domingo, 12 de julio de 2026

Los ultras nos quieren robar hasta el lenguaje



La prioridad nacional tiene que ser frenar el avance del fascismo. Tenemos que recuperar esta expresión. La prioridad nacional no puede ser el odio y el supremacismo. La prioridad nacional no puede ser volver al siglo XIX cuestionándole derechos al diferente por el mero hecho de serlo. Se nos están yendo de las manos muchas cosas, pero no nos pueden robar hasta el lenguaje. La prioridad nacional ha de ser avanzar en derechos, luchar contra la desigualdad, denunciar las injusticias. Esa es la verdadera prioridad nacional, este enunciado no se puede instalar en nuestro día a día como sinónimo de insidia y de enfrentamiento, que es lo que propugna la ultraderecha.


Nunca imaginé que en Andalucía se llegara a premiar el racismo y el machismo regalándole una cartera al representante de quienes defienden estas ideas. Andalucía, tierra pobre de largas luchas contra los señoritos y la miseria, semillero de votos de izquierdas que plantaban cara a quienes abusaban de los menesterosos, tiene sentado en el gobierno de la comunidad desde hace unos días a un representante de los defensores de usar el lanzallamas para impedir la llegada de menores no acompañados, dar preferencia a los ciudadanos de raza blanca a la hora de acceder a ayudas públicas como la vivienda o tratar como sospechosa a una persona sencillamente porque su color de piel sea diferente a la nuestra. 


Avanzan a pasos agigantados comiéndonos el terreno y la moral, y aquí no se mueve nadie. Parece como si no fuera con nosotros, da la impresión de que lo miramos como si se tratara de una película y que no acabamos de asumir que van en serio, que vienen a por nosotros. Y vienen en tromba porque nadie les replica, porque es la moda, porque los otrora moderados de derechas, es un decir, van también a tumba abierta en desesperada competición por ver quién la suelta más gorda, quién quiere acabar con más derechos, quién quiere humillar más a los desfavorecidos. Moreno Bonilla lo ha certificado colocando a su diestra, como vicepresidente andaluz, a un fascista de los del equipo de la motosierra. 


Lo de liquidar la sanidad y la educación públicas ha sido solo el aperitivo. Ahora van a por todas, con la demonización del inmigrante como bandera. Aplauden los agricultores de Huelva y Almería estas amenazas a los extranjeros que trabajan para ellos sin percatarse de que lo que está amenazada es su prosperidad. Han olvidado que provienen de familias pobres que hace solo unos años tenían que emigrar a Catalunya para salir de la miseria. A una Catalunya cuya reconocida tolerancia y respeto a la diversidad está también empezando a derramarse por el sumidero.


Premian en Catalunya a la ultra Silvia Orriols aupando así el supremacismo en las encuestas. La alcaldesa de Ripoll y líder de Aliança Catalana compite claramente con los fascistas de bandera española a ver cuál de las dos formaciones es más radical y quiere quitarle más derechos a la ciudadanía. Defienden los mismos objetivos, caña al inmigrante, al africano que amenaza nuestro bienestar, dicen. Le quieren poner puertas al campo y entre unos y otros suman ya más de la cuarta parte de la intención de voto en una tierra que siempre fue de acogida y que basó en esta manera de ser su prosperidad.


Andalucía y Catalunya en manos de quienes demonizan la inmigración, en esas estamos. Las dos comunidades que durante décadas decantaron la balanza de los resultados electorales contra la amenaza de las derechas en España abrazan ahora la intolerancia más radical. Los ultras catalanes ya superan a Junts sin que por ello decrezca excesivamente el apoyo del partido de Abascal en la autonomía. Tacita a tacita, Vox ha ido instalándose  en las instituciones sin disimular que lo que quiere es machacarlas. Lo ha hecho en Extremadura, Aragón y Castilla y León entre otras, pero en Andalucía el asunto es más grave. Porque estamos hablando de nueve millones de habitantes que, sumados a los ocho millones de catalanes, suponen el treinta y cinco por ciento de un censo que durante mucho tiempo, como decíamos, fue clave en los resultados electorales del Estado y que por lo general solía determinar quién se sentaba en la Moncloa.


No es de recibo proporcionarle carta de naturaleza al fascismo; en nombre de un espíritu dialogante y tolerante no se puede otorgar a sus postulados el mismo respeto que a las ideas democráticas. Usan la democracia para meterse en las instituciones y acabar con ellas. A los ultras que quieren liquidar el Estado de las autonomías se le ofrecen carteras para que así puedan hacer mejor su trabajo, ¿no es maravilloso? ¿Alguien entiende algo? ¿hasta dónde llegaremos con este disparate? ¿no hay nadie que diga basta? ¿de verdad vamos a continuar impasibles mientras comprobamos cómo lo van destruyendo todo? ¿dónde ha quedado nuestra capacidad de indignación?  La prioridad nacional tiene que ser defender la democracia. Usar esta expresión con otro objetivo es prostituirla, como intentan hacer también con la palabra "libertad". No podemos consentir que nos roben hasta el lenguaje.


J.T.


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