jueves, 14 de mayo de 2026

Sobre la apabullante mayoría absoluta con la que Bally Bagayoko ha sido elegido alcalde de Saint-Denis


A la izquierda Jean-Luc Mélenchon, 

en el centro Bally Bagayoko, nuevo alcalde de Saint-Denis


El pasado mes de marzo Bally Bagayoko, 52 años y de origen maliense, se presentó a  las elecciones municipales en Saint-Denis por La France Insoumise (la formación política que lidera Jean-Luc Mélenchon), obtuvo más del 50 por ciento de los votos y desde entonces gobierna una ciudad de la zona metropolitana parisiense que supera los cien mil habitantes. Leo cómo lo cuenta este jueves El País y decido buscar documentación para ilustrarme lo mejor posible sobre el asunto porque me llama poderosamente la atención el titular con el que el periódico encabeza la crónica: El alcalde negro y musulmán que encarna los cambios en Francia.


Me chirría la obsesión por convertir cualquier victoria política protagonizada por alguien racializado en una pieza casi antropológica sobre identidad, religión o color de piel. A mi entender lo significativo no es eso, o no tendría por qué serlo. Cuando uno termina la lectura del texto sabe ya muy bien quién es Bagayoko, cómo se desenvuelve en el cargo y los obscenos ataques racistas de los que está siendo objeto sobre todo por parte de medios y partidos de la derecha y la ultraderecha. Pero Francia lleva décadas sin resolver su relación con las “banlieues” (suburbios), con el colonialismo y con una parte de su ciudadanía a la que margina y sigue mirando como si estuviera aún “en proceso de integración”, por lo que me resulta llamativo que este enfoque se relegue a un segundo plano en el artículo.


La clave de la victoria de Bagayoko en Saint-Denis no es solo sociológica o identitaria sino también, y sobre todo, política y económica. No olvidemos que contó además con el apoyo de formaciones como Les Radicals de Gauche, Les Verts Populaires y PEPS (Pour une Écologie Populaire et Sociale), así que tal vez lo importante no sea la raza o las creencias del flamante alcalde, sino que represente a una izquierda que ha entendido el agotamiento del modelo liberal europeo en los barrios populares ¿Por qué los más desfavorecidos, amplias capas urbanas empobrecidas, encuentran hoy en el entorno de  La France Insoumise un discurso con el que se sienten más identificadas que con el de la socialdemocracia tradicional? 


No creo que la victoria de Bagayoko necesite una explicación étnica antes que política. Convertir un político negro o musulmán en “símbolo de los cambios de Francia” significa situarlo en el terreno de lo excepcional. El apellido, la religión o el origen no tienen por qué ser más decisivos que el programa, el trabajo territorial o el desgaste de las élites tradicionales. 


Bagayoko ha ganado por mayoría abrumadora en Saint-Denis porque conectó con una ciudadanía golpeada por desigualdades históricas, porque sintoniza con quienes sienten que la República Francesa se desentiende de ellos y también porque la izquierda institucional abandonó los barrios dejando huecos importantes en las áreas metropolitanas que ahora empiezan a ocupar nuevas sensibilidades, una generación fresca de dirigentes con menos miedo y ninguna gana de pedir perdón por sus orígenes. 


Claro que es grave la pertinacia de los ataques racistas, faltaría más. Claro que, como en tantos otros países, la extrema derecha interpreta cualquier avance de una Francia cada vez más plural y diversa como una amenaza a la civilización occidental. Pero en este caso yo me limitaría a intentar contestar a la pregunta que plateaba más arriba: ¿Por qué los partidos progresistas tradicionales han dejado de representar emocionalmente a gran parte de las clases populares urbanas mientras proyectos como La France Insuomise sí consiguen hacerlo?


J.T.

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