sábado, 6 de marzo de 2021

El parche de Villarejo


Si Valle Inclán levantara la cabeza, comprobaría humillado cómo su imaginación, cien años después, viene siendo desbordada por la realidad en la España de sus desvelos. Ya no hacen falta espejos cóncavos y convexos. Aquí, la realidad diaria de estos años veinte del siglo XXI supera con creces la imagen que devolvían, hace nada menos que un siglo, las lunas deformantes del Callejón del Gato. Max Estrella y don Latino de Hispalis no sabrían cómo digerir lo que ocurre en esta España mucho más esperpéntica que aquella de sus penurias y ansiedades. “El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada”, proclamaba el protagonista de “Luces de Bohemia”… 

Pensaba esto el pasado miércoles mientras veía las imágenes de Villarejo abandonando la cárcel de Estremera. Parece claro que el personaje, o sus asesores, que seguro los tiene, prepararon a conciencia la puesta en escena de ese inquietante momento. Parche en el ojo izquierdo, banderas de España minuciosamente repartidas por toda la superficie de la sudadera, mascarilla a su vez igualmente matriculada, y gorra que por un lado ayudaba a preservar su identidad y por el otro remataba el esperpento. Ante semejante panorama no supe si reír, llorar o directamente ponerme a temblar. 

Parecía como si nos estuviera diciendo a todos: cuidado conmigo, que no sabéis la que os ha caído encima. Soy duro de pelar y os vais a cagar todos por las patas abajo. ¿Os habéis atrevido a meterme en la cárcel, caterva de pringaos? Pues ahora os vais a enterar. De perdido, al río. Esta intuición del primer día quedó confirmada apenas 24 horas después cuando, tras su primera comparecencia en el juzgado, con su abanderada mascarilla y su gorra pero con una gabardina más discreta, ya sin pegatinas, se despachó a gusto nada más salir de declarar al tiempo que exhibía una carpeta rellena de folios presumiendo de salvoconducto: “Yo no quiero nada malo para nadie, vino a decir, pero tendré que defenderme, no?” Y remató con una sentencia demoledora: “Ningún secreto aguanta el tiempo”. Miren ustedes por dónde, el hombre, locuaz y desahogado hasta ahora solo en la intimidad, parece que ha decidido serlo también en público, parche en el ojo mediante. 

No es Villarejo un personaje cualquiera, como se ha encargado bien de demostrar durante toda su vida, y me temo que va a proporcionar aún más de un serio dolor de cabeza. Durante su tiempo en prisión provisional, un buen día fue a visitarlo un fiscal a la cárcel “¿Todavía no te han echado?”, le preguntó el recluso, desahogado y faltón. Al poco tiempo, el interpelado fue relevado de su puesto. 

Le temen a lo que sabe. O a lo que creen que sabe, o a lo que dice saber. En su millonaria mansión (una de muchas, según parece) reúne más artilugios para hurgar en la vida de los demás que el inventario completo de “La tienda del espía”. Ha comido, cenado y confraternizado con decenas, quizás con centenares, de periodistas a lo largo de su vida profesional. No contento con grabar las conversaciones, llevaba una especie de prontuario en el que anotaba sus citas y sus impresiones tras los encuentros. Gustaba de colocar apodos a sus contertulios ya fueran plumillas, políticos de todos los colores o presidentes de Consejos de Administración.  

Ha tocado todas las teclas, todos los instrumentos, ha estado en todas las salsas, en todos los cenáculos, en todos los saraos de alta cuna y de baja cama. Era y es un auténtico crack, término este que parece inventado para definir a este controvertido e incómodo excomisario de policía. Hace falta ser propietario de una caradura kilométrica para afirmar que “las cloacas limpian”, hace falta tener muy poca vergüenza para insultar a compañeras periodistas como hizo este viernes durante una comparecencia en directo en “Las cosas claras” de Tve.  

Anda convencido de que guardar, como parece, en sus misteriosos archivos la memoria amarga de las últimas décadas de este país, le permite ir de sobrao. Así que no se corta un pelo de los pocos que parece que le quedan mientras pasea su nuevo look por la libertad condicional recién estrenada. Parece difícil saber hasta dónde llega su poder real. Tampoco conozco a nadie que se atreva a explicármelo. Pero lo que sí tengo claro es que todo esto es inquietante, vergonzoso, y no ayuda a que nos quitemos de una vez tanta caspa como aún nos sobra. 

Este viernes fui a darme una vuelta por el Callejón del Gato. Me detuve en los espejos cóncavos y convexos e invoqué a Valle Inclán y al espíritu de Max Estrella al tiempo que recordaba una de las inmortales frases de don Latino de Hispalis: “Max, vámonos a morir a Inglaterra”. 

J.T.

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