sábado, 17 de enero de 2026

Corina Machado: Ni vergüenza, ni dignidad, ni amor propio



Solo le faltó fotografiarse de rodillas. María Corina Machado, líder opositora venezolana y ganadora del reciente Premio Nobel de la Paz, viajó a la Casa Blanca para reunirse con Donald Trump y ofrecerle a este su propia medalla como señal de gratitud por su “apoyo”. Un apoyo que hasta ahora ha consistido en humillarla públicamente cada vez que ha hablado de ella y en recibirla a hurtadillas, casi por la puerta de servicio. Ni vergüenza, ni dignidad, ni amor propio. Ella sabrá.


El presidente estadounidense aceptó la medalla, la exhibió con orgullo y, al mismo tiempo, dejó claro que no hay vuelta atrás. Por el momento la persona que prefiere para estar al frente de Venezuela se llama Delcy Rodríguez, una chavista de toda la vida que representa ante su pueblo todo lo contrario que Corina. Hay quien podría argumentar que Machado actuó desde la gratitud hacia quien decidió la caída de Nicolás Maduro. Es cierto además que la dinámica geopolítica y los juegos de poder entre Estados Unidos y Venezuela son complejos y frágiles. Pero el gesto de ofrecer la medalla implica confundir el agradecimiento con la sumisión. El Comité del Nobel ha dejado claro que el galardón es intransferible y que lo que ha hecho Machado, además de perder su propia dignidad en un gesto inútil a efectos prácticos y legales, supone toda una desconsideración para con la decisión del jurado.


El propio Trump, que recibió la medalla casi con desdén y se fotografió junto a la ganadora y al galardón enmarcado exhibiendo su forzada y repelente sonrisa, no ocultó su indiferencia. Esta repugnante escena refleja en parte una tendencia más amplia en la política global de hoy en día, la que lleva a la descomposición de cualquier noción de ética pública cuando enfrente nos encontramos calculadores fríos que solo trabajan por su beneficio personal o partidista. Se trata de un tipo de conducta que resulta dañino para la salud de la democracia porque termina confundiendo a la ciudadanía al convertir la política en un espectáculo detestable donde los líderes son capaces de vender a su propia madre si con eso creen que algún día pueden llegar a obtener algún tipo de beneficio.


El riesgo es que las nuevas generaciones confirmen definitivamente sus sospechas de que la política es intrínsecamente rastrera, que la dignidad no importa y que cualquier medio justifica cualquier fin. Vamos, si no estamos ya instalados en ella, hacia una distopía democrática donde la lealtad política acabará midiéndose solo en gestos groseros y actos grandilocuentes de sumisión. Por este camino, toda iniciativa que defienda valores universales como la justicia, la igualdad o la libertad acabará siendo ignorada cuando no directamente combatida. Esto es lo que hay.


J.T.

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