miércoles, 13 de mayo de 2026

En la muerte de “El Cabrero”



Barba cerrada, bastón, aspecto de pastor serrano y una actitud completamente alejada del artista comercial. Cantaba seguiriyas, soleás y tonás con estilo muy áspero y profundo y se hacía llamar “El Cabrero”. En los últimos años de la dictadura se convirtió en un referente con letras combativas, libertarias y profundamente críticas con el poder, la injusticia social y el franquismo. Militaba en la rebeldía dentro del flamenco, y jamás se desprendió de sus raíces jornaleras y anarquistas.  


Este miércoles ha muerto en Aznalcóllar (Sevilla), el pueblo donde nació hace 81 años. José Domínguez Muñoz, El Cabrero. Antes que artista fue pastor, cabrero de verdad, y nunca dejó de serlo del todo. Incluso cuando ya era una figura internacional del cante, seguía volviendo al campo del que salió su nombre artístico y su manera de cantar áspera, seca y sin adornos innecesarios. 


Nos enseñan a matar

Mucho más que a sembrar un árbol

Y los que nos rebelamos 

Solo nos queda gritar

¡Ni guerra, ni dios ni amo!


Estas cosas cantaba El Cabrero, que nunca entendió el flamenco como mero entretenimiento. Cantó sobre los jornaleros, la pobreza, la dignidad y la rabia de los olvidados. Tras la muerte de Franco continuó con su combate y convirtió el flamenco en un territorio de resistencia moral y política. Sus letras hablaban del campo andaluz porque él venía de allí y porque jamás quiso abandonarlo del todo. Tenía una voz imposible de domesticar, ni limpia ni académica según los puristas, pero completamente reconocible. Cuando cantaba por seguiriyas o por soleá parecía que estuviera discutiendo con el mundo entero.


No quiero ver injusticias ni miserias;

no quiero ver militares ni princesas;

no quiero ver dictaduras ni pobrezas;

no quiero ver religiones ricas, ni reinas.

Que sólo quiero yo ver a los pobres sin miseria;

a los ricos sin dinero desnudos en esta tierra;

a infinitos corazones unidos por el amor

y unidos contra la guerra.

A la sombra de mi sombra

me estoy haciendo un sombrero

pero voy a dejar de hacerlo

para luchar con dos güevos.


“A la sombra de mi sombra” se llamaba la pieza donde estaban incluidos estos versos, que resumían una mezcla de orgullo herido y resistencia íntima que solo él sabía sostener. Era el monólogo de un hombre que había decidido ir por la vida sin tener por qué pedirle permiso ni perdón a nadie. Ahí residía la mayor parte de su fuerza y así es como labró su carisma. 


Cantaba desde su mundo y conseguía convertir su experiencia campesina en poesía directa y amarga. Grabó tangos argentinos, colaboró con artistas alejados del flamenco ortodoxo e incluso compartió proyectos con figuras internacionales como Chick CoreaPeter Gabriel. Pero jamás perdió el acento de su tierra ni la garra de la sierra. Se convirtió, probablemente sin proponérselo, en un símbolo respetado también por quienes no compartían sus ideas, entre otras razones porque nunca suavizó su discurso ni pidió perdón por cantar como cantaba ni por pensar como pensaba.



Andalucía, qué mal vives!

Pueblo labraor y minero

Estás en manos de rateros

Que a su voluntad te exprimen

Siendo tan rico tu suelo.


Chapeau, admirado Cabrero! 


De las elecciones del próximo domingo en Andalucía, mejor ni hablamos, ¿verdad? Allá donde estés, no te cabrees demasiado con los resultados, que somos muchos los que seguiremos luchando en tu nombre y en tu memoria pase lo que pase. Tenemos mucho trabajo por delante, lo sabemos, pero nos vendremos arriba escuchando tus canciones.


J.T.

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