El pasado miércoles, el centro de Londres amaneció con esta sorpresa. En Waterloo Place, uno de los espacios más cargados de historia monumental en la capital británica, apareció de la noche a la mañana una estatua de casi tres metros de altura. Sobre un pedestal clásico, un hombre vestido con traje camina con determinación hacia adelante, con una pierna ya fuera, a punto de dar un paso al vacío. En sus manos sostiene una gran bandera que, impulsada por el viento, le cubre completamente el rostro, cegándolo. En la base, firmada con letras sencillas, aparece una sola palabra: Banksy.
Al día siguiente, el propio artista callejero más famoso del mundo confirmó en su cuenta de instagram que la obra era suya. Publicó un vídeo en el que puede verse cómo, en plena madrugada, un camión de plataforma baja y una grúa colocaban la escultura en su sitio sin que nadie lo impidiera. La operación, precisa y sigilosa, recuerda el estilo característico de Banksy, intervenir el espacio público de forma inesperada y desaparecer.
Waterloo Place se encuentra en pleno corazón ceremonial de Londres, cerca de Buckingham Palace, a pocos metros de estatuas dedicadas al rey Eduardo VII, a Florence Nightingale y al Memorial de la Guerra de Crimea. En este entorno de monumentos que celebran el imperio, la monarquía y el heroísmo militar, la figura anónima y cegada de Banksy resulta especialmente perturbadora para los amantes de lo políticamente correcto.
A mi entender, la obra satiriza el patriotismo ciego y es un alegato contra la epidemia fascista. El hombre de la columna, posiblemente un político o líder, avanza con paso firme envuelto en su propia bandera nacional, sin poder ver hacia dónde se dirige. La metáfora es poderosa: el nacionalismo desmedido o las ideologías radicales con la bandera como excusa pueden llevar a la sociedad directamente al precipicio. Como en muchas de sus piezas, Banksy no explica lo que quiere decir, prefiere dejar que la imagen hable por sí sola y que cada cual haga su propia interpretación.
Esta no es la primera incursión del artista en la escultura tridimensional. En 2015, durante su polémico parque temático Dismaland, ya incluyó varias instalaciones escultóricas de gran formato. Sin embargo, esta es una de las pocas veces que Banksy ha colocado una estatua de estas dimensiones en un espacio público tan visible y cargado de simbolismo oficial. Su capacidad para colar una obra de este tamaño en una de las zonas más vigiladas y turísticas de Londres ha generado admiración y perplejidad a partes iguales. ¿Cómo es posible que nadie se diera cuenta durante la instalación?
La estatua, aparentemente realizada en fibra de vidrio, ha atraído desde el primer momento a centenares de personas. Algunos la ven como una crítica al Brexit y sus consecuencias, otros como un comentario más universal sobre el fanatismo político y la ceguera de los intolerantes.
Como es habitual en la obra de Banksy, la pieza tiene fecha de caducidad. Las autoridades de Westminster ya han indicado que la estatua será retirada en los próximos días, convirtiéndola en una intervención temporal más del artista. Su destino final es incierto: podría acabar en un museo, ser subastada o, simplemente, desaparecer como tantas otras obras del misterioso artista.
Con esta acción, Banksy vuelve a demostrar por qué sigue siendo, más de dos décadas después de sus primeras pintadas en Bristol y Londres, una de las voces más incómodas y relevantes del arte contemporáneo. Por lo general los monumentos suelen glorificar el pasado, pero él prefiere cuestionar el presente. Cegado por su propia bandera, el hombre del traje nos recuerda que, a veces, las convicciones más fuertes son precisamente las que nos impiden ver el abismo.
J.T.
