Barcelona vivió la otra noche un momento de los que trascienden lo meramente ceremonial y se instalan para siempre en la memoria colectiva. La inauguración de la llamada Torre de Jesús en la Sagrada Familia, presidida por el papa León XIV en el centenario de la muerte de Antoni Gaudí, fue un prodigio de creatividad moderna al servicio de una obra eterna. Desde una mirada laica, hay que quitarse el sombrero ante la inteligencia, la audacia y la sensibilidad de quienes lo concibieron y ejecutaron. Consiguieron que la belleza, la técnica y la emoción universal dialogaran sin fisuras.
Los que tuvimos la suerte de verlo asistimos a algo que no sucede todos los días, la transformación de un monumento universal en un escenario vivo capaz de emocionar a creyentes y no creyentes por igual. El concepto era ambicioso, cerrar un siglo de construcción con un espectáculo que honrara el genio de Gaudí sin caer en el folclore ni en la grandilocuencia vacía. Y lo consiguieron. “Primero el amor, luego la técnica”, la célebre máxima del arquitecto, se materializó en cada detalle.
La música, original de Daniel López Pradas, sostuvo la emoción de principio a fin. Acompañaba las imágenes, dialogaba con ellas, las impulsaba, las elevaba. La orquesta aportó profundidad y amplitud sonora, los coros añadieron una dimensión humana que convertía el sonido en algo casi tangible. Y el órgano, con esa capacidad única para llenar espacios y silencios, recordó que pocos instrumentos son capaces de conmover con semejante intensidad.
La iluminación transformó la basílica en un ser vivo. Miles de pequeñas lámparas en manos del público dentro y fuera del templo se encendieron de forma sincronizada, convirtiendo a los asistentes en partícipes activos del espectáculo. Los drones dibujaron en el cielo nocturno el rostro de Gaudí contemplando su obra culminada, con la frase “Primero el amor, luego la técnica” proyectada sobre la silueta de Montjuïc. Brutal.
La pirotecnia remató la noche con elegancia, sin vulgaridad. Fuegos que iluminaron el cielo barcelonés como un homenaje festivo pero contenido, celebrando más que estallando. Todo coordinado con una precisión que costó meses de ensayo con cientos de profesionales trabajando en la sombra. Iluminación, sonido, proyecciones, logística… nada falló.
La realización televisiva merece capítulo aparte porque Paulí Subirá, su responsable, decidió que quería contarnos una historia conmovedora y lo consiguió. Los encuadres, los movimientos de cámara, los ritmos, la selección de planos y la manera de mostrar el monumento consiguieron que millones de personas contemplaran la Sagrada Familia como si la vieran por primera vez.
Hay que felicitar a todos los que participaron en aquella noche. A los músicos, a los cantantes, a los técnicos de sonido, a los responsables de iluminación, a los pirotécnicos, a los realizadores, a los productores, a los diseñadores y a todas esas personas cuyo nombre probablemente nunca conoceremos y que hicieron posible el milagro laico de emocionar a una audiencia global.
Enhorabuena a todos los que, dirigidos por Igor Cortadellas, hicieron posible este milagro moderno. Demostraron que la creatividad audaz, puesta al servicio de la belleza sin estridencias, será siempre uno de los mejores antídotos contra la mediocridad. Durante unos minutos, en la noche del miércoles 10 de junio de 2026 el arte, la arquitectura, la música y la tecnología hablaron un mismo idioma y consiguieron asombrar al mundo ¡Chapeau!
J.T.
