domingo, 17 de enero de 2021

Gibraltar, compás de espera

Stephen Cumming, productor de televisión gibraltareño, tenía diez años cuando la dictadura franquista decidió cerrar la verja e incomunicar el Peñón del resto de la Bahía de Algeciras creyendo que así se aislaba y perjudicaba a sus habitantes. La realidad es que los más afectados resultaron ser las quince mil personas del Campo de Gibraltar que trabajaban en la Roca y que, tras ver destrozada su forma de vida, se vieron obligados a emigrar. La Línea de la Concepción perdió cuarenta mil habitantes, casi la mitad de su censo, y desde entonces no ha levantado cabeza.

En la Roca, la generación de Cumming creció “tocada” por el cierre de la verja. La de sus hijos un poco menos, porque la frontera volvió a abrirse cuando eran aún muy pequeños. Su nieta de diez años apenas ha oído hablar ya de lo que fue aquello y ahora su abuelo lo único que quiere es que la pequeña pueda crecer y vivir sin experimentarlo nunca. Que el Brexit no acabe convirtiendo la zona en una segunda edición de aquella tragedia es lo único que preocupa tanto a los treinta y cinco mil gibraltareños como a los casi trescientos mil ciudadanos de los nueve ayuntamientos que conforman la Mancomunidad de municipios del Campo de Gibraltar.


Normalidad, relaciones de buena vecindad, ausencia de tensiones. Eso es lo que han querido siempre en una y otra parte y lo que ahora parece que llega, aunque prefieren esperar antes de celebrar nada. Desean que el fantasma del Brexit duro desaparezca para siempre pero como están escarmentados, hasta que no vean firmado el acuerdo prefieren ser cautos. Estos seis meses de prórroga van a ser de auténtico suspense. Piensan que Fabián Picardo, ministro principal de Gibraltar y Arancha González Laya,
ministra española de Asuntos Exteriores, lo están haciendo bien: dejar aparcado lo más peliagudo, como la cuestión de la soberanía, eterno tabú, y avanzar en todo lo que permita que la UE y el Reino Unido puedan firmar en junio un primer acuerdo para cuatro años. Un valioso punto de encuentro, como señaló Laya este sábado 16 en Informe Semanal de TVE, es que “los gibraltareños votaron abrumadoramente en contra del Brexit y que sus vecinos del Campo de Gibraltar son profundamente comunitarios”.

Los partidos gibraltareños en la oposición (el de Peter Caruana y el de la hija de sir Josua Hassan) respaldan a la coalición de gobierno que preside el socialista Picardo en su apuesta por lograr un acuerdo que acabe por fin con la maldita verja. El acuerdo de la prosperidad compartida, lo quieren llamar. Que la guardia civil o la policía nacional se ocupen del control en el puerto y el aeropuerto, por ahí no están dispuestos a tragar, pero que, a través del Frontex, pueda ser alguien de ciudadanía española quien lleve a cabo ese control entra dentro de lo posible. El edificio en el aeropuerto para esa inspección está a medio construir, tras el acuerdo al que se llegó en Córdoba con Moratinos en tiempos de Zapatero (Septiembre de 2006). La parte española no se llegó a edificar nunca porque apenas el PP llegó al poder lo paró en seco. García Margallo se dedicó a resucitar trasnochadas beligerancias y llegó incluso a cerrar el Instituto Cervantes, consiguiendo así hacer desaparecer de la colonia la única bandera española que ondeaba en todo Gibraltar.

Los gibraltareños más veteranos han vivido en sus carnes la hostilidad de la derecha española, que no dudaba en excitar el fervor nacional utilizando el Peñón como coartada cada vez que se veían en un apuro político. Desde que recurren a ETA para lo mismo, a Gibraltar la han dejado más tranquila, pero ¿quién asegura, piensan ellos, que cuando la derecha regrese al poder en España no volverán a las andadas? Ese es su temor, quizás ahora atenuado porque el acuerdo a firmar sería con toda la Unión Europea, no solo con España.

Desde el 31 de diciembre se ha abierto una etapa incierta. Esperanzadora, pero incierta. Una provisionalidad de seis meses que impide celebrar nada mientras que, como decíamos, los acuerdos a los que se lleguen no queden reflejados en un papel y estén firmados por todas las partes. En el impasse actual hay cosas que han cambiado, algunas absurdas, como por ejemplo que a partir del uno de enero un camión con productos alimenticios procedente de Barcelona puede entrar a descargar en el Peñón sin problemas, a través de la Línea de la Concepción, pero uno británico con la misma carga, no: ha de dirigirse a Algeciras, embarcar allí y atravesar la bahía hasta recalar en el puerto de Gibraltar.

Si el acuerdo facilita la vida de una y otra parte y acaba con sinsentidos como este, si ayuda a normalizar la convivencia, si permite que el contencioso quede aparcado, entonces el tiempo, piensan tanto Stephen como muchos de sus vecinos, se iría ocupando de hacer el resto del trabajo. “Por la misma razón por la que la generación de mi nieta no sabe lo que significó que nos cerraran la verja, cuando ellos y sus descendientes lleven cuarenta, cincuenta, cien años sin hablar de soberanía, el tabú de hoy acabará cayendo por su propio peso.”

Si el acuerdo finalmente fuera posible y se anulara definitivamente la amenaza de un Brexit duro estaríamos hablando de un éxito sin precedentes. Para todos, sin vencedores ni vencidos, porque serán beneficios para todas las partes. El único vencedor habrá sido el diálogo.

J.T.

jueves, 14 de enero de 2021

¿Para qué quiere TVE 17 centros territoriales?

Estoy de la nieve en Cibeles y la puerta de Alcalá hasta las mismísimas narices. También de los árboles madrileños y sus ramas madrileñas caídas por culpa del peso de la nieve madrileña sobre coches madrileños cuyos dueños madrileños sueltan ante las cámaras madrileñas sus lamentos madrileños por tanta pérdida madrileña. 

Sobre todo en Televisión Española, solo veo palas madrileñas en los telediarios, tractores y 4x4 madrileños, quitanieves madrileños… Nos cuentan las penalidades de Barajas y Atocha, sabemos en toda España que el Retiro está cerrado, que no hay colegios en Madrid, que ha faltado verdura y fruta fresca en Madrid. Tenemos decenas de centros de distribución en España pero en la tele solo sale Mercamadrid. Madrid es España y España es Madrid, ya lo dijo “Ella” aquel día en que la visitó el presidente… 

Tengo por algún lado escrito que la madrileñización de la información es un mal endémico histórico que no arreglan ni el abaratamiento de los costes de producción informativa ni la facilidad de las transmisiones en la era de internet. Televisión Española cuenta con casi dos decenas de centros territoriales por todo el país, pero en el telediario solo salen las calles de Madrid, los reporteros de Madrid y hasta los presentadores de Madrid haciendo calle por Madrid: Ana Blanco, Lorenzo Milá, Franganillo… 17 centros, pero vemos más en pantalla a las corresponsales de Estados Unidos que a redactores de Santander u Oviedo. En Álava ha estado nevando diez días seguidos desde el uno de enero y ni una conexión con Vitoria… 

Atención, pregunta para Enric Hernández, pregunta para Pep Vilar, máximos responsables de los Informativos de TVE: vamos a ver, amigos, esto… ¿cómo puede ser?  

Que las privadas nos atiborren de madrileñización y de banalidades (la noche del martes doce Telecinco dedicó una pieza a los resbalones en serie que la nieve provocaba en un rincón madrileño cerca del Senado) no es de recibo, pero al fin y al cabo ellas sabrán. Ahora bien, TVE es un servicio público, repito: “Ser-vi-cio-Pú-bli-co”. Y los ciudadanos de Teruel o Albacete pagan sus impuestos para que se les informe también de lo que ocurre en su tierra y se les ayude a buscar solución a sus problemas. Información y servicio público. Si esa ha de ser siempre la ecuación a manejar en los Servicios Informativos de una televisión pública, tal cosa se hace ineludible cuando llegan momentos como los que estamos viviendo: nevadas y pandemia. 

Más grave aún: no es que se ignore a Huesca, o a Zamora, es que ni siquiera mandáis un equipo a Cercedilla, o a Rascafría, o a Usera, o a Moratalaz: un directo en la puerta del Gregorio Marañón, una pieza frente al Retiro, otra en la Castellana, una tercera en la Fuente del Berro y ¡apa, a correr! Millones de presupuesto para eso. Telemadrid, con muchos menos recursos, lleva una semana dándoos sopas con onda. Impartiendo lecciones de cómo se hace servicio público desde un medio público a pesar de sentir en el cogote el aliento de los impresentables que mandan en la Comunidad y a quienes se llevan los demonios porque no consiguen controlar como les gustaría una televisión autonómica que sigue viva de milagro. 

¿Tuberías reventadas? Las de Madrid; ¿huesos rotos?, los de Madrid; ¿metro? el de Madrid; ¿alcalde? el de Madrid (hasta tres veces ha llegado a salir Martínez Almeida en el mismo telediario); ¿coches atrapados?, los de Madrid; ¿campos de fútbol con nieve?, el Bernabéu y el Wanda Metropolitano, faltaría más.  

¿La pandemia? Al minuto 25 de la escaleta este martes al mediodía en el TD1. Aunque los datos de contagiados y fallecidos vuelvan a ser escandalosos, la nieve es la nieve y Madrid es Madrid. ¿Para qué vamos a ponernos a hacer periodismo con el frío que hace, ¿verdad? ¿para qué vamos a contar historias, o pasarnos por la Cañada Real, o investigar, por ejemplo, qué empresas privadas tienen contratos de limpieza con el Ayuntamiento de Madrid, o lo que cuesta el mantenimiento de la M-30, o si se han utilizado adecuadamente los recursos de los forestales. Y ya veis, son asuntos que se pueden hacer sin salir de Madrid. Porque lo que ha quedado claro es que los 17 centros regionales de Televisión Española, ni están… ni se les espera.  

Enric, Pep, no me cabe la menor duda de que lo sabéis hacer muchísimo mejor de lo que lo estáis haciendo. ¡Apa, nois!  

J.T.

martes, 12 de enero de 2021

¿Por qué le “flaquea la fe” a Iñaki Gabilondo?

En diciembre de 2010, cuando nos cerraron CNN+, Iñaki Gabilondo estaba ya en edad de jubilarse si hubiera querido hacerlo. A lo largo de su extensa vida profesional había toreado en las mejores plazas del oficio periodístico, dejando en la memoria de propios y extraños memorables faenas con las que se ganó salir a hombros por la puerta grande en innumerables ocasiones.

Tenía todos los premios y, a pesar de ello, también el reconocimiento de la profesión. El humillante cierre de CNN+ fue un palo para quienes trabajábamos en aquel canal “todo noticias”, Iñaki incluido. En la Cadena Ser había triunfado sin discusión y allí podría haber continuado, quizás bastantes años más, al frente del Hoy por Hoy si alguien en el Grupo Prisa no hubiera tenido la brillante idea de proponerle en 2005 presentar y dirigir el telediario nocturno de Cuatro, cometido que exigía algo más que competencia profesional para ganarse los favores de la audiencia. Nunca tenía que haber dado ese paso, pero lo hizo y los números se empeñaron en ser crueles con su trabajo. Pasó a presentar un programa de entrevistas en CNN+ y la muerte de este canal redondeó, tanto para él como para muchos de sus compañeros, una cadena de contratiempos de los que cada cual nos fuimos recomponiendo como buenamente pudimos.

Entre los proyectos que Gabilondo abordó a partir de aquel instante destacó el comentario diario, de lunes a jueves en la Ser, dedicado a analizar la actualidad política. Verdaderos editoriales cuya contundencia los convirtió pronto en análisis de referencia que nos ayudaban a entender mejor el momento que vivíamos. Pues bien, este lunes el amigo Iñaki nos ha dicho que colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Que hasta aquí hemos llegado y que ya está bien.

Escuché sus palabras de despedida con la misma atención que siempre le he dedicado a todo lo suyo y, tras el primer momento de sorpresa, decidí rescatar el podcast hasta aprendérmelo casi de memoria. Y cuantas más veces lo escucho… más preocupado me quedo. “Para sumarse al día a día de una lucha partidista tan encarnizada -ha dicho- hacen falta unas fuerzas que ya no tengo y una fe que flaquea”. Lo siento, Iñaki, pero no me lo creo, nadie que te conozca puede creer que vayas a tirar la toalla así como así.

Es verdad que, tal como anda el panorama, dan mucha pereza según qué cosas pero, continuando con el símil taurino del principio, te hemos visto torear con éxito morlacos descomunales durante toda tu vida profesional, ¿qué ha cambiado ahora? “El enconamiento partidista y la superpolarización, -has explicado- han construido moldes de respuesta rápida y argumentarios para la situación que no me van". Cuesta entenderlo, porque si a ti algo te ha caracterizado siempre es ser propietario de una voz al margen y por encima del gallinero en el que de un modo u otro llevamos años metidos.

No eran las cosas más fáciles hace diez años que ahora ¿qué ha cambiado, Iñaki, qué ha pasado ¿acaso sabes algo que no nos puedes contar? Que estás “empachado”, dices. ¿Y eso no te ha sucedido nunca antes de ahora? Empachado debiste estar también cuando, como director de informativos de TVE, te viste obligado a lidiar con las presiones de los políticos durante los tiempos previos al golpe de estado del 23F. O cuando tuviste que organizar la arquitectura informativa de aquella infame jornada. Ahí no te amilanaste ni te flaqueó la fe. Tampoco cuando estuviste de baja por enfermedad muchos meses y volviste con más ganas que nunca.

Aseguras estar cansado y tienes derecho a dar un paso al lado, hasta ahí de acuerdo, pero es que quienes te conocemos sabemos que no lo vas a hacer. Te seguirás metiendo en mil fregados y, además de tu café con Ángels Barceló de los lunes escuchando a los jóvenes con cosas que decir, continuarás participando en presentaciones de libros, en programas de televisión, en jornadas, debates, conferencias… ¿Por qué entonces dejar el comentario de la Ser? ¿De verdad es porque, como has dicho textualmente, aunque crees “saber defender tus opiniones, cada vez te cuesta más trabajo tenerlas y  afinarlas”. Lo siento, pero me rechina, me deja con la mosca detrás de la oreja, ¿qué pasa en Prisa, amigo, se avecina tormenta tras los cambios en el Consejo de Administración?

En un momento en el que el rey emérito ha huido, en que vivimos una pandemia que nos tiene a todos descolocados, con unas elecciones catalanas a las puertas, con una situación política apasionante, adrelina pura para cualquier periodista vocacional, ¿nos quieres hacer creer que no te sientes “capaz de continuar con tu apunte diario”?

“No quiero que mi escepticismo se avinagre, no quiero ser tampoco el cenizo pesimista de las ocho y media”. De todo lo que has dicho, estas dos frases son las que más preocupado me dejan, Iñaki, porque no hablan de cansancio, sino que invitan a leer entre líneas y a imaginarse cualquier cosa.

Si tu voz se apaga, añorado jefe, se apagarán muchas de nuestras esperanzas. He discrepado muchas veces de tus puntos de vista, pero quiero seguir escuchándolos. No podemos dejar esto en manos solo de tertulianos desaforados y de profesionales de la crispación. Déjame que sueñe y piense que, por la misma razón por la que hoy dices que te marchas, mañana puedas decir que decides volver.

Hacen falta muchos más Iñakis, no que tú te vayas.

J.T.

domingo, 10 de enero de 2021

¡No blanqueéis más el fascismo, insensatos!

Cada vez que un miembro de la ultraderecha va a "divertirse" a El Hormiguero, cada vez que recibe genuflexiones de Ana Rosa Quintana o ditirambos de Susana Griso, cada vez que un fascista de ibérico y rancio abolengo suelta por su boca lo que le viene en gana sin que el entrevistador o la meteoróloga de turno le desmonten sus mentiras, cada vez que ocurre alguna de esas cosas… el fascismo se blanquea y nuestra democracia se debilita.

Cada vez que un radiopredicador le ríe las gracias a un ultra de pelo en pecho, cada vez que se le otorga cancha a Vox como si de un partido democrático se tratara, cada vez que la televisión pública coloca en sus informativos un total fake, crispador y frentista sin réplica ni apostilla alguna, cada vez que ocurre algo así… el fascismo se blanquea y la bestia crece.

Cada vez que le quitamos importancia a sus protestas en descapotable por el madrileño barrio de Salamanca, cada vez que nos limitamos a calificar de ridículas sus pintas cuando se suben a un tractor megáfono en mano, cada vez que nos reímos de los atuendos con los que algunos de ellos se manifiestan, cada vez que trivializamos cualquiera de estos asuntos… estamos más cerca de vivir algo parecido a lo que presenciamos, estupefactos, el pasado día seis en el Capitolio.

Cada vez que olvidamos la suerte que tenemos de vivir en democracia, nos guste más o menos el gobierno que tenemos, cada vez que nos callamos ante los desafíos ultras y no los desenmascaramos, cada vez que insultan y no les respondemos, cada vez que contribuimos a que sus campañas desestabilizadoras adquieran más dimensión de la debida, cada vez que se les regala una portada de periódico… que sepáis que nos situamos un paso más cerca del desastre.

Cada vez que pasamos por alto la más mínima de sus astracanadas, cada vez que dejamos de refutar un tuit insidioso, cada vez que, por miedo a ser tachados de alarmistas, dejamos pasar una proclama de ancianos militares cabreados -jubilados, sí, pero con revólver en casa- los ultras ganan terreno y la democracia lo pierde. Cada vez que seguimos el juego a las provocaciones de perdedores enrabietados como Albert Rivera o Rosa Díez estamos dotando de altavoz sus pataletas envenenadas.

Hay en España, en palabras de mi compañera Cristina Buhigas, “una ultraderecha franquista, xenófoba y machista que se extiende, mucho más allá de las fronteras de Vox, a gentes como García Egea, Álvarez de Toledo o la periodista Anna Grau, esta última fichada por Ciudadanos para ser la número dos en las elecciones catalanas y todo un peligro viviente.”

Aunque Trump acabara pronto en la cárcel, el trumpismo va a seguir ahí. Existen millones de estadounidenses que se han creído sus mentiras, como ocurre en España con los desafueros del PP, Vox y Ciudadanos. Que el mismísimo Congreso de los Estados Unidos, templo de los templos de la democracia, haya podido ser tomado al asalto por fanáticos descerebrados que obedecen ciegamente a su líder nos hace más frágiles a todos. Por eso no podemos bajar la guardia nunca, ni dejar de contestar a cada agresión, ni de atajar y desmentir cada puñetero bulo. Alguna vez lo he dicho, pero lo haré una vez más: no se puede ser tolerante con los intolerantes.

No se les puede pasar ni una. Callarse, no replicar, no desenmascarar los intentos diarios de blanquear el fascismo convierte en cómplices de las posibles consecuencias a quienes así actúan. Un periodista que calla ante una mentira fascista está contribuyendo a blanquear ese ADN canalla. Los ultraderechistas metidos a políticos no son unos políticos más, hay que desmontar esa falacia. Reírle las gracias a quien dice viva franco es blanquear la intolerancia. No seamos insensatos. La fantochada del Capitolio ya la vivimos aquí hace cuarenta años con un guardia civil soltando tacos en el congreso pistola en mano.

Tras la vergüenza de Washington el seis de enero, ahora todo el mundo asegura que se trataba de algo que se veía venir. ¿Allí sí y aquí no? No estamos blindados, ni mucho menos. Nos lo tenemos que currar cada día si no queremos que llegue un momento en que hayamos de lamentar tanta flema. Llevan avisándonos un año, usando los mismos métodos que Trump, llamando ilegítimo al gobierno, emplazando a la sublevación, promoviendo un gobierno de concentración. Lo siento si parezco alarmista, pero repito: no blanqueemos el fascismo, no seamos insensatos.

Como dice un militar amigo mío, "en esta vida nunca pasa nada… hasta que pasa."

J.T.

lunes, 4 de enero de 2021

¡Dejad que nos vacunemos en paz, miserables!

 

¿También en 2021 vais a encanallar estos tiempos de esperanza? ¿No vais a parar? ¿Por qué le tenéis tanta alergia a la convivencia en paz? ¿Por qué no es posible dirimir las legítimas diferencias entre unos y otros en el campo del debate y de la búsqueda de soluciones?¿Dónde está escrito que es mejor hacerlo a cara de perro? 

Dejadnos en paz que nos vayamos vacunando poco a poco y no molestéis. Dejadnos soñar con la vida que echamos de menos y no echéis más mierda encima. Queremos creer, confiar, así que dejad de meter cizaña cuando lo que está en juego es nuestra salud.  

No todo tiene que parecerse al fútbol en la vida. Considerado un deporte noble por tantos millones de aficionados, a mí me parece sin embargo que está basado en la capacidad de destrozar las habilidades y el buen trabajo del adversario. Ya puedes ser la persona más brillante, más trabajadora y más habilidosa del mundo, que siempre habrá alguien en el equipo contrario dispuesto a romperte las piernas. Aunque funcione como una parábola de la vida misma, hay muchas maneras, y mejores, de relacionarse que las que nos propone el llamado deporte rey.  

Cualquier clase de competición debería poder incrementar su atractivo sin que el espíritu deportivo quedara arrinconado. Así como existen entrenadores capaces de reconvenir a sus pupilos cuando no se comportan con la suficiente violencia en la cancha, hay muchos políticos que sin la agresión verbal no saben vivir. Como si los hinchas solo valoraran su capacidad de agredir y destruir. Nada de “jogo bonito”, nada de propuestas ¿de verdad queremos solo sangre? ¿de verdad nos parece bien que las patadas que se pegan entre ellos acabemos sintiéndolas todos en nuestros propios culos? Ni para que nos vacunemos en paz parecen dispuestos a dejarnos tranquilos. 

Tenemos una oportunidad única, con este gobierno de coalición, de aprender a ponernos en la piel del adversario a la hora de confrontar y asumir que, por mucha razón que creamos tener, la otra parte también tiene la suya. No siempre ganar los partidos por goleada es la mejor opción. Un buen trato es aquel en que, tras arduas negociaciones, las dos partes tienen la sensación de haber salido ganando.  

Los flamantes presupuestos generales y los recientes acuerdos legislativos aprobados en el Congreso demuestran que entenderse es posible. Quienes todavía no han asumido que ese es el camino para crecer como país tienen la obligación de hacerlo cuanto antes, por muy rivales ideológicos que se consideren. Se lo deben a tanta gente querida como el año pasado se quedó en el camino. Criticar al gobierno es compatible con dejarlo trabajar.  

Reconozco que con el título de este artículo quizás no contribuya demasiado a bajar el balón al suelo, pero es que el comportamiento de la derecha y la ultraderecha me parece una táctica miserable, y así hay que señalarlo. Votaron en contra del estado de alarma cuando más necesario era, han hecho todo lo posible por boicotear los fondos europeos tan necesarios para que este país se recupere, votaron también en contra de los presupuestos y, para remate, no se molestan en disimular lo que les molesta que lo de las vacunas esté saliendo bien: que si las pegatinas, que si los criterios de reparto… Propaganda, lo han llamado propaganda ellos, que se fotografían repartiendo bocatas de calamares y hasta cuando colocan dispensadores de gel alcohólico en cuatro estaciones de metro. 

¿Cómo es posible que estemos dejando pasar una oportunidad como esta pandemia, con un adversario común que no entiende de ideologías, y no nos organicemos para hacerle frente desde la misma trinchera? ¿Quién os ha engañado haciéndoos creer que con el mal rollo salís ganando? ¿No vamos a aprender nunca a confrontar sin encanallar, a debatir sin insultar, a ganar sin necesidad de romperle las piernas al adversario? Derrotar a la otra parte no es buen negocio nunca. El asunto es aprender a convivir, que ya va siendo hora. 

J.T.

jueves, 31 de diciembre de 2020

Al flemático Salvador Illa le va la marcha

Diez meses poniéndolo a parir sin parar y ahora solo falta que le griten, como a aquel jugador de la selección española, “Illa, maravilla”. Las reacciones del PP al conocer que el candidato a la presidencia de la Generalitat por el PSC será Salvador Illa son tan patéticas e infantiles que ya no puede uno ni indignarse cuando las escucha. Claro que las de la todavía jefa del PT (Partido de los Tránsfugas) dan más pena aún. Del resto de la ultraderecha, mejor ni hablamos.

¿Es un acierto para Illa y su partido la decisión tomada? ¿Qué datos manejan para apostar por una jugada de indiscutible audacia, para desvestir un santo y vestir otro que anda rodeado de incógnitas? ¿Es amor al riesgo? La primera incógnita es el propio candidato quien, a pesar de haberse visto obligado durante casi todo el año a desempeñar un papel de inevitable protagonismo, la mayor parte de ese tiempo ha conseguido mantener un perfil discreto y a veces hasta hermético.

Delegaba las comparecencias en técnicos como Fernando Simón, despachaba a diario con los consejeros de Salud de cada autonomía, también con sus colegas europeos, tomaba decisiones en función de los datos que se le proporcionaban, informaba con detalle al presidente y cuando tenía que dar la cara, la daba, pero procuraba hacerlo con mesura, concisión y contundencia.

Unas veces podía intuirse cómo se mordía la lengua, cómo contaba hasta cien antes de hablar, otras podía adivinarse cómo reprimía las ganas de saltarle a la yugular a algún que otro autor o autora de descalificaciones sistemáticas o insultos gratuitos. Hubo un día, allá por primeros de octubre, en que ya no pudo más: “Ni oculto datos a esta cámara, ni le tomo el pelo. No le tolero que usted lo diga”, le contestó a Ana Pastor cuando esta pidió su dimisión y lo acusó de “surfear la realidad de lo que ocurre en el país”. “He echado en falta un cierto tono de humildad en usted”, le replicó Illa a quien fuera ministra de Sanidad con José María Aznar. Y añadió: “Combata al Gobierno si quiere, pero combatamos en primer lugar la pandemia”.

En junio, en cambio, el tono de su despedida de la comisión de Sanidad del Congreso había sido muy diferente. Quienes le habían dado una caña tremenda sin conseguir nunca alterarle el ánimo se quedaron desarmados. “El médico que lleva usted dentro me ha enseñado cosas y se lo quiero agradecer”, le dijo al portavoz de Vox. “Le he visto una permanente actitud de querer ayudar y lo quiero destacar”, le comentó al de Ciudadanos, y a la representante del Partido Popular quiso reconocerle que se notaba que había sido alcaldesa por lo “pegadas al terreno que habían estado buena parte de sus intervenciones”. Solo él sabe si les tomó el pelo o les dijo lo que realmente pensaba.

De un tiempo a esta parte, en cambio, se le notaba ya en el rostro un rictus de cierta contrariedad. Como si se hubiera hartado de caer bien. A los que les caía bien, claro. Tenía cara de “quiero dimitir”, pero no de derrotado, emitía mensajes involuntarios que prácticamente nadie supo captar hasta que este miércoles lo entendimos todo de golpe. Va a ser el candidato a la presidencia de la Generalitat de Catalunya. “Estoy preparado”, afirmó. “Será el presidente”, apostilló Miquel Iceta; “Solucionar los problemas de Catalunya, y sin revanchas”, remató el flamante candidato. Sin duda, al flemático Illa le va la marcha.

Desde la Moncloa se emiten señales que permiten intuir la cercanía del indulto a los políticos del procés. Demasiadas cosas juntas en un final de año meteórico, colofón de infarto a diez pavorosos meses de dolor e incertidumbre. El ministro que llegó de Barcelona para ocupar una cartera de escaso contenido se convirtió, por obra y gracia de la pandemia, en la autoridad máxima, en el hombre de cuyas decisiones dependían incluso los ministerios de Defensa e Interior. Lo suyo es que hubiera acabado no ya quemado, sino hecho fosfatina.

Y helo ahí, segundo político más valorado en Catalunya después de Oriol Junqueras y con unos sondeos que le permiten anunciar, a él y a su maltrecho partido, que su objetivo es conseguir la presidencia, nada de medias tintas. De momento, los cuarteles generales del resto de partidos catalanes se han puesto la pilas sin perder un minuto y han empezado a trabajar para replantear estrategias, mensajes, argumentos, consignas, ataques… A partir de este miércoles treinta de Diciembre, el guion en Catalunya ha cambiado por completo.

J.T.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

La sembradora de la discordia

El otro virus del año 2020 se llama Isabel Díaz Ayuso (IDA), esa irredenta sembradora de discordia, esa especie de mosca cojonera que, con sus astracanadas y exabruptos diarios ha intentado, y hay que reconocer que en ocasiones con éxito, hacer olvidar que preside la autonomía con más contagiados (400.000) y más muertos (12.000) de todo el país.

No hay nadie que haya alterado más la paz y tranquilidad, tan necesarias en estos últimos diez meses, que esta joven periodista nada dispuesta a desperdiciar que la “suerte” llamara a su puerta. Porque eso está siendo para ella la pandemia, una lotería que la ha puesto en el candelero gracias a su descaro, su amoralidad y su carencia de pudor. Con una maestra como Esperanza Aguirre, la discípula ha demostrado haber asimilado bien sus enseñanzas.

La COVID-19 pasará antes que Ayuso, que tiene todas las trazas de ser una Aguirre dos. Su mentora obtuvo la presidencia de la Comunidad de Madrid en 2003 por culpa de los traidores Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez; y Ayuso la consiguió hace año y medio merced al cisma promovido por el tándem Carmena-Errejón por un lado, y por otro gracias al apoyo de una ultramontana ultraderecha resucitada tras lustros de latencia dentro de las filas del propio Partido Popular.

Practica Ayuso la estrategia de la tensión permanente. Bajas la guardia y ya te está montando la bronca. Te descuidas, sintonizas la radio y allí está ella lanzando soflamas. No quiere la conciliación, busca pelea, y lo hace desde la desenvoltura que le permite su falta de complejos. Transmite la sensación de que no conoce la vergüenza, pero no porque sea una sinvergüenza, que a lo mejor, sino porque no le da vergüenza nada, no tiene ningún miedo a hacer el ridículo, y cuando lo hace se va de rositas. Se tira sin paracaídas pontificando de lo que haga falta aunque no tenga ni repajolera idea de aquello de lo que habla y, en lugar de sentir vergüenza ajena, sus fans le ríen la gracia, la aclaman, la aplauden. Les ha nacido una lideresa imprevista donde y cuando menos lo esperaban, y andan encantados de la vida.

Lo suyo es el ataque, la presidenta de la Comunidad de Madrid no abre la boca para otra cosa. No tienes más remedio que replicar a su desmesura y esto te obliga a desplazar a un segundo plano lo único que debería estar siempre sobre la mesa: su incompetencia para gestionar, sus huidas hacia delante, su falta de lealtad, su militancia en la mentira y la provocación.

Es el mirlo blanco perfecto para Miguel Ángel Rodríguez (MAR), su singular jefe de gabinete. Cuando fue asesor de José María Aznar este se le resistía, pero aquí se ve que dispone de cancha. Aunque Ayuso apuntaba maneras por sí sola (no hay más que recordar su sonado debut hace un par de años, cuando proponía considerar al “concebido no nacido” como un miembro más de la unidad familiar), con la ayuda de MAR ya es imbatible. Lo único que se le resiste es Telemadrid. No soportan, ni ella ni él, que la dirección no se plegue a sus ambiciones manipuladoras. Amenazan, boicotean, pero de momento no pueden hacer nada contra un equipo directivo blindado por seis años en la Asamblea en tiempos de Cristina Cifuentes, que consiguió llegar a un pacto con los socialistas.

La hoja de ruta de Ayuso está presidida por una sola idea: “¿A qué me tengo que oponer hoy?”. Está convirtiendo Madrid en un monstruo. Una autonomía artificial, nacida del rechazo de las dos Castillas, está arrogándose en manos de Ayuso el carácter de oposición al gobierno de la nación y adquiriendo con ello más predicamento incluso que el líder de su propio partido, que no sabe ya cómo encanallar el ambiente y anda el hombre por los telediarios dando palos de ciego y haciendo un ridículo tras otro.

No se relajan ni en momentos propicios para la distensión y la esperanza como los de la llegada de las primeras vacunas. Casado lo llama propaganda, y Ayuso compite cuestionando la proporcionalidad de la distribución de las dosis. Rivalizan en desfachatez y gana ella.

Lo decíamos más arriba, el otro virus del año 2020, no solo en Madrid sino en toda España, se llama Isabel Díaz Ayuso. Contra esa epidemia parece que, de momento, no hemos encontrado aún la vacuna.

J.T.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Gibraltar, sprint final

“El reloj sigue corriendo”. La frase es del ministro principal de Gibraltar, Fabián Picardo, y define con bastante precisión la ansiedad que se vive estos días en la Bahía de Algeciras, una extraña cuenta atrás cuyo suspense se mantiene a pesar de lo cerca que está ya el momento del desenlace. ¿Qué pasará con la frontera? ¿Volveremos a necesitar pasaporte? ¿Cambiará la vida de las más de diez mil personas de La Línea y demás municipios de la Mancomunidad del Campo de Gibraltar que atraviesan a diario la verja para trabajar?

Conseguido el acuerdo post Brexit entre el Reino Unido y la Unión Europea, hay que alcanzar ya una posición común sobre Gibraltar. El jueves uno de enero esa solución, sea la que sea, tiene que haberse producido.

España, según González Laya, nuestra ministra de Exteriores, va a buscar hasta el último segundo un acuerdo porque no existe mejor opción que “construir una zona de prosperidad compartida que facilite la movilidad” entre los habitantes de la zona. Y por lo que cuentan, públicamente al menos, las tensiones continúan, sobre todo por el lado británico.

Si finalmente hubiera acuerdo, Gibraltar podría convertirse en frontera exterior de la Unión Europea bajo control español. Los británicos que viajaran al Peñón deberían hacerlo con pasaporte, y en cambio nosotros podríamos entrar sin problemas. Hasta que no lo vea, no me lo creeré.

Gibraltar siempre ha sido una plaza de enjundia, una zona caliente que el franquismo explotó sin pudor a costa del sufrimiento de los vecinos de ambos lados de la verja. Durante muchos veranos la dictadura la usó para mantener entretenido y crispado al personal y en tiempos del PP, sobre todo cuando el ministro de Exteriores era García-Margallo, intentaron volver a las mismas patéticas andadas. En las etapas de Josep Piqué y Miguel Ángel Moratinos hubo intentos de búsqueda de entendimiento, porque es de sobra sabido que tanto los habitantes de la Roca como los del resto del Campo de Gibraltar se necesitan los unos a los otros. A pesar de las eternas colas para entrar y salir sufridas durante tanto tiempo. Este tipo de inconvenientes, a expensas de por dónde vaya el viento, deberían desaparecer ya para siempre. Por mucho que el Brexit británico condicione la vida de los treinta y cinco mil habitantes de una colonia en la que más del noventa por ciento votó en contra del cisma con Europa. Los condiciona a ellos y a decenas de miles de vecinos de las poblaciones limítrofes.

Los siete municipios de la Mancomunidad del Campo de Gibraltar (Algeciras, La Línea, Los Barrios, Tarifa, San Roque, Castellar de la Frontera y Jimena de la Frontera) suman más de doscientos cincuenta mil habitantes, siete veces largas la población de la Roca. El Producto Interior Bruto (PIB), es decir, la riqueza que genera al año cada habitante de la Bahía de Algeciras se encuentra bastante por debajo de los veinte mil euros, y en el Peñón supera los cuarenta mil. El paro en la Roca es apenas inexistente frente al treinta y cinco por ciento de media que padecen sus vecinos de la Mancomunidad. Un conductor de autobús gana en Gibraltar más del doble que uno de la Línea o de Algeciras…

Cuando Franco ordenó cerrar la verja, en junio del año 1969, condenó a la miseria a la mayor parte de los vecinos de La Línea de la Concepción, cuyo puesto de trabajo estaba en las empresas de la Roca. Una ciudad de cien mil habitantes acabó reducida casi a la mitad de su población porque el resto se tuvo que marchar a buscarse la vida a Cataluña, Madrid, el País Vasco o Alemania. Directa o indirectamente cuarenta mil linenses se quedaron sin medio de vida cuando les cerraron la verja. Y muchos de los que no se marcharon sobrevivieron en la marginalidad y la delincuencia dedicándose, por ejemplo, al contrabando de tabaco o al narcotráfico. Quisieron perjudicar a treinta mil gibraltareños, y lo que hicieron fue hundir para siempre a quince mil familias españolas.

Conviene saber también que, desde que Fernando Morán reabrió la frontera en diciembre de 1982, tanto en educación, como en sanidad y comercio, se celebran muchas actividades conjuntas entre gibraltareños y distintos municipios de la mancomunidad. Quienes defienden profundizar en esta opción lo hacen porque entienden que se trata del mejor camino para la convivencia entre vecinos. Se promueven programas de cooperación, convivencia y buena vecindad que permiten que mejore la calidad de vida y el conocimiento mutuo de quienes residen a uno y otro lado de la verja.

Si se cierran con éxito las negociaciones de estos días, Gibraltar se beneficiaría por vez primera de las ventajas del acuerdo de fronteras de Schengen, por el que se permite la libre circulación de personas por 26 países europeos (22 de la Unión Europea, más Islandia, Noruega, Suiza y Liechtenstein) y del que nunca formó parte el Reino Unido. Paradójicamente, los llanitos disfrutarían en ese caso de mayor libertad de movimientos por el territorio europeo que el que han tenido durante los casi cincuenta años en los que el Reino Unido ha formado parte de la Unión Europea.

Nadie parece contar ahora con un desenlace fatal, pero la verdad es que mientras no haya nada firmado, más vale no cantar victoria.

J.T.

Publicado en Confidencial Andaluz

viernes, 25 de diciembre de 2020

Primeras navidades sin Alicia

 

Fue morirte tú y cambiar el mundo. Por los días en que te despedimos en aquella colina navarra empezábamos a tener noticia de un extraño virus que andaba, allá por la China, maltratando pulmones humanos. Ni por asomos podíamos imaginar que pronto lo tendríamos sembrando el caos por todas partes sin dejar un solo rincón terrenal a salvo. Y en esas seguimos a día de hoy, cariño.

La pandemia parece un cabreo del destino por tu marcha. Te fuiste y se lió. Se lió parda. Tres largos meses, entre marzo y junio, estuvimos encerrados en nuestras casas, saliendo con mascarilla solo a comprar lo imprescindible, mientras veíamos en la tele ataúdes sin parar y nos negábamos a darle crédito a las cifras de contagiados, hospitalizados, fallecidos… No se cabía en los hospitales, se hizo triaje y murieron decenas de miles de ancianos, muchos de ellos en residencias de las que no les dejaron salir para ser atendidos.

Amigos tuyos y míos muy queridos estuvieron en la UCI entre la vida y la muerte, y gente a la que le teníamos mucho cariño se marchó porque se contagió y no hubo manera de conseguir que sus pulmones volvieran a funcionar en condiciones. COVID-19 (COrona VIrus Desease) es el nombre que le han puesto a este maldito virus que, a día de hoy, se ha cobrado casi cincuenta mil vidas en España y cerca de dos millones en el resto del mundo. Desde la primavera pasada, anda extendido por los cinco continentes sin que nadie haya sido capaz de combatirlo. Laboratorios del mundo entero han trabajado duro y rápido para conseguir cuanto antes una vacuna eficaz. Ya te contaré, porque por estos días empiezan a vacunarnos en un operativo que durará meses y cuyo éxito es una incógnita.

¿Sabes que buena parte de nosotros andamos teletrabajando en casa, que nos reunimos por videconferencia? ¿Sabes que este año no hemos tenido ni Fallas, ni Semana Santa, ni feria de abril, ni Sanfermines, y puede que en 2021 ocurra igual? Como no puede haber aglomeraciones, todas las fiestas han sido suspendidas, y los conciertos, y los congresos, las conferencias, las presentaciones de libros… Los cines y los teatros funcionan desde el verano en parte, pero con restricciones de aforo, igual que los espectáculos deportivos, que se celebran sin público y una vez que los deportistas han pasado los controles reglamentarios para verificar que no están infectados.

Fue marcharte tú y se apagó todo. Aquí y en sitios que tú recordabas con afecto como Roma, Nueva York o San Francisco, de pronto empezaron a morir por centenares, sin nadie al lado, sin funerales y con la presencia solo de tres personas, las más allegadas, en el momento del entierro.

¿Sabes que llevamos desde que te fuiste sin abrazarnos los unos a los otros, que no podemos celebrar ni los premios que te siguen dando? Fíjate, a tu reportaje de las "Mil mujeres asesinadas" le han concdido varios premios más este año, incluido el Ondas ¿Sabes que no nos besamos, y que apenas nos tocamos? ¿Sabes que no podemos quedar a cenar como tanto te gustaba a ti y, si lo hacemos, tenemos que ser como mucho media docena, pero no solo en los restaurantes, ¡también en casa! ¿Sabes que no paramos de lavarnos las manos como posesos, que para entrar y salir de los sitios hay que frotárselas con gel alcohólico? ¿Sabes que no tenemos ni idea de hasta cuándo seguiremos así? Por cierto, cotilleo: ¿sabes que el rey emérito ha huido de España por "irregularidades fiscales"? Está en Abu Dhabi, sí has leído bien, "Abu Dhabi", desde primeros de agosto, ¿qué te parece?

A veces juego a imaginar las maldades que estarías soltando por tu boca si aún continuaras a mi lado. Y se me ocurren verdaderas burradas, claro, pero nunca tan brillantes ni tan divertidas como serían las tuyas en estos momentos de desconcierto y ansiedad colectiva.

Fíjate, nos reíamos de los chinos que venían de vacaciones y no se quitaban la mascarilla nunca, y ahora vamos aquí todos igual que ellos. Como te puedes imaginar, se ha hecho mucha política con lo de la pandemia y peligrosos elementos como Trump o Bolsonaro se han dedicado a ir de negacionistas sin importarle que en los países donde ellos gobiernan, los ciudadanos estén muriendo como chinches. Por cierto, una alegría, amor, Trump ha perdido las elecciones. Y otra: aquí el Gobierno de coalición cumple ya su primer año y parece que puede ir para largo. De Televisión Española, mejor ni hablamos. Con tu permiso, si te parece, lo dejamos para otro día.

A veces me da por pensar que lo del coronavirus nos ha pasado por haber permitido que te fueras, por no haber sido capaces de retenerte. Que alguna fuerza sobrenatural nos está castigando por haberte perdido. Si no fue así, al menos tuvo el detalle de impedir que te enteraras de todo esto y permitió que te marcharas en un momento en el que pudiste aún exhibir músculo reuniendo en tu despedida a centenares de personas que te queríamos. Sigo sin acabar de hacerme a la idea de que ya no estás aquí.

J.T.

P.D. Alicia Gómez Montano murió el pasado 18 de enero en Madrid. Era firme candidata a presidir RTVE tras haber obtenido el número uno en el concurso para constituir el Consejo de Administración de la Corporación, algo que, a fecha de hoy, aún continúa pendiente.




miércoles, 23 de diciembre de 2020

Un año de los acuerdos PSOE-UP y casi todo por cumplir

Los acuerdos PSOE-UP van a cumplir ya un año. Por lo menos cumplirán algo.

Si dejas de pagar el alquiler o la hipoteca, te desahucian; si te descuidas con la factura del teléfono, te lo cortan; si en el trabajo no llegas a tu hora, te echan… Pero si consigues la presidencia del gobierno gracias a un pacto y no cumples los acuerdos van y te aplauden, ¿no es maravilloso? Acuerdos, por cierto, firmados el 30 de diciembre del año pasado en un documento de cincuenta páginas que propició la investidura de Sánchez y la formación del Gobierno de coalición.

Veamos cómo suelen tratar las desavenencias entre los socios de este gobierno los medios sobre todo impresos, felices ellos apenas atisban el más mínimo nubarrón en el horizonte: “Sánchez da un golpe de autoridad; Sánchez, harto de conceder victorias; Sánchez echa el freno de mano, Sánchez impone límites; Sánchez, harto de los pulsos de Iglesias; La Moncloa reprocha a Podemos su estrategia de presión…”

Los fustigadores de Sánchez dejan en parte de serlo apenas creen oler sangre en las disputas entre él y sus socios, y entonces se dedican a meten cizaña soñando con el cisma: “Podemos fuerza, Podemos exige, Podemos presiona…”  En resumen, eres un moroso, remoloneas para cumplir tus pactos o directamente no los cumples, llamas cabezón a quien te recuerda lo firmado y hasta tus críticos te hacen la ola.

Recordemos cuáles son algunas de las exigencias, esas “terribles” presiones que, según los correveidiles de la corte, sufre Sánchez por parte de los “pesaos” de sus socios: subir el salario mínimo un 0.9 por ciento, frenar los desahucios hasta mayo, evitar los cortes de suministros en los hogares con menos recursos, agilizar la reforma laboral, proteger las pensiones…

Todo medidas de corte social, decisiones que benefician a los más desfavorecidos y que el sector mayoritario del Gobierno de coalición retrasa o maquilla: ahora no se puede hacer nada para asustarles (a los empresarios), ha comentado alguno de los ministros socialistas, necesitamos que inviertan y que vuelvan a confiar para relanzar la economía”. Y, claro, todo se resuelve rebañándole nueve euros al mes a los trabajadores que menos cobran. O regateando con los suministros, o compensando a los fondos buitre por según qué desahucios, o negándose a anular la reforma laboral de Rajoy, promesa esta que, por cierto, hizo el propio Partido Socialista… Luego está el asunto quizás más peliagudo y con el que el ministro de Seguridad Social patinó por la manera en que lo dio a conocer: el informe donde se propone que el cómputo para calcular las pensiones se alargue de los 25 a los 35 años de vida laboral.

Si el término “cabezón” ha de emplearse en su sentido correcto, lo suyo sería aplicarlo a quien se resiste o se niega a cumplir lo prometido, no a quien reclama que esto se haga. Las discrepancias en un gobierno de coalición son perfectamente entendibles, pero las explicaciones de la parte que se resiste a atender según qué reclamaciones no deberían sonar a tomadura de pelo ni proporcionar munición a quienes buscan sin descanso abrir brecha como sea. 

Afirman según qué cronistas que lo que hay detrás de las negativas de Sánchez a las “presiones” de Unidas Podemos es la necesidad de dejar claro ante sus socios de gobierno quién es el que manda. Le hacen un flaco favor al presidente pensando así. No creo que Sánchez anteponga el orgullo ni los celos al sentido práctico que le ha permitido seguir vivo después de la envergadura de muchas de las batallas políticas que se ha visto obligado a librar en su vida. De lo contrario este martes no hubiera llegado a acuerdos (insuficientes, pero acuerdos) en materia de desahucios y suministros, cuando muchos voceros daban por hecho el fracaso completo.

Acordar no es ceder a presiones, pero sin presiones parece difícil que se cumplan los acuerdos PSOE-UP. Acuerdos de los que celebramos ya su primer aniversario. Sería bueno que las presiones a los socialistas vinieran, además de por parte de sus socios de gobierno, de las organizaciones sindicales y sociales cuya presencia en las calles hace algún tiempo que se está echando en falta.

J.T.

Publicado en "La Última Hora".