miércoles, 7 de enero de 2026

El PP de Feijóo, entre el desconcierto y el ridículo

Núñez Feijóo y el PP andan estos días como pollo sin cabeza a la hora de adoptar posiciones sobre lo que ocurre en Venezuela. Intentan equilibrar un discurso nacional que ya no da más de sí con una realidad internacional que les viene grande. Resulta tragicómico observar las contorsiones de Génova tras años utilizando el drama venezolano como arma arrojadiza doméstica. Ahora, tras el secuestro de Nicolás Maduro por parte de Donald Trump, parece claro que no saben hacia dónde tirar. Reclaman una "transición democrática", pero sin dejar de mirar de reojo hacia la Casa Blanca. 


No saben los populares a quién criticar, no saben a quién rendir pleitesía, no saben cómo no molestar al emperador del pelo naranja, ¿acabarán humillándose ante él como Corina Machado? Harían más el ridículo de lo que ya lo están haciendo, porque el hombre de Trump en España es Santiago Abascal, en quien tiene puestas todas sus complacencias porque Feijóo para él ni existe. Me extraña que en el PP, aunque su todavía líder no se entere, no tengan eso claro a estas alturas de la película. Trump no quiere ni en pintura a Pedro Sánchez, pero a Feijóo menos. Y tanto en nuestro país como en el resto de Europa, desde el despacho oval se está trabajando para que la ultraderecha crezca en nuestro continente hasta acabar siendo hegemónica.


Por eso había que estar ayer en París, que fue lo que hizo el presidente español, en la Coalición de Voluntarios por Ucrania, fijando garantías de seguridad cruciales y cerrando filas contra las ambiciones de Trump sobre Groenlandia, pero el PP prefirió una vez más mirar el dedo y no la luna. Para Feijóo y sus portavoces, lo relevante no era que España estuviera formando parte de la mesa donde se diseña la seguridad del continente, sino que Sánchez no hiciera acto de presencia en la Pascua Militar con el Rey. 


En las filas de la derecha saben que están representados por un líder que cada vez que habla la pifia, pero no ponen remedio a su ridícula estrategia, basada en que no importa mentir ni soltar tonterías, dado que de lo que se trata es de llevar la iniciativa en la comunicación, como le dijo a Mazón la trágica noche de la Dana. Todo lo basan en que si eres tú quien hablas primero, el adversario se verá obligado a contestar a lo que le digas antes que a acusarte de incompetencia. Feijóo y sus acólitos parecen preferir el ridículo ante el mundo antes que reconocer algún logro ajeno. Mientras tanto en Vox, calladitos, se frotan las manos. 


Cuesta entender que el PP prefiera embarrar el terreno con polémicas menores antes que fijar una posición clara sobre Venezuela, Trump o el nuevo equilibrio europeo. Claro que fijar posición implica riesgos, y asumir riesgos exige convicciones. Y esas convicciones, hoy por hoy, brillan por su ausencia. El PP no sabe si quiere ser un partido que aspire a gobernar España en un mundo convulso o una fuerza que se limite a sobrevivir electoralmente entre el miedo a Vox o la tentación de copiarlo.


Mientras Trump avanza, aquí los populares, atrapados en su distópico laberinto, corren el riesgo de quedarse en tierra de nadie. Demasiado moderados para entusiasmar al trumpismo, demasiado inconsistentes para resultar creíbles como alternativa de gobierno. Quizá ese sea el mayor peligro para Feijóo, no que Trump lo desprecie, sino que ni siquiera lo tenga en cuenta.


J.T.



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