viernes, 15 de mayo de 2026

Andalucía. Ahora que quedan pocas horas...


Tic-tac, tic-tac. El reloj acelera camino del 17 de mayo, domingo electoral en Andalucía. En las sedes de los partidos, en los platós de televisión y en las calles de pueblos y ciudades se respira el aire espeso de todo final de campaña, una mezcla de agotamiento, escepticismo y alborozo: ¡Por fin se acaba la campaña electoral! Los políticos contentos porque, al menos por unos días, ya no tienen que mentir más, y los electores aliviados porque quince días de tabarra es mucha tabarra. 


Y me pregunto yo: A estas alturas, ¿qué sentido tienen las campañas electorales tal como las concebimos? Son largas, tediosas, caras y poco rentables. Miles y miles de euros que se evaporan en mítines a los que solo acuden los ya convencidos para dejar constancia de su adhesión inquebrantable, aplaudir y propinarse codazos hasta conseguir hacerse un selfie con el líder o la lideresa de turno ¿Es este el sentido de los mítines, reunir a los convencidos de siempre para darse un baño de nostalgia y fingir falsas esperanzas? ¿Cuál es el sentido de unos debates televisivos absolutamente predecibles donde sabes que todos los candidatos te van a engañar y que el show va a estar tan medido como descafeinado? ¿Cuál el sentido de la cartelería callejera, cuál el de los sobres que se envían a las casas? ¿A qué viene tanto gasto, de verdad que compensa el esfuerzo inversión-resultado? 


Si todos parece que estamos de acuerdo en que de lo que se trata es de ver cómo convencemos para que voten a un puñado de indecisos y a una buena cantidad de vagos e indolentes que no se toman la molestia de acudir al colegio electoral, ahora que con los mecanismos digitales parece más fácil, ¿por qué no centramos nuestros esfuerzos en eso y a los demás lo dejamos en paz? La gran mayoría de los electores hace tiempo que eligió trinchera. Da igual lo que ocurra, da igual una corrupción más, un bulo menos, un debate mediocre o una promesa imposible. El voto se ha convertido en una cuestión identitaria, emocional, casi futbolística. Los míos contra los tuyos. Y punto.. Está claro que el 80 por ciento no va a mover su voto así caigan chuzos de punta, que del 20 por ciento restante la mitad no se van ni a molestar en salir de casa para votar, ergo... ¿para un diez por ciento tanta parafernalia, tanta música, tanto escenario, tanto viaje, tanto abrazo y tanta soflama? Pues parece que sí porque, según los entendidos, en ese diez por ciento está la clave del éxito o el fracaso. Exageran. O no.


Y del día de reflexión, ¿qué me dicen? ¿Quién reflexiona, sobre qué y para qué? Para bien o para mal, los días anteriores a las votaciones son tiempo muerto que cuesta rellenar a la espera de la noche del domingo cuando se abran las urnas, se cuenten los votos y nos demos cuenta de que esto no tiene remedio. Quedan horas. Lo que no se haya trabajado durante meses, durante años, no se puede arreglar en los últimos días. Como ocurre en los exámenes, ahora que estamos en la época, lo que no hayamos ido estudiando y trabajando durante el curso no podemos arreglarlo con las últimas dos noches sin dormir.


Los resultados electorales tienen algo de eso, de recoger el fruto de toda una temporada sembrando, regando y abonando. Ni los reyes magos existen ni los milagros tampoco.


J.T.

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