viernes, 10 de mayo de 2019

Menos campanas al vuelo y más pico y pala: nada está ganado


¡Qué momento el de las municipales y autonómicas del 2015!, ¿recuerdan? La ola del 15M y el nacimiento de Podemos un año antes hicieron que fuera posible arrebatar a la derecha alcaldías tan emblemáticas como Madrid o Barcelona. Se podía, y se pudo. Así, feudos que parecían inaccesibles se convirtieron en ayuntamientos del cambio: Además de Carmena o Colau, lo consiguieron Santisteve en Zaragoza, Asirón en Pamplona, Martiño Noriega en Compostela, Xulio Ferreiro en A Coruña, Kichi en Cádiz, Espadas en Sevilla, Ribó en Valencia…

¡Qué bonito sería recuperar para estas elecciones aquel vigor! Aún con la resaca de las generales, la campaña de las municipales, autonómicas y europeas se presenta tan de sopetón que parece como si no hubiera dado tiempo a recomponerse. Esta sobredosis, este atracón de urnas y papeletas puede tener su peligro para la izquierda. La alegría que proporcionaron los resultados de Abril, sumada a las optimistas predicciones del CIS conocidas esta semana, supone un riesgo enorme. Tanta euforia puede incitar a bajar la guardia y no hay que olvidar, ni por un instante, que el partido está aún por jugar y que el resultado definitivo siempre está en el aire, hasta el último minuto.

El reto es que la participación continúe en la misma línea del 28A. Hay que motivar al elector empachado. Tenemos en juego 12 autonomías, 8.116 mil ayuntamientos, 54 representantes en el Parlamento Europeo… y yo percibo muy poca tensión electoral. Como si, tras lo vivido a finales de abril, ya todo fuera coser y cantar. Gran error. No sé si aciertan quienes llaman “segunda vuelta” a las elecciones de mayo, pero una cosa está clara: para conseguir unos resultados en la línea de los obtenidos en las generales, es precisa una movilización que yo estoy echando de menos. Hay que sudar mucho más la camiseta.

Se equivoca la izquierda si piensa que la fragmentación de la derecha le favorece. Se equivoca sobre todo porque está desaprovechando la oportunidad de unirse por una vez en la vida. En lugar de cerrar filas se dedican a dividirse más. ¿Que la derecha se fracciona? ¿Cómo vamos a ser menos nosotros, que además tenemos más experiencia en esas lides? Continúan erre que erre, a pesar de los trescientos y muchos mil votos tirados a la basura en Abril. Las papeletas de Actúa, 30.000; En Marea, 17.000; Compromís, 172.000 y Front Republicá, 113.000, unidas a las de Podemos, hubieran significado 6 escaños más para esta formación en el Congreso de los Diputados.

¿Hemos aprendido algo? Pues parece que no, a tenor de la proliferación de siglas para el 26M incluso en ciudades clave: En el ayuntamiento de Madrid, Izquierda Unida se presenta por separado; también en la Comunidad, donde las candidaturas enfrentadas de Errejón y Podemos encarecen aún más el precio que costará echar a la derecha, si es que se consigue. ¿Para qué vamos a facilitar las cosas si podemos dificultarlas? En Barcelona corre peligro la candidatura de Colau, en Zaragoza el alcalde y el representante de Podemos se llevan como el perro y el gato, es posible que se salven Cádiz, Sevilla y Valencia, y probablemente también alguna ciudad gallega de las que en 2015 apostaron por el cambio, pero veremos.

Me cuesta trabajo entender tanta división, tanta pelea: en un momento en que la derecha está a punto de besar la lona, la izquierda, fiel a la más suicida de sus tradiciones, se dedica a pelearse como nunca para acabar perdiendo como siempre. Me temo que tanta trifulca ayuda muy poco a las negociaciones para formar el Gobierno de la nación. Sería muy importante que no solo se mantuvieran los gobiernos progresistas constituidos en ayuntamientos y autonomías el año 2015, sino que aumenten. Sería bueno que el bloque de izquierdas superara ampliamente al de derechas. Sí, ya sé que los datos del CIS son optimistas, pero no me fío ni un pelo.

Ocasiones como la de ahora, con la derecha noqueada, despedazada y pelándose entre ellos sin piedad, no creo que se vuelvan a presentar. Tardarán poco en recomponerse, así que si no se aprovecha la oportunidad, perderemos toda autoridad moral para quejarnos cuando ya no haya remedio.

Nos ponemos las pilas, ¿o qué?

J.T.

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