martes, 2 de marzo de 2021

El silencio del rey

La tempestad no va a amainar. Si el monarca bien preparao cree que el silencio le conviene, puede que en esta ocasión se equivoque.“No hables a menos que puedas mejorar el silencio”, reza aquel viejo adagio, pero esta vez no parece que el silencio esté mejorando nada para nadie. Tanto el refranero popular como la literatura clásica contienen centenares de citas ponderando las ventajas de permanecer callado. “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”, concluía Wittgenstein en su célebre Tractatus; “me gusta cuando callas porque estás como ausente”, declamaba Pablo Neruda; “hay dos maneras de demostrar la incompetencia, permanecer callado o hablar y despejar toda duda”... También hay citas para defender lo contrario: “Quien calla, otorga”, por ejemplo; “Hablar es bueno para el cuerpo y para el alma” asegura el siquiatra Rojas Marcos… Se mire desde el ángulo que se mire la tempestad, como decía al comienzo, ya no va amainar, y es bastante probable que la bola de nieve continúe aumentando de grosor.

Quienes defienden que hay que salvar la institución monárquica porque es la mejor manera de que nos salvemos todos, en realidad están pensando en salvarse solo ellos, porque fueron muchos los que estaban en el ajo y miraron años y años para otro lado, se pusieron de perfil y le hicieron la pelota descaradamente al rey padre hasta que este optó por darse a la fuga. Se sentía impune, inmune, intocable… inviolable, término este último que exigió figurara en la Constitución. Acostumbrado a que nadie le tosiera ni en broma, a que durante cuarenta y cinco años se le rieran todas las gracias, convencido de que la normalidad era eso, no tiene conciencia de transgresión, habida cuenta además que tal manera de actuar le viene de familia.

Nada más abrir la boca, y sin abrirla siquiera, tras una discreta llamada de teléfono se levantaban informaciones y censuraban portadas de revistas y periódicos, era tema tabú, se reñía a los mínimamente díscolos y quienes disfrutaban de una relativa cercanía se sentían unos privilegiados. Es verdad que supo sacudirse de su círculo más próximo a la nobleza alcanforada, esos marqueses y condes desocupados y profesionales del peloteo de altos vuelos, pero el entorno más de andar por casa por el que apostó acabó adoptando con el tiempo los mismos usos y costumbres que si hubieran pertenecido a la estirpe de los cortesanos de toda la vida.

Esta era la atmósfera, no lo olvidemos, que respiraban quienes vivían bajo su mismo techo, ¿en qué contexto situamos pues, y cómo analizamos el papel jugado por quien, desde hace casi siete años, es el titular de la corona? Sin poner en tela de juicio que estos siete años haya tenido un comportamiento impecable, no le ayuda mucho la carencia de empatía, cualidad esta, hay que reconocerlo, en la que su padre le ganaba y le sigue ganando por goleada.

Tras el traspiés de Catalunya el 3 de Octubre de 2017, tras el incesante suma y sigue de escándalos familiares, empeñarse en guardar silencio no le ayuda. Si continúa sin pronunciarse mucho tiempo, cada vez le resultará más complicado moverse con tranquilidad, viajar sin problemas. Solo estará cómodo en su casa y eso le irá distanciando de la vida real y alejando del contacto con la ciudadanía más de lo que ya lo está.

No es un camino que aguante mucho recorrido, y tanto él como el gobierno lo saben. Si aspira a que la institución sobreviva, tendría que empezar a buscar la manera de salir de ese atolladero cuanto antes, y el silencio no es el camino. No lo es para quienes apuestan por muchos años más de monarquía; tampoco para la paz social, ni para despejar las tensiones territoriales, ni para que nuestros representantes diplomáticos e institucionales puedan ir por el mundo sin miedo a que alguien acabe sacándole los colores poniendo en cuestión la calidad democrática de nuestro país.

Si, con todo este descalabro, al gobierno se le ocurre propiciar el regreso del anciano rey, es probable que padre e hijo estuvieran poniéndole la alfombra definitiva al advenimiento de una etapa histórica nueva. Como recordaba este domingo en el diario El País un exministro del PP, “desde Carlos III no hay un rey español que no haya nacido, vivido o muerto en el exilio”.

J.T.

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