Fernando Reinlein no necesita un obituario. Los obituarios ordenan una vida y la convierten en expediente. Prefiero escribir de él como hablaba con él, sin adornos ni palabras grandilocuentes, entre otras razones porque estoy seguro que a él no le gustaría otra cosa. A Fernando lo conocí en Madrid cuando era compañero de piso de mi amigo Carlos Santos, allá por el pleistoceno. Además de los buenos momentos vividos en aquella casa, muchas noches transcurrían en “El Avión”, un bar de la calle Hermosilla donde un pianista llamado César animaba con sus melodías a que todos acabáramos cantando entre cervezas, gin-tonics, mucho humo y montañas de pipas.
Eran los primeros años de la transición y en “El Avión” confraternizábamos hasta altas horas de la madrugada políticos y periodistas de toda clase y condición. Reinlein fue periodista desde el día en que Juan Tomás de Salas, presidente del Grupo 16, lo fichó para el diario poco después de salir de la cárcel y ser aministiado. Había formado parte de la Unión Militar Democrática, la UMD, aquel grupo de oficiales jóvenes que entendieron antes que muchos civiles que el país no podía seguir sosteniéndose sobre el miedo y la obediencia ciega. En julio de 1975, pocos meses antes de la muerte de Franco, él y ocho compañeros más fueron encarcelados y expulsados del ejército. Nunca volvieron, aunque años después se les reconocería el grado y la antigüedad.Hubo que esperar hasta 2010 para que su papel en aquellos años duros fuera reconocido oficialmente por parte del Congreso y del Gobierno de la nación.
Cambió pues Reinlein el uniforme por la palabra escrita, otra forma de resistencia. El periodismo fue para él una continuación lógica de lo que había hecho hasta entonces, contar, explicar y no aceptar versiones oficiales sin verificarlas. En 1989 fue mi jefe. Yo acababa de ser nombrado por Enrique Badía director de Diario 16 Málaga, un proyecto frágil, lleno de intuiciones y carente de certezas. Como Fernando era el responsable de todas las ediciones regionales de Diario 16, se vino a Málaga durante las semanas previas a la salida de nuestro periódico para ayudarnos a Jesús Pozo como redactor jefe y a mí a sacar adelante el proyecto. Y a Ramón Triviño, nuestro jefe de política, quien por cierto también nos dejó hace una semana. Cuando el diario estuvo ya en los quioscos, Fernando se quedó con nosotros los primeros días, los más delicados, para ayudarnos a hacer frente a la hostilidad abierta de Paco Rosell, entonces director de Diario 16 Andalucía, quien había intentado impedir por todos los medios la segregación de Málaga como periódico propio.
Fernando no levantaba la voz ni buscaba el choque, pero sabía imponerse. Sus trucos eran el sentido del humor, la socarronería, los silencios sabios cuando entendía que sus interlocutores no merecían réplica, una envidiable habilidad para contar anécdotas y una campechanía que desarmaba. De él aprendí entre otras muchas cosas que el poder no debe ejercerse nunca de manera explícita, sino desde la autoridad moral.
Desde que se jubiló, pasaba buena parte del año en el Cabo de Gata, donde hace tres veranos celebró rodeado de amigos, en un bar del paseo marítimo, el 50 aniversario de su boda con Antonia Ballesteros, la madre de sus cuatro hijos. Desde el pasado quince de enero ya no está con nosotros. Aunque quien más quien menos ya nos hemos quitado también de los gin-tonics, digo yo que alguno que otro tendrá que caer estos días a la salud del Reinlein. Al menos en mi caso, así será. ¡Salud y República, querido Fernando!
J.T.

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