Habrá de llegar el día en que las derechas de Colón, de nuevo resucitadas estos días, dejen de usar el terrorismo como arma arrojadiza. Es una vergüenza, produce verdadera grima que a estas alturas aún continúen empeñados en mantener vivo el fantasma de ETA, pronunciando los nombres de sus víctimas en el Congreso sin ningún pudor ni respeto por su memoria.
domingo, 28 de noviembre de 2021
La poca vergüenza de Guillermo Díaz, diputado de Ciudadanos
Habrá de llegar el día en que las derechas de Colón, de nuevo resucitadas estos días, dejen de usar el terrorismo como arma arrojadiza. Es una vergüenza, produce verdadera grima que a estas alturas aún continúen empeñados en mantener vivo el fantasma de ETA, pronunciando los nombres de sus víctimas en el Congreso sin ningún pudor ni respeto por su memoria.
sábado, 27 de noviembre de 2021
¡Saquen sus sucias manos de la clase obrera!
Aunque el acuerdo que puso fin a las protestas en Cádiz no sea para tirar cohetes y aunque el comportamiento policial fuera tan vergonzoso como rastrero, durante esos nueve días ocurrieron también en la Bahía cosas hermosas protagonizadas por gentes con dignidad, gentes que nos devuelven la fe en que no todo está perdido, que luchar merece la pena y que los derechos se conquistan como toda la vida: peleándolos.
Entre las perlas que han quedado ahí y que al menos yo pienso recordar y citar durante mucho tiempo, se encuentra un tuit del alcalde de Cádiz frenando en seco el intento del fascista Abascal de capitalizar las protestas: “Señoros de VOX, escribió Kichi, saquen sus sucias manos de la clase obrera gaditana. Saquen sus sucias manos de una tierra inclusiva y diversa. Sáquenlas!”
El líder de Vox había tenido la cara dura de intentar terciar en el conflicto simulando en redes estar a favor de los trabajadores por si encontraba así algún despistado que pudiera llegar a creerse su apoyo. Hace falta tener poca vergüenza. Acostumbrado a pescar en todas las aguas revueltas posibles, con los problemas de Cádiz se le fue la mano. Acostumbrado a no documentarse antes de soltar barbaridades, en este caso pinchó en hueso.
Las gentes de Cádiz llevan ya décadas dejando claro que con ellos no se juega. Gracias a las luchas en el puente Carranza, Astilleros sigue abierto (hay que recordar que en el año 1995 Pedro Solbes -ministro socialista de Felipe González- decidió cerrarlos y a los dos días se tuvo que echar atrás); gracias a las movilizaciones, la Bahía no se ha convertido ya en la zona turística con la que sueñan los amigos de Abascal y de Casado, responsables ellos de esa política depredadora practicada en la zona y cuyo objetivo es acabar antes o después con cuanta actividad industrial quede viva en Puerto Real, San Fernando, el Puerto de Santa María o Cádiz capital.Como se recordaba en un vídeo protagonizado por artistas y escritores andaluces difundido durante los días del conflicto, toda la industria auxiliar gaditana lleva décadas siendo desmantelada. Así, lo que en tiempos llegara a ser una zona pujante y llena de vida ha acabado convertida en un triste desierto de solares desangelados. Miles de puestos de trabajo se fueron evaporando uno detrás de otro convirtiendo así la zona en campeona nacional del índice de paro con más de un 23 por ciento. A día de hoy.
La multinacional Delphi, una empresa que fabricaba piezas de automóviles, cerró en 2007 dejando sin empleo directo a 2.500 trabajadores y a otros 1.000 más de empresas auxiliares. Altadis, la antigua fábrica de tabaco, cerró definitivamente sus puertas en 2014 dejando desempleadas y prejubiladas a 1.100 personas. La empresa San Carlos en San Fernando, que se dedicaba a la construcción de motores y piezas de barcos, cerró y dejó en la calle a 400 operarios en 1999. Navalips, que fabricaba hélices, dejó a más de cien familias sin amparo cuando resolvió abandonar la actividad. En 2012 Gadir Solar, dedicada a las placas solares, hizo lo propio con más de 200. Cuando Ibérica Aga, que producía y distribuía oxígeno y otros gases además de material quirúrgico, decidió en 2010 bajar la persiana tras ocho décadas de actividad, tenía casi 80 personas trabajando. Y así sucesivamente...
Los Astilleros, ahora Navantia, la mayor fuente de trabajo de la región, fueron reconvertidos una y otra vez y siguen vivos de milagro. Junto a ellos han conseguido sobrevivir aún en la zona la empresa Alestis (especializada en diseño, fabricación y montaje de aeroestructuras) Airbus, fabricante de aviones, y Dragados (construcción). Estas compañías operan en un buen porcentaje a través de empresas auxiliares que precarizan a sus trabajadores con contratos temporales, lo que traducido significa no garantizar derechos laborales. En estos momentos, más de 3.000 empleos están en peligro en estas empresas.
Y en ese contexto, cuando los ánimos estaban más calientes tanqueta policial incluida, va Abascal y publica el farisaico tuit afirmando que “la lucha de los obreros del metal es la reivindicación legítima de una provincia condenada a la miseria.” No tardó en ser neutralizado como se merecía: “Saquen sus sucias manos de la clase obrera gaditana. Saquen sus sucias manos de una tierra inclusiva y diversa. Sáquenlas!”.
J.T.
sábado, 20 de noviembre de 2021
Protestar es imprescindible
Parece que por fin la hibernación ha terminado y vuelve la contestación social y laboral. En la calle, como debe ser, que ya era hora. Tras dos largos años narcotizados por la pandemia y sus incertidumbres, etapa por cierto excelentemente aprovechada por las derechas para meternos más miedo en el cuerpo del que ya teníamos, parece que nos desperezamos y el mundo real vuelve a nuestras vidas.
El sector del metal en Cádiz, donde se reclaman sueldos dignos y proyecto de futuro, o el de la ganadería en Toledo, Cantabria y Galicia donde el precio al que se ven obligados a vender la leche no les permite siquiera cubrir gastos, han puesto de manifiesto larvados conflictos que vienen perjudicando, como siempre, al escalón más desprotegido. Hasta los peluqueros han decidido protestar para que les bajen el IVA del 21 al 10 por ciento.
Los salarios se han ido jibarizando y aquí no pasaba nada. Con la inflación por encima del cinco por ciento, la luz con tarifas estratosféricas y la escasez de según qué productos como coartada para el aumento de los abusos, los sueldos y las pensiones han ido perdiendo poder adquisitivo y ahí estábamos, tan panchos y tan pánfilos, o esa impresión daba, viendo pasar el tiempo como la puerta de Alcalá, quedándonos atrás mientras escuchábamos al presidente y sus ministras prometernos precisamente que “nadie se iba a quedar atrás”.
Pues no, se acabó lo que se daba. Las luchas obreras y sindicales que, aunque tarde, van calentando algo este otoño, son imprescindibles para que las promesas no se queden en palabras. No estamos nada contentos y por eso hay que manifestarlo. Durante dos años, las derechas ultramontanas han ido encabronando la convivencia, demostrando lo poco que les importan nuestros miedos y nuestros problemas, utilizados por ellos de la manera más torticera para ver cómo conseguían desgastar al Gobierno de coalición lo máximo posible.
No puede ser que la pandemia haya servido para enriquecer más aún a los más ricos, para que los beneficios de las eléctricas y los bancos sean literalmente pornográficos, para que cada vez que el sector del gobierno que se preocupa más por los problemas de la gente pone en marcha iniciativas para solucionarlos haya quienes, sentados incluso en la misma mesa del Consejo de ministros, les pongan en las ruedas todos los palos posibles para impedir esos avances. No puede ser.
La reforma laboral que propugna la ministra de Trabajo se propone entre otras cosas acabar con la temporalidad y la precariedad laboral, razones estas, entre otras muchas, que nos han colocado en la inferioridad de condiciones frente a los empresarios en que se encuentra toda persona que busca trabajo, sobre todo los más jóvenes. Esa reforma está costando mucho que salga adelante. En mi caso, llamadme escéptico si queréis, hasta que no la vea no me la creeré.
Por eso y por otras muchas razones me parece higiénico y útil que se salga a la calle para manifestar la indignación. Que lo hagan los “compañeros del metal”, los ganaderos, los peluqueros, los pensionistas, los maestros y profesores cada vez más desincentivados y peor pagados o los sanitarios a quienes, como si fueran kleenex, están echando a la calle tras haberse dejado la piel y jugado la vida durante los meses más duros de la pandemia por sueldos de miseria.
Es bueno el clamor de la calle. Es salud democrática y, si este Gobierno de coalición es realmente progresista, sabrá valorarlo e incluso agradecerlo. Si sus intenciones de cambiar a mejor la vida de la mayoría son ciertas, si de verdad aspiran a “no dejar a nadie atrás”, las protestas contribuirán a reforzar su postura frente al permanente empeño de quienes, sin presentarse jamás a unas elecciones, presionan e insisten en continuar determinando nuestros destinos.
J.T.
domingo, 14 de noviembre de 2021
Manual para contestar a los ultraderechistas que niegan serlo
El fascismo es frentista por definición. Mentiroso, racista, xenófobo, clasista, rechaza a las minorías, a los pobres, a la izquierda, a la democracia, humilla y desprecia a las mujeres… Busca el exterminio de quienes no piensan como ellos y aprovecha las plataformas que le ofrece el sistema democrático para sembrar el odio. Tribunas estas que, si ellos estuvieran en el poder, jamás permitirían utilizar a quienes osaran discrepar de sus planteamientos.
sábado, 13 de noviembre de 2021
Ruido
Tras la muerte de Franco los políticos de derechas al menos eran cultos. Alfonso Osorio buscaba cada sábado libros antiguos en la madrileña Cuesta de Moyano, junto al parque del Retiro; José María de Areilza era un señor erudito y experimentado y Manuel Fraga, además de la casa donde vivía, adquirió un piso solamente para llenarlo entero de estanterías donde colocar los miles de libros que poseía. Calvo Sotelo, Abril Martorell, García Añoveros, Clavero Arévalo y otros muchos eran gentes instruidas, doctores, reconocidos profesores de universidad… Estuvieras de acuerdo con sus ideas o no, siempre aprendías algo cuando hablabas con ellos. La mayoría tenía sentido del humor, retranca y sus comparecencias parlamentarias, aunque duras, jamás fueron faltonas ni maleducadas. A Adolfo Suárez le gustaban menos los libros, leía más bien poco pero era listo. Por eso sabía rodearse de colaboradores inteligentes.
Los sucesores de aquellos políticos de Unión de Centro Democrático y Alianza Popular que gobiernan ahora el PP no están ni mucho menos a la altura de sus predecesores. No tienen gracia, ni cultura ni, en el caso de Pablo Casado, capacidad para rodearse de gente más competente que él como supo hacer Suárez en su día. La derecha española degeneró con su primer heredero, un Aznar frentista, mentiroso y mal encarado; mantuvo el partido a flote a duras penas con un Rajoy ambiguo y pasota que fue obligado a marcharse cuando la "organización" recibió la primera condena por corrupción y ahora los nietos se están encargando de destrozar lo que queda del negocio. Como nos recuerda el viejo refrán, los padres hacen dinero, los hijos se lo gastan y los nietos acaban de liquidar lo poco o mucho que queda.
Es verdad que aquella derecha de hace cuarenta y cinco años fue fundada por franquistas que, cuando murió el dictador, se mostraron dispuestos a continuar en la pomada al precio que fuera; es verdad que consiguieron mantener privilegios en sectores como los bancos, las eléctricas y demás entidades depredadoras, empresas clave estas que, sin necesidad de presentarse a las elecciones, impiden todavía a estas alturas que disfrutemos de una democracia plena y sin interferencias. Pero, a pesar de las insufribles rémoras que nos dejaron, aquellos políticos de derechas fueron civilizados y hacían gala de una educación inexistente hoy día tanto en las cabezas visibles de la derecha extrema como en las de la extrema derecha.
Puede que al PP de Casado se le siga votando como predicen las encuestas, pero esta derecha de pipiolos que ha convertido el Congreso de los Diputados en un infame patio de vecinos y ha inyectado una tensión insoportable en la vida política y ciudadana es, además, una derecha iletrada, maleducada y vocinglera.
Pérez Llorca, Herrero de Miñón o Gabriel Cisneros trataron siempre con sumo respeto al entonces comunista Jordi Solé Tura, colega constituyente, algo que Casado o Abascal nunca hicieron con Pablo Iglesias, cuya superioridad intelectual era y es evidente. El régimen del 78 nos dejó una herencia complicada de gestionar, es verdad, pero eso no justifica la deriva tosca en la que andamos metidos y que no presagia nada bueno.
El odio y la intolerancia germinan mucho mejor en la incultura y la ignorancia. En política se miente desde el inicio de los tiempos, y eso nunca puede ser aceptable. Pero si aquellos abuelos mentían, que lo hacían y mucho, sus nietos y las nuevas tecnologías han conseguido que parezcan unos aprendices frente a la capacidad de desinformación que consiguen los bulos, los fakes y demás falsedades de diseño.
No hemos mejorado con el paso del tiempo. Es verdad que en el común de la ciudadanía hay menos analfabetos, pero también menos interés por el conocimiento, por la reflexión, por la inquietud intelectual. La alarmante insolvencia con la que se expresa la mayoría de los líderes políticos tampoco ayuda mucho a mejorar las cosas.
Algo se está haciendo mal desde hace ya bastantes años y esos errores están beneficiando claramente a unas derechas a las que no les da ninguna vergüenza enturbiar la convivencia como sea: colocando en las instituciones jueces controvertidos, financiando pasquines impresos y digitales a los que algunos todavía llaman prensa, o usando su presencia en los medios para difundir tensión y mal rollo. Ruido, demasiado ruido.
J.T.
sábado, 6 de noviembre de 2021
Al fascismo no se le discute, sino que se le combate
La pelea entre Casado y Ayuso por ver quién preside el PP madrileño es otro infausto episodio más en la vida de este partido que acabará beneficiando a las huestes de Vox como los populares no se aclaren pronto. Los socialistas, empeñados en recuperar el bipartidismo cuanto antes, llevan tiempo buscando excusas para acercarse al PP y esta le viene que ni pintada. Al flamante líder socialista en la Comunidad de Madrid, Juan Lobato, le ha faltado tiempo para proponer a la presidenta que retire su primer proyecto de presupuestos regionales y acuerde uno nuevo con el PSOE y el resto de grupos en la Asamblea para así ningunear a la ultraderecha. La polémica lideresa no le ha hecho ni caso, como tampoco Moreno Bonilla en Andalucía a Juan Espadas, cuando este se ofreció hace semanas a facilitar con la abstención del grupo socialista la aprobación de los presupuestos autonómicos del año que viene.
“Con la ultraderecha no se compite, a la ultraderecha se la combate” proclamó la ministra María Jesús Montero esta semana durante el debate de los presupuestos generales tras admitir que el objetivo del Gobierno de coalición es “intentar que (los miembros de Vox) no estén en ningún Gobierno”. Aunque sea “tendiendo la mano al PP”, llegó a decir. Diego Conesa y Luis Tudanca, secretarios generales del PSOE en Murcia y Castilla-León respectivamente, también llegaron a ofrecerse en el pasado al PP para facilitar los presupuestos regionales. Pues muy bonito, pero llegan tarde. Presuponiéndole a los socialistas la mejor voluntad del mundo posible, lo que ya de por sí es mucho presuponer, han dejado pasar un tiempo precioso que ha permitido al monstruo fascista que sus tentáculos crecieran sin parar y sin apenas resistencia.
Durante tres años han venido sirviéndole en bandeja las televisiones públicas para que difundieran sus proclamas fascistas sin que ningún entrevistador les parara los pies ni ningún presentador de informativo apostillara sus soflamas recordando al espectador que buena parte de lo que estos señores defienden es lisa y llanamente anticonstitucional. No son patriotas, son testaferros de las clases altas.
Pero no es solo en los medios de comunicación donde se ha permitido al fascismo que vaya poco a poco comiéndonos el terreno a los demócratas. En el Congreso de los Diputados la infamia, la tensión, el insulto y la exaltación del exabrupto han ido in crescendo a medida que avanzaba la legislatura, con el PP siguiéndoles torpemente el juego. Basten como ejemplos de una lista, ya demasiado larga, un par de casos recientes: por un lado el diputado ultra José María Sánchez, juez para más inri, llamando bruja a la socialista Laura Berja mientras esta intervenía en la tribuna defendiendo la posición de su grupo sobre el derecho al aborto, y por otro el médico ultra Juan Luis Steegmann “retando a duelo callejero” al diputado de Compromís Joan Baldoví cuando este se refería a los diputados de Vox como “chaqueteros que abandonaron y desertaron del PP cuando se acabaron las ubres que los amamantaban”.
En esa conquista de espacios cuya existencia se debe a una tolerancia que ellos no practican, ahora le ha tocado el turno a las ruedas de prensa que se celebran en el Congreso, donde presuntos “informadores” ultras han puesto de moda provocar a según qué diputados cuando estos comparecen ante los periodistas. Obligan a Gabriel Rufián, por ejemplo, a echar mano de toda la serenidad de que es capaz para contestarles que “no participa de burbujas mediáticas de la ultraderecha”, o que ya tiene suficiente con los 52 ultras con los que a diario convive en la sala de plenos. O a Pablo Echenique a recurrir a toda su flema al precisar que no se le puede dar pábulo con una respuesta a preguntas basadas en mentiras. “Si aceptamos planteamientos que llevan falsedades –dijo textualmente Echenique hace poco- estamos dando carta de naturaleza a algo que cada vez preocupa a más gente y es la difusión de bulos". Estas provocaciones de presuntos periodistas de la ultraderecha en las ruedas de prensa del Congreso son un ultraje que contribuye a devaluar el oficio de informar aún más de lo que ya está. Las asociaciones profesionales ¿no tienen nada que decir?
Cada día la ultraderecha avanza un pasito más en sus afrentas y en sus soflamas. Y nadie les para los pies. No ya en el Congreso o en los parlamentos de aquellas comunidades donde el PP no tuvo inconveniente en pactar con ellos para gobernar: en las redes han conseguido crear un clima de desazón que ha hecho que mucha gente decida dejar de actualizar sus cuentas. Los ambientes familiares andan encanallados, han metido sus mentiras en vena a jóvenes sin suficiente bagaje para pararse a analizar la toxicidad de lo que asumen, niños de diez y doce años juegan en consolas donde han personalizado los personajes favoritos de sus juegos con los nombres de los líderes de Vox más conocidos…
Están subvirtiendo los modos y maneras democráticas delante de nuestras mismas narices y nos estamos dejando hacer: la tele, los periódicos, los jueces… Están consiguiendo que lo antidemocrático no parezca tan grave y que lo intolerable esté bien visto. Algún día, y espero que sea pronto, muchos medios de comunicación de este país deberán pagar el daño que están haciendo a nuestra sociedad por actuar como altavoces del odio. El acoso y la provocación por sistema, en las instituciones y en el ejercicio del periodismo, es un serio problema para el mantenimiento de la salud democrática que tenemos derecho a disfrutar en paz.
Las palabras de la ministra de Hacienda en el Congreso instando a combatir a la ultraderecha estuvieron bien. Ahora solo falta que ella y los de su partido empiecen a ponerlas en práctica. Aunque lo que resulta difícil de entender es por qué, para conseguirlo, la solución tiene que pasar por tender la mano al PP. En fin...
sábado, 30 de octubre de 2021
Reforma laboral. Se trata de derogarla, no de retocarla
¿Se derogará finalmente la reforma laboral de 2012 por completo, o solo se retocará de forma parcial “en sus aspectos más lesivos”? He ahí la cuestión. Esta vez daba la impresión de que por fin sería la buena, que no habría titubeos y menos a estas alturas, pero henos aquí aún deshojando la margarita. Aunque el PSOE se vista de seda…
¿Cuántos cientos de miles de votos habrá cosechado Pedro Sánchez gracias a prometer en cada convocatoria electoral que lo primero que haría apenas llegara al gobierno sería derogar la reforma laboral de 2012? ¿Cómo es posible que después de tres años y medio gobernando estemos todavía en los prolegómenos de una incierta “reforma de la reforma” a la que siempre se refirieron como “derogación” y desde hace solo unos días, mire usted por dónde, se le ha empezado a llamar “modernización”?
Los mayores éxitos de este Gobierno de coalición (pensiones, salario mínimo, ingreso mínimo vital, ertes durante la pandemia…) no se los debe Sánchez a ninguno de sus ministros o ministras socialistas, sino a la titular de Trabajo, cartera cuya responsabilidad es de Unidas Podemos. Siete meses lleva el equipo de Yolanda Díaz negociando con patronal y sindicatos una nueva reforma laboral que encaje con los requisitos europeos para continuar recibiendo las transferencias con los dineros adjudicados en el Plan de Recuperación. Veintidós reuniones que han alumbrado un trabajado documento de veintinueve páginas.
El comisario europeo de Economía, un señor italiano llamado Gentiloni de apellido, no pareció ponerle muchas pegas a la marcha de las negociaciones durante su visita de estos días a Madrid, así que entonces… ¿dónde está el problema? Parece claro que los objetivos de la reforma tienen que ser que en España deje de haber tantos empleos precarios, por mucho que los empresarios se hayan acostumbrado a poder echar a la gente a las primeras de cambio; tiene que ser también que los convenios colectivos recuperen la importancia que tenían antes de 2012; tiene que ser que trabajadoras, por ejemplo, como las camareras de piso dejen de cobrar salarios rayanos en la esclavitud… Todo eso parece claro, y por lo que podemos deducir y aunque se desconozca la literalidad de lo que se está negociando, da la impresión de que los contenidos están prácticamente definidos y pactados ¿O no?
¿A qué viene pues tanto ruido de pronto con la dichosa reforma? ¿Por qué tras todos estos meses callada, irrumpe a última hora en escena Nadia Calviño reclamando protagonismo y “metodología de coordinación”? ¿O la bronca existía y hasta hace pocos días se libraba solo “en la intimidad”? Cuando las discrepancias saltaron, al presidente de los empresarios le faltó tiempo para terciar barriendo hacia dentro: “A mí sí me interesa no solo lo que diga el Ministerio de Empleo, sino también la Comisión Europea, el FMI, la OCDE, el Banco de España y me interesa también, como no podía ser de otra manera, lo que diga el Ministerio de Economía, el de Educación...”
Por si no empezaba a existir suficiente confusión, hace unos días se descolgó Adriana Lastra afirmando públicamente que “la reforma laboral se va a derogar, y la va a derogar el Partido Socialista”. Yolanda Díaz, que lleva tiempo demostrando que lo suyo no es pelear por colgarse medallas sino trabajar, se vio obligada a volver a ser contundente en el Congreso de CCOO: ”Vamos a derogar la reforma laboral, proclamó, a pesar de todas las resistencias, que las hay, y son muchas”.
Si el asunto está o estaba casi pulido ya en las mesas de negociación donde desde el 17 de marzo se sientan los técnicos del gobierno y de los agentes sociales, si los “contenidos” se han trabajado a conciencia como parece, ¿a qué viene que la ministra de Economía insista a estas alturas en cuestiones de “metodología”?, ¿qué es lo que Sánchez necesita aclarar el próximo martes en la anunciada reunión entre él y sus dos vicepresidentas? Si ya está resuelto que será el ministerio de Trabajo quien lidere lo que queda de negociación y que en las conversaciones pendientes figurarán también representantes de otros ministerios, ¿qué queda? ¿Se dispone acaso el presidente a olvidar una vez más su tantas veces prometida promesa electoral, será capaz de abogar por una reforma laboral light? El tiempo corre, no lo olvidemos, el plazo acordado con Bruselas para tener aprobada la norma es el 31 de diciembre, y eso significa que para poder cumplir con los requisitos formales que exige la aprobación de un Real Decreto-ley, las discrepancias tienen que estar resueltas en dos o tres semanas como máximo. Así que a ver.
Esta vez me temo que Sánchez tiene un poco más difícil faltar a su palabra. Quizás convenga recordar que Yolanda Díaz se mostró en un principio renuente a aceptar la cartera de Trabajo y que solo accedió a formar parte del Gobierno de coalición cuando se le prometió que se derogaría la reforma laboral de Rajoy durante esta legislatura, algo que figura además explícitamente en el pacto de coalición firmado entre el Partido Socialista y Unidas Podemos el 30 de diciembre de 2019.
En el punto 3 del artículo 1 de ese acuerdo se puede leer textualmente: “Derogaremos la reforma laboral. Recuperaremos los derechos laborales arrebatados por la reforma laboral de 2012. Impulsaremos en el marco del diálogo social la protección de las personas trabajadoras y recuperaremos el papel de los convenios colectivos. En concreto y con carácter urgente:
-Derogaremos la posibilidad de despido por absentismo causado por bajas por enfermedad.
-Derogaremos las limitaciones al ámbito temporal del convenio colectivo, haciéndolo llegar más allá de las previsiones contenidas en el mismo, tras la finalización de su vigencia y hasta la negociación de uno nuevo.
-Derogaremos la prioridad aplicativa de los convenios de empresa sobre los convenios sectoriales.
Como podemos comprobar, el término que aparece en el acuerdo es el verbo “derogar”, no “modernizar”, ni “mejorar”. Derogar. Esto es lo que hay. Y esto es lo que hay que hacer. Se puede hacer además sin que eso transgreda los condicionantes europeos. Cualquier otra cosa, por mucho que insistan y se empeñen Calviño y compañía, sería vulnerar lo firmado.
J.T.
La relación de los periodistas con el mundo del poder
sábado, 23 de octubre de 2021
La ultraderecha ataca al Papa; los obispos callan
El sábado 16 de octubre, durante su intervención vía zoom en el IV Encuentro Mundial de Movimientos Populares, el Papa defendió "un salario universal" y abogó por "la reducción de la jornada laboral" como medidas para un mayor acceso de todos al trabajo. Con esta propuesta, Bergoglio vino a redondear el mensaje que el día 1 de octubre había dirigido a la FAO durante la celebración del Foro Mundial de la Alimentación en el que textualmente afirmó: “Para la humanidad el hambre no es sólo una tragedia sino una vergüenza. Ante esta realidad, no podemos permanecer insensibles o quedar paralizados. Todos somos responsables".
¿Cómo queremos que diciendo estas cosas la ultramontana derecha española no ande cabreada con el Sumo Pontífice? Andan descolocados, los “pobres”, porque además del himno o la bandera, sin duda están convencidos de que el catolicismo es también patrimonio exclusivamente suyo. Les está complicando mucho el discurso tanto a ellos como a cuantos poderosos abusan de su posición:
“Pido a los medios de comunicación que terminen con la lógica de la post-verdad, la desinformación, la difamación, la calumnia y esa fascinación enfermiza por el escándalo y lo sucio”, escribió Francisco en su cuenta de twitter –@Pontifex- el mismo día 16 de octubre echando más leña al fuego. Este Papa “es una catástrofe para la iglesia, un populista, se apresuró a proclamar Marhuenda en la tele esa misma noche. Y añadió: "Como católico, lo resistiré hasta que dios lo lleve a su sino y llegue un Papa que tenga la cabeza mejor ordenada".
Los ha dejado fuera de juego, pero en realidad lo que Francisco está haciendo no es ninguna novedad: viene de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), allá por 1891, cuando los Papas empezaron a publicar encíclicas sociales. En todas ellas, desde la Rerum novarum de León XIII hasta la Laborem excercens de Juan Pablo II, se encuentran presentes ideas como que “el trabajo está por encima de la producción” o que “toda propiedad tiene una hipoteca social”. Y en todas aparecen principios básicos como la dignidad del ser humano, el bien común o la solidaridad.
Lo que ha hecho Francisco es proporcionarle mayor altavoz a esta doctrina, reivindicarla, ponerla en valor, pero todo estaba ya dicho por algún Papa anterior. En la carta que envió a México para ser leída el 26 de septiembre durante los actos del Bicentenario de la Independencia no se decía nada que no se hubiera dicho antes: “Tanto mis antecesores como yo mismo, recordaba, hemos pedido perdón por los pecados personales y sociales, por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización”.
En su cuenta de twitter, el sábado pasado Francisco debió decidir que era un buen día para completar el trabajo: además de leerle la cartilla a los medios de comunicación como ya hemos visto, decidió no dejar a nadie con poder sin su correspondiente admonición:
“Pido a los gobiernos y a todos los políticos que trabajen por el bien común; a los fabricantes y traficantes de armas que cesen totalmente su actividad, a los grandes laboratorios que liberen las patentes, a las grandes corporaciones alimentarias, que dejen de imponer estructuras monopolistas de producción y distribución. A los grupos financieros y organismos internacionales de crédito, pido que permitan a los países pobres garantizar las necesidades básicas…." Y así sucesivamente hasta completar una docena de tuits donde no dejó títere con cabeza.
Pero ni siquiera aquí había nada nuevo, porque estas admoniciones se pueden encontrar en la encíclica “Fratelli tutti” publicada hace ahora un año, en la exhortación apostólica “Evangelii gaudium”, de noviembre de 2013, o en la encíclica “Laudato si” de 2015, dedicada a la ecología. Tanto en estos como en otros muchos escritos Francisco denuncia ya la existencia de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera.
Lo único novedoso es que el Vaticano decida trasladar todo esto a las redes sociales aumentando así tanto su repercusión como el escozor producido a la mayoría de los hooligans de la ultraderecha española. Que los medios españoles, teniendo en cuenta en manos de quiénes están, permanezcan callados puede entenderse, pero los jerarcas de la Iglesia católica… ¿qué hacen ellos puestos de perfil? ¿qué hacen viendo pasar los días sin decir esta boca es mía?
Al final vamos a tener que resignarnos viéndole la parte positiva. Por lo menos no están echando leña al fuego ni apoyando públicamente los desafueros de Marhuenda, Ayuso, Espinosa de los Monteros, Aznar y compañía. Algo es algo. Porque algunos obispos me conozco yo que estarían encantados, si tuvieran poder en estos momentos, de irrumpir en escena y soltar cuatro frescas en esa línea.
No estaría mal que la plana mayor de los obispos españoles, en teoría todos ellos de la confianza de Francisco, salieran ya de sus madrigueras y se pronunciaran claramente contra esta especie de cruzada de las ultraderechas contra un Papa al que ahora solo parece defender la izquierda. Que tampoco es eso, ni tanto ni tan calvo. Cuanto antes acabemos con esta esquizofrenia mejor, ¿no les parece?
J.T.
viernes, 22 de octubre de 2021
Lo que han hecho con Alberto Rodríguez no tiene nombre
Lo de Alberto Rodríguez es el caso de lawfare (guerra jurídica) más vergonzoso que podía llegar a producirse. Pero se ha producido. Una infamia de libro. Me cuesta creer que tamaño dislate sea cierto y no una historia de ficción producto de una mente calenturienta demasiado pasada de vueltas.














