La verdad es que la foto posee una fuerza descomunal. Como ha quedado demostrado desde que sucedió, Lamine Yamal enarbolando la bandera palestina en el autobús descapotable donde el Barça celebraba haber ganado su campeonato de Liga número 29 es una imagen potente, pero que muy potente. Y eficaz ¿Cuántos discursos políticos, cuántos editoriales de periódico, cuántos programas de televisión hacen falta para conseguir un impacto similar?
El gesto de Lamine tiene mucho más valor que si lo hubiera realizado cualquier otro de sus compañeros, las cosas como son. La gran joya del fútbol español y europeo, el rostro comercial de la próxima década, un futbolista destinado a protagonizar mundiales, Balones de Oro, contratos astronómicos, reivindicando Palestina en plena “rúa”. Impactó porque lo hizo a sabiendas de que le puede costar caro, si tenemos en cuenta la carencia de escrúpulos y prejuicios de los inabarcables poderes que apoyan a Israel y su genocidio. Que le pregunten a según qué actores y actrices Hollywood, por ejemplo.
No tardaron en salir a la palestra los guardianes de la neutralidad deportiva cuando se percataron del gesto de Lamine, los viejos predicadores que defienden que “el fútbol no debe mezclarse con la política”. Siempre que se trate de a Palestina, claro, porque si Messi se fotografía con Trump, eso no es política, ¿verdad? Ni que Laporta lo haga con una bandera de Israel, ni que Carvajal le niegue la mano a Pedro Sánchez. En fin.
Me llamó la tención que Hansi Flick lo criticara (“No me gustan estas cosas, nos dedicamos a jugar al fútbol”, dijo, aunque añadió que “respetaba la decisión del jugador”) y me alivió escuchar a Guardiola defendiéndolo. Vamos a ver si nos dejamos de tonterías: el fútbol jamás estuvo separado de la política, ni en los Mundiales organizados por dictaduras, ni en los himnos, ni en las banderas, ni el día a dia de tanto tejemaneje infame. Estados multimillonarios utilizan los clubes de fútbol como herramientas diplomáticas, ¿qué nos quieren venir a contar tanto sepulcro blanqueado que se rasga las vestiduras con el gesto de Lamine?
Se ponen de los nervios cuando el símbolo que se exhibe incomoda a los más poderosos contribuyendo así a remover las conciencias de quienes tienen poca información de la canallada genocida que sufren los palestinos. Van más de 72.000 muertos en Gaza, según distintas estimaciones citadas estos días en medios internacionales, de ellos 20.000 niños asesinados. Hay millones de seres humanos desplazados, hospitales arrasados, periodistas asesinados, ciudades convertidas en polvo, y nos van a venir ahora con que el escándalo es un futbolista joven con una bandera en un autobús.
Con un padre marroquí, madre ecuatoguineana, musulmán, catalán, estrella del Barça e ídolo de los adolescentes en más de medio planeta, la estrella con más futuro del fútbol español tiene exactamente la cara que más irrita a quienes siguen soñando con una identidad nacional congelada en blanco y negro. Su gesto no venía de un activista sino de un chaval que actúa con naturalidad a la hora de hacer lo que cree que debe hacer, por eso resultó todavía más potente.
Israel, conviene aclararlo, posee una gigantesca capacidad de presión política, mediática y diplomática en buena parte del mundo occidental. Cualquiera que cuestione públicamente la actuación de su gobierno se expone a campañas de descrédito y acusaciones sistemáticas de antisemitismo. Señalamientos, vetos silenciosos, presiones, algo que en el mundo del fútbol importa muchísimo porque estamos hablando de una industria global que mueve miles de millones, patrocinadores, federaciones, organizadores, televisiones, marcas, fondos de inversión… Todo el mundo toma nota, Yamal lo sabe, su entorno lo sabe y el Barça también.
Podría haberse limitado a sonreír, bailar reguetón sobre el autobús y repetir frases vacías de manual corporativo, pero decidió tomar partido. Con 18 años, en vísperas además de una etapa decisiva para su carrera internacional, con el Mundial asomando en el horizonte y con media industria futbolística contando con el como una de las grandes imágenes comerciales del torneo. No es un detalle menor.
Parece claro que el fútbol continúa siendo el gran idioma popular del planeta, mucho más influyente que la mayoría de parlamentos y más eficaz que toneladas de discursos institucionales. Un solo gesto en un estadio puede llegar más lejos que cien ruedas de prensa diplomáticas. Lo saben las marcas, lo saben los gobiernos, lo saben las dictaduras y también quienes luchan por causas humanitarias. Todos saben que un muchacho con 42 millones de seguidores en Instagram levantando una bandera palestina supone un acontecimiento en toda regla y una demostración de que la propaganda ya no puede controlar las cosas que se empeñan en ocultarnos.
De pronto, miles de chavales que solo hablaban del Barça han acabado preguntándose qué demonios está pasando en Gaza. Por eso el gesto de Lamine Yamal adquiere potencia política, porque ayuda a romper la normalización de la barbarie. Quienes sufren bajo las bombas necesitan no ser borrados del imaginario colectivo, no convertirse en ruido de fondo, no desaparecer bajo toneladas de propaganda, cinismo y cansancio informativo. Ojalá este gesto de Lamine Yamal no quede como una excepción, ojalá que de aquí en adelante no tengamos que seguir valorando como algo extraordinario que una figura pública pueda solidarse sin problemas con una población masacrada.
J.T.



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