lunes, 19 de enero de 2026

José Ramón González Cabezas, otro buen periodista que perdemos

 


Fuimos compañeros los cinco años de carrera. Primera promoción de Periodismo como disciplina universitaria en la Autónoma de Barcelona, allá por el año 1971. Estudiar en aquella facultad fue un auténtico privilegio. Profesores como Vázquez Montalbán, Josep Maria Cadena, Josep Pernau, Anna Balletbó o Romà Gubern no los tiene uno todos los días. José Ramón González Cabezas y unos cuantos privilegiados más, cuarenta aproximadamente, sí tuvimos esa suerte. En aquellos últimos años del franquismo, donde Bellaterra fue muchos días una auténtica barricada, nos curtimos una generación de alumnos que compaginábamos los estudios con prácticas en los periódicos catalanes. 


Teníamos prisa por publicar crónicas, por contar historias y, apenas pudimos comenzar a hacerlo, Moncho entró en La Vanguardia, donde transcurrió la mayor parte de su vida profesional. Tuvo cargos de responsabilidad y fue corresponsal en París. Además de compañeros de curso, fuimos también vecinos en Sant Cugat y en ocasiones, aunque nuestros caminos profesionales acabaron separándose, me encargó algún que otro trabajo, cuando el periódico pagaba aún las colaboraciones por giro postal, que siempre publicó sin tocar una coma. Teníamos la misma escuela, me decía con cierta sorna, así que no se iba a poner a corregirme los textos. 


Demostraba confianza y la ejercía desde la complicidad y el desenfado que definían su carácter. Daba gusto hablar con él porque todo lo complicado parecía fácil cuando trabajabas a su lado. Así fue durante el tiempo en que cursamos nuestros estudios universitarios y así continuó siendo durante los muchos años en que nos ganamos la vida contándole a la gente las cosas que le pasan a la gente. "El periodismo, solía decir, consiste básicamente en descubrir y dar a conocer lo que el público tiene derecho a saber". Y que por lo general, añadiría yo, los poderosos no quieren que se sepa.


Me reconocía en él porque le gustaba el oficio tanto como a mí, y ambos éramos tan tolerantes con los despistes como inflexibles con la falta de profesionalidad. Tuvo un papel clave en la redacción de los primeros borradores del Código Deontológico del periodismo catalán, trabajó también en la Fundació Periodisme Plural y fue siempre ese colega al que se puede recurrir en momentos difíciles para verificar un dato o contextualizar un hecho con la seguridad de que te ayudará en todo lo que esté en su mano. De los que apenas hacen ruido pero no dejan de picar piedra. De los que gozan de una notoriedad pública discreta, pero son respetados y reconocidos en el oficio.


Su fallecimiento a los 75 años este pasado fin de semana nos ha dejado a muchos un poco más solos. El diario La Vanguardia le debe mucho, porque gracias a profesionales como él, a día de hoy es uno de los diarios españoles con mejor predicamento. Fue una suerte ser su compañero en la facultad y más tarde en el oficio. Buen viaje, amigo.


J.T.


No hay comentarios:

Publicar un comentario