lunes, 28 de septiembre de 2020

La deslealtad de Madrid

La deslealtad de Díaz Ayuso y sus secuaces con el Gobierno de coalición es un capítulo más en la operación de acoso y derribo iniciada contra Sánchez y sus ministros ya el mismo día de la toma de posesión, allá por el mes de enero. En el Partido Popular no renuncian a buscar huecos por donde continuar con el raca-raca porque aún deben andar convencidos que pueden conseguir su objetivo. No dan con la tecla y cada vez les quedan menos flancos, menos argumentos y menos conejos en la chistera.

Encanallaron el parlamento y el ambiente ciudadano hasta conseguir meternos el miedo en el cuerpo durante los primeros meses de pandemia, pero nada les valió para conseguir tumbar el gobierno, única aspiración de quienes no se resignan a chupar banquillo y utilizan a la presidenta de la Comunidad de Madrid como una de las últimas balas que les deben quedar en la recámara. Hasta ahora siempre les ha salido el tiro por la culata pero ahí continúan, inasequibles al desaliento. 

Las encuestas les siguen siendo desfavorables y a Casado su estrategia gamberra apenas le ha venido a sumar unos votos más según los sondeos, votos que le quita a una ultraderecha cuya presencia en los medios, Televisión Española incluida, se encuentra muy por encima de la que se le otorga a los fascistas en cualquier otro país europeo. 

La situación de Catalunya tampoco parece que de momento vaya a perjudicar mucho las expectativas de supervivencia del Gobierno de coalición, mientras que las de PP, Ciudadanos y Vox quedan por los suelos. Ni los postulados de la derecha, ni los que defienden los radicales de Vox, calan ni calarán nunca en zonas de España que nada tienen que ver, por ejemplo, con Madrid, Toledo o Valladolid. 

El país que tendremos en el futuro se está inventando a medida que van creciendo los hijos y nietos de quienes aún no tenían edad de votar cuando se convocó el referéndum de la Constitución en 1978. Son ya muchos los jóvenes, y no tan jóvenes, a quienes les suena a chino buena parte de los temas con los que la derecha continúa empeñada en hacer oposición. 

Los mantras fascistas son un rebrote que acabará diluyéndose en la medida en que este Gobierno de coalición se consolide. Recurrir a ETA a estas alturas para desvirtuar los acuerdos a los que se llega en el Congreso con algunos diputados vascos es un desfase, es situarse a años luz de las preocupaciones de la calle. Sería bueno no demorar la aprobación de los Presupuestos, para hacer perder toda esperanza a quienes todavía trabajan para impedir la continuidad del Ejecutivo. 

Gestionar las nuevas cuentas facilitará el trabajo del Gobierno y dotará de mayor eficacia las políticas sociales, fiscales y laborales que se podrán poner en marcha. Tales actuaciones mejorarán la vida de la gente y eso es lo que teme la derecha. Por eso se agarran a la pandemia como tabla de salvación, sin tener demasiado en cuenta que ese tozudo enconamiento puede que acabe costando miles de vidas. 

Entre las soluciones más urgentes para acabar con los desatinos madrileños no puede estar aplicar en la región nada que se la parezca al artículo 155 de la Constitución. Por mucho que Ayuso y su esperpéntico séquito, con el silencio cómplice de Casado, parezcan estar pidiéndolo a gritos. Los Presupuestos son la clave. Sería bueno aprobarlos cuanto antes. 

J.T.

Publicado en "La Última Hora"

sábado, 26 de septiembre de 2020

El lobby periodístico madrileño

Al lobby periodístico madrileño le ocurre lo mismo que a Díaz Ayuso, que andan por la vida convencidos de que ellos y solamente ellos son en sí mismos España entera (“Madrid es España dentro de España. ¿Qué es Madrid si no es España?”) En los círculos periodísticos madrileños llevan haciéndose favores los unos a los otros desde que, a finales del siglo XVII, salió a la calle el primer número de La Gaceta de Madrid.

Los periodistas que se mueven por los cenáculos políticos, sociales y económicos de la capital tienen desde entonces una característica común: la mayoría no son de Madrid, pero entre todos han conseguido que la vida del país entero gire en torno a lo que sucede en la Puerta del Sol. Y así seguimos a día de hoy. O así parece que quieren que sigamos.

Los cuarenta años de dictadura contribuyeron a consolidar estas prácticas transportando la doctrina oficial por las carreteras radiales desde el kilómetro cero hasta el último rincón del país. Los quioscos de La Coruña, los de Barcelona, Bilbao, Sevilla o Las Palmas (aquí, claro está, llegaban en avión), ofrecían todos el mismo producto, los mismos periódicos madrileños a los que, salvo escasas excepciones, se sumaba un diario local que pertenecía a la llamada Prensa del Movimiento. Rotativo local que se confeccionaba con los teletipos remitidos por Efe, Cifra o Pyresa, agencias madrileñas controladas por el franquismo. Las portadas de los periódicos “de provincias” hablaban más de la guerra del Vietnam o de las sesiones de la ONU que de la información de la zona, donde solían ceñirse a las audiencias que concedía el gobernador civil, los sucesos, deportes, esquelas, cartelera de cine... y la lista con las farmacias de guardia.

En radio solo se podía escuchar lo que decidía Madrid, que centralizaba su información para todo el país a través de los diarios hablados de Radio Nacional de España, de conexión obligada. Cuando nació la televisión, contaban lo que ocurría en la calle Alcalá o en Gran Vía sin molestarse en precisar jamás que estaban hablando de Madrid. ¿Para qué, quién osaba dudarlo?

Poco después de la muerte de Franco, la casta periodística que se había ganado la vida durante cuarenta años gestionando esta manera de hacer circular la información, veteranos con bigote fascista, purito después de comer y petaca de whisky en el bolsillo del chaleco, fue sustituida por una variada remesa de aguerridos jovenzuelos con ganas de comerse el mundo en aquella época de transiciones y componendas varias. Las calvas fascistas fueron sustituidas por barbudos treintañeros que extraían sus informaciones de sabrosas confraternizaciones con gentes también jóvenes que a su vez acababan de llegar al mundo de la política, las finanzas y las conspiraciones.

En aquellos compadreos hemos de buscar la génesis de la situación que vivimos ahora. Se recuperó la libertad de prensa, nacieron periódicos y revistas audaces con temas inéditos para la letra impresa, disfrutábamos titulares llamativos, el monopolio de Radio Nacional sobre la información pasó a mejor vida, y hasta en Tve se abrieron algo las ventanas. Una sola cosa continuó como siempre: el ombligo de España entera seguía siendo Madrid.

Con el paso del tiempo, aquellos periodistas de los primeros años de democracia se acabaron creyendo más protagonistas que testigos de la evolución que estaba experimentando el país. Algunos responsables de medios influyentes empezaron a perder la perspectiva, se olvidaron de su verdadera función y les dio por jugar a intentar cambiar gobiernos. Los medios madrileños empezaron a perder credibilidad y ventas, y las tiradas iban disminuyendo a medida que crecía la indignación de los ciudadanos “de provincias”, hartos ya de verse obligados a desayunar cada mañana con las conspiraciones y contubernios de Madrid.

Contra lo que hubiera cabido imaginar, la instauración de las autonomías no solo no acabó con el centralismo informativo sino que en cierta manera puede que hasta lo reforzara. La mayoría de las televisiones autonómicas tienen muy poca fuerza frente a la invasión por tierra, mar y aire de las cadenas generalistas que emiten desde Madrid, ya sean públicas o privadas.

Ni siquiera Tve sabe aprovechar el enorme patrimonio que supone contar con un centro territorial en cada autonomía y Madrid continúa siendo el ángulo, el foco, el filtro por el que no queda mas remedio que pasar. Sede de las principales instituciones del Estado, no hay manera de sacudirse las informaciones sesgadas e interesadas que nacen a diario de tanto pasillo infestado de periodistas mal pagados, la mayoría bajo las órdenes de viejos lobos de mar aún al mando de naves incluso digitales, periodistas de hace cuarenta años convertidos ahora en manipuladores sin escrúpulos que no tienen ni idea ya de lo que es la España real de hoy.

Esa España real es la que refleja el grupo de partidos que hizo posible el actual Gobierno de coalición, una España que se abre paso a codazos entre las limitaciones de la Ley D´Hont y la resistencia de los poderes de siempre a que las cosas, como dejó claro la voluntad de la mayoría, dejen de ser como hasta ahora han sido.

La única España real, la España real verdadera, es la que aglutina sensibilidades, la que desde la búsqueda de los derechos y la igualdad quiere sumar y no excluir. El bloque que apoyó al gobierno de coalición refleja la España libre, plural y diversa que defiende la mayoría, una España que nada tiene que ver con quienes se empeñan en patrimonializar de manera excluyente una bandera que es de todos, con quienes se llenan la boca de términos como Dios, Patria y Rey para defender sus privilegios sin más poso ideológico que el odio y la confrontación.

Pero ya la España real poco tiene que ver con todo eso, por mucho que nostálgicos desubicados se empeñen en madrileñizar y encanallar la información usando para ello a jóvenes, y no tan jóvenes, mercenarios sin escrúpulos dispuestos a venderse por un mísero plato de lentejas.

J.T.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Pero… ¿en manos de quién estamos?


Es difícil no sentir miedo cuando, ante una situación que amenaza de manera indefinida nuestra salud y nuestras vidas, sigue sin haber respuestas ni explicaciones que proporcionen un mínimo de tranquilidad. O peor, cuando la manera de responder de quienes tienen en sus manos buscar soluciones no nos convence en absoluto porque sus respuestas son oscuras, balbuceantes, ambiguas…

Necesitamos certezas y nos sirven bochornosas puestas en escena; buscamos datos y orientaciones que nos serenen y nos anuncian, rodeados de banderas, que han decidido constituir una comisión. ¡¡Una comisión, socorro!! Una comisión, el manido recurso del que siempre se echa mano cuando no se sabe qué demonios hacer.

¿Cómo no vamos a estar acojonados? Hasta ayer negaban que nos encontráramos en una segunda ola de la pandemia y hoy ya lo admiten sin tapujos. “Vienen tiempos duros, tenemos por delante semanas complicadas y difíciles, mejor quedarse en casa…” ¡Ea!. Ya estamos instalados en el día de la marmota. ¿De qué ha valido todo lo que llevamos pasado? ¿De qué ha valido que hayamos sido disciplinados y cuidadosos? No, no vale agarrarse al comporamiento de cuatro descerebrados que se pasan las normas por el forro. La mayoría nos hemos comportado, y continuamos comportándonos, como nos han dicho que teníamos que hacerlo. Entonces, ¿qué está pasando? ¿qué puñetas estamos, o más bien están, haciendo mal?

Tras los seis meses de ansiedad e incertidumbre que llevamos vividos, ha llegado el momento de no pasar ni una más a quienes gestionan nuestro destino. Tenemos derecho a sentir miedo no solo por estar a merced de un enemigo invisible sino por estar también en manos de quienes estamos. A estas alturas no puede ser ya cuestión de colores políticos, sino de decencia y competencia por parte de quienes tienen la capacidad de administrar los recursos económicos, técnicos y humanos con los que cuentan. Y que no nos vengan con más milongas. Esos recursos son muchos y van a ser muchos más. Así que no hay razón para disculparles que no espabilen de una vez.

Nos están vacilando sin escrúpulos. Unos y otros, y si no es así, no hacen nada para que no lo parezca. En lugar de remangarse desde el minuto uno con las prioridades básicas claras, se han dedicado durante meses a echarse los muertos en cara los unos a los otros y a entretenerse en nimiedades al lado de la que nos estaba cayendo encima.

Quienes desde marzo hemos necesitado acudir al médico por otras razones al margen de la pandemia lo hemos hecho con el miedo en el cuerpo, o sencillamente hemos postergado ese momento también por miedo. O nos han anulado las citas programadas.

Sí, tenemos miedo y razones para sentirlo. Yo lo noto en el supermercado, en las colas que hay que guardar cuando he tenido que ir a Correos, a la papelería a comprar el periódico o a la farmacia. Besamos y abrazamos a nuestros seres queridos con miedo. O, ante la duda, prescindimos de hacerlo confiando en que no tarde mucho en pasar esta pesadilla. Por miedo nos hemos convertido también, en cierta manera, en policías los unos de los otros, lo que inevitablemente desemboca en que nos acabamos ocultando información para evitar rechazos, regañinas o desconfianzas que no te apetece sentir. Paranoia, histeria, miedo en definitiva, claro que sí.

No ayudan nada los periódicos, las radios y las teles, empachándonos de información que por una lado no somos capaces de digerir y por otro nos asusta aún más cuando comprobamos cómo nos mienten en la cara sin pudor. O peor, cuando en casos como los de Trump o Bolsonaro, los vemos instalados en su intolerable grosería, empeñados en continuar negando la evidencia mientras se les sigue muriendo la gente a granel.

Tampoco tranquiliza mucho atender las explicaciones de científicos y epidemiólogos. Escuchas sus hipótesis, sus instrucciones, sus argumentos y lo único que acabas sacando en claro es que no tienen ni idea de nada, que andan más perdidos que tú mismo y que más te vale acomodarte a este estado de indefinición y provisionalidad que nos ha tocado vivir.

Y no puedes evitar asustarte seriamente, por mucho que sepas de sobra que el miedo beneficia a los poderosos, que lo vienen usando a favor de sus intereses desde el principio de los tiempos: el miedo a lo desconocido, a la enfermedad, a la muerte, al infierno… Y mire usted por dónde, quienes tienen que dar con la tecla para acabar con esta maldita pandemia, son los mismos a quienes beneficia nuestro miedo, ¿no es maravilloso?

J.T.

martes, 15 de septiembre de 2020

M. Rajoy, "ese señor del que usted me habla"

M. Rajoy puso de moda en su momento el término chisgarabís cuya definición, según el diccionario, es “persona informal, entrometida o de poco juicio”. Chisgarabís es sinónimo de chiquilicuatre, “persona frecuentemente joven, algo arrogante y de escasa sensatez”, según la RAE.

Tales calificativos, a día de hoy, parecen hechos a medida para aplicárselos al todavía líder del Partido Popular. La escasa altura parlamentaria de Pablo Casado, su zafia manera de hacer oposición, impide que los adversarios políticos le puedan replicar sin correr el riesgo de ponerse a su nivel. Ha perdido seis meses preciosos, oportunidad única para ejercer una oposición constructiva y útil y ahora, cuando salta esa especie de Watergate en el que Jorge Fernández Díaz y Cospedal aparecen presuntamente implicados, le pilla desfondado. Ni más ni menos que el antiguo y piadoso ministro del Interior y Dolores de Cospedal, el hada madrina a quien debe la presidencia del partido ¡Menuda faena!

Para echar una mano, Marhuenda navega como puede haciendo malabarismos con las informaciones de La Razón; ABC y El Mundo quedan a diario en evidencia y los submarinos que el PP dejó en los informativos de Televisión Española, que ahí siguen los chicos todo aplicados, se las ven y se las desean para que tamaño torpedo salpique lo menos posible a Casado y su florido equipo de lechuguinos.

Los tertulianos apenas consiguen contrapesar el desconcierto reinante en la sede de Génova 13, estos días con los pasillos llenos de zombies y de rumores sobre su posible venta, y se limitan a echar mano de frases de manual: “Puede que acabe en nada, solo en pena de telediario”. En pena de telediario, hace falta ser cínicos, ¡tendrán queja del guante blanco con el que vienen siendo tratados desde hace veinticinco meses!

Muy mal deben andar las cosas en el PP para que Francisco Martínez, el otrora Secretario de Estado de Interior, se atreva ahora a recuperar la memoria, dar pelos y señales del operativo de espionaje montado en su día en torno a Luis Bárcenas y anunciar a los cuatro vientos en primera página de periódico dominical que piensa contarle al juez todo lo que sabe, todo lo que en su día ejecutó y calló por “lealtad” a Fernández Díaz y a M. Rajoy.

¿Está débil el PP? En aquellas instituciones donde conserva el poder, sean autonomías o ayuntamientos, ya empieza a pasarles factura el despropósito que supuso aceptar la condiciones de la ultraderecha para sentarse en la poltrona. En Ciudadanos, esa formación naranja, inodora e insípida, están jugando una vez más a demasiadas bandas. ¿Acabará habiendo mociones de censura?

¡Qué arte tienen todos para ir dejándose tirados los unos a los otros! Viene de lejos, porque en los tiempos en que salió a flote el oscuro asunto de los GAL, ya alguien acabó dejando tirado a alguien. En el caso Kitchen, nuestro particular Watergate cañí, ¿dejó tirado Fernández Díaz a Francisco Martínez? ¿Hizo o hará lo propio M. Rajoy con Fernández Díaz? ¿Dejará tirado ahora Casado a M. Rajoy? “Caerá quien tenga que caer”, ha asegurado este lunes. Proveámonos de palomitas.

A M. Rajoy en esta ocasión, llamar “chisgarabís” a su sucesor seguro que le sabe a demasiado poco. Lo que son las cosas, ahora es él quien se ha convertido en “ese señor del que usted me habla”.

J.T.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Verano obsceno

La fuga de Juan Carlos de Borbón ha sido la madre de todas las obscenidades que nos ha tocado soportar durante este verano que por fin despedimos. Si la primavera nos sumió en la histeria y el desconcierto, el verano ha sido desmadre y obscenidad.

Agosto de 2020 pasará a la historia como la fecha en que quedó al descubierto el verdadero talante de quien durante casi cuarenta años fue Jefe del Estado español y Capitán General de los Ejércitos. Cada vez que me viene a la memoria alguna frase de sus discursos, en especial las de sus sermones navideños, no puedo dejar de preguntarme cómo el ahora huido a Abu Dhabi fue capaz de tener el cuajo preceptivo para engañar a tantos durante tanto tiempo.

Nos ha tomado el pelo el autodesterrado y nos lo han tomado los antiguos ministros y demás cargos públicos que firmaron una carta apoyándolo; también los medios de comunicación engañando y manipulando como si no hubiera un mañana… Obscenidad en los tejemanejes judiciales, en la putrefacta fetidez que va a saliendo a flote de las cloacas policiales, en la declaración de Martín Villa ante una juez argentina y en las cartas de apoyo, ha sido el verano de las cartas de apoyo, que los expresidentes del gobierno español aún vivos  le dedicaron; obscenidad en el pábulo concedido a las acusaciones contra Podemos de un tal Calvente, que este mismo acabó calificando de “rumorología”…

Una vez dicho esto, si hubiera que buscar un sinónimo de obscenidad, ese sería “Partido Popular”. Su filibusterismo produce vergüenza ajena. Las cloacas no solo las usaron cuando estaban en el poder para espiar a partidos políticos adversarios, sino también para buscarse la ruina entre ellos mismos, los unos contra los otros. Yo era diputado por Ávila, a mí que me registren, argumenta el todavía primer espada; yo no soy ya un personaje público, declara su antecesor…

Qué feo asunto, ¿no les parece? Son mezquindades que durante el verano que ahora acaba han coexistido con una pandemia de duración indefinida y con el vergonzoso y preocupante espectáculo que nuestros representantes políticos brindan al respetable cada vez que se reúnen en sesión parlamentaria. La pandemia nos tiene a todos de los nervios, y a ellos tirándose los trastos a la cabeza entre partidos, entre comunidades autónomas, entre ayuntamientos… ¡Qué obscenidad!

En el horizonte, casi todo por resolver: ley mordaza, reforma laboral, percepción del Ingreso Mínimo Vital, los Presupuestos Generales y qué criterio emplear para adjudicar las ayudas europeas; la reforma de los órganos de gobierno del Poder Judicial, del Tribunal de Cuentas o de Televisión Española, cuya situación de “provisionalidad” mantiene en el cargo a su Administradora Única desde hace más de veinticinco meses… Obscenidad. Y de la desconsideración de los socialistas con su socio de gobierno en asuntos de calado, como la fuga de Borbón o la fusión Caixabank-Bankia, ¿qué me dicen?

Mientras todo esto va pasando, al ciudadano de a pie le cuesta cada vez más trabajo organizar su vida porque no sabe qué puede ser de ella a medio plazo. Teme por su salud y le preocupa que cada día que pasa acabe resultándole más difícil llegar a fin de mes si el extraño momento que vivimos se prolonga durante demasiado tiempo.

No solo los políticos, también televisiones, periódicos y radiopredicadores, se empeñan en otorgarle más bombo a la defenestración de una tal Cayetana o a los rifirrafes parlamentarios que al mundo real. Otra obscenidad más, como la tediosa lentitud con que se mueve la justicia y las controvertidas actuaciones de algunos de sus titulares. Digo obscenidad por no decir pornografía, que quizá sea un término que lo defina mejor.

De las obscenidades en el mundo del fútbol, Liga por aquí, Federación por allá, Messi se va, Messi se queda… de todo eso, que tan entretenidos nos ha tenido también este verano, mejor hablamos otro día si les parece.

J.T.

martes, 25 de agosto de 2020

Vargas Llosa ❤️ Cayetana

No por previsible deja de ser menos lamentable. El amor que este domingo profesaba Mario Vargas Llosa a Cayetana Álvarez de Toledo en su columna de El País (“pocas personas hay mejor preparadas intelectualmente que Cayetana… convencida de que en la política pacífica y tolerante de la democracia y el liberalismo todo se puede cambiar”, palabras textuales) cierra un círculo que evidencia cómo han cambiado las cosas en este país antes fresco y optimista que, en los últimos tiempos, se ha tornado espeso, tenso e incierto, con canallas que mienten sin pudor de tele en tele y venerables nostálgicos que conspiran en las trastiendas negándose a reconocer que la vida aquí es ya otra cosa y España anda inmersa en un innegociable cambio de ciclo donde los dinosaurios tienen menos cabida cada día que pasa.

Cayetana, criada a los pechos de José María Aznar y Pedro Jota Ramírez, es ahora ensalzada por un reconocido colaborador de Prisa, adscrito al objetivo de este grupo editorial de acabar como sea con el Gobierno de coalición, un octogenario alineado con lo más granado de una generación que se resiste al paso del tiempo y está echando a perder así, en el otoño de sus vidas, trayectorias de éxito a las que una retirada oportuna les hubiera valido en su momento pasar a la historia con letras de oro.

Vargas Llosa viene a engrosar la lista de insignes veteranos con nutridas biografías cuyo antiguo prestigio y reconocimiento ellos mismos parecen empeñados en dinamitar. El peruano-español (84) es de la generación de Juan Carlos El Fugado (82) y de Alfonso Guerra (80). El “presunto” corrupto Jordi Pujol tiene 90 y Felipe González 78, edad esta en la que se mueven la mayoría de los barones socialistas que hace cuatro décadas se hicieron los amos de este país mientras “Varguitas”, como él mismo se autodenomina en La tía Julia y el escribidor, publicaba novelas con las que acumulaba méritos para el premio Cervantes de 1994 y el Nobel de 2010, parte ambos de una larga lista de merecidos reconocimientos literarios.

Antes de apoyar públicamente a Ciudadanos, Vargas Llosa ya había dado muestras de poseer cierta tendencia a perder la perspectiva por ejemplo cuando, tras el éxito mundial de excelentes novelas como La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral, La Casa Verde o La Guerra del fin del mundo, quiso ser presidente de Perú en 1990 y fue estrepitosamente humillado por un adversario de origen japonés llamado Alberto Fujimori. Tras el histórico varapalo, zapatero a tus zapatos, el derrotado candidato continuó escribiendo como los ángeles y quienes lo admirábamos nos preguntábamos cómo era posible ser tan buen narrador por un lado y tan complicado como ser humano por otro.

De Cayetana le separan a Vargas Llosa más años que ideas, a juzgar por el análisis que el Nobel hacía este domingo en El País de la recién defenestrada portavoz del Partido Popular. Prisa, González, Vargas Llosa, Cayetana, se mire como se mire, conforman un peligroso cóctel que, a mí personalmente, me da mucho miedo ya que resulta difícil adivinar cómo, cuándo y dónde puede llegar a explotar. Porque explotar, explotará.

El domingo 16 de abril mi antiguo compañero Javier Casqueiro, que no da puntada sin hilo, le hizo a la marquesa de Casa Fuerte una entrevista en El País que transmitía el aire de una despedida en toda regla. O provocó a Casado con las cosas que dijo ahí, o ya sabía ella que estaba sentenciada y ofreció un anticipo de la sonada rueda de prensa que convocaría a las pocas horas de ser fulminada.

Este domingo le ha tocado arroparla a Vargas Llosa. Seguro que el escritor, lector también de conocida voracidad, le ha dedicado tiempo y atención a la tesis doctoral de Cayetana, dirigida ni más ni menos que por sir John Elliot en Oxford. Se trata de un sesudo trabajo de más de 400 páginas publicado en 2004 en el que se estudia a conciencia la figura de Juan de Palafox, ambicioso obispo del siglo XVII nacido en Fitero, Navarra. Llegó a ser virrey en Nueva España pero su afición a pensar por libre propició la desconfianza del monarca español de entonces y de su valido, quienes no dudaron en destituirlo obligándolo a regresar para que terminara sus días alejado del mundanal ruido en el obispado de Osma, provincia de Soria, donde murió con 59 años.

¿Premonitorio? Sea como sea, el caso es que los elogios de Vargas Llosa a Cayetana este domingo en El País (“lo que ha hecho en España esta joven admirable ha sido una pequeña revolución, que, al menos yo -afirma V. Llosa en su artículo-, creo de largo alcance”) pudieran ser el definitivo abrazo del oso que la acabe mandando al ostracismo. Claro que como es tenaz y le sobran recursos y padrinos, puede que no caiga esa breva y Cayetana continúe dando la vara arropada ahora, entre otros, por esa colección de dinosaurios que se mueven en torno al grupo Prisa y que está envejeciendo fatal.

J.T.

domingo, 23 de agosto de 2020

Siempre les quedará Abu Dabi

Si por cada portada de periódico en la que, desde hace seis años largos, se vienen lanzando infundios contra Podemos pagaran solo un euro, igual muchos habríamos podido cancelar nuestras hipotecas hace ya tiempo. Sería bonito que alguien dispusiera de horas y ganas para hacer esa recopilación.

Han pasado 2.410 días desde que Podemos nació, 2.410 días de gota malaya en prensa, radio y televisión, intentando instalar en el imaginario común, sin conceder descanso alguno, un tono hostil contra cualquier persona o cosa que suene o rodee a esa formación política; 2.410 días empeñados en propagar que ella es la responsable de todos nuestros males, que la componen especímenes peligrosos dispuestos a acabar con nuestra paz y tranquilidad. Moscas cojoneras a las que hay que quitar de en medio como sea.

Salen a infundio diario. O más. Esa es la media ponderada. No sé si alguien de ustedes recuerda una cacería similar desde que este país recuperó a trompicones los hábitos democráticos. Los seis años de vida de Podemos son la historia de la persecución sin cuartel contra una formación que trajo a la política de nuestro país ideas y convicciones que no tardaron en germinar en buena parte de la ciudadanía.

No, señores, no era verdad que hubiera que resignarse al poder sin límites de los bancos, no era verdad que solo dos partidos pudieran llegar al Gobierno para ir relevándose el uno al otro por los siglos de los siglos, no era verdad que todo lo que rodeara a la institución monárquica hubiera de permanecer intocable para siempre, inmune… “inviolable”, que manda narices también con el término.

Pesos pesados de las dos principales formaciones políticas, como Rubalcaba o Esperanza Aguirre, perdían debates con Iglesias en el cuerpo a cuerpo, y el personal empezó a intuir que otra manera de hacer las cosas era posible, las encuestas lo reflejaron y fue entonces cuando se decretó la orden de caza y captura. Solo faltaron los carteles de “Se busca” y la cantidad a pagar de recompensa, como en las películas del Oeste. En esas continúan.

Pero hete aquí que la formación morada resistió todo tipo de embates, dejaron en evidencia a quienes pretendían ridiculizarles y consiguieron demostrar que no era verdad que no se pudiera ganar una moción de censura a la derecha, que no era verdad que este país fuera bipartidista, que no era verdad que no se pudiera constituir un Gobierno de coalición.

Cuando cinco de sus miembros se sentaron en la mesa del Consejo de Ministros comprobamos también otras cosas: no era verdad que no pudiera subirse el salario mínimo, no era verdad que no pudiera pensarse en una distribución más justa de los recursos disponibles, que no pudiera instaurarse un ingreso mínimo vital, que no pudiera llegarse a acuerdos con empresarios y sindicatos…

Los poderosos que dejaron de “tocar pelo” no daban crédito, y en ese estado de asombro parece que continúan. ¿Y qué les ha dado por hacer frente a eso? ¿Analizar seriamente por qué les pasa lo que les pasa? Pues no: actuar como lo que son, niñatos consentidos acostumbrados a que nadie les rechiste en el patio del colegio.

Por eso difunden maldades a diario, infundios que ayudan a mantener de actualidad el hilo de la sospecha contra Podemos hasta que, pasados unos meses, al final todo va quedando en agua de borrajas. Pero no les importa, porque el material bélico del que disponen es abundante: hoy la tele (la pública, sobre todo, que menuda vergüenza), mañana El País, pasado el ABC, El Mundo, La Razón… medios que cada día que transcurre producen más bochorno a los defensores del oficio periodístico. Por no hablar de las homilías mañaneras de Alsina, Herrera o Barceló, por lo general repletas ellas de descalificaciones y adjetivos insultantes hacia la formación morada. Sin recato alguno. Leña al mono.

Esos grandullones de patio de colegio lo intentan también en el Congreso, ladrando impotentes ante el trabajo de un Gobierno de coalición que a pesar de los enormes contratiempos de la etapa que vivimos, consigue ir saliendo adelante. Cuando comprueban que nada les vale, recurren entonces a la guerra sucia y pestilente: el uso de antiguos abogados resentidos, empleadas de hogar a las que pagan para que mientan, recovecos en las cuentas electorales… asuntos todos ellos que en semanas volverán a quedar en humo, pero mientras tanto van alimentando la duda.

Es tanta la impotencia que deben sentir que ya están agotando los últimos recursos que se suelen emplear en este tipo de tácticas (intimidación permanente, amenazas, acoso, hacer la vida imposible a sus líderes intentando convertir su vida privada en un infierno…) antes de llegar a la violencia directa, algo cuya posibilidad me espanta contemplar y que espero nunca llegue a suceder.

A medida que esté mas cerca la fecha de la aprobación de los presupuestos creo que esa desesperación aumentará, porque si se consiguen aprobar, los conspiradores saben que habrá tres años por delante en el que el Gobierno de coalición quedara soldado. Eso aterra. Aterra a quienes durante tantos años operaron sin obstáculos en un país donde ahora, por fin, parece que ha llegado la hora de ir levantando alfombras.

Por eso se hacen públicas ridículas cartas de apoyo a un decepcionante golfo que nos ha tomado el pelo más de cuarenta años seguidos, por eso Alfonso Guerra, uno de los que encabeza el escrito de apoyo al insigne fugado, se parece cada vez más a José Antonio Girón de Velasco. Ven que el régimen en el que se acomodaron durante décadas puede por fin desnudarse y que muchos de ellos, si eso llegara a suceder, podrían quedar retratados en pura pelota picada. Siempre les quedará Abu Dabi.

J.T.

jueves, 6 de agosto de 2020

Déjense ya de tonterías y dígannos dónde está

No hace falta ser un experto en comunicación para concluir que los estrategas de Zarzuela y Moncloa andan equivocados al empeñarse en ocultar el paradero de Juan Carlos I. Basta con tener sentido común para saber que están/estamos haciendo el más espantoso de los ridículos en el mundo entero.

¿Qué estarán pensando tantos líderes internacionales que durante decenios se codearon con él y aplaudieron su labor otorgándole así un prestigio que ahora sabemos nunca mereció? ¿Qué estarán comentando estos días los mandatarios que tanto lo respetaron durante años y lo trataron con la mayor consideración, qué estará pensando su prima la reina de Inglaterra, qué diría Margaret Thatcher si estuviera viva, o Jacques Chirac, o Helmut Kohl? ¿Y a sus amigos del Golfo, qué les habrá parecido la fuga?

¿Qué análisis político, porque se trata de un asunto político, estarán llevando a cabo los actuales mandatarios de la Unión Europea sobre la ruidosa y sorprendente huida del rey emérito español? ¿Con qué autoridad moral vamos a reclamar que nos dispensen el respeto que a veces algunos países se niegan a tenernos? Quienes nos tratan con desconfianza, como los dichosos “frugales” de la última Cumbre Europea, ¿qué estarán pensando ahora?

Se ha reído de nosotros como le ha dado la gana, con discursos navideños rebosantes de vocablos grandilocuentes: fraternidad, concordia, solidaridad, respeto a las leyes, honestidad. ¡Honestidad, manda narices! Consejos vendo y para mí no tengo, ¡qué barbaridad! ¡Es que es muy fuerte, se mire por donde se mire!

La huida de su padre deja a Felipe VI huérfano e indefenso, porque aunque haya traicionado la confianza de sus ciudadanos y profanado la esencia de la institución que personalizó, en el imaginario popular la monarquía continúa estando más asociada al padre que al hijo por mucho que hayan transcurrido seis años desde la abdicación.

Por eso no parece buen camino intentar deslindar lo indeslindable, como los estrategas de Zarzuela y Moncloa quieren hacer ahora con la institución. La monarquía no ha huido, pero su representante fáctico sí, por mucho que ya no tuviera funciones. No olvidemos que se ha negado a renunciar al título de rey emérito y que continúa siendo capitán general, en la reserva, de los tres ejércitos. Y ha huido, diga Carmen Calvo lo que diga y lo vista como lo vista.

A pesar de la gravedad de lo ocurrido, hay mucha gente que todavía a día de hoy, como decía más arriba, cuando oye hablar del rey, el primero en quien piensa es en Juan Carlos. Felipe no acaba de conseguir acomodo completo en la mente del ciudadano medio, ya sea este monárquico o republicano. Le falta gancho, carisma, algo de lo que su padre, gran encantador de serpientes, hay que reconocer iba sobrado. El Emérito sabía, y sabe, administrar las relaciones en la distancia corta con gran habilidad. Quizás por eso ha tenido a tantos españoles, y no españoles, engañados durante tanto tiempo.

Su hijo, en cambio, más serio y parece que también más cabal, no termina de encontrar el tono. Sus discursos de Navidad, eso sí, han sido tan ñoños, anodinos e insustanciales como los de Juan Carlos I y cuando tuvo la oportunidad de significarse, tras los acontecimientos de Catalunya el 1 de Octubre del 17 se equivocó, y así como su antecesor salió reforzado del 23F, aquel controvertido y nunca bien aclarado episodio, Felipe VI en cambio tomó partido cuando se dirigió a la nación dos días después de la celebración del referéndum catalán: se olvidó de una parte de españoles a los que, a día de hoy, todavía representa como Jefe del Estado español, y ese error le perseguirá toda su vida.

No le ayuda mucho que el padre haya salido corriendo. La operación de maquillaje que están intentando fraguar de común acuerdo la Casa Real y Presidencia del Gobierno para rebajar el perfil de la escandalosa fuga de Juan Carlos no parece estar funcionando. Demasiado secretismo innecesario, demasiados paños calientes. Porque vamos a ver, además de poner pies en polvorosa, despedirse a la francesa, huir por la puerta de atrás con agostidad y alevosía... ¿es necesario mantener en secreto el lugar donde se esconde? ¿Por qué?

No es de recibo. No lo es primero por imperativo democrático y en segundo lugar porque, en palabras de Bernardino León, Secretario de Estado de Presidencia durante los tiempos de Rodríguez Zapatero, “no hay razones de peso que justifiquen la falta de transparencia”. El ridículo ya está hecho y el bochorno lo andamos digiriendo cada cual como podemos, no incrementemos la vergüenza manteniendo por más tiempo en secreto lo que no tiene sentido que lo sea.

Así que déjense ya de tonterías y dígannos de una vez donde está.

J.T.

Difundido en el diario Público

miércoles, 5 de agosto de 2020

¿Por qué ese empeño en seguir de rodillas?


Lo que más vergüenza me da es ese aroma de servilismo que sigue existiendo en el ambiente. Me preocupa mucho que la conclusión que se pueda sacar de la huida del mayor encantador de serpientes que hemos tenido en este país durante los últimos cuarenta años sea que hay mucha gente a la que parece gustarle vivir de rodillas.

Los periódicos titulan con miedo, los columnistas opinan con reticencias, los políticos dicen lo contrario de lo que piensan (como casi siempre) pero en este caso para quedar en evidencia haciendo la pelota descaradamente, ellos y tantos profesionales del incienso como tenemos aún en nuestro país con mando en plaza.

¿Cuándo se va a decir de una vez, sin cogérsela con papel de fumar y sin templar más puñeteras gaitas, que desde 1976 hemos estado dorándole la píldora a un corrupto ligero de cascos que nos ha tomado el pelo descaradamente? En la redacciones de los periódicos y revistas se sabía todo, o casi todo, o más que todo, dependiendo de qué. En cuestión de braguetas, casi todo; en cuestión de dinero… igual no tanto, pero también. Y todo el mundo callaba.

¿Qué pacto tácito continúa teniendo acojonados a los poderes de este país frente a un señor designado a dedo que no fue elegido por nadie y que, a tenor de lo que ahora sabemos, no parecía distinguir entre el bien y el mal y nos ha estado vacilando con toda la impunidad –e inviolabilidad- del mundo?

Eso da igual, lo importante es la monarquía, que la institución quede al margen, ese es el grito de guerra a partir de ahora. ¿Qué pasa si la monarquía se acaba, es que nunca vamos a poder cuestionar la manera en que queremos ser gobernados? ¿Vamos a vivir toda nuestra vida con esa especie de espada de Damocles sobre nuestras cabezas? ¿Quousque tandem? ¿Hasta cuándo van a abusar de nuestra paciencia?

¿Cuándo vamos a dejar de analizar las cosas con los esquemas de hace décadas? ¿No nos damos cuenta que el tiempo pasa, que nadie con menos de sesenta años votó la Constitución vigente en la que se refrenda la monarquía, que los adolescentes, los jóvenes veinteañeros, treintañeros… no comulgan con la manera de entender las cosas de quienes se empeñan en que nada cambie?

¿No nos da vergüenza la imagen que proyectamos con este espectáculo? Es verdad que los Borbones, desde hace siglos, tienen por costumbre salir huyendo de España de tanto en tanto, pero a estas alturas de la Historia, en los tiempos en que vivimos, la escapada del ex amante de Corina, vista desde fuera de nuestro país, puede que haya quien la asocie con esas huidas que a veces protagonizan sátrapas de países tercermundistas.

¿Por qué hay que huir si eres decente? Los empeñados en equiparar la pervivencia de nuestra monarquía con la de otros países europeos, ¿qué dicen ahora? ¿por qué no huye ningún rey, o reina, de los que siempre se ponen como ejemplo para justificar la existencia de monarca en nuestro país? ¿Qué pasa aquí? ¿Hasta cuándo tendremos que hablar con eufemismos, titular en los periódicos “se marcha, abandona, deja…” , en lugar de decir que se va con el rabo entre las piernas, que ha huido, que se ha escapado por presunto ladrón y corrupto? Pues eso. Y si le parece bien a Moncloa, pues mal vamos, ¿no?

J.T.

Publicado en La Última Hora

domingo, 2 de agosto de 2020

Juegos en los que no deben entrar las televisiones públicas

La libertad de información y de expresión, así como la ética informativa, han de tener en las televisiones públicas su reflejo más completo e incontestable. La televisión pública no puede formar parte de esa dinámica infernal, de esa inercia por desgracia tan frecuente en los últimos tiempos en nuestro país, que funciona de la siguiente manera:

1. Un periódico de papel publica algo que es mentira en primera página (en periódicos que ya nadie compra y que solo se leen, previamente seleccionadas y fotocopiadas las páginas que los gabinetes de prensa consideran de interés, en los despachos de los ministerios, grandes empresas e instituciones por el estilo).

2. Desde la madrugada esa portada se canta en las emisoras de radio y televisión, se elaboran noticias a partir de ella, se efectúan llamadas telefónicas para que alguien amplíe el asunto, se elaboran entrevistas… y hasta se puede llegar a promover encuestas.

3. Las tertulias de la mañana hacen girar sus temas principales de conversación en torno a ese titular, que adquiere dimensión trascendente por el hecho de existir, aunque sea una mentira rotunda. Por supuesto que no siempre esos titulares son mentira pero, aunque sean ciertos, en muchos casos se trata de pestiños infumables, sin interés alguno para las preocupaciones diarias del común de la ciudadanía.

4. Las redes sociales entran en juego, le dan aire al bulo y la mentira se reproduce por esporas.

5. Los redactores del periódico que ha soltado la mentira, y no solo ellos, convierten el bulo mañanero en preguntas, bien en las ruedas de prensa convocadas para la jornada o en cualquier canutazo a salto de mata. Obligan así a hablar sobre ello al compareciente, a quien más le vale mantener la compostura aunque lo que le planteen sea una monstruosidad, porque si se le ocurre perder mínimamente el control y soltar un exabrupto... ¡chollo!, será eso lo que  se convertirá en noticia, los diarios digitales se harán eco de inmediato, las redes lo multiplicarán y al día siguiente los periódicos de papel rematarán la faena.

¡Alé, hop!, la bola de nieve está servida, la canallada ya funciona con entidad propia, y si deciden continuar con el raca-raca, los políticos acabarán usándolo para atacar o defenderse en los tiras y aflojas de las sesiones de control parlamentario. También puede utilizarse, como suele hacer García Egea, para referirte a ello venga o no a cuento, cada vez que te preguntan algo que no te interese contestar.

Y ojalá la cosa quedara ahí pero no suele ser así porque, como bien sabemos, a veces hay algún policía o guardia civil que elabora informes con esos recortes, un fiscal que echa leña al fuego, un juez que lo admite... y ya tenemos la mentira inicial elevada a la categoría de noticia con todas las de la ley, nunca mejor dicho.

En este juego no deben caer la televisiones públicas, por mucho que la competencia lo haga. No hacerlo es el único camino por el que puede convertirse en un servicio público decoroso y, en consecuencia, en una televisión decente.

Si se hace así, las únicas víctimas colaterales serían los tramposos, los vendidos, los miedosos, los correveidiles, los trepas y los que no tienen ningún interés en que el periodismo recupere su importancia social, su prestigio y el respeto que merece el oficio. Son unos cuantos, como ven, pero no todos, claro que no. Ni mucho menos.

No hacerse eco de infamias y potenciar el trabajo de tantos buenos profesionales como hay en la televisión pública podría ser un buen comienzo.

J.T.

Difundido en Público