Durante las últimas décadas, buena parte del mundo cultural español parecía, y en muchas ocasiones lo era, un auténtico bastión progresista. Actores, músicos, directores, bailarines y escritores que habían vivido la transición, el tardofranquismo o la euforia democrática parecían tener claro de qué lado estaba la libertad, la justicia social y la defensa de los derechos civiles. Pero desde un tiempo a esta parte, yo ya no entiendo nada. Algo ha pasado aquí que se me escapa y lleva ya un tiempo rompiéndome los esquemas.
Desde que Miguel Bosé asombró al mundo durante la pandemia arremetiendo contra las vacunas y Nacho Cano apareció en la Puerta del Sol rindiéndole pleitesía a Isabel Díaz Ayuso cuando esta le entrego en 2021 la Gran Cruz de la Orden del 2 de Mayo, el número de famosos que va escorando hacia la derecha cada día que pasa no hace más que crecer. Escuchar la otra noche a Antonio Banderas criticando al gobierno mientras a Pablo Motos se le caía la baba me desconsoló. Como ver a Santiago Segura presentando unos premios donde el fascista Vito Quiles figuraba entre los galardonados…
¿Están enfadados porque pagan muchos impuestos, le molestan los derechos de los trabajadores cuando se meten a empresarios, se sienten menos mimados, le tienen miedo a perder status y privilegios, han solicitado favores y no se los han concedido? Sea por lo que sea, el caso es que nombres propios que todo el país admiró durante mucho tiempo se nos van cayendo del pedestal por unas razones o por otras.
Lejos de ser víctimas ingenuas, participan del juego. Atacan a Pedro Sánchez como si fuera su enemigo personal, entregan premios a agitadores ideológicos, callan ante los abusos de sus amigos y claman contra el Gobierno mientras disfrutan de contratos públicos, exenciones fiscales o favores institucionales en las comunidades y ayuntamientos donde gobiernan las derechas.
En otro plano no estrictamente político, aunque todo es político en el fondo, están los casos de Plácido Domingo o Julio Iglesias. De izquierdas precisamente nunca fueron ninguno de los dos, eso es verdad, pero sí eran personajes admirados por gentes de toda condición. Cuando empezaron a aparecer informaciones sobre cantantes de ópera que acusaban al tenor de haberlas acosado costó creerlo, como así les ha ocurrido a muchos tras conocerse estos días el escándalo en torno al comportamiento de Julio Iglesias con mujeres que trabajaban para él en su propia casa. Puede que fuera previsible, pero… ¿tanto? Escuchar a Ramón Arcusa, del Dúo Dinámico, o a Ana García Obregón, el perejil de todas las salsas, defendiendo al cantante de La vida sigue igual puede que fuera predecible, sí, pero también descorazonador.
Creo que el mundo del espectáculo español se acostumbró durante años a una adoración incondicional, carente de crítica, con las revistas del corazón dominando un relato edulcorado y banal que fue agriándose a medida que este tipo de periodismo iba siendo importado a programas televisivos. Hoy las redes, el feminismo, el Me Too y una ciudadanía más vigilante están empezando a conseguir romper según qué tabúes. De repente se ha abierto por fin el melón, se ha empezado a hablar y escribir de lo que solo se hablaba en según qué cenáculos y en voz baja en muchos casos, cómo se trataba a las mujeres, cómo se conseguían ciertos éxitos… Y muchos famosos no lo han asumido. Tampoco políticos como José Luis Ábalos, que no han sabido, o no han querido, adaptarse a ese nuevo escenario. Ni el personaje de la revistas del corazón por excelencia, Juan Carlos de Borbón, quien aún no acaba de entender que los pactos de silencio en torno a sus aventuras y corruptelas hayan saltado estrepitosamente por los aires.
En ese nuevo escenario, políticos desprejuiciados como Ayuso han descubierto un excelente caldo de cultivo para obtener rentabilidad política. Apoya a Nacho Cano o a Julio Iglesias porque políticamente le interesa defender un modelo cultural basado en la impunidad del poderoso, en la confusión entre crítica y ataque, entre justicia y persecución. Ella y sus mentores protegen a defraudadores confesos o riegan de subvenciones a periódicos ultras porque así marcan territorio.
Y por esa misma razón, para que quede claro quién manda aquí, denuncian a quienes no le bailan el agua, como Nacho Duato, a quien han conseguido que le cierren su cuenta de Instagram, donde el prestigioso bailarín se manifestaba implacable contra la marioneta de Miguel Ángel Rodríguez en vídeos cuyas diatribas muchos celebrábamos por la claridad y contundencia con que se manifestaba. Reconforta saber que aún quedan referentes del mundo de la cultura que no han cambiado de bando. Como Javier Bardem, José Sacristán y algunos otros, aunque la cosa ya no es ni mucho menos lo que era. A ver qué pasa este año en la gala de los premios Goya, el próximo 28 de febrero en Barcelona.
J.T.


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