¿Cuándo fue la última vez, querido lector, querida lectora, que le escribió usted una carta a un ser querido? Una carta de aquellas largas en las que le contábamos lo que habíamos hecho en el día a nuestros padres, a nuestros hijos o a la persona con la que andábamos de novios. Cartas desde la mili, desde el internado, desde el lugar a donde habíamos emigrado para buscarnos la vida. Cartas que las abuelas besaban cuando las recibían y que los nietos más avispados les leían en voz alta: “Queridos padres, me alegraré que al recibo de la presente os encontréis bien. Yo bien A.D.G. (que quería decir gracias a dios)"
No hace tanto tiempo de esto, apenas algo más de una generación. Pero ya es historia. Ya no nos escribimos cartas, ya no escribimos direcciones en los sobres, ni pegamos en ellos el sello correspondiente antes de pasar la lengua por la solapa posterior, escribir el remite y cerrarla con el mayor de los amores. Ya hace mucho que no acudimos a depositarla en el buzón más cercano. Por cierto, ¿saben ustedes dónde está el buzón amarillo más cercano a su casa?
En Dinamarca los buzones son rojos, pero en pocos días desaparecerán de sus calles porque las autoridades han decidido que, desde el pasado día uno de enero, ya no se recogen ni reparten más cartas. El Correos danés desaparece como servicio público. El que quiera mandar o recibir cartas que haga lo mismo que con los paquetes, que recurra al mundo comercial de la mensajería. Otra triste victoria más de los tiempos que corren. Cuatrocientos años de historia desaparecen así de un plumazo en este país escandinavo.
Las autoridades se amparan en los datos: de 1.500 millones de cartas enviadas en el año 2000, la cifra ha bajado hasta 122 millones en 2024, según cuenta hoy Josep Fita en La Vanguardia. Más de un 90 por ciento de caída. En España, los envíos postales han descendido un 64 por ciento en los últimos diez años, según cifras de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia. Los números, siempre tan poco sentimentales, certifican lo que llevamos tiempo percibiendo a diario, que ya no nos escribimos, que ya no se envían postales en los viajes, ni tarjetones por navidad, ni felicitaciones de cumpleaños. Se acabó.
Aunque Dinamarca es el primer país en tomar la decisión de hacer desaparecer Correos como servicio público, otros como Australia, Alemania, Reino Unido o Canadá ya apostaron en su día por recortar servicios, reducir días de entrega o incluso liberalizar parte de la actividad, pero sin eliminar de momento el reparto nacional de cartas). Todo llegará. Demasiado costoso, dicen, demasiado lento para los tiempos que corren. Ahora todo es inmediato, se acabó esa magia de esperar la llegada del cartero, lo siento señora, hoy no tengo carta para usted, ya no hay huella en ningún papel que conserve lo que nos dijimos, no hay cajones llenos de sobres amarillentos que alguien encontrará dentro de treinta años. Tampoco caligrafía que delate el estado de ánimo, ni tachones, ni manchas de café.
Igual que en su día debió dejar de ser rentable fabricar relojes de cuerda o mantener abiertos la mayoría de los cines de barrio, parece que ha llegado el momento de cuestionar la existencia de los carteros. Mal asunto reducir a términos de rentabilidad un servicio ciudadano. Enviarnos cartas era una opción que muchos llevamos desaprovechando desde hace bastante tiempo. Demasiado castigo que nos priven para siempre de la posibilidad de volver a utilizarla. Hoy ha sido Dinamarca, pero conocemos bien aquello de las barbas del vecino. Las cartas tenían vida propia y un indiscutible punto poético que ni los guasaps ni los avances que le sucedan podrán proporcionarnos nunca. No es una buena noticia que los buzones desaparezcan.
J.T.

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