntábamos cómo era posible ser tan buen narrador por un lado y tan complicado como ser humano por otro.

De Cayetana le separan a Vargas Llosa más años que ideas, a juzgar por el análisis que el Nobel hacía este domingo en El País de la recién defenestrada portavoz del Partido Popular. Prisa, González, Vargas Llosa, Cayetana, se mire como se mire, conforman un peligroso cóctel que, a mí personalmente, me da mucho miedo ya que resulta difícil adivinar cómo, cuándo y dónde puede llegar a explotar. Porque explotar, explotará.

El domingo 16 de abril mi antiguo compañero Javier Casqueiro, que no da puntada sin hilo, le hizo a la marquesa de Casa Fuerte una entrevista en El País que transmitía el aire de una despedida en toda regla. O provocó a Casado con las cosas que dijo ahí, o ya sabía ella que estaba sentenciada y ofreció un anticipo de la sonada rueda de prensa que convocaría a las pocas horas de ser fulminada.

Este domingo le ha tocado arroparla a Vargas Llosa. Seguro que el escritor, lector también de conocida voracidad, le ha dedicado tiempo y atención a la tesis doctoral de Cayetana, dirigida ni más ni menos que por sir John Elliot en Oxford. Se trata de un sesudo trabajo de más de 400 páginas publicado en 2004 en el que se estudia a conciencia la figura de Juan de Palafox, ambicioso obispo del siglo XVII nacido en Fitero, Navarra. Llegó a ser virrey en Nueva España pero su afición a pensar por libre propició la desconfianza del monarca español de entonces y de su valido, quienes no dudaron en destituirlo obligándolo a regresar para que terminara sus días alejado del mundanal ruido en el obispado de Osma, provincia de Soria, donde murió con 59 años.

¿Premonitorio? Sea como sea, el caso es que los elogios de Vargas Llosa a Cayetana este domingo en El País (“lo que ha hecho en España esta joven admirable ha sido una pequeña revolución, que, al menos yo -afirma V. Llosa en su artículo-, creo de largo alcance”) pudieran ser el definitivo abrazo del oso que la acabe mandando al ostracismo. Claro que como es tenaz y le sobran recursos y padrinos, puede que no caiga esa breva y Cayetana continúe dando la vara arropada ahora, entre otros, por esa colección de dinosaurios que se mueven en torno al grupo Prisa y que está envejeciendo fatal.

J.T.

domingo, 23 de agosto de 2020

Siempre les quedará Abu Dabi

Si por cada portada de periódico en la que, desde hace seis años largos, se vienen lanzando infundios contra Podemos pagaran solo un euro, igual muchos habríamos podido cancelar nuestras hipotecas hace ya tiempo. Sería bonito que alguien dispusiera de horas y ganas para hacer esa recopilación.

Han pasado 2.410 días desde que Podemos nació, 2.410 días de gota malaya en prensa, radio y televisión, intentando instalar en el imaginario común, sin conceder descanso alguno, un tono hostil contra cualquier persona o cosa que suene o rodee a esa formación política; 2.410 días empeñados en propagar que ella es la responsable de todos nuestros males, que la componen especímenes peligrosos dispuestos a acabar con nuestra paz y tranquilidad. Moscas cojoneras a las que hay que quitar de en medio como sea.

Salen a infundio diario. O más. Esa es la media ponderada. No sé si alguien de ustedes recuerda una cacería similar desde que este país recuperó a trompicones los hábitos democráticos. Los seis años de vida de Podemos son la historia de la persecución sin cuartel contra una formación que trajo a la política de nuestro país ideas y convicciones que no tardaron en germinar en buena parte de la ciudadanía.

No, señores, no era verdad que hubiera que resignarse al poder sin límites de los bancos, no era verdad que solo dos partidos pudieran llegar al Gobierno para ir relevándose el uno al otro por los siglos de los siglos, no era verdad que todo lo que rodeara a la institución monárquica hubiera de permanecer intocable para siempre, inmune… “inviolable”, que manda narices también con el término.

Pesos pesados de las dos principales formaciones políticas, como Rubalcaba o Esperanza Aguirre, perdían debates con Iglesias en el cuerpo a cuerpo, y el personal empezó a intuir que otra manera de hacer las cosas era posible, las encuestas lo reflejaron y fue entonces cuando se decretó la orden de caza y captura. Solo faltaron los carteles de “Se busca” y la cantidad a pagar de recompensa, como en las películas del Oeste. En esas continúan.

Pero hete aquí que la formación morada resistió todo tipo de embates, dejaron en evidencia a quienes pretendían ridiculizarles y consiguieron demostrar que no era verdad que no se pudiera ganar una moción de censura a la derecha, que no era verdad que este país fuera bipartidista, que no era verdad que no se pudiera constituir un Gobierno de coalición.

Cuando cinco de sus miembros se sentaron en la mesa del Consejo de Ministros comprobamos también otras cosas: no era verdad que no pudiera subirse el salario mínimo, no era verdad que no pudiera pensarse en una distribución más justa de los recursos disponibles, que no pudiera instaurarse un ingreso mínimo vital, que no pudiera llegarse a acuerdos con empresarios y sindicatos…

Los poderosos que dejaron de “tocar pelo” no daban crédito, y en ese estado de asombro parece que continúan. ¿Y qué les ha dado por hacer frente a eso? ¿Analizar seriamente por qué les pasa lo que les pasa? Pues no: actuar como lo que son, niñatos consentidos acostumbrados a que nadie les rechiste en el patio del colegio.

Por eso difunden maldades a diario, infundios que ayudan a mantener de actualidad el hilo de la sospecha contra Podemos hasta que, pasados unos meses, al final todo va quedando en agua de borrajas. Pero no les importa, porque el material bélico del que disponen es abundante: hoy la tele (la pública, sobre todo, que menuda vergüenza), mañana El País, pasado el ABC, El Mundo, La Razón… medios que cada día que transcurre producen más bochorno a los defensores del oficio periodístico. Por no hablar de las homilías mañaneras de Alsina, Herrera o Barceló, por lo general repletas ellas de descalificaciones y adjetivos insultantes hacia la formación morada. Sin recato alguno. Leña al mono.

Esos grandullones de patio de colegio lo intentan también en el Congreso, ladrando impotentes ante el trabajo de un Gobierno de coalición que a pesar de los enormes contratiempos de la etapa que vivimos, consigue ir saliendo adelante. Cuando comprueban que nada les vale, recurren entonces a la guerra sucia y pestilente: el uso de antiguos abogados resentidos, empleadas de hogar a las que pagan para que mientan, recovecos en las cuentas electorales… asuntos todos ellos que en semanas volverán a quedar en humo, pero mientras tanto van alimentando la duda.

Es tanta la impotencia que deben sentir que ya están agotando los últimos recursos que se suelen emplear en este tipo de tácticas (intimidación permanente, amenazas, acoso, hacer la vida imposible a sus líderes intentando convertir su vida privada en un infierno…) antes de llegar a la violencia directa, algo cuya posibilidad me espanta contemplar y que espero nunca llegue a suceder.

A medida que esté mas cerca la fecha de la aprobación de los presupuestos creo que esa desesperación aumentará, porque si se consiguen aprobar, los conspiradores saben que habrá tres años por delante en el que el Gobierno de coalición quedara soldado. Eso aterra. Aterra a quienes durante tantos años operaron sin obstáculos en un país donde ahora, por fin, parece que ha llegado la hora de ir levantando alfombras.

Por eso se hacen públicas ridículas cartas de apoyo a un decepcionante golfo que nos ha tomado el pelo más de cuarenta años seguidos, por eso Alfonso Guerra, uno de los que encabeza el escrito de apoyo al insigne fugado, se parece cada vez más a José Antonio Girón de Velasco. Ven que el régimen en el que se acomodaron durante décadas puede por fin desnudarse y que muchos de ellos, si eso llegara a suceder, podrían quedar retratados en pura pelota picada. Siempre les quedará Abu Dabi.

J.T.

jueves, 6 de agosto de 2020

Déjense ya de tonterías y dígannos dónde está

No hace falta ser un experto en comunicación para concluir que los estrategas de Zarzuela y Moncloa andan equivocados al empeñarse en ocultar el paradero de Juan Carlos I. Basta con tener sentido común para saber que están/estamos haciendo el más espantoso de los ridículos en el mundo entero.

¿Qué estarán pensando tantos líderes internacionales que durante decenios se codearon con él y aplaudieron su labor otorgándole así un prestigio que ahora sabemos nunca mereció? ¿Qué estarán comentando estos días los mandatarios que tanto lo respetaron durante años y lo trataron con la mayor consideración, qué estará pensando su prima la reina de Inglaterra, qué diría Margaret Thatcher si estuviera viva, o Jacques Chirac, o Helmut Kohl? ¿Y a sus amigos del Golfo, qué les habrá parecido la fuga?

¿Qué análisis político, porque se trata de un asunto político, estarán llevando a cabo los actuales mandatarios de la Unión Europea sobre la ruidosa y sorprendente huida del rey emérito español? ¿Con qué autoridad moral vamos a reclamar que nos dispensen el respeto que a veces algunos países se niegan a tenernos? Quienes nos tratan con desconfianza, como los dichosos “frugales” de la última Cumbre Europea, ¿qué estarán pensando ahora?

Se ha reído de nosotros como le ha dado la gana, con discursos navideños rebosantes de vocablos grandilocuentes: fraternidad, concordia, solidaridad, respeto a las leyes, honestidad. ¡Honestidad, manda narices! Consejos vendo y para mí no tengo, ¡qué barbaridad! ¡Es que es muy fuerte, se mire por donde se mire!

La huida de su padre deja a Felipe VI huérfano e indefenso, porque aunque haya traicionado la confianza de sus ciudadanos y profanado la esencia de la institución que personalizó, en el imaginario popular la monarquía continúa estando más asociada al padre que al hijo por mucho que hayan transcurrido seis años desde la abdicación.

Por eso no parece buen camino intentar deslindar lo indeslindable, como los estrategas de Zarzuela y Moncloa quieren hacer ahora con la institución. La monarquía no ha huido, pero su representante fáctico sí, por mucho que ya no tuviera funciones. No olvidemos que se ha negado a renunciar al título de rey emérito y que continúa siendo capitán general, en la reserva, de los tres ejércitos. Y ha huido, diga Carmen Calvo lo que diga y lo vista como lo vista.

A pesar de la gravedad de lo ocurrido, hay mucha gente que todavía a día de hoy, como decía más arriba, cuando oye hablar del rey, el primero en quien piensa es en Juan Carlos. Felipe no acaba de conseguir acomodo completo en la mente del ciudadano medio, ya sea este monárquico o republicano. Le falta gancho, carisma, algo de lo que su padre, gran encantador de serpientes, hay que reconocer iba sobrado. El Emérito sabía, y sabe, administrar las relaciones en la distancia corta con gran habilidad. Quizás por eso ha tenido a tantos españoles, y no españoles, engañados durante tanto tiempo.

Su hijo, en cambio, más serio y parece que también más cabal, no termina de encontrar el tono. Sus discursos de Navidad, eso sí, han sido tan ñoños, anodinos e insustanciales como los de Juan Carlos I y cuando tuvo la oportunidad de significarse, tras los acontecimientos de Catalunya el 1 de Octubre del 17 se equivocó, y así como su antecesor salió reforzado del 23F, aquel controvertido y nunca bien aclarado episodio, Felipe VI en cambio tomó partido cuando se dirigió a la nación dos días después de la celebración del referéndum catalán: se olvidó de una parte de españoles a los que, a día de hoy, todavía representa como Jefe del Estado español, y ese error le perseguirá toda su vida.

No le ayuda mucho que el padre haya salido corriendo. La operación de maquillaje que están intentando fraguar de común acuerdo la Casa Real y Presidencia del Gobierno para rebajar el perfil de la escandalosa fuga de Juan Carlos no parece estar funcionando. Demasiado secretismo innecesario, demasiados paños calientes. Porque vamos a ver, además de poner pies en polvorosa, despedirse a la francesa, huir por la puerta de atrás con agostidad y alevosía... ¿es necesario mantener en secreto el lugar donde se esconde? ¿Por qué?

No es de recibo. No lo es primero por imperativo democrático y en segundo lugar porque, en palabras de Bernardino León, Secretario de Estado de Presidencia durante los tiempos de Rodríguez Zapatero, “no hay razones de peso que justifiquen la falta de transparencia”. El ridículo ya está hecho y el bochorno lo andamos digiriendo cada cual como podemos, no incrementemos la vergüenza manteniendo por más tiempo en secreto lo que no tiene sentido que lo sea.

Así que déjense ya de tonterías y dígannos de una vez donde está.

J.T.

Difundido en el diario Público

miércoles, 5 de agosto de 2020

¿Por qué ese empeño en seguir de rodillas?


Lo que más vergüenza me da es ese aroma de servilismo que sigue existiendo en el ambiente. Me preocupa mucho que la conclusión que se pueda sacar de la huida del mayor encantador de serpientes que hemos tenido en este país durante los últimos cuarenta años sea que hay mucha gente a la que parece gustarle vivir de rodillas.

Los periódicos titulan con miedo, los columnistas opinan con reticencias, los políticos dicen lo contrario de lo que piensan (como casi siempre) pero en este caso para quedar en evidencia haciendo la pelota descaradamente, ellos y tantos profesionales del incienso como tenemos aún en nuestro país con mando en plaza.

¿Cuándo se va a decir de una vez, sin cogérsela con papel de fumar y sin templar más puñeteras gaitas, que desde 1976 hemos estado dorándole la píldora a un corrupto ligero de cascos que nos ha tomado el pelo descaradamente? En la redacciones de los periódicos y revistas se sabía todo, o casi todo, o más que todo, dependiendo de qué. En cuestión de braguetas, casi todo; en cuestión de dinero… igual no tanto, pero también. Y todo el mundo callaba.

¿Qué pacto tácito continúa teniendo acojonados a los poderes de este país frente a un señor designado a dedo que no fue elegido por nadie y que, a tenor de lo que ahora sabemos, no parecía distinguir entre el bien y el mal y nos ha estado vacilando con toda la impunidad –e inviolabilidad- del mundo?

Eso da igual, lo importante es la monarquía, que la institución quede al margen, ese es el grito de guerra a partir de ahora. ¿Qué pasa si la monarquía se acaba, es que nunca vamos a poder cuestionar la manera en que queremos ser gobernados? ¿Vamos a vivir toda nuestra vida con esa especie de espada de Damocles sobre nuestras cabezas? ¿Quousque tandem? ¿Hasta cuándo van a abusar de nuestra paciencia?

¿Cuándo vamos a dejar de analizar las cosas con los esquemas de hace décadas? ¿No nos damos cuenta que el tiempo pasa, que nadie con menos de sesenta años votó la Constitución vigente en la que se refrenda la monarquía, que los adolescentes, los jóvenes veinteañeros, treintañeros… no comulgan con la manera de entender las cosas de quienes se empeñan en que nada cambie?

¿No nos da vergüenza la imagen que proyectamos con este espectáculo? Es verdad que los Borbones, desde hace siglos, tienen por costumbre salir huyendo de España de tanto en tanto, pero a estas alturas de la Historia, en los tiempos en que vivimos, la escapada del ex amante de Corina, vista desde fuera de nuestro país, puede que haya quien la asocie con esas huidas que a veces protagonizan sátrapas de países tercermundistas.

¿Por qué hay que huir si eres decente? Los empeñados en equiparar la pervivencia de nuestra monarquía con la de otros países europeos, ¿qué dicen ahora? ¿por qué no huye ningún rey, o reina, de los que siempre se ponen como ejemplo para justificar la existencia de monarca en nuestro país? ¿Qué pasa aquí? ¿Hasta cuándo tendremos que hablar con eufemismos, titular en los periódicos “se marcha, abandona, deja…” , en lugar de decir que se va con el rabo entre las piernas, que ha huido, que se ha escapado por presunto ladrón y corrupto? Pues eso. Y si le parece bien a Moncloa, pues mal vamos, ¿no?

J.T.

Publicado en La Última Hora

domingo, 2 de agosto de 2020

Juegos en los que no deben entrar las televisiones públicas

La libertad de información y de expresión, así como la ética informativa, han de tener en las televisiones públicas su reflejo más completo e incontestable. La televisión pública no puede formar parte de esa dinámica infernal, de esa inercia por desgracia tan frecuente en los últimos tiempos en nuestro país, que funciona de la siguiente manera:

1. Un periódico de papel publica algo que es mentira en primera página (en periódicos que ya nadie compra y que solo se leen, previamente seleccionadas y fotocopiadas las páginas que los gabinetes de prensa consideran de interés, en los despachos de los ministerios, grandes empresas e instituciones por el estilo).

2. Desde la madrugada esa portada se canta en las emisoras de radio y televisión, se elaboran noticias a partir de ella, se efectúan llamadas telefónicas para que alguien amplíe el asunto, se elaboran entrevistas… y hasta se puede llegar a promover encuestas.

3. Las tertulias de la mañana hacen girar sus temas principales de conversación en torno a ese titular, que adquiere dimensión trascendente por el hecho de existir, aunque sea una mentira rotunda. Por supuesto que no siempre esos titulares son mentira pero, aunque sean ciertos, en muchos casos se trata de pestiños infumables, sin interés alguno para las preocupaciones diarias del común de la ciudadanía.

4. Las redes sociales entran en juego, le dan aire al bulo y la mentira se reproduce por esporas.

5. Los redactores del periódico que ha soltado la mentira, y no solo ellos, convierten el bulo mañanero en preguntas, bien en las ruedas de prensa convocadas para la jornada o en cualquier canutazo a salto de mata. Obligan así a hablar sobre ello al compareciente, a quien más le vale mantener la compostura aunque lo que le planteen sea una monstruosidad, porque si se le ocurre perder mínimamente el control y soltar un exabrupto... ¡chollo!, será eso lo que  se convertirá en noticia, los diarios digitales se harán eco de inmediato, las redes lo multiplicarán y al día siguiente los periódicos de papel rematarán la faena.

¡Alé, hop!, la bola de nieve está servida, la canallada ya funciona con entidad propia, y si deciden continuar con el raca-raca, los políticos acabarán usándolo para atacar o defenderse en los tiras y aflojas de las sesiones de control parlamentario. También puede utilizarse, como suele hacer García Egea, para referirte a ello venga o no a cuento, cada vez que te preguntan algo que no te interese contestar.

Y ojalá la cosa quedara ahí pero no suele ser así porque, como bien sabemos, a veces hay algún policía o guardia civil que elabora informes con esos recortes, un fiscal que echa leña al fuego, un juez que lo admite... y ya tenemos la mentira inicial elevada a la categoría de noticia con todas las de la ley, nunca mejor dicho.

En este juego no deben caer la televisiones públicas, por mucho que la competencia lo haga. No hacerlo es el único camino por el que puede convertirse en un servicio público decoroso y, en consecuencia, en una televisión decente.

Si se hace así, las únicas víctimas colaterales serían los tramposos, los vendidos, los miedosos, los correveidiles, los trepas y los que no tienen ningún interés en que el periodismo recupere su importancia social, su prestigio y el respeto que merece el oficio. Son unos cuantos, como ven, pero no todos, claro que no. Ni mucho menos.

No hacerse eco de infamias y potenciar el trabajo de tantos buenos profesionales como hay en la televisión pública podría ser un buen comienzo.

J.T.

Difundido en Público

viernes, 31 de julio de 2020

Esto no ha hecho más que empezar

Cuando, a finales de febrero, escuché por primera vez a un cantante de ópera italiano ofrecer a sus vecinos un concierto improvisado desde el balcón de su casa me pareció hermoso, pero he de reconocer que también algo patético. Lo consideré el reconocimiento de una impotencia, de lo poca cosa que somos, y además lo veía lejos, me sentía sencillamente espectador de algo que ni por asomos se me ocurría pensar que, en breve, me iba a concernir de una manera directa. A los pocos días estábamos aquí también saliendo a los balcones, aplaudiendo a los sanitarios a las ocho de la tarde, cantando el “Resistiré”, encerrados y acojonados, muy acojonados.

Nuestra capacidad de asimilar lo que estaba ocurriendo, al menos la mía, iba por detrás de la velocidad a la que sucedían las cosas. Nos quedamos en casa, sí, pero pensamos que sería por unos días y punto. El tsunami nos arrollaba y las Fallas de Valencia seguían sin suspenderse del todo, en Sevilla el alcalde se resistía a renunciar a la Semana Santa y a la Feria, y los viernes por la tarde las salidas de las ciudades se llenaban de coches con familias empeñadas en pasar el fin de semana fuera.
Los sanfermines se celebrarían, seguro, hombre, ¿cómo iba a llegar la cosa a julio? Y las ferias de verano, y los conciertos, y el fútbol, claro, sin fútbol no se puede vivir, seguro que esto se arregla en cuatro días. Los cuatro días se han convertido en cuatro meses, casi cinco ya, y solo parece existir una cosa clara: nadie sabe cuánto va a durar esto.

El día en que se declaró el estado de alarma la cifra de contagiados diarios en España era de 1.231 y la de muertos, 30. Dos semanas después, el uno abril, los fallecidos en un solo día llegaron a 950. Fue entonces cuando empezamos a asumir que la cosa iría para largo, pero aún así el 21 de junio cuando, tras doblegar la dichosa “curva”, se acabaron las fases y finalizó el estado de alarma, salimos de estampida a llenar calles, plazas y playas como hacen los niños en los patios del colegio cuando llega la hora del recreo.

Sabemos que ahora, finales de julio-primeros de agosto, estamos viviendo un período de libertad condicional, que la regla de las tres “emes” (Mascarilla, dos Metros de distancia e higiene de Manos) hay que cumplirla sí o sí y que el riesgo no ha desaparecido ni mucho menos. Pero los rituales no se convierten en costumbre en dos días. Cuesta. Para sobrevivir sin neuras, quizás necesitamos creernos que existe menos peligro del que parece, que a nosotros no nos va a tocar. Hasta que nos toca.

Los grandes empresarios se resisten a asumir la evidencia, los pequeños comercios, los negocios de nivel medio aspiran a sobrevivir como sea, la economía peligra como nunca y no hay más remedio que buscar un equilibrio, difícil, que por un lado permita la actividad y por otro no suponga incrementar los riesgos. ¡Qué estrés, qué ansiedad, que desesperante!

¿Qué hacer? La irresponsabilidad de quienes se reúnen en grandes grupos y sin mascarilla hay que cortarla de raíz, es verdad, así como las fiestas nocturnas y tantas otras cosas de las que nos cuesta tanto prescindir porque hacerlo, en cierto modo, es como renunciar a estar vivo. De acuerdo, pero ¿acaso no es una irresponsabilidad seguir promoviendo la llegada de turistas cuando los focos y los rebrotes se cuentan ya en nuestro país por centenares? ¿No es descabellado poner la economía por delante de la salud, de la seguridad, de una cierta tranquilidad que nos permita aguantar sin histerias el tiempo que aún nos queda así?

Entiendo que eso es lo que quiso decir Fernando Simón el pasado lunes, por mucho que lo calificaran de declaraciones “políticas” y al final haya acabado pidiendo disculpas. Es una obviedad que si viene menos gente de Bélgica, o de Holanda, el virus contará con menos víctimas potenciales porque la movilidad, como está demostrado, es ya en sí misma un importante factor de riesgo.

Nos negamos a hacernos a la idea de que esto pueda continuar siendo tan grave, nos resistimos a aceptar que este enemigo invisible condicione de una manera tan seria nuestras vidas, nuestras costumbres y nuestro futuro sin que podamos predecir cuándo demonios acabará la pesadilla.

Es un sencillo orden de prioridades, como ha dejado escrito Rosa María Artal en “La bolsa o la vida”, su libro más reciente. Simón y mucha más gente, la mayoría, elegimos la vida, como es lógico. Los empresarios, los políticos que los apoyan y los yonkies del beneficio apuestan por la bolsa. Punto y seguido. Lo intuimos, pero nos resistimos a asumirlo: esto no ha hecho más que empezar.

J.T.
Difundido en Público

martes, 28 de julio de 2020

Almería: las torres gemelas del Toblerone


Sin duda debe tratarse de un despiste mío. No puede ser que en casi cuatro meses en Almería, la primera vez desde hace muchos años que, debido al confinamiento, me paso tanto tiempo en mi tierra de manera continuada, no haya visto en periódico alguno ninguna noticia, o foto, sobre ese desmán urbanístico que son las Torres Gemelas del Toblerone. Se me ha debido pasar, o no, porque ni su majestad Internet, ni siquiera San Google, me echan una mano para sacarme de dudas.

Como durante casi dos meses solo salí a la calle para comprar alimentos y medicinas no me di cuenta de la monstruosidad, pero cuando ya permitieron pasear un poquito y me di una vuelta por los alrededores de la vieja estación de ferrocarril no me podía creer lo que veían mis ojos justo detrás de la emblemática fachada de la Renfe.

Estaban construyendo, y continúan en ello, dos enormes edificios, dos gigantescas torres de catorce o quince pisos cada una que destrozan el entorno, prostituyen la poca estética que le quedaba a la zona y fijan para siempre esas dos moles de cemento en el lugar más insultante de los imaginables. Agresión que certifica, una vez más, la impunidad con la que se mueven los desaprensivos en esta ciudad sin remedio.

Cuando hace un par de años vi los primeros carteles de la promotora avisando que en esa zona se iban a construir un par de edificios, no tomé conciencia de la espantosa dimensión de la tragedia, entre otras razones porque ningún edificio de alrededor superaba las nueve plantas de altura, ni en Oliveros, ni en la Avenida de Cabo de Gata, y en los planos de promoción no se apreciaba bien. No se me ocurrió pensar que pudieran llegar a tener tanta cara dura.

Donde ahora se están construyendo esos dos engendros de quince plantas cada uno, había hasta hace unos años una especie de mole metálica color granate, cuyas formas recordaban las de los envoltorios del chocolate Toblerone. Con este nombre era como se conocía en la ciudad esa nave triangular construida en los tiempos en que trenes cargados de mineral llegaban hasta allí desde las explotaciones del interior de la provincia para que las vagonetas vaciaran su carga, tras regar convenientemente de polvo las casas de la Ciudad Jardín y el Zapillo, en enormes barcos con inmensas bodegas que esperaban atracados en el puerto.

Cuando finalizó la explotación minera, se empezó a pensar qué hacer con todo ese entorno. Han pasado muchos años y desde hace cuatro, la estación de ferrocarril está por fin en proceso de rehabilitación. Con una lentitud exasperante, pero ahí andan. A su lado, en lugar de apostar por un entorno sostenible se yerguen ahora, insultantes e inapelables, esas dos moles con las que sus promotores, y quienes lo hayan tolerado, decidieron arruinar el entorno para siempre.

El desmán salta a la vista e hiere claramente la sensibilidad de todos aquellos que aún alimentaban la esperanza de que, alguna vez en su historia, la estética tuviera una oportunidad en la ciudad de Almería. Las torres gemelas del Toblerone son una auténtica monstruosidad, pero lo que a mí me llama la atención es lo poco que se habla de ello. Como decía antes, la prensa calla, las radios no dicen ni mú, y una vez más, los carentes de prejuicios hacen con Almería lo que les da la gana. La torres del Toblerone son otro Algarrobico, otro Cortijo de los Genoveses, otro desastre como las tercermundistas conexiones ferroviarias que sufre la provincia, un agravio de difícil remedio dada, sobre todo, la escasa virulencia de las reclamaciones ciudadanas..

En mayo de 1998, apenas a doscientos metros de donde se construyen ahora esas torres infames, fue dinamitada sin piedad una construcción de nueve plantas demasiado cercana al puerto, conocida como la Torre Trino. Para demolerlo, se argumentó que ese edificio era una agresión al entorno, y no encajaba con el nuevo concepto urbanístico pensado para esa zona de la ciudad. Parecía un sueño y, en efecto, en eso quedó porque como podemos comprobar, pasados solo unos años, aquellas buenas intenciones son ya historia y olvido. ¿Cómo es posible?

Lo preguntas y encuentras el silencio por respuesta. En Almería siempre hubo miedo a hablar. Y eso, claro, ayuda a que los especuladores de toda la vida acaben haciendo lo que les da la gana sin que nadie se les enfrente ni diga hasta aquí hemos llegado. ¿Que la ciudad es fea? Que lo sea. Así viene menos gente. ¿Que está incomunicada por tren? Mejor, así tenemos menos moscardones. ¿El Algarrobico, el Cortijo de los Genoveses…? Tampoco será para tanto, hombre, anda, relájate. Y si continúas insistiendo, acaban mirándote como bicho raro, como una mosca cojonera a la que están deseando quitarse cuanto antes de encima. ¿Cuándo te vas?, acaban preguntándote.

J.T.

Publicado en Confidencial Andaluz

lunes, 27 de julio de 2020

El chico de los reproches


1. Reprocho al Gobierno que no confinara antes del 14 de marzo.

2. Reprocho al Gobierno que nos quite libertad con el Estado de Alerta y le hago responsable del parón de la economía.

3. Reclamo a Sánchez nuevo Estado de Alerta cuando descubro que la descentralización no funciona.

4. Reclamaré a Sánchez libertad si nos vuelve a confinar y le haré responsable del paro y del cierre de empresas.

Y así sucesivamente. ¡Pesao!


J.T.

En facebook y twitter, a fecha de hoy

Ayuso, ese peligro viviente


Isabel Díaz Ayuso es la reencarnación de Esperanza Aguirre, pero en burdo. Sin duda fue una buena alumna de la marquesa trilingüe, pero le falta el poso. Aguirre era pendenciera, descarada, mandona e implacable. Ayuso apunta maneras, pero para sacarse todo el partido a sí misma igual tendría que quitarse de encima a Miguel Ángel Rodríguez, un gurú amortizado cuyas técnicas de comunicación han quedado obsoletas. No creo que el amoral de Bannon le tenga en buena consideración.

Si Ayuso continúa de presidenta de la Comunidad de Madrid es porque la correlación de fuerzas en su partido, entre quienes se llevan las manos a la cabeza cada vez que habla y quienes se sienten identificados con sus salidas de pata de banco, de momento está a favor de estos últimos.

Ayuso produce vergüenza ajena. Si yo perteneciera al círculo de sus afectos hace tiempo que hubiera intentado aconsejarle: sé todo lo cabrona que quieras, le diría, borde, e incluso malvada pero por favor no seas ridícula, piensa bien lo que vas a soltar antes de abrir la boca que todo aquello que digas quedará grabado para siempre y cuando pase toda esta vorágine es posible que te arrepientas.

Pero ella sigue montada en el burro, jaleada por la cohorte de incondicionales que se divierte con sus astracanadas y, toda ufana, lo mismo te llora, que te insulta, que te miente, que te posa cual virgen dolorosa, con los brazos cruzados, vestida de negro y mirando al infinito al tiempo que contrata comida basura para los niños durante la pandemia y curas para los hospitales que, como todo el mundo sabe, es prioridad máxima.

Cada año que pasa con el Partido Popular al frente de la Autonomía madrileña, y van veinticinco, las cosas empeoran. Que la Comunidad todavía resista sin que se resientan los goznes solo puede ser debido a la enorme fortaleza del engranaje económico, político y social de Madrid. Se ha ido de mal en peor; de Gallardón a Esperanza, de Esperanza a Ignacio, a Cristina y ahora…. ¡madre del amor hermoso!

Claro que los socialistas tampoco pueden tirar cohetes. Nada que ver el binomio Leguina-Gallardón, por mucho que ambos hayan desmejorado terriblemente con el paso del tiempo. Cuesta trabajo entender la estrategia como líder de la oposición de este Gabilondo melifluo, que teniéndolo a huevo como lo tiene para hacer sangre solo con remangarse, ande pidiendo perdón cada vez que critica o propone algo.

No lo entiendo. No entiendo nada, y me desalienta imaginar las perspectivas de lo que le espera a la Comunidad. Desde la traición de Tamayo y Sáez, allá por el 2003, parece que pesa una maldición sobre Madrid que no hay manera de sacudirse. Los populares van haciendo fosfatina todo lo que tocan y no parece que la cosa vaya a mejorar a corto plazo. Los colegios, los hospitales, las instituciones en general, todas son un desastre, mal gestionadas, con indicios de corrupción en cada esquina y la privatización haciéndose carne, con el mayor descaro, cada vez que surge la menor oportunidad.

De Telemadrid, la televisión pública de la Comunidad mejor ni hablamos porque, en línea con sus hermanas autonómicas y con la televisión del Estado, es un verdadero coño de la Bernarda. Un director general intentando sobrevivir haciéndonos creer que está por encima de la presiones del gobierno regional, pero luego ves los informativos, la programación en general, y cada día que pasa se la cogen más con papel de fumar, no vaya a ser que algo de lo que cuenten, o como lo cuenten, pueda acabar soliviantando a la doña.

Los espectadores parecen importarles un pimiento: primero salvar su culo y hasta que un día nos levantemos, ya lo verán, y descubramos que la dirección se ha rendido a Ayuso con armas y bagajes, para que ella y sus allegados entren en las dependencias cual elefante en cacharrería y conviertan la tele pública, ya sin complejos, en el órgano oficial de propaganda que ya fue en los tiempos gloriosos de Aguirre.

“Mi mamá dice que tonto es el que dice tonterías”, comentaba Tom Hanks en Forrest Gump. En el caso de Ayuso, la cosa parece que funciona de otra manera: aunque diga tonterías, y a fe que dice muchas, puede que de tonta tenga menos de lo que pensamos. Y si es tonta, a fe que es una tonta peligrosa.

Es verdad que Casado tampoco es que sea un lumbreras, pero Casado no gobierna y ella sí. Y su manera de manejar el presupuesto, sus salidas de tono y sus despropósitos nos atañen, condicionan nuestras vidas y las pone seriamente en peligro. En esas estamos.

J.T.

Publicado en La Última Hora